{"id":71,"date":"2006-05-20T13:28:35","date_gmt":"2006-05-20T17:28:35","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/blog\/?p=85"},"modified":"2025-09-07T19:47:28","modified_gmt":"2025-09-08T01:47:28","slug":"el-ojo-silva","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-ojo-silva\/","title":{"rendered":"El Ojo Silva"},"content":{"rendered":"<p>Un cuento de Roberto Bola\u00f1o (1953-2003), proveniente del libro <em>Putas asesinas<\/em>. En \u00e9l, como ver\u00e1n quienes ya conozcan algo de la obra del escritor, est\u00e1n muchos de sus temas centrales: la Historia, su propia historia, el mal y el sufrimiento humanos y tambi\u00e9n \u00abeso otro\u00bb: lo que no alcanza a decirse.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;(Nota de diciembre de 2016: ahora que Bola\u00f1o es claramente un autor central de la literatura mundial, agrego enlace a <a href=\"http:\/\/www.letraslibres.com\/mexico-espana\/en-palabras-otros-alberto-chimal-lee-roberto-bolano\">este podcast<\/a> en donde hablamos un poco m\u00e1s de \u00e9l, su obra y lo que hace especiales a sus cuentos.)<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/05\/roberto-bolano.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13186\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-ojo-silva\/roberto-bolano\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/05\/roberto-bolano.jpg\" data-orig-size=\"800,535\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Roberto Bola\u00f1o\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/05\/roberto-bolano.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/05\/roberto-bolano.jpg\" alt=\"\" width=\"800\" height=\"535\" class=\"aligncenter size-full wp-image-13186\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/05\/roberto-bolano.jpg 800w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/05\/roberto-bolano-300x201.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 800px) 100vw, 800px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>EL OJO SILVA<br \/>\nRoberto Bola\u00f1o<\/strong><\/p>\n<p><em>Para Rodrigo Pinto y Mar\u00eda y Andr\u00e9s Braithwaite<\/em><\/p>\n<p>Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intent\u00f3 escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoam\u00e9rica en la d\u00e9cada del cincuenta, los que rond\u00e1bamos los veinte a\u00f1os cuando muri\u00f3 Salvador Allende.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El caso del Ojo es paradigm\u00e1tico y ejemplar y tal vez no sea ocioso volver a recordarlo, sobre todo cuando ya han pasado tantos a\u00f1os. En enero de 1974, cuatro meses despu\u00e9s del golpe de Estado, el Ojo Silva se march\u00f3 de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los malos vientos que soplaban en la vecina rep\u00fablica lo llevaron a M\u00e9xico en donde vivi\u00f3 un par de a\u00f1os y en donde lo conoc\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No era como la mayor\u00eda de los chilenos que por entonces viv\u00edan en el D.F.: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia m\u00e1s fantasmal que real, no frecuentaba los c\u00edrculos de exiliados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nos hicimos amigos y sol\u00edamos encontrarnos una vez a la semana, por lo menos, en el caf\u00e9 La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle Versalles en donde yo viv\u00eda con mi madre y con mi hermana. Los primeros meses el Ojo Silva sobrevivi\u00f3 a base de tareas espor\u00e1dicas y precarias, luego consigui\u00f3 trabajo como fot\u00f3grafo de un peri\u00f3dico del D.F. No recuerdo qu\u00e9 peri\u00f3dico era, tal vez El Sol, si alguna vez existi\u00f3 en M\u00e9xico un peri\u00f3dico de ese nombre, tal vez El Universal; yo hubiera preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirig\u00eda el viejo poeta espa\u00f1ol Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo trabaj\u00e9 all\u00ed y nunca vi al Ojo en la redacci\u00f3n. Pero trabaj\u00f3 en un peri\u00f3dico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situaci\u00f3n econ\u00f3mica mejor\u00f3, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se hab\u00eda acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la mirada pod\u00eda apreciar se\u00f1ales inequ\u00edvocas que hablaban de un repunte econ\u00f3mico.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los primeros meses en el D.F., por ejemplo, lo recuerdo vestido con sudaderas. Los \u00faltimos ya se hab\u00eda comprado un par de camisas e incluso una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos poetas y yo, no us\u00e1bamos nunca. De hecho, el \u00fanico personaje encorbatado que alguna vez se sent\u00f3 a nuestra mesa del caf\u00e9 Quito, en la avenida Bucareli, fue el Ojo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Por aquellos d\u00edas se dec\u00eda que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los c\u00edrculos de exiliados chilenos corr\u00eda ese rumor, en parte como manifestaci\u00f3n de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida m\u00e1s bien aburrida de los exiliados, gente de izquierda que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se ense\u00f1oreaba de Chile.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el Ojo correspond\u00eda al cari\u00f1o haciendo de vez en cuando fotos de la familia, es decir de mi madre, de mi hermana, de alguna amiga de mi madre y de m\u00ed. A todo el mundo le gusta que lo fotograf\u00eden, me dijo una vez. A m\u00ed me daba igual, o eso cre\u00eda, pero cuando el Ojo dijo eso estuve pensando durante un rato en sus palabras y termin\u00e9 por darle la raz\u00f3n. S\u00f3lo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre crey\u00f3 que el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para \u00e9l en el futuro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Una noche me lo encontr\u00e9 en el caf\u00e9 Quito. Casi no hab\u00eda parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a Bucareli con un caf\u00e9 con leche servido en vaso, esos vasos grandes de vidrio grueso que ten\u00eda el Quito y que nunca m\u00e1s he vuelto a ver en un establecimiento p\u00fablico. Me sent\u00e9 junto a \u00e9l y estuvimos charlando durante un rato. Parec\u00eda transl\u00facido. Esa fue la impresi\u00f3n que tuve. El Ojo parec\u00eda de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su caf\u00e9 con leche parec\u00edan intercambiar se\u00f1ales, como si se acabaran de encontrar, dos fen\u00f3menos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con m\u00e1s voluntad que esperanza de hallar un lenguaje com\u00fan.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esa noche me confes\u00f3 que era homosexual, tal como propagaban los exiliados, y que se iba de M\u00e9xico. Por un instante cre\u00ed entender que se marchaba porque era homosexual. Pero no, un amigo le hab\u00eda conseguido un trabajo en una agencia de fot\u00f3grafos de Par\u00eds y eso era algo con lo que siempre hab\u00eda so\u00f1ado. Ten\u00eda ganas de hablar y yo lo escuch\u00e9. Me dijo que durante algunos a\u00f1os hab\u00eda llevado con \u00bfpesar?, \u00bfdiscreci\u00f3n?, su inclinaci\u00f3n sexual, sobre todo porque \u00e9l se consideraba de izquierdas y los compa\u00f1eros ve\u00edan con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos de la palabra invertido (hoy en desuso) que atra\u00eda como un im\u00e1n paisajes desolados, y del t\u00e9rmino colisa, que yo escrib\u00eda con ese y que el Ojo pensaba se escrib\u00eda con zeta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y que en alg\u00fan momento yo brind\u00e9 por los luchadores chilenos errantes, una fracci\u00f3n numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes, entelequia compuesta de hu\u00e9rfanos que, como su nombre indica, erraban por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi siempre, por lo dem\u00e1s, era el peor. Pero despu\u00e9s de re\u00edrnos el Ojo dijo que la violencia no era cosa suya. Tuya s\u00ed, me dijo con una tristeza que entonces no entend\u00ed, pero no m\u00eda. Detesto la violencia. Yo le asegur\u00e9 que sent\u00eda lo mismo. Despu\u00e9s nos pusimos a hablar de otras cosas, libros, pel\u00edculas, y ya no nos volvimos a ver.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Un d\u00eda supe que el Ojo se hab\u00eda marchado de M\u00e9xico. Me lo comunic\u00f3 un antiguo compa\u00f1ero suyo del peri\u00f3dico. No me pareci\u00f3 extra\u00f1o que no se hubiera despedido de m\u00ed. El Ojo nunca se desped\u00eda de nadie. Yo nunca me desped\u00eda de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se desped\u00edan de nadie. A mi madre, sin embargo, le pareci\u00f3 un gesto de mala educaci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Dos o tres a\u00f1os despu\u00e9s yo tambi\u00e9n me march\u00e9 de M\u00e9xico. Estuve en Par\u00eds, lo busqu\u00e9 (si bien no con excesivo ah\u00ednco), no lo encontr\u00e9. Con el paso del tiempo empec\u00e9 a olvidar hasta su rostro, aunque siempre persisti\u00f3 en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enf\u00e1tica que asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no ten\u00eda rostro o que hab\u00eda adquirido un rostro de sombras, pero que a\u00fan manten\u00eda lo esencial, la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no cab\u00eda la quietud.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pasaron los a\u00f1os. Muchos a\u00f1os. Algunos amigos murieron. Yo me cas\u00e9, tuve un hijo, publiqu\u00e9 algunos libros.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En cierta ocasi\u00f3n tuve que ir a Berl\u00edn. La \u00faltima noche, despu\u00e9s de cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cog\u00ed un taxi (aunque usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al que orden\u00e9 que se detuviera antes porque quer\u00eda pasear un poco. El taxista (un asi\u00e1tico ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dej\u00f3 a unas cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no hab\u00eda gente por las calles. Atraves\u00e9 una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo reconoc\u00ed hasta que \u00e9l me habl\u00f3. Dijo mi nombre y luego me pregunt\u00f3 c\u00f3mo estaba. Entonces me di la vuelta y lo mir\u00e9 durante un rato sin saber qui\u00e9n era. El Ojo segu\u00eda sentado en el banco y sus ojos me miraban y luego miraban el suelo o a los lados, los \u00e1rboles enormes de la peque\u00f1a plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a \u00e9l con m\u00e1s intensidad (eso cre\u00ed entonces) que a m\u00ed. Di unos pasos hacia \u00e9l y le pregunt\u00e9 qui\u00e9n era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. \u00bfEl Ojo Silva de Chile?, dije yo. \u00c9l asinti\u00f3 y s\u00f3lo entonces lo vi sonre\u00edr.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aquella noche conversamos casi hasta que amaneci\u00f3. El Ojo viv\u00eda en Berl\u00edn desde hac\u00eda algunos a\u00f1os y sab\u00eda encontrar los bares que permanec\u00edan abiertos toda la noche. Le pregunt\u00e9 por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fot\u00f3grafo free lancer. Hab\u00eda tenido casa en Par\u00eds, en Mil\u00e1n y ahora en Berl\u00edn, viviendas modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. S\u00f3lo cuando entramos al primer bar pude apreciar cu\u00e1nto hab\u00eda cambiado. Estaba mucho m\u00e1s flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Not\u00e9 asimismo que beb\u00eda mucho m\u00e1s que en M\u00e9xico. Quiso saber cosas de m\u00ed. Por supuesto, nuestro encuentro no hab\u00eda sido casual. Mi nombre hab\u00eda aparecido en la prensa y el Ojo lo ley\u00f3 o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llam\u00f3 por tel\u00e9fono a la organizaci\u00f3n y consigui\u00f3 las se\u00f1as de mi hotel. Cuando lo encontr\u00e9 en la plaza s\u00f3lo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me re\u00ed. Reencontrarlo, pens\u00e9, hab\u00eda sido un acontecimiento feliz. El Ojo segu\u00eda siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no impon\u00eda su presencia, alguien al que le pod\u00edas decir adi\u00f3s en cualquier momento de la noche y \u00e9l s\u00f3lo te dir\u00eda adi\u00f3s, sin un reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que nunca hab\u00eda abundado mucho en Chile pero que s\u00f3lo all\u00ed se pod\u00eda encontrar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Releo estas palabras y s\u00e9 que peco de inexactitud. El Ojo jam\u00e1s se hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro di\u00e1logo se desarroll\u00f3 b\u00e1sicamente en el terreno de las evocaciones, es decir fue un di\u00e1logo informativo y melanc\u00f3lico. El di\u00e1logo, en realidad el mon\u00f3logo, que de verdad me interesa es el que se produjo mientras volv\u00edamos a mi hotel, a eso de las dos de la ma\u00f1ana.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras atraves\u00e1bamos la misma plaza en donde unas horas antes nos hab\u00edamos encontrado. Recuerdo que hac\u00eda fr\u00edo y que de repente escuch\u00e9 que el Ojo me dec\u00eda que le gustar\u00eda contarme algo que nunca antes le hab\u00eda contado a nadie. Lo mir\u00e9. El Ojo ten\u00eda la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunt\u00e9 de qu\u00e9 se trataba. De un viaje, contest\u00f3 en el acto. \u00bfY qu\u00e9 pas\u00f3 en ese viaje?, le pregunt\u00e9. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareci\u00f3 existir s\u00f3lo para contemplar las copas de los altos \u00e1rboles alemanes y los fragmentos de cielo y nubes que bull\u00edan silenciosamente por encima de \u00e9stos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Algo terrible, dijo el Ojo. \u00bfT\u00fa te acuerdas de una conversaci\u00f3n que tuvimos en el Quito antes de que me marchara de M\u00e9xico? S\u00ed, dije. \u00bfTe dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo. Sent\u00e9monos, dijo el Ojo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Jurar\u00eda que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo a\u00fan no hubiera llegado, a\u00fan no hubiera empezado a cruzar la plaza, y \u00e9l estuviera esper\u00e1ndome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alz\u00f3 el cuello de su abrigo y empez\u00f3 a hablar. Yo encend\u00ed un cigarrillo y permanec\u00ed de pie. La historia del Ojo transcurr\u00eda en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo hab\u00eda llevado hasta all\u00ed, en donde ten\u00eda que realizar dos trabajos. El primero era el t\u00edpico reportaje urbano, una mezcla de Marguerite Duras y Hermann Hesse, el Ojo y yo sonre\u00edmos, hay gente as\u00ed, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre India Song y Sidharta, y uno est\u00e1 para complacer a los editores. As\u00ed que el primer reportaje hab\u00eda consistido en fotos donde se vislumbraban casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con predominio m\u00e1s bien del restaurante canalla o del restaurante de familias que parec\u00edan canallas y s\u00f3lo eran indias, y tambi\u00e9n fotos del extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las v\u00edas de comunicaci\u00f3n, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y trenes que entraban y sal\u00edan de la ciudad, sin olvidar la naturaleza como en estado latente, una hibernaci\u00f3n ajena al concepto de hibernaci\u00f3n occidental, \u00e1rboles distintos a los \u00e1rboles europeos, r\u00edos y riachuelos, campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El segundo reportaje fotogr\u00e1fico era sobre el barrio de las putas de una ciudad de la India cuyo nombre no conocer\u00e9 nunca.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aqu\u00ed empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo a\u00fan viv\u00eda en Par\u00eds y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido escritor franc\u00e9s que se hab\u00eda especializado en el submundo de la prostituci\u00f3n. De hecho, su reportaje s\u00f3lo era el primero de una serie que comprender\u00eda barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fot\u00f3grafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No s\u00e9 a qu\u00e9 ciudad lleg\u00f3 el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benar\u00e9s o Madr\u00e1s, recuerdo que se lo pregunt\u00e9 y que \u00e9l ignor\u00f3 mi pregunta. Lo cierto es que lleg\u00f3 a la India solo, pues el escritor franc\u00e9s ya ten\u00eda escrita su cr\u00f3nica y \u00e9l \u00fanicamente deb\u00eda ilustrarla, y se dirigi\u00f3 a los barrios que el texto del franc\u00e9s indicaba y comenz\u00f3 a hacer fotograf\u00edas. En sus planes -y en los planes de sus editores- el trabajo y por lo tanto la estad\u00eda en la India no deb\u00eda prolongarse m\u00e1s all\u00e1 de una semana. Se hosped\u00f3 en un hotel en una zona tranquila, una habitaci\u00f3n con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio que no pertenec\u00eda al hotel y en donde hab\u00eda dos \u00e1rboles y una fuente entre los \u00e1rboles y parte de una terraza en donde a veces aparec\u00edan dos mujeres seguidas o precedidas de varios ni\u00f1os. Las mujeres vest\u00edan a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los ni\u00f1os incluso una vez los vio con corbatas. Por las tardes se desplazaba a la zona roja y hac\u00eda fotos y charlaba con las putas, algunas jovenc\u00edsimas y muy hermosas, otras un poco mayores o m\u00e1s estropeadas, con pinta de matronas esc\u00e9pticas y poco locuaces. El olor, que al principio m\u00e1s bien lo molestaba, termin\u00f3 gust\u00e1ndole. Los chulos (no vio muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales o tal vez (pero esto lo so\u00f1\u00f3 despu\u00e9s, en su habitaci\u00f3n de hotel con aire acondicionado) eran estos \u00faltimos quienes hab\u00edan adoptado la gestualidad de los chulos hind\u00faes.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Una tarde lo invitaron a tener relaci\u00f3n carnal con una de las putas. Se neg\u00f3 educadamente. El chulo comprendi\u00f3 en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llev\u00f3 a un burdel de j\u00f3venes maricas. Esa noche el Ojo enferm\u00f3. Ya estaba dentro de la India y no me hab\u00eda dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlin\u00e9s. \u00bfQu\u00e9 hiciste?, le pregunt\u00e9. Nada. Mir\u00e9 y sonre\u00ed. Y no hice nada. Entonces a uno de los j\u00f3venes se le ocurri\u00f3 que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en ingl\u00e9s. As\u00ed que salieron de aquella casa y caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa cuya fachada era peque\u00f1a pero cuyo interior era un laberinto de pasillos, habitaciones min\u00fasculas y sombras de las que sobresal\u00eda, de tanto en tanto, un altar o un oratorio.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando el suelo, ofrecer un ni\u00f1o a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no s\u00f3lo no recordaba el nombre de la deidad sino que tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia. El Ojo me mir\u00f3 y sonri\u00f3. Trato de olvidar, dijo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En ese momento me tem\u00ed lo peor, me sent\u00e9 a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un ni\u00f1o a ese dios, retom\u00f3 su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercan\u00eda de un desconocido, y durante un tiempo que no s\u00e9 mensurar el ni\u00f1o encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesi\u00f3n, un mes, un a\u00f1o, no lo s\u00e9. Se trata de una fiesta b\u00e1rbara, prohibida por las leyes de la rep\u00fablica india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el ni\u00f1o es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el ni\u00f1o es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive y todo vuelve a recomenzar al cabo de un a\u00f1o.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La fiesta tiene la apariencia de una romer\u00eda latinoamericana, s\u00f3lo que tal vez es m\u00e1s alegre, m\u00e1s bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al ni\u00f1o, d\u00edas antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en \u00e9l durante la celebraci\u00f3n exige un cuerpo de hombre -aunque los ni\u00f1os no suelen tener m\u00e1s de siete a\u00f1os- sin la m\u00e1cula de los atributos masculinos. As\u00ed que los padres lo entregan a los m\u00e9dicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y \u00e9stos lo emasculan y cuando el ni\u00f1o se ha recuperado de la operaci\u00f3n comienza el festejo. Semanas o meses despu\u00e9s, cuando todo ha acabado, el ni\u00f1o vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el ni\u00f1o acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A m\u00ed, aquella noche, me llevaron al peor de todos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Durante un rato no hablamos. Yo encend\u00ed un cigarrillo. Despu\u00e9s el Ojo me describi\u00f3 el burdel y parec\u00eda que estaba describiendo una iglesia. Patios interiores techados. Galer\u00edas abiertas. Celdas en donde gente a la que t\u00fa no ve\u00edas espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a un joven castrado que no deb\u00eda tener m\u00e1s de diez a\u00f1os. Parec\u00eda una ni\u00f1a aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. \u00bfLo puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hac\u00eda ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la v\u00edctima, ni los verdugos, ni los espectadores. S\u00f3lo una foto.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00bfLe sacaste una foto?, dije. Me pareci\u00f3 que el Ojo era sacudido por un escalofr\u00edo. Saqu\u00e9 mi c\u00e1mara, dijo, y le hice una foto. Sab\u00eda que estaba conden\u00e1ndome para toda la eternidad, pero lo hice.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ignoro cu\u00e1nto rato estuvimos en silencio. S\u00e9 que hac\u00eda fr\u00edo pues yo en alg\u00fan momento me puse a temblar. A mi lado o\u00ed sollozar al Ojo un par de veces, pero prefer\u00ed no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A trav\u00e9s del follaje vi encenderse una ventana.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s el Ojo sigui\u00f3 hablando. Dijo que el ni\u00f1o le hab\u00eda sonre\u00eddo y luego se hab\u00eda escabullido mansamente por una de los pasillos de aquella casa incomprensible. En alg\u00fan momento uno de los chulos le sugiri\u00f3 que si all\u00ed no hab\u00eda nada de su agrado se marcharan. El Ojo se neg\u00f3. No pod\u00eda irse. Se lo dijo as\u00ed: no puedo irme todav\u00eda. Y era verdad, aunque \u00e9l desconoc\u00eda qu\u00e9 era aquello que le imped\u00eda abandonar aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendi\u00f3 y pidieron t\u00e9 o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz proven\u00eda de un par de velas. Sobre la pared colgaba un p\u00f3ster con la efigie del dios. Durante un rato el Ojo mir\u00f3 al dios y al principio se sinti\u00f3 atemorizado, pero luego sinti\u00f3 algo parecido a la rabia, tal vez al odio.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encend\u00eda un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En alg\u00fan momento, mientras el Ojo miraba la efigie del dios, aquellos que lo acompa\u00f1aban desaparecieron. Se qued\u00f3 solo con una especie de puto de unos veinte a\u00f1os que hablaba ingl\u00e9s. Y luego, tras unas palmadas, reapareci\u00f3 el ni\u00f1o. Yo estaba llorando, o yo cre\u00eda que estaba llorando, o el pobre puto cre\u00eda que yo estaba llorando, pero nada era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que ya no me pertenec\u00eda, una cara que se estaba alejando de m\u00ed como una hoja arrastrada por el viento), pero en mi interior lo \u00fanico que hac\u00eda era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y despu\u00e9s el Ojo y el puto y el ni\u00f1o se levantaron y recorrieron un pasillo mal iluminado y otro pasillo peor iluminado (con el ni\u00f1o a un lado del Ojo, mir\u00e1ndolo, sonri\u00e9ndole, y el joven puto tambi\u00e9n le sonre\u00eda, y el Ojo asent\u00eda y prodigaba ciegamente las monedas y los billetes) hasta llegar a una habitaci\u00f3n en donde dormitaba el m\u00e9dico y junto a \u00e9l otro ni\u00f1o con la piel a\u00fan m\u00e1s oscura que la del ni\u00f1o castrado y menor que \u00e9ste, tal vez seis a\u00f1os o siete, y el Ojo escuch\u00f3 las explicaciones del m\u00e9dico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en donde se mencionaba la tradici\u00f3n, las fiestas populares, el privilegio, la comuni\u00f3n, la embriaguez y la santidad, y pudo ver los instrumentos quir\u00fargicos con que el ni\u00f1o iba a ser castrado aquella madrugada o la siguiente, en cualquier caso el ni\u00f1o hab\u00eda llegado, pudo entender, aquel mismo d\u00eda al templo o al burdel, una medida preventiva, una medida higi\u00e9nica, y hab\u00eda comido bien, como si ya encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un ni\u00f1o que lloraba medio dormido y medio despierto, y tambi\u00e9n vio la mirada medio divertida y medio aterrorizada del ni\u00f1o castrado que no se despegaba de su lado. Y entonces el Ojo se convirti\u00f3 en otra cosa, aunque la palabra que \u00e9l emple\u00f3 no fue \u00abotra cosa\u00bb sino \u00abmadre\u00bb.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Dijo madre y suspir\u00f3. Por fin. Madre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lo que sucedi\u00f3 a continuaci\u00f3n de tan repetido es vulgar: la violencia de la que no podemos escapar. El destino de los latinoamericanos nacidos en la d\u00e9cada de los cincuenta. Por supuesto, el Ojo intent\u00f3 sin gran convicci\u00f3n el di\u00e1logo, el soborno, la amenaza. Lo \u00fanico cierto es que hubo violencia y poco despu\u00e9s dej\u00f3 atr\u00e1s las calles de aquel barrio como si estuviera so\u00f1ando y transpirando a mares. Recuerda con viveza la sensaci\u00f3n de exaltaci\u00f3n que creci\u00f3 en su esp\u00edritu, cada vez mayor, una alegr\u00eda que se parec\u00eda peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era (no pod\u00eda ser) lucidez. Tambi\u00e9n: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos ni\u00f1os que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier otra parte hubiera concitado la atenci\u00f3n. All\u00ed, a aquella hora, nadie se fij\u00f3 en \u00e9l.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El resto, m\u00e1s que una historia o un argumento, es un itinerario. El Ojo volvi\u00f3 al hotel, meti\u00f3 sus cosas en la maleta y se march\u00f3 con los ni\u00f1os. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras. Desde all\u00ed en un autob\u00fas hasta otra aldea en donde cogieron otro autob\u00fas que los llev\u00f3 a otra aldea. En alg\u00fan punto de su fuga se subieron a un tren y viajaron toda la noche y parte del d\u00eda. El Ojo recordaba el rostro de los ni\u00f1os mirando por la ventana un paisaje que la luz de la ma\u00f1ana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrec\u00eda, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s cogieron otro autob\u00fas, y un taxi, y otro autob\u00fas, y otro tren, y hasta hicimos dedo, dijo el Ojo mirando la silueta de los \u00e1rboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros \u00e1rboles, innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al cabo de dos meses el Ojo ya no ten\u00eda dinero y fue caminando hasta otra aldea desde donde envi\u00f3 una carta al amigo que entonces ten\u00eda en Par\u00eds. Al cabo de quince d\u00edas recibi\u00f3 un giro bancario y tuvo que ir a cobrarlo a un pueblo m\u00e1s grande, que no era la aldea desde la que hab\u00eda mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde viv\u00eda. Los ni\u00f1os estaban bien. Jugaban con otros ni\u00f1os, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A \u00e9l no lo llamaban padre, como les hab\u00eda sugerido m\u00e1s que nada como una medida de seguridad, para no atraer la atenci\u00f3n de los curiosos, sino Ojo, tal como le llam\u00e1bamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo dec\u00eda que eran sus hijos. Se invent\u00f3 que la madre, india, hab\u00eda muerto hac\u00eda poco y \u00e9l no quer\u00eda volver a Europa. La historia sonaba ver\u00eddica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo so\u00f1aba que en mitad de la noche aparec\u00eda la polic\u00eda india y lo deten\u00edan con acusaciones indignas. Sol\u00eda despertar temblando. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dorm\u00edan los ni\u00f1os y la visi\u00f3n de \u00e9stos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se hizo agricultor. Cultivaba un peque\u00f1o huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos, por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los dem\u00e1s. El resto del tiempo lo dedicaba a ense\u00f1ar ingl\u00e9s a los ni\u00f1os, y algo de matem\u00e1ticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. A veces los ve\u00eda detener los juegos y caminar por el campo como si de pronto se hubieran vuelto son\u00e1mbulos. Los llamaba a gritos. A veces los ni\u00f1os fing\u00edan no o\u00edrlo y segu\u00edan caminando hasta perderse. Otras veces volv\u00edan la cabeza y le sonre\u00edan.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00bfCu\u00e1nto tiempo estuviste en la India?, le pregunt\u00e9 alarmado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Un a\u00f1o y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sab\u00eda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En una ocasi\u00f3n su amigo de Par\u00eds lleg\u00f3 a la aldea. Todav\u00eda me quer\u00eda, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se hab\u00eda puesto a vivir con un mec\u00e1nico argelino de la Renault. Se ri\u00f3 despu\u00e9s de decirlo. Yo tambi\u00e9n me re\u00ed. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los ni\u00f1os corriendo detr\u00e1s de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el viento que parec\u00eda traer buenas y malas noticias.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pese a los ruegos del franc\u00e9s no volvi\u00f3 a Par\u00eds. Meses despu\u00e9s recibi\u00f3 una carta de \u00e9ste en donde le comunicaba que la polic\u00eda india no lo persegu\u00eda. Al parecer la gente del burdel no hab\u00eda interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidi\u00f3 que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, s\u00f3lo cambi\u00f3 la vestimenta de los personajes que lo deten\u00edan y lo zaher\u00edan: en lugar de ser polic\u00edas se convirtieron en esbirros de la secta del dios castrado. El resultado final era a\u00fan m\u00e1s horroroso, me confes\u00f3 el Ojo, pero yo ya me hab\u00eda acostumbrado a las pesadillas y de alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sue\u00f1o, que eso no era la realidad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s lleg\u00f3 la enfermedad a la aldea y los ni\u00f1os murieron. Yo tambi\u00e9n quer\u00eda morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tras convalecer en una caba\u00f1a que la lluvia iba destrozando cada d\u00eda, el Ojo abandon\u00f3 la aldea y volvi\u00f3 a la ciudad en donde hab\u00eda conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubri\u00f3 que no estaba tan distante como pensaba, la huida hab\u00eda sido en espiral y el regreso fue relativamente breve. Una tarde, la tarde en que lleg\u00f3 a la ciudad, fue a visitar el burdel en donde castraban a los ni\u00f1os. Sus habitaciones se hab\u00edan convertido en viviendas en donde se hacinaban familias enteras. Por los pasillos que recordaba solitarios y f\u00fanebres ahora pululaban ni\u00f1os que apenas sab\u00edan andar y viejos que ya no pod\u00edan moverse y se arrastraban. Le pareci\u00f3 una imagen del para\u00edso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aquella noche, cuando volvi\u00f3 a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los ni\u00f1os castrados que \u00e9l no hab\u00eda conocido, por su juventud perdida, por todos los j\u00f3venes que ya no eran j\u00f3venes y por los j\u00f3venes que murieron j\u00f3venes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llam\u00f3 a su amigo franc\u00e9s, que ahora viv\u00eda con un antiguo levantador de pesas b\u00falgaro, y le pidi\u00f3 que le enviara un billete de avi\u00f3n y algo de dinero para pagar el hotel.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y su amigo franc\u00e9s le dijo que s\u00ed, que por supuesto, que lo har\u00eda de inmediato, y tambi\u00e9n le dijo \u00bfqu\u00e9 es ese ruido?, \u00bfest\u00e1s llorando?, y el Ojo dijo que s\u00ed, que no pod\u00eda dejar de llorar, que no sab\u00eda qu\u00e9 le pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo franc\u00e9s le dijo que se calmara. Y el Ojo se ri\u00f3 sin dejar de llorar y dijo que eso har\u00eda y colg\u00f3 el tel\u00e9fono. Y luego sigui\u00f3 llorando sin parar.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento de Roberto Bola\u00f1o (1953-2003), autor crucial de la literatura mundial en el temprano siglo XXI.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13186,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[22,2343,3048,1830,2855,1281,3047,482],"class_list":["post-71","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-el-ojo-silva","tag-escritores-chilenos","tag-literatura","tag-podcast","tag-putas-asesinas","tag-roberto-bolano"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/05\/roberto-bolano.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-19","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/71","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=71"}],"version-history":[{"count":8,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/71\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16633,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/71\/revisions\/16633"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13186"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=71"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=71"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=71"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}