He aquí, para variar, algo que no es exactamente un cuento: un fragmento de la novela Hacedor de estrellas de Olaf Stapledon (1886-1950), narrador británico conocido en el mundo de habla española justamente por este libro, que Jorge Luis Borges prologó para una edición venerable de 1965, publicada en Argentina por Minotauro en traducción de Gregorio Lemos.
La historia (aunque un resumen no le hace justicia) es la de un hombre que “viaja” espiritualmente a otros mundos, cada vez más lejos en el espacio y en el tiempo, y conoce no sólo a la totalidad de los habitantes del universo sino a la totalidad de los universos que ha habido y que llegará a haber. Para Borges, la virtud abrumadora de la novela era su “casi ilimitada imaginación”; su combinación de humanismo, interés político y arrebato místico es de las más extrañas que dio la literatura del siglo XX.
Lo que sigue es sólo un momento del primero de los viajes del narrador, por un planeta relativamente cercano y fácil de comprender al que el texto llama “Otra Tierra” y del que se contempla lo mismo la biología, la política, la vida social y el lenguaje. Con su título original: Star Maker, la novela se publicó por primera vez en 1937.

OTRA TIERRA
(fragmento de Hacedor de estrellas)
Olaf Stapledon

[…] Mi primera visita a la metrópolis de uno de los grandes imperios de la Otra Tierra fue una experiencia notable. Todo era a la vez raro y familiar. Había calles, y tiendas con escaparates y oficinas. En la cuidad vieja las calles eran estrechas y el tránsito de motor tan abundante que los peatones caminaban por unas aceras especiales, a la altura del primer piso de las casas.
Las multitudes que se movían en estas aceras eran abigarradas, como las nuestras. Los hombres llevaban túnicas, y pantalones sorprendentemente parecidos a los pantalones europeos, aunque los elegantes los planchaban con la raya a los costados. Las mujeres, sin pechos, y de elevadas narices como los hombres, se distinguían por sus bocas más tubulares, y cuya función biológica era la de proyectar alimento para el niño. Sus ropas eran unas vestiduras ceñidas, verdes y lustrosas, y unos calzones chillones. El efecto era para mí de una extraordinaria vulgaridad. En verano ambos sexos se paseaban por la calle con el pecho desnudo; pero siempre llevaban guantes.
Esta multitud, pues, a pesar de su rareza, era tan esencialmente humana como cualquier londinense. Se ocupaban en sus asuntos privados con una seguridad total, ignorando que un espectador de otro mundo los encontraba a todos igualmente grotescos, con su falta de frente, sus grandes, elevadas y temblorosas narices, sus ojos asombrosamente humanos, sus bocas picudas. Allí estaban, vivos y ocupados, comprando, mirando, hablando. Las madres arrastraban de la mano a sus niños. Los viejos con las caras cubiertas de canas se inclinaban sobre bastones. Los muchachos miraban de reojo a las muchachas. Unas ropas mas nuevas y adornadas, unos carruajes seguros y a menudo arrogantes distinguían fácilmente a los más prósperos de los poco afortunados.
¿Cómo podría describir en pocas páginas un mundo proliferante y apretado, tan distinto del mío, y sin embargo tan similar? Aquí, como en mi propio planeta, nacían continuamente niños. Aquí, como allí, reclamaban alimento, y a veces compañía. Descubrían el dolor, y el miedo, y la soledad, y el amor. Crecían, moldeados por la dura o bondadosa presión de sus semejantes, y eran al fin seres bien nutridos, generosos, cuerdos, o mentalmente enfermos, decepcionados, torpemente vengativos. Todos y cada uno aspiraban a la bendición de una verdadera comunidad, y muy pocos, mas pocos aquí quizá que en mi propio mundo, alcanzaban a percibir apenas su evanescente aroma. Aullaban con la manada y cazaban con la manada. Morían de hambre, tanto física como mentalmente. Se disputaban a gritos la presa y se hacían pedazos. A veces uno de ellos hacía una pausa y se preguntaba qué sentido tenía todo aquello; y seguía una guerra mundial, pero nadie daba una respuesta. De pronto se sentían viejos y acabados. Entonces, luego de haber vivido una existencia que era un instante imperceptible del tiempo cósmico, desaparecían.
El planeta, que era esencialmente de tipo terrestre, había producido una raza esencialmente humana, aunque humana en otro tono, podría decirse. Los continentes, tan poblados como los nuestros, estaban habitados por una raza de tan diversos tipos como el Homo sapiens. Todos los modos y facetas del espíritu que se manifestaron en nuestra historia habían tenido su equivalente en la historia de los Otros Hombres. Había habido allí, como entre nosotros, edades oscuras y edades luminosas, fases de adelanto y retroceso, culturas predominantemente materiales, y culturas intelectuales, estéticas o espirituales. Había razas “orientales” y “occidentales”. Había imperios, repúblicas, dictaduras. Sin embargo, todo era distinto en la Tierra. Muchas de las diferencias, por supuesto, eran superficiales; pero había una diferencia profunda, fundamental que tardé mucho tiempo en entender y no describiré aún.
Debo empezar por referirme a la organización biológica de los Otros Hombres. Su naturaleza animal era en el fondo muy similar a la nuestra. Reaccionaban con ira, miedo, odio, ternura, curiosidad, de un modo semejante al nuestro. Los órganos de los sentidos no eran tampoco en ellos muy distintos, excepto la vista, pues parecían menos sensibles al color y mas a la forma que nosotros. Los colores violentos de la Otra Tierra se me revelaban a través de los ojos de los nativos como muy amortiguados. Tampoco tenían oídos muy perfectos. Aunque sus órganos auditivos eran tan sensibles como los nuestros a los sonidos débiles, no discriminaban muy bien. La música, tal como la conocemos nosotros, nunca se desarrolló en ese mundo.
En compensación, el olfato y el gusto se habían desarrollado de un modo asombroso. Estas criaturas gustaban las cosas no solo con la boca, sino también con las húmedas manos negras y con los pies. Tenían así una experiencia del planeta extraordinariamente rica e íntima. El gusto de los metales y las maderas, de las tierras dulces o amargas, de las piedras, los innumerables sabores suaves o fuertes de las plantas que aplastaban los pies desnudos formaban en su totalidad un mundo desconocido para el hombre terrestre.
Los genitales estaban también equipados con órganos del gusto. Había distintas sustancias químicas en hombres y mujeres, todas poderosamente atractivas para el sexo opuesto. Eran saboreadas débilmente con el contacto de los pies o las manos en cualquier parte del cuerpo, y con exquisita intensidad en la copulación.
Esta sorprendente riqueza de la experiencia gustativa me hizo muy difícil entrar totalmente en los pensamientos de los Otros Hombres. El gusto desempeñaba una parte tan importante en sus imágenes y conceptos como la vista entre nosotros. Muchas ideas que los terrestres habían alcanzado gracias a la vista, y que aún en su forma más abstracta conservan huellas de su origen visual, eran concebidas por los Otros Hombres en términos de gusto. Por ejemplo, nuestro “brillante”, que aplicamos a personas o ideas, era para ellos una palabra con el significado literal de “sabroso”. En vez de “lúcido” ellos usaban un término que habían empleado los cazadores de las épocas primitivas para designar un rastro que se podía seguir fácilmente con el gusto. Tener una “iluminación religiosa” era “saborear los prados del cielo”. Expresaban también muchos de nuestros conceptos sin origen visual con palabras que se referían al gusto. “Complejidad” era “muy condimentado”, una palabra aplicada originalmente a la confusión de los gustos en un estanque frecuentado por muchas bestias. “Incompatibilidad” se derivaba de una palabra que designaba la antipatía que sentían mutuamente ciertos individuos a causa de sus sabores.
Las diferencias de raza que en nuestro mundo se definen principalmente por la apariencia corporal, eran para los Otros Hombres casi enteramente diferencias de sabor y olor. Y como las razas de los Otros Hombres estaban mucho menos separadas que nuestras propias razas, la lucha entre grupos que se repugnaban mutuamente a causa de sus sabores tenia gran importancia en esa historia. Cada raza tendía a creer que su propio sabor caracterizaba las más finas cualidades mentales, y que era en verdad un signo cierto de valor espiritual. En épocas anteriores las diferencias olfativas y gustativas habían distinguido sin duda a razas diferentes; pero en los tiempos modernos, y en las tierras más desarrolladas, hubo grandes cambios. No solo desapareció toda la localización precisa de las razas; la civilización industrial provocó además gran cantidad de cambios genéticos que quitaron todo sentido a las viejas distinciones raciales. Los antiguos gustos, sin embargo, aunque carecían ahora de significado racial (y en verdad, miembros de una misma familia podían tener sabores mutuamente repugnantes) producían aun las tradicionales reacciones. En cada país había un sabor particular que era considerado el signo distintivo de la raza nacional, y se sospechaba de todos los otros sabores, o se los condenaba directamente.
En el país que yo llegué a conocer mejor el sabor racial ortodoxo era un cierto gusto salado inconcebible para el hombre. Mis huéspedes se consideraban a sí mismos como la verdadera sal de la tierra. Pero en realidad el campesino que yo “habité” en un principio era el único hombre salado genuino y puro de la variedad ortodoxa que yo conocía. La gran mayoría de los ciudadanos del país alcanzaban el gusto y el olor correctos solo gracias a medios artificiales. Aquellos que eran aproximadamente salados, o de una variedad salada, aunque no alcanzaban el ideal, se pasaban la vida expresando su desprecio por sus vecinos agrios, dulces, o amargos. Desgraciadamente, aunque el gusto de los miembros podía disfrazarse con facilidad, no se había encontrado un medio eficaz para cambiar el sabor de la copulación. En consecuencia, las parejas de recién casados solían hacer los más terribles descubrimientos en la noche de bodas. Como en la gran mayoría de las uniones ninguno de los miembros tenía el sabor ortodoxo, los dos se esforzaban por demostrar al mundo que todo estaba bien. Pero muy a menudo había realmente una nauseabunda incompatibilidad entre los dos tipos gustativos. Las neurosis alimentadas en estas secretas tragedias matrimoniales devoraban a toda la población. De cuando en cuando, si uno de los miembros tenía un sabor ortodoxo aproximado, este genuino ejemplar salado denunciaba indignadamente al impostor. Las cortes, los boletines de noticias, y el público se unían en protestas de rectitud.
Algunos sabores “raciales” eran demasiado fuertes para que se los pudiese ocultar. Uno en particular, una especie de dulzura amarga, exponía al sujeto a extravagantes persecuciones, salvo en los países más tolerantes. En otros tiempos la raza dulce-amarga había ganado fama de astuta y egoísta, y había sido masacrada periódicamente por sus vecinos menos inteligentes. Pero en el fermento biológico de los tiempos modernos el sabor dulce-amargo podía asomar en cualquier familia. ¡Ay entonces del desgraciado niño y todos sus parientes! La persecución era inevitable, a no ser que la familia fuese bastante pudiente como para comprar al estado “un salario honorario” (o en el país vecino “un dulce honorario”) que borrara el estigma. […]