{"id":9366,"date":"2012-06-26T09:18:14","date_gmt":"2012-06-26T14:18:14","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=9366"},"modified":"2022-02-05T14:12:23","modified_gmt":"2022-02-05T20:12:23","slug":"acerca-de-ciudades","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/acerca-de-ciudades\/","title":{"rendered":"Acerca de ciudades que crecen descontroladamente"},"content":{"rendered":"<p>He aqu\u00ed un cuento sobre el poder, la historia y la vida en comunidad de la escritora argentina Ang\u00e9lica Gorodischer (1928-2022), proveniente de un libro extraordinario: <em>Kalpa imperial<\/em> (1983). El libro entero, publicado en plena dictadura en su pa\u00eds natal, puede leerse como una cr\u00edtica y un desaf\u00edo; a la conciencia pol\u00edtica, este cuento en concreto agrega una forma enga\u00f1osamente simple y una serie de personajes sorprendentes, que revelan sorpresas en cada relectura. <\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"9370\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/acerca-de-ciudades\/angelicagorodischer\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2012\/06\/AngelicaGorodischer.jpg\" data-orig-size=\"400,269\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"Ang\u00e9lica Gorodischer\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2012\/06\/AngelicaGorodischer.jpg\" class=\"aligncenter size-full wp-image-9370\" title=\"Ang\u00e9lica Gorodischer\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2012\/06\/AngelicaGorodischer.jpg\" alt=\"\" width=\"400\" height=\"269\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2012\/06\/AngelicaGorodischer.jpg 400w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2012\/06\/AngelicaGorodischer-300x201.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 400px) 100vw, 400px\" \/><\/p>\n<p><strong>ACERCA DE CIUDADES QUE CRECEN DESCONTROLADAMENTE<\/strong><\/p>\n<p><strong>Ang\u00e9lica Gorodischer<\/strong><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 90%;\">\u00a0\u00a0\u00a0aquel cuarto (encierro empecinado<br \/>\ncad\u00e1veres del sol tirados entre<br \/>\namapolas<br \/>\nhombres sumisos ya heridos en los<br \/>\nbotes pidiendo socorro vanamente)<br \/>\nyo dir\u00eda un cubo atravesado con voces obligatorias con horarios trastornados<br \/>\npero les pidi\u00f3 por favor que no hablaran hasta que pudiera decirles<br \/>\nlas razones que afectaban a las<br \/>\nciudades contaminadas por el aire espeso de<br \/>\nbobinas<br \/>\nmotores<br \/>\nf\u00e1bricas<br \/>\nautom\u00f3viles<br \/>\nsubterr\u00e1neos<br \/>\nabejas africanas<br \/>\ntigres en celo<br \/>\namantes abandonadas en el muelle de las brumas.<br \/>\nbicicletas montadas por parejas dif\u00edciles de<br \/>\ndefinir.<\/span><\/p>\n<p align=\"right\">Alfredo Veirav\u00e9, <em>El imperio milenario<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Dijo el narrador: \u2014Con muchos nombres la llamaron y muchos or\u00edgenes le pretendieron y todo era mentira. Los nombres, porque no fueron m\u00e1s que invenciones de hombrecitos oscuros, ambiciosos y rastreros, que lo \u00fanico que quer\u00edan era ascender un escal\u00f3n m\u00e1s en una miserable repartici\u00f3n oficial o conseguir un lugar entre los adulones de palacio o un poco de dinero extra para satisfacer alguna peque\u00f1a vanidad. Los or\u00edgenes, porque tambi\u00e9n fueron trabajosos artificios maquinados para incluir alg\u00fan personaje influyente en la genealog\u00eda de un h\u00e9roe que la habr\u00eda fundado en un rapto de locura divina. Faro del Desierto la llamaron, y tambi\u00e9n Joya del Norte. Estrella, Madre, Gu\u00eda, Cuna, todas esas palabras que, como ver\u00e1n ustedes, est\u00e1n estrechamente relacionadas, se le aplicaron en designaciones vanidosas y huecas. Que el hermano menor de Ylle\u00e4dil el Grande, hambriento y aterido, perseguido por los que hab\u00edan destronado al Emperador Guerrero, hab\u00eda llegado hasta el pie de los montes y hab\u00eda desenvainado la espada imperial para quitarse la vida, pero que en vez de hundir la hoja en su coraz\u00f3n la hab\u00eda clavado en la tierra y hab\u00eda dicho: \u00abAqu\u00ed se levantar\u00e1 la nueva capital del nuevo Imperio\u00bb, eso se dijo. Y tambi\u00e9n que una virgen desvalida hab\u00eda llegado hasta all\u00ed, all\u00ed mismo, donde todav\u00eda se alza la Fuente de los Cinco R\u00edos, y hab\u00eda cavado con las manos un pozo en la tierra mojada por las lluvias y se hab\u00eda enterrado viva en el barro mezclado con su sangre antes que permitir que el lascivo Emperador la mancillara. No se dijo cu\u00e1l era el emperador aunque hubo quienes arriesgaron algunos nombres, todos perfectamente factibles porque no faltaron, y no s\u00f3lo no faltaron sino que si se los contabiliza bien sobraron, se\u00f1ores lascivos en el trono del Imperio. Pero se sostuvo que este emperador se arrepinti\u00f3, cosa que ya es bastante menos factible, y levant\u00f3 un monumento a la ni\u00f1a que se le hab\u00eda escapado de entre los gordos dedos; y que levant\u00f3 tambi\u00e9n algunas viviendas para los cuidadores del monumento. Otros fruncen el ce\u00f1o, tosen, alzan los ojos al cielo y explican c\u00f3mo Ylleranves el Fil\u00f3sofo tambi\u00e9n llamado el Narices no por el ap\u00e9ndice que le crece a la gente com\u00fan y a los emperadores tambi\u00e9n en el medio de la cara, sino por su olfato para hacer lo que no deb\u00eda, hab\u00eda reconocido el lugar corno el asiento del Jard\u00edn de la Belleza Perfecta del que hablan los libros m\u00edsticos, y hab\u00eda querido poblarlo con una ciudad perfecta en la que viviera una nueva generaci\u00f3n perfecta que repitiera la edad de oro del hombre. Claro que el Narices no tuvo tiempo para tanto porque era a\u00fan joven cuando por suerte lo cortaron en rebanadas los hombres de su guardia personal y elevaron al trono a Legyi el Corto que no fue peor que Ylleranves porque era dif\u00edcil ser peor emperador que el Narices, pero que fue casi tan nefasto como \u00e9l, aunque tuvieron la dicha, \u00e9l y el Imperio, de que lo casaran con una mujer en\u00e9rgica, inteligente y justa. S\u00ed, se\u00f1ores, s\u00ed, la Emperatriz Ahia&#8217;Della que dio al Imperio hijos y nietos y bisnietos tan justos y sensatos como ella, cosa que fue un merecido descanso para todos.<br \/>\nY esas invenciones, desgraciadamente, se asentaron en cr\u00f3nicas que se escribieron en libros a los que todo el mundo respet\u00f3 y por lo tanto crey\u00f3, solamente porque eran gruesos, dif\u00edciles de manejar, aburridos y viejos. Tambi\u00e9n figuraron en leyendas que son esos recitados en los que todo el mundo dice que no cree porque son poco serios y en los que todo el mundo cree precisamente porque son poco serios. Y se cantaron en canciones insidiosas que por f\u00e1ciles se repitieron en las plazas y en los puertos y en los salones de baile. Y nada era verdad, nada: ni los or\u00edgenes novelescos ni los nombres sonoros y fantasiosos.<br \/>\nYo soy el que les va a contar c\u00f3mo sucedieron las cosas, porque es a los contadores de cuentos a quienes toca decir la verdad aunque la verdad no tenga el brillo de lo inventado sino la otra belleza, a la que los tontos califican de miserable o mezquina.<br \/>\n\u00bfVen la ciudad? \u00bfLa ven ahora, tal como es? Empieza en el llano, de pronto, con las espaldas de las casas vueltas a lo que fue un desierto. No tiene puertas de honor ni almenas ni torres ni muros de ronda. Se mete uno por un hueco que es una calle, y asciende. Desde lejos es un cuadriculado irregular y lleno de colores, agujereado por puntos oscuros que son de luz en la noche. Se entretejen las calles y los edificios y los balcones y las fachadas, y los talleres se codean con las mansiones y los comercios con los ministerios y muy pocos de sus habitantes la conocen a fondo. No me arriesgar\u00eda a afirmar que es un laberinto. Dir\u00eda si tuviera que describirla en pocas palabras que una colonia de insectos escap\u00f3 enloquecida de una telara\u00f1a feroz y construy\u00f3 algo para protegerse. Sube por la ladera, sube con una temeridad desesperada en la que no falta el orgullo. Apoya los cimientos en la piedra o en la arena, no importa d\u00f3nde: la cuesti\u00f3n es subir hasta lo imposible. Lo consigue, como era de esperar: los montes desaparecen bajo las paredes, los balcones, las terrazas, los parques; crece una plaza oblicua cerrada por arcadas de piedra contra una cuesta abrupta; el tercer piso de una casa es el s\u00f3tano de otra que se abre a la calle siguiente; la pared oeste de un ministerio linda con las rejas del patio de una escuela para ni\u00f1as sordas; los basamentos de la casona de un funcionario se convierten en la buharda de un edificio abandonado, mientras una gatera coronada por una archivolta agregada doscientos a\u00f1os despu\u00e9s sirve de t\u00fanel hacia un dep\u00f3sito de carb\u00f3n, y un entrepa\u00f1o hace las veces de crucero de una ventana con escudos de oro en los vidrios, y los tragaluces no miran al cielo sino a una galer\u00eda con adarajas de cer\u00e1mica. Una calle que serpentea hacia arriba y otra vez hac\u00eda abajo se convierte sin aviso previo en el jard\u00edn de una se\u00f1ora viuda; un mercado desemboca en un templo y el preg\u00f3n del vendedor de objetos de cobre se mezcla con las admoniciones del preste; la sala de moribundos de un hospital abre sus ventanas al despacho de bebidas de un ex presidiario; el farmac\u00e9utico tiene que atravesar la biblioteca de la Agrupaci\u00f3n de Patrones Cargadores para ir a tomar su ba\u00f1o; una palmera frizzata crece en el despacho de un juez de paz y sale hacia la fachada por un boquete abierto en la mamposter\u00eda. Y no hay veh\u00edculos porque nada que sea m\u00e1s ancho que los hombros de una persona puede circular por las calles, lo que quiere decir que los gordos y los levantadores de pesas tienen enormes problemas para salir a pasear y hasta para ir a lo del carnicero a comprar un cordero tierno para la comida del d\u00eda siguiente.<br \/>\nY no la fundaron ni la espada de un h\u00e9roe ni el sacrificio de una virgen, ni se llam\u00f3 nunca Reina del Alba. All\u00ed en las catacumbas pintadas hoy con colores fosforescentes donde bailan los j\u00f3venes disolutos y se emborrachan los que van a morir, all\u00ed vivieron bandoleros y contrabandistas y asesinos cuando el Imperio era joven y luchaba por su unidad, y desde all\u00ed trazaron un sendero de mulas que bordeaba los montes y atravesaba los marjales para llegar a ciudades y pueblos donde ejerc\u00edan sus nobles profesiones: he ah\u00ed la miserable belleza de la verdad.<br \/>\nUn poco m\u00e1s arriba de la boca de las catacumbas levant\u00f3 su palacio de piedra alguien de quien todos ustedes han o\u00eddo hablar pero a quien no conocen en absoluto: Drauwdo el Fortach\u00f3n. El palacio no era un palacio sino una construcci\u00f3n torcida y malformada, amplia, de techos bajos, sin ventanas, con un hueco abierto hacia el sur por el que hab\u00eda que entrar a gatas, una enorme chimenea adentro y afuera un foso erizado de estacas puntiagudas en el fondo.<br \/>\nDrauwdo era est\u00fapido, cruel, ignorante y vanidoso, cualidades que fueron su perdici\u00f3n. Pero era fuerte y valiente a su modo, cualidades que le valieron su breve y violento caudillaje. Capitane\u00f3 a los bandoleros y a los asesinos y se organiz\u00f3 a su alrededor pero no gracias a \u00e9l una especie de tropa desharrapada que asaltaba y mataba para conseguir lo que fuera, vestidos, comida, muebles, oro, sobre todo oro. El jefe conced\u00eda premios, una mujer aqu\u00ed, un pu\u00f1ado m\u00e1s de piedras preciosas all\u00e1, una parcela de tierra ac\u00e1. Y los segundones emulaban al jefe y constru\u00edan sus casas de piedra si a eso pod\u00eda llamarse casas, mientras el grueso de la recua segu\u00eda abrig\u00e1ndose en las cavernas y en los t\u00faneles.<br \/>\nUno de esos no tan raros emperadores ilustrados y progresistas se inclin\u00f3 un d\u00eda sobre un mapa del Imperio y ese gesto banal termin\u00f3 con el liderazgo de Drauwdo el Fortach\u00f3n, el tonto vanidoso cruel y valiente a su modo.<br \/>\n\u2014Aqu\u00ed \u2014dijo el Emperador,<br \/>\ny puso su dedo manicurado y enjoyado en un punto sobre la costa de un mar fr\u00edo y brumoso, muy al norte. Y mir\u00f3 a los ingenieros y a los ge\u00f3logos y a los capitanes de su marina mercante y sigui\u00f3:<br \/>\n\u2014Si construimos un puerto aqu\u00ed, el transporte de mercader\u00edas hacia el este se har\u00e1 m\u00e1s r\u00e1pidamente y costar\u00e1 mucho menos.<br \/>\nAs\u00ed que los ingenieros y los ge\u00f3logos se pusieron a trabajar, los capitanes a esperar, y Drauwdo, sin saberlo, a agonizar.<br \/>\nSe tendi\u00f3 un camino desde la lejana capital hasta los montes, y los bandoleros del Fortach\u00f3n salieron alegremente de las casas de piedra y de las cuevas y mataron a los capataces y a los obreros y les robaron lo poco que ten\u00edan y Drauwdo felicit\u00f3 a sus hombres y reparti\u00f3 equitativamente el bot\u00edn. Ya ven c\u00f3mo era de est\u00fapido.<br \/>\nEl Emperador pregunt\u00f3:<br \/>\n\u2014\u00bfBandoleros?<br \/>\nY un capitancito que no era muy valiente pero que no era ning\u00fan est\u00fapido, recibi\u00f3 una orden de un coronel que la hab\u00eda recibido de un general que la hab\u00eda recibido de un ministro que hab\u00eda o\u00eddo la pregunta del Emperador, prepar\u00f3 una emboscada y en tres horas, sin arrugarse el uniforme y sin perder ning\u00fan hombre, termin\u00f3 con Drauwdo y sus asesinos, sus segundones, sus cavern\u00edcolas y sus contrabandistas. Con todos, seg\u00fan crey\u00f3 y seg\u00fan inform\u00f3 a sus superiores, cosa que aceler\u00f3 su ascenso en el arma de choque y por lo tanto adelant\u00f3 considerablemente la fecha de su muerte.<br \/>\nS\u00f3lo que uno de los hombres de Drauwdo se hab\u00eda salvado, huyendo a tiempo y escondi\u00e9ndose en las cuevas m\u00e1s profundas. Bah, ni siquiera era un hombre, era un muchachito al que llamaban el Raposo, un aprendiz de bandido, una sanguijuela insignificante nacida y criada en las alcantarillas de alguna ciudad, que no hab\u00eda servido en los dominios de Drauwdo m\u00e1s que para cumplir encargos viles y recibir golpes y burlas. Pero cuando las cabezas de Drauwdo y los bandoleros se exhibieron al borde del camino en construcci\u00f3n, clavadas en picas pudri\u00e9ndose al sol, cubiertas de moscas doradas y verdes, la cabeza del Raposo segu\u00eda pegada a su cuello pensando lo poco que semejante cabeza hab\u00eda aprendido a pensar.<br \/>\nEl camino contorne\u00f3 los montes, atraves\u00f3 el llano y hendi\u00f3 los marjales que se desecaron y se fertilizaron. Se construy\u00f3 el puerto, llegaron los barcos, los veh\u00edculos rodaron cargados hasta el tope, y el Raposo se sent\u00f3 a la boca de una cueva y esper\u00f3.<br \/>\nPara cuando el ilustre Emperador muri\u00f3 y para cuando lo sucedi\u00f3 su hijo mayor que fue incluso m\u00e1s ilustre que \u00e9l, las cuevas estaban vac\u00edas y nadie se sentaba a esperar a la entrada oscura. Pero directamente debajo, a la orilla del camino, se alzaban paradores y casas de comida, albergues y tiendas donde se vend\u00edan ejes, ruedas, riendas, forrajes, mantas, y todo lo que necesita el conductor de un veh\u00edculo de carga. El due\u00f1o de todo eso era un hombre flaco y moreno, de cara zorruna y pocas palabras, que hab\u00eda empezado vendi\u00e9ndoles frutas silvestres a los obreros del camino y hab\u00eda hecho fortuna r\u00e1pidamente. Se llamaba Nilkamm que es un nombre del sur pero nombre al fin, y estaba sentado tras el mostrador del albergue principal mirando entrar y salir a sus clientes, vigilando a sus empleados, calculando si valdr\u00eda la pena levantar otra construcci\u00f3n un poco m\u00e1s all\u00e1, quiz\u00e1 sobre la ladera, una casa con muchas habitaciones y una terraza sobre el llano, y traer a algunas mujeres de la capital.<br \/>\nY para cuando la joven Emperatriz tuvo su segundo hijo, que fue una hija, la princesa Hilfa, la del nombre desdichado y la vida desdichada, el se\u00f1or Nilkamm&#8217;Dau era presidente de la C\u00e1mara de Comercio de la ciudad, se hab\u00eda casado con la viuda de un magistrado de la capital, viv\u00eda en una gran casa construida sobre los cimientos de piedra de las casas deformes de los segundones de Drauwdo el Fortach\u00f3n, y los burdeles, las casas de juego y los albergues dudosos ten\u00edan nominalmente otro due\u00f1o.<br \/>\nEra entonces una ciudad de paso, una ciudad de calles anchas pero retorcidas que no llevaban a ning\u00fan puerto, a ninguna playa, a ning\u00fan belvedere, sino a otras calles retorcidas que mor\u00edan en un pared\u00f3n desprolijo o en un bald\u00edo sembrado de basuras. Hab\u00eda m\u00e1s gatos fam\u00e9licos que jacas de pelo brillante enjaezadas de cuero y plata; hab\u00eda m\u00e1s suicidas que maestros, m\u00e1s borrachos que matem\u00e1ticos, m\u00e1s fulleros que m\u00fasicos, m\u00e1s viajantes que contadores de cuentos, m\u00e1s encantadores de serpientes que arquitectos, m\u00e1s curanderos que poetas. Y sin embargo, ah, sin embargo era una ciudad inquieta, era una ciudad que estaba reclamando algo y no sab\u00eda muy bien qu\u00e9, como les pasa a todos los j\u00f3venes.<br \/>\nLo encontr\u00f3, claro que s\u00ed, con creces, como que lo tuvo todo y lo perdi\u00f3 todo y lo volvi\u00f3 a tener y fue la Joya del Norte y fue la Madre de las Artes y el Faro del Caminante y la Cuna de la dicha: como que surgieron las leyendas de h\u00e9roes desdichados y v\u00edrgenes perseguidas y sabios visionarios y tantas cosas m\u00e1s, lo sublime, lo incre\u00edble, lo rid\u00edculo y la mentira.<br \/>\nEl hombre se llamaba Ferager-Manad y era escultor y lleg\u00f3 vestido lujosamente en un coche tirado por las primeras jacas de pelo brillante y arreos de cuero y plata que ve\u00eda la ciudad, y atendido por tres sirvientes. Es cierto que en el coche y los animales y los servidores se hab\u00eda gastado hasta su \u00faltima moneda porque no era un escultor muy bueno y hac\u00eda mucho que nadie le encargaba grupos aleg\u00f3ricos ni monumentos y ni siquiera un peque\u00f1o bajorrelieve para una tumba modesta. Pero tambi\u00e9n es cierto que esperaba encontrar en la ciudad su fortuna porque hac\u00eda apenas veinte d\u00edas que hab\u00eda muerto el se\u00f1or Nilkamm&#8217;Dau, primer alcalde de la ciudad, presidente de la C\u00e1mara de Comercio, del Club de Residentes Fundadores, forjador del primer Censo Municipal, la primera escuela, el primer hospital, la primera biblioteca, el primer asilo y la primera repartici\u00f3n oficial acopiadora de carnes, cueros y granos. Y su viuda que ya lo era dos veces pero que ya no era joven y se ve\u00eda obligada a encontrar cuanto antes otros motivos de admiraci\u00f3n y respeto, ella que secretamente lo hab\u00eda despreciado por su origen humilde y porque ven\u00eda del sur, se encontr\u00f3 con una fortuna m\u00e1s copiosa de lo que en sus insomnios hab\u00eda calculado y decidi\u00f3 no s\u00f3lo exhibir una peque\u00f1a parte del dinero sino tambi\u00e9n hacerse perdonar su desprecio agradeciendo a su silencioso marido la riqueza y la muerte. Pens\u00f3 en un mausoleo, qu\u00e9 buena idea. Un mausoleo era lo que les hac\u00eda falta, a ella, a su segundo marido y al humilde cementerio en las afueras. A ver, se dijo, un escultor, un escultor venido de la capital, un artista salido de la regia Academia Imperial que levante un monumento en m\u00e1rmol rosa y negro, coronado por figuras dolientes, cubierto de guirnaldas y de \u00e1nforas, rodeado por rejas de bronce rematadas en juncieras donde ardan hierbas arom\u00e1ticas. Y eligi\u00f3 un nombre al azar, porque cre\u00eda recordarlo y porque figuraba entre los de los egresados de la Academia.<br \/>\nUstedes han visto lo que queda: las bellas mujeres de m\u00e1rmol con t\u00fanicas de m\u00e1rmol y cabelleras flotantes de m\u00e1rmol lloran alrededor de una silueta yacente y una de ellas levanta las manos al cielo clamando por el que se ha ido. Pero el cementerio ya no est\u00e1, invadido por la ciudad que lo fue borrando hasta olvidarlo, y lo que fue una cripta es hoy un dep\u00f3sito de golosinas y las figuras dolientes se apoyan en el tanque de agua que surte a las oficinas del Registro de la Propiedad Inmueble. Y sin embargo no es eso lo que pesa en el orden de los acontecimientos: la piedra se trabaja, se modela y se pule y los ojos vac\u00edos de las estatuas miran a los hombres pero no los ven. Lo que s\u00ed importa son los hombres, que tienen ojos y a veces ven; lo que s\u00ed importa es que el escultor era viudo y pobre y su mandataria era viuda y rica. Se casaron, no antes de que se terminara el monumento f\u00fanebre porque eso hubiera sido una inconveniencia, pero se casaron apenas encendidos los pu\u00f1ados de hierbas arom\u00e1ticas, y el escultor pag\u00f3 sus deudas y adquiri\u00f3 sirvientes y m\u00e1s coches y m\u00e1s jacas y ya no trabaj\u00f3 el m\u00e1rmol ni el bronce y se convirti\u00f3 en mecenas, que es mucho m\u00e1s descansado, menos peligroso y m\u00e1s honorable.<br \/>\nEntonces llegaron los artistas. Los primeros no eran m\u00e1s que bochincheros y holgazanes que hab\u00edan o\u00eddo decir que en esa ciudad viv\u00eda un rico protector de las artes que les dar\u00eda de comer y les pagar\u00eda el alojamiento mientras ellos se sentaban en los caf\u00e9s hasta la madrugada, hablando de los poemas que escribir\u00edan, de los cuadros que pintar\u00edan de las sinfon\u00edas que compondr\u00edan, ri\u00e9ndose del mundo que hasta entonces no los hab\u00eda comprendido y despreciando al hombre rico que dec\u00eda que s\u00ed los comprend\u00eda y que antes de pagarles la cama y el vino y la sopa les hac\u00eda escuchar la descripci\u00f3n de sus propias obras, y peor, les daba consejos. Pero despu\u00e9s llegaron otros, que no se sentaban en los caf\u00e9s sino ocasionalmente y que pasaban la mayor parte del tiempo encerrados en cuartos silenciosos y tejiendo palabras o mezclando colores y sonidos. Entre todos \u00e9sos que hab\u00edan ido llegando a la ciudad, antes o despu\u00e9s, hab\u00eda algunos a los que les faltaba talento; a otros les faltaba disciplina, a otros dedicaci\u00f3n. Pero a todos les sobraba imaginaci\u00f3n. La ciudad subi\u00f3 y se retorci\u00f3 a\u00fan m\u00e1s: no gan\u00f3 en elegancia pero s\u00ed en cierta belleza exc\u00e9ntrica e inesperada. Se construyeron galer\u00edas vidriadas a las que se llegaba por escaleras que arrancaban de cualquier parte, del medio de una calle, del balc\u00f3n del primer piso de una casa, y hasta de otras escaleras; se construyeron casas redondas, casas laber\u00ednticas, casas subterr\u00e1neas, estudios min\u00fasculos, grandes salas de m\u00fasica, teatros de c\u00e1mara, estadios para conciertos. Cambi\u00f3 la moda, y los severos trajes de los comerciantes y los tristes vestidos de cuello alto de sus mujeres, dieron paso a blusones violeta y verde, a delantales manchados de pintura, a hopalandas, capas, t\u00fanicas, chalecos, torsos desnudos, chalinas, sandalias, botas, chinelas bordadas, pies descalzos, babuchas floreadas, coturnos, cadenas doradas, aros en una sola oreja, collares, pulseras, vinchas, tatuajes, petos, cuentas de colores incrustadas en la frente, ajorcas y camafeos. Los horarios tambi\u00e9n cambiaron: esa ciudad que se levantaba temprano, desayunaba apresuradamente, trabajaba, almorzaba en paz en su casa, segu\u00eda trabajando, com\u00eda en familia y se acostaba con las primeras estrellas, desapareci\u00f3 poco a poco. Los comercios y las instituciones abr\u00edan ahora casi a mediod\u00eda, las horas de la tarde eran las de mayor actividad, los caf\u00e9s y las casas de comida estaban siempre repletos y a la noche la ciudad brillaba y desde el lejano puerto muy al norte pod\u00eda verse sobre los montes un halo de luz que no se apagaba, que s\u00f3lo empalidec\u00eda con la salida del sol.<br \/>\nPero no nos olvidemos de Ferager-Manad y su mujer: ella no pudo darse el gusto de enviudar por tercera vez y fue una l\u00e1stima si se piensa en qu\u00e9 monumento f\u00fanebre extraordinario pudo haber erigido a su marido ahora que ten\u00eda a su alcance tantos escultores entre los cuales elegir. Se muri\u00f3 de apoplej\u00eda una tarde de verano y lamento decir que el viudo no pens\u00f3 en mausoleos sino en salir todas las noches con sus protegidos a probar nuevas bebidas y nuevas muchachas mientras hablaban de la forma pura o del contenido trascendente de la l\u00ednea. Se muri\u00f3 a su vez, no sin haber empleado varios a\u00f1os en productivas discusiones y cateos, de una pulmon\u00eda, y lo enterraron apresuradamente porque ya le quedaba muy poco de la inmensa fortuna que le hab\u00eda dejado su mujer, y en cualquier parte, porque la puerta del mausoleo rematado con figuras dolientes estaba trancada y no se la pudo abrir.<br \/>\nY no nos olvidemos de la capital. Se sentaba en el trono del Imperio Mezsiadar III el Asceta, un hombre bien intencionado que dedicaba tantas horas y tanta energ\u00eda a hacer el bien que s\u00f3lo logr\u00f3 hacer tanto mal como veinte emperadores cargados de iniquidad juntos. Mezsiadar quer\u00eda que todos sus s\u00fabditos fueran buenos, y \u00e9sa es una pretensi\u00f3n peligrosa. Se hab\u00edan terminado los d\u00edas pac\u00edficos de la dinast\u00eda de los Danoubbes fundada hac\u00eda siglos por Cellasdanm el Gordo, un emperador ni bueno ni malo que comprend\u00eda, quiz\u00e1 por pereza, que los hombres y las mujeres no son ni buenos ni malos y que m\u00e1s val\u00eda dejarlos que siguieran siendo as\u00ed, y reinaban los Embaroddar de los que se dec\u00eda aquello de \u00abBisabuelo negro, abuelo blanco, padre negro, hijo blanco, nieto negro, bisnieto blanco\u00bb porque si un emperador reinaba bien, seguro que el siguiente ser\u00eda una desgracia; y si un emperador reinaba mal las gentes se consolaban pensando que el sucesor har\u00eda dichoso a su pueblo. Los Embaroddar tambi\u00e9n conoc\u00edan el dicho, y como Mezsiadar II hab\u00eda sido un buen emperador, Mezsiadar III ser\u00eda sin duda una desdicha para todos, s\u00f3lo que \u00e9l estaba decidido a lo contrario y fue justamente por eso que se cumpli\u00f3 lo que se esperaba de los miembros de esa larga dinast\u00eda que por suerte estaba por terminarse aunque en ese momento nadie lo sab\u00eda.<br \/>\nMadre de las Artes la llamaban en ese momento a la ciudad, y sus habitantes, pobres tontos, se sent\u00edan muy orgullosos de semejante nombre. Mezsiadar el Asceta oy\u00f3 hablar de la Madre de las Artes y desconfi\u00f3, no porque recelara de las artes sino porque por inclinaci\u00f3n y por convicci\u00f3n desconfiaba de todo. Pidi\u00f3 informes y los funcionarios de la ciudad, pobres tontos ellos tambi\u00e9n, elevaron un memorial entusiasta y detallado. As\u00ed que como primera medida Mezsiadar el Asceta les hizo cortar la cabeza.<br \/>\n\u2014\u00a1C\u00f3mo! \u2014dijo el Emperador al llegar a la p\u00e1gina 174 del memorial que ten\u00eda 215\u2014. \u00bfY la piedad? \u00bfY la decencia? \u00bfY el recato? \u00bfY el pudor y la modestia y la frugalidad y el sacrificio?<br \/>\nMezsiadar III el Asceta ten\u00eda miedo de s\u00ed mismo y sus noches eran agitadas. Eso, creo, lo explica todo. Despu\u00e9s de haber mandado que cortaran la cabeza a los funcionarios de la ciudad, se sent\u00f3 solo en la penumbra, en una habitaci\u00f3n desnuda y fr\u00eda y pens\u00f3 detenidamente en la ciudad multicolor que viv\u00eda de noche, en los so\u00f1adores descalzos, en las modelos desnudas, en la promiscuidad, el ajenjo, el ocio; pens\u00f3 en las cosas que pasan en la oscuridad, pens\u00f3 en roces y murmullos, pens\u00f3 en habitaciones alfombradas, en voces roncas, en instrumentos de cuerda que ta\u00f1en perezosamente, en escaleras estrechas que llevan a ambientes sofocantes donde se adivinan las formas de los cuerpos y el olor picante se mete por las narices; pens\u00f3 en lenguas, en pechos, en muslos, en sexos y en nalgas, pintados, cantados, de carne, bamboleantes, groseros, burlones, pesados, inmundamente atractivos. Esa noche rechaz\u00f3 la comida, se acost\u00f3 en la cama sin mantas y tuvo fiebre. Al d\u00eda siguiente dos cuerpos, de ej\u00e9rcito partieron hacia la ciudad.<br \/>\nCuando muri\u00f3 o escap\u00f3 el \u00faltimo de los artistas, vaya a saber si fue un actor o un poeta o un m\u00fasico, los soldados pintaron de gris verdoso todas las fachadas, cortaron las enredaderas y echaron desinfectante en los s\u00f3tanos y en los estudios de techos de vidrio y en las salas de m\u00fasica. Con las pinturas y los la\u00fades y los libros se hizo una gran hoguera que ti\u00f1\u00f3 de luz por \u00faltima vez la noche de la cima de los montes. La ciudad fue un cuartel durante toda la vida de Mezsiadar el Asceta que no por eso pas\u00f3 noches m\u00e1s tranquilas ni tuvo menos dolores de cabeza o calambres en las tripas. Al contrario, se le cubrieron los brazos, los hombros y la cabeza de un eczema pustuloso al que consider\u00f3 un castigo por no haber tratado de saber antes lo que pasaba en la ciudad de los montes, de modo que pidi\u00f3 informes sobre todas las otras ciudades del Imperio que ya eran much\u00edsimas; pero lo que pas\u00f3 en otras ciudades del Imperio no es cosa que me toque a m\u00ed contar. Un noble de su s\u00e9quito daba vuelta las p\u00e1ginas de los innumerables informes porque el Emperador ten\u00eda las manos atadas a los brazos del sill\u00f3n para evitar que se rascara. De paso, no muri\u00f3 de eso ni muri\u00f3 leyendo informes. Muri\u00f3 pocos a\u00f1os despu\u00e9s, cuando ya del eczema no iban quedando m\u00e1s que las cicatrices, y los m\u00e9dicos del palacio dijeron que se le hab\u00eda reventado el h\u00edgado, vaya a saber por qu\u00e9.<br \/>\nSu sucesor fue Riggameth II, un Emperador blanco que hab\u00eda odiado profundamente a su padre desde muy chico y que lo sigui\u00f3 odiando aun despu\u00e9s de muerto Mezsiadar. Por lo tanto trat\u00f3 de deshacer todo lo que el Asceta hab\u00eda hecho. Aunque Riggameth lleg\u00f3 a viejo no tuvo tiempo para deshacerlo estrictamente todo, pero alcanz\u00f3 a hacer bastante: sacar al ej\u00e9rcito de la ciudad gris, por ejemplo.<br \/>\nSe fueron los soldados y los capitanes y los tenientes, y algunas gentes pintaron sus casas de blanco o de rosa o de verde; alg\u00fan muchacho compuso una canci\u00f3n, alguna mujer dibuj\u00f3 un paisaje, sin que por eso se los ahorcara. Se abri\u00f3 un teatro, una o dos enredaderas volvieron a dar brotes. Y aunque nunca fue otra vez la Madre de las Artes, tuvo su cuota razonable de m\u00fasicos, de actores y de poetas.<br \/>\nY en el orden secreto de las cosas aparecen entonces dos mujeres: a una de ellas el Asceta la hubiera aprobado sin reservas puesto que era viuda, limpia y tonta; no hab\u00eda conocido m\u00e1s que un hombre en su vida y hab\u00eda considerado la experiencia como un largo calvario. A la otra la hubiera hecho quemar en la plaza p\u00fablica por indecente, que lo era, por imp\u00fadica, que lo era, y por promiscua, que tambi\u00e9n lo era.<br \/>\nNinguna de las dos era ya joven, y las dos se acordaban de la ciudad tal como hab\u00eda sido antes de la piadosa intervenci\u00f3n del difunto Emperador. A la viuda le gustaban la jardiner\u00eda y el bordado, y a la otra le gustaban los hombres. La viuda reverenciaba el recuerdo de Mezsiadar y la otra escup\u00eda cuando se lo nombraba en su presencia. La viuda cavaba en su jard\u00edn para plantar un reto\u00f1o de trissingalia adurata cuando se moj\u00f3 las manos en agua caliente que parec\u00eda venir de la profundidad del suelo. La otra hab\u00eda sido modelo y amante de pintores y escultores y hab\u00eda abierto despu\u00e9s un albergue para oficiales; se le estaba terminando el dinero de los artistas y de los militares y trataba de adivinar qu\u00e9 negocio podr\u00eda instalar, algo entretenido, un local por el que pasara mucha gente, un lugar en el que pudiera conversar con muchos clientes y quiz\u00e1 tambi\u00e9n, por qu\u00e9 no, quiz\u00e1, en fin, aunque ya no era la muchacha que hab\u00eda sido, quiz\u00e1.<br \/>\nFue as\u00ed como se descubrieron las fuentes de aguas termales. A una mujer se le inund\u00f3 el jard\u00edn con aguas salobres que le marchitaban las plantas, y decepcionada puso en venta su casa. Otra mujer la compr\u00f3 pensando que la gran habitaci\u00f3n del frente podr\u00eda servir para poner un sal\u00f3n de t\u00e9, pero como el agua no dejaba de manar, llam\u00f3 al maestro&#8217; de la escuela del barrio y le pregunt\u00f3 qu\u00e9 podr\u00eda ser eso.<br \/>\nLa primera fuente termal de la ciudad se levant\u00f3 en un jard\u00edn interior, en la casa reci\u00e9n comprada en la que no funcionar\u00eda ya un sal\u00f3n de t\u00e9. La viuda aficionada a la jardiner\u00eda intent\u00f3 un pleito sosteniendo que la otra sab\u00eda qu\u00e9 era lo que surg\u00eda del subsuelo y hab\u00eda comprado con fraude por mucho menos de lo que la casa val\u00eda. Pero la otra se rio y hasta le ofreci\u00f3 dinero a modo de compensaci\u00f3n, y cuando la viuda no acept\u00f3 dej\u00f3 el asunto en manos de sus abogados y se dedic\u00f3 a su negocio as\u00ed que no se enter\u00f3, o si se enter\u00f3 no le dio mucha importancia, de que la viuda hab\u00eda perdido el pleito. Se hizo rica por otra parte, muy rica; no me refiero a la viuda sino a la otra, por supuesto, y lleg\u00f3 a dirigir m\u00e1s de una docena de establecimientos termales hasta que se cas\u00f3 y vendi\u00f3 una parte y puso administradores en la otra parte y se fue a viajar. Se cas\u00f3 con un noble arruinado, un hombre muy buen mozo, muy tranquilo, muy elegante, que hasta la quiso un poco. Y fue ella la que mand\u00f3 construir la Fuente de los Cinco R\u00edos.<br \/>\nUna ciudad termal no puede ser gris: fue blanca. Se levantaron hoteles, consultorios y casas de reposo; son\u00f3 una m\u00fasica lenta que adormec\u00eda a los pacientes encerrados en sus habitaciones o sometidos a masajes o a gimnasia o a ba\u00f1os de barro; tintine\u00f3 el cristal en las l\u00e1mparas, los vasos y las jarras, y nadie tuvo de qu\u00e9 quejarse, del Emperador para abajo, nadie salvo los enfermos que rezongaban porque estaban enfermos, porque los masajes eran muy violentos o muy suaves o porque el agua estaba muy fr\u00eda o muy caliente o porque no los daban de alta o porque los daban de alta o porque les cobraban demasiado. Pero los enfermos ven\u00edan de todas partes, a veces de muy lejos, a dejar su dinero en la ciudad, as\u00ed que todos los escuchaban con una sonrisa y si ten\u00edan tiempo trataban de darles el gusto.<br \/>\nLes voy a hablar ahora de Blaggarde II el Escuchador, aquel Emperador que ten\u00eda sue\u00f1os y visiones y o\u00eda voces que sal\u00edan de las piedras y que sin embargo no fue un mal gobernante. \u00bfO quiz\u00e1 fue precisamente porque ten\u00eda visiones y o\u00eda voces que no fue un mal gobernante? Menudo problema, que un contador de cuentos no tiene por qu\u00e9 tener la pretensi\u00f3n de resolver; de modo que sigamos. Hac\u00eda por lo menos trescientos a\u00f1os que las aguas tibias y saladas sal\u00edan de la tierra, y los hombres hab\u00edan construido ingeniosos y bellos artificios para el l\u00edquido que los hab\u00eda hecho ricos y les hab\u00eda tra\u00eddo la paz: la Fuente de los Cinco R\u00edos no se secaba nunca; estatuas de mujeres danzantes lanzaban chorros transparentes por la boca; figuras de regordetes ni\u00f1os de piedra ahuecaban las manos entre las que se ocultaba el surtidor de bronce; grandes copas de alabastro, monstruos alados de picos abiertos, improbables florones de m\u00e1rmol dejaban caer hilos de agua en estanques desde los que se escurr\u00edan hacia las piletas y las piscinas y los lagos artificiales, cuando Blaggarde II march\u00f3 hacia el sur a sofocar la rebeli\u00f3n. Ya sabemos en qu\u00e9 termin\u00f3 esa expedici\u00f3n y c\u00f3mo influy\u00f3 sobre Blaggarde el Escuchador, sobre su estirpe y sobre la historia del Imperio. Pero lo que a veces no se dice en las cr\u00f3nicas es que la herida que finalmente llev\u00f3 al Emperador a la muerte qued\u00f3 abierta desde el d\u00eda de la \u00faltima batalla, y que ning\u00fan cirujano pudo conseguir que cerrara, ni siquiera temporariamente. Un a\u00f1o despu\u00e9s de la incursi\u00f3n al sur alguien le habl\u00f3 al Emperador de las aguas que lo curaban todo, en la ciudad de los montes, a la que ahora llamaban Estrella de la Esperanza, y el Escuchador viaj\u00f3 una vez m\u00e1s, pero no hacia el sur sino hacia el norte; no a caballo en uniforme de gala, sino reclinado en una litera y abrigado con ropas y mantas de lana; no entre cantos sino entre lamentos; no rodeado de soldados sino de m\u00e9dicos y enfermeros, y vio una ciudad amable y blanca, un poco desprolija pero s\u00f3lida, donde ni las voces ni la m\u00fasica se alzaban hasta la indiscreci\u00f3n, donde todo se hac\u00eda pausadamente y donde casi todos los que caminaban por las calles o se asomaban a las ventanas ten\u00edan los ojos tan apagados como los del Se\u00f1or del Imperio.<br \/>\nSe construy\u00f3 un palacio. Esta vez un verdadero palacio, no un deforme refugio de piedra: un palacio erizado de torres, flanqueado por jardines y terrazas a los que asomaban los ventanales de vidrios azules de los comedores y las salas de reposo, y los ventanales de vidrios amarillos o carmes\u00edes de las salas de diversiones y fiestas; un palacio de estancias desmesuradas y corredores interminables, con sus propias bocas de agua para el Emperador enfermo.<br \/>\nBlaggarde el Escuchador no descuid\u00f3 sus funciones: ya no vest\u00eda cota de malla ni sal\u00eda a guerrear y la vida se le iba por la herida que rezumaba d\u00eda y noche, pero nunca dej\u00f3 de ocuparse de los asuntos del Imperio. Primero llegaron los ministros y despu\u00e9s los secretarios. Hubo que llamar al personal administrativo y de comunicaciones con la lejana capital. Entonces aparecieron algunos nobles con sus familias y sus servidores. Y cuando el Emperador dispuso que la Emperatriz y sus hijos fueran a vivir junto a \u00e9l, la siguieren las damas y los preceptores, los proveedores de palacio y m\u00e1s familias nobles, y las guardias personales y los genuflexos y las peque\u00f1as gentes que rodean a los poderosos.<br \/>\nLa ciudad cambi\u00f3 otra vez. Se demolieron muchas construcciones para dar cabida a las grandes casas de los se\u00f1ores; se arrasaron grupos de edificios para tender parques y jardines, se ensancharon las calles para que pudieran pasear los coches, y se reg\u00f3 el desierto para abastecer de frutas y legumbres y flores a una poblaci\u00f3n que cubr\u00eda los montes y se desbordaba en los llanos. Sin embargo no fue todo destrucci\u00f3n y hubo cosas que permanecieron: las bocas del agua que lo curaba todo o casi todo, la Fuente de los Cinco R\u00edos, los subterr\u00e1neos de Drauwdo el Fortach\u00f3n, alg\u00fan inexplicable cimiento de piedra r\u00fastica, el mausoleo del primer alcalde de la ciudad, alguna escalera estrafalaria en mitad de una calle.<br \/>\nLa herida del Emperador se sec\u00f3 pero sus bordes inflamados no se juntaban a pesar de las dolorosas suturas y de los no menos dolorosos cocimientos con que se la cubr\u00eda. El Emperador comprendi\u00f3, o quiz\u00e1 se lo dijeron las voces que sal\u00edan de las piedras, que iba a pasar all\u00ed el resto de su vida, y firm\u00f3 entonces un decreto por el cual la ciudad de los montes se convert\u00eda en la capital del Imperio. Y todo el Imperio puso los ojos en la nueva capital y todos los caminos convergieron a los montes m\u00e1s all\u00e1 de lo que hab\u00eda sido un desierto, y todos los ambiciosos so\u00f1aron con irse a vivir all\u00ed y algunos lo hicieron, y no hubo en muchos cientos de a\u00f1os en el pasado y en el futuro una capital tan esplendorosa, tan rica, tan activa, tan bella, tan pr\u00f3spera. Y las dinast\u00edas de los Selbidd\u00f3\u00e9s, de los Avvoggardios y de los Rubbaerderum gobernaron desde all\u00ed el vasto Imperio, en algunos casos bien, en otros regular, en otros mal, como sucede siempre, y el agua sigui\u00f3 manando y algunos palacios cayeron y se levantaron otros y algunas calles se abrieron y otras se cerraron entre las casas y los parques, y las mujeres dieron a luz, los poetas cantaron, los ladrones robaron, los contadores de cuentos se sentaron en los pabellones y le hablaron a la gente, los archivistas enceguecieron clasificando viejos escritos, los jueces dictaminaron, las parejas se amaron y lloraron, los hombres pelearon por cosas est\u00fapidas que de todos modos no les iban a durar mucho, los jardineros produjeron nuevas variedades de amelantos, los asesinos se agazaparon en las sombras, los chicos inventaron juegos, los herreros golpearon, los locos aullaron, las muchachas se enamoraron y los desesperados se ahorcaron y un d\u00eda naci\u00f3 una ni\u00f1a con los ojos abiertos. No es tan grande prodigio como creen las gentes simples: a cada rato nacen chicos con los ojos abiertos aunque hay que reconocer que en general vienen al mundo con los ojos sensatamente cerrados, pero todos creen que los ojos abiertos de un reci\u00e9n nacido anuncian grandes hechos, fastos o nefastos pero grandes, en la vida del chico. Y los padres de la ni\u00f1a cometieron la torpeza de repetirlo para vanagloriarse y de repet\u00edrselo a ella a fin de prepararla para su destino, y la hija les crey\u00f3. Si se hubiera tratado de otra cosa probablemente hubiera sonre\u00eddo como sonr\u00eden las hijas ante las tonter\u00edas de los padres y lo hubiera olvidado; pero eso de que a uno le anuncien que su vida va a estar sembrada de hechos grandiosos es algo que cualquiera est\u00e1 dispuesto a creer. Cuando Sesdimillia ten\u00eda diez a\u00f1os mir\u00f3 a su alrededor y se pregunt\u00f3 de d\u00f3nde vendr\u00edan la grandeza, la fama, la tragedia, el martirio, la felicidad, la gloria. La ciudad trabajaba y se divert\u00eda y viv\u00eda y se mor\u00eda, y all\u00e1 arriba brillaba el palacio imperial.<br \/>\n\u2014Yo voy a ser Emperatriz \u2014dijo.<br \/>\nNo ten\u00eda muchas posibilidades de llegar al trono porque no era hija de reyes ni de nobles sino de un comerciante moderadamente pr\u00f3spero, pero lleg\u00f3.<br \/>\nCuando ella ten\u00eda veinte a\u00f1os muri\u00f3 el viejo Emperador Llando\u00efvar, el que alcanz\u00f3 los ciento un a\u00f1os, y lo sucedi\u00f3 su bisnieto mayor Ledono\u00efnor, porque ya todos los hijos y las hijas y los nietos hab\u00edan muerto. Y el nuevo Emperador estuvo a punto de casarse con la hija de un Duque con la que hab\u00eda jugado en los jardines del palacio cuando eran muy chicos, pero Ledono\u00efnor I el Vac\u00edo no llevaba su apodo por nada. No amaba a la hija del Duque porque no parec\u00eda amar a nadie ni a nada ni interesarse por nadie ni por nada. Tampoco am\u00f3 a esa muchacha de pelo negro, \u00e1gil, eficiente, bella y dura, que extra\u00f1amente ocupaba en el palacio el cargo de Jefe de las Fuerzas de Vigilancia Interna que hab\u00eda ganado dos a\u00f1os atr\u00e1s disfrazada de hombre, demostrando mayor capacidad y destreza en la lucha con armas y a mano desnuda que todos sus oponentes varones, que eran muchos. Pero dos meses antes de la boda del Emperador con la hija del Duque entr\u00f3 inexplicablemente un asesino en el palacio y alz\u00f3 una espada contra Ledono\u00efnor I y la muchacha lo redujo y le cort\u00f3 el cuello con su propia arma y el Emperador se cas\u00f3 con ella porque ella le dijo:<br \/>\n\u2014Que te cases conmigo, Se\u00f1or,<br \/>\ncuando \u00e9l le prometi\u00f3 la recompensa que ella reclamara por haberle salvado la vida. Se dijo, aunque no hubo testigos ni pruebas, que ella hab\u00eda provocado el atentado, le hab\u00eda pagado al casi regicida, y le hab\u00eda prometido la libertad. Es muy posible, pero y qu\u00e9. Infamias m\u00e1s grandes se cometieron en los palacios de los emperadores, cuyas consecuencias sufrieron todos, los nobles y los plebeyos, los ricos y los pobres. En este caso no sufri\u00f3 nadie, ni siquiera la hija del Duque que al principio se sinti\u00f3 muy ofendida pero que se cas\u00f3 con un hombre al que se pod\u00eda amar u odiar y que pod\u00eda amar u odiar. El Emperador no sufri\u00f3 porque no sab\u00eda sufrir; la Emperatriz consigui\u00f3 lo que quer\u00eda; y el pueblo fue dichoso porque ella gobern\u00f3 bien, qu\u00e9 digo, muy bien.<br \/>\nPor suerte Ledono\u00efnor el Vac\u00edo se dedic\u00f3 a pasear por los jardines y las galer\u00edas con los ojos vac\u00edos puestos en el vac\u00edo y su alma vac\u00eda y quieta dentro de su cuerpo vac\u00edo, y dej\u00f3 que ella reinara, eficazmente, duramente a veces, pero bellamente siempre. De vez en cuando ella lo llamaba a sus aposentos y nueve meses despu\u00e9s el Imperio ten\u00eda otro pr\u00edncipe, y as\u00ed fue durante cinco a\u00f1os hasta que el Emperador muri\u00f3 de un tumor que creci\u00f3 en su est\u00f3mago, probablemente porque hab\u00eda tanto lugar all\u00ed adentro que pudo extenderse a su antojo hasta ahogarlo.<br \/>\nY poco tiempo despu\u00e9s hubo otra rebeli\u00f3n en el sur y la Emperatriz viuda se puso sus viejas ropas de hombre, calz\u00f3 encima la armadura y march\u00f3 como tantos otros gobernantes a defender la unidad del Imperio. Y la defendi\u00f3 y la gan\u00f3 en un solo enfrentamiento, en la batalla de los Campos de Nnarient, donde el sur inclin\u00f3 su despeinada y rebelde cabeza. Triunf\u00f3 porque era valiente, porque cre\u00eda en lo que estaba haciendo, porque sab\u00eda manejar a los ej\u00e9rcitos, y porque el jefe de la rebeli\u00f3n era un idiota. Un idiota bello y fervoroso, pero un idiota.<br \/>\nSe firm\u00f3 el Tratado de Nnarient-Issinn, \u00fanico en la historia del Imperio, y el sur se someti\u00f3 sin restricciones y jur\u00f3 fidelidad a la Emperatriz. Ella traslad\u00f3 la capital a los l\u00edmites entre la comarca rebelde y los estados del norte, y se cas\u00f3 con el idiota fervoroso. La capital en el l\u00edmite fue un golpe de audacia y estrategia que asegur\u00f3 la paz por muchos m\u00e1s a\u00f1os de lo que se pod\u00eda esperar trat\u00e1ndose del sur, no as\u00ed el casamiento de la Emperatriz con el jefe de los rebeldes. Pero ella se cas\u00f3 con \u00e9l porque estaba en su destino como dicen las gentes que creen en eso de nacer con los ojos abiertos. Yo digo que se cas\u00f3 con \u00e9l porque fue una de esas Emperatrices que tuvo poder suficiente como para hacer lo que se le diera la gana. Y fueron felices y hubo m\u00e1s pr\u00edncipes para el Imperio y sangre nueva para el trono pero eso se puede leer en cualquier tratado de historia y en cualquier librito de poemas de amor, y en todo caso a nosotros no nos importa.<br \/>\nLo que s\u00ed nos importa es lo que pas\u00f3 en la ciudad de los montes. Se despoblaron los palacios, las grandes casas, las tiendas elegantes, los parques y los jardines y las avenidas. Se fueron los nobles, los se\u00f1ores, los ricos, los mariscales, las damas, los anticuarios, los joyeros y los ebanistas. Quedaron gentes sin importancia, algunos nost\u00e1lgicos, los peque\u00f1os comerciantes, los que viv\u00edan del agua que curaba, los que hab\u00edan estado all\u00ed como sus padres y sus abuelos desde hac\u00eda mucho tiempo. Se dividieron y se subdividieron las residencias de los nobles una y otra vez y se abrieron puertas en lugares insospechados y se tendieron rampas y escaleras para subir a los pisos altos que ahora ya no eran parte de una casa sino una casa entera o varias. En cada una de las habitaciones, en cada uno de los salones desmesurados cab\u00edan dos y hasta tres departamentos para familias modestas si se constru\u00edan entrepisos y mamparas y se cerraban balcones para instalar cocinas. Se abrieron pasillos que cortaban habitaciones y que despu\u00e9s de recorridos dif\u00edciles llegaban de alg\u00fan modo a la calle. Las fachadas se deterioraron y perdieron la pintura y los adornos. Se tapiaron ventanas y se abrieron otras; los grandes portales ya no serv\u00edan y dejaron de funcionar los goznes y los aldabones. Con todo eso las calles se hicieron m\u00e1s estrechas porque se agregaron cub\u00edculos, cuartos y patios apoy\u00e1ndolos contra los muros exteriores, y la ciudad adquiri\u00f3 un silencio y un misterio que no hab\u00eda tenido hasta entonces. No era amenazadora sin embargo, sino resignada: vivi\u00f3 tranquilamente muchos a\u00f1os, cada d\u00eda m\u00e1s abigarrada, cada d\u00eda m\u00e1s intrincada, cada d\u00eda m\u00e1s inesperada. Hab\u00eda barrios enteros abandonados y mudos, y de pronto, una calle flanqueada por casas elegantes e intocadas o por las mansiones en cuyo interior bull\u00edan laberintos de hogares con construcciones precarias m\u00e1s atr\u00e1s en lo que hab\u00edan sido los parques, daba paso a una fila de casas de comercio bajas y oscuras. Despu\u00e9s hab\u00eda palacios cortados en dos, o avenidas solitarias en las que crec\u00eda el pasto y en las que se instalaban bajo las carpas multicolores, ya sucias y ra\u00eddas, que alguna vez hab\u00edan servido de lugar de recreo para los nobles, \u00f3pticos y adivinadoras del porvenir, dentistas y masajistas, academias de cultura f\u00edsica, costureras y tintoreros.<br \/>\nAl principio el palacio de la Emperatriz Sesdimillia se mantuvo cerrado pero bien cuidado a cargo de sirvientes que hab\u00edan quedado atr\u00e1s especialmente para eso, pero si los hijos de la Emperatriz y Ledono\u00efnor el Vac\u00edo y los hijos de la Emperatriz y el hombre del sur respetaron las disposiciones, los nietos no se ocuparon mucho de un palacio que nunca hab\u00edan visto y no enviaron otros encargados cuando los que hab\u00eda envejecieron y murieron. Alguien rob\u00f3 una noche la gran campana de bronce y oro de la puerta principal y eso fue la se\u00f1al para el saqueo. No un saqueo escandaloso y violento como en una guerra, sino una destrucci\u00f3n tranquila, pausada, natural, disimulada; tampoco totalmente secreta pero s\u00ed recatada, hasta que del palacio no quedaron m\u00e1s que los muros, los techos, algunas puertas y los pisos de piedra y m\u00e1rmol.<br \/>\nLa ciudad misteriosa, pac\u00edfica y laber\u00edntica segu\u00eda dando sus aguas a los que ven\u00edan a curarse de algo, que eran muchos menos que en los tiempos del Escuchador, es cierto, y el esqueleto del palacio abandonado amenazaba con desmoronarse cuando un alcalde pidi\u00f3 permiso a la capital para hacerse cargo de lo que quedaba y convertirlo en un centro cultural. Le contestaron que hiciera lo que quisiera y eso fue justamente lo que hizo el alcalde que en su juventud hab\u00eda escrito poemas y obras de teatro: repar\u00f3 a bajo costo las casi ruinas y equip\u00f3 salones para conferencias, conciertos, cursos, teatro, salas de danza y de exposiciones de obras arte. Hubo tambi\u00e9n un museo de historia natural, dos bibliotecas y un archivo de obras hist\u00f3ricas. La gente de la ciudad nunca lleg\u00f3 a interesarse mucho por tanta cultura y tanto arte, pero los enfermos y los convalescientes pagaban unas monedas para entrar a ver teatro o a o\u00edr m\u00fasica, o nada m\u00e1s que para curiosear, y por eso fue que las grandes puertas no se cerraron nunca a lo largo de muchos a\u00f1os.<br \/>\nNo se puede decir que el Imperio haya olvidado en ese per\u00edodo a la ciudad de los montes, porque all\u00ed estaba el agua de las curaciones para impedir que se la olvidara y porque los veh\u00edculos de carga segu\u00edan tomando el camino del norte para llegar al puerto, pero s\u00ed puede afirmarse que perdi\u00f3 fama, importancia y atractivo. Era una ciudad m\u00e1s: alguien conoc\u00eda a alguien que viv\u00eda o que hab\u00eda vivido all\u00ed, alguien ten\u00eda un pariente que tomaba las aguas all\u00ed, alguien consultaba su historia en los anales porque necesitaba precisiones sobre las capitales del Imperio, alguien recordaba alg\u00fan viaje, o alguna conversaci\u00f3n, o alg\u00fan nombre. Y eso era todo. La ciudad no se mor\u00eda, pero descansaba, aletargada. Yo dir\u00eda que se preparaba para algo.<br \/>\n\u00bfOyeron hablar ustedes de Heldinav&#8217;Var? Claro, claro que s\u00ed. Apuesto mis zapatos y mis gorros a que han olvidado los nombres de los emperadores virtuosos. Pero qui\u00e9n no mira a su vecino con un gui\u00f1o y una sonrisa torcida cuando se nombra a Heldinav&#8217;Var, \u00bfeh?, \u00bfqui\u00e9n? Y bien, s\u00e9 que los voy a desilusionar pero no les voy a hablar del Emperador procaz y vicioso. Que tambi\u00e9n tuvo sus cosas buenas, aunque muchos no lo crean o no quieran creerlo. No, no les voy a hablar de \u00e9l sino de uno de sus parientes, Meabramiddir&#8217;Ven, Bar\u00f3n de las Torres, Senescal de la Muralla, y otros t\u00edtulos que tampoco quer\u00edan decir nada. Y primo hermano del Emperador, que quer\u00eda decir mucho. Quer\u00eda decir, por ejemplo, que aliment\u00f3 ciertas pretensiones en cuanto a sentarse un d\u00eda en el trono del Imperio, aunque era el noveno en la l\u00ednea de sucesi\u00f3n. Heldinav&#8217;Var era un cochino pero no era tonto, y \u00e9sa fue una de sus buenas cualidades. No ser tonto es siempre conveniente, pero cuando es un Emperador el que no es tonto, los hombres pueden tener esperanzas, no muy firmes, es cierto, pero ya es bastante. Heldinav&#8217;Var era a\u00fan Pr\u00edncipe Heredero y su padre el Emperador Embemdarv&#8217;Var II se mor\u00eda r\u00e1pidamente. El pr\u00edncipe comenz\u00f3 a disponer su vida y sus planes para cuando sucediera al padre moribundo. Supo entre otras cosas que su primo el de las Torres era capaz de empezar a matar gente con tal de llegar \u00e9l a ser Emperador, y como el primero en caer ser\u00eda el Pr\u00edncipe Heredero, y como el Pr\u00edncipe Heredero no ten\u00eda el m\u00e1s m\u00ednimo inter\u00e9s en morirse porque lo estaba pasando estupendamente y hab\u00eda que ver lo estupendamente que lo pensaba pasar cuando fuera Emperador, y como, otra de sus buenas cualidades, no era un asesino ni un d\u00e9spota y por lo tanto no pensaba envenenar o ahorcar a su primo por m\u00e1s que su primo se lo merec\u00eda, llam\u00f3 al Senescal de la Muralla y le dijo en p\u00fablico lo que pensaba de \u00e9l y agreg\u00f3 que, o su augusto primo desaparec\u00eda de la capital antes que cayera la noche y se iba lo m\u00e1s lejos posible, o el que estaba d\u00e9cimo en la l\u00ednea de sucesi\u00f3n, Goldarab&#8217;Bar el Obeso, autor, ya saben ustedes, del Primer C\u00f3digo de Comercio Fluvial, pasaba inmediatamente a noveno por ausencia irremediable del titular. Meabramiddir&#8217;Ven, que no se lo esperaba, intent\u00f3 una defensa, una explicaci\u00f3n, algo, pero no se le ocurr\u00eda nada, cosa que sugiere que era bastante m\u00e1s tonto que el futuro Emperador. Y para colmo su ilustre primo no lo interpelaba indignado ni exig\u00eda una justificaci\u00f3n ni una protesta de inocencia, sino que esperaba, casi sonriendo, de brazos cruzados, a ver qu\u00e9 dir\u00eda el aspirante a regicida. Hay que confesar que encontr\u00f3 una salida, no muy plausible pero s\u00ed decorosa: \u00e9l no aspiraba al trono, al poder, al gobierno del Imperio, oh no, no, no; si bien \u00e9l hab\u00eda andado tanteando a algunas gentes estrat\u00e9gicamente ubicadas sobre la conveniencia o la inconveniencia de que Heldinav&#8217;Var subiera al trono, eso era porque lo que \u00e9l quer\u00eda era impedir que el vicio, el descaro, la indecencia de su primo, se exhibieran en la persona de un Emperador. \u00bfQu\u00e9 ser\u00eda del Imperio? \u00bfQu\u00e9 ser\u00eda de los s\u00fabditos, con semejante ejemplo? Y de paso explic\u00f3 c\u00f3mo era \u00e9l de bueno, honesto, decente, discreto, modesto y virtuoso. El futuro Emperador lo ech\u00f3 de todas maneras, no s\u00f3lo porque era peligroso y porque ment\u00eda muy mal, sino porque los virtuosos lo aburr\u00edan. Y el Se\u00f1or de las Torres no tuvo m\u00e1s remedio que irse, no jurando venganza porque eso no hubiera correspondido a su papel de redentor, sino impartiendo perd\u00f3n.<br \/>\nY como se le hab\u00eda especificado que ten\u00eda que irse muy lejos, se dirigi\u00f3 a la ciudad de los montes. A la que previendo que quiz\u00e1 lo vigilar\u00edan, tambi\u00e9n lleg\u00f3 como redentor, a pie, como un peregrino, pobremente vestido. Tanto que algunos le dieron limosna y algunos otros inclinaron la cabeza a su paso. Cuando una mujer muy vieja y muy desdichada lo llam\u00f3 desde una puerta para que compartiera con ella la comida del mediod\u00eda, se neg\u00f3 a sentarse a la mesa y comi\u00f3 humildemente acuclillado en el umbral. Ah\u00ed fue cuando descubri\u00f3 que le gustaba el oficio, no tanto como el de emperador, pero qu\u00e9 otro remedio le quedaba. Esa misma tarde empez\u00f3 a predicar.<br \/>\n\u00c9l mismo no sab\u00eda muy bien qu\u00e9 era lo que predicaba, y en los primeros d\u00edas ten\u00eda que cuidarse mucho para no equivocarse o contradecirse, pero bueno y qu\u00e9, ya que no pod\u00eda ser emperador ser\u00eda santo. Cierto que no hab\u00eda sido una elecci\u00f3n de su parte sino un azar, pero cierto tambi\u00e9n que el escenario de su santificaci\u00f3n era perfecto. La<em> <\/em>ciudad estaba llena de gentecitas sin grandeza, que todo lo que ten\u00edan eran sus peque\u00f1os oficios y sus peque\u00f1as supersticiones listas para ser ordenadas y clasificadas. Estaban tambi\u00e9n los enfermos que quer\u00edan curarse o que quer\u00edan morirse, y estaban los parientes que quer\u00edan que los enfermos se curaran o que no se curaran o que se murieran, seg\u00fan el grado de los parentescos y la cantidad de dinero de cada uno. Y a todos ellos les conven\u00eda la piedad y la oraci\u00f3n.<br \/>\nEl primo del Emperador hizo fortuna. No en oro, porque en cuanto empez\u00f3 a ganar adeptos se convenci\u00f3 de que la Verdad y el Bien hablaban por su boca y ya no necesit\u00f3 fingir y acept\u00f3 de coraz\u00f3n la pobreza, pero s\u00ed en prestigio y fama y respeto, es decir, en una suerte de poder. Y poder era lo que \u00e9l hab\u00eda estado buscando. Predicaba en las calles, viv\u00eda frugalmente, andaba descalzo, caminaba con los ojos bajos y las manos juntas, no alzaba la voz ni ten\u00eda estallidos de mal humor ni de rabia ni de impaciencia. No era un santo, pero parec\u00eda.<br \/>\nAhora yo les digo a ustedes que la santidad es contagiosa, mucho m\u00e1s que el vicio. Y si no vean que Heldinav&#8217;Var nunca convenci\u00f3 a nadie y ni siquiera trat\u00f3, puesto que eran los ya convencidos los que acud\u00edan a rodearlo, pero que su primo convenci\u00f3 a multitudes de incr\u00e9dulos e inclin\u00f3 a muchos a orar, a vivir frugal y castamente, a hacer ayunos y sacrificios, y otras tonter\u00edas por el estilo. E inclin\u00f3 a muchos otros a predicar.<br \/>\nUn a\u00f1o despu\u00e9s de la precipitada salida del Bar\u00f3n de las Torres, que ahora era el Servidor de la Fe, de la capital, la ciudad de los montes se hab\u00eda convertido en la poblaci\u00f3n m\u00e1s p\u00eda, m\u00e1s santa, m\u00e1s abrumadoramente rezadora que tuvo nunca el Imperio. Cien religiones y mil sectas brotaban y medraban como en otras \u00e9pocas hab\u00edan brotado las pinturas, los poemas, el agua que curaba, el toque de queda, el lujo o las tiendas de las adivinadoras del futuro. Uno sal\u00eda a la calle y no lo asaltaban los vendedores de cestas, de joyas, de alfombras, de cacharros o de hierbas: lo asaltaban los vendedores de salvaci\u00f3n eterna, que es una mercader\u00eda traicionera, cr\u00e9anme, como que hay que ser muy h\u00e1bil y muy prudente para manejarla porque aun cuando pueda vend\u00e9rsela a buen precio, todav\u00eda, una vez cerrado el trato, puede volverse contra el vendedor. Pero como con las cestas, los cacharros y las alfombras, con las religiones hab\u00eda para elegir. Los hombres descubrieron que seg\u00fan los prestes, los caminos para llegar a la bienaventuranza eran casi infinitos y pasaban por las estaciones m\u00e1s inesperadas. Desde la frugalidad y la abstinencia hasta la pr\u00e1ctica desenfrenada de todos los libertinajes y todas las perversiones, pasando por ejercicios espirituales y corporales, estudio de textos cr\u00edpticos, contemplaci\u00f3n, renunciamiento, introspecci\u00f3n, oraci\u00f3n, lo que fuera, todo figuraba entre los medios programados para alcanzar un para\u00edso que seg\u00fan dec\u00edan los mercachifles de lo divino, se pod\u00eda ganar con un peque\u00f1o esfuerzo y, claro est\u00e1, una peque\u00f1a donaci\u00f3n, en el mejor de los casos directamente proporcional a la fortuna del cliente, digo del creyente.<br \/>\nY sin embargo fueron los a\u00f1os en los que menos cambios hubo en la cara y en el cuerpo de la ciudad. Eso no es tan inexplicable ya que la religi\u00f3n no necesita mucho espacio y ustedes saben que hay quienes dicen que no necesita nada de espacio, no ah\u00ed afuera por lo menos. Bastaba con un recinto del tama\u00f1o de un comedor para una familia numerosa, con una plataforma o un p\u00falpito, o una columna, o una hornacina, o un pozo, o unos almohadones, o nada, seg\u00fan fuera el camino que conduc\u00eda a las alturas. Y hay que ver tambi\u00e9n que hab\u00eda muchos que organizaban sus servicios al aire libre pensando tal vez que sin el obst\u00e1culo de un techo las propiciaciones iban a llegar m\u00e1s pronto all\u00e1 arriba. El cambio, si cambio hubo, sobrevino en las techumbres, en las terrazas, en las azoteas, donde se alzaron los s\u00edmbolos de las mil religiones, im\u00e1genes, estrellas, cruces, esferas, fustes, signos, algunos muy ricos, algunos muy pobres, todos compitiendo a ver qui\u00e9n consegu\u00eda m\u00e1s en menos tiempo. Porque hubo escarceos, batallas y hasta guerras entre las sectas, por un qu\u00edteme all\u00e1 esos pecados o un tr\u00e1iganme ac\u00e1 esas dispensas, por una docena de renegados o media docena de ap\u00f3statas, por un matiz ritual o una tonalidad del dogma. Pero eso no trajo cambios. Que la gente discutiera de religi\u00f3n en vez de discutir de pol\u00edtica o de dinero, no hac\u00eda que las calles cambiaran de rumbo ni que cayeran edificios viejos ni se levantaran otros nuevos. S\u00f3lo aumentaba la poblaci\u00f3n: no ven\u00edan ya de lejanas tierras los que buscaban curaci\u00f3n para sus males en el agua que brotaba de la profundidad, pero en cambio ven\u00edan los que buscaban en los s\u00edmbolos erigidos en los techos curaci\u00f3n para otros males, no muy distintos de los otros, perm\u00edtanme que les diga.<br \/>\nMuri\u00f3 el Emperador Heldinav&#8217;Var, muri\u00f3 su primo el que hab\u00eda sido Se\u00f1or de las Torres y de las Murallas, y ya sabemos qui\u00e9n sucedi\u00f3 al Emperador vicioso, pero al predicador no lo sucedi\u00f3 nadie: su secta se dividi\u00f3 una y otra vez hasta perderse en el mar de credos, y pronto se lo olvid\u00f3. En realidad la ciudad lleg\u00f3 a su apogeo como centro religioso unos cien a\u00f1os despu\u00e9s, bajo el reinado de Sderemir el<em> <\/em>Bor\u00e9nide, el que de soldado de fortuna en el oeste lleg\u00f3 al trono por medios no muy confesables y que fue a pesar de ese antecedente un buen gobernante, mucho mejor que muchos que ten\u00edan sangre de reyes y derecho a sentarse en el trono.<br \/>\nClaro que para llegar desde las provincias del oeste hasta la capital no hab\u00eda ninguna necesidad de pasar por la ciudad de las religiones, pero hay que recordar cu\u00e1les eran los designios del Bor\u00e9nide para entender el complicado itinerario que sigui\u00f3. Y nunca olvid\u00f3 la generosa bienvenida ni los favores, desinteresados casi todos, que se le hicieron cuando acamp\u00f3 a las puertas de la ciudad. As\u00ed que tres a\u00f1os despu\u00e9s, cuando ocup\u00f3 el trono del Imperio, la proclam\u00f3 Madre de la Religi\u00f3n Verdadera y la colm\u00f3 de presentes y le otorg\u00f3 subsidios especiales.<br \/>\nEra un t\u00edtulo muy bello. Y muy h\u00e1bil. Recuerden ustedes que el Bor\u00e9nide, ese hombre aparentemente brutal, ese enga\u00f1oso guerrero que sin embargo conoc\u00eda mejor las almas de los hombres que las armas y los escudos y los carros de guerra, desconfi\u00f3 siempre del poder m\u00e1s all\u00e1 del poder que pueden adquirir las fuerzas inexplicables. Gracias a esa sutileza que \u00e9l disfraz\u00f3 de benevolencia, cada credo, cada iglesia de la ciudad de los montes se convenci\u00f3 de que lo de Religi\u00f3n Verdadera le correspond\u00eda, y se hinch\u00f3 de soberbia y la soberbia es mala consejera; y cada credo y cada iglesia mir\u00f3 con amabilidad y condescendencia a sus rivales. Tantos dones y tanto reconocimiento oficial no fueron sino la perdici\u00f3n de las mil sectas. La marginalidad, la existencia de hecho pero sin respaldo, son mucho m\u00e1s estimulantes que el reconocimiento p\u00fablico, y las Religiones Verdaderas se robustecen en la lucha y en la pol\u00e9mica, inventan nuevos medios para ganar adeptos, fabrican santos y profetas y ap\u00f3stoles y popes, aguzan el ingenio y renuevan la mercader\u00eda y la exponen con todo artificio. \u00bfPero en qu\u00e9 se convierten si s\u00f3lo tienen que repetir hoy y ma\u00f1ana y el a\u00f1o que viene lo mismo que dijeron ayer, las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas expresiones de piedad y convicci\u00f3n, sin riesgos, sin competencia, sin altibajos, sin martirio, en una palabra? Se convierten en algo muy aburrido. Se cansaron los sacerdotes, se cansaron los dioses, y se cansaron los fieles. Menos y menos devotos viajaban a la ciudad del norte, y como ella conservaba de esos a\u00f1os en los que hab\u00eda sido capital del Imperio, los medios para abastecerse a s\u00ed misma sin acudir a otras regiones, los caminos de acceso quedaron desiertos, se resquebrajaron, se cubrieron de hierbas, de mont\u00edculos de hormigas y de cuevas de tejones, y el Imperio, ahora s\u00ed, la olvid\u00f3. S\u00f3lo recordaban su existencia los que iban en las caravanas de veh\u00edculos de carga que pasaban rumbo al puerto, pero qu\u00e9 son esas pocas gentes comparadas con la vasta poblaci\u00f3n del m\u00e1s vasto Imperio que conoci\u00f3 la historia de los hombres. Fue apenas un leve motivo de extra\u00f1eza para los que beb\u00edan y fumaban en los bares del puerto, y fue nada para las otras ciudades, los otros puertos, los otros estados y la capital. El Bor\u00e9nide gobern\u00f3 muchos a\u00f1os, y como fue un hombre excepcional, muchos dicen que fue el peor Emperador que ocup\u00f3 el trono y otros tantos dicen que fue el mejor y que ninguno puede compararse con \u00e9l. Sea como fuere, \u00e9l no se olvid\u00f3 de la ciudad de las religiones verdaderas porque seg\u00fan se dec\u00eda no se olvidaba nunca de nada, y puede que fuera cierto. No se olvid\u00f3 pero se tranquiliz\u00f3 y sin descuidarse del todo ya que por lo menos una vez al a\u00f1o mandaba a un nombre de su confianza a mirar y oler y o\u00edr lo que pasaba, la clasific\u00f3 como inofensiva.<br \/>\nLo fue durante toda la vida del Bor\u00e9nide, sus hijos, sus nietos y los nietos de sus nietos. Vivi\u00f3 calladamente, oscuramente, estrechamente, con sus comerciantes, sus ricos, sus pobres, sus tribunales, sus mujeres de la vida, sus funcionarios, chicos, locos, fiestas, escuelas, teatros, sociedades profesionales, con todo lo que debe tener una ciudad, aislada, sorda y muda, de espaldas al Imperio, sola. Como hab\u00eda sido s\u00f3lida y rica y grande, conserv\u00f3 los monumentos y las mansiones que no hab\u00edan sido construidos para venirse abajo en un par de a\u00f1os, pero todo se fue cubriendo de musgo y de l\u00edquenes y de plantas y crecieron flores acu\u00e1ticas en las piscinas abandonadas y variedades salvajes de drahilea en las cabelleras de m\u00e1rmol de las estatuas. Parec\u00eda blanda y carnosa, hecha de hojas y tallos verdes engordados por la savia perezosa. Muchos dicen que nunca fue tan bella, y es posible que tengan raz\u00f3n. Se confund\u00eda con los montes y con lo que crec\u00eda en los montes; fue parte de la tierra en la que hab\u00eda nacido desde adentro, desde lo hondo de las cavernas. Quiz\u00e1 hubiera sido justo que siguiera as\u00ed, y hoy ser\u00eda una ciudad vegetal habitada por hombres sauces y mujeres palmeras, una ciudad que se inclina bajo el viento y canta y crece bajo el sol. Pero los hombres son incapaces de quedarse quietos y tranquilos y permitir que las cosas sucedan y no interferir. Puede opinarse que es una suerte que as\u00ed sea puesto que la inquietud y la insatisfacci\u00f3n son la base del progreso. Es una opini\u00f3n que hay que tener en cuenta, aun cuando no sea del todo respetable.<br \/>\nPara explicar los acontecimientos que siguieron, tenemos que volver al Bor\u00e9nide. Ese hombre extraordinario, fuerte como un toro, astuto como un zorro, frugal como un santo aunque de santo no ten\u00eda absolutamente nada, ese conquistador salido de la bruma, ese rey de la sangre engendrado en un vientre plebeyo por un vagabundo sin nombre, no s\u00f3lo supo mantener al Imperio unido y satisfecho, en paz, pr\u00f3spero, activo y orgulloso durante toda su vida, sino que se las arregl\u00f3 para que su obra no resultara f\u00e1cil de destruir. Sus sucesores no lo intentaron, por otra parte. Generaciones y generaciones de emperadores y emperatrices se beneficiaron de la herencia del Bor\u00e9nide, y si bien ninguno, salvo quiz\u00e1 Evviarav III el Drak\u00favide, tuvo su fuerza ni su visi\u00f3n, todos fueron sensatos y de paso justos y prudentes. Qu\u00e9 m\u00e1s se puede pedir. Sentada en el trono la dinast\u00eda de los Eilaffes, que era tambi\u00e9n lejana descendiente del Bor\u00e9nide pero a la que ya no quedaban sino trazas \u00ednfimas y equ\u00edvocas de su sangre, hizo su aparici\u00f3n la cat\u00e1strofe.<br \/>\nEsta vez el sur no tuvo nada que ver. El sur se mantuvo tranquilo y se dispuso a mirar con sorna, entre divertido y esperanzado, c\u00f3mo se despedazaban sus hermanos del norte. Y sus hermanos del norte le dieron el gusto y le proporcionaron un buen espect\u00e1culo, violento y estruendoso; y llenaron la tierra y el cielo de alaridos de guerra y de dolor. S\u00ed, les estoy hablando de la Guerra de los Seis Mil D\u00edas. Que no dur\u00f3 seis mil d\u00edas sino mucho menos y que nadie parece saber por qu\u00e9 se la llama as\u00ed salvo alg\u00fan mani\u00e1tico buscador de rarezas hist\u00f3ricas que podr\u00eda decirles que m\u00e1s o menos seis mil d\u00edas le llev\u00f3 al Imperio recuperarse de la lucha entre las tres dinast\u00edas y establecer de nuevo el orden, las fronteras y la paz. Eso dicen las historias acad\u00e9micas, por lo menos. Quiz\u00e1 la verdadera verdad sea otra, s\u00f3lo digo que quiz\u00e1. Quiz\u00e1 la verdadera verdad sea que seis mil d\u00edas m\u00e1s o menos emple\u00f3 Oddembar&#8217;Se\u00efl el Sanguinario en buscar, perseguir, exterminar a los miembros y a los partidarios de las otras dos dinast\u00edas. Lo cierto es que todo el norte fue un solo campo de batalla, y que como nada que no fuera pelear ocup\u00f3 a los hombres en esos tiempos, el puerto del norte qued\u00f3 paralizado y ya ni los veh\u00edculos de carga se acercaban a la ciudad de los montes. La guerra, para ella, estaba muy lejos; la ciudad segu\u00eda cubierta de musgo y de hiedra, floreciendo en los estanques y en las cornisas, abrigando bichos de colores en los ojos de piedra de los monumentos y las fuentes, y as\u00ed permaneci\u00f3 casi hasta el final y todo hubiera seguido igual, siempre, tal vez hasta hoy, de no haber sido porque al Sanguinario, que ya merec\u00eda su apodo, lo traicion\u00f3 un general ambicioso.<br \/>\nOddembar&#8217;Se\u00efl tuvo que huir, s\u00f3lo que no hab\u00eda adonde huir. El sur se manten\u00eda neutral pero no era seguro; nunca fue seguro el sur para los hombres deseosos de poder. Y Oddembar&#8217;Se\u00efl estaba decidido a reinar. Escap\u00f3 hacia el norte. No solo, claro est\u00e1. Dividi\u00f3 a sus hombres en numerosos grupos que se confundieron con las fuerzas que luchaban en cada territorio de los que deb\u00edan atravesar, y los dirigi\u00f3 hacia el norte, muy hacia el norte, en un intento desesperado y no muy razonable de llegar al mar, de encontrar barcos con los cuales navegar bordeando la costa en la vieja ruta de los cargueros, y volver a atacar desembarcando por el este. Parec\u00eda que iba a tener \u00e9xito. El grueso de sus tropas lo alcanz\u00f3 al pie de los montes y en un amanecer de verano se pusieron nuevamente en marcha y se encontraron ante la ciudad. No s\u00e9, nadie lo sabe, si el Sanguinario blasfem\u00f3 o sonri\u00f3; no s\u00e9 si mir\u00f3 con gula la ciudad desconocida o si se rasc\u00f3 la cabeza intrigado. S\u00e9 que entr\u00f3 en ella pac\u00edficamente, todos sus hombres con las armas al alcance de la mano pero no enarboladas, y que los habitantes de la ciudad de los montes lo miraron con curiosidad. S\u00e9 que hasta se le acercaron y le ofrecieron alimentos y cobijo. Los necesitaba, pero no s\u00e9 si lleg\u00f3 a aceptarlos. S\u00e9 que el ej\u00e9rcito enemigo lo alcanz\u00f3 all\u00ed mismo, por la retaguardia, a medias en las calles de la ciudad, a medias en el llano. Adi\u00f3s los barcos, adi\u00f3s la ruta de los cargueros y la esperanza de triunfar atacando sorpresivamente por el este. Todo estaba perdido, pero cuando hay que luchar, se lucha.<br \/>\nHa habido batallas atroces en la larga historia del Imperio. Hasta es posible que haya habido algunas, pocas, m\u00e1s crueles que la que despu\u00e9s se llam\u00f3 la Batalla del Norte, como si hubiera habido un solo norte y una sola batalla. Pero es dif\u00edcil que alguien pueda imaginar lo que pas\u00f3, y no s\u00e9 si yo voy a poder contarlo tal cual pas\u00f3. Voy a intentar, eso es todo lo que puedo hacer. Oddembar&#8217;Se\u00efl el Sanguinario grit\u00f3, grit\u00f3 al o\u00edr que la carga enemiga se les ven\u00eda encima cuando ellos estaban en una situaci\u00f3n de inferioridad, desprevenidos, atascados algunos en las calles estrechas de la ciudad, desperdigados otros en los campos que la rodeaban. Cualquier cosa puede decirse de los hombres del que iba a ser Emperador: todo eso que se dice generalmente de soldados y guerreros, pero no que eran cobardes o indisciplinados. Lo oyeron gritar y se reagruparon, sacaron las armas, formaron como pudieron, y trataron de rechazar el ataque. El Sanguinario salt\u00f3 sobre los ca\u00eddos y corri\u00f3 a pelear en primera fila codo a codo con sus soldados. \u00c9l tampoco era cobarde.<br \/>\nLa Batalla del Norte dur\u00f3 exactamente cincuenta horas. Los hombres se acomet\u00edan, se desgarraban, se despedazaban; retroced\u00edan, tomaban aliento y volv\u00edan a acometerse. Cuando se cuentan estas cosas uno se asquea de la criatura que es el hombre. \u00c9sos no eran hombres; no eran ni siquiera lobos, ni hienas, ni carro\u00f1eros ni rapaces. Eran organismos ciegos, sin cerebros, desprovistos de nervios, de sentimientos y de pensamientos; dotados solamente de garras para herir y de sangre para ser derramada. No pensaban, no cre\u00edan, no sent\u00edan, no miraban, no esperaban: solamente mataban, una y otra vez; solamente retroced\u00edan, una y otra vez, y volv\u00edan a avanzar y a matar. Hab\u00edan nacido, trabajado, amado, jugado, crecido, solamente para esto, para matar en los llanos del norte al pie de una ciudad cubierta de musgo y flores. Cincuenta horas despu\u00e9s del primer ataque no quedaban en pie mas de cien hombres desnudos, sucios, sangrantes, mutilados, enloquecidos. No se sab\u00eda y no importaba qui\u00e9n era el enemigo: los cien segu\u00edan matando y retrocediendo, gritando por las bocas partidas, llorando por los ojos heridos, respirando por las narices quebradas, asiendo las armas con los dedos que les quedaban, y volviendo a atacar y a matar. Y fue entonces cuando Oddembar&#8217;Se\u00efl cort\u00f3 una cabeza que rod\u00f3 sobre la tierra viscosa de sangre, y en el torso que ca\u00eda brill\u00f3 un momento entre la mugre y los restos de un peto labrado, un collar de oro y amatistas. El futuro Emperador volvi\u00f3 a gritar y as\u00ed termin\u00f3 la Batalla del Norte: hab\u00eda muerto Reggnevon hijo de Reggnevava\u00fcn, pretendiente al trono del Imperio.<br \/>\nUstedes ya saben c\u00f3mo fue coronado Emperador Oddembar&#8217;Se\u00efl el Sanguinario por los habitantes de la ciudad del norte y sus pocos soldados sobrevivientes en el mismo sitio de su victoria, de pie sobre el cad\u00e1ver de su enemigo, sucio, herido, afiebrado y desnudo, con una corona de m\u00e1rmol desprendida a golpes de escoplo y martillo de la cabeza de una estatua que adornaba un jard\u00edn noble invadido despu\u00e9s por canchas de juego, y c\u00f3mo all\u00ed mismo firm\u00f3 su primer decreto declarando capital del Imperio a la ciudad que lo hab\u00eda visto triunfar.<br \/>\nNo hab\u00edan pasado seis mil d\u00edas, todav\u00eda no. Pero la guerra hab\u00eda terminado, y cuando realmente se cumplieron, la ciudad del norte segu\u00eda siendo la capital del Imperio y los personajes de la corte, los funcionarios, las damas, los almirantes y los jueces, pasaban frente a la Fuente de los Cinco R\u00edos, bajo el arco que sostiene a las figuras dolientes del mausoleo del primer alcalde, por las calles sinuosas y estrechas, y se deten\u00edan a veces a beber o a mojarse los dedos y la frente en los florones de alabastro de los que sigue manando el agua salobre. Porque el Emperador hab\u00eda mandado que se la respetara: record\u00f3 siempre que los habitantes le hab\u00edan ofrecido alimentos y refugio y crey\u00f3 que ella lo hab\u00eda favorecido. Tambi\u00e9n mand\u00f3 erigir su palacio utilizando los muros del de la Emperatriz Sesdimillia, respetando el estilo y la distribuci\u00f3n aunque ya fueran anticuados, y prohibi\u00f3 reformas en las calles y en los edificios, en los parques y en las fuentes. Las fachadas pod\u00edan retocarse y pintarse, pero no deb\u00edan cambiar; las escaleras incre\u00edbles no pod\u00edan moverse; los muros inoportunos no pod\u00edan derribarse. Pod\u00eda construirse fuera de los l\u00edmites, cosa que muchos hicieron, y pod\u00edan reformarse por dentro los edificios, cosa que otros muchos hicieron para que las mansiones volvieran a ser lo que hab\u00edan sido bajo el reinado del Escuchador y sus sucesores. Y nada m\u00e1s.<br \/>\nSe cumplieron en su momento lo seis mil d\u00edas del Emperador Oddembar&#8217;Se\u00efl el Sanguinario, y pasaron otros seis mil d\u00edas y un poco m\u00e1s. Gobern\u00f3 dura y violentamente y fue implacable con sus enemigos y demasiado blando con sus amigos. Pero una cosa hay que decir en su favor y es que reorganiz\u00f3 el Imperio y le devolvi\u00f3 la paz, el territorio y la unidad. Lo hizo tr\u00e1gicamente, con m\u00e1s sangre y m\u00e1s muertes, con luto y llanto, pero Reggneva\u00fcn no hubiera sido m\u00e1s piadoso, y tampoco puede saberse qu\u00e9 hubiera pasado de no haberse desencadenado la Guerra de los Seis Mil D\u00edas. Lo fulmin\u00f3 un ataque en medio de un banquete, y las l\u00e1grimas que se derramaron por \u00e9l fueron escasas y falsas.<br \/>\nHan pasado muchos a\u00f1os y han vivido y reinado muchos emperadores, pero la ciudad de los montes sigue siendo la capital del Imperio. Los adulones y los trepadores le inventaron sobrenombres po\u00e9ticos y or\u00edgenes ilustres, y Drauwdo el Fortach\u00f3n no es m\u00e1s que un personaje de leyenda con el que se amenaza<em> <\/em>a los chicos que no quieren irse a dormir, pero el Sanguinario fue quiz\u00e1 el primero que la comprendi\u00f3 y que le hizo saber que la comprend\u00eda cuando orden\u00f3 que no se la tocara ni se la cambiara. Y los que vinieron despu\u00e9s de \u00e9l deben haber adivinado que hab\u00eda una profunda sabidur\u00eda en esa disposici\u00f3n que parece muy poco de acuerdo con los tiempos, porque ellos tampoco la forzaron. Ah\u00ed est\u00e1, como en los a\u00f1os de las aguas salobres, de los dioses, de los m\u00fasicos y de las batallas. Parece una apretada malla de oro, entretejida muy estrechamente, con orificios diminutos e irregulares, extendida sobre los montes. Ha crecido hacia la otra ladera, es cierto, y llegan a ella siete caminos en vez de uno solo, y los ocho son anchos y lisos como deben ser las rutas reales, hormigueantes de viajeros y de cargas. Ha dado la espalda al llano que fue un desierto y una huerta y un campo de batalla, pero hacia el norte, sobre el camino que lleva al puerto lejano, se alzan las nuevas mansiones, las casas ricas, los palacios de los nobles. Brilla de noche y la luz sobre las cimas no se apaga nunca, s\u00f3lo empalidece al amanecer como cuando los pintores y los poetas hablaban y beb\u00edan en los caf\u00e9s. Prospera y se enriquece como cuando brot\u00f3 el agua de la tierra. Es una capital prestigiosa, bella, misteriosa, atractiva, vieja como corresponde a un viejo Imperio, s\u00f3lida y rica, hecha para durar muchos miles de a\u00f1os. Pero yo me pregunto\u2014<\/p>\n<p><em>\u00a9 Ang\u00e9lica Gorodischer<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La gran escritora argentina Ang\u00e9lica Gorodischer (1928-2022) escribe acerca del poder y la vida en comunidad en una narraci\u00f3n deslumbrante.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":9370,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[2471,51,22,185,187,190,2499,2855,2291,360],"class_list":["post-9366","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-acerca-de-ciudades-que-crecen-descontroladamente","tag-angelica-gorodischer","tag-cuento","tag-escritoras","tag-escritores-argentinos","tag-escritores-en-espanol","tag-kalpa-imperial","tag-literatura","tag-literatura-de-imaginacion","tag-literatura-fantastica"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2012\/06\/AngelicaGorodischer.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-2r4","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9366","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=9366"}],"version-history":[{"count":10,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9366\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":15844,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9366\/revisions\/15844"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/9370"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=9366"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=9366"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=9366"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}