Hace muchos años murió en mi ciudad natal, Toluca, un poeta: José Alfredo Mondragón. Félix Suárez, amigo suyo, poeta también y editor, escribió un artículo en su memoria, entre varios otros homenajes que se le hicieron durante algunos años. Aquel texto no está en internet pero yo nunca olvidé una frase: al referirse al impacto de la muerte, Félix escribe de «la sensación de polvo entre los dientes».

Tiene razón. No es una idea totalmente nueva: su origen debe estar en la parte de J, el misterioso autor o autora primordial de buena parte del Pentateuco, en aquella frase gastada por el uso pero, en el fondo, aún poderosa como poesía: «Polvo eres, al polvo has de volver». Félix agrega a esa imagen clásica un poco de contexto: la mira desde otro sitio. Porque la muerte, cuando pasa cerca, también derriba a los vivos y, aunque no nos lleve con ella, de todos modos nos tira al suelo. Caemos, de bruces, al sitio de donde son nuestros cuerpos, y sentimos la tierra en nuestra boca.

En estos últimos días se han muerto tres poetas mexicanos y uno argentino pero avecindado aquí.

Los más conocidos son Juan GelmanJosé Emilio Pacheco, de los que se escrito copiosamente por su fama y por lo que representaron –y tal vez sean de los últimos en poder representar– para miles, o incluso millones, de lectores de este país y de otros de Hispanoamérica; los otros dos son Marco Fonz y Sergio Loo, menos famosos pero no menos queridos por su gente y sus lectores ni menos empeñados en su propio trabajo. Un accidente casero, súbito, fue la causa de la muerte de Pacheco; Loo tenía cáncer desde tiempo atrás, al igual que Gelman, y Fonz se suicidó, por razones que no conozco y tal vez no se puedan ya recuperar.

Este país ha tenido muchas oportunidades, en los últimos años, de sentir el polvo entre los dientes. El sufrimiento de millones de personas que no han muerto, pero han visto la muerte, ha vuelto aún más monstruosa la hipocresía y la ceguera con la que el gobierno de Felipe Calderón declaró la «guerra contra el narco», en la década pasada, y más amenazadora la desintegración del Estado que comenzó entonces y sigue hasta hoy, a fuerza de corrupción y alevosía y mera estupidez de todos los que desean mandar –desde los gobiernos y desde fuera de ellos– sobre el territorio. Y también nuestros antepasados supieron –como saben todos los seres humanos, en realidad, aunque tal vez con más precisión que muchos– del peso de la muerte: de cómo pasa y nos tira al suelo. «El paisaje mexicano huele a sangre», dijo en 1915 (hace casi cien años) Eulalio Gutiérrez, general revolucionario y presidente de México por unos pocos meses, y la frase debe ser la justificación de su vida entera, por la fuerza que ha tenido tras su propia muerte y las veces incontables que se le ha repetido.

Así que una persona cínica podría sospechar que quiero terminar esta nota con un lamento por aquellos cuatro poetas muertos y oponerse a ello: podría decir que cuatro poetas no son sino cuatro individuos, cuatro más, y que no agregan prácticamente nada, por muy poetas que hayan sido, a la experiencia general ya vivida y a lo terrible del presente.

Pero no: lo que quiero decir aquí es que si bien estas cuatro muertes me afectan porque me son cercanas, sólo así puede un ser humano –sea quien sea– comenzar a aquilatar la gravedad de la Muerte, con mayúscula. No importa si la cercanía es poca, falsa –el afecto de un lector, digamos, que cree tener enfrente al escritor pero en realidad nunca lo conoce– o meramente gremial. Conocí fugazmente a Fonz, hablé un poco más con Loo y, aunque leí y disfruté sus libros, jamás con Gelman ni con Pacheco. Pero puedo imaginar lo que Laura Emilia, la hija de este último, está sintiendo en estos días, y no sólo porque a ella sí la conozco y la aprecio desde hace tiempo, sino porque lo he sentido yo, con la muerte de mis propios familiares. Y de esa misma manera puedo ver –percibir con toda la precisión que hace falta– lo que sienten quienes quisieron más a Loo y a Fonz y a Gelman. Me basta lo que les oigo o les leo decir. Porque soy tan humano como todos ellos.

Lo digo otra vez: sólo así podemos empezar a aquilatar la gravedad de la Muerte. Desde nuestra pequeñez humana y nuestra experiencia de individuos. Sumamos de a poco los momentos en que la hemos tenido cerca y luego tratamos de multiplicarlos por cien o por mil o por un millón. Casi nunca logramos ir tan lejos: las cantidades realmente grandes se convierten en abstracciones, como han observado los testigos y los historiadores de los genocidios. Pero lo intentamos, y así podemos empezar a ver el tamaño de cada pérdida y no sólo temer por nosotros mismos, que es de lo más humano también y de lo más justo, porque también vamos a morir; no sólo temer eso, digo, sino también temer por los demás: apreciar (aunque sea de ese modo negativo) la vida que persiste.

Ayer salí a conversar en una cafetería con amigos que no veía desde hace mucho tiempo. Había en esto una urgencia rara: todos nos esforzábamos por contar anécdotas divertidas, reír y no hablar mucho, o nada, del pasado común: por dar preferencia al presente. Al regreso, mi esposa me dijo –muy en serio, recordando un relato del accidente sufrido por Pacheco, y que podría sufrir cualquier otro ser humano– que debía tener más cuidado, pues suelo caminar distraídamente y ya he tenido caídas y tropezones. En ambos hechos rutinarios había la conciencia de algo espantoso pero también una esperanza ridícula, invencible.

"La muerte como asistente de un farmacéutico". Acuarela atribuida a Thomas Rowlandson (1756-1827). Wellcome Library, Londres

«La muerte como asistente de un farmacéutico». Acuarela atribuida a Thomas Rowlandson (1756-1827). Wellcome Library, Londres