La semana pasada se anunció que Three Messages and a Warning (Small Beer Press, 2012), primera reunión de cuentos mexicanos de imaginación traducida al inglés, está nominada al World Fantasy Award 2013 en la categoría de mejor antología. Estos premios suelen ser otorgados a autores anglosajones como Neil Gaiman, Ursula K. LeGuin o George R. R. Martin; sólo de vez en vez aparecen escritores de otros países y otras lenguas, y sólo una vez en toda la historia del premio lo ha ganado una escritora latinoamericana (la gran Angélica Gorodischer). Así que ésta es una gran noticia: al menos, resulta que la literatura mexicana se empieza a abrir paso en otro de muchos lugares que tradicionalmente le habían estado vedados. Por lo demás, Three Messages and a Warning tiene tres virtudes innegables:

  1. contiene una apreciable cantidad de textos de gran calidad,
  2. incluye a autores muy diversos sin discriminarlos según su prestigio en México (es decir, no hace caso alguno a los prejuicios locales), y
  3. trae una cantidad superior a la habitual de trabajos de escritoras mexicanas.

Una de esas autoras es Gabriela Damián Miravete (1979), de quien aparece aquí, en su versión original en español, el cuento incluido en Three Messages and a Warning: “Futura Nereida”, que también apareció en Los viajeros (2011), colección publicada por ediciones SM y compilada por Bernardo Fernández Bef. Gabriela Damián ganó el Premio FILIJ de cuento para niños 2007, conduce programas de radio y prepara un nuevo libro de cuentos.

Gabriela Damián (tomada de su página de Facebook)

FUTURA NEREIDA

Gabriela Damián Miravete

Ahora mismo no puedes precisar la hora en que comenzaste a buscarlo; cuándo repetiste su nombre en voz queda o dónde estabas la primera vez que el roce preocupado de tu mano bajo el pelo, en la nuca, te advirtió que le amabas.
Puedes, sin embargo, recordar cuándo supiste que habitaba el mundo -como tú- y la imagen acude a ti luminosa y larga, una cuerda de oro que alguien te extiende en el abismo. Recuerdas que llamarás a la puerta y Ricardo te dejará entrar, todos beberán cerveza pero a ti no te apeteció. Bebiste un vaso de agua fresca con menta machacada mientras escuchabas el redoble risueño de la fiesta. Alguien lanzará una pregunta (quizá la genealogía perdida de un héroe griego) y otro solicitó que la respondieras, trámite que resolviste veraz y humilde.  ¿Cómo es que sabes tanto, Nerissa? Es que esta chica lee hasta la caja de cereal, Pregúntenle cualquier cosa, y cada frase dicha por esa horda de majaderos involuntarios te hará añorar más la compañía sosegada de los libros. Ricardo lo advirtió, so pretexto de que le ayudaras te sacará del corro, llevándote hasta una alacena llena de papeles, libros y antiguallas. En ese minúsculo cuarto te sentiste cómoda por fin. Observarás las extranjeras manos de tu amigo acomodar, desempolvar, catalogar piezas y páginas en una de sus pantallitas portables. Pensaste en todas esas personas que viven mudanza tras mudanza hasta que en algún remoto lugar, sin trazos de su vida pasada, encuentran la paz. Pero tú no naciste en el lugar equivocado, sino en la época equivocada, ¿cómo podrías hallar tu sitio sin posibilidad alguna de mudarte? Tú escoge qué te llevas para la semana, te concederá la voz amable de Ricardo, a fin de compensar la vergüenza pasada. Pediste aquel libro de canto verde y letras plateadas. Lo cuidarás en el trajín de bolsos y vagones del metro, escrutaste el índice con las pestañas trenzadas por el astigmatismo, elegirás la página 23: Umbrario es el nombre del cuento. Quedaste muy conmovida. Advertiste las siglas que escondían el nombre del autor: P.M. Bajaste del vagón, irás a tu casa sintiendo al universo del cuento habitarte, el aire transformado por las páginas en un peso doloroso, gentil, sobre tu pecho.

(Umbrario, página 26.)

No es que yo, en el sencillo tránsito de mi vida, no haya encontrado nunca una mujer virtuosa. Por el contrario, he admirado la fortaleza de amigas y la hermosura de las paseantes; he contemplado largamente gestos, reído al lado de voces llenas de ingenio; incluso el pudor no me impedirá recordar que he amado el tacto de formas y tibiezas. Sin embargo, nadie antes me sumergió en la profundidad del ágape como lo hizo ella, La Nereida…

Te encantará lo de Nereida, no sólo por la cercanía con tu nombre, sino por el agua que transportan palabra y criatura. Leerás más de una vez ciertos pasajes sumergida en la tina, caminando por la parte más baja de la piscina donde ejercitabas, en la mesa junto esa fuente a la que escapas durante la comida. Devolverás el libro con recelo, pensaste si no debía ser uno de ésos que por la fuerza se hurtan, consideraste decirle a Ricardo Dámelo, Ya no es tuyo, Por favor; pero la sensatez te regresará a la cabeza, y como la buena chica que serás lo devolviste, y como la buena chica que eres preguntarás con voz tímida en cada librería de aquella calle -que aquí mismo se llama Montealegre- si tendrán en algún lado el cuento del umbrario, describirás con ojos enormes el canto verde, las letras plateadas… nada.
Cuántas madrugadas pensaste sus palabras enhiladas como cristales, o campanas, o flores de seda.

(Umbrario, página 28).

Desgastado igual que la piedra del risco a la que acuden siempre las olas más crueles, puse fin al duro tránsito entre un amor y otro. Estaba ahíto de sentirme fuera de sitio; menospreciado por manifestar hacia las mujeres (criadas, viudas o niñas) un respeto nada corriente en los hombres de mi tiempo. Mientras se pensaba que, cual yeguas o muebles formaban parte del índice patrimonial, yo anhelaba una compañera con la que pudiera hablar de todo esto en el tono de mayor indignación, con la que dialogar entre pares, dolernos juntos del presente, esperanzarnos en algún escenario venidero…

Luego te levantarás en la mitad del insomnio sintiéndote estúpida por no haber tecleado antes sus iniciales en ese buscador de datos. En un primer vistazo pensarás que sólo obtuviste portadas de libros anodinos, descontinuados. Al sumergirte un poco más, encontraste un rastro de informantes entendidos, tu aliento acercándose más y más a la pantalla. Recibirás el nombre y una breve biografía: Pascal Marsias, personaje peculiar de la vida cultural del país durante el siglo XIX, nacido en la misma ciudad que tú. Autor de producción escasa, tardía, cuyos ejes principales son el amor y la fantasía: los viajes en el tiempo y el espacio. Su obra consiste en un par de cuentos publicados por periódicos, revistas de la época, algunas antologías (la que tú leíste destacaba como la más reciente) y un libro de poemas: Cantos para futura Nereida. Desaparecido, no se sabe ni cómo ni cuándo.
Por si el sobresalto no fuera suficiente, tu dedo advierte el botón que despliega imágenes, lo tocará con apuro. De pronto, una fotografía. Sentiste un golpeteo en las venas de tu muñeca cuando el cristal se llenó de él: una miniatura en carboncillo mostraba a un hombre como cualquier otro, pero en la frente que viste reverberaban sus palabras, en los labios que por mero impulso tocaste hallarás delirio, pues te resultaron tremendamente familiares. Te preguntarás si eso que percibes es un eco de algo que aún no se dice; si el futuro no podrá, a veces, ser impaciente, mostrarse con imprudencia en el ahora. Rechazaste la idea de inmediato y te juzgarás estúpida. Dentro de tu vientre algo se encogerá al pensar en la desafortunada distancia que a veces nos separa de almas tan afines a la nuestra.

(Umbrario, página 31)

La sensación se hizo más urgente cuando revisé los diarios de viaje. Paradójicamente, no era ya capaz de controlar mi voluntad, pues ésta sólo deseaba acudir a ella. Entonces me dediqué a completarla, a dibujarla sobre el papel como personaje de uno de mis cuentos: qué le agradaría, cómo serían sus movimientos, qué clase de amigos la cercarían. Bajo qué horizonte. Resultaba lejano, remotísimo, como mis viajes al ulterior, y sin embargo, esa noche, en el umbrario, por un momento atisbé su rostro…

Adoraste la escritura de Pascal Marsias por varias razones. Pero sobre todo, dirás, amaste esa mirada compasiva, el discurso sobre lo humano que descansaba en el cuento. Aquello que parecía el relato de un hombre soberbio, tan desesperado por no encontrar esposa digna que -cual Pigmalión- decide construirse la suya, en realidad era una grata apología del amor, reforzada por sus últimas líneas:

Pensé que de nada servía crear a La Nereida. Si algo había que forjar era el mundo que la hiciera posible. Desde entonces cumplo con mi parte, tratando de ser un  buen hombre que entregue a los otros la virtud que en él se aloja. 

El buen amor, un bien que se merecen los mundos justos, pensaste. Te habría gustado subrayar ese libro, en sustitución de un conjunto de caricias.
Al día siguiente llamarás, dijiste No iré, No pasa nada, Es que me va a dar gripa y no quiero contagiarlos. El metro será la cuna de tu deseo, el vaivén de un anhelo que transformó en adorables tus gestos más ordinarios. El aire de la ventana abierta te llevará los hilos negros del pelo hasta la boca, los mojará con tu saliva,  seña cercana a un beso; también el viento, o esa ráfaga extraña, tirará los papeles de la señora aferrada al tubo. Tú los recogiste, porque eres amable.
El centro hervía bajo tus pasos porque tendrás la manía de cubrirte los pies aunque la primavera ya se anunciaba con violetas y amarillos. Te percataste del cielo limpio, inspirarás la frior del aire de marzo, sintiendo sobre ti el sereno abrazo del presente. Recorrerás todos los estantes, entrando, saliendo despeinada y enrojecida de la calle -cuyo nombre ha cambiado-, una doncella de qué Donceles, un volumen, otro, otro, humedad, polvo, aserrín, tinta, cuero, papel mantequilla, tus dedos tenues tirarán del labio inferior y dirás ¿No podría buscar algo más de este autor? y tu boca de coral bocetó duraznos en el aire cuando pronunciaste su nombre. Pero nadie lo halló. Te abatiste. Hasta que, doblando por una esquina caliente y blanca, viste esa librería pequeña quitar los candados, abrir su cortina oxidada. Caminarás hacia ella sin vacilaciones, darás una bocanada de asombro al descubrir que la minúscula puerta conduce a paredes altísimas clausuradas por libreros descomunales, los libros como una plaga afortunada. Buscarás en los rótulos pegados con cinta transparente, sentirás el pulso de las palabras treparte por el brazo. No quisiste pedir ayuda, hallarlo tú era el regalo. Y lo hiciste: dos estantes arriba vivía tu libro su vida de solitaria espera, Cantos para futura nereida. Temblaste. Pagarás con un billete traslúcido, tardarán en darte el vuelto, pero no abriste la tapa de tela. Querrás esperar ¿a qué? No podrías decirlo, pero así lo preferiste. Sentirás una oleada de gratitud porque supiste que ese momento tenía una marca, como si alguien hubiera puesto un separador de plata entre dos páginas. Sabrás que esa hora te trajo hasta aquí.
¡Nerissa! Escuchaste el aleteo de tu nombre en la calle, la voz querida y conocida, te girarás… Ricardo, que te gritó varias veces, y tú que nada, no hiciste caso. ¿Conoces a Pascal Marsias?, le dices con desespero, Pues no. Lo miraste con tristeza. Y omitiste lo que habías de omitir, pero le hablarás de él.

La rueca del cordel dorado (página 10)

El hilo de las fate no gasta metal alguno
lo descubrí anoche, en el umbrario
hecho de aroma, camisas vueltas al revés
Generoso hilo del cron, viajero
es la Vida su destino, futura o pretérita
Vi en aquel sueño de láudano falso
aquello que jamás deliró Dante
pues no era el vasto infierno
sino mis secretos anhelos
con las entrañas expuestas
La soledad de aquella casa familiar
-a mitad de la noche la vela y yo-
mi sexo niño en la laguna, los árboles
Vi a mi padre…

Descubrirás el propósito del poemario. Leíste alguna vez que se trataba de ficción especulativa en verso; pero frente a él, a las costuras deshiladas, al olor -siempre ese olor a cal y perfume polvoriento- supiste de inmediato que era un estuche, una oferta de métodos. Por alguna razón recordaste esos viejos libros de brujería (“patas de araña, cola de dragón”), notarás que se apuntaban instrucciones precisas, aunque de resultados inciertos.
Así, sabrás que hubo sastres que al abrochar botones al revés merendaron en la casa de su infancia y muchachas que doblando calcetines atestiguaron el resurgimiento de un imperio. Igual que siempre, temiste confundir la vida con un libro, y la sola posibilidad de que todas aquellas cosas fuesen ciertas te estrujó el pecho. ¿Es eso cierto?, te preguntarás con la ingenuidad del que nunca leyó mentiras, la mano apoyada en la frente. Mezclarás en el aire su nombre y un suspiro hueco. Te miraste al espejo, anhelando que fuera él quien te viera de regreso. Reíste ante tales ocurrencias sólo para no sentirte por completo loca.
Llegaste al último conjunto de versos. La pelusa delicada de tu nuca se erizará en gesto felino, pues un escalofrío puntual llegó unas líneas adelante. Eso que buscabas lo hallarás en el último poema:

Canto para futura nereida (página 42)

Dolorosa ocurrencia,
quise ver el porvenir, fe ciega mía por el porvenir
Vi el futuro ceniciento de mi casa
porcelana manchada por banquetes de fango,
Vi la calle Montealegre llena de trenes chicos
luces incomprensibles todas.
Y te vi a ti.
nereida reviniente, cercana y apolínea
Te vi moverte
habitar el aire con bondad y gracia
Algo que perdí llevabas en tu cuerpo
lucía tan claro como joya prendida de tu pelo
Alguien te llamó Nerissa

(Nerissa, como tú, esa tarde, y la calle, y Ricardo)

y a la simple consonancia de tu nombre
comprendí que eras tú misma lo extraviado y recobrado.
Vuelve, futura nereida
encuentra nuestra trama invisible
rastro de aroma o relojes de sombra

Anda sin miedo
pues una cosa es cierta:
el umbrario ya aguarda la hora
de volver a cobijarnos.

Pensaste quemar el libro igual que antaño se quemaron los de brujería, y revuelta entre pánico y maravilla te esquinarás en la cama. No hay confusión posible: eres tú.
O el libro te habló a ti, o estabas desquiciada.
¿Qué ceguera bendita te decantará por lo primero?
A medio vestir acudirás a Ricardo, que dirá Me da gusto que vengas, aunque la hora es un poco rara. Tomaste el libro inventando tonterías, Una reseña por escribir, Debes entregarla mañana, Necesitas ese libro para terminarla.
¿A dónde ir? ¿Cuál es la estación de la que parten todos esos trenes imposibles? Tan acostumbrada estabas a los cuentos donde hay una gran máquina con calendarios y palancas y botones que no atinarás el juicio. Pero serás astuta: te percataste de que en ello había menos ciencia y más hechicería. Resolverás que el lugar donde las brujas están a salvo es su propia casa, acudiste al refugio solicitándole compañía a un gato callejero, por si las dudas.
Repasarás una y otra vez las páginas de los volúmenes escritos por Pascal Marsias, la pantalla táctil se manchará con la marca sedosa de tus huellas dactilares, pues buscarás una y otra vez toda clase de fórmulas (botánicas, matemáticas, mecánicas)  para retroceder en el tiempo: ninguna manera útil se acercará a ti. Tocarás el dibujo sensible de tus labios, te supiste amada a través de alguna clase de intervalo. Lloraste la cruel condición de tu amor, tu humana insignificancia. Y a la vez cierta gratitud, cierta simpatía con todas las versiones de la vida que tomaron forma en tu huesos, tu carne, tu olor. Fue entonces cuando te sucederá la victoria de todos los amantes: te levantaste, sorbiste las lágrimas caminando hacia el escritorio donde reposan libreta y plumilla, comenzarás a anotar:

Los bailarines tienen la clave en el movimiento de su cuerpo; los pájaros, magnetizando el aire con su pico. ¿Yo? No es sólo una cuestión de saber el método. Para descubrirlo una tiene que saber quién es. ¿Quién eres tú, Nerissa? 

A tu mente acuden en tropel las respuestas dadas por siglos de páginas y páginas, pero te costará dar una por ti misma.

¿Quién soy yo?

En el papel empezó a deslizarse la tinta como espesa sangre negra, brillante y definitiva escribirás:

Soy Nerissa. Nado y leo. Creo en los mundos imposibles imaginados por la gente, en la verdad tácita de los libros, la vida de las historias. Con más fuerza lo creo ahora que yo misma me siento parte de una. Soy Nerissa, soy la futura nereida. Y Pascal Marsias hizo posible el mundo necesario para que yo viviera. Escribo estas líneas para que las palabras y mi cuerpo conformen la máquina precisa…

Aquí te detendrás, pues con el rabillo del ojo percibiste un desplazarse de algo. No notaste que todas las sombras del mundo viraron hacia el lado opuesto, pero el cosquilleo en las entrañas te hará continuar.

deseo acudir hasta él, hacia el momento único en que me espera. Sé que es posible porque ya ha sucedido, en alguna trama del tiempo el viaje se ha hecho,

Tu espejo reflejará otras paredes, otra luz, atisbas folias inmensas y la techumbre tejida con enredaderas que desprende olores dulces, terrosos; evitaste moverte por temor a deshacer lo que fuese…

porque él, Pascal Marsias, me ha visto aparecer en el umbrario.

Y mientras el vértigo del Tiempo te arroja en su corriente abismal, yo, Pascal Marsias, dejo a un lado la plumilla y el manuscrito de tu cuento, pues te veo aparecer delante mío, querida Nerissa, aquí, en el umbrario.