{"id":7498,"date":"2010-11-20T13:43:02","date_gmt":"2010-11-20T19:43:02","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=7498"},"modified":"2016-12-10T11:10:56","modified_gmt":"2016-12-10T17:10:56","slug":"luces-antiguas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/luces-antiguas\/","title":{"rendered":"Luces antiguas"},"content":{"rendered":"<p>He aqu\u00ed un cuento de un maestro de lo sobrenatural y lo extra\u00f1o: <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Algernon_Blackwood\">Algernon Blackwood<\/a> (1869-1951), escritor ingl\u00e9s a quien Lovecraft consideraba el mejor, entre los escritores de lengua inglesa de su tiempo, a la hora de crear <em>atm\u00f3sferas<\/em> inquietantes. Ciertamente, lo mejor de su obra, que es vasta y compuesta sobre todo de cuentos, est\u00e1 menos interesado en lo evidentemente terror\u00edfico que en el desasosiego y la sugerencia de lo inexplicable.<br \/>\n\u00abAncient Lights\u00bb se public\u00f3 por primera vez en 1912. No pude encontrar el nombre del traductor de la presente versi\u00f3n.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/11\/algernon-blackwood-1.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13239\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/luces-antiguas\/algernon-blackwood-1\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/11\/algernon-blackwood-1.jpg\" data-orig-size=\"762,710\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Algernon Blackwood\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/11\/algernon-blackwood-1.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/11\/algernon-blackwood-1.jpg\" alt=\"\" width=\"762\" height=\"710\" class=\"aligncenter size-full wp-image-13239\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/11\/algernon-blackwood-1.jpg 762w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/11\/algernon-blackwood-1-300x280.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 762px) 100vw, 762px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>LUCES ANTIGUAS<br \/>\nAlgernon Blackwood<\/strong><\/p>\n<p>Desde Southwater, donde se ape\u00f3 del tren, el camino iba derecho hacia poniente. Eso lo sab\u00eda; por lo dem\u00e1s, confiaba en la suerte, ya que era uno de esos andariegos impenitentes a los que no les gusta preguntar. Ten\u00eda ese instinto, y generalmente le funcionaba bastante bien. \u00abUna milla o as\u00ed en direcci\u00f3n oeste por el camino arenoso, hasta llegar a un paso de cerca a la derecha; desde ah\u00ed cruza a campo traviesa. Ver\u00e1 el edificio rojo justo delante de usted.\u00bb Ech\u00f3 una mirada, otra vez, a las instrucciones de la postal, y otra vez trat\u00f3 de descifrar la frase borrada&#8230;, en vano. Hab\u00eda sido tachada con tanto cuidado que no quedaba una sola palabra legible. Las frases tachadas en una carta son siempre fascinantes. Se pregunt\u00f3 qu\u00e9 ser\u00eda lo que hab\u00eda tenido que borrar con tanto cuidado.<br \/>\nLa tarde era tormentosa, con un ventarr\u00f3n que ven\u00eda aullando del mar y barr\u00eda los bosques de Sussex. Unas nubes pesadas, de bordes redondos y apelmazados, entrechocaban en los espacios abiertos del cielo azul. A lo lejos, la l\u00ednea de lomas recorr\u00eda el horizonte como una ola inminente. Chanctonbury Ring parec\u00eda surcar su cresta como un barco veloz con el casco inclinado por el viento de popa. Se quit\u00f3 el sombrero y aviv\u00f3 el paso, aspirando con placer y satisfacci\u00f3n grandes bocanadas de aire. El camino estaba desierto: no se ve\u00edan bicicletas, autom\u00f3viles, o caballos; ni siquiera un carro de mercanc\u00edas o un simple viandante. De todos modos, no habr\u00eda preguntado el camino. Con la mirada atenta a la aparici\u00f3n del paso de cerca, caminaba pesadamente, mientras el viento le sacud\u00eda la capa contra la cara y rizaba los charcos azules del camino amarillento. Los \u00e1rboles mostraban el blanco env\u00e9s de sus hojas. Los helechos, la yerba nueva y alta, se inclinaban en una \u00fanica direcci\u00f3n. El d\u00eda estaba lleno de vida, y hab\u00eda animaci\u00f3n y movimiento en todas partes. Y para un agrimensor de Croydon reci\u00e9n llegado de su oficina, esto era como unas vacaciones en el mar.<br \/>\nEra un d\u00eda de aventuras, y su coraz\u00f3n se elevaba para unirse al talante de la Naturaleza. Su paraguas con aro de plata deb\u00eda haber sido una espada; y sus zapatos marrones, botas altas con espuelas en los talones. \u00bfD\u00f3nde se ocultaba el Castillo encantado y la Princesa de cabellos dorados como el sol? Su caballo&#8230;<br \/>\nDe repente apareci\u00f3 a la vista el paso de cerca, y se frustr\u00f3 la aventura en embri\u00f3n. Otra vez volvi\u00f3 a aprisionarle su ropa de diario. Era agrimensor, de edad madura, con un sueldo de tres libras a la semana, y ven\u00eda de Croydon a estudiar los cambios que un cliente pensaba hacer en un bosque&#8230;, algo que proporcionase una mejor vista desde la ventana de su comedor. Al otro lado del campo, a una milla de distancia quiz\u00e1, vio centellear al sol el rojo edificio, y mientras descansaba un instante en el paso de cerca para recobrar aliento, se puso a observar un bosquecillo de robles y abedules que quedaba a su derecha. \u00ab\u00a1Aj\u00e1! &#8211;se dijo&#8211;; as\u00ed que \u00e9sta debe de ser la arboleda que quiere talar para mejorar la perspectiva, \u00bfeh? Vamos a echarle una ojeada.\u00bb Hab\u00eda una valla, desde luego; pero ten\u00eda tambi\u00e9n un sendero tentador. \u00abNo soy un intruso &#8211;se dijo&#8211;: esto forma parte de mi trabajo.\u00bb Salt\u00f3 dificultosamente por encima de la portilla y se intern\u00f3 entre los \u00e1rboles. Una peque\u00f1a vuelta le llevar\u00eda al campo otra vez.<br \/>\nPero en el instante en que cruz\u00f3 los primeros \u00e1rboles dej\u00f3 de aullar el viento y una quietud se apoder\u00f3 del mundo. Tan espesa era la vegetaci\u00f3n que el sol penetraba s\u00f3lo en forma de manchas aisladas. El aire era pesado. Se enjug\u00f3 la frente y se puso su sombrero de fieltro verde; pero una rama baja se lo volvi\u00f3 a quitar en seguida de un golpe; y al inclinarse, se enderez\u00f3 una cimbreante ramita que hab\u00eda doblado y le dio en la cara. Hab\u00eda flores a ambos bordes del peque\u00f1o sendero; de vez en cuando se abr\u00eda un claro a uno u otro lado; los helechos se curvaban en los rincones h\u00famedos, y era dulce y rico el olor a tierra y a follaje. Hac\u00eda m\u00e1s fresco aqu\u00ed. \u00abQu\u00e9 bosquecillo m\u00e1s encantador\u00bb, pens\u00f3, bajando hacia un peque\u00f1o calvero donde el sol aleteaba como una multitud de mariposas plateadas. \u00a1C\u00f3mo danzaba y palpitaba y revoloteaba! Se puso una flor azul oscuro en el ojal. Nuevamente, al incorporarse, le quit\u00f3 el sombrero de un golpe una rama de roble, derrib\u00e1ndoselo por delante de los ojos. Esta vez no se lo volvi\u00f3 a poner. Balanceando el paraguas, prosigui\u00f3 su camino con la cabeza descubierta, silbando sonoramente. Pero el espesor de los \u00e1rboles animaba poco a silbar; y parecieron enfriarse algo su alegr\u00eda y su \u00e1nimo. De repente, se dio cuenta de que caminaba con cautela. La quietud del bosque era de lo m\u00e1s singular.<br \/>\nHubo un susurro entre los helechos y las hojas; algo salt\u00f3 de repente al sendero, a unas diez yardas de \u00e9l, se detuvo un instante, irguiendo la cabeza ladeada para mirar, y luego se zambull\u00f3 otra vez en la maleza a la velocidad de una sombra. Se sobresalt\u00f3 como un ni\u00f1o miedoso, y un segundo despu\u00e9s se ri\u00f3 de que un mero fais\u00e1n lo hubiese asustado. Oy\u00f3 un traqueteo de ruedas a lo lejos, en el camino; y, sin saber por qu\u00e9, le result\u00f3 grato ese ruido. \u00abEl carro del viejo carnicero\u00bb, se dijo&#8230; Entonces se dio cuenta de que iba en direcci\u00f3n equivocada y que, no sab\u00eda c\u00f3mo, hab\u00eda dado media vuelta. Porque el camino deb\u00eda quedar detr\u00e1s de \u00e9l, no delante.<br \/>\nConque se meti\u00f3 apresuradamente por otro estrecho claro que se perd\u00eda en el verdor que ten\u00eda a su derecha. \u00abEsta es la direcci\u00f3n, por supuesto &#8211;se dijo&#8211;; me han debido de despistar los \u00e1rboles&#8230;\u00bb y de repente descubri\u00f3 que estaba junto a la portilla que hab\u00eda saltado para entrar. Hab\u00eda estado andando en c\u00edrculo. La sorpresa, aqu\u00ed, se convirti\u00f3 casi en desconcierto: vio a un hombre vestido de verde pardo como los guardabosques, apoyado en la valla, d\u00e1ndose peque\u00f1os azotes en la pierna con una fusta. \u00abVoy a casa del se\u00f1or Lumley &#8211;explic\u00f3 el caminante&#8211;. Este es su bosque, creo&#8230;\u00bb, call\u00f3 de repente; porque all\u00ed no hab\u00eda hombre alguno, sino que era un mero efecto de luz y sombra en el follaje. Retrocedi\u00f3 para reconstruir la singular ilusi\u00f3n, pero el viento agitaba demasiado las ramas aqu\u00ed, en la linde del bosque, y el follaje se neg\u00f3 a repetir la imagen. Las hojas susurraron de un modo extra\u00f1o. En ese preciso momento se ocult\u00f3 el sol tras una nube, haciendo que el bosque adquiriese un aspecto diferente. Y entonces se puso de manifiesto con cu\u00e1nta facilidad puede sufrir enga\u00f1o la mente humana; porque casi le pareci\u00f3 que el hombre le contestaba, le hablaba &#8211;\u00bfo fue el rumor de las ramas al restregar unas con otras?&#8211;; y que se\u00f1alaba con la fusta un letrero clavado en el \u00e1rbol m\u00e1s cercano. A\u00fan le sonaban en el cerebro sus palabras; aunque, por supuesto, todo eran figuraciones suyas: \u00abNo, este bosque no es suyo. Es nuestro\u00bb. Y adem\u00e1s, alg\u00fan gracioso del pueblo hab\u00eda cambiado el texto de la deteriorada tabla; porque ahora pon\u00eda con toda claridad: \u00abProhibido el paso\u00bb.<br \/>\nY mientras el asombrado agrimensor le\u00eda el letrero, y dejaba escapar una risita, se dijo, pensando en la historia que iba a contar m\u00e1s tarde a su mujer y sus hijos: \u00abEste condenado bosquecillo ha intentado echarme. Pero voy a entrar otra vez. En realidad, ocupa un acre como m\u00e1ximo. No tengo m\u00e1s remedio que salir a campo abierto por el lado opuesto si sigo en l\u00ednea recta\u00bb. Record\u00f3 su posici\u00f3n en la oficina. Ten\u00eda cierta dignidad que conservar.<br \/>\nLa nube se apart\u00f3 de delante del sol, y la luz salpic\u00f3 de repente toda clase de lugares insospechados. \u00c9l, entretanto, segu\u00eda caminando en l\u00ednea recta. Sent\u00eda una especie de rara turbaci\u00f3n: esta forma en que los \u00e1rboles cambiaban las luces en sombras le confund\u00eda evidentemente la vista. Para su alivio, surgi\u00f3 al fin un nuevo claro entre los \u00e1rboles, revel\u00e1ndole el campo, y divis\u00f3 el edificio rojo a lo lejos, al otro extremo. Pero ten\u00eda que saltar primero una peque\u00f1a portilla que hab\u00eda en el camino; y al trepar trabajosamente a ella &#8211;dado que no quiso abrirse&#8211;, tuvo la asombrosa sensaci\u00f3n de que, debido a su peso, se desplazaba lateralmente en direcci\u00f3n al bosque. Al igual que las escaleras mec\u00e1nicas de Harrod&#8217;s y Earl&#8217;s Court, empez\u00f3 a deslizarse con \u00e9l. Era horrible. Hizo un esfuerzo \u00edmprobo para saltar, antes de que le internase en los \u00e1rboles; pero se le enred\u00f3 el pie entre los barrotes y el paraguas, con tal fortuna que cay\u00f3 al otro lado con los brazos abiertos, en medio de la maleza y las ortigas, y los zapatos trabados entre los dos primeros palos. Se qued\u00f3 un momento en la postura de un crucificado boca abajo, y mientras forcejeaba para desembarazarse &#8211;los pies, los barrotes y el paraguas formaban una verdadera mara\u00f1a&#8211;, vio pasar por el bosque, a toda prisa, al hombrecillo de verde pardo. Iba riendo. Cruz\u00f3 el claro, a unas cincuenta yardas de \u00e9l; esta vez no estaba solo. A su lado iba un compa\u00f1ero igual que \u00e9l. El agrimensor, nuevamente de pie, los vio desaparecer en la penumbra verdosa. \u00abSon vagabundos, no guardabosques\u00bb, se dijo, medio mortificado, medio furioso. Pero el coraz\u00f3n le lat\u00eda terriblemente, y no se atrevi\u00f3 a expresar todo lo que pensaba.<br \/>\nExamin\u00f3 la portilla, convencido de que ten\u00eda alg\u00fan truco; a continuaci\u00f3n volvi\u00f3 a encaramarse a ella a toda prisa, sumamente desasosegado al ver que el claro ya no se abr\u00eda hacia el campo, sino que torc\u00eda a la derecha. \u00bfQu\u00e9 demonios le ocurr\u00eda? No andaba tan mal de la vista. De nuevo asom\u00f3 el sol de repente con todo su esplendor, y sembr\u00f3 el suelo del bosque de charcos plateados; y en ese mismo instante cruz\u00f3 aullando una furiosa r\u00e1faga de viento. Empezaron a caer gotas en todas partes, sobre las hojas, produciendo un golpeteo como de multitud de pisadas. El bosquecillo entero se estremeci\u00f3 y comenz\u00f3 a agitarse.<br \/>\n\u00ab\u00a1V\u00e1lgame Dios, ahora se pone a llover!\u00bb, pens\u00f3 el agrimensor; y al ir a echar mano del paraguas, descubri\u00f3 que lo hab\u00eda perdido. Volvi\u00f3 a la portilla y vio que se le hab\u00eda ca\u00eddo al otro lado. Para su asombro, descubri\u00f3 el campo al otro extremo del claro, y tambi\u00e9n la casa roja, iluminada por el sol del atardecer. Se ech\u00f3 a re\u00edr, entonces; porque, naturalmente, en su forcejeo con los barrotes se hab\u00eda dado la vuelta, hab\u00eda ca\u00eddo hacia atr\u00e1s y no hacia adelante. Salt\u00f3 la portilla, con toda facilidad esta vez, y desanduvo sus pasos. Descubri\u00f3 que el paraguas hab\u00eda perdido su aro de plata. Seguramente se le hab\u00eda enganchado en un pie, un clavo o lo que fuera, y lo hab\u00eda arrancado. El agrimensor ech\u00f3 a correr: estaba tremendamente nervioso.<br \/>\nPero mientras corr\u00eda, el bosque entero corr\u00eda con \u00e9l, en torno a \u00e9l, de un lado para otro, desplaz\u00e1ndose los \u00e1rboles como si fuesen semovientes, plegando y desplegando las hojas, agitando sus troncos adelante y atr\u00e1s, descubriendo espacios vac\u00edos sus ramas enormes, y volvi\u00e9ndolos a ocultar antes de que \u00e9l pudiese verlos con claridad. Hab\u00eda ruido de pisadas por todas panes, y risas, y voces que gritaban, y una multitud de figuras congregadas a su espalda, al extremo de que el claro herv\u00eda de movimiento y de vida. Naturalmente, era el viento, que produc\u00eda en sus o\u00eddos el efecto de voces y risas, en tanto el sol y las nubes, al sumir el bosque alternativamente en sombras y en cegadora luz, generaban figuras. Pero no le gustaba todo esto, y ech\u00f3 a correr todo lo deprisa que sus vigorosas piernas lo pod\u00edan llevar. Ahora estaba asustado. Ya no le parec\u00eda un percance apropiado para contarlo a su mujer y sus hijos. Corr\u00eda como el viento. Sin embargo, sus pies no hac\u00edan ruido en la yerba blanda y musgosa.<br \/>\nEntonces, para su horror, vio que el claro se iba estrechando, que lo invad\u00edan la maleza y las ortigas, reduci\u00e9ndolo a un sendero min\u00fasculo, y que terminaba unas veinte yardas m\u00e1s all\u00e1, y desaparec\u00eda entre los \u00e1rboles. Lo que no hab\u00eda logrado la portilla, lo hab\u00eda conseguido con facilidad este complicado claro: meterlo materialmente en la espesa muchedumbre de \u00e1rboles.<br \/>\nS\u00f3lo cab\u00eda hacer una cosa: dar media vuelta y regresar de nuevo, correr con todas sus fuerzas hacia la vida que ven\u00eda a su espalda, que lo segu\u00eda tan de cerca que casi lo tocaba y lo empujaba. Y eso fue lo que hizo con atropellada valent\u00eda. Parec\u00eda una temeridad. Se volvi\u00f3 con una especie de salto violento, la cabeza baja, los hombros sacados y las manos extendidas delante de la cara. Se lanz\u00f3: embisti\u00f3 como un ser acosado en direcci\u00f3n opuesta, por lo que ahora el viento le dio de cara.<br \/>\n\u00a1Dios m\u00edo! El claro que hab\u00eda dejado atr\u00e1s se hab\u00eda cerrado tambi\u00e9n: no hab\u00eda sendero ninguno. Se dio la vuelta otra vez como un animal acorralado, busc\u00f3 con los ojos una salida, un modo de escapar; busc\u00f3 fren\u00e9tico, jadeante, aterrado hasta el tu\u00e9tano. Pero el follaje lo envolv\u00eda, las ramas le obstru\u00edan el paso; los \u00e1rboles estaban ahora inm\u00f3viles y juntos: no los agitaba el m\u00e1s leve soplo de aire; y el sol, en ese instante, se ocult\u00f3 tras una gran nube negra. El bosque entero se volvi\u00f3 oscuro y silencioso. Lo observ\u00f3.<br \/>\nQuiz\u00e1 fue este efecto final de s\u00fabita negrura lo que lo impuls\u00f3 a actuar de manera insensata, como si hubiese perdido el juicio. El caso es que, sin pararse a pensar, se lanz\u00f3 otra vez hacia los \u00e1rboles. Tuvo la impresi\u00f3n de que lo rodeaban y lo sujetaban de manera asfixiante, y pens\u00f3 que deb\u00eda escapar a toda costa&#8230; escapar, huir a la libertad del campo y el aire libre. Fue una reacci\u00f3n instintiva; y al parecer, embisti\u00f3 contra un roble que se hab\u00eda situado deliberadamente en el centro del sendero para detenerlo. Lo hab\u00eda visto desplazarse lo menos una yarda; siendo como era un profesional de la medici\u00f3n, acostumbrado al uso del teodolito y la cadena, ten\u00eda experiencia para saberlo. Cay\u00f3, vio las estrellas, y sinti\u00f3 que mil dedos min\u00fasculos tiraban de sus manos y sus tobillos y su cuello. Sin duda se deb\u00eda al picor de las ortigas. Es lo que pens\u00f3 m\u00e1s tarde. En ese momento le pareci\u00f3 diab\u00f3licamente intencionado.<br \/>\nPero hubo otra ilusi\u00f3n extraordinaria para la que no encontr\u00f3 tan f\u00e1cil explicaci\u00f3n. Porque un instante despu\u00e9s, al parecer, el bosque entero desfilaba ante \u00e9l con un profundo susurro de hojas y risas, de miles de pies y de peque\u00f1as, inquietas figuras; dos hombres vestidos de verde pardo lo sacudieron en\u00e9rgicamente&#8230;, y abri\u00f3 los ojos para descubrir que yac\u00eda en el prado junto al paso de cerca donde hab\u00eda comenzado su incre\u00edble aventura. El bosque estaba en su sitio de siempre, y lo contemplaba al sol. Encima de \u00e9l sonre\u00eda burl\u00f3n el deteriorado letrero: \u00abProhibido el paso\u00bb.<br \/>\nCon la mente y el cuerpo trastornados, y bastante alterada su alma de empleado, el agrimensor ech\u00f3 a andar despacio a campo traviesa. Mientras caminaba, volvi\u00f3 a consultar las instrucciones de la tarjeta postal, y descubri\u00f3 con estupor que pod\u00eda leer la frase borrada pese a las tachaduras trazadas sobre ella: \u00abHay un atajo que cruza el bosquecillo (el que quiero talar), si lo prefiere\u00bb. Aunque las tachaduras sobre \u00absi lo prefiere\u00bb hac\u00edan que pareciese otra cosa: parec\u00eda decir, extra\u00f1amente, \u00absi se atreve\u00bb.<br \/>\n&#8211;Ese es el bosquecillo que impide la vista de las lomas &#8211;explic\u00f3 despu\u00e9s su cliente, se\u00f1al\u00e1ndolo desde el otro extremo del campo, y consultando el plano que ten\u00eda junto a \u00e9l&#8211;. Quiero talarlo, y que se haga un camino as\u00ed y as\u00ed &#8211;indic\u00f3 la direcci\u00f3n en el plano, con el dedo&#8211;. El Bosque Encantado lo llaman a\u00fan; es much\u00edsimo m\u00e1s antiguo que esta casa. Vamos, se\u00f1or Thomas; si est\u00e1 usted dispuesto, podemos ir a echarle una mirada&#8230;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento del ingl\u00e9s Algernon Blackwood, gran maestro de las atm\u00f3sferas extra\u00f1as.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13239,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[2147,22,2917,1028,2855,1026,2291,360,2148],"class_list":["post-7498","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-algernon-blackwood","tag-cuento","tag-escritores-del-reino-unido","tag-escritores-en-lengua-inglesa","tag-literatura","tag-literatura-de-horror","tag-literatura-de-imaginacion","tag-literatura-fantastica","tag-luces-antiguas"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/11\/algernon-blackwood-1.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-1WW","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7498","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7498"}],"version-history":[{"count":12,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7498\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13241,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7498\/revisions\/13241"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13239"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7498"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7498"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7498"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}