Un cuento de Mavis Gallant (1922-2014), narradora canadiense, considerada una de las maestras del relato corto de su país (y tenida allá en la misma estima que Alice Munro o Margaret Atwood). Gallant, nacida en Montreal, emigró sola a Europa –un acto de enorme valentía para una mujer de su tiempo–, se asentó en París y escribió allá la mayor parte de su obra, que durante largo tiempo fue más conocida en los Estados Unidos (Gallant publicó más de un centenar de cuentos en la revista The New Yorker) que en su propio país. Sus historias pueden parecer desconcertantes para algunos lectores acostumbrados a la forma más convencional del cuento (o de la novela): lo que más importa en ellas es la vida interior de sus personajes, que en muchas ocasiones son individuos aislados en el mundo, lejos de la seguridad de una comunidad o una familia, que es como la propia Gallant vivió la mayor parte de su vida.
      La presente versión de “April Fish”, publicado en The New Yorker en 1968 y reunido en la colección In Transit (1988), está tomada de este sitio y tiene algunas revisiones posteriores. “Pez de abril” es el nombre que se da en francés (poisson d’avril) a la broma análoga al Día de los Inocentes en los países de habla española, tal como el texto explica. Otro detalle: el texto fue escrito en plena Guerra de Vietnam, durante la que millones de personas huyeron de aquel país en busca de refugio en otros.

Mavis Gallant

EL PEZ DE ABRIL
Mavis Gallant

Como nací el primer día de abril me pusieron Abril de nombre de pila. Aquí en Suiza se pronuncia Afril, con lo que suena más como algún tipo de medicamento que como un mes de la primavera. “Tomad una buena dosis de Afril”, puedo imaginar diciendo al doctor Ehrmann a cada uno de los niños. Hoy empieza mi abril número cincuenta y uno. Me he despertado temprano y me he bebido el té a sorbos, con mucho cuidado de no molestar a los perros que dormían a los pies de la cama, sobre su propia manta de la Cruz Roja. Sigo teniendo pesadillas, pero ha cambiado el tipo de horror. En el sueño del ahorcamiento ya no soy la víctima. Cuelgan a otro. Anoche, en un sueño desgarrador, se ahogaba uno de mis propios hijos adoptivos, allí mismo, tras la ventana, en el lago de Ginebra. Yo deambulaba corriendo por la hierba, entre los cisnes. Sentía el rocío bajo mis pies desnudos, el dobladillo de mi camisón de terciopelo estaba cubierto con él. Podía ver los juguetes de los niños claramente: el tanque en miniatura que Igor siempre había querido, y algo rojo, puede que un cubo y una pala. Se me soltó el pelo y me caía por la espalda. Era caoba como el color de las hojas, como solía ser antes. Creo que salvé a Igor, es un recuerdo difuso. Me sentía eficiente y segura de haberlo conseguido.
      Al sentarme en la cama, haciendo balance de los progresos que he hecho en la vida como si mis propios sueños lo hicieran por mí, intentando que la visión de la lluvia cayendo en arroyuelos desde el tejado no me afectara –no era la lluvia lo que me deprimía sino la sensación de no poder confiar en nadie, absolutamente nadie, para que se subiera al tejado y limpiara la maleza y los hierbajos que habían enraizado y obstruían la canaleta-, los niños entraron en tropel. Estaban los tres en casa por las vacaciones de Pascua: Igor, con sus ojillos de ladrón, el mulato que jamás dice maman en público porque le da vergüenza, y Ulrich, cuyo padre era un famoso jurista y cuya madre era una chica bellísima y brillante, pero que jamás llegará a ser más que otro suizo anodino. Allí estaban todos, a los pies de la cama, todos ellos abandonados por unos padres indolentes, tirados como botones que se sueltan y recogidos por una mujer a la que llaman maman.
      Bon anniversaire, dijo Igor, que tiene ya el aspecto de un empleado cualquiera de correos de Moscú, los otros dos le siguieron mascullando de modo incomprensible, como si recitaran el responso en la iglesia. Me trajeron un regalo, un pez de abril, pero no de los de chocolate. Era un pez de esos de cristal de los que todo el mundo compra en Venecia, de unos cincuenta centímetros de largo, transparente y con tonos verdes, el verde de las hojas de geranio, con rayas blancas como de tiza que van de la cabeza a la cola. Estos niños han vivido conmigo desde la infancia, pero su gusto es el de su piel, el de sus corazones, el de las uñas de sus manos. La pesadilla que ahora debería estar teniendo es una proyección hacia el futuro, una visión de las chicas con las que se casarán y de las casas que tendrán, con sus mesitas de cristal para el café y sus peces de cristal veneciano encima de la televisión, a no ser que la efigie de un olivo amorfo se haya apropiado ya de ese espacio.
      Igor se adelantó y puso el pez en la mesa que había junto a mí con sumo cuidado, y como no se le ocurría otra cosa que decir empezó otra vez con lo de Bon anniversaire, maman. No tenían nada que decirme en absoluto. Los perros habían ensuciado la alfombra, así que la habían retirado para limpiarla y ellos allí restregando los pies contra el suelo rayándome el piso.
      —¿Qué van a hacer hoy? –les dije.
      —Jugar —me contestó Robert tras el silencio.
      En ese momento irrumpió el concierto matinal desde la radio que había junto a mí y me lancé a la búsqueda de algo, una apreciación, que sus ojos mostraran alguna reacción ante la música, pero ellos ya habían empezado a empujarse unos a otros y a reír, y yo sabía que esa música pronto se vería apagada por un nuevo coro que esta vez vendría de mí: “No lo toquen. No molesten a los perros”, todo ello en negativo, y tan malo para ellos como para mí misma. Apagué la música y les dije:
      —Vengan a ver el regalo de cumpleaños que me ha llegado esta mañana por correo. Es un regalo de mi hermano, su tío —me puse los lentes para leer y desplegué la preciosa carta sobre la cama—. Es una carta original escrita por Sigmund Freud. Era un médico famoso y está escrita de su puño y letra. Ahora les enseñaré a interpretar los signos que hay en las cartas. El papel en el que está escrita es feo y barato, eso lo pueden ver todos, ¿verdad?, lo cual significa que era un tacaño, o que era pobre, o que no tenía pretensiones estéticas, o que no le daba importancia a los asuntos mundanos. Estos bucles largos y puntiagudos denotan una fuerte conciencia de los valores espirituales y la inclinación de las líneas una naturaleza pesimista. El margen se ensancha al final de la página, como en el manuscrito de Keats de “Oda a un ruiseñor”. ¿Recuerdan que les enseñé una fotografía? ¿Quién se acuerda? ¿Ulrich? Muy bien, Ulrico. Significa que el doctor era el mismo tipo de persona que Keats. Keats era un poeta, pero ya está muerto. Siento decir que su firma revela presunción. Pero se trataba de un gran hombre, hacía bien en estar seguro de sí mismo.
      —¿Qué dice la carta? —dijo Igor finalmente.
      —La carta no está dirigida a mí. Es una carta antigua, ¿ven la fecha? La enviaron treinta años antes de que cualquiera de ustedes naciera. Probablemente iba dirigida a un colega, miren, aquí donde señalo. A otro médico. Es probable que se trate de una opinión sobre un paciente.
      —¿No puedes leer lo que dice? —dijo Igor.
      Intenté pensar en una respuesta constructiva, porque “No sé leer alemán” era demasiado vago:
      —Algún día tú, Robert, e incluso tú, Ulrich, podréis leer alemán, y entonces leerán la carta y todos sabremos qué era lo que el doctor Freud le decía a su colega. Yo aprendería alemán —continué— si tuviera más tiempo.
      Como prueba del poco tiempo que tengo ocurrieron tres cosas a la vez: mi abogado, que sólo se pone en contacto conmigo cuando tiene malas noticias, llamó desde Lausana, Maria-Gabriella entró a retirar la bandeja del desayuno, y los perros, al despertarse, empezaron a ladrar. Parece que el ruido excesivo me afecta a la visión. La habitación se convirtió en una masa borrosa y unidimensional. Le hice señas a Maria-Gabriella discretamente, porque jamás querría que los niños se sintieran rechazados o que sobran, de manera que ella lo entendió al instante y se los llevó lejos de mí. Entonces los perros dejaron de ladrar, todos menos la pobre Sarah, vieja y ciega, que siguió advirtiendo infatigablemente de ese ladrón que había en una habitación a oscuras de su propia invención. Entre tanto maître Gossart me decía desde Lausana que no iba a poder quedarme con ninguna de las niñas de Vietnam. Ninguna de ellas podrá ser adoptada cuando se curen de sus quemaduras, tendrán que volver a Vietnam. Esa fue la condición para que vinieran. Estuvo dando rodeos para contarme esto hasta que le corté de golpe con: “Entonces, ¿no voy a poder quedarme con ninguna de las quemadas?”, y como no paraba de mascullar cosas le dije: “Maître, este es un maldito país asqueroso y sucio, y si no fuera por los impuestos hacía las maletas ahora mismo y me iba. Pero esos impuestos hacen que no tenga libertad. Me obligan a quedarme en Suiza”.
      Maria-Gabriella me encontró tirada entre cojines, llorando a mares. Cuando estiró el brazo para retirar la bandeja me entraron ganas de decirle: “Tira al suelo el pez ese antes de irte, ¿quieres?”. Pero eso a ella le habría causado una conmoción, y los niños se habrían quedado de una pieza si hubieran llegado a enterarse. De hecho, Maria-Gabriella se paró a admirar el pez y dijo: “Deben llevar semanas guardándose el dinero para sus gastos”. Entonces me vino a la cabeza que poisson d’Avril significa “broma”, gastarle una broma a alguien el día de los Inocentes. No, este pez no es una broma. Para empezar, ninguno de ellos tiene tanta imaginación, aparte de que el pez ese es demasiado caro, además, jamás se habrían atrevido. A decir verdad, yo a ellos no les quiero. Ni tampoco quiero la carta de Freud. Lo único que yo quería era esa pequeña vietnamita. Sí, lo que en realidad quiero es una niña de modales refinados; la he querido toda la vida pero nadie va a darme una.