{"id":82,"date":"2006-06-20T00:31:08","date_gmt":"2006-06-20T04:31:08","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/blog\/?p=94"},"modified":"2025-09-07T19:50:17","modified_gmt":"2025-09-08T01:50:17","slug":"vera","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/vera\/","title":{"rendered":"Vera"},"content":{"rendered":"<p>Un cuento de <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Auguste_Villiers_de_L'Isle-Adam\">Auguste de Villiers de l&#8217;Isle Adam<\/a> (1838-1889), gran maestro del simbolismo franc\u00e9s, proveniente del libro <em>Cuentos crueles<\/em>. La traducci\u00f3n es m\u00eda; espero que se lea mejor que otras que han llegado a aparecer en esta p\u00e1gina. Al hacerla quise rescatar la atm\u00f3sfera del cuento (muy vapuleada en otras versiones, o bien demasiado libres o demasiado literales), que se construye mediante los detalles de su ambiente y que sirve para comunicar su sentido por encima y por debajo de los meros hechos de la trama. Ojal\u00e1 les guste; Villiers es un escritor que vale la pena (re)descubrir. Los n\u00fameros entre par\u00e9ntesis que ver\u00e1n en el texto son tres breves notas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;(Agregado de 2025: una versi\u00f3n mejorada de esta traducci\u00f3n apareci\u00f3 en la antolog\u00eda <em>El \u00c1ngel de lo Extra\u00f1o. Cuentos fant\u00e1sticos del siglo XIX<\/em>, que reun\u00ed para la UNAM y se public\u00f3 en 2024.)<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/06\/auguste-villiers-de-l-isle-adam-cuentos-crueles-catedra-D_NQ_NP_20935-MLA20199995515_112014-F.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13261\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/vera\/auguste-villiers-de-l-isle-adam-cuentos-crueles-catedra-d_nq_np_20935-mla20199995515_112014-f\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/06\/auguste-villiers-de-l-isle-adam-cuentos-crueles-catedra-D_NQ_NP_20935-MLA20199995515_112014-F.jpg\" data-orig-size=\"630,487\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Auguste Villiers de l&amp;#8217;Isle Adam\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/06\/auguste-villiers-de-l-isle-adam-cuentos-crueles-catedra-D_NQ_NP_20935-MLA20199995515_112014-F.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/06\/auguste-villiers-de-l-isle-adam-cuentos-crueles-catedra-D_NQ_NP_20935-MLA20199995515_112014-F.jpg\" alt=\"\" width=\"630\" height=\"487\" class=\"aligncenter size-full wp-image-13261\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/06\/auguste-villiers-de-l-isle-adam-cuentos-crueles-catedra-D_NQ_NP_20935-MLA20199995515_112014-F.jpg 630w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/06\/auguste-villiers-de-l-isle-adam-cuentos-crueles-catedra-D_NQ_NP_20935-MLA20199995515_112014-F-300x232.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 630px) 100vw, 630px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>VERA<br \/>\nVilliers de l&#8217;Isle Adam<\/strong><\/p>\n<p><em>A la se\u00f1ora Condesa d\u2019Osmoy<\/em><\/p>\n<p>La forma del cuerpo le es m\u00e1s esencial que su sustancia.<br \/>\n<em>(La Fisiolog\u00eda moderna)<\/em><\/p>\n<p>El amor es m\u00e1s poderoso que la muerte, dijo Salom\u00f3n. S\u00ed: su extra\u00f1a fuerza no conoce l\u00edmites.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fue en Par\u00eds, en una tarde oto\u00f1al de estos \u00faltimos a\u00f1os. Los carruajes retrasados que ven\u00edan del Bosque, ya iluminados, se dirig\u00edan hacia el barrio sombr\u00edo de Saint-Germain. Uno de los coches detuvo su marcha frente al portal de un enorme palacete se\u00f1orial, rodeado de jardines antiguos. El arco luc\u00eda el escudo de piedra con las armas de la antigua familia de los condes de Athol: una estrella plateada en un campo de azur y la divisa <em>Pallida Victrix<\/em> <a name=\"volvernota1\"><\/a>(<a href=\"#nota1\">1<\/a>) bajo una corona respaldada de armi\u00f1o principesco. Las gruesas puertas se abrieron. Un hombre vestido de negro, de unos treinta y cinco a\u00f1os y rostro p\u00e1lido como la muerte, descendi\u00f3 del coche. Taciturnos criados con antorchas lo aguardaban en la escalinata. Sin mirarlos, el hombre pis\u00f3 el umbral y entr\u00f3 en la casa. Era el conde de Athol. Vacilante, subi\u00f3 las blancas escaleras que conduc\u00edan al recinto donde, por la ma\u00f1ana, hab\u00eda colocado en un ata\u00fad forrado de terciopelo, envuelto en olas de batista y violetas, el cuerpo de Vera, su dama de voluptuosidad, su p\u00e1lida esposa, su desesperaci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Arriba, la puerta gir\u00f3 suavemente sobre la alfombra; el conde abri\u00f3 las cortinas. Todas las cosas estaban en el mismo lugar en que, el d\u00eda anterior, las hab\u00eda dejado la condesa. La Muerte hab\u00eda llegado s\u00fabitamente. La noche anterior, su bienamada se hab\u00eda desvanecido en goces tan profundos, se hab\u00eda perdido en tan exquisitos abrazos, que su coraz\u00f3n, quebrado por las delicias, hab\u00eda desfallecido. Bruscamente, sus labios se mojaron de un p\u00farpura mortal. Apenas consigui\u00f3 dar un \u00faltimo beso a su esposo, sonriendo en silencio. Luego, como negros crespones, las largas pesta\u00f1as ocultaron la noche hermosa de sus ojos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El d\u00eda sin nombre hab\u00eda pasado ya.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A mediod\u00eda, el conde, tras la horrible ceremonia en el pante\u00f3n familiar, recibi\u00f3 en el cementerio el p\u00e9same del cortejo negro. Despu\u00e9s se meti\u00f3 solo, con la muerta, entre las cuatro paredes de m\u00e1rmol, y cerr\u00f3 tras de s\u00ed la puerta del mausoleo. El incienso ard\u00eda en un tr\u00edpode ante el f\u00e9retro; una corona de l\u00e1mparas iluminaba la cabellera de la muerta y la llenaba de estrellas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De pie, meditabundo, sintiendo tan s\u00f3lo una ternura sin esperanzas, el conde permaneci\u00f3 all\u00ed durante todo el d\u00eda. Hacia las seis, con el atardecer, abandon\u00f3 el lugar sagrado. Cuando cerr\u00f3 el sepulcro, retir\u00f3 la llave de plata del cerrojo y, de puntillas sobre el \u00faltimo escal\u00f3n, la ech\u00f3 suavemente en las losas del interior de la tumba, a trav\u00e9s del tr\u00e9bol que coronaba el portal. \u00bfPor qu\u00e9 lo hizo? Seguramente por una decisi\u00f3n misteriosa de no volver m\u00e1s.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y ahora contemplaba la habitaci\u00f3n viuda.<br \/>\nLa ventana, bajo las amplias colgaduras de cachemira malva bordadas en oro, estaba abierta; un \u00faltimo rayo de sol iluminaba, en su marco de madera antigua, el gran retrato de la difunta. El conde mir\u00f3 a su alrededor: el vestido arrojado la v\u00edspera sobre un sill\u00f3n; encima de la chimenea, las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, los frascos de perfumes que <em>Ella<\/em> no volver\u00eda a aspirar. Sobre la cama de \u00e9bano y columnas salom\u00f3nicas, todav\u00eda deshecha, pod\u00eda verse entre los encajes la huella que la adorada y divina cabeza hab\u00eda dejado en la almohada. Tambi\u00e9n vio el conde un pa\u00f1uelo manchado de sangre, donde el alma de la joven se hab\u00eda estremecido, por un momento, antes de la muerte; el piano a\u00fan abierto y, sobre \u00e9l, la partitura de una melod\u00eda ya por siempre inconclusa; las flores indias recogidas por ella en el invernadero, que se marchitaban en antiguos jarrones de Sajonia; y a los pies de la cama, sobre una piel negra, las peque\u00f1as pantuflas de terciopelo de Oriente luc\u00edan, bordada con perlas, una risue\u00f1a divisa de Vera: <em>Quien viera a Vera, a Vera amara<\/em>. \u00a1Apenas ayer los pies desnudos de la amada hab\u00edan estado all\u00ed, jugando, besados por las plumas de cisne! Y all\u00ed, all\u00ed en la sombra, el reloj de p\u00e9ndulo, a quien el conde hab\u00eda destruido el mecanismo, para que no anunciara nuevas horas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00a1As\u00ed se hab\u00eda ido ella\u2026! \u00bfA d\u00f3nde\u2026? \u00bfPod\u00eda \u00e9l seguir viviendo\u2026? \u00bfPara qu\u00e9? Era imposible, absurdo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El conde se abismaba en pensamientos extra\u00f1os.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;So\u00f1aba con toda su vida pasada. Seis meses hab\u00edan transcurrido desde la boda. \u00bfNo hab\u00eda sido en el extranjero, en un baile de embajada, que la hab\u00eda visto por primera vez? S\u00ed. El instante resucitaba claro ante sus ojos. All\u00ed estaba ella, radiante. Esa noche sus miradas se encontraron. Se reconocieron, \u00edntimamente, como seres de igual naturaleza, hechos para amarse eternamente.<br \/>\nLas charlas falaces, las miradas indiscretas, las maledicencias, todas las trabas que pone el mundo para retardar la dicha inevitable de quienes se pertenecen, hab\u00edan desaparecido ante la tranquila certeza de que ambos eran, desde aquel instante, el uno del otro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No bien se hubo fastidiado de quienes la rodeaban, cansada de sus insulsas ceremonias, Vera se hab\u00eda acercado a \u00e9l, simplificando as\u00ed magistralmente los tr\u00e1mites banales en que se pierde el tiempo precioso de la vida.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A las primeras palabras, las vanas apreciaciones de los otros, los indiferentes, les parecieron un vuelo de p\u00e1jaros nocturnos que retornaban a las tinieblas. \u00a1Qu\u00e9 sonrisa intercambiaron! \u00a1Qu\u00e9 abrazo inefable!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No obstante, sus naturalezas eran, en verdad, de lo m\u00e1s extra\u00f1o. Eran dos personas dotadas de sentidos extraordinarios, pero exclusivamente terrenales. En ellos las sensaciones se prolongaban con perturbadora intensidad. A fuerza de sentirlas se olvidaban de s\u00ed mismos. Y por contra, ciertas ideas, las del esp\u00edritu por ejemplo, las del infinito, y hasta la misma idea de Dios, estaban como veladas para su entendimiento. La fe de muchos en las cosas sobrenaturales era para ellos, tan s\u00f3lo, el motivo de vagos asombros: una tema desconocido que no los preocupaba, pues no eran capaces de condenar ni de justificar. As\u00ed, reconociendo que el mundo les era ajeno, despu\u00e9s de la uni\u00f3n se hab\u00edan aislado en esa casa antigua  y sombr\u00eda, donde el espesor de los jardines amortiguaba el bullicio de afuera.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;All\u00ed, los dos amantes se hundieron en el oc\u00e9ano de sus goces l\u00e1nguidos y perversos, en los que el esp\u00edritu se une misteriosamente a la carne. Agotaron la violencia de los deseos, los estremecimientos y las ternuras fren\u00e9ticas. Cada uno fue el latido del otro. En ellos el esp\u00edritu penetraba los cuerpos de tal modo que sus formas se les volv\u00edan abstractas, y los besos, mallas ardientes, los encadenaban en una fusi\u00f3n ideal. \u00a1Qu\u00e9 vasto deslumbramiento! Y de pronto el hechizo se romp\u00eda, el terrible accidente los separaba, sus brazos se desenlazaban. \u00bfQu\u00e9 sombra le hab\u00eda quitado a su querida muerta? \u00a1Muerta! No. \u00bfEs que el alma de los violoncelos desaparece con el chasquido de una cuerda que se rompe?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pasaron las horas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El conde miraba, por la ventana, la noche que avanzaba por el cielo. Y la noche le parec\u00eda una persona: una reina melanc\u00f3lica que marchaba hacia el exilio. Venus era el prendedor de diamantes de su t\u00fanica de duelo: brillaba sola, por encima los \u00e1rboles, perdida en el fondo del azul.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00abAh\u00ed est\u00e1 Vera\u00bb, pens\u00f3 \u00e9l.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y al pronunciar el nombre, en voz baja, tembl\u00f3 como si se despertara de un sue\u00f1o. Despu\u00e9s, levant\u00e1ndose, mir\u00f3 a su alrededor.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los objetos del cuarto estaban iluminados por una luz, hasta entonces, imprecisa: la de una lamparilla que azulaba las tinieblas y que la noche, desde el firmamento, hac\u00eda aparecer aqu\u00ed como otra estrella. La lamparilla alumbraba, entre aromas de incienso, un icono, reliquia familiar de Vera. El tr\u00edptico, hecho de antigua madera preciosa, se hallaba suspendido entre el espejo y el cuadro de su amada. Un reflejo dorado del interior ca\u00eda vacilante sobre el collar, en medio de las joyas que estaban sobre la chimenea. El halo de la Madona de manto azul brillaba en tonos ros\u00e1ceos junto a la cruz bizantina de trazos delgados y rojos que, esfumados en el reflejo, cubr\u00edan con un tinte de sangre el agua iluminada de las perlas. Desde la infancia, Vera se condol\u00eda, al mirarlo con sus grandes ojos, del rostro puro y maternal de la Virgen de sus antepasados; por desgracia, su temperamento s\u00f3lo le permit\u00eda brindarle un amor supersticioso, que ella le ofrec\u00eda ingenuamente, a veces, cuando pasaba frente al velador.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El conde, tocado por el dolor de los recuerdos en lo m\u00e1s secreto del alma, se alz\u00f3, apag\u00f3 la luz sagrada, y, a tientas en la oscuridad, tom\u00f3 el cord\u00f3n con la mano y llam\u00f3.<br \/>\nUn sirviente apareci\u00f3: era un anciano vestido de negro, con una l\u00e1mpara que coloc\u00f3 delante del retrato de la condesa. Cuando se dio vuelta, sinti\u00f3 un escalofr\u00edo de temor supersticioso al ver que su amo estaba de pie y sonriendo, como si nada hubiera pasado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Raymond \u2014dijo serenamente el conde\u2014, <em>esta noche la condesa y yo estamos rendidos de fatiga<\/em>. Servir\u00e1s la cena a las diez. Por cierto, hemos decidido que queremos estar m\u00e1s a solas desde ma\u00f1ana. Ninguno de los criados, salvo t\u00fa, pasar\u00e1 la noche en la casa. Les dar\u00e1s el sueldo de tres a\u00f1os y que se vayan. Despu\u00e9s cerrar\u00e1s la puerta de entrada y encender\u00e1s las luces de abajo, en el comedor. T\u00fa nos bastar\u00e1s. En adelante no recibiremos a ninguna persona.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El anciano temblaba mientras lo observaba atentamente.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El conde encendi\u00f3 un cigarro y baj\u00f3 a los jardines.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Su servidor pens\u00f3 primero que el dolor, de tan pesado, de tan desesperado, hab\u00eda enloquecido el esp\u00edritu de su amo; lo conoc\u00eda desde la infancia. Al instante comprendi\u00f3 que un despertar intempestivo pod\u00eda ser fatal para ese son\u00e1mbulo. Su deber, ante todo, era respetar aquel secreto.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Agach\u00f3 la cabeza. \u00bfDeb\u00eda ser c\u00f3mplice devoto de aquel delirio religioso? \u00bfObedecer? \u00bfContinuar sirvi\u00e9ndo<em>los<\/em> sin tomar en cuenta a la Muerte? \u00a1Qu\u00e9 idea extra\u00f1a!&#8230; \u00bfTan s\u00f3lo durar\u00eda una noche?&#8230; \u00a1Ma\u00f1ana, ma\u00f1ana!&#8230; \u00bfQui\u00e9n sabe?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00a1Quiz\u00e1!&#8230; \u00a1Despu\u00e9s de todo era un proyecto sagrado! \u00bfQu\u00e9 derecho ten\u00eda \u00e9l para cuestionarlo?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sali\u00f3 de la habitaci\u00f3n, ejecut\u00f3 las \u00f3rdenes al pie de la letra, y desde esa noche comenz\u00f3 la ins\u00f3lita existencia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se trataba de crear una ilusi\u00f3n terrible.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pronto desapareci\u00f3 la turbaci\u00f3n de los primeros d\u00edas. Raymond, primero con estupor, luego con una suerte de deferencia y de ternura, se las hab\u00eda ingeniado tan bien para actuar con naturalidad que no hab\u00edan pasado tres semanas cuando \u00e9l mismo ya se sent\u00eda, por momentos, casi enga\u00f1ado por su buena voluntad. Su reticencia iba cediendo. A veces, como afectado por un v\u00e9rtigo, necesitaba repetirse que la condesa estaba positivamente muerta. Se entregaba a este juego f\u00fanebre y a cada instante olvidaba la realidad. Pronto le hizo falta m\u00e1s de una reflexi\u00f3n para convencerse y volver a sus cabales. Entendi\u00f3 que finalmente se abandonar\u00eda por completo al magnetismo espantoso que los rodeaba. Ten\u00eda miedo, pero un miedo suave e indeciso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00a1El conde de Athol, en efecto, viv\u00eda del todo en la inconsciencia de la muerte de su amada! No pod\u00eda sino siempre creerla presente: hasta ese punto la forma de la joven se hab\u00eda mezclado con la suya. Unas veces, en los d\u00edas de sol, sentado en una banca en el jard\u00edn, le\u00eda en alta voz los poemas favoritos de ella; otras, de noche, ante el fuego, con dos tazas de t\u00e9 sobre la mesa, conversaba con la sonriente ilusi\u00f3n, sentada, seg\u00fan \u00e9l, en el otro sill\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los d\u00edas, las noches, las semanas pasaron. Ni conde ni sirviente sab\u00edan lo que estaban logrando. Ahora ocurr\u00edan fen\u00f3menos extra\u00f1os, en los que era dif\u00edcil distinguir el punto donde se un\u00edan lo real y lo imaginario. Una presencia flotaba en el aire; una forma se esforzaba por aparecer, por dibujarse en el espacio que se hab\u00eda vuelto indefinible.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El conde <em>viv\u00eda por dos<\/em>, como iluminado. Un rostro suave y p\u00e1lido, entrevisto en un parpadeo como un rel\u00e1mpago; un d\u00e9bil acorde que sonaba bruscamente en el piano; un beso que le cerraba la boca cuando \u00e9l iba a hablar; trazas de pensamiento <em>femenino<\/em> que se despertaban en \u00e9l como respuesta a lo que dec\u00eda; un desdoblamiento de s\u00ed mismo tal que sent\u00eda, como en una niebla fluida, el perfume suave y vertiginoso de su bienamada. Y de noche, entre el sue\u00f1o y la vigilia, palabras escuchadas muy bajo. Todo le advert\u00eda. \u00a1Era, en fin, una negaci\u00f3n de la muerte, elevada a una potencia desconocida!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Una vez, el conde la sinti\u00f3 y la vio tan claramente junto a \u00e9l que la tom\u00f3 entre sus brazos. Pero el movimiento la disip\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Ni\u00f1a! \u2014murmur\u00f3 \u00e9l, sonriendo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y se volvi\u00f3 a dormir como un amante a quien se ha rehusado la querida, reidora y so\u00f1olienta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El d\u00eda de su fiesta, \u00e9l puso en broma una siempreviva en el ramo de flores que dej\u00f3 sobre la almohada de Vera.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014En vista de que se cree muerta \u2014dijo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del se\u00f1or de Athol, quien a fuerza de amor daba vida y presencia a su mujer en la mansi\u00f3n solitaria, tal existencia hab\u00eda terminado por ganar un encanto sombr\u00edo y persuasivo. El mismo Raymond ya no sent\u00eda ning\u00fan temor, pues gradualmente se hab\u00eda habituado a aquellas impresiones.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Un vestido de terciopelo negro entrevisto al doblar una esquina; una voz alegre que lo llamaba en el sal\u00f3n; el sonar de la campanilla en la ma\u00f1ana, como en otros tiempos: todo se le hab\u00eda hecho familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba a ser invisible, como una ni\u00f1a. \u00a1Se sent\u00eda tan querida! Era muy <em>natural<\/em>.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Un a\u00f1o pas\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La tarde del Aniversario, el conde, sentado junto al fuego en la habitaci\u00f3n de Vera, acababa de leerle un <em>fabliau<\/em> (<a href=\"#nota2\">2<\/a>) <a name=\"volvernota2\"><\/a>florentino: <em>Cal\u00edmaco<\/em>. Luego cerr\u00f3 el libro y, mientras serv\u00eda el t\u00e9, dijo:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfTe acuerdas, <em>dushka<\/em>,  (<a href=\"#nota3\">3<\/a>) <a name=\"volvernota3\"><\/a>del Valle de las Rosas, de la ribera del Lahn, del Castillo de las Cuatro Torres\u2026? Esta historia te los recuerda, \u00bfno es verdad?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se levant\u00f3 y, en el espejo azulado, se vio m\u00e1s p\u00e1lido que de costumbre. Tom\u00f3 un brazalete de perlas de un alhajero y lo mir\u00f3 con atenci\u00f3n. \u00bfVera no se lo hab\u00eda quitado apenas del brazo, antes de desvestirse? Las perlas a\u00fan estaban tibias y su agua parec\u00eda suavizada, como por el calor de su carne. Y estaba el \u00f3palo de aquel collar siberiano, que tambi\u00e9n amaba el bello seno de Vera hasta el punto de palidecer morbosamente, en su red de oro, siempre que la joven olvidaba usarlo por un tiempo. La condesa amaba, por esto, a la piedra fiel\u2026 Y esta noche el \u00f3palo brillaba como si ella apenas se lo hubiese quitado, como si el exquisito magnetismo de la muerta lo penetrara a\u00fan. Al dejar el collar y la piedra preciosa, el conde roz\u00f3 sin querer el pa\u00f1uelo de batista, \u00a1en el que las gotas de sangre estaban h\u00famedas y rojas como claveles en la nieve\u2026! All\u00e1, sobre el piano, \u00bfqui\u00e9n hab\u00eda pasado la \u00faltima p\u00e1gina de la melod\u00eda de anta\u00f1o? \u00a1Qu\u00e9\u2026! \u00a1La lamparilla sacra se hab\u00eda encendido en el relicario! \u00a1S\u00ed, su llama dorada iluminaba con luz m\u00edstica el rostro de ojos cerrados de la Madona! \u00bfY esas flores orientales, nuevamente frescas, que se abr\u00edan en los viejos vasos de Sajonia? \u00bfQu\u00e9 mano hab\u00eda venido a ponerlas? El cuarto parec\u00eda alegre y provisto de vida, de una forma m\u00e1s significativa y m\u00e1s intensa que de costumbre. \u00a1Pero ya nada pod\u00eda sorprender al conde! Todo le parec\u00eda tan normal que ni siquiera prest\u00f3 atenci\u00f3n a que la hora sonaba en el reloj de p\u00e9ndulo, que hab\u00eda estado detenido por un a\u00f1o.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00a1Esa noche, sin embargo, se hubiera dicho que, desde el fondo de las tinieblas, la condesa Vera se esforzaba adorablemente en regresar a su habitaci\u00f3n, siempre impregnada de su presencia! \u00a1Tanto de s\u00ed misma hab\u00eda dejado all\u00ed! Todo cuanto hab\u00eda constituido su existencia la atra\u00edan. Su encanto flotaba all\u00ed; \u00a1las violencias constantes de la apasionada voluntad de su esposo deb\u00edan haber desatado los tenues lazos de lo Invisible a su alrededor\u2026!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;All\u00ed se le <em>necesitaba<\/em>. Todo lo que ella amaba estaba all\u00ed.<br \/>\nDe seguro deseaba regresar a sonre\u00edrse de nuevo en el cristal misterioso, que tantas veces hab\u00eda reflejado su rostro blanco como un lirio. La dulce muerta, all\u00e1 abajo, se hab\u00eda estremecido sin duda entre sus violetas, bajo las l\u00e1mparas apagadas; la divina muerta hab\u00eda temblado, en el sepulcro, tan sola, al ver la llave de plata arrojada sobre las baldosas. \u00a1Tambi\u00e9n ella quer\u00eda volver con \u00e9l! Y su voluntad se desvanec\u00eda en la idea del incienso y del aislamiento. La Muerte no es una circunstancia definitiva sino para quienes esperan el Cielo; pero \u00bfno eran los besos de \u00e9l la Muerte, y el Cielo, y la Vida para ella? Y el beso solitario de su esposo atra\u00eda sus labios, en la sombra. Y el sonido de melod\u00edas pasadas, las palabras embriagadoras de anta\u00f1o, las telas que cubr\u00edan su cuerpo y guardaban su perfume, las piedras m\u00e1gicas que la <em>deseaban<\/em> con su misteriosa simpat\u00eda\u2026, y sobre todo la inmensa y absoluta impresi\u00f3n de su presencia, esa opini\u00f3n que las cosas mismas compart\u00edan, \u00a1todo la convocaba all\u00ed, la atra\u00eda desde tanto tiempo atr\u00e1s, tan insensiblemente, que, curada ya de la durmiente Muerte, no faltaba sino <em>Ella misma<\/em>!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00a1Ah! \u00a1Las Ideas son seres vivos\u2026! El conde hab\u00eda vaciado en el aire la forma de su amor, y era preciso que ese vac\u00edo se llenara con el \u00fanico ser que pod\u00eda corresponderle: de lo contrario el universo se hubiera derrumbado. En ese momento se tuvo la impresi\u00f3n definitiva, simple, absoluta, de que <em>Ella ten\u00eda que estar ah\u00ed, en la habitaci\u00f3n<\/em>. \u00c9l estaba tan tranquilamente seguro de esto como de su propia existencia,  y todas las cosas que lo rodeaban se hab\u00edan saturado de esta certidumbre. Y como <em>no faltaba sino la misma Vera<\/em>, tangible, evidente, \u00a1<em>era necesario que ella estuviese all\u00ed <\/em> y que el gran Sue\u00f1o de la Vida y de la Muerte abriese sus puertas infinitas! El camino de la resurrecci\u00f3n le hab\u00eda sido mostrado por medio de la fe. Una carcajada fresca y musical ilumin\u00f3, con alegr\u00eda, el lecho nupcial; el conde se volvi\u00f3. Y all\u00ed, ante sus ojos, hecha de voluntad y de recuerdos, apoyada fluidamente en el almohad\u00f3n de encajes, su mano recogiendo los negros cabellos, su boca deliciosamente entreabierta en una sonrisa de paradis\u00edaca voluptuosidad, bella a morir\u2026 ella, la condesa Vera, lo miraba, a\u00fan algo adormecida.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Roger\u2026! \u2014dijo, con una voz distante.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00c9l se le acerc\u00f3. \u00a1Sus labios se unieron en un gozo divino\u2026,  olvidado de todo\u2026 inmortal\u2026!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<em>Entonces<\/em> sintieron que no eran, en verdad, sino un solo ser.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las horas rozaron, con su vuelo extra\u00f1o, aquel  \u00e9xtasis, en el que por vez primera se mezclaban la tierra y el cielo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De pronto, el conde de Athol se estremeci\u00f3, como golpeado por un recuerdo fatal.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Ah! \u00a1Ahora recuerdo\u2026! \u2014dijo\u2014 \u00bfQu\u00e9 sucede? \u00a1Pero si t\u00fa est\u00e1s muerta!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En ese mismo instante, con esa palabra, se extingui\u00f3 la l\u00e1mpara m\u00edstica del icono. La p\u00e1lida claridad de la ma\u00f1ana \u2013de una ma\u00f1ana banal, gris\u00e1cea y lluviosa\u2013 se filtr\u00f3 en la habitaci\u00f3n por los intersticios del cortinado. Las velas languidecieron y se apagaron, para echar humo acre por sus mechas rojas; el fuego desapareci\u00f3 bajo un manto de cenizas tibias; las flores se marchitaron y se desecaron en pocos segundos; el p\u00e9ndulo del reloj recobr\u00f3 poco a poco su inmovilidad. La <em>certidumbre<\/em> de todos los objetos huy\u00f3 s\u00fabitamente. El \u00f3palo, muerto, no brillaba m\u00e1s; las manchas de sangre se coagularon tambi\u00e9n en el pa\u00f1uelo, cercano a la piedra; y, borr\u00e1ndose entre los brazos desesperados que en vano quer\u00edan estrecharla de nuevo, la ardiente y blanca visi\u00f3n volvi\u00f3 al aire y se perdi\u00f3. Un tenue suspiro de adi\u00f3s, n\u00edtido, lejano, alcanz\u00f3 el alma de Roger. El conde se irgui\u00f3: acababa de advertir que estaba solo. Su sue\u00f1o acababa de esfumarse de un solo golpe; hab\u00eda roto el hilo magn\u00e9tico de la radiante trama con una sola palabra. La atm\u00f3sfera era, ahora, la de los difuntos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Como l\u00e1grimas de vidrio, agrupadas sin orden y sin embargo tan s\u00f3lidas que es imposible romperlas por su parte m\u00e1s gruesa, pero que se deshacen en un polvo impalpable y s\u00fabito si se parten por el extremo, m\u00e1s fino que la punta de una aguja, todo se hab\u00eda desvanecido.<br \/>\n\u2014\u00a1Ah! \u2014murmur\u00f3 el conde\u2014 \u00a1Es el final! \u00a1Se ha perdido\u2026! \u00a1Y est\u00e1 sola\u2026! \u00bfCu\u00e1l es la ruta, ahora, para  llegar hasta ti? \u00a1Mu\u00e9strame un camino que me lleve hasta ti\u2026!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De pronto, como una respuesta, un objeto brillante cay\u00f3 del lecho nupcial a la piel negra en el piso, haciendo un ruido met\u00e1lico; un rayo del espantoso d\u00eda terrestre lo ilumin\u00f3. El abandonado se inclin\u00f3, recogi\u00f3 el objeto, y una sonrisa sublime le ilumin\u00f3 el rostro al reconocerlo: era la llave de la tumba.<\/p>\n<p><em><strong>Traducci\u00f3n &copy; Alberto Chimal<\/strong><\/em><\/p>\n<p>NOTAS:<\/p>\n<p><a name=\"nota1\"><\/a>(1)  \u201cP\u00e1lida (pero) victoriosa\u201d, en lat\u00edn.[<a href=\"#volvernota1\">volver<\/a>]&nbsp;<br \/>\n<a name=\"nota2\"><\/a>(2)  Los <em>fabliaux<\/em> son breves narraciones humor\u00edsticas en verso, muchas veces de car\u00e1cter er\u00f3tico o de asunto vulgar y siempre escritas en un lenguaje popular; su origen es la propia Francia y se remontan a la Edad Media. [<a href=\"#volvernota2\">volver<\/a>]&nbsp;<br \/>\n<a name=\"nota3\"><\/a>(3)  En ruso, \u201cquerida\u201d. [<a href=\"#volvernota3\">volver<\/a>]\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El conde Villiers de l&#8217;Isle Adam (1838-1889), maestro del simbolismo franc\u00e9s, cuenta una historia de amor y muerte.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13261,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,3069,2343,195,2855,3068,530,3210,3067,1479],"class_list":["post-82","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-cuentos-crueles","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores-franceses","tag-literatura","tag-simbolismo","tag-traducciones","tag-traducciones-originales","tag-vera","tag-villiers-de-lisle-adam"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/06\/auguste-villiers-de-l-isle-adam-cuentos-crueles-catedra-D_NQ_NP_20935-MLA20199995515_112014-F.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/sjEhq-vera","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/82","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=82"}],"version-history":[{"count":10,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/82\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16634,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/82\/revisions\/16634"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13261"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=82"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=82"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=82"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}