{"id":9643,"date":"2012-10-17T11:57:44","date_gmt":"2012-10-17T16:57:44","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=9643"},"modified":"2024-05-04T18:02:48","modified_gmt":"2024-05-05T00:02:48","slug":"el-beso","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-beso\/","title":{"rendered":"El beso"},"content":{"rendered":"<p>Despu\u00e9s de todo, \u00e9ste s\u00ed ser\u00e1 el mes de los cuatro cuentos. He aqu\u00ed el segundo.<\/p>\n<p>Aunque no es muy conocido en M\u00e9xico, Tommaso Landolfi (1908-1979) es uno de los grandes escritores italianos del siglo XX. Narrador y traductor, era un gran artesano del lenguaje y tambi\u00e9n un imaginador prodigioso, interesado siempre en el contacto entre lo racional y lo irracional, en lo misterioso de la existencia humana, en el azar y el destino. \u00abEl beso\u00bb apareci\u00f3 hace a\u00f1os en una gran antolog\u00eda de su obra breve compilada por Italo Calvino (<em>Invenciones<\/em>, Siruela, 1991) y forma parte tambi\u00e9n de la novela <em>Ottavio di Saint Vincent<\/em> (1958). La traducci\u00f3n es de Mar\u00eda Teresa Meneses.<\/p>\n<p><strong>EL BESO<br \/>\nTommaso Landolfi<\/strong><\/p>\n<p>El notario D., soltero y todav\u00eda joven pero endemoniadamente t\u00edmido con las mujeres, apag\u00f3 la luz y se dispuso a dormir; en eso estaba cuando sinti\u00f3 algo sobre los labios: como un soplo o, m\u00e1s bien, como el roce de un ala. No le prest\u00f3 mucha atenci\u00f3n, pudo haber sido el viento provocado por las frazadas al moverlas o bien una peque\u00f1a mariposa nocturna, as\u00ed que de inmediato se qued\u00f3 dormido. Pero la noche siguiente advirti\u00f3 la misma sensaci\u00f3n, pero algo distinta: en lugar de que se escurriera, aquella cosa se detuvo un instante sobre sus labios. Un poco asombrado, si es que no alarmado, el notario volvi\u00f3 a encender la luz y mir\u00f3 in\u00fatilmente a su alrededor; luego sacudi\u00f3 la cabeza y tambi\u00e9n en esta ocasi\u00f3n decidi\u00f3 volver a dormirse, aunque le cost\u00f3 un poco m\u00e1s de trabajo. La tercera noche, finalmente, aquella cosa fue todav\u00eda m\u00e1s sensible y se declar\u00f3 por lo que realmente era, no hab\u00eda duda: \u00a1era un beso! Un beso, se podr\u00eda decir, que la oscuridad misma le daba, casi como si ella se concentrase por un momento en la boca del notario. Quien, por lo dem\u00e1s, no lo entend\u00eda de esta manera: un beso siempre es un beso y aun cuando, \u00e9ste, fuese un poquito \u00e1rido y no h\u00famedo y dulce como \u00e9l lo so\u00f1aba, de todas maneras siempre seguir\u00eda siendo un regalo del cielo. Probablemente se trataba de una proyecci\u00f3n de sus deseos secretos, en resumen, de una alucinaci\u00f3n. \u00a1Pues bienvenida sea! Turbado, deleitado y asustado, nuestro h\u00e9roe permaneci\u00f3 tendido como un tonto en la oscuridad (a la que \u00e9l juzgaba, no sin raz\u00f3n, pr\u00f3nuba); y m\u00e1s tarde experiment\u00f3 el placer de recibir un nuevo beso.<br \/>\nDe noche en noche los besos se hicieron m\u00e1s frecuentes y m\u00e1s sustanciosos, aunque el notario, no obstante esto, no lograra encontrarles ning\u00fan sabor de boca femenina. Y a partir de este momento, el notario, aunque lo aconsejase su antigua raz\u00f3n, qued\u00f3 cautivo del insano anhelo de intentar de evocar, de alguna manera, a la criatura que se los prodigaba: estaba cansado de aferrar siempre el aire, y un beso bien presupone una criatura que lo d\u00e9, \u00bfo no? La cual podr\u00e1 ser todo lo et\u00e9rea y sutil que se quiera, pero tiene que existir una manera para que se pueda condensar, para que uno pueda estrecharla entre sus brazos. \u00a1Dios m\u00edo!, no era que \u00e9l ya hubiese perdido el sentido de todas las relaciones cuando dieron inicio los primeros besos, quiz\u00e1 se imaginaba o se ilusionaba que su anhelo ser\u00eda suficiente para darle cuerpo a su alucinaci\u00f3n; pero muy pronto ya no le quedaron dudas de la real existencia de una besadora.<br \/>\nSin embargo, mirando las cosas m\u00e1s de cerca, \u00bfcu\u00e1l era, adem\u00e1s, la forma para inducirla a manifestarse menos parcialmente, para guiarla hacia la corporeidad? El notario se dio cuenta perfectamente de que no dispon\u00eda, para dicha necesidad, m\u00e1s que de medios ps\u00edquicos; por lo que se concentr\u00f3, cada vez que era besado, a dilatar su voluntad y sus energ\u00edas, esforz\u00e1ndose en captar en el instante una part\u00edcula de la inasible criatura, de su fluido o de su sustancia; part\u00edculas que, al sumarse, deber\u00edan terminar con dar lugar a un ser, cualquiera que fuese. A esta pr\u00e1ctica le agreg\u00f3 enseguida una acci\u00f3n de provocaci\u00f3n o solicitaci\u00f3n de la oscuridad. Y si de verdad \u00e9se era el m\u00e9todo correcto o era por motivos muy diversos, no pas\u00f3 mucho tiempo para que empezara a recoger los frutos de tantos intentos vanos.<br \/>\nPara esto era un impedimento que su habitaci\u00f3n se asomara a un angosto patio, sin embargo, durante las horas nocturnas no se beneficiaba de ninguna luz externa; y para excluirla de la claridad, por otra parte, hubiera sido suficiente con la persiana en la ventana, cuyas varillas, excepcionalmente, empalmaban como era debido. No obstante, en esa oscuridad de horno, al notario le pareci\u00f3 que divis\u00f3 una noche como otra oscuridad, una oscuridad m\u00e1s negra; una sombra, dig\u00e1moslo de manera absurda, s\u00f3lo que no se sab\u00eda bien a bien d\u00f3nde estaba ni qu\u00e9 contorno ten\u00eda. M\u00e1s singular todav\u00eda lo fue la segunda noche en la habitaci\u00f3n cuando se levant\u00f3 una especie de sangu\u00ednea aurora: una d\u00e9bil y siniestra luminosidad que surgi\u00f3 de la tierra y se fij\u00f3 en lo alto, casi como una aurora boreal, en forma de list\u00f3n ribeteado, espeluznante, ondeando al viento, apag\u00e1ndose, luego, gradualmente. Finalmente (pasando a otro orden de acontecimientos), una noche, \u00e9l pudo o\u00edr muy claramente una risita que proven\u00eda de una esquina, pero era una risa g\u00e9lida, no alegre, artificial.<br \/>\nDe dichos resultados, el notario no sab\u00eda si alegrarse o asustarse; porque la criatura se le estaba revelando muy diferente a la que hab\u00eda imaginado, sin contar que no parec\u00eda dispuesta a posteriores concesiones. \u00c9l suspendi\u00f3 por un tiempo sus pr\u00e1cticas de evocaciones; pero no por ello aquella cosa ces\u00f3 de manifestarse de diferentes maneras. En cuanto a sus besos, ya se hab\u00edan vuelto devoradores. Y \u00e9l, enflaquecido, exhausto y como vaciado, perdi\u00f3 el sue\u00f1o y el apetito, angustiosamente se preguntaba si no ser\u00eda obligado a ir muy lejos; su trabajo se estaba yendo a pique, su salud estaba gravemente amenazada, ya no pod\u00eda seguir as\u00ed. Como \u00faltimo recurso decidi\u00f3, tard\u00edamente, hacer eso que acaso le pudo haber sido de ayuda desde el principio: es decir, convino consigo mismo dormir con la luz prendida. La decisi\u00f3n, que era como dar por perdida la partida y renunciar a todo, le cost\u00f3 no poco a sus rom\u00e1nticas disposiciones; pero tambi\u00e9n es verdad que desde el tiempo en el que empezaron sus primeros \u00e9xtasis, desde cuando se vio objeto de esas misteriosas atenciones, \u00e9stos le hab\u00edan cedido su lugar al sentimiento de un peligro inminente. Como quiera que sea, comenz\u00f3 a dormir en plena luz; \u00a1y adem\u00e1s, a poder dormir!<br \/>\nDurante alg\u00fan tiempo todo anduvo bien, y \u00e9l retomaba un poco de aliento, aunque se sent\u00eda como que le hac\u00eda falta algo; pero he aqu\u00ed que una noche, all\u00ed, en plena luz, nuevamente tuvo o sinti\u00f3 un beso. Pero la verdad, cuando sucedi\u00f3 se encontraba (que era lo menos que le pod\u00eda pasar) durmiendo, y se despert\u00f3 sobresaltado, pudiendo pensar que hab\u00eda so\u00f1ado; sin embargo, cuando volvi\u00f3 a dormitar, o mejor dicho mientras todav\u00eda estaba entre la vigilia y el sue\u00f1o, un nuevo y gallardo beso se imprimi\u00f3 en sus labios. ?Se imprimi\u00f3?, as\u00ed suele decirse; pero en realidad ese beso fue como una tromba de aire. En resumen, el notario entendi\u00f3 que la criatura, al dejar de contar con la oscuridad, ahora se aprovechaba de su sue\u00f1o, y que ya nada la detendr\u00eda. Y a la vez la atroz sospecha que durante largo tiempo \u00e9l hab\u00eda rechazado se volvi\u00f3 certeza; la criatura se alimentaba de \u00e9l, se hac\u00eda grande y fuerte con su sangre, con su vida, con su alma.<br \/>\nEsta verificaci\u00f3n tuvo por efecto el de quitarle al notario las pocas fuerzas que le quedaban y de derribarlo en una obtusa resignaci\u00f3n; a partir de este momento, su existencia no fue m\u00e1s que una larga, y no demasiado larga, espera de la inevitable muerte.<br \/>\nEra idiota, grotesco, un asunto semejante y sin embargo no parec\u00eda que hubiese defensa contra ella; grotesco y tr\u00e1gico, como a menudo acontece. \u00bfEscapar? \u00bfPero a d\u00f3nde o de qu\u00e9 valdr\u00eda si a lo mejor fue \u00e9l quien hab\u00eda inventado a la criatura? \u00bfY en caso de que se pudiera escapar, d\u00f3nde se hab\u00edan quedado la fuerza y la voluntad de hacerlo? Lo mejor ser\u00eda, en cambio, ayudarla a terminar su obra, para que todo se cumpliera en el m\u00e1s breve tiempo posible; y buscar, por lo menos, verla o entreverla, ahora que ya se hab\u00eda robustecido. S\u00ed, el \u00fanico sentimiento que sobreviv\u00eda en \u00e9l era una especie de curiosidad infame, de la cual, de hecho, \u00e9l se avergonzaba, pero contra la cual se sent\u00eda impotente. Comenz\u00f3 con apagar la luz: la mejor manera de darle seguridad y valent\u00eda.<br \/>\nVio o prob\u00f3 infinidad de cosas en sus noches de agon\u00eda, y todas horrendamente absurdas. Primero fue como una inmensa masa que parec\u00eda ocupar la habitaci\u00f3n entera y era, no obstante, extra\u00f1amente vacua, distinta a la tupida oscuridad circundante, si es que puede distinguirse un vac\u00edo en un vac\u00edo, similar a ciertas cortaduras en el negro \u00e9ter c\u00f3smico; ella hormigueaba de ap\u00e9ndices o zarpas o tent\u00e1culos, que se plegaban y resurg\u00edan casi bajo la acci\u00f3n de un viento oculto. Luego, de repente, esta masa negativa, esta burbuja de vac\u00edo, se transform\u00f3 en algo extremadamente exiguo y agudo, insinuante, que se fraccionaba en arroyuelos mil, invad\u00eda todo y a \u00e9l mismo a manera de circulaci\u00f3n capilar. O bien en la habitaci\u00f3n se difund\u00eda un sutil olor dulz\u00f3n y p\u00fatrido, evocador de im\u00e1genes incomprensibles y de paisajes jam\u00e1s vistos. O era s\u00f3lo un sentimiento, semejante m\u00e1s bien a una fugaz memoria, que con efecto indescifrablemente espantoso parec\u00eda anticiparse a s\u00ed mismo o dejar detr\u00e1s de cada cosa toda plausible experiencia, o afrontar lo indefinido, lo inexistente. Y otra vez risitas, g\u00e9lidas muecas, rozaduras no lejanas a los escalofr\u00edos; y un acre sabor en la boca, aunque como si se percibiera a trav\u00e9s de toda la superficie del cuerpo.<br \/>\nPero las horas del notario ya estaban contadas. La \u00faltima noche, ante sus ojos (del cuerpo y del esp\u00edritu) se abri\u00f3 un enorme abismo derramado, una vor\u00e1gine gris\u00e1cea semejante a una matriz o a un nicho, que ya estaba encima, y lo llamaba desde la c\u00faspide de su espiral. Al mismo tiempo su piel, reducida a \u00e1rida escama, se iba transformando en una amortiguada fosforescencia, que no era signo de vida sino de corrupci\u00f3n, de la que se levantaban los fuegos fatuos. Se vio a s\u00ed mismo como un pez de las profundidades, d\u00e9bilmente luminoso en el negro abismo: y al llegar a este punto, ya no ten\u00eda sangre, en su lugar estaba esa tenue luz que de all\u00ed a un instante tambi\u00e9n se apagar\u00eda; era el fin. Se abandon\u00f3; y quiz\u00e1 en ese \u00faltimo instante, como premio a su abandono, le fue concedido mirar cara a cara eso que le hab\u00eda succionado la vida, y que ahora le arrancaba el supremo beso.<br \/>\nFue el fin. Y la criatura desconocida se levant\u00f3 nuevamente del despojo vac\u00edo y corri\u00f3 por el mundo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Una historia de horror de Tommaso Landolfi (1908-1979), maestro italiano del cuento extra\u00f1o.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":9646,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,2540,2541,2542,296,2855,1026,2291,2543,528],"class_list":["post-9643","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-beso","tag-escritores-italianos","tag-invenciones","tag-italo-calvino","tag-literatura","tag-literatura-de-horror","tag-literatura-de-imaginacion","tag-ottavio-di-saint-vincent","tag-tommaso-landolfi"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2012\/10\/Landolfi.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-2vx","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9643","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=9643"}],"version-history":[{"count":6,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9643\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16295,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9643\/revisions\/16295"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/9646"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=9643"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=9643"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=9643"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}