Esta nota no contiene avisos de spoilers. Al final el Titanic se hunde.

El hundimiento del Titanic (fuente).

Dicho lo anterior, continuemos.

Cada cierto tiempo se revela en los medios un spoiler de alguna serie, novela o película famosa. La palabra proviene del inglés, como tantas otras en nuestro mundo globalizado, y la acepción de ella que importa aquí se hizo famosa, en realidad, precisamente en los años noventa, cuando empezó la etapa presente de los regímenes neoliberales: es el adelanto de la trama de una historia (en especial del cine o la televisión) que supuestamente la «estropea» (spoil) por anular la sorpresa o la anticipación de sus posibles lectores o espectadores. La idea se ha convertido en parte de la experiencia colectiva de quienes ven, leen, juegan narraciones de la actualidad, y en especial aquellas que vienen de las grandes empresas de medios de los países de habla inglesa.

Como otros hábitos del consumo actual, muchas personas la consideran una experiencia desagradable, y otras la provocan con malas intenciones, para trolear: por el gusto de que otros padezcan. Un caso célebre: en 2005, cuando apareció Harry Potter y el misterio del príncipe de J. K. Rowling –sexta entrega de la serie– un buen número de personas se dedicó a revelar un punto importante de la trama: que Snape mata a Dumbledore, y no sólo yendo a decírselo a aficionados desprevenidos sino creando videos y memes al respecto, por no hablar de las famosas playeras con el número de la página precisa del libro en la que el hecho se cuenta.

Las reacciones son siempre las mismas. Por una parte, enojo o desazón –de magnitud a veces difícil de comprender para quien no tiene interés en la historia «estropeada»– de parte de quienes esperaban una experiencia «pura» de disfrute de su producto favorito. Por la otra, desprecio de quienes revelan el spoiler y, también, una especie de alegría malsana, desprovista de cualquier empatía, muy parecida a la que encontramos en las discusiones sobre casi cualquier tema entre las tribus de internet. En muchos medios actuales se han vuelto habituales tanto la reseña «sin spoilers» (que en ocasiones apenas puede decir nada de la obra que comenta) como las advertencias de todo tipo en los textos, videos o demás contenidos que se refieren explícitamente a puntos argumentales importantes de tal o cual obra: protecciones semejantes a otras de las que incluso resulta difícil escribir por miedo de ofender a alguien.

Ciertamente, el conocer por anticipado detalles de una narración cambia nuestra experiencia a la hora de leerla. Por ejemplo, en este siglo XXI es imposible no saber que el doctor Henry Jekyll, personaje icónico de la cultura occidental, se convierte en el monstruoso señor Hyde, otro personaje igualmente importante, porque a la novela de Robert Louis Stevenson en la que ambos aparecen por primera vez –El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de 1886– han seguido incontables versiones en todos los medios, y el tema mismo de la doble identidad es un enorme lugar común. Así que jamás podremos recuperar la sensación que tuvieron los primeros lectores del libro de Stevenson, donde el hecho de que ambos personajes son uno era una sorpresa que se revelaba en el penúltimo capítulo.

En lo personal, sin embargo, creo que estaríamos mejor sin tanta aversión al spoiler, igual que sin tanto de su reverso: de la agresión deliberada que a veces implica el difundirlo. Ambos son fenómenos que están ligados no solamente a la fragmentación de las sociedades contemporáneas, en las que cualquier cosa, por trivial que sea, puede destruir la empatía y la comunicación en una comunidad si se dan las circunstancias adecuadas. También son un signo de sumisión a los mercados globales. Que una historia se «estropee» al conocer su trama –y sobre todo su final, que es de lo que más se oculta en las advertencias contra spoilers– quiere decir que el sentido de una historia es exclusivamente su consumo: llegar hasta ese final, conocerlo y, sabiéndolo todo sobre ella, poder desechar su contenedor, como si fuera un tubo vacío de pasta de dientes. El ideal de las grandes compañías no es la obra que se atesora, se revisita, se comparte, se queda definitivamente en la vida de quien la disfruta (y al hacerlo puede propagar su influencia a otros en contacto con esa persona), sino la obra que se tira, o que al menos se encarga de incitar, por encima de todo, el ansia de más. (Más obras: la siguiente entrega de una saga, el siguiente spinoff, las otras –muchas– novelas, películas, series o juegos similares…, pero también el muñeco o la muñeca, la playera y la botella de champú y el juego de sábanas estampadas.)

Vasos tequileros «basados» en la serie Game of Thrones.

Pero llegar al final de una historia no lo es todo en la vida. Ni siquiera lo es en la misma narrativa. Mucho de lo más importante en cualquier narración ocurre no sólo lejos de su conclusión, sino de su mismo argumento: en su estructura, en su estilo, en su trama entendida como la relación entre sucesos no necesariamente consecutivos: sus ecos, semejanzas, paralelismos, revelaciones lentas o equívocas. Si una narración realmente se agota en su anécdota, probablemente no vale mucho la pena. Siempre podrá alentar el acto colectivo de seguir una historia, que tiene un valor aparte. Pero ¿cuántas personas siguen viendo y reviendo todas las series que parecían tan importantes hace una década? El estado de culto se logra muy pocas veces, en más de una ocasión es ilusorio –otra forma de explotación comercial– y cuando no lo es existe a pesar de que la obra se conozca: de que todo el mundo sepa quién es realmente el señor Hyde.

La lectura nunca es un juego de suma cero entre el texto y el lector. Mucho menos entre algunos lectores y otros.

(Esto es algo que se puede ver más fácilmente cuando se escribe, por cierto, porque al analizar una narración determinada tarde o temprano es necesario conocer, discutir y examinar el final de su texto. En esto no hay excusas que valgan ni sentido en tratar de agredir mediante revelaciones inesperadas: quienes leen pueden mantener la expectación inocente de un final, como el público que no sabe cómo se ejecuta un truco de magia, pero quien escribe es quien realiza el truco: no puede no saber cómo entra el conejo en el sombrero, y por lo tanto renuncia a su inocencia de lector, pero también descubre –si se empeña, si tiene suerte– que hay mucho más que puede comunicar, en todos los niveles de una obra artística, además de la mera secuencia de los hechos.)

Ah, y el nombre de Hodor es una contracción de la frase «Mantén cerrada la puerta» (Hold the door), y Candy se queda (probablemente) con Albert, y en Comala todos están muertos. Y nada de eso es lo más importante de las obras en donde todo ello se cuenta.