Este mes me he retrasado en publicar un cuento en esta bitácora debido a la cercanía de las elecciones presidenciales en México. Sigo creyendo que lo publicado en un sitio como éste puede apostar a ser leído después del día de su publicación, pero también quería marcar las fechas de algún modo. Y no quería hacer como muchas personas que han escrito (varios muy bien, varios de acuerdo con cómo pienso, y varios consiguiendo ambas cosas a la vez) sobre sus intenciones de voto.

Pensaba que una historia podía bastar: un cuento, como los que aparecen aquí cada mes. La palabra cuento sigue teniendo, en los tiempos presentes, las mismas connotaciones negativas de “mentira” y “engaño” (como se ve en el remate de este artículo, por demás excelente, de Jesús Silva-Herzog Márquez), pero las herramientas humildes de una historia breve (o relato corto, o como se quiera llamarle) pueden bastar para fijar una imagen del mundo: una postura ante las cosas.

Hay, incluso, obras que lo consiguen de modo más permanente al resultar menos obvias, menos una declaración enfática sobre un contexto y un lugar precisos. Así sucede (por dar un solo ejemplo) en este cuadro famoso: Los embajadores (1533) de Hans Holbein.

(Pista: en esta imagen arrogante de poder y autoridad se esconde la muerte.)

Pensando en lo anterior me puse a buscar… y no pude hallar ningún cuento que me satisficiera entre decenas que revisé y que se referían de algún modo a la política y el poder. Descarté los militantes, incluyendo aquellos con los que simpatizo; descarté también los de muchos contemporáneos, que utilizan la ironía para describir un estado de cosas que luego se cuestiona en un tono moralista pero al final se acepta cínicamente (éste debe ser otro subgénero central de la narrativa mexicana actual).

Luego tuve una conversación curiosa por Twitter: alguien a quien no conozco, pero que parecía al menos simpatizante del movimiento #YoSoy132, me dijo que veía un antes y un después en la literatura mexicana a partir de las marchas organizadas por ese movimiento. Esto me dejó muy intrigado: mi interlocutor(a) siguió diciendo que los jóvenes querrían ahora algo nuevo, algo hecho por ellos mismos, menos interesado en la ficción o el estilo (en el “arte por el arte”) y más en la observación y el análisis de la realidad. Una literatura más informada y más pertinente. Varias de estas ideas me recordaron discusiones que tienen lugar desde hace tiempo; los dos estuvimos de acuerdo en que, en todo caso, las obras que renovarían la literatura nacional desde el movimiento estudiantil de 2012 estaban aún por escribirse.

(Realmente desearía que se escribieran, por cierto: el entusiasmo de esa persona que habló conmigo me alegró enormemente, y en México casi no hay grandes obras literarias escritas alrededor o cerca o a partir de movimientos sociales: hay grandes testimonios, pero éstos son algo distinto. Tal vez lo que haría falta, pienso ahora, sería que esos nuevos escritores por venir abandonaran definitivamente el mal hábito –heredado por lo demás del largo régimen priísta del siglo XX, y que todavía se practica y se enseña– de la escritura exclusivamente como medio:  para subir en el escalafón, para agradar a los superiores, para golpear a los adversarios, pero no para encontrar lectores.)

Finalmente opté por un cuento que trata el tema del poder en un escenario intemporal: lejos de hoy y de cualquier otro momento. Aparecerá aquí mismo hoy por la tarde (aquí está); en él está también, de todos modos, mucho de lo que creo, y también una convicción que puede parecer ilusa pero está consignada desde la antigüedad (como apuntó recientemente Verónica Murguía) en muchas de las grandes historias: la de que es posible sobrevivir, siquiera como comunidad o como especie, a las grandes catástrofes. Incluyendo a las que trae el poder.

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Nota del 2 de julio. Más sobre Los embajadores de Holbein y el secreto que guarda se puede ver en este documental. Al final sí escribí, brevemente, sobre mis intenciones de voto. Y hoy lunes 2 de julio los resultados de la elección empiezan a saberse. Habrá que esperar que nadie llegue a donde llegan los peores personajes de Gorodischer, y trabajar en consecuencia. Ah, y quiero que se escriban esas obras prometidas (y excelentes, y pertinentes) sobre todo lo que acaba de pasar: leerlas hará falta.