El nadador

John Cheever (1912-1982) fue uno de los grandes narradores estadounidenses del siglo XX: un novelista y sobre todo un cuentista extraordinario, que no abandonó las narraciones breves ni siquiera cuando su “saga” de la familia Wapshot se convirtió en una de las más celebradas series novelescas de su tiempo.
La primera aparición en libro de “El nadador” (una historia auténticamente clásica, llevada al cine en los años sesenta y antologada muchas veces) fue en la colección The Brigadier and the Golf Widow (1964). Se recomienda observar con atención los detalles del viaje del protagonista.

John Cheever

EL NADADOR
John Cheever

Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan “Anoche bebí demasiado”. Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.
–Bebí demasiado –dijo Donald Westerhazy.
–Todos bebimos demasiado –dijo Lucinda Merrill.
–Seguramente fue el vino –dijo Helen Westerhazy–. Bebí demasiado clarete.
Esto sucedía al borde de la piscina de los Westerhazy. La piscina, alimentada por un pozo artesiano que tenía elevado contenido de hierro, mostraba un matiz verde claro. El tiempo era excelente. Hacia el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecido a una ciudad –vistos desde la proa de un barco que se acercaba– que incluso hubiera podido asignársele nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba fuerte. Neddy Merrill estaba sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra. Era un hombre esbelto –parecía tener la especial esbeltez de la juventud– y, si bien no era joven ni mucho menos, esa mañana se había deslizado por su baranda y había descargado una palmada sobre el trasero de bronce de Afrodita, que estaba sobre la mesa del vestíbulo, mientras se enfilaba hacia el olor del café en su comedor. Podía habérsele comparado con un día estival, y si bien no tenía raqueta de tenis ni bolso de marinero, suscitaba una definida impresión de juventud, deporte y buen tiempo. Había estado nadando, y ahora respiraba estertorosa, profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones los componentes de ese momento, el calor del sol, la intensidad de su propio placer. Parecía que todo confluía hacia el interior de su pecho. Su propia casa se levantaba en Bullet Park, unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hermosas hijas seguramente ya habían almorzado y quizá ahora jugaban a tenis. Entonces, se le ocurrió que dirigiéndose hacia el suroeste podía llegar a su casa por el agua.
Su vida no lo limitaba, y el placer que extraía de esta observación no podía explicarse por su sugerencia de evasión. Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado. Había realizado un descubrimiento, un aporte a la geografía moderna; en homenaje a su esposa, llamaría Lucinda a este curso de agua. No le agradaban las bromas pesadas y no era tonto, pero sin duda era original y tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria. Era un día hermoso y se le ocurrió que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza.
Se quitó el suéter que colgaba de sus hombros y se zambulló. Sentía un inexplicable desprecio hacia los hombres que no se arrojaban a la piscina. Usó una brazada corta, respirando con cada movimiento del brazo o cada cuatro brazadas y contando en un rincón muy lejano de la mente el uno-dos, uno-dos de la patada nerviosa. No era una brazada útil para las distancias largas, pero la domesticación de la natación había impuesto ciertas costumbres a este deporte, y en el rincón del mundo al que él pertenecía, el estilo crol era usual. Parecía que verse abrazado y sostenido por el agua verde claro era no tanto un placer como la recuperación de una condición natural, y él habría deseado nadar sin pantaloncitos, pero en vista de su propio proyecto eso no era posible. Se alzó sobre el reborde del extremo opuesto –nunca usaba la escalerilla– y comenzó a atravesar el jardín. Cuando Lucinda preguntó adónde iba, él dijo que volvía nadando a casa.
Los únicos mapas y planos eran los que podía recordar o sencillamente imaginar, pero eran bastante claros. Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup. Después, cruzaba la calle Ditmar y llegaba a la propiedad de los Bunker, y después de recorrer un breve trayecto llegaba a los Levy, los Welcher y la piscina pública de Lancaster. Después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era hermoso, y que él viviera en un mundo tan generosamente abastecido de agua parecía un acto de clemencia, una suerte de beneficencia. Sentía exultante el corazón y atravesó corriendo el pasto. Volver a casa siguiendo un camino diferente le infundía la sensación de que era un peregrino, un explorador, un hombre que tenía un destino; y además sabía que a lo largo del camino hallaría amigos: los amigos guarnecerían las orillas del río Lucinda.
Atravesó un seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la que ocupaban los Graham, caminó bajo unos manzanos floridos, dejó tras el cobertizo que albergaba la bomba y el filtro, y salió a la piscina de los Graham.
–Caramba, Neddy –dijo la señora Graham–, qué sorpresa maravillosa. Toda la mañana he tratado de hablar con usted por teléfono. Venga, sírvase una copa– comprendió entonces, como les ocurre a todos los exploradores, que tendría que manejar con cautela las costumbres y las tradiciones hospitalarias de los nativos si quería llegar a buen destino. No quería mentir ni mostrarse grosero con los Graham, y tampoco disponía de tiempo para demorarse allí. Nadó la piscina de un extremo al otro, se reunió con ellos al sol y pocos minutos después lo salvó la llegada de dos automóviles colmados de amigos que venían de Connecticut. Mientras todos formaban grupos bulliciosos él pudo alejarse discretamente. Descendió por la fachada de la casa de los Graham, pasó un seto espinoso y cruzó una parcela vacía para llegar a la propiedad de los Hammer. La señora Hammer apartó los ojos de sus rosas, lo vio nadar, pero no pudo identificarlo bien. Los Lear lo oyeron chapotear frente a las ventanas abiertas de su sala. Los Howland y los Crosscup no estaban en casa. Después de salir del jardín de los Howland, cruzó la calle Ditmar y comenzó a acercarse a la casa de los Bunker; aun a esa distancia podía oírse el bullicio de una fiesta.
El agua refractaba el sonido de las voces y las risas y parecía suspenderlo en el aire. La piscina de los Bunker estaba sobre una elevación, y él ascendió unos peldaños y salió a una terraza, donde bebían veinticinco o treinta hombres y mujeres. La única persona que estaba en el agua era Rusty Towers, que flotaba sobre un colchón de goma. ¡Oh, qué bonitas y lujuriosas eran las orillas del río Lucinda! Hombres y mujeres prósperos se reunían alrededor de las aguas color zafiro, mientras los camareros de chaqueta blanca distribuían ginebra fría. En el cielo, un avión de Haviland, un aparato rojo de entrenamiento, describía sin cesar círculos en el cielo mostrando parte del regocijo de un niño que se mece. Ned sintió un afecto transitorio por la escena, una ternura dirigida hacia los que estaban allí reunidos, como si se tratara de algo que él pudiera tocar. Oyó a distancia el retumbo del trueno. Apenas Enid Bunker lo vio comenzó a gritar:
–¡Oh, vean quién ha venido! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda me dijo que usted no podía venir, sentí que me moría– se abrió paso entre la gente para llegar a él, y cuando terminaron de besarse lo llevó al bar, pero avanzaron con paso lento, porque ella se detuvo para besar a ocho o diez mujeres y estrechar las manos del mismo número de hombres. Un barman sonriente a quien Neddy había visto en cien reuniones parecidas le entregó una ginebra con agua tónica, y Neddy permaneció de pie un momento frente al bar, evitando mezclarse en conversaciones que podían retrasar su viaje. Cuando temió verse envuelto, se zambulló y nadó cerca del borde, para evitar un choque con el flotador de Rusty. En el extremo opuesto de la piscina dejó atrás a los Tomlinson, a quienes dirigió una amplia sonrisa, y se alejó trotando por el sendero del jardín. La grava le lastimaba los pies, pero ése era el único motivo de desagrado. La fiesta se mantenía confinada a los terrenos contiguos a la piscina, y cuando ya estaba acercándose a la casa oyó atenuarse el sonido brillante y acuoso de las voces, oyó el ruido de un receptor de radio que provenía de la cocina de los Bunker, donde alguien estaba escuchando la retransmisión de un partido de béisbol. Una tarde de domingo. Se deslizó entre los automóviles estacionados y descendió por los límites cubiertos de pasto del sendero, en dirección a la calle Alewives. No deseaba que nadie lo viera en el camino, con sus pantaloncitos de baño pero no había tránsito, y Neddy recorrió la reducida distancia que lo separaba del sendero de los Levy, donde había un letrero indicando: PROPIEDAD PRIVADA, y un recipiente para The New York Times. Todas las puertas y ventanas de la espaciosa casa estaban abiertas, pero no había signos de vida, ni siquiera el ladrido de un perro. Dio la vuelta a la casa, buscando la piscina, y se dio cuenta de que los Levy habían salido poco antes. Habían dejado vasos, botellas y platitos de maníes sobre una mesa instalada hacia el fondo, donde había un vestuario o mirador adornado con farolitos japoneses. Después de atravesar a nado la piscina, consiguió un vaso y se sirvió una copa. Era la cuarta o la quinta copa, y ya había nadado casi la mitad de la longitud del río Lucinda. Se sentía cansado y limpio, y en ese momento lo complacía estar solo; en realidad, todo lo complacía.
Habría tormenta. El grupo de cúmulos –esa ciudad– se había elevado y ensombrecido, y mientras estaba allí, sentado, oyó de nuevo la percusión del trueno. El avión de entrenamiento de Haviland continuaba describiendo círculos en el cielo. Ned creyó que casi podía oír la risa del piloto, complacido con la tarde, pero cuando se descargó otra cascada de truenos, reanudó la marcha hacia su hogar. Sonó el silbato de un tren, y se preguntó qué hora sería. ¿Las cuatro? ¿Las cinco? Pensó en la estación provinciana a esa hora, el lugar donde un camarero, con el traje de etiqueta disimulado por un impermeable, un enano con flores envueltas en papel de diario y una mujer que había estado llorando esperaban el tren local. De pronto comenzó a oscurecer; era el momento en que las aves de cabeza de alfiler parecen organizar su canto anunciando con un sonido agudo y reconocible la llegada de la tormenta. A su espalda se oyó el ruido leve del agua que caía de la copa de un roble, como si allí hubiesen abierto un grifo. Después, el ruido de fuentes se repitió en las coronas de todos los árboles altos. ¿Por qué le agradaban las tormentas? ¿Qué sentido tenía su excitación cuando la puerta se abría bruscamente y el viento de lluvia se abalanzaba impetuoso escaleras arriba? ¿Por qué la sencilla tarea de cerrar las ventanas de una vieja casa parecía apropiada y urgente? ¿Por qué las primeras notas cristalinas de un viento de tormenta tenían para él el sonido inequívoco de las buenas nuevas, una sugerencia de alegría y buen ánimo? Después, hubo una explosión, olor de cordita, y la lluvia flageló los farolitos japoneses que la señora Levy había comprado en Kioto el año anterior, ¿o quizá era incluso un año antes?
Permaneció en el jardín de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había refrescado el aire, y él temblaba. La fuerza del viento había despejado de sus hojas rojas y amarillas a un arce y las había dispersado sobre el pasto y el agua. Como era mediados del verano seguramente el árbol se agostaría, y sin embargo Ned sintió una extraña tristeza ante ese signo otoñal. Flexionó los hombros, vació el vaso y caminó hacia la piscina de los Welcher. Para llegar necesitaba cruzar la pista de equitación de los Lindley, y lo sorprendió descubrir que el pasto estaba alto y todas las vallas aparecían desarmadas. Se preguntó si los Lindley habían vendido sus caballos o se habían ausentado todo el verano y habían dejado en una pensión los animales. Le pareció recordar haber oído algo acerca de los Lindley y sus caballos, pero el recuerdo no era claro. Continuó caminando, descalzo sobre el pasto húmedo, hacia la casa de los Welcher, donde descubrió que la piscina estaba seca.
La ausencia de este eslabón en su cadena acuática lo decepcionó de un modo absurdo, y se sintió como un explorador que busca una fuente torrencial y encuentra un arroyo seco. Se sintió desilusionado y desconcertado. Era costumbre salir durante el verano, pero nadie vaciaba nunca sus piscinas. Era evidente que los Welcher se habían marchado. Los muebles de la piscina estaban plegados, apilados y cubiertos con fundas. El vestuario estaba cerrado con llave. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, y cuando dio la vuelta a la vivienda en busca del sendero que conducía a la salida vio un cartel que indicaba EN VENTA clavado a un árbol. ¿Cuándo había oído hablar por última vez de los Welcher…?; es decir, ¿cuándo había sido la última vez que él y Lucinda habían rechazado una invitación a cenar con ellos? Le parecía que hacía apenas una semana, poco más o menos. ¿La memoria le estaba fallando, o la había disciplinado tanto en la representación de los hechos ingratos que había deteriorado su propio sentido de la verdad? Ahora, oyó a lo lejos el ruido de un encuentro de tenis. El hecho lo reanimó, disipó sus aprensiones y pudo mirar con indiferencia el cielo nublado y el aire frío. Era el día que Neddy Merrill atravesaba nadando el condado. ¡El mismo día! Atacó ahora el trecho más difícil.

Si ese día uno hubiera salido a pasear para gozar de la tarde dominical quizá lo hubiera visto, casi desnudo, de pie al borde la Ruta 424, esperando la oportunidad de cruzar. Quizá uno se preguntaría si era la víctima de una broma pesada, si su automóvil había sufrido su desperfecto o si se trataba sencillamente de un loco. De pie, descalzo, sobre los montículos al costado de la autopista –latas de cerveza, trapos viejos y cámaras reventadas– expuesto a todas las burlas, ofrecía un espectáculo lamentable. Al comenzar, sabía que ese trecho era parte de su trayecto –había estado en sus mapas–, pero al enfrentarse a las hileras del tránsito que serpeaban a través de la luz estival, descubrió que no estaba preparado. Provocó risas y burlas, le arrojaron un envase de cerveza, y no podía afrontar la situación con dignidad ni humor. Hubiera podido regresar, volver a casa de los Westerhazy, donde Lucinda sin duda continuaba sentada al sol. No había firmado nada, jurado ni prometido nada, ni siquiera a sí mismo. ¿Por qué, creyendo, como era el caso, que todas las formas de obstinación humana eran asequibles al sentido común, no podía regresar? ¿Por qué estaba decidido a terminar su viaje aunque eso amenazara su propia vida? ¿En qué momento esa travesura, esa broma, esa suerte de pirueta había cobrado gravedad? No podía volver, ni siquiera podía recordar claramente el agua verdosa de los Westerhazy, la sensación de inhalar los componentes del día, las voces amistosas y descansadas que afirmaban que ellos habían bebido demasiado. Después de más o menos una hora había recorrido una distancia que imposibilitaba el regreso.
Un anciano que venía por la autopista a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar al medio de la calzada, donde había un refugio cubierto de pasto. Allí se vio expuesto a las burlas del tránsito que iba hacia el norte, pero después de diez o quince minutos pudo cruzar. Desde allí, tenía un breve trecho hasta el Centro de Recreación, que estaba a la salida del pueblo de Lancaster, donde había unas canchas de balonmano y una piscina pública.
El efecto del agua en las voces, la ilusión de brillo y expectativa era la misma que en la piscina de los Bunker, pero aquí los sonidos eran más estridentes, más ásperos y más agudos, y apenas entró en el recinto atestado tropezó con la reglamentación “TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN DARSE UNA DUCHA ANTES DE USAR LA PISCINA. TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN USAR LA PLACA DE IDENTIFICACIÓN”. Se dio una ducha, se lavó los pies en una solución turbia y acre y se acercó al borde del agua. Hedía a cloro y le pareció un fregadero. Un par de salvavidas apostados en un par de torrecillas tocaban silbatos policiales, aparentemente con intervalos regulares, y agredían a los bañistas por un sistema de altavoces. Neddy recordó añorante el agua color zafiro de los Bunker, y pensó que podía contaminarse –perjudicar su propio bienestar y su encanto– nadando en ese lodazal, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que se trataba sencillamente de un recodo de aguas estancadas del río Lucinda. Se zambulló, arrugando el rostro con desagrado, en el agua clorada y tuvo que nadar con la cabeza sobre el agua para evitar choques, pero aun así lo empujaron, lo salpicaron y zarandearon. Cuando llegó al extremo menos profundo, ambos salvavidas estaban gritándole:
–¡Eh, usted, el que no tiene placa de identificación, salga del agua!
Así lo hizo, pero no podían perseguirlo, y atravesó el hedor de aceite bronceador y cloro, dejó atrás la empalizada y fue a las pistas de balonmano. Después de cruzar el camino entró en el sector arbolado de la propiedad de los Halloran. No se había desbrozado el bosque, y el suelo fue traicionero y difícil hasta que llegó al jardín y el seto de hayas recortadas que rodeaban la piscina.
Los Halloran eran amigos, y una pareja anciana muy adinerada que parecía regodearse con la sospecha de que podían ser comunistas. Eran entusiastas reformadores, pero no comunistas, y sin embargo cuando se los acusaba de subversión, como a veces ocurría, el incidente parecía complacerlos y excitarlos. El seto de hayas era amarillo, y nadie supuso que estaba agostado, como el arce de los Levy. Dijo “Hola, hola”, para avisar a los Halloran que se acercaba, para moderar su invasión de la intimidad del matrimonio. Por razones que el propio Neddy nunca había llegado a entender, los Halloran no usaban trajes de baño. A decir verdad, no eran necesarias las explicaciones. Su desnudez era un detalle de la inflexible adhesión a la reforma, y antes de pasar la abertura del seto Neddy se despojó cortésmente de sus pantaloncitos.
La señora Halloran, una mujer robusta de cabellos blancos y rostro sereno, estaba leyendo el Times. El señor Halloran estaba extrayendo del agua hojas de haya con una barredera. No parecieron sorprendidos ni desagradados de verlo. La piscina de los Halloran era quizá la más antigua de la región, un rectángulo de lajas alimentado por un arroyo. No tenía filtro ni bomba, y sus aguas mostraban el oro opaco del arroyo.
–Estoy nadando a través del condado –dijo Ned.
–Vaya, no sabía que era posible –exclamó la señora Halloran.
–Bien, vengo de la casa de los Westerhazy –afirmó Ned–. Unos seis kilómetros.
Dejó los pantaloncitos en el extremo más hondo, caminó hacia el extremo contrario y nadó el largo de la piscina. Cuando salía del agua oyó la voz de la señora Halloran que decía:
–Neddy, nos dolió muchísimo enterarnos de sus desgracias.
–¿Mis desgracias? –preguntó Ned–. No sé de qué habla.
–Bien, oímos decir que vendió la casa y que sus pobres niñas…
–No recuerdo haber vendido la casa –dijo Ned–, y las niñas están allí.
–Sí –suspiró la señora Halloran–. Sí… –su voz impregnó el aire de una desagradable melancolía y Ned habló con brusquedad:
–Gracias por permitirme nadar.
–Bien, que tenga un buen viaje –dijo la señora Halloran.
Después del seto, se puso los pantaloncitos y se los ajustó. Los sintió sueltos, y se preguntó si en el curso de una tarde podía haber adelgazado. Tenía frío y estaba cansado, y los Halloran desnudos y sus aguas oscuras lo habían deprimido. El esfuerzo era excesivo para su resistencia, pero ¿cómo podía haberlo previsto cuando se deslizaba por la baranda esa mañana y estaba sentado al sol, en casa de los Westerhazy? Tenía los brazos inertes. Sentía las piernas como de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor era el frío en los huesos y la sensación de que quizá nunca volviera a sentir calor. Alrededor, caían las hojas y Ned olió en el viento el humo de leña. ¿Quién estaría quemando leña en esa época del año?
Necesitaba una copa. El whisky podía calentarlo, reanimarlo, permitirle salvar la última etapa de su trayecto, renovar su idea de que atravesar nadando el condado era un acto original y valiente. Los nadadores que atravesaban el canal bebían brandy. Necesitaba un estimulante. Cruzó el prado que se extendía frente a la casa de los Halloran y descendió por un estrecho sendero hasta el lugar en que habían levantado una casa para su única hija, Helen, y su marido, Eric Sachs. La piscina de los Sachs era pequeña, y allí encontró a Helen y su marido.
–Oh, Neddy –exclamó Helen–. ¿Almorzaste en casa de mamá?
–En realidad, no –dijo Ned–. Pero en efecto vi a tus padres –le pareció que la explicación bastaba–. Lamento muchísimo interrumpirlos, pero tengo frío y pienso que podrían ofrecerme un trago.
–Bien, me encantaría –dijo Helen–, pero después de la operación de Eric no tenemos bebidas en casa. Desde hace tres años.
¿Estaba perdiendo la memoria y quizá su talento para disimular los hechos dolorosos lo inducía a olvidar que había vendido la casa, que sus hijas estaban en dificultades y que su amigo había sufrido una enfermedad? Su vista descendió del rostro al abdomen de Eric, donde vio tres pálidas cicatrices de sutura, y dos tenían por lo menos treinta centímetros de largo. El ombligo había desaparecido, y Neddy se preguntó qué podía hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que ponía a prueba nuestras cualidades amatorias, con un vientre sin ombligo, desprovisto de nexo con el nacimiento. ¿Qué podía hacer con esa brecha en la sucesión?
–Estoy segura de que podrás beber algo en casa de los Biswanger –dijo Helen–. Celebran una reunión enorme. Puedes oírlos desde aquí. ¡Escucha!
Ella alzó la cabeza y desde el otro lado del camino, atravesando los prados, los jardines, los bosques, los campos, él volvió a oír el sonido luminoso de las voces reflejadas en el agua.
–Bien, me mojaré –dijo Ned, dominado siempre por la idea de que no tenía modo de elegir su medio de viaje. Se zambulló en el agua fría de la piscina de los Sachs y jadeante, casi ahogándose, recorrió la piscina de un extremo al otro–. Lucinda y yo deseamos muchísimo verlos –dijo por encima del hombro, la cara vuelta hacia la propiedad de los Biswanger–. Lamentamos que haya pasado tanto tiempo y los llamaremos muy pronto.
Cruzó algunos campos en dirección a los Biswanger y los sonidos de la fiesta. Se sentirían honrados de ofrecerle una copa, de buena gana le darían de beber. Los Biswanger invitaban a cenar a Ned y Lucinda cuatro veces al año, con seis semanas de anticipación. Siempre se veían desairados, y sin embargo continuaban enviando sus invitaciones, renuentes a aceptar las realidades rígidas y antidemocráticas de su propia sociedad. Eran la clase de gente que discutía el precio de las cosas en los cócteles, intercambiaba datos acerca de los precios durante la cena, y después de cenar contaba chistes verdes a un público de ambos sexos. No pertenecían al grupo de Neddy, ni siquiera estaban incluidos en la lista que Lucinda utilizaba para enviar tarjetas de Navidad. Se acercó a la piscina con sentimientos de indiferencia, compasión y cierta incomodidad, pues parecía que estaba oscureciendo y eran los días más largos del año. Cuando llegó, encontró una fiesta ruidosa y con mucha gente. Grace Biswanger era el tipo de anfitriona que invitaba al dueño de la óptica, al veterinario, al negociante de bienes raíces y al dentista. Nadie estaba nadando, y la luz del crepúsculo reflejada en el agua de la piscina tenía un destello invernal. Habían montado un bar, y Ned caminó en esa dirección. Cuando Grace Biswanger lo vio se acercó a él, no afectuosamente, como él tenía derecho a esperar, sino en actitud belicosa.
–Caramba, a esta fiesta viene todo el mundo –dijo en voz alta–, hasta los colados.
Ella no podía perjudicarlo socialmente…, eso era indudable, y él no se impresionó.
–En mi calidad de colado –preguntó cortésmente–, ¿puedo pedir una copa?
–Como guste –dijo ella–. No parece que preste mucha atención a las invitaciones.
Le volvió la espalda y se reunió con varios invitados, y Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman le sirvió, pero lo hizo bruscamente. El suyo era un mundo en que los camareros representaban el termómetro social, y verse desairado por un barman que trabajaba por horas significaba que había sufrido cierta pérdida de dignidad social. O quizá el hombre era nuevo y no estaba informado. Entonces, oyó a sus espaldas la voz de Grace, que decía:
–Se arruinaron de la noche a la mañana. Tienen solamente lo que ganan… y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestásemos cinco mil dólares… –esa mujer siempre hablaba de dinero. Era peor que comer guisantes con cuchillo. Se zambulló en la piscina, nadó de un extremo al otro y se alejó.
La piscina siguiente de su lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si lo habían herido en la propiedad de los Biswanger, aquí podía curarse. El amor –en realidad, el combate sexual– era el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color que renovaría la primavera de su andar, la alegría de la vida en su corazón. Habían tenido un affaire la semana pasada, el mes pasado, el año pasado. No lo lograba recordar. Él había interrumpido la relación, pues era quien tenía la ventaja, y pasó el portón en la pared que rodeaba la piscina sin que su sentimiento fuese tan ponderado como la confianza en sí mismo. En cierto modo parecía que era su propia piscina, pues el amante, y sobre todo el amante ilícito, goza de las posesiones. La vio allí, los cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua luminosa y cerúlea, no evocó en él recuerdos profundos. Pensó que había sido un asunto superficial, aunque ella había llorado cuando lo dio por terminado. Parecía confundida de verlo, y Ned se preguntó si aún estaba lastimada. ¿Quizá, Dios no lo permitiese, volvería a llorar?
–¿Qué deseas? –preguntó.
–Estoy nadando a través del condado.
–Santo Dios. ¿Jamás crecerás?
–¿Qué pasa?
–Si viniste a buscar dinero –dijo–, no te daré un centavo más.
–Podrías ofrecerme una bebida.
–Podría, pero no lo haré. No estoy sola.
–Bien, ya me voy.
Se zambulló y nadó a lo largo de la piscina, pero cuando trató de alzarse con los brazos sobre el reborde descubrió que ni los brazos ni los hombros le respondían, así que chapoteó hasta la escalerilla y trepó por ella. Mirando por encima del hombro vio, en el vestuario iluminado, la figura de un joven. Cuando salió al prado oscuro olió crisantemos y caléndulas –una tenaz fragancia otoñal– en el aire nocturno, un olor intenso como de gas. Alzó la vista y vio que habían salido las estrellas, pero ¿por qué le parecía estar viendo a Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de mitad del verano? Se echó a llorar.
Probablemente era la primera vez que lloraba siendo adulto y en todo caso la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y desconcertado. No podía entender la dureza del barman o la dureza de una amante que le había rogado de rodillas y había regado de lágrimas sus pantalones. Había nadado demasiado, había estado mucho tiempo en el agua, y ahora tenía irritadas la nariz y la garganta. Lo que necesitaba era una bebida, un poco de compañía y ropas limpias y secas, y aunque hubiera podido acortar camino directamente, a través de la calle, para llegar a su casa, siguió en dirección a la piscina de los Gilmartin. Aquí, por primera vez en su vida, no se zambulló y descendió los peldaños hasta el agua helada y nadó con una brazada irregular que quizá había aprendido cuando era niño. Se tamboleó de fatiga de camino hacia la propiedad de los Clyde, y chapoteó de un extremo al otro de la piscina, deteniéndose de tanto en tanto a descansar con la mano aferrada al borde. Había cumplido su propósito, había recorrido a nado el condado, pero estaba tan aturdido por el agotamiento que no veía claro su propio triunfo. Encorvado, aferrándose a los pilares del portón en busca de apoyo, subió por el sendero de su propia casa.
El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarla, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños de desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.

35 Comments

  1. Elder 23/01/2008 en 9:24 am - Responder

    No le entiendo, esta loco? o es de fantasia?

  2. Alberto Chimal 23/01/2008 en 6:25 pm - Responder

    Elder, si te refieres al personaje (Neddy), creo que precisamente uno de los encantos del cuento es que no dice qué le sucede de manera explícita. ¿Qué opinas tú?

    Un saludo.

  3. Mariano Macció 24/01/2008 en 4:25 pm - Responder

    Cuando vi la pelicula quede maravillado, el personaje, tan enigmatico,
    y con un entusiasmo tan juvenil emprende la travesia de surcar el vecindario.
    Y luego, el final tan sombrio….aah la verdad es que me enamore de la pelicula
    Saben como la puedo conseguir??? mi E-mail es love.under.will@hotmail.com

  4. Alberto Chimal 24/01/2008 en 7:51 pm - Responder

    Mariano, la verdad no sabría decir cómo hallarla, aunque yo también quiero verla. Hay una edición en DVD que tal vez pueda conseguirse… Un saludo.

  5. Mauro (el mismo que ya le envió un correo) 25/01/2008 en 2:28 am - Responder

    ¡Bien! Me recordó la película de Corre Lola, corre, y a aquella leyenda de unos tipos que se quedan en una fiesta, según ellos una noche no más, y cuando se dan cuenta han pasado semanas, o días o meses, hasta una vez la escuche con “habían pasado años”.
    Hay muchas cosas que se quedan al aire, ¿por qué el tipo recibe el New York Times?, tendría que ser atrasadísimo, porque en primera en ese tiempo, que se me antoja para un antes de los 90’s, no había Internet, y en segunda ¿¡En Honduras!? Supongo que eso es a lo que se refieren con fantasía.
    Y me gusto el reto y la forma de cumplirlo; no rompió sus propias reglas, ¡Bien por Ned!
    ¿Me podría dar bien el nombre de la película y el director?

  6. Alberto Chimal 25/01/2008 en 9:03 am - Responder

    Hola, Mauro. No entendí lo de Honduras: el cuento se desarrolla en los Estados Unidos. Sobre el periódico, los Levy deben estar suscritos a la edición impresa del Times y un repartidor les debe llevar su ejemplar diariamente, para dejarlo en el recipiente (que, supongo, se usará solamente para eso; la familia en cuestión debe tener el dinero suficiente para permitirse gastar en semejante accesorio).

    La película también se llama El nadador (The Swimmer), tiene a Burt Lancaster en el papel estelar y está dirigida por Frank Perry y Sidney Pollack.

    Un saludo.

  7. Fernando 25/01/2008 en 3:08 pm - Responder

    La primera vez que leí este cuento me pareció que el sentido del mismo estaba muy claro: un hombre caído en desgracia en algún momento de su vida pierde la cordura y su travesía respondía a una conducta similar a la de algunos desgraciados con los que todos nos hemos topado alguna vez en la calle, los que parecen estar reviviendo una realidad que fue y que ahora no pueden distinguir de la actual. Todo ello contado en un relato, a mi juicio, extraordinariamente cinematográfico (en el mejor sentido del término) que, con ese final desapasionado pero tan demoledor, donde damos con la clave de toda la historia, convierte a este cuento en uno de los mejores que se hayan escrito nunca. Sin embargo, dejando reposar la lectura me di cuenta de que las cosas podrían no ser tan sencillas. No intento hacer un análisis del texto, por supuesto, pero esta obra me ha gustado mucho y quisiera compartir algo de lo que he pensado sobre ella. Hay en el relato, me parece, una ambigüedad con el tiempo y los posibles significados que están implícitos en él. Es decir, el periplo de Neddy a lo largo del día, que comienza temprano con una situación que parece ser de lo más normal en su vida, y termina por la tarde en un punto tan radicalmente diferente en el sentido más sombrío, bien puede simbolizar ese trayecto de la vida del personaje en el que apareció la tragedia, y la presumible locura que vemos al final podría ser otro símbolo del estado final de las cosas para Neddy. O tratarse de locura, literalmente. Una anécdota contada en un presente que al irse desarrollando desgrana también un pasado completo. El poder del relato está, por supuesto, en cómo John Cheever cuento todo esto. Los detalles, las emociones, la atmósfera que va creando gradualmente, con la manera de medio mostrar medio insinuar una tragedia que podría ser la de cualquiera de nosotros y que trastoca la vida de Neddy de forma demoledora e irreversible, terminando con ese final sombrío que remite a la locura, y todo narrado, creo yo, en un tono épico, hace que este cuento alcance la categoría de magistral. Espero que no suene pretencioso u obvio sugerir que se puede ver en él una metáfora de cómo no se requieren las grandes tragedias históricas para destruir a un hombre, ya que la vida común y corriente, y que puede ser tan cómoda para algunos, puede ser igual de devastadora.
    Estoy seguro de que este relato puede ser, en principio, desconcertante para cualquiera que lo lea. Y también estoy seguro que eso sucede por que encierra, como toda buena obra literaria, un significado, o unos significados, en todo caso, ocultos. Y exige que uno los busque y les de una interpretación. Y esta es, precisamente, la mía. Me disculpo si les parece que exagero, pero es que este cuento me ha emocionado mucho desde entonces. Por lo menos, y dejando de lado mi apreciación personal, creo que cualquiera de nosotros que aspiramos a crear historias desearíamos lograr un efecto semejante al conseguido por Cheever en este relato que, de nuevo, para mí, es uno de los más hermosamente tristes y desoladores que se hayan escrito.
    Gracias, y un saludo.

  8. Mauro (el mismo que ya le envió un correo) 25/01/2008 en 11:40 pm - Responder

    Para aclarar; el río Lucinda se encuentra en Colon HONDURAS, puede que uno se confunda por lo del personaje Lucinda Merril, peero al igual lo aclara: “¡Oh, qué bonitas y lujuriosas eran las orillas del río Lucinda!” (cité). Pude ser que el tal John Cheever no sabía de la existencia de éste río –al igual que usted— pero no se engañe no digo las cosas por decirlas.

    Gracias por la información sobre la película. (No me ha contestado el otro correo.)

  9. Alberto Chimal 26/01/2008 en 10:16 am - Responder

    Hola, Mauro. Ya te escribí. No sabía de ese río hondureño, en efecto, pero creo que en este caso se trata de una coincidencia, porque el personaje está pensando en su esposa y en el “río” que forma la hilera de albercas que pretende recorrer a nado. Un saludo.

  10. soma 25/03/2008 en 5:47 pm - Responder

    ¡Qué cuento tan genial! Me gustó mucho, la verdad. Tiene un encanto difícil de explicar. Un poco ese aire de lo fantástico en lo ordinario que hace Cortázar, pero también podría caber muy bien en una crítica social desenfadada, con inocencia sugestiva.

    No pierde, sin embargo, ese otro aire lúdico, con ternura velada. La plácida tarde termina en el motiv del descenso a los infiernos.

    No sé si el juego tenga que ver con el hecho de que en los States el cruce de una cerca es el viaje a otro universo. La particularización de su sistema económico hace eso posible. Las hileras de albercas y la simulación social, todo es tan futil como persistente.

    En momentos me recordó esa magia que tienen los cuentos con temas. Igual y es que mi pasado de Nadador (crecí la mitad de mi vida en una alberca)lo que hace que me cale hondo.

    Gracias, Chimal.

    Voy a buscar más de estas joyitas en tu biblioteca.

  11. Alberto Chimal 26/03/2008 en 9:59 am - Responder

    Gracias a ti, Soma. ¿Verdad que es estimulante hallar textos como éste? Suerte en esa búsqueda y acá seguimos.

  12. DAVID 10/02/2009 en 12:21 am - Responder

    Haber. Quiero ser muy sincero. La pelìcula me la ví 2 veces. También leí la historia. Y Entiendo la desgracia de este tipo ‘Nedy’ al final. Pero no creen uds. que a uno le queda como que un vacío muy terrible finalmente por no saber que fué lo que realmente sucedió con la espoza y las niñas de este señor??? Se fuerón de su lado?? Cuál fué el motivo (no sabemos cuál)??? – Como perdió su patrimonio??? Fué un mal negocio quizá??? Fué causa de su perdición??? Sucedió esto gradualmente??? Sucedió de repente….. Como una enfermedad letal???……………………….. La verdad no entiendo nada….. Uno tiene que imaginar todo esto????………. Me muero por preguntarle esto al autor!!!
    Quisiera que me hicieran comentarios. Por que por ende (y a mi parecer),,, esta historia esta incompleta (aunque excelente mientras duró). Sin embargó estos detalles, (que no me gustarón para nada) le restan satisfacción a esta notoria obra, y deján siempre insipides en la historia…. ‘El Nadador’

  13. Alberto 10/02/2009 en 9:01 am - Responder

    Hola, David. ¿No será precisamente que la idea era provocar desasosiego con esas preguntas sin respuesta? Haber dicho, por ejemplo, que el personaje estaba mal de la cabeza, que había tenido una fuga psicótica o algo así, le habría quitado algo, pienso, a la atmósfera del cuento.

    Saludos (y gracias por comentar).

  14. DAVID 10/02/2009 en 9:00 pm - Responder

    Muchas, pero muchas gracias Alberto. Gracias por tu respuesta. Eso era lo precisamente lo que queria escuchar. Creo que tienes razón. Cambiando de opinión, creó que este desasosiego de la historia le da un toque de dramatismo a una historia con tanta incertidumbre y tantos matíces que generan dudas, que precisamente uno debe deducir!!!!!

  15. […] del verano, cuando todos se sientan y comentan: “Anoche bebí demasiado”, así comienza “El nadador”, el alegórico y turbador relato de John Cheever que sirve de base a la película del mismo […]

  16. Maite 30/12/2009 en 9:12 pm - Responder

    Desde el principio me dió mucha pena , ver al personaje Ned , tratando de estar al nivel de los demás , cuando se veia y comprendia que él era una persona que pertenecia al pasado de esas gentes , pero el se aparece alli , y no parece haber envejecido , lo cual es aún más intrigante , porque uno se pregunta si será un producto de la mente de esos bebidos personajes , que lo sacan de sus recuerdos o si será que realmente Ned se imaginaba que estaba alli , y si asi era , de donde vino ? .. salió de un suburbio donde vivia con sus hijas y su mujer o salió de un asilo mental donde estaba recluido y vino a recorrer el mundo al cual habia pertenecido ? , en todo caso los vecinos estaban tan embebidos en sus frivolidades que a nadie se le ocurrió aclarar la extraña situación , y todos lo recibieron con la consabida frivolidad de los compañeros de viaje de una travesia que en cualquier momento puede terminar de la misma manera para cualquiera . El estoicismo de Ned , su disimulo , su facilidad para entremezclarse con un mundo al cual no pertenece más , y al mismo tiempo su fino tacto para evadirse en el momento preciso sin dejar huella ni contestar preguntas , me pareció genial y subyugante , y el final trágico , cual ya se veia venir , me dejó la sensación de lo inacabado , del aborto emocional , aunque toda la trama de la pelicula me pareció perfecta y misteriosa , en fin me dejó pensando y con ganas de retrocederle el reloj a Ned para que volviera a su antigua vida. En fin , el escritor asi lo hizo , y nos dejó con la sensación de lo inacabado.

  17. Maite 30/12/2009 en 9:29 pm - Responder

    Creo que me impactó porque todos alguna vez en la vida hemos vivido algo similar , aquella sensación de ya no pertenecer a tal o cual mundo , y sin embargo porsupuesto , no todos hemos llegado al extremo desolador de Ned , la locura y la ruina total , y además la perdida de su familia .Creo que fisicamente es genial que presente al personaje Ned , en bañador y descalzo , o sea exactamente como un desposeido , pero eso si desde el comienzo de la obra , sea cine o novela , se nota que no está en sus cabales .Más bién lo intrigante es que todos lo reciban sin siquiera darse la molestia de preguntar , o es que a nadie le interesa profundizar y todos adoptan posturas despreocupadas y frivolas al máximo . Ya que desde el principio se pone claro que hacen años que no lo ven .
    Asi es el mundo ¡.. esas son las amistades mundanas ¡.. solo sirven para divertirse y beber , hacer locuras y desarreglarse juntos , pero jamás para realmente interesarse el uno por el otro . Visión perfecta de una sociedad donde campea la soledad en compañia , y entre trago y trago y juerga y juerga.

  18. Alberto 07/01/2010 en 8:22 pm - Responder

    Gracias, David.

    Maite, estoy totalmente de acuerdo con esa idea de la desolación. Al menos a mí es de lo que me hace volver una y otra vez a las historias…

    Saludos a todos.

  19. […] This post was mentioned on Twitter by Nicolas Copano, moserrat alejandra . moserrat alejandra said: RT @copano: @TUE_TUE depende de tus gustos. En "Que Leo" venden uno notable que se llama J-Pod. Pero te dejo un cuento: http://bit.ly/b1UROy […]

  20. Jaime 30/10/2010 en 3:31 am - Responder

    Una posibilidad (en forma de metáfora o simbolismo) es que Ned estuviera muerto. Al principio (recién muerto y sin ser consciente de ello) tiene fuerza y se propone el viaje. En ese purgatorio va intuyendo y recordando su pasado, su vida y su desgracia. Sus fuerzas lo van abandonando hasta que llega al ¿infierno?, o sea, la casa vacía.

  21. Alberto 30/10/2010 en 1:26 pm - Responder

    Esa suena interesante, Jaime… Saludos.

  22. Shoogle 24/03/2011 en 4:56 am - Responder

    Gracias por compartir relatos, propios o ajenos.

    De esta historia me llama la relación constante con el alcohol y la imprecisión en las percepciones de todos los personajes por ello. Desde el principio la historia se desarrolla como una larga resaca en la que se bebe más para evitarla, quizá es lo que le pasó a Neddy-Ned que todo fue una sucesión de borracheras y recuerdos.

  23. Alberto 28/03/2011 en 4:08 pm - Responder

    Esa idea no se me había ocurrido, Shoogle. Puede ser. Cheever no nos lo diría aun si viviera, pero siempre podemos especular… Saludos y suerte.

  24. evelyn 22/04/2011 en 11:44 am - Responder

    estimados, debo decirles que estoy haciendo un trabajo acerca de este cuento para el colegio y debo darles las gracias ya que sus impresiones me han servido para hacer un análisis mas profundo, con mis compañeras concordamos con la ambigüedad en el tiempo, que en realidad cada piscina es un aetapa de su vida, también encontramos un poco de locura en el protagonista, pero en ningún momento se nos ocurrió que podría llegar a estar muerto o borracho, nos gustaria saber más acerca de estas posturas.
    saludos

  25. Alberto 25/04/2011 en 9:32 am - Responder

    Saludos, Evelyn. Veremos si alguien se anima a comentar esa cuestión.

  26. raul beppo andrioli 28/04/2011 en 9:42 pm - Responder

    Hace muchisimos años vi la pelicula, basada en este cuento, en un cine de mi ciudad, Azul, en la provincia de Buenos Aires, en la república Argentina que es como decir en algun lugar del mapa que a pesar de que existe no existe para el resto del mundo. Y ahora en estos dias en la ciudad de La Plata en donde vivo hace mas de 30 años, acabo de leeer el cuento, y entonces se me ocurrió vincular el relato con experiencias personales y reflexiones anotadas en distintos momentos de mi vida que tienen estrecha relación con este maravilloso y extraño cuento.
    EL NADADOR

    Bergman dijo de Tarkovsky refiriendose a su obra, a su talento: “ Yo me he pasado la vida golpeando la puerta de ese espacio donde él se mueve como pez en el agua”
    Hay ciertas burlas del destino que hacen que aquel que otrora cruzara los mares, los oceanos a puro nado, haciendo derroches de distintos estilos, danzando la celestial música de su cuerpo, con sus únicas principales herramientas de piernas brazos y pulmones… un día, un desencanto, un desencuentro con la vida, un repentino enamorarse con la muerte lo haya llevado a ahogarse en un vaso de agua. A un paso de alcanzar la meta de los cincuenta años, altura en la que según los aymara, todo hombre bien formado se transforma en Amauta o sea se gradua de maestro, de sabio, en Puerto Madryn, donde pasó el esplendor de su vida, y para no avergonzar las aguas transitadas, se ahorcó Marcelo Belsito, compañero del primer año del colegio nacional, allá en el Azul de los setenta, turbulento y amargo. Su ausencia me lleva a escribir ciertas reflexiones, me volvió sobre cierto poema que ya había escrito y que ahora queda dedicado a su memoria.-

    Una tarde, hace algunos años, no sé cuantos. Me encontraba conversando con un amigo, en la esquina de 51 y la Avenida 7 aquí en La Plata, y mientras este amigo me hablaba no me acuerdo ahora de que asunto, veo entre esa masa de gente apurada, apretujada y nerviosa, saliendo de sus trabajos rumbo a sus hogares, a una figura alta y espigada, un hombre mayor, con un bolso en una de sus manos. Este hombre, prácticamente, no caminaba, se deslizaba sobre sus pies, con la mirada, serena y en lo alto, como un profeta, como un mesias, como un ser de otro planeta.
    Entonces pregunté a mi amigo si conocía a esta persona. Y mi amigo me dice: -Si, por supuesto, es Manolo Garay, vení vamos a saludarlo, te lo presento, es un glorioso nadador que ha hecho proezas, como cruzar los ríos, de la Plata y el Nilo. Es un fenómeno de tipo, una vez se decidió estudiar derecho, para darle un título a su vida y logró recibirse de abogado. Y cuando se recibió de abogado, andaba con el título por las calles mostrándoselo a medio mundo. Entonces mientras mi amigo me contaba las hazañas de Garay, yo recordaba que en Azul, mi ciudad natal, también dos amigos tenían la pasión de los peces y se escapaban a la hora de la siesta, al balneario o al club de remo para llevar a cabo esa hermosa aventura de la adolescencia, esa búsqueda de un tesoro inalcanzable, que mantiene alerta los músculos y a la mente despejada. Ellos eran Marcelo Enrique “pelele” Belsito y Nicolás Tati Valicenti, dos inseparables amigos tanto en el atletismo como en la vida común de todos los días.
    Todo esto iba pensando, mientras nos dirigíamos al encuentro de Manolo Garay. Y al rato nomás nos encontramos con él, en una parada de colectivos, frente a plaza San Martín. Fue entonces que tuvimos un breve intercambio de palabras, que mas se acercaban a un balbuceo que a un diálogo coherente. El hombre, ya bastante anciano, había perdido la razón. Desvariaba. Y cuando llegó el colectivo nos dijo, -Bueno perdónenme, me tomo este, porque tengo que ir a ver a mi madre.
    Se subió al vehículo, y no lo volví a ver nunca mas.
    Mi amigo, al enterarse al mismo tiempo que yo, de su demencia, me dijo apenado:
    – Que lástima, pobre manolo, está viejo y loco… mirá que va ir ver a su mamá, si su mamá murió hace ya varios años.
    Algún tiempo después de este episodio, anoté en un papel cualquiera, este poema para Manuel Garay, que titulé así:

    EL NADADOR.

    Tal vez , ya en la placenta, se supo navegante,
    Se soñó navegante
    Único gato acuático sobreviviente
    De la quimera de los fundadores: Manuel Garay.
    En la placenta se estaba bien, soñando.
    Aquí hay que atravesar las calles
    Con un título de abogado entre las manos,
    Pidiéndole a la gente, te abran paso.
    Aquí el nadador, no nada
    Y busca en el horizonte
    Una verde línea que se asemeje al río.
    Manuel, tus ojos son los mares recorridos
    Estás del otro lado, entre dos aguas
    Océanos profundos, transparentes…
    Tus ojos son la vida… nadándose la muerte
    De golpe, a mi se me revela
    Cuando te veo cruzar la calle 7
    Tu rostro roca labrado por el agua
    Con la mirada limpia sobre el nivel del mar.
    Manuel Garay, los ríos y los mares
    Tampoco tienen rutas,
    Por eso te extraviaste, en la fauna abisal.
    Allí donde tu madre alimenta y cuida peces
    Para premiar tu búsqueda y tu encuentro.
    RAUL BEPPO ANDRIOLI.-

    Querido Tati. Para vos que sos un apasionado de la natación y que no conocías a este personaje, aquí en La Plata era un referente emblemático de arte de ese deporte y desde su ausencia ha dejado un agujero. Te envío este poema dedicado a su memoria. Es un poema que como digo lo escribí apenas acababa de conocer a Manolo. Al poco tiempo murió.
    Yupanqui decía en alguna parte de su canción: “el alazán”: si es como dicen algunos que hay cielo pa un buen caballo, por allí andará mi pingo, galopando…. galopando.
    Y nosotros podríamos decir, ante la perdida de un amigo, parafraseando a Yupanqui:
    SI ES COMO DICEN ALGUNOS QUE EL CIELO SE CRUZA A NADO, POR ALLI ANDARÁ MARCELO, TAMBIÉN, CON GARAY NADANDO………
    Tati, te mando un fuerte abrazo. Espero verte pronto. Nos debemos una reunión, un balance de este medio siglo que llevamos sobre la tierra , sin contarnos tantas cosas…. este sábado 22 de abril cumplo cincuenta, y entre las pocas cosas que estoy haciendo aparte de algún títere, estoy escribiendo con todo el tiempo del mundo, una novela, donde todo recuerdo y toda experiencia vivida me es sumamente útil, para amasar como decía Neruda, todos esos testimonios en el pan de la poesía. Y entre esos testimonios, el tuyo también está contemplado.

  27. silvia 30/07/2011 en 5:11 pm - Responder

    Muy interesante el cuento.Llegué a este autor por el comentario de Belgrano Rawson en Perfil aunque ya lo tenía agendado en mis próximas lecturas.Siempre me gusta leer sobre la vida del autor para entender algo más de su obra y creo que el relato más allá de la historia en sí es bastante simbólica,ya que durante todo ese recorrido de flia en flia,el personaje del nadador nos va mostrando “una superficialidad en las relaciones de la clase media americana”hacia la cual Cheever hace referencia en alguna entrevista.En cuanto al final realmente algo me esperaba ya que uno de los personajes nos lo va anticipando (Helen),pero de todos modos es impactante.Y lo mejor de leer un cuento como este es lo que viene después …las diferentes discuciones e interpretaciones sobre el mismo.

    • Alberto Chimal 05/08/2011 en 8:52 pm - Responder

      Qué bueno que todo lo que ha sucedido aquí alrededor de “El nadador” te ha parecido enriquecedor, Silvia. Saludos…

  28. […] «El nadador», de John […]

  29. marian alcalde carrasco 04/12/2011 en 5:26 am - Responder

    no somos todos NADADORES de rios piscinas caminos q creemos conocer ,? hasta q aparece n tormentas autopistas desoladoras gentes q no nos reconoce , SOLEDAD CANSANCIO . lucha tambienpara acabar la carrera y llegar a la meta q no existe

    • luisa leicach 27/05/2012 en 9:52 am - Responder

      Resulta interesante leer la opinion de tanta gente.Leo estos comentarios muchos meses despues del ultimo de los mismos,pues acabo de releer el cuento y la pelicula la vi hace muuucho tiempo.No pienso que Cheever haya querido describir a un caso psiquiatrico sino a un ser humano como cualquiera de nosotros que, frente a una realidad que lo defrauda, en la que creyó vivir, niega su realidad actual y se formula un proyecto ,una meta casi irreal e ilógica, para tratar de cambiarla. Es como las cosas que hacemos automaticamente en cada una de nuestras vidas andando( aqui nadando) como para llegar a un fin mejor que el camino proyectado.En el “mientras tanto” nos negamos el ver la realidad que atravesamos por ser demasiado dolorosa.No importa el” porque” del proyecto.Es una busqueda de sí mismo donde el “como” es lo trascendente. Y no nos engañemos: muchos nos marcamos una meta y caminamos para llegar sin atender a las señales que nos indican que el destino final no va a ser el esperado.y deberíamos cambiar el proyecto. Pero seguimos igual, por la misma ruta.sin mirar a los costados.Me parece que el cuento es una metafora de esperanza y destino.Muy surrealista. Joyita de cuento.Miren si no lo que nos provocó

      • Alberto Chimal 28/05/2012 en 11:39 am - Responder

        Una joya, sí. Y un texto más denso y profundo de lo que podría parecer. 🙂 Gracias por escribir, Luisa.

  30. Ka 12/06/2012 en 11:15 am - Responder

    TIc Tac – Tic Tac

    Los nadadores tenemos un reloj interno que marca el tiempo en esa burbuja de aislamiento que es el nado. Flotas y te hundes, te deslizas y te frenas, no ves con total claridad, los sonidos son tan suaves como ensordecedores… respiras, inspiras, respiras, inspiras, brazada, patada, patada, brazada, patada, patada, respiras, brazada, patada. 25 metros, 50 metros, 100 metros, un largo, dos, treinta, cuarenta.

    A mucha gente le aburre nadar, a los que nadadores, no: nadar nos evade del tiempo “común” y nos lleva a un tiempo creado por nosotros. Todo es técnica y respiración. Ritmo interno, íntimo y compartido ¿Se puede decir que se nada (casi) desnudo cuando el agua te viste? Frío y calor, toda la piel en ello.

    Pero una piscina es una farsa, que puede convertirse en una mentira. Un símbolo de un estatus, una naturaleza artificial. Como un reloj marcando el tiempo. Como nuestras vidas.

  31. oldtony 03/01/2015 en 5:53 pm - Responder

    Lo que indudablemente veo yo también es esa pérdida de contacto con el mundo exterior que sufre aquel que se propone algo. Una empresa en principio sencilla de formular. Escribir un libro, levantar un negocio, descubrir una bacteria que haga tal cosa o contactar con los extraterrestres. Tareas titánicas que, sin alejarte físicamente de tu realidad personal o familiar, te separan una distancia enorme en el plano intelectual o sentimental del mundo que te rodea, a veces, haciéndote perder todo.

    Cabe resaltar los puntos de inflexión del viaje de Neddy. La tormenta, a partir de la cual todo empieza a ir a peor, se empieza a desencadenar su “otoño” a pesar de que “hace un rato era verano” (Cuantas veces oímos a nuestros abuelos hablar de lo rápido que han pasado los últimos años). La autopista que le hace recibir que algo va mal, que su aventura era mas dura de lo que había esperado y que el mundo exterior desaprueba sus denodados esfuerzos. En ambas ocasiones tiene aun una oportunidad de “rendirse” de volver atrás y quedarse en la resaca de la fiesta. Sin embargo continua y acaba en la piscina pública, dónde metafóricamente se muestra que ya ha perdido todos los privilegios que le quedaban de sus años de esplendor, su autosuficiencia. Aun así su visión de la vida y su orgullo de persona de status no le dejan seguir las reglas que el sistema exige para vivir a costa del mismo, con lo cual es expulsado de este y, de este modo, queda a su suerte, totalmente arruinado y cada vez con menos fuerzas.

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