Y ahora un texto que debía desde hace algunas semanas; los antecedentes se encuentran en un debate ya no tan reciente sobre el compromiso de los escritores (y en especial de los escritores mexicanos), motivado por esta carta abierta de Ira Franco, publicada en su blog El taza.

He aquí lo que pienso:

Se ha dicho de los escritores que no se comprometen, en el sentido de que no se interesan por los acontecimientos presentes ni por la forma en que afectan las vidas de las personas. Primero que nada es necesario preguntarse: ¿qué tanto los aparta esto del resto de la población? El compromiso del escritor es un asunto pequeño comparado con el del compromiso de cualquier ciudadano. Y, por lo tanto, un problema todavía más grave que el de la abulia o el carácter acomodaticio de muchos de los escritores mexicanos es la abulia y el carácter acomodaticio de la mayor parte de los habitantes del país. Los escritores no tienen el monopolio de la irresponsabilidad y la venalidad. Los escritores no son lo únicos que se niegan a defender sus convicciones, que miran para otro lado cuando se hace algo que más tarde considerarán deplorable, que practican, en fin, la indiferencia ética, que no es lo mismo que la tolerancia aunque muchos no sepan (o no quieran) distinguirlas.

Un escritor puede ser una persona comprometida aunque no escriba una palabra sobre la actualidad o la «agenda» política. Lo será si vive, simplemente, contra la corriente de la actualidad, que niega la importancia de la vida de los otros: si se preocupa por su entorno y actúa en consecuencia en la medida de sus fuerzas. Este tipo de compromiso es rarísimo, desde luego; por otra parte, así como no se reflejará necesariamente en el trabajo de quien escribe, tampoco tiene por qué mantenerse ajeno a él: no hay una relación fatal entre uno y otro. Nadie es mejor escritor si defiende las causas nobles, ni peor si las ataca o se burla de ellas.

Nada de esto quiere decir que sea «malo» o «reprobable» el que un escritor se dedique a discutir la política. Hay quienes lo hacen muy bien y hasta quienes consiguen influir en su entorno positivamente (o no) con su trabajo. Pero nada de esto es parte connatural del oficio. El escritor puede buscar ser también politólogo o periodista, si lo desea, pero no tiene que hacerlo.

El que se insista tanto en el deber del escritor para con la actualidad tiene que ver con el papel que muchos de los más importantes autores del último siglo han jugado como intelectuales. De acuerdo con Gabriel Zaid (el enlace lleva a un artículo famoso donde el escritor discute la cuestión), el intelectual es «el escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites» y cumple con una clara función social:

[La] intervención [de Émile Zola en el caso Dreyfus, en 1898] puso en evidencia que la verdad pública no está sujeta a la verdad oficial; que hay tribunales de la conciencia pública donde la sociedad civil ejerce su autonomía frente a las autoridades militares, políticas, eclesiásticas, académicas. Mostró la aparición de un cuarto poder, el de la prensa, frente al legislativo, ejecutivo y judicial. Hizo ver que las cosas de interés público (…) no pueden reducirse a tal o cual interés, competencia, jurisdicción: que la guerra es demasiado importante para dejarla en manos militares, el derecho demasiado importante para dejarlo en manos de abogados.

El problema, entre nosotros, es que se ha desvirtuado el sentido de la labor del intelectual: demasiadas personas han terminado por emplear la creación artística como mero peldaño hacia la celebridad o el poder, y demasiadas personas han procurado endiosar la labor de la escritura para hacer creer que su utilidad más elevada es la de proveer interlocutores (o argumentos) a quienes están en el poder. Durante las décadas en que el PRI mantuvo el control del sistema político mexicano, mantuvo y cortejó (cooptó, como se dice también) a muchos intelectuales; ahora, el régimen panista desconfía de ellos o los desprecia, pero el deseo de figurar como se figuraba en el siglo XX permanece, en muchas personas y muchos círculos, como una especie de reflejo condicionado. No es agradable reconocer que los auténticos «líderes de opinión» de nuestro tiempo no son escritores salvo en, literalmente, uno o dos casos: son locutores, celebridades mediáticas, deportistas, figuras del espectáculo…

Todo esto quiere decir que sí, me parece una gran idea (me parece imprescindible) comprometerse y actuar; pero escribir sobre los temas de actualidad no es el único modo de hacerlo, y creer que lo es, que para un escritor es suficiente con eso, es caer en el error de olvidar, como siempre se olvida en estos casos, que lo más importante que un artista puede cultivar es su propio hacer, su propio oficio. De vez en cuando, la práctica de este oficio dará por resultado obras que resulten cruciales para entender el presente, la historia y la mismísima naturaleza humana, pero esas obras aparecen con muy escasa frecuencia, y en general no las podemos entender bien en el momento en que se publican. Pretender que basta con asumir la pose para que lo escrito tenga alguna validez es una forma muy popular del autoengaño entre los escritores de aquí y de todas partes.

(Y los malos pastiches nihilistas son signos de pereza: la obra de genio, cuando llegue a surgir, lo hará en medio de muchas obras mediocres, pues en esa masa estarán las de quienes no se interesan por su oficio y también las de quienes se interesan pero no pueden llegar a la altura deseada. Pero nunca se puede saber de antemano en cuál grupo está cada quién.)

Para terminar, baste decir que así como tengo mis ideas sobre la escritura tengo mis convicciones políticas. No hablo de ellas, por lo general, en lo que escribo, pero no diré que son «sólo mi punto de vista»; estoy  dispuesto a defenderlas.

Algunas son: en el poder, el PAN ha demostrado no ser mejor que el PRI; la elección de 2006 fue (sin necesidad de discutir quién la ganó) un cochinero; la legalización del aborto es necesaria; lo es también la de la marihuana; la educación debe ser laica; el dinero no es todo en la vida y buscarlo como lo exige nuestra sociedad actual (como exige buscar también el poder, el abandono, la belleza física) es una idiotez; el aspecto imponente de los males que padece el mundo no es excusa para ignorarlos ni para hacerlos crecer.

Etcétera.