Estaré lejos de la red por algunas semanas. Aquí se verán los resultados del concurso de minificción y aparecerá (casi con seguridad) un cuento nuevo de la serie mensual, pero difícilmente podré responder mensajes. Dejaré dos entradas en esta bitácora. La primera es esta nota. Su tema es el de incontables otras que se escriben hoy desde México. No tiene pretensión alguna: es, como la mayoría, una toma de postura y una constancia de estos momentos.

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Las noticias de la violencia, la corrupción y la descomposición social que padece el país nos han acompañado durante mucho tiempo, pero ahora es claramente visible una indignación, un descontento con esa situación que antes no parecía existir o estaba soterrado, enmudecido por el desánimo o por el cinismo.

Por supuesto, su detonador (al menos para centenares de miles de personas) fue la masacre de Iguala, Guerrero, del pasado 26 de septiembre, durante la que media docena de personas fue muerta en un ataque de la fuerza pública contra un grupo de estudiantes de una escuela rural para maestros, llegados a Iguala desde el pueblo de Ayotzinapa; luego del ataque inicial, 43 de ellos fueron “desaparecidos” por policías, en colusión con una banda de narcotraficantes a la que pertenecían, de manera escandalosa pero sin que nadie investigara el asunto por años, el alcalde local y su esposa, autores intelectuales del ataque. Se ha anunciado que los estudiantes están ya muertos: que fueron asesinados por tres sicarios, quienes también destruyeron sus cadáveres. Pero las movilizaciones populares y la crisis para el gobierno no han terminado con este anuncio, que ha sido criticado como un intento cínico e inepto de poner fin a la investigación del crimen. Y lo que está debajo, por supuesto, es un gravísimo problema de corrupción en todos los niveles del Estado mexicano (y que alcanza incluso al presidente, Enrique Peña Nieto, involucrado en un caso recién descubierto de tráfico de influencias)  y el hecho de que los 43 de Ayotzinapa son las víctimas más famosas de la violencia reciente, pero no son de ningún modo las primeras: decenas de miles de víctimas del crimen organizado y de la represión gubernamental –a veces una y otra se confunden, como en el caso de Iguala– siguen sin recibir justicia, y en muchos casos sin aparecer siquiera: durante la búsqueda de los 43 se han encontrado varias fosas clandestinas en Guerrero en las que, de acuerdo con los peritos, los cuerpos enterrados no son los de los estudiantes. Así que ahora no se sabe quiénes son todos esos otros muertos.

Se está convocando a un paro nacional, como continuación e intensificación de la protesta, para el 20 de noviembre. No sé qué tanto éxito tendrá esa convocatoria, es decir, si el descontento contra el gobierno mexicano a partir de los hechos presentes ha llegado a la mayoría de la población. Tampoco sé si a todas partes llega información veraz sobre el asunto, si se comparte en general la convicción de que es necesario protestar, ni si el gobierno –protestas o no de por medio– será capaz de reconocer su obligación de hacer justicia y dar marcha atrás a más de 80 años de corrupción institucionalizada, que actualmente se deja ver también en una creciente opacidad del Estado y en la escasez de opciones disponibles para la población para obligar a sus autoridades a rendir cuentas. Pero mientras estas noticias se difunden por el mundo, en México se incrementa el descontento y se ve la acción concertada, lúcida y valiente de miles de personas, en especial jóvenes.

Por otra parte, también empiezan a verse sucesos típicos de otros periodos similares al presente: las manifestaciones pacíficas empiezan a estar puntuadas por hechos violentos; el origen de éstos y su relación con las protestas no se aclara; la opinión pública se fragmenta y ciertos términos cruciales que se difunden por las noticias –paz, violencia, orden– se vuelven materia de discusiones enconadas. (El encono parece ser todavía mayor que en otras épocas: un reflejo de la enorme división social que se fomentó durante las elecciones presidenciales de 2006 y que no ha desaparecido ni siquiera después de casi diez años de violencia criminal y gubernamental crecientes.)

A la vez, los medios más ligados al Estado pretenden controlar el sentido de las palabras que mencioné: difundir ideas «a modo» respecto de lo que sucede. Pensé en esto al hallar, hace poco, esta frase del escritor Paolo Bacigalupi, escrita respecto de las reacciones irreflexivas de muchas personas ante las noticias sobre la epidemia de ébola en África y los casos de enfermos que llegan a otros países:

I think it’s possible to create toxic mythologies about how disaster plays out, and that people then mimic b/c it’s all they’ve seen.

(Creo que es posible crear mitologías tóxicas sobre cómo se da un desastre, y que luego la gente las imita porque son todo lo que conocen.)

Como caer al suelo, dice un comentarista, cuando se recibe un disparo. La gente hace eso porque lo ha visto hacer en una pantalla. Y en México tenemos mitos similares, relacionados con la acción política en momentos de crisis. Que aparecerán «provocadores» o «radicales» violentos. Que lograrán dividir a la población. Que los sectores de mayor edad o más conservadores terminarán aliados con el gobierno. Que serán imposibles más posturas que las dos en los extremos, inconciliables. Que ganarán el revanchismo y la rabia momentáneos. Que después de un tiempo, cuando pasen de moda los temas de la protesta, ésta cesará.

Una adición reciente a esas narraciones es la que ensalza las presuntas virtudes y atractivos de la vida del narcotraficante: se halla en la música y otros lugares de la cultura popular del país y se asocia con la glorificación del machismo general, de la alevosía del político, de la destrucción del otro como objetivo más justo y deseable que la comprensión y el diálogo, etcétera. Pero la más insidiosa y terrible de todas esas ideas recibidas proviene del final del movimiento estudiantil de 1968, todavía recordado con rabia o con dolor tras la masacre de Tlatelolco del 2 de octubre de aquel año: es la de que la protesta, si bien crece por un tiempo tras el suceso que le sirve de detonador, se detiene cuando el Estado muestra su fuerza en un acto monstruoso de represión y a partir de entonces ya no puede recuperarse. Nunca se hace justicia, termina ese relato; sólo quedan más muertos que llorar y todo en el país sigue como de costumbre.

Hace falta, además de todo lo demás, que nos inventemos otras historias. La narración de la que deben apoderarse quienes desean justicia en México es esa: la de las consecuencias de la acción actual. Esa narración debe continuarse con la idea de llegar a conclusiones distintas de las que conocemos.

Dejo estas ideas como muchos otros han puesto las suyas en las últimas semanas.

Una bandera mexicana vista en un altar de muertos en la ciudad de México.

Una bandera mexicana vista en un altar de muertos en la ciudad de México.