Tarde, pero seguro: el cuento de este mes es de Adrián Curiel Rivera (1969), narrador y académico mexicano, autor de novelas (Blanco trópico, Vikingos y A bocajarro son las más recientes), libros de cuentos y ensayos. “Salida número catorce” proviene del libro Día franco (UNAM, 2016), cuyas historias están enlazadas todas por la aparición de perros, que juegan diversos papeles en cada una. En este caso, lo que parece una narración convencional da una súbita vuelta de tuerca y se convierte en un apocalipsis muy extraño, amenazante, visto desde el nivel de los individuos que no pueden empezar a entenderlo y no están seguros de querer hacerlo, ni de evitar la amenaza de la destrucción. En tal sentido tiene un parecido muy inquietante con el ambiente en el que millones de personas de la actualidad sienten que transcurre su vida.

Adrián Curiel Rivera

SALIDA NÚMERO CATORCE
Adrián Curiel Rivera

Despertó con la sensación de que el incidente de anoche había sido un sueño. Como en los últimos siete u ocho años, asistió a una cena de la empresa con auténtica desgana y –creía– bien simulado entusiasmo. Clarissa se quedó en casa, para variar, ya no tenía caso fingir. Aceptaban que no necesariamente tenían que compartir siempre los mismos intereses, una regla esencial para la supervivencia de cualquier matrimonio. Habían alcanzado la madurez afectiva: esa etapa de amor pausado a la que sólo se llega después de mucho tiempo y de resignar muchas cosas.
      Ayer por la noche estaba charlando, copa de cava en mano, con una mujer alta y delgada, de pelo corto y rubio peinado con la raya en medio. Le recordaba a una flapper de la década de los veinte del siglo pasado, a una Betty Boop de pelo claro. Era, le dijo, la representante internacional de Catering Aéreo, proveedora de la aerolínea patrona que los congregaba en ese coctel. Por su parte, él representaba a una empresa contratista especializada en la fabricación de bulones de fibra de carbono para las aeronaves. En la despiadada carrera de la competitividad, había corrido el rumor de que otra compañía estaba haciendo experimentos de laboratorio para producir piezas de un polímero especial mucho más ligero y resistente. La amenaza de inminentes recortes, si no se avispaban, pendía sobre su cabeza y su equipo de trabajo. No eran tiempos felices para él. No señor. En una junta de accionistas se lo habían advertido: si perdía el liderazgo en el ramo, sufriría las consecuencias. Mientras conversaban, se consoló pensando que ella recibiría presiones similares. Era el pan nuestro de cada día en ese ambiente de trabajo. Admiró la precisión ejecutiva con que la mujer despachaba asuntos de negocios con su Smartphone de ultimísima generación. En ese mundo de tiburones no era improbable que ella estuviese entendiéndose en ese mismo momento con el corporativo que lo desbancaría. Aun así, le parecía encantadora. Hablaba un inglés casi nativo y se las arreglaba con gran soltura en francés y alemán. Metió de nuevo el aparato en su bolso de mano, se disculpó, todo era urgente. Él dejó su copa sobre una bandeja y aceptaron los canapés que les ofreció otro mesero de uniforme. Ella se apoyaba en una pared lindante con el balcón del penthouse. La puerta de cristal estaba cerrada porque era invierno, pero algunos habían salido a fumar un cigarrillo. A través del vidrio, más allá del reducido pelotón de fumadores, se extendía la vista portentosa de los rascacielos iluminados. La miró con una fijeza que le extrañó a él mismo, como si quisiera transmitirle la emoción de una vida por delante llena de gratificaciones. Se arrepintió de inmediato y desvió la mirada. Pensó que esa desconocida quizá fuera un poco más joven que Clarissa. Se preguntaba si no sería conveniente, para no lucir tan chaparro junto a ella, subir otro escalón del desnivel que dividía ese espacio de la amplia e impersonal sala casi desprovista de muebles. Sobre otros invitados que departían pesaba también la espada de Damocles. Subió, en efecto, un peldaño más, pero ella seguía sacándole unos centímetros. Lo desconcertó descubrir que no llevaba zapatos de tacón.
      Venciendo la timidez, ensayó una broma de la que ella no pudo hacerse cómplice porque volvió a sonar el teléfono. Hubiera jurado que despachaba un negocio en ruso. La mujer tornó a disculparse, cerró la cremallera de su cartera y luego le dedicó una mirada franca que dejaba traslucir una tensión rudamente contenida. Se sintió fuera de lugar envuelto en ese incómodo silencio. Mejor se concentró en masticar su bocadillo de anchoa imaginándose el deleite inconmensurable que le depararía acostarse con semejante belleza, lo que sería vivir una imposible aventura extramatrimonial. Ella no le quitaba los ojos de encima, con una intención ambigua. Deslizó la mirada hasta el anillo de casado, y después recorrió su barriguita inexorable pese a las recientes sesiones de gimnasio. Y siguió por el tórax, y la corbata y el saco. Sin atisbo de vergüenza, examinó su mentón, la barba de candado recortada con meticulosidad. Descendió otra vez hacia su mano y el anillo delator, y posó los ojos en los suyos, sin pestañear. ¿Por qué no vamos a otro sitio?, estaba seguro que le preguntaría después de haber declarado, por cierto, que se llamaba Aurora Rodríguez. Tendría que llamar más tarde a Clarissa, inventarse cualquier excusa. Ella lo seguía mirando mientras sonreía manteniendo una segunda copa muy cerca de los labios. Sin embargo, en vez de proponerle que fueran a otra parte, precedidas por un tenue tic en la órbita ocular bajo las pestañas, cobraron sonoridad otras palabras. ¿Soy demasiado alta, no es cierto? Bajo cualquier estándar, añadió, y lo abrazó con fuerza unas décimas de segundo. Enseguida ella se desprendió y le pidió que sostuviera su copa. Era embarazoso, dijo. Le entregó una tarjeta de visita, él hizo lo propio. La acompañó a recoger el abrigo cerca de la entrada, junto a un insípido bodegón, el único adorno en las paredes. Se despidieron de beso frente a la puerta abierta, otros también salían. Él se reincorporó a la congregación menguante, intercambió impresiones con algún desconocido y no se marchó sino hasta despachar el quinto cava.
      Cuando sonó el despertador y manoteó para apagarlo no creía que nada de eso hubiera ocurrido realmente anoche. Ahora una ligera opresión en la cabeza amenaza con convertirse en jaqueca insoportable. Hace frío. Se arrebuja bajo las sábanas y se percata de que Clarissa ya se ha levantado. Debe de estar abajo en la cocina calentando la leche a los niños, como todas las mañanas. Luego Clarissa desandará el camino escaleras arriba y los pastoreará para que no hagan trampa y se laven los dientes, y venga otra vez a descender a cariñosos empellones mientras Silvia y Gerardo, todavía somnolientos, protestan y hacen muecas. En ocasiones, hasta se ponen a llorar. Como él no puede eludir la obligación de presentarse en su oficina, se decide a salir de la cama. Una veloz ducha y baja a tomar café, tostadas y un jugo de naranja. Dos grajeas de paracetamol complementan el desayuno. Clarissa, como casi siempre, le acomoda el cuello de la camisa, la corbata, también las solapas del saco. Los niños ya están listos y se dirigen encorvados hacia la puerta. Es ridícula la cantidad de cuadernos que deben cargar en las mochilas. Clarissa le da un beso de una frialdad mecánica y él no puede reprimir asociarlo al recuerdo cálido de Aurora Rodríguez, la desconocida giganta rubia con quien por la noche había compartido una cercanía irracional. Gerardo y Silvia se enzarzan a empujones en las inmediaciones de la puerta, la competencia obcecada por ser el primero en abrir. Pese a lo previsible y reiterativo del cuadro, él se altera. Les grita que ya basta y, como a través de una súbita calina emocional, se cuela el pensamiento de que necesita con urgencia un abrazo. De que todos necesitamos un abrazo, un abrazo que ni Clarissa ni tampoco los niños –ni siquiera Aurora Rodríguez– podrán brindarle. Repite ya ha dicho que es suficiente y, por alguna extraña razón, en compañía de su cólera soterrada, se siente abrumadoramente solo. Está por embestir a sus vástagos pero la mano curtida de Clarissa lo retiene por la muñeca. Se vuelve hacia ella, avergonzado por su reacción, a veces se comporta peor que los niños. Además por poco olvida el portafolios y el ligero refrigerio que el doctor le autoriza a tomar cada mañana. Cuenta con la mente hasta diez, en numeración progresiva y regresiva, abatido por vagos tormentos. Nota que ha conseguido serenarse. Los niños aguardan junto a la puerta con las cabecitas gachas y las manos empuñando los tirantes de las mochilas. Unos angelitos de ocho y seis años, la felicidad extenuante e inabordable. De espaldas a Clarissa, experimenta el imprevisto irradiar de la mano de ella sobre su hombro. El peso de su palma, el gesto cariñoso en que se traduce, lo embarga de nostalgia al recordarle hasta qué grado el lastre compartido del matrimonio domestica los antiguos fuegos. Ella retira el brazo. Cuando, de refilón, él le dice que la quiere, la reminiscencia fantasmagórica de Aurora Rodríguez le toca otra fibra insospechada.
      Conforme se dirige a la puerta entreabierta se hace más nítida la luz filtrada entre la bisagra y el canto. El haz se difunde sobre el umbral atrapando remolinos de polvo y baña de albor los uniformes de Silvia y Gerardo. Se detiene, palpa los bolsillos del saco y cambia sus anteojos por otros de sol también con aumento. Los tres salen al jardincillo que antecede al portón eléctrico del garaje. Hasta ellos llegan al trote, para ofrendarles el protocolario olisqueo de buenos días, sus fieles mascotas: el joven Collins, un border collie, y Lady Recogida, una marrullera veterana cruce de mil razas. Esa mañana, repara en ello mientras guardan las cosas en el maletero y los chicos abordan el Mazda, los perros están demasiado nerviosos. Ladran mucho hacia la calle y aúllan de manera entrecortada, pero no se escucha ninguna ambulancia. Se quejan excesivamente, como cuando están enfermos. Se pone el cinturón de seguridad y Clarissa, quizá sospechando algo, abre la ventana de la cocina y grita si está todo bien. Cuando salen en reversa tiene que dar imperiosas órdenes por la ventanilla para que Collins y Lady Recogida no transgredan las fronteras y se precipiten hacia fuera. Hay unos siete u ocho canes recostados contra la fachada de la casa de enfrente, del otro lado de la calle. Acciona el control remoto, el portón se cierra. Se estaciona junto a los perros. La mayoría son machos. De hecho, no detecta ninguna hembra que justifique ese agrupamiento. Lo miran con indolente indiferencia bajo los rayos tempranos de la mañana. ¡Ahja!, los jalea. ¡Fuera, largo! ¡Ushca!, les chista. Si se instalan ahí, a la larga tendrán que encerrar a Collins y Lady en el cuarto de servicio, en cualquier momento podrían escabullirse y trabarse en una pelea. Bate las palmas. Incluso baja del vehículo y amaga con agredirlos, pero si acaso dos o tres perros canela de la jauría, con pinta de mellizos, se yerguen sobre sus patas delanteras y, con la lengua de fuera y la típica respiración acelerada de los cánidos, se desplazan unos centímetros y vuelven a echarse como si nada. Le jode sobremanera. Está aturdido por los desaforados ladridos de sus propios perros y las inquisitivas preguntas de sus hijos, que no se pierden un solo movimiento desde el asiento de atrás. Fastidiado, decide regresar a su camioneta, ya resolverá el problema en otra oportunidad. Antes de arrancar ve a Clarissa en pijama detrás de los listones metálicos del portón. Collins y Lady Recogida, enredados entre las piernas de su esposa, ladran y ladran.
      Camino a la escuela (Silvia y Gerardo no han parado de reñir atrás) le sorprende identificar, junto a los deportistas madrugadores de siempre, a numerosas cuadrillas de perros sin dueño que deambulan por las banquetas. Cruzan las calles con relativo orden y se detienen o sientan en las esquinas a la espera del cambio de luz del semáforo. Andan en grupos de hasta diez ejemplares, una cantidad exorbitante bajo cualquier criterio en una ciudad. Incluso los niños dejan de pelear y, perplejos, piden permiso para asomarse a las ventanillas y contemplar ese inusual paisaje deslizante de pelajes. Los cuadrúpedos parecen regir sus rápidos meneos bajo el designio común de una voluntad superior, de un súper líder alfa. Al pasar los miran con absoluta, jadeante y perruna indiferencia. Las lenguas espumosas y rosáceas descendiendo y ascendiendo a ritmo regular por el hocico. Algunos son claramente callejeros. Otros llevan collar, lo que revela que se han escapado de casa. Otros pocos evidencian haber sido expulsados de un hábitat hogareño, pues lucen en el cuello desnudo la marca de un antiguo collar, cierta tersura en el lomo. Por el espejo retrovisor, en lontananza invertida, alcanza a distinguir cómo prosigue su marcha la marabunta canina, los escuadrones dispersos que se perfilan contra el recuadro urbano. Frente al parabrisas vienen muchos más.
      ¿Por qué hay tantos perros?, pregunta Silvia. Sí, papi, la secunda Gerardo. ¿Han crecido tanto los gatos (un adulto habría dicho: se ha multiplicado tanto su población) que ahora salen a cazarlos? Pero a él no se le ocurren respuestas. Es decir, no concibe ninguna explicación que no caiga en la imaginería risible de los filmes de zombis o las series televisivas de vampiros. No obstante, continúan pululando a su alrededor. La camioneta en que viajan transita como una flecha lenta entre rachas cruzadas de perros. Las fauces abiertas, babeantes; la mirada torva o la cabeza agachada, pasan cerca de los espejos laterales mientras ellos siguen a vuelta de rueda. Algunos paran y les dedican un ladrido bravucón; otros, uno más festivo. Las colas variopintas: sus longitudes cambiantes, algunos apéndices cercenados. Las orejas alertas de unos; aquel otro se aproxima entre la multitud con las suyas casi a ras de piso, como una fragata vieja que ha resignado el velamen y se deja llevar por la corriente. Y esos pasitos de mecanismo robótico semiarticulado que comparten todos. Los más independientes tienden a apartarse de las manadas, se desvían hacia alguna bocacalle, hurgan en los botes de basura en busca de comida. Pero de inmediato son reconducidos por ovejeros reales e improvisados. Cuatro o cinco pretenden amotinarse, dan la vuelta y caminan en sentido opuesto, pero son absorbidos por la vorágine como un banco de sardinas. Al fin puede cambiar a segunda, pero tiene que clavar el freno para no arrollar a un antipático french poodle que se les atraviesa. Resuenan los bocinazos por todas partes, se ha formado un embotellamiento del demonio. ¡Largo, chucho!, ruge a través de la ventanilla bajada y varios perros que pasan se vuelven un poco y lo miran con la lengua de fuera. El caniche, de un blanco mugriento, los broches en los rulos del peinado, corre hasta la portezuela; planta sus uñotas en la pintura, escarba, se revuelve, comienza a ladrarle con jactanciosa fiereza a unos centímetros del antebrazo. Arranca y ahora es el de atrás quien hace rechinar las gomas frenando con violencia. Más pitazos, gritos. A todo esto, sus hijos se han cansado de acribillarlo a preguntas no respondidas a satisfacción. Los acaba de reprender por haberlo desobedecido en primera instancia, cuando les indicó que subieran ipso facto los cristales. No entiende lo que está sucediendo, tiene algo de aterrador. Como se ha ensimismado en un silencio tenso al frente del volante y sólo anhela romper la inercia de ese rodar de tortuga, Silvia y Gerardo comienzan a formular sus propias hipótesis. Algunos conductores lanzan objetos desde sus automóviles. Primero la previsible ZV. Pero coinciden en descartarla, pues si ese barullo de pulgosos estuviera compuesto de zombis y/o vampiros, tendrían los ojos en blanco o los colmillos chorreantes de sangre fresca. Se chamuscarían por efecto de la luz del día, o saldrían despavoridos ante la señal de los dedos en cruz que ellos les hacen. Licántropos definitivamente tampoco son. Salvo por la cantidad, parecen perros de lo más normalitos. Luego sopesan otras posibilidades que su progenitor escucha boquiabierto. Silvia sostiene, por ejemplo, que deben ser alienígenas en obvio camuflaje, debido a su extraña gravedad han caído de una de las galaxias recién descubiertas. En su clase de ciencia han estado estudiando el tema de los nuevos telescopios. Son muy potentes, podrán determinar con exactitud el punto desde donde se han desprendido. Su hermano se mofa de ella, sería más plausible (sí, dice “plausible”) explicarlo como un caso de generación espontánea masiva, como antes se creía pasaba con las moscas. Es más razonable suponer, continúa, que se trata de un experimento encubierto orquestado por la CIA para extender su hegemonía sobre los países emergentes (y también dice “hegemonía” y “emergentes”). Silvia, a su vez, se burla de Gerardito, ha estado viendo demasiada tele, papá, mamá y tú deberían vigilar que respete el horario autorizado. Siempre hace lo que se le pega la gana. Su padre sigue el hilo de la conversación con los puños crispados. Se ha formado un embudo de automotores cerca del tope que precede el paso peatonal por donde cruza un enjambre de perros. Gerardo se coloca de rodillas sobre su sitio y se gira por completo para mirar las evoluciones a través de la luneta. Las torrenteras de pelambre continúan confluyendo desde distintos recodos. Allá va un labrador alegre; más allá, unos beagles giran desorientados; por acá, un salchicha salta como propulsado por minitransbordadores espaciales. La estampa gallarda de un bóxer se desdibuja en un trote ligero; un bulldog con aire de malas pulgas se afianza cansinamente sobre sus patas cortas. Una dupla de electrizados fox terrier, de pelo duro y moteado, lleno de ramas y hojitas, atestigua el probable abandono de los amos al tirarlos en alguna carretera. ¡Miren!, grita Gerardo. Numerosos perros de casa, hartos del alboroto de sus propios ladridos, deciden saltarse las verjas y las tapias, sortear la altura de techos y balcones no muy eminentes para incorporase al rebaño. La perrada que cruza por la cebra pintada en el asfalto se segmenta. Una parcela retrocede y los envuelve antes de proseguir su misterioso itinerario.
      Ellos avanzan hasta un semáforo y viran por una calle a la izquierda e, inmediatamente después, a la derecha. Se forman en la cola de autos frente a la entrada del colegio. Allí no se percibe nada anormal. Sin embargo, conforme se van acercando a la puerta detrás de una Voyager y esperan su turno para que los niños puedan apearse, se percatan de que el vigilante y las maestras no se limitan a recibir a los alumnos. El cuidador, armado de una escoba, se empeña en espantar a una corte de falderos que intenta colarse en las instalaciones. Las docentes pegan gritos y pisotones para ahuyentarlos, y la directora de primaria incluso se desespera y sale a corretear una hembra para atizarle con un trapo. Destraba el maletero con la palanquita junto a los pedales. Gerardo y Silvia abren las puertas y él también baja para ayudarlos con las mochilas y darles un beso apresurado ante la impaciencia creciente de los padres de atrás. Nunca lo hace, pero esta vez los santigua. Como si se aproximase un huracán. Un huracán de perros.
      En su trabajo el mostrador de recepción luce vacío. Karina estará maquillándose en los aseos o demorada en el café de la esquina comprando bocadillos. No le incumbe, que la despida quien tenga que hacerlo. Se dirige a los ascensores y pulsa el botón. Sólo funciona uno, los demás están fuera de servicio por mantenimiento. Cree alucinar cuando se abren las hojas de acero. Adentro hay un san bernardo con todo y barrilito de rescate en la garganta. Titubea, oprime otra vez el botón pero las puertas continúan abiertas con el perrazo reflejado en las paredes de cristal. Entra trastabillando, dice estúpidamente “buenos días” y marca el décimo piso. Al principio, durante el ascenso, mantiene su distancia apartado en un rincón. Cuando pretende “sacarle conversación” y acariciarlo, el san bernardo pela los dientes y emite un gruñido grave y sostenido. Así, paralizado, oyendo de manera simultánea el timbre que anuncia cada piso en ascenso y la advertencia persistente del san bernardo, no podría describir esa experiencia. Llegan a destino, por así decir, y aunque al salir con la espalda pegada a los muros de la caja prevé lo absurdo de una fórmula de cortesía en esas circunstancias, no puede evitar despedirse murmurando “Hasta luego, que tengas buen día”.
      Enfila por el consabido corredor entre el laberinto de mamparas de vidrio opaco que compartimentan las oficinas. Suele ser de los primeros en llegar y hoy no es la excepción. Los escritorios aún permanecen desiertos, sólo al fondo reconoce la cabeza de la contadora Morales nimbada por el resplandor del ventanal que mira hacia el boulevard. Podría preguntarle sobre el san bernardo, pero ella y él se han enfrascado en una guerra sorda a raíz de un rumor concerniente a cuál de los dos contará pronto con un despacho de alto ejecutivo. Tendrá que esperar a Mondragón, con quien comparte no lo que se dice una gran amistad sino la decrepitud atlética de los partidos de la liga de futbol de padres de familia que promueve la misma empresa. La otra noche hubo otro infartado. Deja el portafolios y la lonchera sobre el asiento ergonómico que está todo vencido. Camina hacia la ventana mirando a intervalos las microcámaras colocadas en el techo. Imagina que el staff de seguridad proporcionará alguna explicación respecto al san bernardo, aunque tampoco vio a ninguno de ellos abajo.
      Morales lo detecta y le dedica, a modo de saludo, un gélido asentimiento de cabeza. Se sitúa frente al vidrio a prudenciales metros de ella. Las miríadas de perros siguen enturbiando el panorama. Son centenares. Muchos se detienen y mean los árboles del paseo. Runflas de exaltados pretendientes se baten a dentelladas para ganarse el derecho a copular con los ejemplares en celo. Otros forman escoltas tras el trote rítmico de los más vigorosos. Juraría que ve salir del edificio al san bernardo, aunque no podría estar seguro, el acceso principal le queda en un ángulo ciego. Vuelve a su cubículo y enciende la computadora. Mientras sus compañeros comienzan a aparecer revisa su correo. La misma basura invasiva de costumbre. Una circular redactada con las patas convocando a una soporífera asamblea por la tarde, ya se lo había adelantado Mondragón. Los del piso de abajo están cagados en los calzones, nadie se salva de la “optimizante podadora”, como le encanta repetir con nefando sadismo a Julio Santillán, el CEO. Desecha varias comunicaciones spam. Abre otra ventana en el buscador y consulta las noticias, pero los diarios no mencionan nada acerca de los perros. Se concentra de nuevo en su correspondencia. Encabezando los mensajes no leídos de la bandeja de entrada ubica uno de Aurora Rodríguez. Lo abre con un pálpito. “Me gustó mucho tu abrazo. Quieres que hablemos de eso?” Y le propone reunirse a las cuatro de la tarde en una dirección específica de los suburbios. ¿Qué hacer?, se pregunta y, aun sentado, siente que se le aflojan las rodillas. Repica el teléfono fijo y él contesta, distraído. Sus pensamientos vagan en la fluorescencia que promete la fantasía de Aurora Rodríguez.
      —¿Damián?, soy Clarissa —él reacciona como una oruga fumigada con insecticida—. Estoy tratando de comunicarme al celular desde hace rato. ¿Lo tienes apagado?
      Se palpa el bolsillo y comprueba que se le ha olvidado encenderlo. Con todo el asunto de los perros. No puede parar de temblar.
      —Escúchame. Estoy con los niños en la escuela. Llamó la directora. Van a evacuar la ciudad, lo acaba de confirmar Protección Civil por la radio.
      A través del chisporroteo del auricular, se percibe una barahúnda de voces y ladridos.
      —Damián, pon atención. Es urgente, me oyes, urgente que subas ahora mismo a la camioneta y te reúnas cuanto antes con nosotros en la salida número catorce.
      De lo contrario, quedará atrapado en el cerco sanitario. Se ha decretado toque de queda a partir de la una y después nadie podrá entrar ni salir del perímetro acordonado. Las perreras municipales no dan abasto, muchos empleados han tenido que ser hospitalizados a consecuencia de las mordidas. En exclusivas zonas residenciales, bandas de encarnizados rottweilers, pitbulls y dogos argentinos se disputan el control territorial. Han matado y devorado a varias personas. No sólo transeúntes anónimos y ocasionales, también a sus propios amos.
      —La policía ya está interviniendo —silbatazos, el estruendo amortiguado de patrullas de policía, sirenas de ambulancia—. El ejército viene en camino, va a copar el centro histórico. Sal de inmediato.
      Restallan unos clics y teme que vaya a cortarse la llamada. Para contener la temblequera ha tenido que hacer ejercicios de respiración escudado en la mano que ahora tapa el micrófono.
      —¿Damián, sigues ahí?
      —Sí —retira la mano del teléfono—. Aquí sigo.
      —Te paso con Silvia, no entiendo qué quiere decirte.
      —¿Pa?
      —Sí, hija. Dime.
      —Lo bueno es que no se transforman.
      —¿Cómo?
      —Los mordidos. No se convierten en el mismo agente que los ataca, como las víctimas de los zombis y los vampiros en las películas.
      —…
      —Por supuesto, quedan expuestos a la rabia y a muchas otras infecciones. O a quedar amputados, pero no se transforman en perros.
      Clarissa ordena a Silvia que le devuelva el aparato. Discuten algo y luego la voz de Gerardo resuena por los orificios de plástico.
      —Sólo para despedirme rápido —dice sobreponiéndose a una recia secuela de ladridos—, mamá está muy nerviosa.
      —Cuídalas, Jerry. En mi ausencia tú eres el hombre de la casa. Los veré más tarde.
      —¿Papi?
      —¿Qué?
      —No te queba la menor duda —pese a su florido vocabulario Gerardo aún no ha aprendido a conjugar correctamente el verbo caber.
      —¿De qué hablas?
      —La CIA está detrás de todo esto. Siempre es culpa de la CIA.
      —¡Basta ya de sandeces! —a Damián no le cuesta imaginar el aspaviento perentorio con que Clarissa ha arrebatado el móvil a Gerardo—. Te esperamos entonces, Damián. Salida catorce. Mejor apúntalo, te noto muy distraído. Han asignado los números de salida de acuerdo a los códigos postales. Te pedirán tu identificación para cotejarlo. No te vayas a equivocar.
      —Espera —casi grita Damián contra el renovado bullicio de fondo—. Collins y Lady Recogida, ¿están con ustedes?
      —No –Clarissa rompe a llorar—. Después te explico —y cuelga.
      Damián se pone el saco, toma el portafolios y la lonchera. Lo gobierna una calma extraña y repentina, un bálsamo a la angustia atroz que parecía rajarle en canal el pecho durante la reciente conversación con Clarissa y los niños. Mira a su alrededor. Los que acababan de llegar, se han largado. Se apresura hacia el ascensor, con suerte ya no encontrará al san bernardo. Sin saber a ciencia cierta por qué, de pronto se apiada de Morales y vuelve sobre sus pasos para prevenirla. Cuando ya está cerca del rectángulo de claridad entre los paneles, y la silueta de la aborrecible compañera se perfila a contraluz inclinada sobre su escritorio, repiquetea el teléfono. La contadora atiende y, a un tiempo, hace un resuelto ademán para indicarle que se detenga. No suele ser susceptible, mucho menos tratándose de Morales. Supone que algún pariente o amigo la estará poniendo al tanto de lo que ocurre, aunque le resulta difícil aceptar que Morales pueda tener parientes e imposible concebir que alguien sea su amigo. Gira sobre sus talones y se precipita a zancadas hacia el rellano.
      Cruza corriendo el vestíbulo absolutamente desierto, pero al intentar trasponer la puerta giratoria se queda atascado con un mastín napolitano gris que lo tumba a lengüetazos. Se acurruca, muerto de pánico, para defenderse entre el vidrio y la alfombrilla del cilindro, levantando el portafolios. Pero su nuevo amigo, de imponente alzada, no depone la actitud cariñosa y le deja unos pegajosos colgajos de baba en los anteojos. La bestia ladea la cabezota con sus ojillos de por favor adóptame. Le lame a conciencia las orejas y a él le vuelve el dolor de la resaca de anoche. Se le intensifica a tal grado que teme su cerebro vaya a desintegrarse. Se incorpora o, mejor dicho, el mastín se aparta de encima y lo arrastra detrás suyo al empujar la hoja para salir. Afuera, el contacto con el aire caliente le transmite una sensación de asfixia. Termina de ponerse en pie, maldice, se sacude y limpia con un pañuelo desechable. Ve pasar a un precioso setter negro. Y a muchos otros perros. Más lejos tres galgos, los diminutos cráneos en los lomos curvados, emprenden una veloz carrera y en cuestión de segundos rebasan a todos. Receloso, rodea el edificio y baja por una puerta excusada al estacionamiento. Sólo hay tres autos, incluido el suyo y el de Morales. No tiene idea de quién será el otro. Enciende el Mazda y las luces. Hace rechinar los neumáticos cuando sube por la rampa y sale disparado. Salida número catorce. Salida número catorce, no debe dudarlo.
      ¿O Aurora Rodríguez? Esa perfecta desconocida de brazos y piernas largos. ¿Estará también ella huyendo en esos precisos instantes de los perros, nuestros miedos más tangibles? ¿O aguardará a que él acuda puntual a su cita? En cualquier caso, ¿por qué no tomar un breve desvío? Clarissa y los niños estarán bien. Con seguridad los conducirán a un enclave aislado y protegido, adonde no tengan acceso los perros, como en las películas ZV. Si viera antes a Aurora, podrían aclarar el asunto (¿cuál?). ¿Tenía las uñas pintadas, Aurora? No logra recordarlo. Pero… ¿en qué mierda está pensando? Salida número catorce. Salida número catorce. ¿O Aurora Rodríguez, sólo un momentito? La puta que lo parió. Hay que cuidarse de los perros. Hay que cuidarse de los abrazos.
      Ingresa al periférico y pisa a fondo el acelerador. A la derecha, un letrero anuncia la salida número catorce. La boca está flanqueada por vehículos policiales y del ejército. Poco más adentro, han instalado un retén con costales de arena y armas de repetición. Esparcidos en la cuneta hay varios cadáveres de perros. Damián sigue de largo y viola a sabiendas los límites de velocidad. Restriega las manos en el volante. Las lágrimas se le agolpan.
      Deja atrás, a la izquierda, otro letrero: RETORNO.

RELATO INCLUIDO EN DÍA FRANCO (TEXTOS DE DIFUSIÓN CULTURAL. SERIE RAYUELA, UNAM, 2016)