En el libro Fantasmas (20th Century Ghosts), una colección de cuentos de Joe Hill que está resultando una agradable sorpresa, está la descripción que sigue: el fantasma de un árbol:

Está el famoso caso de pino blanco de West Belfry, en Maine, un altísimo abeto con una corteza blanca y suave como nunca se había visto, y agujas del color del acero bruñido. Lo talaron en 1842, y en la colina donde había estado construyeron un salón de té y un hotel. En la esquina del comedor pintado de amarillo, había una zona circular –de un diámetro idéntico al del tronco del pino– donde siempre hacía un frío intenso. Justo encima del comedor se encontraba un pequeño dormitorio en el que nunca dormía ningún huésped. Quienes lo intentaron contaban que las fuertes ráfagas de un viento fantasmal y el suave crujir que producía en las ramas altas de los árboles no los habían dejado dormir; el viento hacía volar los papeles por la habitación y hacía jirones las cortinas. Y cada mes de marzo, de las paredes manaba savia.

¿Cómo podrían ser las descripciones de otros fantasmas: los espíritus de otros seres no humanos, de objetos, etcétera? La tradición de estas descripciones no es corta pero el juego está lejos de haberse agotado. Los interesados, como siempre, tienen la zona de comentarios de esta nota para dejar sus propuestas o un enlace a lo que publiquen en sus propias bitácoras.