Dos relatos extraños de Ricardo Bernal (1962), excelente y elusivo narrador mexicano –uno de nuestros auténticos “raros”–, que aparecieron publicados en Lady Clic (2002).

MADRE AMOROSA
Ricardo Bernal

I)

Ella tiene una vela en las manos, se cree un barco de vela. Ella es un triángulo isósceles y recorre la alcoba de un lado a otro al compás de la música de las esferas. Ella se acerca a una cuna estilo gótico y alumbra con la vela a su bebé: un pequeño rombo anaranjado que duerme apaciblemente balbuceando dulces sueños de química inorgánica. Ella es verde. Ella es piscis y su astrólogo de cabecera es capricornio. Ella está despeinada y ojerosa. Ella no tiene nombre.
Ella deja la vela en una mesa y toma entre sus brazos al bebito. El bebito es una espina en el corazón metálico de la madre y el corazón metálico de la madre es el villano en las historias que sueña el bebito. Un pterodáctilo de cuerda vuela alrededor, por lo que Ella abre la boca y guarda en sus adentros al pequeño rombo anaranjado. De pronto aparecen en este cuento las siguientes expresiones: “bebito-espina”, “bebito-rombo anaranjado”, “bebito-pez que da vueltas en la pecera de mi vientre”.

II)

Ella toma un pincel de la mesa y con el óleo fermentado que brota de los sueños de su hijo pinta una ventana en el muro. Ella abre la ventana y mira hacia afuera: en el jardín el otoño busca su sombrero y el martes juega a las damas chinas con el miércoles. En el jardín se aburren las estatuas y arriba de todo se pudre un enorme sol idiota. Desde el interior de su madre, el pequeño rombo anaranjado dice algo (nadie sabe qué, y quien esto escribe no pone mucha atención en lo que dicen los bebitos). Afuera el sol idiota se infla y se infla y se infla y se infla. Ella es un triángulo isósceles y le guiña un ojo al sol idiota quien sonríe como un idiota y peina sus relamidos rayos con un torpe movimiento idiota. Desde la ventana, Ella inclina la cabeza al sol idiota, quien también inclina la cabeza mostrando las siete marcas de sus siete trepanaciones. Ella sonríe. De pronto el sol idiota revienta, salpicando de luz roja las mejillas de todos los planetas.
Llega la señora Noche bostezando y sacudiendo las telarañas de sus hombros; hace gestos, abre su bolso y les reparte estrellas a todos los personajes de este cuento. El bebito rombo anaranjado se asoma por la boca de su madre y toma una estrella violeta de filos resplandecientes… Ella, además de ser un triángulo isósceles, es una madre feliz de ser madre.

III)

El padre del pequeño rombo anaranjado es un calamar gigante de los mares del Polo Sur quien en sus ratos libres se dedica a escribir ocho novelas policiales al mismo tiempo. Pocas semanas antes de que naciera su hijo, se fue de juerga con sus amigotes los delfines y desde entonces no ha regresado (nadie sabe dónde está, y quien esto escribe no tiene ganas de ponerse a buscarlo).

IV)

Ella cierra la ventana, toma una brocha de la mesa y pinta el muro de blanco: la ventana desaparece. Ella saca al bebito de su boca y lo acomoda en la cuna, la estrella violeta de filos resplandecientes también desaparece. A lo lejos, el Gato Jazz toca su saxofón de piedra y Ella canta canciones tristes para acompañar los sueños de su pequeño rombo anaranjado. La indecisa llama de la vela alumbra la escena: es tanta la ternura que ésta se escurre por los renglones de todo el cuento, haciendo suspirar a sus lectores… Ella es un triángulo isósceles que llora de melancolía.

V)

Todo lo anterior es mentira. Ella no tiene una vela en las manos, ni es un triángulo isósceles y su bebé no es ningún rombo anaranjado. Ella no es verde. Ningún pterodáctilo de cuerda vuela alrededor y no hay ningún sol idiota que se infle y se reviente. El calamar gigante de los mares del Polo Sur no existe, y en sus ratos libres no se dedica a escribir ocho novelas policiacas al mismo tiempo.
Quien esto escribe se ha quedado pensativo. Yo lo miro desde el otro lado de la mesa: bebe café, se rasca su enorme nariz, tacha, arroja al piso cuartillas arrugadas… pero no se le ocurre nada. Aburrida de tanto contemplarlo sin que me haga caso, decido irme a dormir y dejarlo a solas con su cuento. Quizá más tarde, o mañana temprano, el golpetear de su máquina de escribir se confunda con el dulce aguacero de mis sueños… ¡Pobre! Nunca sabrá lo que sueña su musa.
Buenas noches.

© Ricardo Bernal, México, 2002


LA VENGANZA DEL ANIMAL
Ricardo Bernal

Imagino al Demonio de Tasmania echándole talco a sus zapatos nuevos. Se lava los dientes, anuda su corbata color perla y se pone el reglamentario saco azul. Luego se mira en el espejo: tendré éxito, alcanzaré todas mis metas, seré un triunfador. El departamento donde vive es muy pequeño. En los muebles hay carpetas tejidas debajo de los animalitos de cristal y encima del viejo televisor hay un aparato recién comprado y una videocasetera. También hay un servibar lleno de botellas y en las paredes cuelgan retratos de abuelos tiesos y engominados. El Demonio de Tasmania sólo tiene dos libros: El Vendedor más Grande del Mundo y el Manual del Perfecto Hombre Cuadrado. No cree en el destino, no le gusta la poesía, no le gusta la música y ni siquiera sabe cuál es su signo del zodiaco. El Demonio de Tasmania usa calcetines de rombos, sus uñas son cortas y se está quedando calvo. Lo imagino cerrando con llave su departamento. Toma tres camiones para llegar a Coyoacán y camina hacia el Sanborns, donde gracias a su don de mando e impecable apariencia, consiguió el codiciado puesto de capitán de meseros; empleado del mes desde hace diez meses y quizá, es su sueño dorado, próximo subgerente del restaurante.

No hubo clases de piano pues a la maestra le amputaron las manos, pobrecita, así que salimos como pollos huérfanos a la calle. Las campanas de las iglesias sonaban para despertar a nuestros ángeles, tarde libre, mira las nubes, al rato va a llover. Éramos los de siempre: Venus, Victoria, Celso y yo. Salimos despacio, con nuestros morrales repletos de sueños inmaculados y las alas limpias; con libros de Girondo, Simic y Philip K. Dick en las enormes bolsas de nuestras gabardinas. Yo llevaba además al animal: así le decíamos a ese pequeño tarot, obsequio de Mamá Lila, que se había ido gastando de tanto recibir influencias planetarias y visitas de emisarios celestes. Por eso la pregunta de Venus ¿Me tiras el tarot?, hizo que el animal abriera sus inexistentes ojos; voy a convocar a los astros, voy a descifrar las indescifrables leyes kármicas que rigen a esta niñita. Claro que sí, le contesté a Venus contemplando la quietud oceánica de su mirada y la aureola que iluminaba su rapado cráneo. Pero primero vámonos de aquí, propuso el jefe Celso quien acababa de regresar de la alta selva y estaba acostumbrado a recorrer las veredas en compañía de ángeles encapuchados y armados hasta los dientes para derrocar al mal gobierno. ¿A dónde vamos? ¿Al cine? A excepción de Victoria, todos éramos pobres, así que decidimos enfilar nuestros pasos rumbo a Coyoacán: perder el tiempo, matar las horas, cuatro sombras largas toreando camiones en División del Norte, ocho tenis rebotando en las piedras, cuatro personajes de Plaza Sésamo rumbo a un incierto destino cósmico… En aquellos tiempos, Venus quería ser astronauta, volar al planeta que le daba nombre y derretir ahí los ácidos sueños que tuvo cuando niña. Victoria, por su parte, quería ser escritora sin saber que ya lo era. A veces buceábamos en sus cuentos y descubríamos peces, palabras de luz nadando en los laberínticos y fosforescentes párrafos. Porque Victoria se extravió en un bosque prohibido y regresó cabalgando un pegaso, convertida en duende y con la piel completamente verde, aunque ella nos aseguraba que el culpable había sido el sol de Bacalar. Yo, en cambio, vivía en el desierto. Era amigo de cactus y coyotes, y un fantasma tolteca me había enseñado a descifrar las formas de la arena. El tarot era mi aliado, ronroneaba vivo entre mis manos y cuando extendía las cartas para formar un mandala o la cruz celta, juro que la música de las esferas se convertía en el dulce aullido de la eternidad. Llegamos a Coyoacán. Cruzamos lagunas de palomas y saludamos a Moy, el mimo parlante. En el Parnaso, los señordones leían a Bufalino, leían a Kundera o comentaban películas de Tarkovski mientras bebían litros de café carísimo y requemado. ¿Ya vieron Batman Forever?, les preguntamos, y ellos se nos quedaron viendo como si fuéramos retrasados mentales. Entonces entramos al reino multicolor de las carcajadas. Compartimos nuestra tarde con perros flacos y vagabundos milenarios mientras arriba, en el cielo, los ejércitos de la lluvia pasaban lista. De pronto comenzó la guerra: primero fueron unas pocas gotas que sucumbieron a la sed del pavimento, peones sacrificados por el rencoroso dios que inventó el agua. Poco después los alfiles y las torres; el chubasco, el aguacero, la tormenta a cubetadas sobre el paraguas violeta de Saint Germain que no podía cubrirnos a los cuatro. Varios personajes de David Lynch danzaban en trance bajo la lluvia. Sus bocas emitían graznidos y sus afiladas manos de faquir lanzaban piedras hacia el cielo: que llueva, que llueva, la virgen de la cueva. Corrimos a la librería sacudiéndonos el agua y la mala suerte. Ahí vimos postales, libros de magia blanca y magia negra. Ahí hojeamos algunos cómics: Las aventuras eróticas de Wozzek, el perro individual, El Senador Dupont visita Sarajevo, Psiquiatramán contra el Mono Gramático y los Hijos del Limo. El agua se encharcaba dentro de nuestros tenis para luego evaporarse en tufos agridulces. ¿Por qué en el Parnaso no venden libros de Clive Barker?, preguntó Victoria, y los señordones, alarmados, ocultaron su asco enfocando sus redondas gafas en las páginas culturales de La Jornada. Murió Ciorán. ¿Y ese quién es?, pregunté yo; fue entonces cuando los señordones nos echaron a patadas de la librería. Muy mojados llegamos a Sanborns. El Demonio de Tasmania recorría sus dominios con pasos firmes y mirada de halcón. Un menú estilo colonial con precios de tres o cuatro cifras aguardaba debajo de su brazo. El restaurante estaba a reventar: refugiados de la guerra que sacudían sus destartalados paraguas junto a las mesas. ¿Cuántas personas?, nos preguntó cordial el Demonio de Tasmania. Uno, dos, tres, cuatro; somos cuatro, dijo Celso. ¿Fumar o no fumar? Es igual. Por aquí, y lo seguimos a través de las conversaciones y las risas de los distinguidos comensales. Una mesa bien iluminada, pinturas del siglo XVIII en las paredes, ruido moderado y el movimiento eficaz de las meseras, preocupadas por ganarse una buena propina, pero más preocupadas aún por cumplir correctamente con el deber ante los ojos de su estricto capataz el Demonio de Tasmania. Y vimos el menú concienzudamente, aunque de entrada sabíamos que sólo íbamos a tomar café. Cuando sea rico voy a pedir un cóctel grande de camarones, dije yo; cuando consiga trabajo voy a pedir una carne a la tampiqueña, repuso Venus. Y llegaron los cafés y los probamos en silencio. Las cucharitas estaban quietas encima de la mesa, el calor evaporaba el agua de nuestros cuerpos, mientras allá afuera la lluvia seguía trastornando el sopor de las flores. ¿Entonces qué?, preguntó Venus, y todos se me quedaron viendo como si estuviera a punto de contarles un chisme de los gordos, de esos que se paladean a solas mientras el gato Chester nos presta su sonrisa de Gioconda… ¿Entonces qué de qué?, le dije fingiendo no saber, fingiendo estar pensando en otra cosa, como si el ansioso animal no estuviera a punto de salirse de la negra bolsa de cuero donde lo guardaba; como si ninguno de los presentes supiéramos que la Hora de la Verdad había llegado, puntual como la hoja de una guillotina. ¿Entonces qué con el tarot? ¡Ah claro… el tarot! Y así comenzó el rito: sacar al animal de su bolsa, extender el minúsculo tapete donde se irán colocando las cartas. Hacer la sopa cósmica, el caos primordial donde se mezclan los arcanos mayores y los arcanos menores. A ver Venus, corta en tres con tu mano izquierda. Dedos temblorosos, ojos de animal acuático. La tirada más ortodoxa es la cruz celta, sobre todo si es la primera lectura. Coloca una carta aquí, y Venus sacó el dos de pentáculos al revés. Eres géminis ¿verdad? ¿Cómo lo sabes? Porque tú me lo dijiste el otro día. ¡Qué tarado eres! Ahora pon una carta que cruce a la primera: la Sacerdotisa, el diez de bastos en la base, la Luna en el pasado reciente. El asombro y la sorpresa se instalaron con nosotros tomados de la mano. El tres de espadas en el destino, esto se está poniendo bueno. Victoria y Celso miraban las cartas respetuosamente. Celso pensaba en el siete de copas, su carta favorita: el hombre pasmado que ve castillos en el aire. Yo oí cuchicheos en la mesa de junto, las meseras pasaban y nos miraban de reojo. Venus sacó otra carta: el as de copas, el Espíritu Santo montado en su paloma, el desenfrenado amor de Dios por todas y cada una de sus criaturas. Entonces ocurrió… Fue como un eclipse total, como la funesta noticia que arruina sin remedio un noche de bodas. Fue la voz del Demonio de Tasmania a doscientos metros de altura: recojan esas cartas inmediatamente. Nos quedamos inmóviles, nuestras cuatro miradas formaban un enorme signo de interrogación. ¿Pero por qué? Porque aquí no es salón de juegos. Pero esto no es un juego. No me importa, el reglamento lo prohibe. La discusión duró diez eternos minutos y de nada sirvieron amenazas ni súplicas. Es que usted no entiende. Los que no entienden son ustedes, guarden esas cartas, guarden esas cartas, guarden esas cartas, repetía el Demonio d

e Tasmania como un incorruptible robocop de pilas. Oiga señor Capitán, ¿no quiere que le tire el tarot?, aventuré a decir como último recurso. El Demonio de Tasmania peló los ojos y me miró como si le estuviera proponiendo matrimonio. ¡Yo no creo en esas cosas! ¿Y si no cree entonces por qué le da tanto miedo?, preguntó Victoria. ¡No tengo miedo! Si no guardan las cartas, llamaré a seguridad para que los echen y punto. ¿Qué podíamos hacer? El café se había enfriado, los comensales de las mesas vecinas nos miraban como si fuéramos los últimos habitantes de un zoológico inconcebible. Guardé el tarot silenciosamente. Pedimos la cuenta. Venus, Victoria, Celso y yo caminamos con pies de plomo rumbo a la salida, rumbo a la lluvia, rumbo a la nada metafísica. Buenas noches Universo, que sueñes con los angelitos.

Jamás volvimos a vernos. Luego me enteré que Venus se había casado con un vendedor de seguros y que era madre de dos sonrosados querubines. Victoria recibió el premio Nobel de literatura, desde entonces se dedica a firmar autógrafos y a dar conferencias. Celso desapareció en el triángulo de las Bermudas, aunque ahora su estatua adorna casi todas las avenidas y parques de la ciudad. Yo, en cambio, me dedico a recorrer el mundo en una bicicleta sin ruedas. No he vuelto a tocar el tarot.

Imagino al Demonio de Tasmania regresando a su departamento después de una ardua jornada de trabajo. Se quita los zapatos, afloja su corbata color perla y se echa un pedo. ¡Vaya día! Hoy humilló a tres meseras, hizo llorar de rabia a un cocinero y despidió a un lavaplatos analfabeta. El Demonio de Tasmania se prepara un whisky, enciende el televisor y coloca en la video su película porno favorita: El Enano y las siete Blancanieves. Luego se prepara otro whisky y otro whisky y otro whisky hasta quedarse dormido. De pronto se desgajan los muros y por las grietas aparecen los arcanos mayores. Afuera, la Luna recorre el cielo en una silla de ruedas. El Mago arranca un rayo de las nubes y lo clava en medio de los ojos dormidos del Demonio de Tasmania: ¡toma pequeñín, pesadillas para el resto de tus noches! La Rueda de la Fortuna tritura los animalitos de cristal, y ahora te aplastaré los callos. El león escapa de las manos de la Fuerza y destroza los sillones con sus zarpas. El Diablo le llena de plastilina las cavidades del corazón mientras el Loco, armado con un popote, le sorbe el cerebro al Demonio de Tasmania quien no puede despertar, pues el ángel de la Templanza le ha cosido los párpados con los hilos del arcoiris. La Justicia pesa el vacío con su balanza: nada igual a nada; vámonos de aquí muchachos, este pobre individuo no tiene remedio. Los arcanos mayores salen en fila india del departamento. Antes de alejarse, la Muerte coloca una cucaracha viva debajo de la lengua del demonio de Tasmania: éste es tu postre, polluelo, ojalá lo disfrutes mucho.
Imagino a los bomberos rompiendo la puerta dos semanas después y encontrando el cadáver podrido del Demonio de Tasmania. Pero sé que la realidad será otra y no necesito ningún tarot para adivinarla: mañana temprano, el Demonio de Tasmania llegará al Sanborns, puntual como siempre. Será capitán de meseros por el resto de su vida.

© Ricardo Bernal, México, 2002