{"id":8611,"date":"2011-12-20T13:55:57","date_gmt":"2011-12-20T19:55:57","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=8611"},"modified":"2016-12-10T14:20:47","modified_gmt":"2016-12-10T20:20:47","slug":"los-sin-cara","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/los-sin-cara\/","title":{"rendered":"Los Sin-Cara"},"content":{"rendered":"<p>Para terminar el a\u00f1o, este cuento de <a href=\"http:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Marcel_Schwob\">Marcel Schwob<\/a> (1867-1905), escritor franc\u00e9s que influy\u00f3 en muchos de los grandes autores latinoamericanos del siglo XX. M\u00e1s de uno de ellos dar\u00e1 la impresi\u00f3n de asomarse en \u00abLos Sin-Cara\u00bb, historia macabra que se acerca a lo sobrenatural sin tocarlo de veras (y sin dejar por eso de ser inquietante y extra\u00f1a). El cuento se public\u00f3 primero en el libro <em>Coraz\u00f3n doble<\/em> (1891). Esta traducci\u00f3n es de Amanda Fons de Gioia.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"8613\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/los-sin-cara\/marcel-schwob2\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/12\/marcel-schwob2.jpg\" data-orig-size=\"312,383\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"Marcel Schwob\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/12\/marcel-schwob2.jpg\" class=\"aligncenter size-full wp-image-8613\" title=\"Marcel Schwob\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/12\/marcel-schwob2.jpg\" alt=\"\" width=\"312\" height=\"383\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/12\/marcel-schwob2.jpg 312w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/12\/marcel-schwob2-244x300.jpg 244w\" sizes=\"auto, (max-width: 312px) 100vw, 312px\" \/><\/p>\n<p><!--more--><br \/>\n<strong>LOS SIN-CARA<br \/>\nMarcel Schwob<\/strong><\/p>\n<p>Los recogieron a los dos, el uno junto al otro, sobre la hierba quemada. Sus ropas hab\u00edan volado hechas jirones; la detonaci\u00f3n de la p\u00f3lvora borr\u00f3 el color de los n\u00fameros; las placas de lat\u00f3n se pulverizaron. Se los podr\u00eda haber tomado por dos trozos de pulpa humana. El mismo frag\u00admento afilado de chapa de acero, silbando oblicuamente, les llev\u00f3 el rostro, de modo que yac\u00edan sobre las matas de pasto como un doble tronco de roja cabeza. El ayudante del mayor que los apil\u00f3 en el coche los recogi\u00f3 m\u00e1s que nada por curiosidad. En efecto, la herida era muy rara. No les quedaba ni nariz, ni p\u00f3mulos, ni labios; los ojos sobresal\u00edan fuera de las \u00f3rbitas destruidas, la boca se abr\u00eda como un embudo, sangrante agujero con la lengua cortada que vibraba, estremecida. Es posible imaginar qu\u00e9 extra\u00f1o resultaba ver dos seres de la misma altura y <em>sin rostro. <\/em>Ambos cr\u00e1neos, cubiertos de pelo corto, ostenta\u00adban dos placas rojas, cortadas igual y simult\u00e1neamente, con huecos en las \u00f3rbitas y tres agujeros como nariz y boca.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En el hospital se les dio el nombre de Sin-Cara N\u00b0 1 y Sin-Cara N\u00b0 2. Un cirujano ingl\u00e9s, que hac\u00eda el servi\u00adcio ad-honorem, se sorprendi\u00f3 ante este caso interes\u00e1n\u00addose en \u00e9l. Cuid\u00f3 y vend\u00f3 las heridas, las sutur\u00f3, extrajo las esquirlas, model\u00f3 esa pulpa de carne dando forma a dos casquetes c\u00f3ncavos y rojos, igualmente perforados en el fondo, como hornillos de ex\u00f3ticas pipas. Ubicados en dos camas, el uno junto al otro, los dos Sin-Cara mancha\u00adban las s\u00e1banas con doble cicatriz redonda, gigantesca y sin sentido. La eterna inmovilidad de esa Haga ten\u00eda un mudo dolor: los m\u00fasculos tronchados no reaccionaban ni con las suturas; el terrible golpe hab\u00eda aniquilado el sen\u00adtido del o\u00eddo, a tal punto que en ellos la vida s\u00f3lo se mani\u00adfestaba por el movimiento de sus miembros y por el doble grito ronco que emerg\u00eda a intervalos de entre los abiertos paladares y los temblorosos mu\u00f1ones de lengua. Sin em\u00adbargo, ambos se curaron. Lenta, pero seguramente, apren\u00addieron a dominar sus gestos, a extender los brazos, a doblar las piernas para sentarse, a mover las enc\u00edas endure\u00adcidas que ahora cubr\u00edan sus mand\u00edbulas soldadas. Cono\u00adcieron un placer, manifestado por sonidos agudos y modu\u00adlados, mas sin poder sil\u00e1bico: fue el de fumar sus pipas, a cuyas boquillas se hab\u00edan adosado unas piezas ovales de goma que llegaban a los bordes de la herida que eran sus bocas. En cuclillas bajo las mantas, aspiraban el ta\u00adbaco; y los chorros de humo sal\u00edan por los orificios de sus cabezas: por el doble agujero de la nariz, por los pozos gemelos de sus \u00f3rbitas, por las comisuras de las mand\u00ed\u00adbulas, entre el esqueleto de sus dientes. Y cada escape de bruma gris que se exhalaba por entre las grietas de esas masas rojas, era saludado por una risa sobrehumana, clo\u00adqueo de la campanilla que temblaba, mientras el resto de sus lenguas chasqueaba d\u00e9bilmente.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se produjo una conmoci\u00f3n en el hospital, cuando el interno de guardia llev\u00f3 hasta la cabecera de los Sin-Cara a una mujercita en cabeza, quien mir\u00f3 al uno, luego al otro, con rostro aterrorizado, prorrumpiendo luego en llanto. Ante el escritorio del jefe m\u00e9dico del hospital, explic\u00f3, en\u00adtre sollozos, que cre\u00eda que uno de ellos era su marido. Figuraba entre los desaparecidos; pero como esos dos he\u00adridos carec\u00edan de toda se\u00f1al de identidad se hallaban en una categor\u00eda especial. Y tanto la altura, como el ancho de espaldas, y la forma de las manos, le recordaban sin lugar a dudas al hombre perdido. Mas se hallaba extremada\u00admente indecisa: de los dos Sin-Cara \u00bfcu\u00e1l era su marido?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esta mujercita era realmente encantadora; su peinador barato le moldeaba el seno, sus cabellos levantados a la usanza china, le confer\u00edan un dulce aspecto infantil. Su inocente dolor y una incertidumbre casi risible, se auna\u00adban en su expresi\u00f3n, contrayendo sus rasgos como los de una ni\u00f1ita que acabara de romper un juguete. De modo que el jefe m\u00e9dico del hospital no pudo contener una son\u00adrisa y, como hablaba con mucha claridad, dijo a la mujercita que lo miraba: \u00abLl\u00e9vatelos a tus Sin-Cara; los reco\u00adnocer\u00e1s prob\u00e1ndolos.\u00bb Al principio ella se escandaliz\u00f3 y dio vuelta la cabeza con rubor de ni\u00f1a avergonzada; luego baj\u00f3 los ojos mirando a una y otra cama. Los dos tajos rojos, suturados, continuaban descansando sobre las almohadas, con esa misma ausencia del sentido que los con\u00advert\u00eda en un doble enigma. Se inclin\u00f3 sobre ellos; habl\u00f3 al o\u00eddo de uno, luego del otro. Las cabezas no demostraban reacci\u00f3n alguna, pero las cuatro manos experimentaron una especie de vibraci\u00f3n, tal vez porque esos dos pobres cuerpos sin alma sent\u00edan vagamente que junto a ellos ha\u00adb\u00eda una mujercita encantadora, de suave perfume y exqui\u00adsitas y absurdas maneras de beb\u00e9.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ella vacil\u00f3 durante algunos momentos todav\u00eda, y ter\u00admin\u00f3 pidiendo que tuvieran a bien confiarle a los dos Sin-Cara durante un mes. Los llevaron, siempre uno al lado del otro, a un grande y mullido coche; la mujercita, sen\u00adtada frente a ellos, lloraba sin cesar con l\u00e1grimas ardientes. Y cuando llegaron a la casa, comenz\u00f3 para los tres una vida singular. Ella iba eternamente de un lado al otro, es\u00adpiando una indicaci\u00f3n, esperando una se\u00f1al. Observaba sus superficies rojas que nunca m\u00e1s se mover\u00edan. Miraba an\u00adsiosamente esas enormes cicatrices cuyos costurones iba conociendo gradualmente, como se conocen los rasgos del rostro bienamado. Las examinaba una a una, como prue\u00adbas de fotograf\u00edas, sin decidirse a elegir.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y poco a poco, la enorme pena que le angustiaba el coraz\u00f3n cuando, al principio, pensaba en su marido des\u00adaparecido, se fue convirtiendo en una calma indecisa. Vi\u00advi\u00f3 a la manera de alguien que ha renunciado a todo, mas que sigue viviendo por costumbre. Las dos mitades limi\u00adtadas que representaban al ser querido, nunca podr\u00edan reu\u00adnirse en su cari\u00f1o; pero sus pensamientos iban constante\u00admente de uno al otro, como si su alma oscilara cual un p\u00e9ndulo. Ve\u00eda en ambos a sus \u00abrojos maniqu\u00edes\u00bb, a insul\u00adsos mu\u00f1ecos que fueron llenando, poco a poco, su existen\u00adcia. Fumando sus pipas, sentados en el lecho en la misma actitud, exhalando las mismas volutas de humo, y profi\u00adriendo simult\u00e1neamente los mismos gritos inarticulados, m\u00e1s se asemejaban a enormes fantoches orientales, a m\u00e1scaras sangrientas venidas de ultramar, que a seres animados de vida consciente, que antes fueran hombres.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Eran sus \u00abdos monos\u00bb, sus mu\u00f1ecos rojos, sus dos mariditos, sus quemados, sus cuerpos sin alma, sus polichinelas de carne, sus cabezas agujereadas, sus cr\u00e1neos sin cerebro, sus rostros de sangre; ella los arreglaba uno despu\u00e9s del otro, hac\u00eda sus mantas, bordaba sus s\u00e1banas, serv\u00eda su vino, cortaban su pan; los hac\u00eda caminar por el centro de la habi\u00adtaci\u00f3n, uno a cada lado, y saltar sobre el piso; jugaba con ellos y si se enojaban, los empujaba afuera con la palma de la mano. Si los acariciaba, andaban junto a ella como perros retozones; si hac\u00eda un gesto duro, permanec\u00edan doblados en dos, como bestias temerosas. Se le acercaban cari\u00f1osamente pidi\u00e9ndole dulces; ambos pose\u00edan escudillas de madera en las que peri\u00f3dicamente hund\u00edan sus m\u00e1scaras rojas con alegres gritos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya las dos cabezas no irritaban a la mujercita como antes, no la intrigaban cual dos antifaces rojos colocados sobre rostros conocidos. Los quer\u00eda por igual, con infantil moh\u00edn. Dec\u00eda, refiri\u00e9ndose a ellos: \u00abMis fantoches duermen.\u00bb \u00abMis hombres est\u00e1n paseando.\u00bb Le pareci\u00f3 incomprensible que vi\u00adnieran del hospital a preguntar con cu\u00e1l de los dos se que\u00addaba. Era una pregunta absurda, como si le exigieran que cortase a su marido en dos. Los castigaba a veces como los ni\u00f1os lo hacen con sus mu\u00f1ecos malos. Dec\u00eda a uno de ellos: \u00ab\u00bfViste, mi peque\u00f1o antifaz, qu\u00e9 malo es tu hermano? Es malo como un mono. Lo he puesto de cara a la pared; s\u00f3lo lo dejar\u00e9 volverse si me pide perd\u00f3n.\u00bb Luego con una sonrisa, hac\u00eda girar al pobre cuerno, dulcemente sometido a la penitencia, y le besaba las manos. A veces tambi\u00e9n besaba sus horribles costurones, enjug\u00e1ndose la boca inme\u00addiatamente, frunciendo los labios, a escondidas. Y luego se re\u00eda a carcajadas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero insensiblemente se fue acostumbrando m\u00e1s a uno de ellos porque era m\u00e1s suave. Fue algo inconsciente, es cierto, ya que hab\u00eda perdido toda esperanza de reconocerlos. Lo prefiri\u00f3, como se prefiere a un animal favorito que se aca\u00adricia con mayor placer. Lo mismo m\u00e1s que al otro y lo bes\u00f3 con m\u00e1s ternura. Y el otro Sin-Cara se torn\u00f3 triste, tam\u00adbi\u00e9n gradualmente, sintiendo que faltaba junto a \u00e9l la pre\u00adsencia femenina. Permaneci\u00f3 replegado en s\u00ed mismo fre\u00adcuentemente acurrucado en su lecho, con la cabeza entre los brazos, como p\u00e1jaro enfermo; se neg\u00f3 a fumar, mientras el otro, ignorando su dolor, continuaba aspirando el humo gris que exhalaba con agudos gritos por todas las grietas de su m\u00e1scara purp\u00farea.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Entonces la mujercita cuid\u00f3 a su marido triste, pero sin comprenderlo mucho. El reclinaba la cabeza en su seno y sollozaba con el pecho, en una especie de ronco gru\u00f1ido que le recorr\u00eda el torso. Fue una lucha de celos en ese co\u00adraz\u00f3n negro de sombras; unos celos animales, nacidos de sensaciones con recuerdos confusos, tal vez de una vida anterior. Ella le cant\u00f3 canciones de cuna como a un ni\u00f1o, y lo calm\u00f3 posando sus frescas manos sobre su cabeza ar\u00addiente. Cuando lo vio muy enfermo, gruesas l\u00e1grimas caye\u00adron de sus alegres ojos sobre el pobre rostro mudo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero pronto sinti\u00f3 ella una angustia atenazante al tenor la vaga sensaci\u00f3n de gestos ya vistos en otra antigua enfer\u00admedad. Crey\u00f3 reconocer movimientos anta\u00f1o familiares; y la posici\u00f3n de las manos demacradas le recordaba confusa\u00admente otras manos semejantes, anteriormente amadas, que acariciaran sus ropas antes del enorme abismo que se abrie\u00adra en su vida.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y los lamentos del pobre ser abandonado le laceraron el alma; entonces, en anhelante incertidumbre, volvi\u00f3 a obser\u00advar las dos cabezas sin rostro. Ya no fueron dos mu\u00f1ecos purp\u00fareos; uno fue el extra\u00f1o y el otro, tal vez, la mitad de s\u00ed misma. Cuando el enfermo muri\u00f3, renaci\u00f3 su gran do\u00adlor. Crey\u00f3 haber perdido verdaderamente a su marido; co\u00adrri\u00f3 temerosa hacia el otro Sin-Cara y se detuvo, presa de infantil piedad, ante el miserable maniqu\u00ed escarlata que fu\u00admaba alegremente, modulando sus gritos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Una historia macabra (y muy influyente) de Marcel Schwob (1867-1905).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13335,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[22,2343,195,2855,2406],"class_list":["post-8611","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores-franceses","tag-literatura","tag-marcel-schwob"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/12\/schwob.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-2eT","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8611","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=8611"}],"version-history":[{"count":5,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8611\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13105,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8611\/revisions\/13105"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13335"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=8611"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=8611"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=8611"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}