{"id":7922,"date":"2011-04-20T11:20:42","date_gmt":"2011-04-20T16:20:42","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=7922"},"modified":"2017-01-06T12:09:34","modified_gmt":"2017-01-06T18:09:34","slug":"el-idioma-del-paraiso","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-idioma-del-paraiso\/","title":{"rendered":"El idioma del Para\u00edso"},"content":{"rendered":"<p>Para este mes, un cuento de la escritora mexicana Ver\u00f3nica Murgu\u00eda, proveniente de su libro <em><a href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/archivo\/vidas-recobradas\/\">El \u00e1ngel de Nicol\u00e1s<\/a><\/em> (2003). Si el escenario y el tema de la historia dan la impresi\u00f3n de ser remotos, hay que leer un poco m\u00e1s despacio: su centro es una idea de lo divino pero tambi\u00e9n una imagen de la ambici\u00f3n y la locura humanas, que en estos tiempos se ven tan claramente. Agradezco a la autora el permiso para publicar el texto y a Ovidio R\u00edos la transcripci\u00f3n del mismo.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/905679_587129494639899_1610344047_o.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"10107\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/veronica-murguia\/905679_587129494639899_1610344047_o\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/905679_587129494639899_1610344047_o.jpg\" data-orig-size=\"2048,1365\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"Ver\u00f3nica Murgu\u00eda\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/905679_587129494639899_1610344047_o-1024x682.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/905679_587129494639899_1610344047_o-1024x682.jpg\" alt=\"\" width=\"1024\" height=\"682\" class=\"aligncenter size-large wp-image-10107\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/905679_587129494639899_1610344047_o-1024x682.jpg 1024w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/905679_587129494639899_1610344047_o-300x199.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/905679_587129494639899_1610344047_o.jpg 2048w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>EL IDIOMA DEL PARA\u00cdSO<br \/>\nVer\u00f3nica Murgu\u00eda<\/strong><\/p>\n<div align=\"right\"><em>Para Cecilia Dom\u00ednguez<\/em><\/div>\n<p>As\u00ed que orden\u00f3 a las nodrizas que amamantaran a los ni\u00f1os y que los ba\u00f1aran y limpiaran, pero de ninguna forma charlar con ellos o hablarles, pues quer\u00eda saber si hablar\u00edan hebreo, que es el lenguaje m\u00e1s antiguo, o griego o lat\u00edn, o \u00e1rabe, o tal vez el idioma de sus padres. Pero sus esfuerzos fueron vanos, porque todos los ni\u00f1os murieron.<\/p>\n<div align=\"right\">Fra Salimbene, <em>Cr\u00f3nica<\/em><\/div>\n<p>Dicen en la plaza y en la iglesia que el emperador Federico ha muerto. Doy gracias a Dios. Que no pudo ser enterrado en Palermo, en el cementerio majestuoso donde yacen todos los reyes de Sicilia, porque su cuerpo se deshizo en una masa corrupta a las pocas horas de haber entregado el esp\u00edritu. Doy gracias a Dios, que as\u00ed nos muestra Su ira contra el emperador. Que el hedor que emanaban su boca y sus miembros hinchados era insoportable, que por eso su hijo, el pr\u00edncipe Manfredo, no pudo ocultar a sus hermanos la muerte de su padre, pues la fetidez que exhalaba el cad\u00e1ver sal\u00eda del palacio e inundaba la calle, provocando asco y horror a los que pasaban por ah\u00ed.<br \/>\nEl pueblo ha sido convocado a las iglesias para rezar por el descanso del alma del emperador. No ir\u00e9. En cambio desde mi casa pido a Dios:<br \/>\n&#8211;Se\u00f1or, t\u00fa eres justo: impide que Manfredo o sus hermanos ocupen el trono de Federico, que tanto dolor caus\u00f3 a las gentes.<br \/>\nDicen que los frailes encendieron hogueras de cedro y arrojaron a las llamas pu\u00f1ados de mirra e incienso, pero de Federico se desprend\u00eda una pestilencia sobrenatural y los monjes, atemorizados, lo enterraron r\u00e1pidamente all\u00e1 en Abulia, excomulgado y sin corona, dentro de un f\u00e9retro descomunal, construido aprisa para contener el cuerpo tumefacto y pest\u00edfero. Me parece justo.<br \/>\nA\u00fan recuerdo el d\u00eda en que los hombres del emperador llegaron aqu\u00ed en busca de las nodrizas. Yo ten\u00eda diecinueve a\u00f1os, y mi hijo menor seis meses. Todav\u00eda lo amamantaba. La leche flu\u00eda de m\u00ed como un blanco manantial y mi ni\u00f1o, gordo y sonrosado, parec\u00eda un \u00e1ngel.<br \/>\nNos reunieron a todas en la plaza, y con brusquedad nos ordenaron descubrirnos los senos, para comprobar que tuvi\u00e9ramos leche. Tuve tanto miedo que cre\u00ed que me secar\u00eda. Ojal\u00e1 hubiera sido as\u00ed.<br \/>\nUn hombre enjuto y rubio mojaba un pa\u00f1o en el l\u00edquido que manaba de nuestro pecho y lo ol\u00eda. Los soldados guardaban silencio y miraban el suelo. Luego nos prometieron oro si \u00edbamos con ellos, y cadenas si nos neg\u00e1bamos. Un soldado hiri\u00f3 con su espada la mejilla del molinero que se negaba a separarse de su mujer, as\u00ed que tuvimos que ir, a pesar del llanto de nuestros hijos y la rabia de nuestros maridos.<br \/>\n<em>Stupor mundi<\/em>, el asombro del mundo, llamaban entonces al emperador. Es verdad que en el castillo y su corte abundaba todo lo que causa maravilla: los ropajes bordados, los objetos preciosos, los lebreles y halcones \u2013aquellos que amaba como si fueran sus hijos, que mimaba con canciones y besos en los acerados picos-, las fieras fabulosas que el emperador hizo traer de \u00c1frica. Las mujeres se paseaban seguidas de bufones, de enanos cubiertos de joyas, de sirvientas altivas y, al vernos, sus caras, pintadas apenas, cambiaron de expresi\u00f3n.<br \/>\n\u00cdbamos asustadas, en un corro apretado y silencioso, y nos tom\u00e1bamos las manos sudorosas para darnos \u00e1nimos.<br \/>\nLos soldados nos llevaron a conocer las vastas jaulas que el emperador mand\u00f3 construir. Adentro se paseaban impacientes leones y una bestia de piel terrosa que ten\u00eda el tama\u00f1o de un campanario de iglesia. Todas sentimos un gran miedo y mucha curiosidad al verlos, y cuando los leones rug\u00edan, era tal nuestro asombro que algunas quisieron huir, a pesar de las risas burlonas de los soldados, que nos llamaron r\u00fasticas.<br \/>\nLos esclavos sarracenos, morenos y sinuosos, llevaban en la grupa de sus caballos leopardos mansos, enormes gatos moteados, y detr\u00e1s de ellos corr\u00edan los pajes vestidos de oro.<br \/>\nAll\u00ed viv\u00edan magos, alquimistas y astr\u00f3logos, como el famoso Michael Scot, de quien hasta en mi aldea pobre y alejada de la corte se hablaba en voz baja. Scot era pelirrojo, pecoso, alto, como son los hombres de su isla. Iba vestido con un negro h\u00e1bito talar.<br \/>\nLas sirvientas nos dieron buena ropa, frazadas de lana, zapatos de cuero suave y nos pidieron los vestidos que tra\u00edamos puestos. Accedimos alegremente, comparando los colores vivos y el fino g\u00e9nero de las mantas, con los colores desgastados de aquellas que hab\u00edamos tejido nosotras mismas.<br \/>\nLos cortesanos eran p\u00e1jaros de plumajes deslumbrantes; el edificio, una ciudad populosa y amplia; las paredes s\u00f3lidas y gruesas que lo rodeaban, semejantes a los pe\u00f1ascos que dan sombra a mi pueblo.<br \/>\nA Federico s\u00f3lo lo vimos una vez, a los pocos d\u00edas de nuestra llegada al palacio y, a causa de su rango alt\u00edsimo, iba cubierto de terciopelos p\u00farpuras, rasos, oro y perlas. Comprob\u00e9 que la efigie hecha a su semejanza y que adornaba las monedas era su fiel retrato. Era bello y sonre\u00eda, mostrando unos dientes blancos. No imagin\u00e9 entonces cu\u00e1n negro era su coraz\u00f3n. Sab\u00edamos que el emperador odiaba al papa, y que Gregorio lo hab\u00eda excomulgado, pero no ten\u00edamos opini\u00f3n sobre eso, porque los problemas entre los pr\u00edncipes y la Iglesia escapan a la comprensi\u00f3n de los simples.<br \/>\nUn fraile que hab\u00eda abominado del papa, el sombr\u00edo Fray Inocencio, nos comunic\u00f3 cu\u00e1l era nuestra misi\u00f3n. En poder del emperador; y no s\u00e9 si us\u00f3 el oro o la espada para tenerlos, hab\u00eda doce ni\u00f1os. Todos contaban apenas unos d\u00edas. El emperador que padec\u00eda una curiosidad abominable, quer\u00eda saber cu\u00e1l era el idioma que Dios hab\u00eda puesto en la lengua de Ad\u00e1n cuando todav\u00eda moraba en el Para\u00edso. \u00c9se era el idioma que se hablaba en el mundo antes de la erecci\u00f3n de la Torre de Babel, antes de la confusi\u00f3n de lenguas con la que Dios castig\u00f3 esa construcci\u00f3n, cuyos cimientos eran la vanidad y la soberbia. Federico aspiraba a ser llamado como Ad\u00e1n, el <em>Nomothete<\/em>, el dador de nombres. Estaba convencido de que si aprend\u00eda esa lengua, que algunos de sus sabios hab\u00edan afirmado era una suerte de hebreo celestial, distinto del que hablan los jud\u00edos de ahora, podr\u00eda mandar con poder absoluto sobre los corazones de los hombres y seducir con unas cuantas palabras a las mujeres. Que le servir\u00eda de escudo contra la deslealtad, pues el emperador hab\u00eda sido traicionado por su hijo mayor, Enrico, y por Piero della Vigna, a quien hab\u00eda colmado de honores. Federico mismo le hab\u00eda sacado los ojos al bar\u00f3n Teobaldo Francesco; el bar\u00f3n se hab\u00eda levantado en armas contra \u00e9l y Federico odiaba la traici\u00f3n.<br \/>\n\u00c9l cre\u00eda entonces que si los ni\u00f1os no escuchaban palabra alguna de sus bocas infantiles saldr\u00eda el idioma original, y \u00e9l lo aprender\u00eda de ellos. Todo esto nos fue explicado por el fraile, quien nos prohibi\u00f3, so pena de muerte, decir una sola palabra en nuestro dialecto siciliano a los ni\u00f1os o hablar en presencia de ellos. Tampoco pod\u00edamos rezar, no fuera a suceder que el lat\u00edn suplantara a la lengua de Ad\u00e1n.<br \/>\nNos llevaron a una c\u00e1mara iluminada por una ventana hecha por peque\u00f1os cristales de colores a la manera alemana. A lo largo de las paredes se alineaban doce camas y junto a las camas doce cunas. En ellas, \u00a1ay!, los doce ni\u00f1os, doce cuerpos diminutos envueltos en pa\u00f1ales de lino finamente bordado. Inocencio nos detuvo en la puerta antes de entrar:<br \/>\n&#8211;Recuerden sus \u00f3rdenes. Ni una sola palabra, ni una sola canci\u00f3n, ni un murmullo. No los acaricien ni les canten nanas. Alim\u00e9ntenlos, b\u00e1\u00f1enlos y vean que no les falte nada. Pero siles dicen una sola palabra, o hablan entre ustedes, por \u00f3rdenes de nuestro se\u00f1or Federico se le har\u00e1 tormento y luego la muerte. \u00c9l \u2013y se\u00f1al\u00f3 a un guardia de pie junto a la ventana- vigilar\u00e1 que todo se cumpla seg\u00fan los deseos del emperador. Mis compa\u00f1eros y yo nos turnaremos, siempre con el cuerno de tinta y el pergamino en las manos, por si los ni\u00f1os comienzan a hablar.<br \/>\nNos acercamos a verlos. Hasta hoy sospecho que les fue dada una poci\u00f3n para que durmieran, alg\u00fan filtro hecho por los magos que pululaban por esa corte corrupta, porque toda esa tarde durmieron, y \u00e9sa fue la \u00faltima vez que tuvimos paz.<br \/>\nLos primeros d\u00edas transcurrieron con cierta tranquilidad. Algunas de nosotras, y lo confieso, entre ellas me encontraba yo, ten\u00edamos curiosidad por saber qu\u00e9 lenguaje saldr\u00eda de los labios de los peque\u00f1os. Pero ellos s\u00f3lo lloraban y dorm\u00edan. Era muy dif\u00edcil no hablar, ni cantar, porque cuando se le da el pecho a un cr\u00edo es natural que el coraz\u00f3n conmovido por la ternura dicte palabras amorosas a la boca, palabras que deb\u00edamos acallar. Cuando el ni\u00f1o toma el pez\u00f3n con los labios, a veces se olvida de mamar y es necesario tocarle la mejilla para que despierte y coma. Y al palpar esa piel suav\u00edsima, al aspirar su olor, que es dulce como el pan, se les ama. Al o\u00edr sus min\u00fasculos suspiros, sus eructos y todos los ruidos que sus cuerpos hacen, se les ama. Esos d\u00edas, algunas nos colocamos una mordaza hecha con un lienzo, para irnos acostumbrando a guardar silencio y para que los ni\u00f1os no nos vieran sonre\u00edr. Cuando el que me hab\u00eda sido asignado, un ni\u00f1o moreno con la cabecita cubierta de una suave pelusa negra, romp\u00eda a llorar, yo le daba el pecho y pensaba:<br \/>\n&#8211;Peque\u00f1o, ni\u00f1o, \u00bfqui\u00e9n es tu madre?<br \/>\nTambi\u00e9n me preguntaba qu\u00e9 ser\u00eda de \u00e9l cuando creciera y en qu\u00e9 clase de hombre se convertir\u00eda; como todas las madres y nodrizas del mundo, tem\u00eda que la vida fuera cruel.<br \/>\nLos guardias, tan silenciosos como nosotras, eran relevados cada noche y cada ma\u00f1ana. Los monjes recorr\u00edan la habitaci\u00f3n semejantes a fantasmas. Los sirvientes nos llevaban la comida a la c\u00e1mara contigua: capones, pechos de ternera, manjar blanco y vino dulce de Malvas\u00eda. O\u00edamos misa en una capilla que se levantaba en uno de los jardines. All\u00ed, rodeada por decenas de cr\u00edos n\u00edveos, una pintura que representaba a la Virgen con el Ni\u00f1o adornaba el altar. El Ni\u00f1o, grave y sereno, se aferraba a un seno redondo y marfile\u00f1o. La Virgen miraba amorosamente el rostro de su hijo. Los \u00e1ngeles que los rodeaban, vestidos con los mismos rasos y pa\u00f1os bordados de oro de los cortesanos, tocaban la\u00fades y flautas. Cre\u00edmos que era un buen augurio rezar presididas por una imagen de la Virgen d\u00e1ndole el pecho de Nuestro Se\u00f1or.<br \/>\nAcud\u00edamos por turnos, pues siempre deb\u00eda haber una nodriza en la habitaci\u00f3n, por si los ni\u00f1os necesitaban comer.<br \/>\nPronto su llanto fue incesante. Si alguno dorm\u00eda y otro comenzaba a llorar, de inmediato todos se despertaban y gritaban y pla\u00f1\u00edan como presas de un gran dolor y s\u00f3lo se calmaban si camin\u00e1bamos con ellos en brazos durante horas. Vinieron los m\u00e9dicos del palacio los examinaron silenciosamente y vieron que estaban sanos. Inocencio nos comunic\u00f3, despu\u00e9s de misa, que tambi\u00e9n estar\u00eda prohibido llevarlos en brazos.<br \/>\nComenzamos a tener miedo. Ya todas us\u00e1bamos el lienzo para taparnos la cara y a diario se empapaba con nuestras l\u00e1grimas. Apenas intercambi\u00e1bamos algunas palabras en las ma\u00f1anas, mientras \u00edbamos a misa por las veredas bordeadas de rosas y jazmines. Cada vez que ped\u00edamos confesi\u00f3n los sacerdotes nos respond\u00edan que no pod\u00edan escucharnos, pues los designios del emperador, de los cuales nosotras particip\u00e1bamos, eran un secreto.<br \/>\nS\u00f3lo com\u00edamos para que no se nos secara la leche, pues todos los platos nos parec\u00edan ins\u00edpidos y el vino amargo. Los primero d\u00edas habl\u00e1bamos de los hijos que hab\u00edamos dejado en nuestras aldeas, pero luego callamos. En las caras ojerosas, en las manos tr\u00e9mulas y la mirada espantadiza de mis compa\u00f1eras, yo ve\u00eda la huella que dejaban las l\u00e1grimas de los ni\u00f1os.<br \/>\nLa desesperaci\u00f3n se apoder\u00f3 de todas. No pod\u00edamos acariciarlos, ni cantarles para que se durmieran, y ellos parec\u00edan pedirnos a gritos una sola palabra. Rechazaban el pecho, aunque no hubieran comido, y sus cuerpos eran sacudidos por el llanto como por una fiebre alta e incurable. Luego se quedaban dormidos y gem\u00edan en sue\u00f1os, suavemente, mientras por nuestras caras corr\u00edan las l\u00e1grimas. S\u00f3lo hab\u00eda llanto en esa habitaci\u00f3n.<br \/>\nCuando sus dedos nos cog\u00edan un mech\u00f3n de pelo o el l\u00f3bulo de la oreja y nos ve\u00edamos obligadas por la mirada del soldado o del fraile a soltarnos, sent\u00edamos que alej\u00e1bamos a nuestros hijos.<br \/>\nEl \u00fanico idioma que pose\u00edan los ni\u00f1os era el de las l\u00e1grimas. S\u00e9 que \u00e9se es el lenguaje humano primero. He visto, adem\u00e1s, que en la muerte a algunos se les olvida el habla y se despiden de la vida entre moco y l\u00e1grimas, as\u00ed que con frecuencia tambi\u00e9n es el \u00faltimo. El llanto es el idioma que de verdad nos pertenece a todos, porque cualquiera que sea la lengua que hablemos, todos lloramos igual. El llanto era el idioma de la humanidad; el del Para\u00edso segu\u00eda siendo un misterio.<br \/>\nCualquier ruido sobresaltaba a los ni\u00f1os: un suspiro, el met\u00e1lico susurro de la espada del soldado cuando le rozaba la pierna, el rechinar de la puerta, los lejanos ecos de la algarab\u00eda cortesana. Entonces ve\u00edamos el miedo en sus caras. Cuando los desnud\u00e1bamos para cambiarlos y ba\u00f1arlos, ve\u00edamos que sus cuerpos diminutos, enflaquecidos, se debilitaban d\u00eda a d\u00eda. Ya llor\u00e1bamos a la par que ellos. Enmudecidas por nuestras mordazas, movidas por una piedad impotente que nos agarrotaba la v\u00edceras, nos tend\u00edamos en los lechos y nos tap\u00e1bamos la cara con las mantas para tratar de ahogar nuestros sollozos.<br \/>\nEn los pocos momentos de silencio que ten\u00edamos, cuando los ni\u00f1os dorm\u00edan al mismo tiempo, mis compa\u00f1eras y yo nos tom\u00e1bamos las manos y de espaldas a las cunas nos dol\u00edamos calladamente. Sin sonidos nos golpe\u00e1bamos el pecho y nos mes\u00e1bamos el pelo, balance\u00e1ndonos en una pantomima desesperada. Una muchacha calabresa enloqueci\u00f3 y se ara\u00f1aba la frente y el dorso de las manos. La sangre le manchaba los vestidos y la mordaza; una tarde regres\u00f3 del retrete con una herida en la cabeza y los nudillos amoratados y pelados hasta el hueso; ella misma se hab\u00eda maltratado, presa de la desesperaci\u00f3n. A pesar de la mirada severa del fraile y de los gestos admonitorios, loa tom\u00e9 de la mano y la obligu\u00e9 a tenderse en el suelo. Me acuclill\u00e9 junto a ella, bes\u00e9 sus labios fr\u00edos y l\u00edvidos y la mec\u00ed hasta que se seren\u00f3, como hubiera querido hacer con los ni\u00f1os.<br \/>\nLos guardias fueron indiferentes al principio, pero el llanto de los ni\u00f1os termin\u00f3 por afectarlos tambi\u00e9n. Ve\u00edamos sus manos tr\u00e9mulas, los ojos desorbitados, las quijadas trabadas en un gesto denodado que parec\u00eda m\u00e1s propio del campo de batalla. Cualquiera que no hubiera sido nosotras lo hubiera juzgado rid\u00edculo.<br \/>\nHubo uno que fue v\u00edctima de nuestra dolencia. Se acerc\u00f3 a una cuna con la cara deformada por la ira, tom\u00f3 al ni\u00f1o, que ya estaba morado de tanto lamentarse, y lo sacudi\u00f3 con brusquedad. El llanto del ni\u00f1o se convirti\u00f3 en un agudo alarido. Cre\u00edmos que el hombre lo matar\u00eda; otra mujer y yo nos precipitamos sobre \u00e9l. Yo me arroj\u00e9 al suelo, ce\u00f1\u00ed las piernas del soldado con los brazos y puse la frente sobre sus muslos. Dentro del c\u00edrculo que formaban mis brazos \u00e9l tambi\u00e9n temblaba, igual que el ni\u00f1o que ten\u00eda en sus manos. La otra nodriza le aferraba el codo, suplicante, moviendo los labios, pidiendo clemencia en silencio.<br \/>\nMe fij\u00e9 en el rostro del hombre. Y ten\u00eda morada la barba por las l\u00e1grimas y cuajarones de espuma seca le manchaban los labios. Era joven y rubio, como los alemanes que vi en el palacio. El fraile que nos vigilaba, con su pergamino blanco en una mano y su pluma en la otra, hab\u00eda salido despavorido en busca de ayuda. En minutos lleg\u00f3 con otro guardia para que lo ayudara a contener al hombre extraviado poseso, que se tambaleaba como un borracho, con el beb\u00e9 en las manos, una mujer colgada del brazo y conmigo aferrada a sus piernas.<br \/>\nA m\u00ed lleg\u00f3 el acre olor del soldado, el olor a sudor, a miedo. Le bes\u00e9 las rodillas y le ped\u00ed en voz baja que tuviera piedad. Cuando el fraile regres\u00f3 con m\u00e1s guardias, ya me hab\u00edan entregado al ni\u00f1o y \u00e9l mismo era presa del dolor. Lloraba de hinojos, con la boca abierta en un grito que era terrible ver, porque era silencioso. Como la calabresa, se hiri\u00f3 las mejillas con las u\u00f1as. Nunca m\u00e1s volvi\u00f3.<br \/>\nMientras, la curiosidad perversa del emperador segu\u00eda haciendo sufrir a su pueblo. Uno de los frailes, amigo de Fra Salimbene el cronista de Federico, supo por \u00e9ste que el emperador hab\u00eda causado la muerte de un hombre al que llamaban Pez, porque lo hab\u00edan enviado al fondo del mar a recoger un anillo. Como el Pez regresara con el anillo, el emperador le orden\u00f3 que volviera al fondo del mar, a lo que el hombre contest\u00f3:<br \/>\n&#8211;No me mandes all\u00e1 de nuevo por ning\u00fan precio, porque si me env\u00edas ahora que el fondo del mar est\u00e1 inquieto, nunca volver\u00e1n a verme.<br \/>\nPero Federico arroj\u00f3 de nuevo el anillo y el Pez nunca m\u00e1s sali\u00f3 del agua.<br \/>\nY dijeron tambi\u00e9n que mand\u00f3 cortar el pulgar a un notario porque hab\u00eda escrito Fredericus en lugar de escribir Fridericus, y otras, muchas, crueldades. Pero apenas pod\u00edamos entender esas noticias, porque el clamor de los ni\u00f1os resonaba adentro de nuestras cabezas y hac\u00eda galopar nuestros corazones, y ni en la capilla, frente a la Madre de Dios que miraba a su Hijo en la tabla policromada, pod\u00edamos tener paz.<br \/>\nNuestro silencio termin\u00f3 por matarlos. El primer ni\u00f1o muri\u00f3 una noche, antes del amanecer. Lloraba ya muy quedo y, aunque la nodriza le pon\u00eda el pecho en la boca, no ten\u00eda fuerzas para chupar. Al ver que el peque\u00f1o estaba muerto, la mujer cay\u00f3 al suelo con los ojos abiertos y fijos. Tuvieron que mojarle la cara con vinagre y acercar un tiz\u00f3n encendido a su mano para que volviera en s\u00ed. Se le sec\u00f3 la leche; la mandaron a su pueblo con una bolsa llena de monedas de oro.<br \/>\nYo fui de las \u00faltimas en regresar, porque el ni\u00f1ito que me hab\u00eda sido asignado era fuerte y valiente, aunque de nada sirvi\u00f3 que su coraz\u00f3n fuera tan fiero como el de los halcones del emperador. Como a los otros, el llanto le quit\u00f3 la fuerza, y dej\u00f3 de comer. Tambi\u00e9n se me sec\u00f3 la leche y casi perd\u00ed la raz\u00f3n. Los m\u00e9dicos de la corte me cuidaron durante las semanas de delirio que siguieron a su muerte, cuando cre\u00eda o\u00edr a los ni\u00f1os que, entre vagidos y sollozos, me llamaban por mi nombre.<br \/>\nDe regreso en mi aldea, pasaron dos a\u00f1os antes de que pudiera re\u00edr de nuevo. Nunca quise hablar con nadie de lo que hab\u00eda pasado en la corte. Tuve otro hijo, pero no leche para darle y lo cri\u00f3 mi hermana menor. Las monedas que me dio Fray Inocencio las entregu\u00e9 a mi marido y \u00e9l las regal\u00f3 a los pobres.<br \/>\nCreo saber cu\u00e1l es el idioma que el emperador Federico -\u00a1ojal\u00e1 est\u00e9 ardiendo en el Infierno!- quer\u00eda conocer. Cualquier palabra, en cualquier lengua, dicha amorosamente, desciende de ese idioma. Tal vez el amor con el que Dios le habl\u00f3 a Ad\u00e1n antes de la expulsi\u00f3n del Ed\u00e9n sea el verdadero idioma del Para\u00edso, y sus ecos resuenan d\u00e9bilmente en las torpes palabras de amor que proferimos con nuestras bocas imperfectas.<br \/>\nEl emperador Federico nunca lo habl\u00f3 ni lo escuch\u00f3, pues \u00e9l jam\u00e1s am\u00f3 a nadie y fue traicionado por los que dec\u00edan amarlo.<\/p>\n<div align=\"right\"><em>Sicilia, a\u00f1o 1250 de Nuestro Se\u00f1or<\/em><\/div>\n<p><strong>\u00a9 Ver\u00f3nica Murgu\u00eda, 2003<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento extraordinario de la mexicana Ver\u00f3nica Murgu\u00eda (1960), acerca de la ambici\u00f3n y la locura humanas.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":10107,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[22,2267,2266,185,190,198,2855,561,521,539],"class_list":["post-7922","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-angel-de-nicolas","tag-el-idioma-del-paraiso","tag-escritoras","tag-escritores-en-espanol","tag-escritores-mexicanos","tag-literatura","tag-recomendados","tag-textos-que-no-estaban-en-la-red","tag-veronica-murguia"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/04\/905679_587129494639899_1610344047_o.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-23M","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7922","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7922"}],"version-history":[{"count":17,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7922\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13423,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7922\/revisions\/13423"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/10107"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7922"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7922"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7922"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}