[Este artículo es sobre cómo descubrí la poesía. También es sobre una canción que, mucho después, cité en la primera página de La torre y el jardín, por razones que se explican aquí. Se publicó en 2001 en un periódico y luego desapareció hasta de internet. Gracias a Nora de la Cruz por recobrarlo.]

Uno descubre la poesía como puede, y si desea hacerlo: si no es una imposición o un privilegio por el que no hace falta preocuparse, tomará todas las opciones que estén a su alcance. Para mí, la más extraña fue un escaparate de la Cineteca Nacional, de una tienda que ya no existe.

Hace algunos años tuve la temeridad de nacer en Toluca, una ciudad de provincia (como aún le decían) y cuando crecí, y miré a mi alrededor, y quise escuchar música, a las radios de mi casa no llegaba la influencia benéfica de Rock 101; tampoco, triste de mí, sospechaba de la existencia del tianguis del Chopo, de las Insólitas Imágenes de Aurora, de la Sociedad Ponce, de Rockdrigo González, de la Sala Margolín, de nada: aquellos años fueron el vacío, Álvaro Dávila, Rocío Dúrcal, Sandro de América. Y la lectura —ese vicio tan desagradable— me había enseñado a sentirme insatisfecho: incluso, había excitado mi imaginación, lo que tendría consecuencias funestas para mi futuro prefijado de profesionista respetable y productivo.

Pero estoy divagando. En una de las pocas visitas que pude hacer a la Cineteca durante mi adolescencia —para ver, desde luego, esas películas que jamás llegaron a mi ciudad natal— salimos de la sala por la noche, con frío, pero no nos apresuramos al automóvil: éramos varios amigos, gozando de nuestra proverbial libertad lejos de casa, de sentirnos sofisticados, pobres palurdos (el auto era del más rico de nosotros). Así nos detuvimos ante el escaparate que mencioné arriba. Nunca voy a olvidar el aire helado en mi cara, la luz pálida que alumbraba los discos, los extraños dibujos de algunas portadas, las fotos movidas y misteriosas de otras, los nombres —Ninot, Mamá Z, El Personal— y, especialmente, la imagen del hombre envuelto en tela de alambre, mirando hacia un lado, de Ayunando entre las ruinas de Arturo Meza.

Portada del álbum Ayunando entre las ruinas

Portada del álbum Ayunando entre las ruinas de Arturo Meza

No sospechaba que, para esta nota, me hubiera convenido más exaltar All the Rage, de Bob Ostertag interpretado por el Kronos Quartet, o Electric Counterpoint, de Steve Reich interpretado por Pat Metheny, o el Danzón 2 de Arturo Márquez dirigido por Diemecke, o cierta escena de Blue Velvet, con la música amenazante y misteriosa de Angelo Badalamenti; o presumir cualquier grabación de la colección Das Alte Werk (por ejemplo, la enorme Bach 2000, que además es carísima); o hablar de mis colecciones (nunca las he tenido) de Franck, Gorécki o Stephen Sondheim, o de “Chan Chan” del Buenavista Social Club, o del aria “Signore, ascolta” de Turandot interpretada por María Callas, o de la cinta de música arará, grabada in situ, que un amigo nos dio en Cuba, o al menos, al menos de cómo me fue cuando estuve (no estuve) en el concierto de la Maldita Vecindad para el CEU, o al contrario: de cómo me gustaban –oh mis vernáculos orígenes– José Alfredo, Timbiriche, Joaquín Sabina, y qué y qué.

Pero no: por no ser clarividente tuve que gastarme mis ahorros en Ayunando entre las ruinas y asomarme a cierta porción de la música, y de la poesía, por el lado menos apropiado: por la obra de un músico que se ha mantenido, desde hace 25 años, al margen, que sólo se encuentra por azar (incluso en el Chopo y en el Napster) y que precisamente ahora, oh inconveniencia, ostenta una actitud al mismo tiempo mística y anticlerical, a favor de Jesús y contra Mammon.

Pero no me importa. Gracias a él, cierta parte de mi historia (al contrario de la del resto de mi generación) no es de rebeldía agotada ni de complacencia uniforme. Puede que la música de sus canciones no sea tan revolucionaria (su Suite Koradi y su Réquiem son extraños, inclasificables; su Homenaje a Borges es el mejor “disco tributo” que he escuchado.) Puede que su voz no sea perfecta y sus letras exhiban torpezas. Pero para mí, en ese momento, y ahora, que lo escucho nuevamente, representa un espíritu libre (esa cosa tan obsoleta y tan antigua), al modo del Incurable de David Huerta o del Roger Waters menos negro: uno que comienza una canción, su “Lamento”, con un retumbar que pelea contra el silencio, y que evoca la marcha de la humanidad con ese sonido insistente, monótono, lleno de oscuridades. Uno que responde a mi propia insatisfacción, a mi imaginación excitada, a mi futuro prefijado (al de cualquiera) con una exaltación de la amargura de la existencia. Pero no de la desesperación:

La sierpe de las sombras
llamada hombre
no quiere soñar el universo