El estadounidense Donald Barthelme (1931-1989) fue en su día uno de los narradores más influyentes y polémicos de su país. También fue un adelantado: mucho de lo más interesante del cuento actual se acerca a lo escrito por él. Lejos de conformarse con contar una historia de modo rápido y eficaz, sus cuentos experimentan con la forma de la narración breve y dejan de lado muchos de los detalles “verosímiles” que se aprenden a esperar de narraciones convencionales. Un narrador actual afín a su humor (también una constante de su trabajo) podría ser Etgar Keret: en ambos hay los mismos sucesos desconcertantes y afincados en lo aparentemente cotidiano.
      “The President” fue publicado en 1964 en la revista The New Yorker y luego en el libro Unspeakable Practices, Unnatural Acts (1968); la traducción que se reproduce aquí con unas pocas modificaciones es la de José Manuel Álvarez y Ángela Pérez para la versión en español del libro, publicada por Anagrama en 1972. El presidente que aparece en la historia –impreciso, acaso inapropiado para el puesto, y a cuyo alrededor ocurren pequeñas, extrañas catástrofes– puede acercarse, aunque sea sólo por azar, a gobernantes actuales…

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EL PRESIDENTE
Donald Barthelme

A mí no me cae del todo simpático el nuevo Presidente. Es, sin duda, un tipo extraño (sólo mide un metro veinte hasta el hombro). Pero ¿basta con decir extraño? Se lo dije a Sylvia: «¿Basta con decir extraño?» «Te amo», dijo Sylvia. Yo la miré con mis ojos cariñosos y cálidos. «¿Tu pulgar?», dije. Uno de sus pulgares era un desastre de cicatrices de pequeños arañazos. «Las tapas de las latas de cerveza», dijo. «Es un tipo extraño, desde luego. Tiene algún carisma mágico que hace que la gente … » Paró y empezó de nuevo. «Cuando la banda inició su himno de batalla “Struttin’ with Sorne Barbecue”, yo precisamente… no puedo… »
      La oscuridad, la extrañeza y la complejidad del nuevo Presidente han conmovido a todo el mundo. Ha habido gran cantidad de desmayos últimamente. ¿Es culpa del Presidente? Yo estaba sentado, me acuerdo, en la fila EE del City Center; la ópera era El Príncipe Gitano. Sylvia cantaba, con su vestido de gitana verde y azul, en el campamento. Yo estaba pensando en el Presidente. ¿Es el adecuado, me preguntaba, para este período presidencial? Es un tipo extraño, pensaba… no como los otros Presidentes que hemos tenido antes. No es como Garfield. Ni como Taft. Ni como Harding, Hoover, ni como ninguno de los Roosevelts ni como Woodrow Wilson. Vi entonces una dama que estaba frente a mí, con un niño en brazos. La toqué en el hombro. «Madam», dije, «creo que su niño se ha desmayado.» «¡Charles!», gritó ella, moviendo la cabeza del niño como si fuese la de una muñeca. «Charles, ¿qué te ha pasado?» El Presidente sonreía en su palco.
      «¡El Presidente!», le dije a Sylvia en el restaurante italiano. Ella alzó su vaso de vino cálido y rojo. «¿Crees que le gusto? ¿Que le gusta mi modo de cantar?» «Parecía complacido», dije yo. «Sonreía.» «Una campaña fulgurante y triunfal, según mi opinión», afirmó Sylvia. «Fue un brillante triunfo», dije yo. «Es el primer Presidente que tenemos procedente del City College», dijo Sylvia. Un camarero se desmayó detrás de nosotros. «¿Pero es el adecuado para este período presidencial?», pregunté yo. «Nuestro período no es quizás tan especial como el período anterior, aunque… »
      «Piensa mucho en la muerte, como toda la gente del City», dijo Sylvia. «El tema de la muerte destaca mucho en su pensamiento. He conocido a muchos individuos del City, y esta gente, con escasas excepciones, está atrapada por el tema de la muerte. Era como una obsesión.» Unos camareros llevaban a su compañero desmayado a la cocina.
      «La historia futura calificará este período como un período de tentativas y de incertidumbre, según creo», dije. «Una especie de paréntesis. Cuando él pasa en su limusina negra de capota plástica veo a un muchachito que ha hinchado una enorme pompa de jabón que lo ha atrapado. El aspecto de su cara… » «El otro candidato quedó eclipsado por su exotismo, su novedad, su pequeñez y su enfoque filosófico del problema de la muerte», dijo Sylvia. «El otro candidato no tuvo ni una oportunidad», dije yo. Sylvia ajustaba sus velos verdes y azules en el restaurante italiano. «No había ido al City College y no había estado sentado por las cafeterías discutiendo sobre la muerte», dijo ella.
      Como digo, no me cae bien del todo. Hay ciertas cosas relativas a él que no están claras. No logro descubrir lo que está pensando. Cuando ha acabado de hablar no puedo nunca recordar lo que ha dicho. Sólo me queda una impresión de extrañeza, de oscuridad… En la televisión, su rostro se ensombrece cuando se menciona su nombre. Es como si le asustase oír su nombre. Entonces mira fija y directamente hacia la cámara (mirada de actor sustituido) y comienza a hablar. Sólo se oyen cadencias. Los informes periodísticos de sus discursos tan sólo dicen siempre que «tocó una serie de materias del campo de la…» Cuando ha acabado de hablar parece nervioso y triste. La cámara da fe de una desdibujada imagen del Presidente que permanece rígido, con los brazos colgando a los lados, mirando a derecha e izquierda, como si aguar¬dase instrucciones. Por otra parte, el apuesto progresista que se enfrentó a él, todo celo y proyectos, fue derrotado por un fantástico margen.
      La gente anda desmayándose. En la calle Cincuenta y siete, una jovencita se desplomó mientras caminaba frente a Henri Bendel. Me llevé una sorpresa al ver que sólo llevaba un liguero bajo el vestido. La levanté y la metí dentro del almacén con ayuda de un mayor del Ejército de Salvación: un hombre muy alto con un mechón de pelo naranja. «Se desmayó», dije al supervisor. Hablamos sobre el nuevo Presidente, el mayor del Ejército de Salvación y yo. «Le diré lo que yo pienso», repuso él. «Yo creo que algo tiene guardado en la manga de lo que nadie sabe una palabra. Creo que él lo está ocultando. Uno de estos días …» El mayor del Ejército de Salvación me estrechó la mano. «No quiero decir que los problemas con que él se enfrenta no sean tremendos, aterradores. La terrible carga de la Presidencia. Pero si alguien… un hombre cualquiera … »
      ¿Qué es lo que va a pasar? ¿Qué es lo que está planeando el Presidente? Nadie lo sabe. Pero todo el mundo está convencido de que él lo resolverá. Nuestra agobiada época desea sobre todo llegar al meollo del problema, poder decir, «Aquí está la dificultad.» Y el nuevo Presidente, ese hombre pequeño, extraño y brillante, parece lo bastante contaminado y afanoso como para llevarnos hasta allí. Entre tanto, la gente se desmaya. Mi secretaria se desplomó en medio de una frase. «Señorita Kagle», dije. «¿Se encuentra bien?» Llevaba una ajorca de pequeños círculos de plata. En cada uno de los. pequeños círculos había una inicial:@@@@@@@@@@@@@@.
      ¿Quién es ese «A»? ¿Qué significa en su vida, señorita Kagle?
      Le di agua mezclada con un poco de brandy. Yo pensaba en la madre del Presidente. Se sabe poco de ella. Se ha presentado de varias formas:

      Una pequeña dama, metro cincuenta y ocho, con una lata.
      Una gran dama, dos metros quince, con un perro.
      Una maravillosa anciana, metro treinta, con un espíritu indomable.
      Un saco maloliente y viejo, dos metros tres, desfondado a causa de una operación.

      Se sabe poco acerca de ella. Podernos estar seguros, sin embargo, de que las mismas complicaciones abominables que nos obsesionan a nosotros la obsesionan también a ella. Copulación. Extrañeza. Aplauso. Debe estar contenta de que su hijo sea lo que es: amado y contemplado, una especie de esperanza para millones de personas. «Señorita Kagle. Bébalo. La hará reponerse, señorita Kagle». La miré con mis ojos cariñosos y cálidos.
      En Town Hall, me senté a leer el programa de El Príncipe Gitano. Fuera del edificio ocho policías montados se desplomaron en bloque. Los bien adiestrados caballos posaron delicadamente sus patas entre los cuerpos. Sylvia estaba cantando. Decían que un hombre pequeño jamás podría ser presidente (medía sólo un metro veinte hasta el hombro). Este período no es el que yo hubiese elegido, pero me ha elegido él a mí. El nuevo Presidente debe tener determinadas intuiciones. Estoy convencido de que tiene esas intuiciones (aunque estoy seguro de muy pocas cosas que se refieran a él; tengo reservas, no estoy seguro). Podía hablarles del viaje de su madre durante el verano, en 1919, al Tibet occidental –sobre los elegantes y el oso rojo, y lo que le dijo al jefe Pathan instándole furiosa a mejorar su inglés si no quería dejar de pertenecer a su servicio– pero, ¿qué clase de conocimiento es éste? Permítanme que en lugar de eso haga notar su pequeñez, su rareza, su brillantez, y decir que esperamos de él grandes cosas. «Te amo», dijo Sylvia. El presidente pasó a través del ruidoso telón. Aplaudimos hasta que nos dolieron las manos. Gritamos hasta que los empleados encendieron las luces para obligar a que se guardara silencio. La orquesta comenzó a tocar. Sylvia cantó su segundo número. El presidente sonreía en su palco. Al final, toda la compañía resbaló cayendo al foso de la orquesta en una gran masa desmayada. Vitoreamos hasta que los empleados rompieron nuestras papeletas.