Caza de Letras se ha terminado. En el momento en que esta nota aparece, se debe saber ya quién ganó el concurso, pues votamos ayer jueves. Felicito a todos los participantes, y agradezco a todos los que se interesaron, visitaron el sitio, votaron y se inconformaron y se involucraron. Todos fuimos parte de una experiencia única.

[Nota de las 12:35. Felicito a Fernanda Melchor, quien con el seudónimo de Falanja fue la ganadora en el concurso. Y agradezco también a Mónica Lavín y Álvaro Enrigue, mis compañeros en el jurado, pues la experiencia de trabajar con ellos ha sido de lo más estimulante y grato y enriquecedor en mucho tiempo.]

Mientras el sitio permanece abierto (ya se prepara para nuevas empresas: estén pendientes de la convocatoria para su segunda edición en agosto, en la que los concursantes escribirán una novela breve), reproduzco aquí un comentario que puede ser de interés para alguien y que rescato de lo que escribí en el ir y venir del trabajo de taller. Tiene que ver con este texto de Barrita de mandarina (ahora ya se sabrá su nombre, supongo) y el problema de poner por escrito el pensamiento.


En relación con el problema (cómo meter la grabadora en los pensamientos) yo opino lo siguiente:

Hay que pensar en tres casos que se pueden dar cuando se quiere mostrar por escrito un proceso mental. En dos de ellos (conciencia “hablada” y “escrita”), el pensamiento aparece en el mundo del texto, de entrada, gracias a una mediación; en el tercero tenemos “pensamiento puro”, sin mediación ni manifestación en el mundo del texto…, lo que en sentido estricto sería imposible en la vida real: para que se supiera tendría que manifestarse. Pero se trata de una ficción inofensiva y, de cualquier manera, desde el principio sabemos que en los tres casos se usa la escritura, una forma de representación sujeta a ciertas convenciones sobre las que estamos de acuerdo pero que no son sino eso: normas arbitrarias que seguimos para poder comunicarnos.

Puede “transcribirse” un “pensamiento puro” representándolo mediante esas normas, pero nadie piensa con puntuación ni atendiendo a la sintaxis: cuando una novela cualquiera llega a algo como “Oh, no, el mujik se enterará de la conjura…, pero no puedo flaquear: pase lo que pase, debo entregar esta carta a la zarina Alejandra”, podemos suponer que el personaje no se tomó realmente el minuto que a mí me costó redactar la frase y que su descubrimiento, su temor y su posterior resolución llegaron de otro modo: no con las palabras y los signos que se nos muestran tan laboriosamente. Todas las formas de monólogo interno (ve lo que escribí para Ajo Kano en la nota de esta misma página) son estratagemas para hacer creer al lector que se encuentra más cerca del pensamiento, lejos de las reglas que “mancharían” su “pureza” y de las infidelidades de la representación.

Con el habla pasa lo mismo pero el habla, al contrario de lo que sucede con el pensamiento no articulado (surgido y agotado en la mente, sin manifestarse), sí está sujeta a algunas convenciones. No hace falta que puntuemos lo que decimos en voz alta porque podemos variar la entonación de nuestras palabras, hacer pausas, etcétera, pero sí debemos decir palabras que sean sintácticamente congruentes entre sí, para que se puedan entender. (El problema del habla “sin mediación” es, como sabes, uno que aparece constantemente en las discusiones literarias, y habitualmente se quiere resolver metiendo muletillas, vacilaciones y otras cosas por el estilo.)

Finalmente, el pensamiento abiertamente escrito, como en una hoja de diario (el recurso típico), está sujeto, evidentemente, a todas las convenciones de la escritura.

Por lo tanto, para escribir una distorsión de la conciencia se puede emplear tanto la palabra escrita, la hablada y la “pensada” pero, como cada una de éstas está sujeta a diferentes condiciones a la hora de representarse, el tipo de distorsión que se emplee es importante. Y, si no sabemos de entrada qué tipo de representación del pensamiento se está usando, las diferentes distorsiones pueden guiarnos hacia una u otra respuesta, porque dependen de las mismas convenciones que la representación del pensamiento “normal”.

En el caso de la palabra escrita, si se propone como tal desde el principio, cualquier infracción, por pequeña que sea, puede hacernos pensar en una obstrucción del proceso de escritura: en cierto modo la distancia es mayor entre el cerebro y la mano que entre el cerebro y la boca. Un ejemplo trivial es el de los textos “de borrachos” (un lugar común) en los que el bebedor empieza lúcido y termina sin poder atinarle a la tecla correcta en la máquina de escribir.

En el caso de la palabra hablada, como no hablamos de letra en letra, se necesita una distorsión en un nivel distinto: habitualmente se deforma la sintaxis, como en los textos de borrachos que hablan o de personajes con daño neurológico, delirantes o bajo la influencia de una droga, que cortan las frases a la mitad o siguen caminos sinuosos, asociativos en vez de causales, en el discurso.

Por último, en el caso del pensamiento “sin mediación” la distorsión es más creíble si no pasa por incumplir las reglas de la representación, porque se supone que éstas no influyen en el pensamiento. Esto significa que se puede recurrir a cualquier otra cosa: que el texto puede ser tan complejo y laborioso y formalizado como se quiera, y que la sustancia del delirio está en lo que se dice y no en cómo se dice.

En fin, el hecho de que tu texto haya recurrido a una dicción tropezante me hizo sospechar que se trataba de la representación de una serie de pensamientos ya mediados. No recomiendo usar de modelo el ejemplo del mujik y la zarina (”Oh”, tendría que pensar tu personaje, “qué prodigiosas visiones estoy teniendo”), pero sí algún tipo de escritura que se detenga menos en los componentes de las oraciones y más en lo que la conciencia percibe. Hay muchos ejemplos; al vuelo, entre los primeros que recuerdo está otra vez Schnitzler (aunque no sólo en los libros que ya mencioné sino también en Relato soñado); está el penúltimo capítulo de Gracias por el fuego de Mario Benedetti (que no padece de nada de cuanto puede achacársele a la parte fea de su obra); están más de un poema de Baudelaire y de Rimbaud…

Espero que esto sirva. Hasta pronto.