El mexicano Francisco Tario (seudónimo de Francisco Peláez; 1911-1977) escribió una obra que permaneció oculta, como patrimonio de unos pocos aficionados, durante décadas; redescubiertos al comenzar el siglo XXI, sus libros están siendo re-conocidos como varios de las más intrigantes escritos en español en los últimos cien años, y Tario mismo va, creo, en camino de convertirse en un nuevo clásico.
      Da gusto, porque será un clásico desconcertante, creador de un mundo enteramente personal e interesado no en el Gran Tema Nacional, esa entelequia dictatorial de ayer y hoy, sino en algo distinto, como puede verse en la colección de minificciones (que a veces lindan con el aforismo, con el poema en prosa, con el sueño) que viene a continuación, publicada primero en Tapioca Inn, mansión para fantasmas (1952) y disponible ahora en los Cuentos completos de Tario, publicados por Lectorum.

MÚSICA DE CABARET
Francisco Tario

Sintió pasos en la noche y se incorporó con sobresalto.
—¿Eres tú, Cordelia? — dijo.
Y luego:
—¿Eres tú? Responde.
—Sí, soy yo —le replicó ella desde el fondo del pasillo.
Entonces se durmió. Pero a la mañana siguiente habló con su mujer –que se llamaba Clara– y con su sirvienta –que se llamaba Eustolia.

Detuvo un taxi.
—¡Pronto, a Venustiano Carranza y Hyde Park Corner!
El chofer, de bigotes que ya no se estilan, comprendió al instante que se trataba de una importante cita y se puso en marcha.

Fue escasamente durante el tiempo que media entre el romper de una ola y la calma subsecuente, mas él tuvo la impresión dolorosísima de que era un pan con mantequilla y mermelada en manos de S. M. la Reina Victoria de Inglaterra.

—Perdone usted, caballero, ¿tiene hora?
El caballero miró atentamente a su reloj sin manecillas y expresó, de acuerdo con lo que había visto:
—Las doce en punto.

El sueño en sí tuvo poco de singular, desde luego: que le robaban unos prismáticos, el traje de jugar golf y la boquilla de ámbar. Lo que sí ofrece ya cierto interés es que al recorrer la casa, a la mañana siguiente, pudo comprobar con desconsuelo que en efecto se los habían robado.

—Quiero un piano —dijo, pestañeando nerviosamente— en el que de ser posible todas sus notas sean la.
El propietario del establecimiento, hombre prematuramente envejecido, reflexionó unos segundos, hizo unos apuntes breves y, volviéndose hacia el cliente que aguardaba, repuso:
—Lo siento mucho, caballero. Ya no nos quedan mas que de fa.

Durante una soirée de gala en honor de unos diplomáticos extranjeros se apagan de pronto todas las luces. Al encenderse, inmediatamente después, el salón está vacío.

¡Qué deprimente escena la noche aquella en que el molino devoró de una sola dentellada al molinero! Qué lamentables consecuencias. Durante todo el tiempo que duró la guerra, y un mes después, los panecillos de la ciudad sangraban a cada mordisco y por las tardes eran como gatitos, con todo y sus pequeñísimos maullidos.

El botón le saltó del chaleco, rodó un buen trecho por el pasillo, descendió las escaleras, atravesó el vestíbulo y se perdió en la calle.
Por aquel botón supo la policía que el asesino se burlaba espantosamente de ellos.

Era repulsivo y extraño a la vez aquel insignificante niño de un centímetro de altura. Y tan afligida, la madre. Mas a razón de un centímetro por mes, la criatura fue desarrollándose. A la mayoría de edad su longitud era respetable. Cuando falleció, sin cumplir los ochenta años, medía exactamente nueve metros setenta. Que Dios lo haya perdonado.

Temporada 1950.
Cae el telón en el quinto acto: “El Burgués Ennoblecido”. La sala, atiborrada de público, se estremece con los aplausos. Es un clamor, semejante a una tormenta. Los actores, hasta los más humildes, se deshacen en genuflexiones. De pronto, suena una grito en galería:
—¡El autor! ¡El autor a escena!
Aparece Moliére, sudoroso y enrojecido, y los aplausos se redoblan.

Interroga la niña:
—¿Qué es un hombre vulgar?
Y replica el niño:
—Aquél que jamás será un fantasma.

El edificio resultó un poco atrevido, sin duda. Absolutamente todas las ventanas miraban, no al exterior, sino al interior del edificio.

—Apostaría cualquier cosa a que es solamente un reloj —dijo. Y se detuvo sobre la acera limpiándose los espejuelos. Mas a merced que se fue aproximando, hubo de reconocer que su error había sido garrafal desde cualquier punto de vista. Se trataba exclusivamente de un conato de incendio.

Para los efectos de un pasaporte.
Señas particulares: demencia paralítica.

Durante la noche dejaba su dentadura en un vaso de agua hervida, sobre una mesita de caoba. Pues una noche, sigilosamente, la dentadura bajó al comedor y se acabó todos los bizcochos.

—¡Abrázame! —prorrumpió ella, con los ojos en blanco y refiriéndose al hermoso novio, que no se decidía.
Y un árbol fue y la abrazó de tal manera que sus dientes, sus pechos y sus lindos talones rosados se transformaron en bellotas.

Una sola vez pernoctó en aquel puerto, jurando por todos los Santos que no volvería a intentarlo en su vida. De la perfumada playa, a través de las negras y empinadas callejuelas, vio ascender durante toda la noche caravanas de langostas rojas y envilecidas que cuchicheaban en los portales con las prostitutas.

Un niño en Bruselas lanza a lo alto una pelota. La pelota jamás vuelve. En Uranio es la hora del té —la medianoche.
—jPklstntlggnrl!
Que traducido a nuestra lengua significa:
—Este azúcar es de remolacha.

Un milagro, un hedor y una infancia —el fantasma de las noches de luna, el fantasma de los serafines que fumaban opio y el fantasma actual que se inicia cierta tarde de lluvia con el sepelio de Dedalus.

Al comunicársele la repugnante noticia de que su marido había sido materialmente seccionado por el tranvía, la recién casada emitió un curioso gritito y se llevó a la boca su tercera cucharada de fideos. Después, dijo:
—¡Qué exótico!

La viejecita en sueños:
—¡Papá! ¡Mamá!

—Caminemos un poco —indicó.
—Caminemos, si a usted le parece —consintió el otro.
Y los dos amigos echaron a andar reposadamente sobre las opulentas y salobres aguas del Caribe.
Seiscientos metros más abajo caminaban también otros —que habían naufragado en Escocia. Mas su lenguaje no era interesante.

—No está bien —dijo— que te bañes con el sombrero puesto. Ya te he dicho demasiadas veces que la humedad deteriora lamentablemente los fieltros.

A pleno día.
El psiquiatra: —Desnúdese.
La histérica: —¡Imposible!
El psiquiatra: —Me desnudaré yo, entonces.
La histérica: —Como usted guste…
(El psiquiatra se desnuda).
El psiquiatra: —¿Ve usted qué sencillo?
La histérica: —¡Asombroso! Probaré yo a hacerlo.
(Se desnuda. Suena el teléfono).
El psiquiatra: —Sí, señor, inmediatamente. (A la paciente) Le habla su marido.
(La histérica toma el audífono)
La histérica: —¿Eres tú, queridito?
La voz lejana: —Soy yo, ¿no te da vergüenza?
(La histérica se mira).
—¿Ni siquiera pensaste en los niños?
(Pausa).
—Y por si fuera poco, ¿no sientes frío?
La histérica: —Perdóname; no siento frío. ¿Me perdonas ?
La voz lejana (Tras un silencio): —Está bien, te perdono. ¡Que no vuelva a repetirse!
(La histérica deja el audífono y se vuelve. Da un grito, cubriéndose. Está en una zapatería).

—¡Lo que no se les ocurra a los concejales!
Fue con motivo de una cacería en la que las escopetas las llevaban las tórtolas.

Hay cosechas disparatadas como la del agricultor aquel que, debido a un espeluznante error del que seleccionaba las semillas, vio su granja materialmente cubierta de altos, silenciosos y estériles postes de telégrafo.

—A los pies de usted, señora.
Y a los pies se echó, en efecto.

Cuando la erótica y pequeña zulú pereció en las aguas del misterioso lago, cumplía exactamente trece años y dos meses. Y a partir de la noche siguiente, los aborígenes despertaron ante una voz melancólica y desconocida que entonaba bellas canciones.
—Nunca hemos oído nada igual —decían.
Cuatrocientos años más tarde, dos botánicos noruegos descubrieron en las riberas del lago la sorprendente especie de pétalos amarillentos y pistilos erectos. Sin aroma. Y la designaron Ha-Lum, voz de la noche —que se empleó en farmacia como antiséptico en los tratamientos de la seborrea.

En el concierto:
La voz femenina: —¡Qué buen pianista es, qué bárbaro! Fíjate cómo está con las manos para acá, para allá, para acá, para allá, para allá, para acá, para acá, para allá…

Soñó que soñaba que soñando iba dormido por un camino. A la mañana siguiente, su reflexión primera fue ésta:
—”Reduciré la ración al perro, con objeto de que no ladre tanto”.

Era un loro y parecía un caballero —aunque quizás fuese un caballero con marcado aspecto de loro.
De cualquier forma, cierta noche en la ópera y, con objeto de confundir a la dama, echó a volar desde el palco número 4 y evolucionó largo rato por la sala entre el asombro, la algarabía y los siseos de los espectadores.

—¡Oh, el cartero, el cartero! —Y en su precipitación de enamorada inaudita, se arrojó a la calle desde el sexto piso de su casa.
Por desgracia, la carta era lacónica y fría, no merecía la pena, y ella, durante largo rato, no experimentó interés alguno en contestarla.

Por tratarse exclusivamente de su marido —un capitán de caballería— le llamaba al fistol, facistol.

Ni los floricultores más enterados, ni los arquitectos especializados en la materia, ni los biólogos, ni los hechiceros lograron descifrar el enigma: yo cortaba una flor en mis jardines, la trasladaba a la biblioteca y la flor duraba lo que un suspiro.
Hasta que un hombrecillo siniestro, de ocupación desconocida, llegó a mí casa una tarde y retiró uno por uno los libros de los anaqueles. Las flores entonces se conservaron impacientes y cálidas, como en el jardín más soleado.
También dijo al marcharse:
—Y usted mismo se cuidará de ese aliento.

El comprador de las cinco (Al vendedor de artefactos): —Quisiera una pierna ortopédica del color de estos calcetines y un terroncito de azúcar para mi señora.

—Llore usted —le aconsejó el detective.
Pero el llanto, con ser amargo, no le reveló nada importante.
—Coma usted.
Y el horrendo crimen continuó en el misterio.
Mas cierta tarde el que investigaba le alargó un espejo, y el presunto culpable intentó dos veces consecutivas arrojarse por la ventana. Su culpabilidad era manifiesta.

—¡Córtame por favor este hilo! —Y la esposa fue con las tijeras y se lo cortó.
Pero aquella noche no hubo recepción ni nada que se le pareciera, puesto que el farmacéutico primero, el doctor después y, por fin, el sastre, no acertaron a contener la espantosa hemorragia.

Del solitario y nocturno cementerio se alzó de pronto una voz gutural y urgida:
—¡Tapioca!
Que fue seguida de famélicos, inescrutables y prolongados siseos.

La evidencia y seriedad de sus sueños le divertían. La incoherencia y confusión de su vigilia lo fastidiaban. Y optó, en virtud de la experiencia, por abandonar sus ocupaciones y dedicarse en alma y cuerpo a Rosita.

El actor abrió pesadamente los ojos y contempló el dramático y nebuloso semblante del apuntador sobre su cama. A continuación se volvió sobre el costado izquierdo, esbozó un gesto de disgusto y dejó caer en silencio los párpados.
—How beautiful is the Princess Salome tonight!

En un party de fantasmas.
El andarín mudéjar: —¡Dos pares!
El perfumista fatuo: —¡Tercia!
El fraile del paraguas: —¡Full!
La estatua de terracota (A Francisco Tario) : —Oh, qué tarde más triste, amor mío.

—¿Y qué tal que estirásemos un poco las piernas?
—La idea —subrayó el otro— me parece magnífica.
Y los dos caballeros estiraron las piernas —que eran de goma— y las pusieron después a secar en un árbol.