Hay que escribir esta notita frívola ahora, que no se ha estrenado todavía la quinta temporada de la serie House of Cards (Castillo de naipes, sería, si a alguien le importaran estas cosas) en Netflix.
      La serie está basada en otra serie, inglesa y de formato breve, transmitida por la BBC en 1990; ésta, a su vez, se basa en la primera de una trilogía de novelas de Michael Dobbs, un escritor y político conservador que imagina, tras el final del gobierno de Margaret Thatcher, el ascenso al poder de un funcionario ambicioso y sin escrúpulos llamado Francis Urquhart. Los guiones, escritos por Andrew Davies y el propio Dobbs, enfatizan la intriga política y la forma en la que Urquhart (interpretado de forma excelente por Ian Richardson) es capaz de racionalizar cada acción detestable que lleva a cabo –desde coacción y chantaje hasta asesinato– y ponerla en perspectiva como un paso más en su camino hacia el poder. El mejor recurso formal de la serie es literalmente clásico: como en una obra de teatro isabelino, Urquhart es capaz de traspasar los límites de su propia ficción y hablar a los espectadores que lo miran en sus pantallas. Así se vuelve un villano horrible y a la vez cercano, fascinante a causa de esa cercanía, en la tradición (aunque no necesariamente a la altura) de Ricardo III o Edmundo de Gloucester.
      Lo mismo sucede, por supuesto, en la versión estadounidense, en la que Francis Urquhart se convierte en Frank Underwood, diputado del Partido Demócrata que conspira para hacerse de la vicepresidencia de su país y luego conseguir la destitución del presidente. Underwood, interpretado por Kevin Spacey, se convierte así en presidente de los Estados Unidos sin tener que hacer campaña electoral y tras haber sido responsable directo de dos muertes y de la ruina de muchas personas. Al lado de su historia, aprovechando la mayor extensión del formato americano de series en temporadas abiertas, se ven las vidas de la esposa de Underwood, la también ambiciosa Claire (Robin Wright), el leal operador político Doug Stamper (Michael Kelly) y muchos otros.
      La cuarta temporada de esta House of Cards fue la última de su creador y primer showrunner, el guionista Beau Willimon. Fue coordinada por él y tuvo colaboradores muy diversos en la dirección de los diferentes episodios (entre otros, James Foley, Joel Schumacher, Jakob Verbruggen y la misma Robin Wright; en otras temporadas estuvieron, además, figuras como David Fincher, Joel Schumacher y Jodie Foster). Su trama culminó con Underwood amenazado, pocas semanas antes de la elección entre él y un candidato republicano, por miembros de su propio partido, por un periodista que ha descubierto algunos de sus crímenes, y por una crisis debida a un ataque terrorista. Acorralado, Underwood anuncia a los espectadores que su estrategia para salvarse será crear su propio terror…
      Pero el efecto de semejante conclusión no fue, probablemente, el esperado por sus creadores. El lanzamiento de la temporada (todos los episodios el mismo día, como es costumbre) ocurrió a la mitad de la campaña presidencial del año pasado en Estados Unidos, y quedó eclipsado por el espectáculo mediático de los dos candidatos en pugna y en especial, desde luego, por Donald Trump. Aun antes de que éste fuera electo –mientras los medios que ahora llama “enemigos del pueblo” americano le daban publicidad gratuita mucho más copiosa que la que le daban a sus oponentes–, su campaña era un show. Una continuación de los que hacía como conductor del programa El aprendiz y, antes, como la “personalidad pública” que fue aun antes de llegar a la televisión: el magnate neoyorquino ansioso de notoriedad y conocido por sus tácticas deshonestas.

 
Imagen encontrada en Facebook (fuente)

      Millones de personas quedaron hechizadas por el personaje de Trump, que se conducía de forma tan diferente de los políticos en los noticieros y también de los personajes claramente de ficción en narraciones, películas y series sobre política. Buena parte de sus electores parece haber votado por el personaje, que se proclamaba ajeno a los clanes y grupos de poder que participan en el gobierno de su país y, supuestamente, podría dirigir al Estado como a una empresa privada, para hacerlo “replicar” el éxito (de hecho bastante turbio y dudoso) de sus propios negocios.
      Y en esa atmósfera, incluso antes de que Trump ganara, empezó a difundirse la idea de que ninguna representación de las existentes se acercaba siquiera a capturar lo que lo hacía único. Que era una figura totalmente sin precedentes, que nadie hubiera podido anticiparlo, y que en él se demostraba una vez más el lugar común de que la realidad “siempre supera a la ficción”. (Esto se sigue diciendo incluso ahora, cuando es claramente visible que Trump conduce al menos a su círculo más cercano como al reparto de un reality show, permanece obsesionado por que la televisión lo elogie y más que una política o una ideología mantiene un espectáculo, una puesta en escena para complacer a su “base” pero sobre todo a sí mismo: a su ego y su necesidad insaciable.)
      Pero no: no es para tanto.
      Para empezar, Trump no supera ni a la misma realidad. Ahora que es presidente, y aunque en México se repitan las frases de asombro que se dicen en los Estados Unidos y muchos se obsesionen con la historia diaria de sus disparates y amenazas (y varias de éstas se hagan directamente contra nosotros), lo cierto es que es muy fácil ver que su régimen rapaz, de empresarios que se benefician de las leyes que ellos mismos promulgan, se parece a más de uno de los nuestros: la cleptocracia –gobierno de ladrones– no es ninguna novedad. La ineptitud e inexperiencia de Trump y su gente tampoco lo son, ni su racismo, que como sabemos se alza también, de manera alarmante, en otros lugares del mundo.
      Además, mucho de su carácter y de los incidentes alrededor de su campaña sí están prefigurados, de hecho, en House of Cards, aunque en su momento nadie haya podido o querido verlo. Conway, el candidato republicano que aparece en la serie (Joel Kinnaman), es más guapo y más joven pero está tan obsesionado como Trump con su propia imagen, es igual de hipócrita y puede, como él, intrigar y mentir sin remordimientos; los medios tradicionales, en crisis a causa del auge de Internet, critican a los políticos y al mismo tiempo los aúpan y les dan poder y reconocimiento; hackers y whistleblowers (personas que revelan secretos gubernamentales para hacer denuncia) son vistos como personajes enigmáticos y amenazadores; los lazos familiares llevan a actos de nepotismo y faltas éticas “técnicamente legales”; hay una relación equívoca del presidente estadounidense con el de Rusia, que es muy parecido a Vladimir Putin (lo interpreta el actor Lars Mikkelsen) aunque se apellide Petrov; hay colusiones con oscuros poderes empresariales y el uso de la violencia como recurso de mera distracción… Algunas de esas coincidencias serán casuales, por supuesto, pero incluso ellas muestran que ciertas preocupaciones generales causadas por la crisis de los gobiernos neoliberales van más allá de las personas que les dan cuerpo de manera fortuita. (Como se dice con frecuencia, la Historia siempre corre el riesgo de examinar el pasado como si fuera el cumplimiento de un destino fatal, como si cada acontecimiento hubiera estado prefijado desde siempre, pero no es así. Es decir, nos conviene recordar que Donald Trump no era inevitable, ni es un cataclismo que sólo nos es dado mirar.)
      Se ha escrito que la diferencia entre Trump y otros políticos de su país es su falta de vergüenza: más precisamente, de interés en la apariencia de honorabilidad, de preocupación por el escrutinio público, que Underwood, Conway y hasta algunos de los peores sátrapas mexicanos sí tratan de mantener. Pero creo que algo distinto es lo más llamativo: el hecho de que, como personajes, esas criaturas en los puestos de mayor poder en el mundo en el que vivimos son pésimas. Criaturas no sólo vulgares, corruptas, odiosas, sino planas: seres sin profundidad, sin nada más que sus apariencias.
      Aunque no faltan ejemplos literarios de malos gobernantes (la ineptitud e inconstancia de Trump, por ejemplo, podrían tener un paralelo en Ricardo II, del mismísimo Shakespeare), los políticos actuales, y en especial los del nativismo blanco de los Estados Unidos, tienen sus precursores, más bien, en lo peor de los medios masivos de aquel país, y en especial de la televisión: en esa cultura que lleva décadas de usar las noticias como espectáculo, denigrar el pensamiento complejo, fomentar la riqueza y la fama como valores esenciales, defender el privilegio como fuente de virtud y la zafiedad como derecho del más fuerte, para mejor humillar a sus inferiores.
      Con todos sus defectos, y a pesar de todo lo que calla sobre problemas reales como la discriminación racial, la desigualdad económica, el carácter –insular y alevoso al mismo tiempo– de la política estadounidense en el resto del mundo o la depredación ambiental, una serie como House of Cards se las arregla para encontrar una dimensión humana en sus protagonistas y revelarnos las razones, a veces muy humanas y comprensibles, de actos espantosos. Las interpelaciones de Frank Underwood a sus espectadores, complementadas ocasionalmente por sus sueños o sus alucinaciones, dicen mucho, y con mucha precisión, sobre un individuo complejo, concreto. En el reality show de la Casa Blanca, por el contrario, las figuras principales son todas clichés (desde el nazi Steve Bannon hasta el bully Sean Spicer), el protagonista carece por completo de interior, de capacidad de introspección o curiosidad sobre sí mismo, y sólo unos pocos personajes incidentales, de los que aparecieron en uno o dos “episodios” del último año, tienen interés dramático al aparecer con fisuras: auténticos fallos de carácter capaces de sugerir algo parecido a la naturaleza humana.
      (Por ejemplo, el exdirector del FBI, James Comey, quien pudo haber causado una catástrofe para su país a causa de su vanidad y sus errores de juicio, y pagó por ello con la humillación pública a manos de quien más le debía. O Anthony Weiner, el político caído en desgracia por su adicción al sexo, que contribuyó al torbellino mediático contra su bando –y su propia esposa– sin proponérselo siquiera. Etcétera. Los demás son monigotes que dicen estupideces en una pantalla y enganchan la atención de muchas personas con la amenaza constante de algo todavía peor.)
      En 1940, Borges escribió contra los admiradores de otros gobernantes autoritarios y describió, sin quererlo, al espectador ideal del show de Donald Trump: el “adorador secreto, y a veces público, de la ‘viveza’ forajida y de la crueldad”, para quien la única razón posible es la fuerza y las palabras sólo sirven si justifican sus propios odios. Vale la pena hablar de la pésima calidad de ese show no sólo porque ese espectador existe hoy, sino porque el poder del país que transmite a todas horas el programa de su régimen refuerza sus peores efectos en el mundo entero, incluyendo el desgaste del lenguaje mismo y el fomento de la simple estupidez: su ideal es la sumisión a una “realidad” en la que nada importa ni puede cambiar porque nada tiene sentido. No son novedades, por supuesto, pero ahora se fortalecen y se vuelven más destructivas.

 
Kevin Spacey como Frank Underwood en House of Cards