(Este perfil de Alan Moore, escritor admiradísimo por estos rumbos, apareció hace un par de meses en la revista Fahrenheit.)

Alan Moore (Northampton, Reino Unido, 1953) es un creador icónico. Le bastaría, quizá, su aspecto: está su barba castaña, larguísima, que se confunde con su melena, abundante y descuidada; están sus ojos profundos y ensombrecidos, fotografiados con frecuencia en la famosa pose Kubrick. Está también su vestimenta: a veces pantalones ajustados y una camiseta negra sin mangas –que no lo hacen verse sexy (no es un hombre atlético) sino extraño, como un habitante de un mundo de ciencia ficción– y a veces trajes de aspecto anticuado; siempre, numerosos anillos en los dedos y otros pendientes y adornos, asociados con su afición a lo sobrenatural. Un poco Rasputín, un poco eremita de caverna, un poco autor hipster, Moore fue consagrado en la cultura global en 2007 al aparecer en “Husbands and Knives”, un episodio de la temporada 19 de Los Simpson. Su imagen y sus intervenciones siguen siendo lo más recordado del programa: fue –es aún, quizá– el epítome del artista indignado, a la vez comprometido socialmente, crítico de la venalidad de nuestra época y extrañamente separado de ésta, obsesionado con sus propias búsquedas.
      El que una persona se convierta en un icono quiere decir que su imagen se simplifica y, hasta cierto punto, se falsea. La sorpresa es que la obra de Moore, como la de otros grandes iconos, tiene mucho que ver con la superficie que le ha tocado en suerte.
      Moore escapó de ser uno más de la generación que se volcó –y se agotó– en la contracultura de los años sesenta gracias a su impulso creativo. Primero dibujante de comics (no muy bueno) y luego guionista, se abrió paso en revistas como la venerable 2000AD y mostró desde el principio un deseo constante de romper los moldes: los hábitos de los historietistas a destajo que eran la mayoría de sus colegas y que se limitaban a repetir los argumentos de años y décadas previas. Moore intentó numerosos experimentos, buscó la colaboración de los mejores artistas disponibles (Dave Gibbons, Steve Bissette, J. H. Williams III, Eddie Campbell y Melinda Gebbie han hecho lo mejor de su obra a partir de guiones suyos) y nutrió su trabajo con influencias de todo tipo. Dos de sus tres grandes propuestas en el terreno del guión tienen que ver con esas influencias: la revisión de personajes preexistentes, para volverlos más complejos, y el juego constante con referencias intertextuales. La tercera es una actitud rebelde: un escepticismo y una crítica del poder que nunca se vuelven panfletarios porque se realizan por medio de un distanciamiento irónico, despiadado.
      Sólo el trabajo inglés de Moore, cuya época de mayor esplendor fue de 1982 a 1989, le habría deparado ser un clásico del cómic: de hecho, le habrían bastado Marvelman, versión nietzscheana de Superman que, en muy buena medida, lleva la idea del superhéroe a su límite absoluto, y V for Vendetta, una historia de ciencia ficción sobre una rebelión anarquista en el futuro próximo (la máscara de Guy Fawkes que lleva su héroe es la que utilizan ahora numerosos grupos de protesta en todo el mundo, pues se volvió célebre a partir de la versión fílmica de James McTeigue). Pero la gran oportunidad de Moore vino cuando, reclutado por la editora estadounidense DC Comics, escribió los guiones de Swamp Thing (1983-87), una revista que bajo su mando pasó de ser un título genérico de horror a una demostración –al menos, para el mainstream del mundo desarrollado– de que el medio del cómic podía alcanzar la misma sofisticación que cualquier otra de las artes. Poco después, Watchmen, su libro central –una nueva y brutal deconstrucción del arquetipo del superhéroe–, apareció serializado por DC en 1986 y en un solo volumen al año siguiente: no sólo cambió para siempre la historieta industrial estadounidense, al atraer a un público adulto a personajes que previamente se habían considerado “para niños”, sino que se convirtió en precursor de incontables obras que han buscado lograr el mismo efecto y de un cambio general en la percepción del valor del cómic. Cuando menos, todo el cine actual de superhéroes, con su mezcla de seriedad adulta y espectacularidad infantil, debe todo al trabajo de Moore y otros pioneros como Neil Gaiman, Peter Milligan o Grant Morrison.
      Posteriormente, Moore ha seguido un camino distinto al de todos ellos al distanciarse del cómic industrial; aunque pudo mantener una relación tenue con DC por años y ésta le publicó dos series importantes: Promethea (1999-2005) y los primeros volúmenes de The League of Extraordinary Gentlemen (1999-), el trabajo más constante de Moore ha sido en editoras independientes como Top Shelf, que se ha encargado de reunir y promover su obra madura desde From Hell (1999), una extraordinaria novela histórica alrededor de la figura de Jack el Destripador, y Lost Girls (2006), una historia de la pornografía y el erotismo con el telón de fondo de la Primera Guerra Mundial.
      Los últimos proyectos de Moore, más allá del cómic, refuerzan la impresión de su versatilidad, su interés por lo marginal y su cuestionamiento de las tendencias de moda. Ha escrito novela (Voice of the Fire), ha creado performance, y uno de sus  últimos proyectos, Dodgem Logic, es un fanzine impreso: ¡en pleno siglo XXI!