Jakob von Gunten

Robert Walser, Jakob von Gunten.
Madrid, Siruela, 1998. Traducción de Juan José del Solar.

Una o dos personas recordarán que había prometido esta reseña hace un año, cuando esta bitácora comenzó su andadura. Retraso más retraso, pero aquí está.

* * *

En una ciudad de Europa, a comienzos del siglo XX, el joven Jakob von Gunten se ha inscrito en la Escuela de Muchachos Benjamenta, un instituto cuyo fin es formar buenos sirvientes: mayordomos sumisos y eficientes, mozos de celos apropiados. Al parecer Jakob es un adolescente; al parecer lleva un diario o por lo menos un cuaderno de notas; al parecer tiene relaciones desiguales (si no equívocas o hasta sexuales “entre líneas”) con sus compañeros y hasta con sus (únicos) maestros, Herr Benjamenta y su hermana Lisa. Al parecer su vida es tediosa, mediocre como se espera de un alumno de su escuela, aunque Jakob no sólo se entregue a la disciplina y el vasallaje sino también a incontables reflexiones y fantaseos.
      Salvo unos pocos hechos más (que no revelaré porque alguno es un poco más tremendo, y así espero dar un incentivo a quienes creen en los finales de los libros), esto es todo lo que se encuentra en las páginas de la novela Jakob von Gunten, publicada originalmente en 1909 y considerada, como el resto de la obra de su autor, un libro de culto. Probablemente lo es incluso ahora. Durante muchas décadas luego de su muerte en 1956, Robert Walser fue considerado un escritor “para escritores” (elogiado por Kafka y Canetti y Vila-Matas, entre otros, pero no leído por casi nadie más) y sólo hasta hace pocos años su fama se ha incrementado, al pasar de tres generaciones de admiradores secretos; sin embargo, sus nuevos lectores deben plantearse la misma pregunta que los de hace medio siglo: cómo entender el poder irresistible de una escritura que no desea la grandeza, que se concentra en nimiedades y fruslerías y que siempre elude las “verdades”, los “hechos”, las “lecciones” que nutren a tantos libros gordos y célebres.
      Jakob von Gunten es un ejemplo de ese poder aparentamente inexplicable, que proviene, creo, de dos facultades de la escritura que rara vez van juntas: Walser es al mismo tiempo leve, levísimo, y reticente. No se concentra sino en lo pequeño, y ni siquiera allí lo dice todo: su escritura linda con el silencio (el silencio doble al que se relega cuanto se calla, pero también cuanto se considera indigno), y tal vez está más cerca de él –de la nada que para Samuel Beckett era manchada por cualquier intento de enunciación– que cualquier otro escritor en la literatura de Occidente.
      Un ejemplo: todo el tiempo Jakob nos engaña (o se engaña él solo) contando anécdotas que no son del todo ciertas, pero las verdades que va revelando tras cada mentira no son tan importantes: no apuntan a ninguna parte oculta de la trama, e incluso varios “secretos” que se anuncian resultan no existir en absoluto. Por el contrario, lo que más se destaca en sus relaciones de la vida en el Instituto Benjamenta (el nombre de “Escuela de Muchachos” acaso es provisional, o inventado) es lo poco que cuentan las “conquistas interiores”, los atisbos más allá de las superficies. “Dios está con los que no piensan”, escribe Jakob, y el texto parece rebelarse en contra de las prácticas habituales de la interpretación incluso cuando finge proponer parábolas:

Para seres tan bajos y humildes como nosotros, los alumnos, no existe nada divertido. La criatura degradada se lo toma todo en serio, pero también a la ligera, casi frívolamente. La lección de baile, urbanidad y gimnasia es para mí como la vida misma, esa vida pública, grande, importante, y el aula se transforma ante mis ojos en una alcoba señorial, en una calle concurridísima, en un castillo de antiguos y largos corredores, en una oficina pública, en el despacho de un sabio, en los salones de una dama, en cualquier cosa, según las posibilidades. Tenemos que entrar, saludar, inclinarnos, hablar, despachar asuntos o encargos imaginarios, atender pedidos; y de repente nos sentamos a una mesa y comemos a la usanza capitalina, atendidos por criados. Schacht, o incluso Kraus, representan el papel de una gran dama de la aristocracia a la que yo me encargo de entretener. Luego somos todos grandes señores, sin exceptuar a Peter el Larguirucho, que siempre se ha sentido un caballero. Después bailamos, dando saltitos de un lado a otro, seguidos por la sonriente mirada de la maestra, hasta que nos precipitamos a socorrer a un herido, víctima de un atropello callejero. Regalamos cualquier pequeñez a supuestos mendigos, escribimos cartas, gritamos a nuestros subalternos, asistimos a la asamblea, buscamos lugares donde se hable francés, practicamos el deporte de quitarse el sombrero, hablamos de caza, finanzas y arte, besamos, con humildad, los cinco preciosos dedos que graciosamente nos tiende alguna que otra dama –queremos creer que bien dispuesta hacia nosotros–, vagabundeamos como vagabundos, bebemos el café a sorbitos, comemos jamón al borgoña, dormimos en camas imaginarias y, también aparentemente, nos levantamos con las primeras luces diciendo: “Buenos días, señor juez de primera instancia”, nos pegamos, porque esto también es muy frecuente en nuestro mundo, y hacemos todo lo que acontece en la vida. Si nos cansamos de todas estas necedades la señorita golpea el borde de la mesa con su varita y dice: “¡Allons, muchachos! ¡A trabajar!” Y se reanuda el trabajo.

Así, el texto se deja leer como la historia de un narrador indigno de confianza pero que no exige el desciframiento de lo que “verdaderamente está pasando”: al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en Los papeles de Aspern de Henry James, nada hay que averiguar o que vislumbrar en las diabluras nimias de Jakob salvo su voluntad de empequeñecerse, de no ser muy interesante ni memorable, y en cambio meramente distraerse, pasar el tiempo en el perfeccionamiento de su propia existencia, entendido literalmente: no ser “mejor”, no ser “más grande”, sino dejarse ser. Esta voluntad de despojamiento deja la impresión de un enigma distinto de los habituales, más allá de lo que las propias palabras pueden decir. Jakob von Gunten es, por lo tanto, una búsqueda –distinta– de los límites del lenguaje.
      Nacido en Biel, Suiza, en 1878, Walser es famoso por haberse recluido voluntariamente en un par de manicomios, en los que pasó las últimas décadas de su vida paseando, negándose a todo reconocimiento y escribiendo numerosos textos que jamás se molestó en publicar (y que sólo recientemente han podido recobrarse); murió en los alrededores del sanatorio de Herisau en la Navidad de 1956, congelado en la nieve a la que había salido a dar un paseo.
      He aquí otra paradoja de su vida póstuma: Jakob von Gunten ha sido llevada al cine ya en dos ocasiones. La versión más reciente es Instituto Benjamenta, o Ese sueño que la gente llama vida humana (1995) de Stephen y Timothy Quay, que es un filme extraordinario: una relectura literal, y a la vez onírica, de la novela.