{"id":7334,"date":"2010-10-22T21:36:52","date_gmt":"2010-10-23T02:36:52","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=7334"},"modified":"2016-12-10T14:37:30","modified_gmt":"2016-12-10T20:37:30","slug":"el-lugar-blanco","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-lugar-blanco\/","title":{"rendered":"El lugar blanco"},"content":{"rendered":"<p>He aqu\u00ed un texto proveniente del curso de autores \u00abraros\u00bb: un cuento de Ra\u00fal Navarrete (1942-1981), escritor mexicano injustamente olvidado. Aunque fue becario del Centro Mexicano de Escritores y ganador de varios premios literarios (el Nacional de Literatura Carlos Trouyet, el Latinoamericano de Cuento y el Nacional de Poes\u00eda Aguascalientes, con el poemario <em>Memoria de la especie<\/em>), tras su muerte ninguno de sus libros ha sido reeditado. Adem\u00e1s de <em>Memoria de la especie <\/em>(1978), public\u00f3 <em>Aqu\u00ed, all\u00e1, en esos lugares<\/em> (novela, 1966); <em>Luz que duerme<\/em> (novela, 1969); <em>El oscuro se\u00f1or y la se\u00f1ora<\/em> (novela, 1973) y <em>El sexto d\u00eda de la creaci\u00f3n<\/em> (relatos y poemas, 1974).<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mientras sucede, si llega a suceder, el rescate de la obra, queda aqu\u00ed este texto. \u00abEl lugar blanco\u00bb proviene de <em>El sexto d\u00eda de la creaci\u00f3n<\/em> y lo debo a la escritora Erika Mergruen, querida amiga y excelente lectora de Navarrete, quien tiene <a href=\"http:\/\/www.osiazul.com.mx\/seccion\/Navarrete-index.html\">m\u00e1s sobre \u00e9l<\/a> en su sitio, Osiazul.com.mx.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Navarrete.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13343\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-lugar-blanco\/navarrete\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Navarrete.jpg\" data-orig-size=\"500,637\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Ra\u00fal Navarrete\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Navarrete.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Navarrete.jpg\" alt=\"\" width=\"500\" height=\"637\" class=\"aligncenter size-full wp-image-13343\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Navarrete.jpg 500w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Navarrete-235x300.jpg 235w\" sizes=\"auto, (max-width: 500px) 100vw, 500px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>EL LUGAR BLANCO<br \/>\nRa\u00fal Navarrete<\/strong><\/p>\n<p>Muchos han afirmado que el camino para llegar al lugar blanco se perdi\u00f3 en un tiempo remoto. Otros dicen que ese lugar ya no existe, y tambi\u00e9n hay quien ha llegado a afirmar que no existi\u00f3 nunca. Pero la semana pasada yo hice un viaje a \u00e9l. El \u00faltimo, porque no volver\u00e9 a recorrer sus colinas ni a mirar a su gente ni a caminar por las orillas de sus r\u00edos. El verano est\u00e1 aqu\u00ed, las matas de linaza comienzan a llenarse de flores amarillas y muy pronto, tambi\u00e9n, la espiga aparecer\u00e1 en lo alto de las ca\u00f1as. Saldr\u00e9 al campo entonces para ver todo eso. Pero no volver\u00e9 al lugar blanco.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ese lugar existe. Es semejante a un jard\u00edn gozoso y no est\u00e1 lejos de nadie. La semana pasada pens\u00e9: Ir\u00e9. No puedo esperar m\u00e1s. Y di un paso, uno s\u00f3lo, y entr\u00e9 en el lugar blanco. Ten\u00eda que buscar a tres personas que eran de mi estimaci\u00f3n. Desde hac\u00eda un mes las recordaba; sent\u00eda nostalgia de sus caras y de su conversaci\u00f3n. Sab\u00eda que estaban en ese lugar y por eso me decid\u00ed a buscarlas. En otras ocasiones yo hab\u00eda intentado la b\u00fasqueda, pero siempre in\u00fatilmente porque, pensaba, lo hab\u00eda hecho distra\u00eddo y nunca con intenciones verdaderas de hallarlas. Eran tres personas, dos mujeres y un hombre. Al hombre apenas lo recordaba ya: un hombre grande, de ojos hundidos y cara confusa. De las mujeres recordaba el tono de su voz y sus gestos. Recordaba tambi\u00e9n c\u00f3mo se mov\u00edan al caminar, c\u00f3mo se quedaban quietas bajo unos arcos, las dos peque\u00f1as y fr\u00e1giles mirando a un mundo que tal vez no hubiera hecho nada para merecer su atenci\u00f3n. Recordaba asimismo sus risas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pens\u00e9: Ir\u00e9. No puedo esperar m\u00e1s. Y di un paso y entr\u00e9 en el lugar blanco. Nada me deslumbr\u00f3 como otras veces. Vi a miles de mujeres caminando y vi tambi\u00e9n a miles de hombres que las acompa\u00f1aban o que iban por su lado, hacia el oeste o hacia el norte. Todos eran blancos de la cabeza a los pies y ten\u00edan una misma cara aunque sus expresiones eran diferentes. No entr\u00e9 en ninguna casa, pero en una de ellas vi a una mujer. Estaba en la puerta, sentada, preparando su comida. Ten\u00eda la cara igual de blanca que la de los dem\u00e1s, y sus manos veloces se mov\u00edan entre las ollas puestas al fuego. Me dio la bienvenida pero no le hice caso y me alej\u00e9, ten\u00eda prisa Y no deb\u00eda perder tiempo. El tiempo, all\u00ed, era algo que no pod\u00eda desperdiciarse.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Todo era blanco: montes, aire, muros. A la orilla de los r\u00edos y en las calles hab\u00eda conejos. Los cerdos corr\u00edan por todas partes. En los montes, bajo los \u00e1rboles y en las esquinas hab\u00eda mesas de cristal, y el que quer\u00eda se sentaba en ellas. Hab\u00eda tambi\u00e9n esferas que rodaban al soplo del viento. No me detuve en ninguna parte ni dej\u00e9 que ninguna delicia me atrajera: yo estaba all\u00ed por \u00faltima vez para buscar a tres personas a quienes en un tiempo hab\u00eda amado, as\u00ed que fui de un lado a otro mientras hombres y mujeres de cara blanca me hablaban o cre\u00edan hablarme. Cruc\u00e9 puentes fr\u00e1giles sin detenerme. En una colina, sentada en la rama de un \u00e1rbol, estaba una vieja. La vi varias veces, la vi en todas las ocasiones en que pas\u00e9 por la colina: no hac\u00eda m\u00e1s que estar sentada en el \u00e1rbol, desnuda, gritando a toda hora. Sus gritos no eran de dolor ni de alegr\u00eda sino de algo mucho m\u00e1s simple. Se lo pregunt\u00e9 y ella me lo dijo sin dejar de gritar. Sobre la colina hab\u00eda un cielo con nubes veloces.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hab\u00eda un lago del que muchas manos sacaban peces peque\u00f1os y grandes. Las manos los atrapaban con facilidad, y los ojos de los peces, fuera del agua, se oscurec\u00edan.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hab\u00eda tambi\u00e9n puentes, los hab\u00eda por todas partes, y eran de un metal blanco, o de madera y de otros materiales semejantes al papel. Cruzaban los r\u00edos, los cerros y las calles, y en ocasiones sub\u00edan m\u00e1s arriba que los \u00e1rboles.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las aguas del lago del que muchas manos sacaban peces nunca estaban tranquilas. Pens\u00e9: Preguntar\u00e9 a la gente. Tal vez ellos sepan d\u00f3nde debo buscar, en qu\u00e9 sitio. Y sub\u00ed a un puente, y a otro, y dej\u00e9 los montes atr\u00e1s. Todo era blanco pero aquella blancura no deslumbraba.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Vi a un hombre que jugaba con sus hijos. Era un hombre viejo, y los hijos estaban tan viejos como \u00e9l, ten\u00edan una misma frente arrugada. Sin duda el afecto entre ellos era grande, porque se abrazaban a cada paso dici\u00e9ndose en voz baja palabras sin sentido. Los vi, espaldas y cuellos blancos, pero nada les pregunt\u00e9. Me dijeron sin dejar de jugar: Conocemos a los que busca: son dos mujeres flacas y un hombre mal hablado. Los encontrar\u00e1 dormidos bajo el \u00fanico \u00e1rbol que no tiene ramas. V aya a buscarlos all\u00e1 y los encontrar\u00e1. Pero supe que ment\u00edan viendo c\u00f3mo se arrugaban sus frentes. Los dej\u00e9 atr\u00e1s, no pod\u00edan saber d\u00f3nde estaban las personas que yo amaba porque ni siquiera los hab\u00edan visto nunca ni hab\u00edan o\u00eddo hablar de ellos. Llegu\u00e9 a un sitio en donde no hab\u00eda casas. Llov\u00eda, pero eso a nadie parec\u00eda importarle. Blanca, la lluvia mojaba los cuerpos y corr\u00eda en arroyo, fino, entre los pies de los que en ese sitio se hallaban. En aquella parte los r\u00edos y los lagos no se desbordaban, mujeres y hombres se ba\u00f1aban en ellos, quietos, sin re\u00edr ni hablar. Estaban desnudos y no hab\u00eda ninguna diferencia en sus cuerpos blancos como la lluvia o como el agua del r\u00edo que los mojaba. Dijeron cuando les pregunt\u00e9: No sabemos. No sabemos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Anduve entre la gente que caminaba. Todos iban de prisa y s\u00f3lo pod\u00eda verlos un instante. Los examinaba y luego, al momento, los ve\u00eda desaparecer. Me asom\u00e9 a las casas y vi a mujeres tiernas, de edad enga\u00f1osa, amamantando a sus hijos, a sus maridos o a sus padres. Vi tambi\u00e9n a hombres y a familias completas encendiendo lumbre o preparando las camas para dormir sus sue\u00f1os breves; pero ning\u00fan gesto, ning\u00fan tono de voz ten\u00eda semejanza con los de aquellos a quienes yo hab\u00eda ido a buscar. Pens\u00e9: No me ir\u00e9 sin hallarlos. Y, en seguida, me dirig\u00ed hacia otros rumbos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hab\u00eda conejos mansos por todas partes y los cerdos corr\u00edan en libertad. Vi a gente sentada en las mesas de cristal y examin\u00e9 a cada mujer y a cada hombre con los que fui encontr\u00e1ndome. Las esferas no me estorbaban el paso, rodaban al soplo del viento y desaparec\u00edan en las cimas de los montes. En cada esquina, al pie de cada puente y debajo de los \u00e1rboles hab\u00eda escupideras, para que todo el que quisiera y tuviera necesidad hiciera uso de ellas. Sentada en la rama del \u00e1rbol, desnuda, volv\u00ed a ver a la vieja. Segu\u00eda gritando sin parar, y me mir\u00f3 pero nada me dijo aunque estuve haci\u00e9ndole preguntas durante un tiempo largo. Le dije: D\u00edgame si los conoce o si los ha visto alguna vez. D\u00edgame d\u00f3nde puedo hallarlos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No encontr\u00e9 a los que buscaba. Trat\u00e9 de imaginar a qu\u00e9 otro lugar hubieran podido ir, pero me fue imposible. Volv\u00ed a recorrer las colinas y entr\u00e9 en las cuevas profundas, todas, que encontr\u00e9. Sub\u00ed a los \u00e1rboles cuyas copas estaban cubiertas de hojas y de frutos blancos por ver si alguien se ocultaba en ellos. No hall\u00e9 nada y me sent\u00e9 a la mitad de un puente oyendo, aunque estaba muy lejos, los gritos de la vieja. Pens\u00e9: Nunca se callar\u00e1. Pasar\u00e9 otra vez por la colina y, de paso, la tirar\u00e9 del \u00e1rbol. Tal vez eso sea posible. Lo intentar\u00e9.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No hice nada. Me acomod\u00e9 mejor a la mitad del puente y estir\u00e9 las piernas. Tuve intenciones de acostarme, pero eso no fue necesario porque no estaba cansado y porque olvid\u00e9 en seguida mis intenciones. Los que pasaban no se deten\u00edan y apenas me miraban aunque algunos, se\u00f1al\u00e1ndome, mov\u00edan la boca. Decid\u00ed quedarme en el lugar blanco, y as\u00ed lo hice. Habit\u00e9 desde entonces en casas peque\u00f1as o grandes y conoc\u00ed a los que sal\u00edan y entraban en ellas. Conoc\u00ed tambi\u00e9n cada rinc\u00f3n, y volv\u00ed a recorrer los puentes, las colinas y las m\u00e1rgenes de los r\u00edos y de los lagos. Durante todo ese tiempo segu\u00ed buscando.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero no me qued\u00e9 en el lugar blanco para siempre. Hab\u00eda pensado hacerlo s\u00f3lo si encontraba a las dos mujeres y al hombre. En mi memoria sus gestos se iban desfigurando y ya no sab\u00eda qu\u00e9 hacer. No pod\u00eda estar all\u00ed sin ellos, pensaba, as\u00ed que, viendo a la vieja que gritaba subida en el \u00e1rbol, decid\u00ed a regresar. Mir\u00e9 por \u00faltima vez el lugar blanco que era semejante a un jard\u00edn; di un paso, uno s\u00f3lo, y lo abandon\u00e9.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora pienso que no volver\u00e9 a ese sitio. N o recorrer\u00e9 otra vez sus colinas ni mirar\u00e9 a su gente. Todos, mujeres y hombres, ten\u00edan una misma cara, y esa cara no era la de ninguna de las tres personas que yo quise encontrar. No volver\u00e9 al lugar blanco. Este mundo comienza a llenarse de flores amarillas y el aire, afuera, es apacible. La gente se re\u00fane y se toma de las manos. Se hablan en secreto cont\u00e1ndose las cosas que hicieron alguna vez y que a\u00fan hacen: cuentan c\u00f3mo se levantan de sus camas a una hora conveniente, por las ma\u00f1anas, y cuentan c\u00f3mo pasan el d\u00eda en ocupaciones que les proporcionan salud. Alimentan sus cuerpos con comidas apetitosas, hablan, caminan de un lado a otro y guardan en cada movimiento la compostura. Abren y cierran los ojos y se quedan dormidos, y en sus sue\u00f1os, si los tienen, siguen haciendo lo mismo. No hay m\u00e1s. Tal vez alg\u00fan d\u00eda vayan al lugar blanco. All\u00ed, sus gestos se descompondr\u00e1n. Me reir\u00e9 de ellos entonces recordando c\u00f3mo en este mundo alargaban las manos, c\u00f3mo hablaban y c\u00f3mo iban de un lado a otro. Afirmar\u00e9 que todo eso no tiene sentido. Lo dir\u00e9 varias veces, recordando, y luego volver\u00e9 a re\u00edr. Ser\u00e1 una carcajada y muchas. Aunque como sus cuerpos y sus movimientos, como sus d\u00edas, sus gestos y sus ocupaciones, la carcajada tampoco tenga ning\u00fan sentido.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento de Ra\u00fal Navarrete (1942-1981), escritor mexicano injustamente olvidado.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13343,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[17,22,2111,2110,182,186,190,198,2855,1885,2088],"class_list":["post-7334","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-amistades","tag-cuento","tag-el-lugar-blanco","tag-el-sexto-dia-de-la-creacion","tag-erika-mergruen","tag-escritores-raros","tag-escritores-en-espanol","tag-escritores-mexicanos","tag-literatura","tag-mexicanos-secretos","tag-raul-navarrete"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Navarrete.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-1Ui","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7334","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7334"}],"version-history":[{"count":9,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7334\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13344,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7334\/revisions\/13344"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13343"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7334"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7334"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7334"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}