Este mes, un cuento poco conocido de Patricia Highsmith (1921-1995), la gran narradora de origen estadounidense que se volvió famosa como escritora de novelas policiacas y demostró en ellas un talento excepcional para crear personajes y situaciones. Los lectores del resto de su obra no encontrarán aquí mucha violencia, pero sí la misma visión de lo más sombrío y terrible del ser humano: sólo cambia el escenario, como el título del cuento sugiere.

“The Trouble With Mrs. Blynn, The Trouble With the World” fue encontrado entre los papeles de Highsmith después de su muerte y se publicó en la antología póstuma Nothing That Meets the Eye (2003). Ignoro quién tradujo al español la presente versión.

EL PROBLEMA DE LA SEÑORA BLYNN, EL PROBLEMA DEL MUNDO
Patricia Highsmith

La señora Palmer se estaba muriendo, ni a ella ni a ninguna otra persona de la casa le cabía la menor duda al respecto. Los habitantes de la casa habían pasado de ser dos, la señora Palmer y Elsie, la doncella, a ser cuatro en los diez últimos días. La hija de Elsie, Liza, que tenía 14 años, había acudido a ayudar a su madre y se había llevado a su peludo perro pastor, Princy, que para la señora Palmer era el cuarto habitante de la casa. Liza se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en la cocina y dormía en la pequeña habitación de techo bajo con dos literas situada tan sólo unos escalones más abajo de la habitación de la señora Palmer. La casa era pequeña: un saloncito, comedor y cocina en la planta baja, y arriba, el dormitorio de la señora Palmer, el cuarto de las literas y un cuartito donde dormía Elsie. Todos los techos eran bajos y las puertas y el techo de la escalera aún más bajos, de modo que uno tenía que agachar la cabeza constantemente.
La señora Palmer pensó que ya no tendría que seguir agachando la cabeza mucho tiempo, ya que sólo se levantaba dos veces al día, con su bata color lavanda ceñida al cuerpo contra el frío, camino del cuarto de baño. Tenía leucemia. No sufría ningún dolor, pero estaba terriblemente débil. Tenía sesenta y un años. Su hijo Gregory, oficial de la RAF, estaba destacado en Oriente Próximo. Tal vez llegaría a tiempo y tal vez no. La señora Palmer, de forma deliberada, no le había mandado un telegrama urgente, pues no quería molestarle ni importunarle, y en su telegrama de respuesta, él había dicho simplemente que haría lo posible por conseguir un permiso e ir a verla, y que le comunicaría la fecha exacta de su llegada. Su propio telegrama había sido cobarde, pensó la señora Palmer. Por qué no había tenido el valor de decirle claramente: “Me estoy muriendo, no creo que dure más de una semana. ¿Puedes venir a verme?”
–¡Señora Palmer! –Elsie asomó la cabeza por la puerta, con una mano enharinada apoyada en el quicio– ¿A qué hora ha dicho hoy la señora Blynn, a las cuatro y media o a las cinco y media?
La señora Palmer no lo sabía, y le parecía que no tenía ninguna importancia.
–Creo que a las cinco y media.
Elsie asintió preocupada, pensando en qué serviría con el té si era a las cinco y media y no a las cuatro y media. El té de las cinco y media podía ser menos sustancioso, porque la señora Blynn ya habría tomado un té en otra parte.
–¿Quiere que le traiga algo, señora Palmer? –preguntó en un tono dulce, con sincera preocupación.
— No, gracias, Elsie, estoy bien –la señora Palmer suspiró cuando Elsie volvió a cerrar la puerta. Elsie era voluntariosa, pero no inteligente. La señora Palmer no podía hablar con ella, y aunque no pretendía hablar de cosas íntimas con ella, sí le habría gustado tener la sensación de que podía hablar con alguien en la casa si lo deseaba.
La señora Palmer no tenía amigos íntimos en el pueblo, porque sólo llevaba un mes allí. Se dirigía a Escocia cuando la invadió otra vez aquella debilidad y se desmayó en el andén de la estación de Ipswich. Un largo viaje a Escocia en tren o incluso en avión pareció entonces totalmente fuera de lugar, de modo que, siguiendo las indicaciones de un médico desconocido, la señora Palmer había cogido un taxi y se había desplazado a un pueblo de la costa este llamado Eamington, donde, según el propio médico, había una enfermera que visitaba a domicilio, y donde el aire era espléndido y vigorizante. Obviamente, el médico había pensado que sólo necesitaba descansar unas semanas y que luego se recuperaría, pero la señora Palmer tenía la premonición de que eso no era verdad. Los primeros días se había encontrado mejor en aquel pueblo pequeño y tranquilo, había visto la casita llamada Sea Maiden, doncella del mar, y la había alquilado enseguida, pero la racha de energía había durado poco. Ya en Sea Maiden había vuelto a desmayarse y tenía la sensación de que Elsie e incluso otras personas que habían conocido, como el señor Frowley, el agente inmobiliario, tomaban a mal su faiblesse. Ella no sólo era una extraña que había venido a molestarles, a pedirles cosas, sino que su recaída ponía en cuestión los poderes curativos del aire de Eamington, que, en aquel momento, consistía básicamente en vientos de tormenta que azotaban día y noche desde el noreste, arrancando los botones de los abrigos y cubriendo todas las ventanas de las casas costeras de una película opaca de sal y rociaduras del mar. La señora Palmer sentía convertirse en una carga, pero por lo menos podía pagarlo, pensó. Había alquilado una casa de campo bastante desvencijada que de lo contrario habría estado vacía todo el invierno, pues ya era principios de febrero. Había contratado a Elsie, ofreciéndole un salario por encima de lo habitual en Eamington, le pagaba a la señora Blynn una guinea por una visita de media hora (y la mayor parte de aquella media hora se consumía con el té) y pronto daría trabajo a la funeraria, al sacristán y tal vez también a la floristería. Además, había pagado por adelantado el alquiler de marzo.
Al oír unos pasos rápidos en el pavimento, en un momento de calma del rugido del viento, la señora Palmer se incorporó un poco en la cama. Llegaba la señora Blynn. Un ansioso ceño transformó la fina piel de la frente de la señora Palmer, pero ella sonrió cortésmente, con una cortesía anticipada. Cogió el espejo de mango largo que había en la mesita de noche. Su cara grisácea había dejado de impresionarla o avergonzarla. La edad era la edad, la muerte era la muerte, y aunque no era guapa, seguía sintiendo el impulso de hacer lo que pudiera por parecer más agradable al mundo.
Se arregló un poco el pelo, se humedeció los labios, esbozó una leve sonrisa, equilibró los hombros del camisón y se acercó más su rebeca rosa. Su palidez le volvía los ojos aún más azules. Ese era un pensamiento agradable.
Elsie llamó a la puerta y la abrió al mismo tiempo.
–La señora Blynn, señora.
–Buenas tardes, señora Palmer –dijo la señora Blynn, bajando los dos escalones desde el umbral a la habitación de la señora Palmer. Era una mujer corpulenta, con el pelo rubio oscuro y de altura mediana, de unos cuarenta y cinco años, y llevaba su habitual traje de dos piezas, grueso y negro, con un broche rosa en forma de flor sobre el pecho izquierdo, los labios pintados de rosa pálido y tacones bastante altos. Como muchas mujeres de Eamington, era viuda de marino, y había empezado a trabajar de enfermera después de los cuarenta. En el pueblo la consideraban una mujer enérgica que hacía su trabajo eficazmente–. ¿Cómo se encuentra esta tarde?
–Buenas tardes. Digamos que bien, dentro de lo que cabe –dijo la señora Palmer, haciendo un esfuerzo para mostrarse animosa. Ya estaba soltando las sábanas remetidas, preparándose para apartarlas del todo y que la enfermera le pusiera su inyección diaria.
Pero la señora Blynn permanecía de pie con una sonrisa ausente en medio de la habitación, con las manos puestas hacia atrás en las caderas, examinando las paredes y mirando por la ventana. La señora Blynn había vivido en aquella casa con su marido en otro tiempo, durante los seis primeros meses de matrimonio, y todos los días hacía algún comentario al respecto. Su marido había sido capitán de un barco mercante y había muerto diez años atrás al colisionar con un barco sueco sólo a cincuenta millas de Eamington. La señora Blynn nunca había vuelto a casarse. Elsie decía que su casa estaba llena de fotografías del capitán en uniforme y de su barco.
–Sí, es una casita maravillosa –dijo la señora Blynn–, aunque esté expuesta al viento –miró a la señora Palmer con ojos brillantes, como diciendo: “Bueno, y ahora vamos a poner esa inyección a ver si se pone bien de una vez, ¿de acuerdo?”
Pero su expresión cambió al instante. Hurgó en su bolso negro en busca de la jeringa y el frasco de claro fluido que no serviría de nada. Su boca perdió la sonrisa y se curvó hacia abajo y se acentuaron las arrugas en las comisuras. Cuando se concentraba en el descarnado cuerpo de la señora Palmer sus ojos verde grisáceo se volvían vidriosos, como si no viera nada ni necesitara ver nada: aquél era su oficio y ella sabía cómo hacerlo. La señora Palmer era un objeto, que pagaba una guinea por la visita. El objeto iba a morir. La señora Blynn se volvía apática, como si ni siquiera la pérdida de la guinea diaria en tres u ocho días le importara tampoco.
A la señora Palmer no le importaban en absoluto las guineas, pero en vista del hecho de que pronto iba a dejar este mundo, le hubiera gustado que la señora Blynn mostrara algún rasgo humano, como el deseo de prolongar las guineas de sus visitas.
Los ojos de la señora Blynn seguían vidriosos, incluso cuando miró hacia la puerta para ver si llegaba Elsie con el té.
Ocasionalmente, el suelo de madera del vestíbulo crujía por el calor o por la ausencia del mismo, y también crujía cuando alguien andaba cerca de la puerta.
Aquel día le dolió la inyección, pero la señora Palmer aguantó sin rechistar. En realidad, no era nada y sonrió ante su insignificancia.
–Hoy ha salido un poco el sol, ¿verdad? –dijo.
— ¿Ah, sí? –la señora Blynn extrajo la aguja.
–Hacia las once de la mañana, me he fijado. Débilmente hizo un gesto con el brazo señalando hacia la ventana que quedaba tras ella.
— Pues ya era hora –respondió la señora Blynn, guardando su instrumental en el bolso–. Dios mío, y también viene bien un poco de fuego –había cerrado el bolso y se frotaba las manos, acercándose a la chimenea.
Princy estaba echado ante el fuego cuan largo era, como si fuese una alfombra de pelo largo enrollada.
La señora Palmer intentó pensar en algo agradable que decir sobre el marido de la señora Blynn, su época en aquella casa, el pueblo, lo que fuera. Pero sólo podía pensar en que la vida de la señora Blynn debía de haber sido muy solitaria desde la muerte de su marido. No habían tenido hijos. Según Elsie, la señora Blynn adoraba a su marido y estaba orgullosa de no haber vuelto a casarse.
–¿Tiene muchos pacientes en esta época del año? –preguntó.
–Oh, sí. Como siempre –contestó la señora Blynn, todavía frente al fuego y frotándose las manos.
Quién, se preguntó la señora Palmer. Háblame de ellos. Esperó, respirando suavemente.
Elsie llamó una vez, golpeando con un canto de la bandeja en la puerta.
–Pase, Elsie –dijeron las dos a la vez, la señora Blynn un poco más alto.
–Aquí tienen –dijo Elsie, poniendo la bandeja sobre una banqueta, formada por dos sólidos almohadones color verde oliva, apilados uno sobre otro. Por el lado de uno de los bollitos chorreó mantequilla derretida, que cayó sobre el plato y empezó a solidificarse mientras Elsie servía el té.
Elsie le tendió a la señora Palmer una taza de té con tres terrones de azúcar, pero sin bollo, porque la señora Blynn decía que eran demasiado indigestos para ella. A la señora Palmer no le importaba. De todas formas apreciaba la visión de los bollitos bien untados de mantequilla, y de gente sana como la señora Blynn comiéndoselos. Le ofrecieron una galleta de jengibre y la rechazó. La señora Blynn habló brevemente con Elsie de las cañerías de su casa, de alguna oferta que había aquella semana en la carnicería mientras Elsie permanecía de pie con los brazos cruzados, apoyada en el marco de la puerta, dejando pasar una corriente de aire frío hacia la señora Palmer. Elsie anotaba mentalmente toda la información de la señora Blynn sobre precios. Ahora era la salsa de tomate de la tienda de dietética, que estaba de oferta aquella semana.
— Llámeme si necesita algo –dijo Elsie como de costumbre, agachando la cabeza para salir.
La señora Blynn estaba absorta en sus bollos, inclinada para que la mantequilla que chorreaba cayera al suelo y no en su falda.
La señora Palmer se estremeció y se tapó más.
–¿Va a venir su hijo? –preguntó la señora Blynn en voz alta y clara, mirando directamente a la señora Palmer.
La señora Palmer no sabía lo que Elsie le habría contado a la señora Blynn. Ella le había dicho a Elsie que su hijo tal vez viniera, eso era todo.
–Aún no lo sé. Supongo que está esperando a decirme la fecha exacta… o para comprobar si puede o no. Ya sabe cómo son las cosas en las fuerzas aéreas.
–Humm –dijo la señora Blynn a través de un bollo, como si por supuesto tuviera que saberlo, ya que su marido había sido militar–. Si no me equivoco, es su único hijo y heredero.
–El único –contestó la señora Palmer.
–¿Está casado?
— Sí –y anticipándose a la siguiente pregunta: –Tiene una hija, pero aún es muy pequeña.
Los ojos de la señora Blynn vagaron hacia la mesita de noche de la señora Palmer y, de pronto, ésta se dio cuenta de que estaba observando… su broche de amatista. La señora Palmer lo había llevado en su rebeca unos días, hasta que se había encontrado tan mal que el broche ya no la animaba, e incluso había empezado a verlo cursi, por lo que había acabado quitándoselo.
–Es un broche muy bonito –dijo la señora Blynn.
–Sí. Me lo regaló mi marido hace años.
La señora Blynn se acercó a mirarlo, pero no lo tocó. La amatista rectangular estaba engarzada en diminutos brillantes.
Se quedó allí de pie, mirándolo con ojos atentos y saltones.
–Supongo que se lo dejará a su hijo… o a su mujer.
La señora Palmer enrojeció, incómoda o disgustada. La verdad era que no había pensado a quién se lo iba a dejar.
–Supongo que mi hijo se lo quedará todo, como mi heredero.
–Espero que su mujer sepa apreciarlo –dijo la señora Blynn con una sonrisa, dándose la vuelta para dejar la taza de té en el platillo.
Luego, la señora Palmer cayó en cuenta de que la señora Blynn llevaba días mirando aquel broche, cada vez que sus ojos se desviaban hacia la mesilla de noche. Cuando se marchó la señora Blynn, la señora Palmer cogió el broche y lo guardó en la palma de su mano, con actitud protectora. Su joyero estaba en el otro extremo de la habitación. En aquel momento entró Elsie.
–Elsie, ¿le importaría pasarme esa caja azul de ahí? –le dijo la señora Palmer.
–Claro, señora –contestó Elsie, desviándose desde la bandeja del té hacia la caja que había sobre la estantería–. ¿Ésta?
–Sí, gracias. –La señora Palmer la cogió, levantó la tapa y guardó el broche junto al collar de perlas. No tenía muchas joyas, tal vez diez u once piezas, pero cada una evocaba una ocasión especial de su vida, un periodo especial, y las apreciaba todas. Observó el perfil romo y sincero de Elsie, que se inclinaba sobre la bandeja, ordenándolo todo para poder llevárselo en un solo viaje.
–Esta señora Blynn –dijo Elsie, negando con la cabeza y sin mirar a la señora Palmer–. Me ha preguntado si creía que su hijo vendría. ¿Y cómo voy a saberlo yo? Le dije que sí, que yo suponía que sí –Estaba de pie con la bandeja, mirando a la señora Palmer y sonriendo tímidamente, como si hubiera hablado demasiado–. El problema de la señora Blynn es que siempre está metiendo la nariz en todo, si me perdona la expresión. Siempre está haciendo preguntas, ¿sabe?
La señora Palmer asintió, sintiéndose demasiado débil en aquel momento como para hacer un comentario. Tampoco tenía nada que decir. Pensó que Elsie había pasado junto al broche de amatista durante días y nunca lo había mencionado ni tocado, seguramente ni siquiera se había fijado en él. De pronto comprendió que prefería con mucho a Elsie que a la señora Blynn.
— El problema de la señora Blynn… Tiene buenas intenciones, pero… –Elsie hizo tambalearse y tintinear la bandeja en su esfuerzo por encogerse de hombros– Es una lástima. Todo el mundo lo dice –concluyó, como si aquello le resumiera todo, y se dirigió a la puerta ya abierta–. Con el té, por ejemplo. Siempre hay que comprarle esto y aquello, como si fuera una gran señora o algo así. Me lo dice un día antes. No entiendo por qué no trae ella misma lo que quiere de la panadería de vez en cuando. Ya sabe lo que quiero decir.
La señora Palmer asintió. Supuso que sí lo sabía. La señora Blynn era como una de las antiguas niñeras de Gregory. Como una divorciada que su marido y ella habían conocido en Londres. En realidad, se parecía a mucha gente.
La señora Palmer murió dos días más tarde. Fue un día en que la señora Blynn entró y salió de la casa seis u ocho veces.
Por la mañana había llegado un telegrama de Gregory, diciendo que por fin había conseguido un permiso y que saldría en cuestión de horas y aterrizaría en un aeropuerto militar cerca de Eamington. La señora Palmer no sabía sí llegaría a verle o no, no podía valorar con tanta precisión hasta cuándo durarían sus fuerzas. La señora Blynn le tomaba la temperatura y el pulso con frecuencia, luego giraba sobre un pie en la habitación, mirando a su alrededor como si estuviera sola y sumida en sus pensamientos. Tenía una mirada inexpresivamente agradable y sus mejillas frescas y satinadas irradiaban salud.
— Su hijo vendrá hoy –había dicho, medio preguntándolo, la señora Blynn en una de sus visitas.
— Sí –contestó la señora Palmer.
Ya empezaba a oscurecer, aunque sólo eran las cuatro de la tarde. Aquéllas fueron las últimas palabras claras que intercambió con alguien, porque después se sumió en una especie de ensoñación. Veía a la señora Blynn mirando la cajita azul de la estantería, mirándola fijamente incluso mientras sacudía el termómetro. La señora Palmer llamó a Elsie e hizo que le acercara la caja. La señora Blynn ya no estaba en la habitación.
–Esto es para mi hijo, cuando llegue –dijo la señora Palmer–. Todo. Cada una de las piezas. ¿Entendido? Está todo escrito… –Pero aunque estuviera todo detallado, una pieza suelta como el broche de amatista podía extraviarse y tal vez Gregory nunca hiciera nada al respecto, tal vez ni siquiera lo echaría en falta, o tal vez pensaría que ella lo había perdido en alguna parte durante las últimas semanas y no lo había comunicado. Gregory era así. Luego la señora Palmer sonrió para sí, y también se regañó un poco. No puedes llevártelo contigo. Aquello era una verdad como un templo, y la gente que lo intentaba era despreciable y bastante absurda–. ¡Elsie, esto es para usted! –dijo la señora Palmer y le tendió a Elsie el broche de amatista.
–¡Oh, señora Palmer! ¡Oh no, no puedo aceptar algo así! –dijo Elsie, y no sólo no lo cogió sino que incluso retrocedió un paso.
–Ha sido muy buena conmigo –dijo la señora Palmer. Estaba muy cansada y su brazo cayó sobre la cama–. Está bien –murmuró, al ver que era inútil.
Su hijo llegó a las seis de aquella tarde, se sentó al borde de su cama, le cogió la mano y le beso la frente. Pero cuando se murió, la señora Blynn estaba más cerca, inclinándose sobre ella con su ancha cara lisa y aterciopelada y sus ojos verde grisáceo, tan inexpresivos como los de un fantástico reptil.
La señora Blynn continuó hasta el final diciendo cosas animosas y concluyentes como “Ahora respira bien. Eso es…” o “No hace mucho frío, ¿verdad? Bien…”. Un poco antes, alguien había mencionado la posibilidad de llamar a un sacerdote, pero Gregory y la señora Palmer lo habían rechazado. De modo que fueron los ojos de la señora Blynn lo último que vio cuando la vida la abandonaba. La señora Blynn tan autoritaria, fuerte y eficaz que uno podría haberla tomado por el propio Dios. Sobre todo porque cuando la señora Palmer miró a su hijo, realmente no lo vio, sólo distinguió una vaga y pálida figura en la esquina, alto y erguido, con una mancha oscura arriba que debía de ser su pelo. Él la estaba mirando, pero ella ya estaba demasiado débil como para llamarle. De todas formas, la señora Blynn había hecho que todos se apartaran. Elsie también estaba de pie apoyada en la puerta cerrada, dispuesta a salir corriendo por lo que hiciere falta, dispuesta a obedecer a cualquier petición. Cerca de ella estaba la pequeña figura de Liza, que ocasionalmente susurraba algo y era acallada por su madre.
En un instante, la señora Palmer vio toda su vida –su despreocupada niñez y su juventud, su matrimonio feliz, la sombra de la muerte de su otro hijo a los diez años, el impacto de la muerte de su marido ocho años atrás–, pero en conjunto había sido una vida feliz, pensó, aunque le hubiera gustado tener mejor carácter, más puro, no haber mostrado nunca mal genio o egoísmo, por ejemplo. Todo formaba ya parte del pasado, pero lo que quedaba era una sensación de que ella había sido imperfecta, inadecuada, como lo era ahora la presencia de la señora Blynn, como la débil sonrisa de la señora Blynn, inadecuada para el momento y la ocasión. La señora Blynn no lo entendía. Ni siquiera la conocía. En cierto modo, la señora Blynn no podía comprender la buena voluntad.
Ese era el error, el error de la propia vida. La vida es un largo fracaso de comprensión, pensó la señora Palmer, una larga y falsa cerrazón del corazón.
La señora Palmer tenía el broche de amatista en la mano izquierda cerrada. Horas atrás, en algún momento de la tarde, lo había cogido con la idea de preservarlo, pero ahora se daba cuenta de que había sido absurdo. También había querido dárselo a Gregory directamente y se le había olvidado. Su mano cerrada se levantó dos o tres centímetros, sus labios se movieron, pero no salió de ellos ningún sonido. Quería dárselo a la señora Blynn: un gesto positivo y generoso que todavía podía compensar aquella esencia de incomprensión, pensó, pero ya no tenía fuerzas para realizar su voluntad, y aquello también era como la vida, todo llegaba un poco demasiado tarde. Los párpados de la señora Palmer se cerraron ante la visión de los vidriosos y atentos ojos de la señora Blynn.