He aquí un placer culpable mío: un libro de Frank Herbert, el autor de la serie de Dune, titulado El experimento Dosadi (1978). Es una novela de Sci-Fi, como casi toda la obra del escritor, y tiene, previsiblemente, todo lo malo de su «saga» más conocida –sus coqueteos con el fascismo, su tendencia a eludir al mismo tiempo la acción y la caracterización, etcétera–, pero tiene también mucho de lo bueno: su imaginación es tan activa y extraña como la que recordarán los fanáticos de Paul Atreides y sus intrigas galácticas. (En el mundo de El experimento Dosadi, por ejemplo, los personajes duermen en camaperros

[bedogs], animales gigantescos que, por su piel suave y su carne blanda, se crían y entrenan para quedarse inmóviles mientras sus dueños se tienden sobre ellos.)

El experimento Dosadi

Un hábito de Herbert que algunos consideran una gran aportación, y otros una manía insufrible, es que sus personajes tienden a mantener larguísimas conversaciones que no llevan a nada pero en las que un interlocutor se dedica (mientras habla) a descifrar las intenciones ocultas del otro, las implicaciones de lo que dice, y hasta sus propias reacciones (las de quien escucha) a las palabras. La reflexión que cada frase desencadena influye en la respuesta a dicha frase, y así sucesivamente. Esto se convierte en una especie de ajedrez verbal en el que un hablante (a veces los dos) está varios pasos adelante de lo que él mismo dice y logra influir poderosamente en otros con palabras aparentemente inocuas.
He aquí un ejemplo, traducido por mí de la edición inglesa del libro. Los personajes son Jedrik, una conspiradora en un mundo de pesadilla, y su chofer. Los textos en cursiva indican pensamientos de Jedrik, de acuerdo con una convención añeja en los libros de Herbert. La conversación es mucho más larga pero dejo sólo los fragmentos más relevantes:

–¿Alguien puede oírnos? –preguntó ella.
Que alguien los oyera no afectaría en absoluto sus planes, pero aquella era la clase de torpeza que Havvy malinterpretaría justamente del modo que ella necesitaba.
–He desarmado el comunicador como lo hice la otra vez –dijo él–. Parecerá una descompostura si alguien lo revisa.
Solamente tú creerías eso, pensó ella.
Pero éste era el nivel de respuestas infantiles que había aprendido a esperar de Havvy. Ella le siguió el juego, sondeando con verdadera curiosidad:
–¿Esperabas que hoy nos hiciera falta privacía?
Él le lanzó una mirada sorprendida, pero se contuvo y dijo:
–¡Oh, no! Era una precaución. Tengo más información que puedo venderte.
–Pero ya me diste la información sobre McKie.
–Eso era para demostrarte mi valía.
¡Oh, Havvy! ¿Para qué te esfuerzas?
–Tienes cualidades inesperadas –dijo ella, y notó que él no percibía ni el primer nivel de la ironía–. ¿Qué información tienes para vender?
–Tiene que ver con el tal McKie.
–¿De veras?
–¿Cuánto vale para ti?
–¿Soy tu único mercado, Havvy?
Los músculos de sus hombros se contrajeron cuando sus manos empezaron a apretar con más fuerza las palancas de mando. Las tensiones de su voz eran notablemente fáciles de leer.
–Vendida en el sitio apropiado, mi información podría garantizarme fácilmente cinco años de vida fácil… Sin problemas de comida ni vivienda ni nada.
–¿Y por qué no la vendes en ese sitio?
–No dije que pudiera venderla. Hay compradores y compradores.

[…]

–¿Qué te hace pensar que podrías obtener más de mí que de otros?
–No más… Es sólo que contigo hay menos riesgo.
La verdad estaba en su voz, ese instrumento inocente que decía tanto sobre Havvy. Ella sacudió la cabeza.
–¿Quieres que yo corra el riesgo de vender más arriba?
Después de una larga pausa, Havvy dijo:
–¿Sabes de un modo más fácil de operar para mí?
–Tendría que usarte en algún momento más tarde, para verificar la información.
–Pero entonces estaría bajo tu protección.
–¿Por qué tendría que protegerte cuando ya no tuvieras valor?
–¿Qué te hace pensar que ésta es toda la información que puedo conseguir?

[…]

–Te pagaré un año de la protección que yo puedo ofrecerte.
–Pero eso es…
–Tómalo o déjalo.
Él pudo oír que aquella era una frase inapelable, pero, como era quien era, no pudo rendirse. No tenía otro rasgo ventajoso en su carácter.
–¿No podríamos discutir al menos una…?
–¡No discutiremos nada! Si no quieres vender a mi precio, tal vez simplemente te quite lo que tienes.
–¡Tú no eres así!
–Tú no sabes. Puedo comprar informantes de tu calibre a mucho menos precio.
–Eres dura.
Sólo por piedad, ella intentó una pequeña lección:
–Así se sobrevive. Pero creo que debemos olvidar todo esto. Tu información es probablemente algo que ya sé, o algo inútil.
–Vale mucho más de lo que ofreces.
–Eso dices tú, Havvy, pero te conozco. No eres alguien que corra grandes riesgos. Pequeños, a veces. Grandes, nunca. Tu información no puede ser de gran valor para mí.
–Si tan sólo supieras….
–Ya no me interesa. Havvy.
–¡Oh, genial! Primero quieres negociar conmigo y luego lo dejas antes de…
–¡No estaba negociando! –¿no era capaz de nada este tonto?
–Pero tú…
–¡Havvy! Escucha con cuidado. Eres un renacuajo que se ha tropezado con algo que le parece importante. En realidad no tiene ninguna importancia, pero es lo bastante grande como para asustarte. No se te ocurre un modo de vender esa información sin poner en riesgo tu cuello. Por eso viniste a mí. Supones que puedes hacerme actuar como tu agente. Estás muy equivocado.
La ira cerró su mente al valor de las palabras de ella.
–¡Yo corro riesgos!
Ella ni siquiera trató de ocultar la diversión de su voz: –Sí, Havvy, pero nunca donde tú mismo crees. De modo que aquí hay un riesgo verdadero: dime cuál es tu valiosa información. Sin condiciones. Déjame juzgarla. Si pienso que vale más de lo que ya te he ofrecido te pagaré más. Si ya tengo la información o si no sirve, no te pago nada.
–¡Tú tienes toda la ventaja!
–Como debe ser.
Jedrik estudió los hombros de Havvy, la inclinación de su cabeza, el movimiento de los músculos bajo la tela estirada mientras conducía. Se suponía que era del Sector Obrero, pero ni siquiera sabía que el silencio era el guardián del S. O. Cuando aprendes el silencio, aprendes qué escuchar. […] Todo lo que hacía revelaba su creencia de que esas cosas no dirían a alguien del calibre de Jedrik los hechos esenciales de su persona.

Supongo que esta clase de conversaciones debe agradar a los mayores fanáticos de Herbert –disto de ser uno de ellos, como se verá en la primera posdata de esta nota– porque insinúa que los personajes como Jedrik son sobrehumanos y permite que los lectores creamos tener, siquiera por un momento, esas mismas facultades de ingenio y discernimiento, esos pensamientos articuladísimos y rapidisísimos. Desde luego, los seres humanos no pensamos así: aunque en la vida real no faltan personas con capacidad de observación y de responder veloz y razonadamente, ninguna tiene una conciencia tan clara de su propia conciencia, ni de la de otros. El de Herbert es sólo un truco, como muchos otros que nos procuran placer en los libros.
Y ahora (¡por fin!), el ejercicio: ¿qué puede resultar de aplicar el truco de Herbert en contextos ajenos a su propio mundo de ficción científica? La propuesta es imaginar una conversación cualquiera en la que un personaje «lea» al otro tan profundamente como Jedrik «lee» a Havvy. Esto no sirve como un ejercicio de dialogación sino de caracterización: para que el personaje A pueda «leer» a B, el autor o autora de ambos debe conocer a B profundamente: saber no sólo sus intenciones sino también sus limitaciones, y cómo se expresan en su habla pero también en sus movimientos y actitudes.
Como se ve, este proceder se podría llamar logología –pensamiento sobre el discurso o sobre el propio pensamiento– y es análogo, pero opuesto, al que se describe en el texto breve (y famosísimo) que sigue:

EL GRAFÓGRAFO
Salvador Elizondo

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

* * *

Posdatas:

1. Paradojas de la vida: de los libros de la «franquicia» de Dune, Herbert sólo escribió seis…, y yo sé que todos ellos salvo el primero son ilegibles porque los leí, de la primera a la última página. Ahora bien, esto no significa (creo haberlo dicho antes) que las malas novelas tengan un atractivo particular: en realidad esa inmersión en el mundo de una ficción –«me atrapó», «me sentí como viendo a los personajes», etcétera– no es un fenómeno infrecuente ni difícil de lograr; nos parece así sólo las primeras veces que nos acercamos a un texto que logra la mimesis.

2. A continuación, y solamente porque sí, un avance de El extraño experimento del profesor Elizondo, documental de Gerardo Villegas sobre (claro) ese gran escritor mexicano: