Este año comenzó con uno de esos cambios aparentemente sin importancia: hemos hecho limpieza en casa y estamos en el proceso de deshacernos de muchos objetos. Pero ocurre que la mayoría de esos objetos son libros. Concretamente, llenamos diez cajas de libros. Quedaron repletas y son buen tamaño. No sabemos exactamente cuántos volúmenes hay en ellas, pero no sonmenos de varios centenares. Hoy, sábado 26 de enero, acaban de sacarlas de la casa. No volverán.

Cajas

Como a mi esposa y a mí nos encanta leer, y somos de las generaciones que todavía aprendieron a apreciar los libros como objetos tangibles (este hábito raro está condenado, por supuesto; en un siglo casi nadie lo recordará), algunas amistades nos han preguntado si hacer esta no fue muy difícil: decidir qué se va y qué se queda, discriminar.

Y la verdad es que sí, lo ha sido, pero no nada más por el hecho abstracto de deshacerse de un montón de objetos apreciados. Lo interesante ha sido lo complejo que resulta el asunto.

Nuestro propósito era estrictamente práctico: ya empezaba a costar trabajo caminar por la casa…, que en realidad es un departamento, cuyos 90 metros cuadrados no son poco espacio pero tampoco son tanto. Los libros y las revistas estaban puestos en cualquier sitio, había pilas de papeles que llevaban años sin usarse, había pilas de ropa (en situación muy similar) amontonada en los armarios, y además estaban el futbolito miniatura, la laptop estropeada desde 1999 y que había sobrevivido a otras dos mudanzas, los cajas de cartón destrozadas que servían de juguetes a los gatos…

Etcétera.

¿Qué hacer, para empezar, con los libros? Era imposible conservarlos todos: amontonados como estaban en mesas y rincones, en doble y hasta triple fila en los libreros, los que estaban a la vista volvían imposible encontrar los que hacían falta o tener a mano los que se estaban leyendo. Suena terrible decir que «sobran» libros en un lugar, pero no podíamos quedarnos así. Teníamos que elegir de qué prescindir y sacarlo, sin vacilar y sin remordimientos.

Para ayudarnos, decidimos seguir tres reglas:  no repetir copias de un mismo título, preferir colecciones que obras sueltas y concentrarnos en preservar, sobre todo, los libros de mejor calidad de una lista de temas que nos importan y tienen que ver con nuestro trabajo. Narrativa, creación literaria, teoría literaria, cine, zombis (que es un tema favorito de mi esposa) y cómic (que es un tema favorito mío). También quedan, claro, pequeñas secciones de poesía, ensayo, viajes, historia, filosofía y otras pocas materias. También quedan las rarezas de valor obvio (como un libro de Jorge Luis Borges autografiado a mi nombre),  los objetos de culto (una colección bastante completa de Jean Ray, enormísimo narrador de Bélgica, prácticamente desconocido en el resto del mundo) y las que son más bien bromas privadas, como el tratado/poema épico new age de seis páginas, el libro de hechicería comprado a una bruja en La Merced o La gran catástrofe universal de 1983, que profetiza el fin del mundo para esa fecha todavía tan cercana. Y también se quedan los libros de los amigos más queridos, los de mensajes y dedicatorias de los que es imposible desprenderse, y los de uso frecuente.

El resto debía irse: los libros muy maltratados (la primera edición que tuve de Cien años de soledad, por ejemplo, totalmente deshecha y que no es antigua sino meramente vieja); los que no merecen una segunda lectura, los que no merecían o no iban a tener siquiera la primera lectura, y también unos cuantos –hay que admitirlo– de personas que parecían ser amigas nuestras y al final resultaron no serlo.

Otra consecuencia del gusto por los libros como objetos, descubro, es el sueño de armar una biblioteca que pueda sobrevivir. El año pasado, el gobierno compró y puso a disposición del público las de varios autores y personalidades de la cultura mexicana del siglo XX, y era lindo de ver la diversidad y el mero tamaño de semejantes colecciones. Se tendrá que mantenerlas ordenadas y en buen estado físico –una tarea ingrata y complicada– para que el público se beneficie de ellas, pero todas, además de ofrecer grandes cantidades de información utilísima, serán mientras se conserven juntas el retrato –una imagen: una metáfora– de la persona que las reunió. El testimonio de una conciencia curiosa, ávida, inteligente o todo a la vez.

Todo eso suena muy bien, naturalmente, al ego, y no digamos al ego de los escritores, que puede ser terrible pero también es, hasta cierto punto, una herramienta necesaria. (Se necesita para sostener la creencia de que se tiene algo que decir y vale la pena hacerlo llegar al mundo: la vanidad, la arrogancia y la venalidad que se achacan al «gremio» en general van más allá de eso.)

Sin embargo, la realidad es que lo primero que exige el mantenimiento de una gran biblioteca es muchísimo espacio: más del que puede tener una persona promedio, y también mejor ordenado, con cuidados constantes. Llenar un departamento de clase media como si fuese una mansión es no hacerle justicia a los libros ni tampoco a las primeras personas –nosotros mismos– que podrían servirse de ellos. Así que se termina la fantasía de una gran biblioteca, perfectamente provista, y se queda lo que tenemos: una colección a nuestra escala humana, en la que no cuente nada salvo la fascinación o el amor que podamos tener por esos objetos y las palabras que contienen.

Si todo sale bien, las diez cajas de libros que se van irán a dar a una biblioteca. Allí, otras personas les darán el uso que nosotros no podíamos darles. De pronto pienso que se salvarán, al menos por un tiempo, del destino de todo lo que se retiene. (Margaret Atwood escribió, palabras más o menos, que los recuerdos más entrañables de una persona, fijos en sus objetos, no son sino la basura que otros desecharán.) Pero también se me ocurre que todos nuestros libros podrían tener al fin –espero que dentro de muchos años– el mismo destino.  A falta de una biblioteca «completa» –de ese sueño que no nos corresponde– tal vez podríamos, con el tiempo, dispersarnos en muchas bibliotecas distintas. No vivir nosotros pero dejar vivir lo que nos fascinó, y lo que amamos.

El nombre del gato es Primo