Ulises Paniagua (1976) es un narrador mexicano que debe estar entre los secretos mejor guardados de su generación. Autor de novelas y libros de cuento y poesía, colaborador en obras sonoras y experimentales, ganó en 2019 el Concurso Internacional de Cuento Ciudad de Pupiales con «El año del cerdo», una estampa grotesca sobre la soledad.

EL AÑO DEL CERDO
Ulises Paniagua

Fue en la celebración, en China, del año del cerdo. Aquí, en mi ciudad, en mi país, fue un día como cualquier otro. O casi como cualquier otro.
      Llegué a la oficina. Afuera llovía. Después de encender la luz, de acomodarme las medias y revisar mi email, me percaté, con sorpresa, de la presencia del muerto. Estaba allí, tieso y pálido, tendido sobre la alfombra. Me asusté, por supuesto, lancé un alarido medio escénico que debió retumbar en el piso del corporativo. Era la hora de la merienda, así que al parecer no hubo quien escuchara.
      ¿Qué se debe hacer con un muerto? Pensé en llamar a la policía. Me contuve, reflexiva, porque sé bien que en este país eres culpable hasta que se demuestre lo contrario, así que no quise pasar por el calvario del hostigamiento policiaco y la tortura psicológica. El muerto, por su parte, no desprendía peste alguna ni causaba horror, no mostraba rastros de violencia, manchas de sangre o exhibía una mueca de espanto. Bien mirado, incluso era guapo. Con estas ventajas, imaginaran que no me interesaba saber quién lo mató, si falleció a causa de un accidente, cómo llegó hasta mí. Soy tímida en extremo, me cuesta trabajo acercarme a los compañeros de trabajo, me considero aquella perfecta “godínez”, silenciosa y huraña que se hunde en sus labores, que checa entrada a las 9 am y salida a las 6 pm, en punto, de forma invariable. Por obligación, respondo lo necesario: “Ifigenia, ¿dónde quedó la nómina del licenciado Rodríguez?”, “Ifigenia, notifica a la gerente cómo marcha el asunto del próximo despido”, “Ifigenia, no seas cruel, alcánzame ese lápiz”. Por cierto, mi jefa, la gerente, también es hermética, no habla con nadie, es una tipa rara, un poco tensa. Es buenísima, eso sí para gritar y endilgar insultos y responsabilidades cuando se siente bajo presión. A veces la odio, a veces la compadezco.
      Con tanta soledad a cuestas es de imaginar que no me molestó la idea de que un cadáver me hiciera compañía. Además, el difunto era discreto y respetuoso, cualidades de las que muchos vivos carecen en estos tiempos. Lo escondí en el closet de la oficina. Lo senté en la alfombra, lo cubrí con cajas y legajos. De manera periódica rocié aromatizante para disimular cualquier mal olor. Fue un difunto bien portado, apenas si mostró descomposición mientras estuvo conmigo. Cuando la empresa entera salía a comer, solía sentarlo en un reposet. Conversábamos sobre el clima, sobre asuntos laborales o sueños futuros. Una vez, bebiendo una copa de vino, nos pusimos profundos y hablamos del estrecho umbral entre la vida y la muerte.
      Dos veces se dejó maquillar. Se veía hermoso con un rímel discreto y los labios rojos, parecía un actor de cine. Una ocasión, para comprobar que yo no era relevante en la oficina, lo disfracé con uno de mis vestidos floreados, le puse medias y uno de los sombreros anchos y redondos que tanto me gusta usar. Lo coloqué frente a mi lap top, y salí por un café capuchino. Mis compañeros no notaron la diferencia, así de intrascendente soy. Por la tarde, antes de retirarme, volví a guardarlo en el closet.
      Pudo resultar bien, pero un día una empleada de limpieza casi lo encuentra. Tuve que distraerla con una sarta de banalidades para que no se acercara al sitio donde lo tenía oculto. Comencé a alarmarme, a pensar en las consecuencias, en las explicaciones que me vería obligada a dar si lo descubrieran. Además, lo nuestro no pudo ser. Cada día éramos más cercanos, comenzamos a enamorarnos. Hablé con él. “Las cosas se complicaron”, le dije”. Él permaneció estoico, como era costumbre. “No tengo mascotas, lo sabes, porque no quiero encariñarme con ningún ser, no soportaría las rupturas, la distancia de lo querido, no estoy hecha para transitar ese dolor”, comenté en un murmullo.
      Estuvo de acuerdo. De allí en adelante podríamos ser sólo amigos. Planeamos su futuro en completa complicidad. Así, una noche trabajé hasta tarde. A algunos les pareció extraño, pero no emitieron comentario alguno. Con audacia y gran precisión cubrí la cámara de seguridad con un trapo, conduje al muerto a la oficina de la gerente, apagué la luz y salí corriendo a casa. No supe el nombre de mi acompañante de los últimos meses. No quise preguntarlo.
      Esperé al día siguiente escuchar gritos, algún escándalo, el inicio de las averiguaciones periciales. La oficina permaneció en calma, la rutina transcurrió, boba y confortable, como cada jornada. Esa y cada mañana siguiente. Mi jefa lo encontró, estoy segura, pero guardó silencio, es la explicación más lógica a este enigma. Cómo podría no notarlo. Ella miente, la delata su cutis lozano, las carcajadas que se desprenden desde su oficina después de un largo rato de hablar en voz baja, los vestidos provocativos que usa recientemente, la discreta sonrisa con la que aborda los elevadores del corporativo. Apenas puede disimular, se ha apropiado de mi muerto.