(Por alguna razón, este texto, publicado hace ya tiempo, se perdió en la base de datos del sitio. Lo vuelvo a publicar. El libro al que se refiere merece leerse.)

El espíritu de esta época parece justo lo contrario del espíritu romántico: damos la espalda a cualquier pensamiento más allá de los límites de la percepción y la rutina, la elevación de las pasiones ha sido reemplazada por un tedio sin vísceras y la libertad absoluta que defendían los exaltados de aquel siglo es, hoy, una abstracción para uso exclusivo de la publicidad y la propaganda, desprovista de cualquier otro sentido. No nos dejemos engañar: los literatos de moda que anuncian con bombo sus “saltos al abismo” sólo están bajando la banqueta: buscar a todas horas el siguiente truco para impresionarnos no les deja tiempo para la literatura ni parecidas experiencias interiores.
      Lo mejor de cuanto se escribe en nuestra época crepuscular está efectivamente en otra parte: en los textos que todavía intentan, como hace doscientos años, una ruptura con lo ordinario del mundo y del lenguaje, y que no han sucumbido al conformismo del esclavo ni a la estupidez mezquina del poder.
      Mario González Suárez es, me parece, creador de una de esas obras visionarias. Dulce la sal contiene las últimas entregas de un proyecto que no ha dejado de transformarse pero siempre ha procurado acercarse a esas fronteras del lenguaje –es decir, de la representación y del pensamiento– que por lo general ni siquiera reconocemos.
      La forma del libro es inusual: series de narraciones preceden y siguen a series de fotografías, y sin ilustrarse mutuamente –sin que el texto se subordine a la imagen ni viceversa, como sucedería en un libro convencional de textos o de imágenes– todas insinúan el encuentro con lo inefable: la percepción de lo que no puede aprehenderse. Las fuerzas de la naturaleza abren puertas hacia órdenes más elevados o muestran patrones cuya sola presencia escapa de la lógica; la vida humana sugiere en sus momentos menos espirituales –más desprovistos de intimaciones de lo trascendente– la existencia de regiones del pensar o el ser que no tienen contacto con el cuerpo ni las vidas “reales”; algunos personajes pueden ver un poco más allá, como los dementes iluminados de otro tiempo, y descubrir verdades casi indecibles, o bien una sola verdad de muchas facetas…
      El mundo generalmente aceptado se afantasma: como el adepto a punto de iniciarse en una disciplina secreta, el lector puede quedarse con la impresión de que se le ha invitado a la celebración de un ritual que desconoce, a participar en un responsorio sin la ayuda del libro sagrado. Pero si Mario González Suárez se parece a los primeros cultivadores de lo fantástico –Eichendorff, Tieck, Hoffman– en su voluntad de quebrar nuestra idea de lo real y denunciar su pequeñez y su vileza, también se parece a nosotros, más proclives a la desolación y la duda. Los personajes no pasan a ese otro lado, y en cambio se quedan con nosotros, mirando, porque debe ser así: hemos ido muy lejos por el camino de la razón ilustrada, el mito que busca acabar con todos los otros, y el impulso de buscar sus límites no puede, al menos por el momento, ser un deseo consciente. En uno de los varios encuentros con lo prodigioso que ocurren en este libro, un personaje lo dice así:

(…) en el aire se abrió una grieta por donde se fugó la esfera… Intenté dirigirme a ese punto, con la loca apetencia de pasar también.

La palabra clave es el adjetivo loca, por supuesto, pero debemos entenderla en su sentido más puro, y no sólo como estridencia o desorden. Es muy fácil ser “loco” de ese modo superficial de nuestra época; Dulce la sal necesita proponer una locura soterrada, constante, como la de Blake o Hölderlin: no una serie de estallidos sino un estado persistente de dislocación y extrañamiento.
      La austeridad del blanco y negro en las fotografías, que no llega a nunca al alto contraste ni la estilización expresionista, complementa la serenidad y la sequedad del discurso: el gran riesgo –y más en las primeras que en el segundo– es que el lector no termine de comprender qué es lo que tiene ante los ojos y no vea la profundidad que cada página se propone mostrarle. Pero éste necesita, también, ser un libro problemático: su fin no es tenernos ocupados un rato con el desarrollo de una historia o la contemplación de una serie de vistas, sino insistir, desde diversos ángulos, en la presencia fastidiosa pero sobre todo incesante de eso otro, lo más allá del entendimiento. Y recordarnos que está en nuestra vida también, aunque no se manifieste con grandes despliegues de violencia ni efectos especiales.
      Philip K. Dick escribió: “Dios existe… subjetivamente, por supuesto. Pero el mundo interior es real también”; Mario González Suárez invita aquí una serie de viajes, tanto de la conciencia –al modo de sus libros anteriores– como de la mirada, e invita a sospechar todo lo demás que existe también: en nosotros, a pesar de nosotros.

Mario González Suárez, Dulce la sal. Valencia, Pre-Textos, 2008