Alguna vez tenía que aparecer en este sitio un cuento del gran Vladimir Nabokov (1899-1977), el autor de Lolita pero también de Pálido fuego, de Pnin, de Ada o el ardor y de grandes narraciones breves. La que sigue está tomada de sus Cuentos completos, que a estas alturas circulan por muchos sitios de la red; tal vez valga el énfasis especial que merece la historia de los dos hermanos y su predicamento. La traducción de María Lozano modifica ligeramente el título original: “Scenes from the Life of a Double Monster” apareció inicialmente en The Reporter, el 20 de marzo de 1958.

Nabokov en la portada de la revista TIME

ESCENAS DE LA DOBLE VIDA DE UN MONSTRUO
Vladimir Nabokov

Hace algunos años el doctor Fricke nos hizo a Lloyd y a mí una pregunta que trataré de contestar ahora. Con la sonrisa ensoñadora del que se dispone a satisfacer un placer de orden científico, acarició la carnosa banda cartilaginosa que nos enlazaba —omphalopagus diaphragmo-xiphodidymus, como Pancoast denominó un caso similar— y nos preguntó si acaso podíamos recordar la primera vez que cualquiera de nosotros, o ambos, nos dimos cuenta de la peculiaridad de nuestro destino y condición. Lloyd recordaba tan sólo que nuestro abuelo Ibrahim (o Ahim, o Ahem, ¡fastidiosos bloques de sonidos muertos a nuestros oídos actuales!) tocaba con cariño lo que tocaba el médico y lo llamaba un puente de oro. Yo no dije nada.
Nuestra infancia transcurrió encima de una fértil colina sobre el mar Negro en la granja de nuestro abuelo junto a Karaz. Su hija más joven, la rosa del Oriente, perla del gris Ahem (si eso era cierto, aquel viejo granuja hubiera podido preocuparse más de ella), había sido violada en un huerto junto a la carretera por nuestro amo anónimo y había muerto después de parirnos a nosotros, supongo que de puro horror y pena. Una serie de rumores hablaba de un buhonero húngaro; otros rumores se referían a un ornitólogo y coleccionista aleonan o a algún miembro de su expedición, probablemente su taxidermista. Unas tías de complexión oscura, llenas de collares, cuyas ropas voluminosas olían a aceite de rosas y a cordero, se ocuparon con celo macabro de las necesidades de nuestra monstruosa infancia.
Muy pronto, en las aldeas vecinas se enteraron de la extraordinaria noticia y empezaron a enviar a nuestra granja a toda suerte de extraños con afán inquisitivo. En los días de fiesta se les veía afanándose por subir la colina que conducía a nuestra casa, como si fueran peregrinos en cuadros de colores vivaces. Había un pastor que medía un metro ochenta y un calvo bajito con gafas, y soldados, así como las sombras de cipreses alargados. También venían niños, a todas horas, que eran despachados por nuestras celosas amas; pero casi cada día había algún joven de ojos negros y pelo corto, con gastados pantalones azules que conseguía deslizarse a través del cornejo, la madreselva y los troncos retorcidos de los ciclamores, hasta el patio adoquinado con su vieja fuente legañosa donde los pequeños Lloyd y Floyd (entonces nos llamábamos de otra manera, nombres llenos de consonantes aspiradas) descansaban tranquilamente sentados, mascando orejones bajo un muro encalado. Luego, súbitamente, percibía la H de nuestros cuerpos transformada en una I, como si el numeral romano que representa el dos fuera tan sólo el uno, o unas tijeras de una sola cuchilla.
No puede establecerse comparación alguna, evidentemente, entre el impacto producido al conocer esta situación, por muy perturbador que pudiera ser, y el choque emocional que recibió mi madre (¡y a propósito, qué felicidad tan pura experimento al utilizar de forma tan deliberada el posesivo singular!). Debió darse cuenta de que estaba dando a luz a un par de gemelos; pero cuando se enteró, como sin duda ocurrió, de que los gemelos estaban unidos… ¿qué sensaciones experimentaría en aquel momento? Dado el tipo de gente ignorante, incontinente y exasperadamente locuaz que nos rodeaba, la familia vocinglera y lenguaraz que esperaba junto a la cama deshecha debió, con toda seguridad, decirle al momento que algo había ido espantosamente mal; y no hay apenas duda de que sus hermanas, en el frenesí de su susto y de su compasión, le enseñaron al niño siamés. Yo no digo que una madre no pueda amar a un objeto semejante, doble, y olvidar en ese amor el oscuro rocío de su origen impío; sólo creo que la mezcla de asco, piedad y amor materno fue demasiado para ella. Los dos componentes de aquella serie doble que contemplaban sus ojos eran unos deliciosos ejemplares incompletos saludables y guapos, con una pelusilla rubia sedosa en sus cráneos rosado-violetas, y brazos y piernas elásticos y bien proporcionados que se movían como los miembros numerosos de un maravilloso animal marino. Cada uno de ellos era fundamentalmente normal, pero juntos formaban un monstruo. En realidad, es extraño pensar que la presencia de una mera banda de tejido, un andrajo de carne no mayor que un hígado de cordero, pudiera transformar la alegría, el orgullo, la ternura, la adoración y la gratitud hacia Dios en horror y desesperación.
En cuanto a nosotros, todo era mucho más sencillo. Los adultos eran demasiado diferentes de nosotros en todo, como para que nos permitieran establecer analogía alguna, pero el primer visitante que tuvimos de nuestra edad constituyó para mí una suerte de revelación. Mientras Lloyd contemplaba plácidamente al atemorizado niño de siete u ocho años, que nos miraba atentamente desde una achaparrada higuera que a su vez parecía examinarnos a nosotros, yo recuerdo que me di cuenta cabal de la esencial diferencia existente entre el recién llegado y mi persona. Su cuerpo producía en el suelo una pequeña sombra azul, también el mío; pero además de aquel compañero impreciso, plano e inconstante que tanto él como yo debíamos agradecer al sol y que se desvanecía en días nublados, yo poseía otra sombra más, un reflejo palpable de mi ser corporal, que siempre tenía junto a mí, a mi izquierda, mientras que mi visitante había conseguido de una manera u otra desembarazarse del suyo, o quizá había conseguido desengancharlo de su persona y dejarlo en casa. Unidos, Lloyd y Floyd eran normales y completos; él no era ni lo uno ni lo otro.
Pero quizás, en orden a elucidar estas cuestiones lo más exhaustivamente posible, debería hablar de recuerdos más lejanos todavía. A no ser que las emociones adultas empañen los recuerdos antiguos, creo que puedo atestiguar la existencia de una cierta repugnancia. Debido a la duplicidad de nuestros miembros anteriores, dormíamos en principio cara a cara, unidos por nuestro ombligo común, y mi rostro en esos primeros días de nuestra existencia se veía constantemente acariciado por la dureza de la nariz de mi hermano gemelo y por sus labios húmedos. Aquel desagradable contacto nos llevó a reaccionar a nuestra manera y así desarrollamos una cierta tendencia espontánea a echar la cabeza hacia atrás y a separar nuestros rostros lo más posible. La extrema flexibilidad de la banda de carne que nos mantenía unidos nos permitía asumir una posición recíproca más o menos lateral, y cuando aprendimos a caminar, lo hacíamos en una suerte de contoneo lateral como patos que anadean conjuntadamente, una posición que a la gente le debía de parecer más forzada de lo que realmente era, y que nos hacía parecer, supongo yo, un par de enanos borrachos que se apoyaran el uno en el otro. Durante mucho tiempo volvíamos a nuestra posición fetal a la hora de dormir; pero en cuanto la incomodidad subyacente a esta postura incomodaba nuestro sueño y nos despertaba, volvíamos a distanciar nuestros rostros, con un doble gemido de repugnancia recíproca.
Insisto en que cuando teníamos tres o cuatro años nuestros cuerpos sentían aversión ante la torpeza de nuestra coyunda, mientras que nuestras mentes no cuestionaban la normalidad de nuestros cuerpos. Luego, antes de que hubiéramos podido ser conscientes de sus inconvenientes, la intuición física fue descubriendo formas de lidiar con ellos, y a partir de entonces dejamos de pensar en los mismos. Todos nuestros movimientos se convirtieron en un juicioso compromiso entre lo común y lo particular. La pauta de las acciones motivadas por tal o cual deseo común formaba una especie de fondo generalizado, gris e uniformemente tejido contra el que un impulso discreto, el suyo o el mío, seguía su curso más directo y preciso; pero (como si estuviera guiado por la urdimbre de la pauta común) nunca iba en contra de la trama común o del deseo preciso y concreto del cuerpo gemelo.
Hablo ahora sólo de nuestra infancia, cuando la naturaleza no había tenido tiempo todavía para minar nuestra laboriosamente ganada vitalidad con ningún conflicto entre nosotros. Años más tarde he tenido ocasión de lamentar que no hubiéramos muerto o que no nos hubieran separado quirúrgicamente, antes de abandonar aquel estado inicial en el que un ritmo siempre presente, como una especie de tam-tam remoto que sonara en la jungla de nuestro sistema nervioso, era el único responsable de regular nuestros movimientos. Cuando, por ejemplo, uno de nos’otros estaba a punto de agacharse para apropiarse de una bonita margarita mientras que el otro, exactamente en el mismo momento, iniciaba un ademán para estirarse y coger un higo maduro, ganaba aquel cuyos movimientos se conformaran al ictus habitual de nuestro ritmo común y continuo, después de lo cual, con un estremecimiento muy breve y como coral, el gesto interrumpido de un gemelo era absorbido y disuelto en la enriquecida ola de la acción que el otro gemelo acababa de completar. Digo «enriquecida» porque el fantasma de la flor que se había quedado en el suelo parecía de alguna manera estar también allí, pulsando entre los dedos que se cerraban en torno a la fruta.
Podían producirse largos períodos de semanas e incluso de meses en los que el ritmo conductor correspondía con mucha más frecuencia a Lloyd que a mí, pero luego llegaba una época en la que era yo el que conducía la ola del deseo; pero no recuerdo momento alguno en nuestra infancia en el que la frustración o la realización del deseo provocara en ninguno de nosotros ni resentimiento ni orgullo.
Sin embargo, en algún lugar dentro de mí, debía de haber una célula sensible que se preguntaba cómo funcionaba aquel hecho curioso por el que una fuerza desconocida se apoderaba de mí y me distanciaba del objeto de un deseo repentino para llevarme a una serie de cosas no deseadas hasta entonces y que se introducían en la esfera de mi voluntad sin que yo hubiera llegado a desearlas conscientemente ni las hubiera atenazado entre los tentáculos de mi volición. Así que mientras yo observaba a tal o cual chiquillo extraviado que nos contemplaba a Lloyd y a mí, recuerdo que me ponía a pensar y a dirimir un problema de índole dual: en primer lugar, trataba de resolver si una única naturaleza corporal presentaba más ventajas que la nuestra; en segundo lugar, si todos los otros niños eran únicos. Se me ocurre ahora que a menudo los problemas que me preocupaban eran de doble filo, posiblemente los hilos de los procesos cerebrales de Lloyd penetraban en mi mente y uno de los dos problemas conjuntos que yo consideraba era en realidad una preocupación suya.
Cuando nuestro avaricioso abuelo Ahem decidió exhibirnos para ganar dinero, había siempre algún granuja ansioso entre la gente que venía a contemplarnos que quería que habláramos entre nosotros. Como suele ocurrir con las mentes primitivas, pedía que sus oídos corroboraran lo que veían sus ojos. Nuestra gente nos obligaba de mala manera a que gratificáramos tales deseos y no entendían lo angustioso que resultaba el hacerlo. Habríamos podido decir que éramos demasiado tímidos para complacerlos; pero la realidad es que nunca nos hablábamos el uno al otro, incluso cuando estábamos solos, porque los breves gruñidos entrecortados que intercambiábamos en nuestros escasos momentos de enfado (cuando, por ejemplo, uno se había hecho una herida en un pie y se la estaban vendando mientras que el otro quería ir a nadar al arroyo) no podían interpretarse realmente como un diálogo. La comunicación de sencillas sensaciones esenciales la llevábamos a cabo sin palabras; hojas desprendidas del árbol que flotaban en la corriente de nuestra sangre común. También los pensamientos simples conseguían deslizarse y viajar entre nosotros. Los más complejos no lo hacían sino que persistían en la mente que les había dado origen, pero incluso en esos casos ocurrían extraños fenómenos. Ésa es la razón por la que tengo la sospecha de que a pesar de que tenía una naturaleza más tranquila, Lloyd luchaba contra las mismas realidades que a mí me desconcertaban. Al crecer olvidó muchas cosas. Yo no he olvidado nada.
Pero el público no sólo esperaba de nosotros que nos habláramos, quería incluso que jugáramos juntos. ¡Alcornoques! Les divertía que compitiéramos en ingenio jugando al ajedrez o a las damas. Supongo que si hubiéramos sido de distinto sexo nos habrían obligado a cometer incesto en su presencia. Pero como los juegos entre nosotros eran tan poco frecuentes como la conversación, sufríamos sutiles tormentos cada vez que nos obligaban a realizar tortuosos movimientos para lanzarnos una pelota desde algún lugar entre nuestros pechos, o a hacer como que jugábamos a arrebatarnos mutuamente una especie de bate. Nos aplaudían entusiasmados cada vez que corríamos por el perímetro del patio cogidos con los brazos al hombro. Saltábamos y girábamos.
Un vendedor ambulante de remedios medicinales, un hombre calvo y bajito con una blusa blanca, que sabía un poco de turco y otro poco de inglés, nos enseñó unas cuantas frases en esas lenguas; y entonces tuvimos que demostrar nuestras nuevas habilidades ante una audiencia fascinada. Sus rostros ardientes todavía me persiguen en mis pesadillas, porque vienen hasta mí cada vez que el productor de mis sueños necesita de una comparsa que le acompañe. Veo una vez más al pastor gigante de rostro de bronce y harapos multicolores, a los soldados de Karaz, al sastre armenio jorobado y tuerto (un monstruo por derecho propio), a las niñas que no paran de reírse tontamente, las viejas que suspiran, los niños, los jóvenes vestidos a la manera occidental —ojos ardientes, dientes blancos, negras bocas abiertas; y, desde luego, al abuelo Ahem, con su nariz de marfil amarillento y su barba de lana gris, dirigiendo las escenas o contando los billetes sucios y gastados mientras se chupa el dedo. El lingüista, el de la blusa bordada y la calva, cortejaba a una de mis tías, sin dejar de lanzar miradas de envidia a Ahem a través de sus lentes de montura de acero.
Para cuando tuve nueve años ya sabía perfectamente que Lloyd y yo constituíamos un fenómeno de lo más raro y caprichoso. El saberlo no se tradujo en júbilo ni en vergüenza alguna; pero en una ocasión, una cocinera histérica, una mujer bigotuda, que nos había tomado mucho cariño y que se apiadaba de nuestra suerte, declaró con un espantoso juramento que allí mismo nos iba a liberar de un tajo con un reluciente cuchillo que enarboló en aquel momento (nuestro abuelo y uno de nuestros recién adquiridos tíos se lo impidieron inmediatamente); y después de aquel incidente yo solía entretenerme en ensoñaciones indolentes imaginándome separado de mi pobre Lloyd que, de alguna manera, seguía manteniendo su personalidad de monstruo.
No me interesó el asunto aquel del cuchillo y de cualquier manera, la forma en la que la separación debía llevarse a cabo permanecía en el misterio; lo que yo me imaginaba con precisión era que mis grilletes desaparecían súbitamente y el consecuente sentimiento de desnudez y ligereza que esto provocaba en mi persona. Me imaginaba saltando la valla, una valla con las calaveras blanqueadas de los animales domésticos que coronaban los postes, y descendiendo hacia la playa. Me veía saltando de piedra en piedra y zambulléndome en el mar centelleante, para salir después a la arena a corretear junto con otros chiquillos desnudos. Soñaba con ello por las noches, me veía huyendo de mi abuelo y llevándome algún juguete, o un gatito, o un cangrejo pequeño apretados contra el costado. Imaginaba que me encontraba con Lloyd, que se me aparecía en sueños cojeando, unido sin remedio a otro gemelo cojo mientras que yo estaba libre para bailar junto a ellos y para darles todos los golpes que quisiera en sus pobres espaldas.
Me pregunto si Lloyd tenía las mismas ensoñaciones. Los médicos han apuntado que a veces juntábamos nuestras mentes mientras dormíamos. Una mañana gris azulada cogió una ramita de un árbol y dibujó en el polvo un barco con tres mástiles. Yo acababa de verme dibujando aquel barco en un sueño que había tenido la noche precedente.
Una especie de gran capa negra de pastor cubría nuestros hombros y, cuando nos agachábamos sentados en el suelo, sus pliegues envolventes sólo dejaban al descubierto nuestras cabezas y la mano de Lloyd. El sol acababa de salir y el viento afilado de marzo era como capa tras capa de hielo semitransparente a través del cual los retorcidos árboles de Judea apenas en flor se veían como manchas indefinidas de rosa amoratado. La blanca casa alargada y achaparrada detrás de nosotros, llena de mujeres gordas con sus maridos malolientes, estaba completamente dormida. No dijimos nada ni siquiera nos miramos pero, dejando la ramita a un lado, Lloyd me pasó el brazo derecho por la espalda, como siempre hacía cuando quería que los dos camináramos deprisa; y con la punta de nuestra prenda común arrastrándose entre los juncos muertos, mientras que las piedras corrían y se resbalaban bajo nuestros pies, emprendimos camino por el paseo de cipreses que conducía a la costa.
Era nuestro primer intento de ir hasta ese mar que veíamos brillar suavemente y sin prisa a lo lejos desde nuestra colina, rompiendo sus olas en silencio contra relucientes rocas. No necesito esforzar mi memoria para situar nuestra torpe huida en un punto definitivo de nuestro destino. Unas cuantas semanas antes, el día de nuestro duodécimo aniversario, el abuelo Ibrahim había empezado a jugar con la idea de enviarnos en compañía de nuestro nuevo tío a una gira de seis meses a través del país. No hacían más que discutir los términos económicos del contrato sobre los que se habían disputado e incluso peleado, aunque Ahem había resultado vencedor.
Le teníamos miedo a nuestro abuelo y detestábamos al tío Novus. Probablemente, sintiéramos de una forma torpe pero también desesperada (sin saber nada de la vida, pero vagamente conscientes de que el tío Novus trataba de engañar al abuelo) que teníamos que hacer algo para impedir que un feriante nos llevara de un lado a otro en una cárcel itinerante, como si fuéramos monos o águilas; o quizás nos impeliera a ello el pensar que aquélla era nuestra última oportunidad de gozar de nuestra pequeña libertad y de hacer lo que teníamos absolutamente prohibido hacer: ir más allá de una cierta valla, abierta tan sólo por una cierta puerta.
No tuvimos problemas para abrir la desvencijada puerta aunque no logramos devolverla a su posición inicial. Un cordero blanco y sucio, de ojos color ámbar y con una marca de carmín pintada en la dureza de su frente plana, nos siguió un buen trecho antes de perderse entre los robledales. Bajamos un poco, pero todavía por encima del valle y tuvimos que cruzar la carretera que rodeaba la colina y unía nuestra granja con la carretera de la playa. El zumbar de los cascos de los caballos y el chasquido de las ruedas se iba acercando hasta nosotros; y nos detuvimos, con capa y todo, agazapados detrás de un matorral. Cuando se amortiguó el estruendo, cruzamos la carretera y seguimos nuestro camino por una cuesta llena de maleza. El mar plateado se iba ocultando a nuestra vista detrás de los cipreses y de restos de viejos muros de piedra. Nuestra capa negra nos empezó a dar calor y a resultar pesada pero perseveramos bajo su protección, temiendo que si no lo hacíamos cualquier transeúnte se diera cuenta de nuestra enfermedad.
Salimos a la carretera principal, a unos metros del fragor del mar, y allí, esperándonos bajo un ciprés, estaba un coche que conocíamos bien, una especie de carreta de grandes ruedas, de cuyo pescante descendía ya el tío Novus. ¡Qué hombrecillo tan astuto, oscuro, ambicioso y sin principios! Unos minutos antes nos había visto desde una de las terrazas de la casa de nuestro abuelo y no había podido resistir la tentación de aprovechar una escapada que milagrosamente le daba la oportunidad de capturarnos sin resistencia ni protesta posible. Lanzando juramentos contra aquellos caballos timoratos, nos ayudó brutalmente a meternos en el carro. Nos empujó hasta que bajamos la cabeza y amenazó con hacernos daño si intentábamos siquiera no ya sacar la cabeza sino mirar fuera de la capa. Lloyd tenía todavía su brazo sobre mi espalda, pero una sacudida del carro hizo que lo soltara. Ahora las ruedas crujían en su marcha. Pasó algún tiempo antes de que nos diéramos cuenta de que nuestro conductor no nos estaba llevando a casa.
Han pasado veinte años desde aquella gris mañana de primavera pero sigue intacta en mi memoria, con mayor claridad que muchas de las cosas que han ocurrido después. Una y otra vez pasa ante mi mirada como si fuera una cinta cinematográfica, como he visto hacer a los grandes prestidigitadores cuando revisan sus actuaciones. De igual modo yo reviso todas las etapas y circunstancias, incluso los detalles accidentales, de nuestra fallida huida, el estremecimiento inicial, la puerta, el cordero, la pendiente resbaladiza bajo nuestros torpes pies. Les debimos parecer un espectáculo extraordinario a los tordos que volaron a nuestro paso, con aquella capa negra que nos envolvía y de la que sobresalían dos cabezas rapadas insertas en unos cuellos canijos. Las cabezas se volvían a un lado y a otro, cautelosas, hasta que finalmente llegaron a la carretera que bordeaba la línea de la costa. Si en aquel momento algún extranjero aventurero hubiera llegado a la costa desde su barco en la bahía, habría seguramente experimentado un escalofrío de emoción al verse enfrentado a un simpático monstruo mitológico en un paisaje de cipreses y piedras blancas. Lo hubiera adorado, hubiera derramado lágrimas dulces. Pero mucho me temo, Dios mío, que no había nadie para recibirnos allí, salvo aquel granuja preocupado, nuestro nervioso secuestrador, un hombrecillo con cara de muñeca que llevaba unas gafas baratas, que se mantenían en pie gracias a un trozo de esparadrapo.