{"id":7978,"date":"2011-05-25T11:30:17","date_gmt":"2011-05-25T16:30:17","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=7978"},"modified":"2018-02-07T10:50:04","modified_gmt":"2018-02-07T16:50:04","slug":"hagalo-usted-mismo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/hagalo-usted-mismo\/","title":{"rendered":"H\u00e1galo usted mismo"},"content":{"rendered":"<p>El cuento de este mes es una novedad: un in\u00e9dito. Su autor es <a href=\"http:\/\/davidmiklos.tumblr.com\/\">David Miklos<\/a> (San Antonio, Texas, 1970), narrador mexicano, autor de las novelas <em>La piel muerta, La gente extra\u00f1a, La hermana falsa<\/em> y <em>La vida triestina<\/em>. Tambi\u00e9n compil\u00f3 la antolog\u00eda <em>Una ciudad mejor que \u00e9sta<\/em>, dirigi\u00f3 la revista literaria <em>Cuaderno Salm\u00f3n<\/em> y aparece con frecuencia en antolog\u00edas y revistas.<br \/>\nAgradezco mucho a David que se haya animado a compartir su texto &#8211;que habla de la memoria, de los juguetes y de algo m\u00e1s oscuro que no dir\u00e9&#8211; con los lectores de <em>Las Historias<\/em>.<\/p>\n<div align=\"center\">\n[fusion_builder_container hundred_percent=\u00bbyes\u00bb overflow=\u00bbvisible\u00bb][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=\u00bb1_1&#8243; background_position=\u00bbleft top\u00bb background_color=\u00bb\u00bb border_size=\u00bb\u00bb border_color=\u00bb\u00bb border_style=\u00bbsolid\u00bb spacing=\u00bbyes\u00bb background_image=\u00bb\u00bb background_repeat=\u00bbno-repeat\u00bb padding=\u00bb\u00bb margin_top=\u00bb0px\u00bb margin_bottom=\u00bb0px\u00bb class=\u00bb\u00bb id=\u00bb\u00bb animation_type=\u00bb\u00bb animation_speed=\u00bb0.3&#8243; animation_direction=\u00bbleft\u00bb hide_on_mobile=\u00bbno\u00bb center_content=\u00bbno\u00bb min_height=\u00bbnone\u00bb]<figure id=\"attachment_7980\" aria-describedby=\"caption-attachment-7980\" style=\"width: 302px\" class=\"wp-caption alignnone\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"7980\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/hagalo-usted-mismo\/david_miklos\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/David_Miklos.jpg\" data-orig-size=\"302,238\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"David Miklos\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;David Miklos. Fuente: eluniversal.com.mx&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/David_Miklos.jpg\" class=\"size-full wp-image-7980\" title=\"David Miklos\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/David_Miklos.jpg\" alt=\"\" width=\"302\" height=\"238\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/David_Miklos.jpg 302w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/David_Miklos-300x236.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 302px) 100vw, 302px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-7980\" class=\"wp-caption-text\">David Miklos. Fuente: eluniversal.com.mx<\/figcaption><\/figure>\n<\/div>\n<p><!--more--><\/p>\n<blockquote><p><strong>H\u00c1GALO USTED MISMO<br \/>\nDavid Miklos<\/strong><\/p><\/blockquote>\n<div align=\"right\"><em>a Pap\u00e1, por supuesto, y para la ni\u00f1a que ser\u00e1 Anna<\/em>\n<\/div>\n<p>\u2013Arriba en nuestro cuarto hay uno igual, sube a verlo.<br \/>\nAntes de que mi padre acabara de hablar, el ni\u00f1o que fui ya hab\u00eda corrido escaleras arriba y buscaba, sin \u00e9xito, el juguete prometido: un peque\u00f1o t\u00edtere de madera, su cuerpo y articulaciones recortadas de la contratapa del empaque de un apestoso queso franc\u00e9s y ligadas entre s\u00ed con hilo blanco.<br \/>\nDesanimado, baj\u00e9 al comedor con un moh\u00edn de puchero en la cara.<br \/>\n\u2013No lo encuentro \u2013le dije a mi padre, quien insisti\u00f3 en que subiera de nueva cuenta a buscar al peque\u00f1o t\u00edtere de madera, mientras \u00e9l y mi madre segu\u00edan untando mantequilla y queso apestoso a sus rebanadas de pan baguette.<br \/>\n\u2013B\u00fascalo bien, all\u00ed est\u00e1, junto a la cama.<br \/>\nBrioso, sub\u00ed de nuevo a la rec\u00e1mara de mis padres y busqu\u00e9 el t\u00edtere a ambos lados de su cama matrimonial, el amplio retrato de un bosque oto\u00f1al impreso en el muro, sobre la cabecera. Un bosque como para perderse entre sus \u00e1rboles. Un bosque como el bosque de Hansel y Gretel.<br \/>\n\u2013\u00a1No hay nada aqu\u00ed! \u2013grit\u00e9, el cuerpo del ni\u00f1o que fui asomado por el umbral del recinto en el que no fui concebido.<br \/>\nLa voz risue\u00f1a de mi padre me alcanz\u00f3, insistente.<br \/>\n\u2013\u00a1Busca bien!<\/p>\n<div align=\"center\">*<\/div>\n<p>Apenas llegaba la temporada navide\u00f1a, mis padres se armaban de refuerzos y resist\u00edan con aplomo las incansables peticiones que mi hermana y yo les hac\u00edamos, postrados los cuatro ante la vieja televisi\u00f3n de bulbos que mostraba coloridos y relucientes juguetes en un deslavado, tembloroso blanco y negro.<br \/>\n\u2013\u00a1Yo quiero \u00e9se! \u2013vociferaba el ni\u00f1o que fui.<br \/>\n\u2013\u00a1Y yo \u00e9sa! \u2013se sumaba a mi alarido aqu\u00e9l de la ni\u00f1a que fue mi hermana.<br \/>\nSin m\u00e1s, mis padres intercambiaban una mirada lateral y guardaban silencio, ansiosos por que reiniciara el episodio de Se\u00f1orita Cometa que ve\u00edamos los cuatro apoltronados en el sill\u00f3n \u2013un sofa cam\u00e1 plegado en realidad\u2013, tal vez el cap\u00edtulo aterrador en el que hab\u00eda una bruja en un bosque y una pelota roja que rebotaba, rodaba y luego se perd\u00eda entre el follaje reseco.<br \/>\nLa hora de dormir llegaba y las peticiones de juguetes llegaban a su t\u00e9rmino. Mientras mi padre dormitaba ante el primer noticiero de la noche, mi madre nos arropaba y nos ped\u00eda que eligi\u00e9ramos el cuarto en el que nos seguir\u00eda contando la historia iniciada alguno de los d\u00edas anteriores. Casi siempre ganaba yo, y all\u00ed \u00edbamos los tres a mi rec\u00e1mara, uno de sus muros vestido por un tapiz que mostraba a los personajes de <em>El libro de la selva<\/em>, Mowgli y compa\u00f1\u00eda.<br \/>\nPronto los ni\u00f1os que fuimos mi hermana y yo olvid\u00e1bamos los juguetes que muchos ni\u00f1os s\u00ed recibir\u00edan el d\u00eda de los Reyes Magos, embelesados por los cuentos casi surrealistas que mi madre se inventaba, venidos acaso de los delirios de su propia infancia.<br \/>\nLa primera en caer dormida era mi hermana, tres a\u00f1os menor que yo, y apenas cerraba los ojos mi madre dec\u00eda \u201cContinuar\u00e1\u201d, me daba las buenas noches y sal\u00eda de mi cuarto con mi hermana en brazos, no sin antes apagar, h\u00e1bilmente, la luz con el codo de alguno de sus brazos.<br \/>\nY all\u00ed me quedaba yo, sumido en el oscuro bosque de la noche, atento a los ruidos que la noche suburbana me tra\u00eda, el sonido de canciones rancheras venido del radio de alg\u00fan velador de las muchas casas que entonces se constru\u00edan en el fraccionamiento en el que viv\u00edamos, el ladrido solitario de alg\u00fan perro, el motor del coche de alg\u00fan esposo que llegaba tarde a casa, cuando los ni\u00f1os que fueron sus hijos ya se hab\u00edan dormido y su esposa lo esperaba con la cena lista en el antecomedor, cosa que nunca suced\u00eda en nuestro hogar.<br \/>\nS\u00f3lo entonces, solo, regresaban a m\u00ed las im\u00e1genes de los juguetes que nunca tendr\u00eda, los cajones y el armario de mi cuarto repletos de bloques de madera y piezas de pl\u00e1stico, centenas de cubos y falsos ladrillos con los que, a la ma\u00f1ana siguiente, construir\u00eda ciudades y fortalezas, s\u00faper mercados y casas, estacionamientos y oficinas que rellenar\u00eda de habitantes y empleados de plastilina.<br \/>\nPoco antes de caer dormido, pensaba en recordar lo que en ese mismo momento pensaba, un reto que jam\u00e1s fui capaz de superar: a la ma\u00f1ana siguiente, cuando el sol entraba de lleno al cuarto y yo me desperezaba para construir un nuevo reino de madera, plastilina y pl\u00e1stico, el pensamiento nocturno que hab\u00eda tenido un instante antes de abandonarme al sue\u00f1o se fugaba de m\u00ed como una epifan\u00eda o una revelaci\u00f3n siempre en potencia.<br \/>\nAs\u00ed comenzaba el juego del d\u00eda.<\/p>\n<div align=\"center\">*<\/div>\n<p>Sobre la mesa del comedor yac\u00eda, despanzurrado, el apestoso queso franc\u00e9s; como un cad\u00e1ver a ser revivido, el peque\u00f1o t\u00edtere desarmado me miraba, no sin iron\u00eda, desde la contratapa del empaque de lo que hab\u00eda sido la cena de esa noche, aunque yo s\u00f3lo hab\u00eda comido pan baguette sopeado en leche con Choco Milk.<br \/>\n\u2013\u00bfCuesta mucho trabajo armarlo? \u2013le pregunt\u00e9 a mi padre.<br \/>\n\u2013\u00bfPara qu\u00e9 quieres armarlo si all\u00e1 arriba en nuestro cuarto, junto a la cama, hay uno igual?<br \/>\n\u2013No lo encuentro \u2013repet\u00ed, casi como un mantra, mi cantaleta desesperada.<br \/>\n\u2013Anda, sube de nuevo, b\u00fascalo bien: se parece mucho a ti.<br \/>\nPose\u00eddo por la energ\u00eda inagotable del ni\u00f1o que fui, sub\u00ed corriendo la escalera y emprend\u00ed una nueva b\u00fasqueda en pos del peque\u00f1o t\u00edtere de madera en todos y cada uno de los intersticios del cuarto de mis padres.<br \/>\nY fracas\u00e9 de nuevo.<br \/>\n\u2013\u00a1No est\u00e1 aqu\u00ed!<\/p>\n<div align=\"center\">*<\/div>\n<p>Quise tener una casa en un \u00e1rbol, pero en el jard\u00edn de la casa no hab\u00eda \u00e1rboles cuyas ramas se prestaran a mi impulso arquitect\u00f3nico. Mi padre sugiri\u00f3 una alternativa.<br \/>\n\u2013Puedes construir la casa en la azotea, all\u00e1 arriba hay mucho espacio.<br \/>\n\u2013Vamos por madera \u2013el ni\u00f1o que fui le pidi\u00f3 a pap\u00e1.<br \/>\n\u2013Antes de eso, tienes que trazar un plano.<br \/>\n\u00bfQu\u00e9 tan dif\u00edcil pod\u00eda ser dise\u00f1ar una casa, una casita, un refugio para ocultarme de todo, guardar mis cosas all\u00ed, invitar a mis amigos y planear ataques a mi hermana y sus amigas?<br \/>\nPens\u00e9 en un cubo: cuatro paredes, un techo, una puerta, el piso de la propia azotea como suelo; la altura del cubo ten\u00eda que superar mi propia altura.<br \/>\nEl plano que trac\u00e9 era sencillo. Cada pared de la casa necesitaba determinado n\u00famero de tablones id\u00e9nticos, lo mismo que el techo. El \u00fanico muro distinto ser\u00eda el de la entrada, en el que habr\u00eda una abertura para colocar una puerta. Nada m\u00e1s que eso.<br \/>\nMi padre pareci\u00f3 satisfecho con el plano y fuimos a una maderer\u00eda ubicada en un amplio bodeg\u00f3n industrial. Ante los millares de tablas y tablones, pens\u00e9 en un bosque oto\u00f1al talado, el reflejo negativo del bosque oto\u00f1al, amarillo y ocre, que adornaba el cuarto de mis padres. Como yo era el arquitecto y el maestro de obra, mi padre me cedi\u00f3 la palabra.<br \/>\n\u2013Anda, p\u00eddele al se\u00f1or lo que necesitas.<br \/>\n\u2013Necesito este n\u00famero de tablones de tantos por cu\u00e1ntos cent\u00edmetros \u2013el ni\u00f1o que fui le explic\u00f3 al se\u00f1or de la maderer\u00eda y cerr\u00f3 el trato.<br \/>\n\u2013Muy bien, joven. \u00bfA qu\u00e9 direcci\u00f3n se los llevamos?<br \/>\nMi padre pag\u00f3 los tablones y fuimos a conseguir un martillo y clavos, no se necesitaba m\u00e1s para ensamblar el cubo-casa que tan f\u00e1cilmente hab\u00eda concebido.<br \/>\nAlgunos d\u00edas despu\u00e9s, llegaron los tablones a la casa y los dependientes de la maderer\u00eda nos hicieron el favor de subirlos a la azotea, mi territorio.<br \/>\nPara mi sorpresa, los tablones eran demasiado largos. Ayudado por un flex\u00f3metro, comprob\u00e9 que doblaban en dimensiones a los tablones que yo le hab\u00eda solicitado al maderero.<br \/>\n\u2013Estos tablones no sirven. Hay que cambiarlos.<br \/>\nLa respuesta de mi padre fue material y silenciosa: un serrucho.<br \/>\nUn serrucho rebelde, que se resist\u00eda a la rigidez y se doblaba sobre s\u00ed mismo, sus dientes una amenaza.<br \/>\nSerruchar cada tabl\u00f3n me tomaba un par de tardes enteras.<br \/>\nPronto me salieron ampollas en las manos.<br \/>\nY sucedi\u00f3 lo inevitable.<br \/>\nAntes de rebanar todos los tablones, se me vino encima la temporada de lluvias.<br \/>\nCreo que consegu\u00ed armar uno solo de los muros de mi cubo-casa.<br \/>\nEl resto de la madera termin\u00f3 de pudrirse, bosque oto\u00f1al arruinado, bajo una lona precaria.<br \/>\nMi refugio sigui\u00f3 siendo la oscuridad de la noche suburbana.<\/p>\n<div align=\"center\">*<\/div>\n<p>Mi padre viajaba mucho a Francia, el pa\u00eds de mi madre. Mi hermana y yo nos qued\u00e1bamos con ella y esper\u00e1bamos inquietos su regreso, las sorpresas siempre perfumadas que, apenas volvi\u00e9ramos a la casa luego de pasar por pap\u00e1 al aeropuerto, saldr\u00edan de sus maletas como Jack o Pandora sal\u00edan de sus cajas.<br \/>\nMi padre cruzaba el umbral de la aduana a\u00fan entre los vapores dulzones de la cabina del avi\u00f3n jumbo de Air France, un aroma dif\u00edcil de olvidar, una amalgama invisible y olorosa de jab\u00f3n, loci\u00f3n refrescante y aire encerrado, a la que se sumaba la peste de los quesos franceses y prohibidos que transgred\u00edan las reglas sanitarias del pa\u00eds, las joyas l\u00e1cteas que mam\u00e1 miraba como si fueran diamantes de Tiffany &amp; Co cuando mi padre los extra\u00eda de alg\u00fan guante o calcet\u00edn rebelde.<br \/>\nEl ritual consist\u00eda en que mi hermana y yo subi\u00e9ramos las pesadas maletas a la rec\u00e1mara de mis padres, ejercicio que nos agotaba y nos dejaba rendidos, aplacados por el cargo que pap\u00e1 nos hab\u00eda tra\u00eddo del terru\u00f1o de mam\u00e1.<br \/>\n\u2013\u00bfNo quieren cenar primero?<br \/>\n\u2013\u00a1No, queremos nuestros regalos! \u2013rog\u00e1bamos al un\u00edsono los ni\u00f1os que fuimos mi hermana y yo.<br \/>\nLa envoltura de los regalos consegu\u00eda el cometido de anestesiarnos ante su contenido, casi siempre ropa o \u00fatiles escolares, adem\u00e1s de alg\u00fan juguete siempre para armar, siempre bajo la consigna de \u201cH\u00e1galo usted mismo\u201d, como la casa-cubo o el peque\u00f1o t\u00edtere de madera que, desarmado, ped\u00eda ser devuelto a la vida luego de que se acabara el queso apestoso al que vigilaba.<br \/>\n\u2013F\u00edjate bien, est\u00e1 junto a la cama, del lado de mam\u00e1, encima del tocador.<br \/>\nPor tercera, quiz\u00e1 por cuarta, definitivamente por \u00faltima vez sub\u00ed al cuarto de mis padres en pos del peque\u00f1o t\u00edtere de madera, sus brazos y piernas atados al cuerpo por hilo blanco, una cabeza de rostro sonriente pegada al torso.<br \/>\nNo hab\u00eda t\u00edtere alguno sobre el tocador.<br \/>\n\u2013\u00a1No lo encuentro! \u2013grit\u00e9 por el cubo de la escalera, m\u00e1s desesperado que divertido.<br \/>\nLa risue\u00f1a voz de mi padre no se hizo esperar.<br \/>\n\u2013\u00a1S\u00fabete a la cama, brinca y f\u00edjate bien: es igualito a ti!<br \/>\nHice lo que mi padre me ordenaba y comenc\u00e9 a brincar, pelota rediviva, sobre el colch\u00f3n, pero el peque\u00f1o t\u00edtere de madera nada m\u00e1s no aparec\u00eda.<br \/>\n\u2013\u00a1No lo veo! \u2013grit\u00e9, suplicante.<br \/>\nMi padre insisti\u00f3, risas aparte.<br \/>\n\u2013\u00a1All\u00ed est\u00e1, en el espejo! \u00bfQu\u00e9 no lo ves?<br \/>\nDej\u00e9 de brincar apenas vi la imagen del ni\u00f1o que fui all\u00ed, rebotando como pelota roja sobre el colch\u00f3n de la cama matrimonial del cuarto de mis padres, un bosque oto\u00f1al como escenario y tel\u00f3n de fondo, ocre y amarillo, un bosque en el que siempre me gustaba perderme. Rendido, me dej\u00e9 caer de espaldas sobre los almohadones o sobre las hojas secas, los brazos y las piernas exang\u00fces de agotamiento, de pronto inanimado.<\/p>\n<p><em>[\/fusion_builder_column][fusion_builder_column type=\u00bb1_1&#8243; background_position=\u00bbleft top\u00bb background_color=\u00bb\u00bb border_size=\u00bb\u00bb border_color=\u00bb\u00bb border_style=\u00bbsolid\u00bb spacing=\u00bbyes\u00bb background_image=\u00bb\u00bb background_repeat=\u00bbno-repeat\u00bb padding=\u00bb\u00bb margin_top=\u00bb0px\u00bb margin_bottom=\u00bb0px\u00bb class=\u00bb\u00bb id=\u00bb\u00bb animation_type=\u00bb\u00bb animation_speed=\u00bb0.3&#8243; animation_direction=\u00bbleft\u00bb hide_on_mobile=\u00bbno\u00bb center_content=\u00bbno\u00bb min_height=\u00bbnone\u00bb][NOTA DEL AUTOR: Este texto pertenece a un n\u00famero a\u00fan in\u00e9dito y dedicado a los juguetes de la revista <\/em>N\u00famero 0<em>, publicaci\u00f3n af\u00edn al <\/em>copyleft<em> y a compartir la obra de sus colaboradores; mi agradecimiento a Pablo Raphael, su editor.]<\/em>[\/fusion_builder_column][\/fusion_builder_row][\/fusion_builder_container]\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un in\u00e9dito del escritor mexicano David Miklos (1970), acerca de la memoria, el juego y lo oscuro.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":7980,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,639,2290,2855,521],"class_list":["post-7978","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-david-miklos","tag-hagalo-usted-mismo","tag-literatura","tag-textos-que-no-estaban-en-la-red"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/David_Miklos.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-24G","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7978","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7978"}],"version-history":[{"count":12,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7978\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14425,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7978\/revisions\/14425"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/7980"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7978"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7978"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7978"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}