Gabriel Trujillo Muñoz, Transfiguraciones: un misterio venerable. México, Jus, 2008. 164 pp.

Que un escritor como Gabriel Trujillo (Mexicali, 1958) no sea más conocido sólo puede entenderse en un país como el nuestro, con una cultura literaria siempre en desventaja ante los rituales de la celebridad. Incluso al margen de su obra, la figura de Trujillo merecería encontrarse en cualquier anecdotario sin que importara el hecho de que el escritor reside en Mexicali, lejos de los consabidos centros y barullos: autor de más de cien libros; interesado en todos los géneros; ganador de premios numerosos; precursor, protagonista y sobreviviente del breve florecimiento de la ciencia ficción mexicana en los años ochenta y noventa, estudioso de la literatura fronteriza, sus experiencias podrían repartirse entre dos o tres autores distintos y seguirían siendo notables.

Por otra parte, aun sin ese reconocimiento, la parte de su trabajo que ha conseguido abrirse paso hacia el resto del país incluye títulos muy interesantes. Uno de ellos es Transfiguraciones.

El subtítulo de la novela: «un misterio venerable», tiene varios significados en el propio contexto de la historia, pero el más llamativo tiene que ver con la estructura general del propio libro. Cada capítulo se centra en un personaje y un momento distintos, de tal manera que la trama –que abarca décadas de la época colonial y una coda en el siglo XXI–se forma de varios hilos que Trujillo mantiene separados tanto tiempo como le es posible, con el fin de retardar la revelación del secreto que los unirá a todos. El confesor de un convento madrileño, dividido entre el deber y la sensualidad; la monja de la que se enamora y que tiene el poder de levitar; el misionero perdido en el desierto del norte mexicano, atormentado por hechos inexplicables que ponen a prueba su fe; el grupo de guerreros que, por el mismo desierto, persiguen al ladrón de un objeto de poder… Así resumidos, los hechos parecen veleidades de una novela de realismo mágico, pero todos desembocan en una misma conclusión insólita que deja atrás todo folklorismo: cada personaje, a su manera, se despoja completamente de la identidad que le fue impuesta durante su vida en la Tierra y, literalmente, escapa de ésta: trasciende la mera carne en lo que resulta una serie de viajes iniciáticos absolutamente personales, unas veces cercanos a las experiencias místicas que nos sugieren las diversas tradiciones implicadas en la narración pero otras ajenos a cualquier modelo previo. Todo viene de la imaginación del escritor, por supuesto, pero la impresión es la de una plenitud espiritual que nuestras religiones apenas pueden entrever: un universo más vasto que nuestras creencias.

Por décadas, uno de los más auténticos movimientos underground de la literatura mexicana ha girado alrededor de premisas semejantes: sus textos, invariablemente escritos por aficionados, rechazados en los círculos literarios, difundidos en ediciones pobres, toman elementos de la tradición prehispánica, los libros proféticos de la Biblia y el esoterismo new age y los mezclan en historias en las que las deidades antiguas vuelven y lo transforman todo en medio de cataclismos, revoluciones y la sola presencia de lo indescriptible, ante lo que nada resiste. Ahora, lo mejor de esa corriente suprimida y oscura –por las circunstancias extraliterarias, por los desprecios de siempre– parece estar saliendo de la clandestinidad y entrando en el mundo de la mera literatura; ocurre en esta novela desconcertante como en Paramnesia de Jesús Ramírez Bermúdez y La sombra del sol de Mario González Suárez, entre otros libros en los que la indagación de lo trascendente, desdeñada durante la mayor parte del siglo pasado, reaparece sin ceder a la prédica ni el dogmatismo.

Si esto no señala el nacimiento de una nueva tendencia literaria, sí es, por lo menos, el testimonio de una libertad de la novela que parecía enterrada entre nosotros: la (re)apertura de una parcela de la imaginación.

[Esta reseña se publicó inicialmente en el suplemento Hoja por hoja.]