La muerte de Arturo

Thomas Malory, La muerte de Arturo.
Traducción de Francisco Torres Oliver. Madrid, Siruela, 1999.

1. El rey Arturo no ha sido olvidado, a 1,500 años de que uno o muchos contadores de cuentos empezaran a hablar de él por las islas británicas y el resto de Europa.

2. Desde luego, nunca existió: la Historia de los Reyes de Bretaña de Geoffrey de Monmouth afirma que Arturo fue un dux bellorum, un jefe militar bretón que habría enfrentado una invasión sajona hacia el siglo VII, pero el libro fue escrito 500 años más tarde y es, a pesar del título, una ficción: ese Arturo conquista casi toda Europa. (Monmouth fue también el inventor de la palabra «Merlín». El mago se llamaba Myrddin en las leyendas más antiguas, pero el escritor le cambió el nombre, se dice, para evitar que sonara a la palabra francesa merde.)

3. Por otra parte, el relato de Arturo y de su reino (y de las hazañas y tribulaciones de sus caballeros y su corte) se extendió, se ramificó y se volvió enormemente rico y diverso con el paso de los siglos. Ahora lo llamamos “Ciclo Artúrico”, y es en realidad varias series y periodos de obras narrativas y poéticas, todas con raíces profundas en tradiciones orales, todas escritas a mano, en libros anteriores a la invención de la imprenta.

4. Esto significa que la historia tampoco es, en realidad, una sola, ni con un solo protagonista, como podrían hacernos pensar las películas. A veces, los relatos no mencionan a Arturo en absoluto , y se concentran en otros personajes; a veces (como en Sir Gawain y el Caballero Verde) lo tienen como figura secundaria, como emblema de que los hechos relatados transcurren en el tiempo mítico en el que un rey sabio y virtuoso gobernaba Inglaterra. Además, a medida que el país se transformaba, empleaba otras lenguas, era conquistado o se independizaba, todo en las historias –personajes, escenarios y episodios– se adaptó sin cesar a los intereses y convicciones de tiempos y culturas distintas a aquellas que les dieron origen. Por esto cada versión contradice de formas numerosas lo establecido por uno o más textos anteriores.

5. No sólo diferentes personajes son vueltos protagonistas: se agregan y se eliminan nombres, las aventuras aparecen y desaparecen, cambian de orden y de sentido. En realidad, la tradición artúrica es una de las pocas que carecen de centro: de un texto canónico, dado por «válido», alrededor del cual se construyan versiones más o menos fieles. El mito de Arturo, constantemente rehecho, es materia flexible, referida siempre a otro tiempo y otro sitio, capaz de acomodar casi cualquier cosa.

6. El que rara vez la veamos así se debe a Sir Thomas Malory, para quien las historias de Arturo eran herencia de un pasado ya remoto. De biografía incierta (sus fechas de nacimiento y muerte: 1405-1471, son aproximadas), él es el último de los (re)escritores artúricos que se desenvuelven en –y aprovechan– el enorme campo de posibilidades de la cultura manuscrita: que no puede, en realidad, sino interpolar y conciliar numerosas versiones contrapuestas de la historia que desea contar. Su libro, La muerte de Arturo (Le Morte D’Arthur), es el primero que se reproduce en una imprenta de tipos móviles, y por lo tanto el primero en difundirse masivamente.

7. (También es el primero con un autor que se vuelve famoso en el sentido actual del término: acusado de robo, extorsión, violación e intento de homicidio, Malory –un noble de poca monta, envuelto al parecer en lo más sórdido de la lucha política de su tiempo– pasó muchos años en cárceles, y tal vez murió en una de ellas, a poco de terminar La muerte de Arturo.)

8. No está claro hasta qué punto el sentido y la forma definitiva del libro provienen de la voluntad del propio Malory y qué tanto se debió a la labor y la intervención del impresor y traductor William Caxton, quien publicó La muerte de Arturo en 1485, años después de la muerte del escritor. Sin embargo, los propósitos de ambos coincidían en su deseo de volver a contar las antiguas historias en una forma nueva, más simple y abarcadora, más cercana a las apetencias de su propio tiempo.

9. Esto significa que Malory tiene, por sí mismo, un mérito incontestable: el de haber trasladado el mito de Arturo, cabalmente, al ámbito de la novela.

10. Por otra parte, esa novela no es como creemos: aunque los hechos fundamentales sí son los que se recuerdan –la concepción equívoca del rey, la influencia de Merlín, el hallazgo de la espada, el establecimiento del reino, el hijo de una relación incestuosa, la infidelidad de la reina con el mejor de los caballeros, la revuelta y la muerte–, el texto es mucho más extenso y variado. Aquí también Arturo desaparece por muchas páginas, para dar lugar a las aventuras de Lancelot –o Lanzarote–, Gawain, Galahad y, sobre todo, Tristán (quien proviene de una tradición distinta y fue insertado después en la de Arturo). Sólo el comienzo y el final enlazan al resto de las tramas, y las vuelven ilustraciones de la vida en el tiempo de Camelot antes de la caída.

11. Por lo tanto, son los lectores quienes se forman una sola historia a partir de muchas, a partir de lo dicho por Malory y de su habilidad para volver siempre a su tema central, para lograr la impresión de movimiento y de vida en cada episodio. Por esto el final, melancólico, dramático, es tan potente, entre sus muertes numerosas y sus lamentos por todo lo perdido:

—¡Ah, Lanzarote! —dijo—, tú fuiste cabeza de todos los caballeros cristianos, y ahora me atrevo a decir –dijo sir Héctor–, sir Lanzarote, ahí donde tú yaces, que jamás fuiste igualado por la mano de ningún caballero terrenal. Y fuiste el caballero más cortés que jamás llevó escudo. Y fuiste el amigo más leal con su amada que jamás montó a caballo. Y fuiste el más fiel amante entre los pecadores que jamás amó a mujer. Y fuiste el hombre más gentil que jamás hirió con espada. Y fuiste la más gallarda persona que jamás entró en espesura de caballeros. Y fuiste el hombre más modesto y gentil que haya comido en una sala entre damas. Y fuiste el caballero más sañudo con tu enemigo mortal que jamás puso lanza en ristre.
Entonces hubo llanto y dolor fuera de medida.

12. Hasta ahora, como se ha observado en muchas ocasiones, Malory sigue siendo el único autor inglés de la Edad Media (de los nacidos entre Chaucer y Shakespeare) que sigue siendo leído. Se debe en parte a las oportunidades de que gozó su obra y tal vez hasta a su propia imagen idealizada, escribiendo junto a la ventana de su celda. Pero más aún se debe a su habilidad como contador de historias, a su afecto por la tradición y a los muchos detalles con los que consiguió acercarla a la gente de su tiempo. (En una escena memorable, la reina Ginebra se preocupa por cómo pagarán sus viáticos los caballeros que saldrán a un viaje, y hay una sabrosa discusión sobre bolsas, presupuestos y otros asuntos mundanos.)

13. Estos detalles permiten olvidar que todo es mentira. Pero están en sitios y en seres tan extraños que, tal vez, no nos alejan de la otra forma de la verdad que existe en la ficción.

(Este texto tiene que ver, como ya decía el mes pasado, con el trabajo de mi tesis; lo dejo con saludos –y una disculpa por el retraso.)