{"id":6934,"date":"2010-07-20T12:09:53","date_gmt":"2010-07-20T17:09:53","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=6934"},"modified":"2025-06-16T11:55:50","modified_gmt":"2025-06-16T17:55:50","slug":"rudisbroeck-o-los-automatas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/rudisbroeck-o-los-automatas\/","title":{"rendered":"Rudisbroeck o los aut\u00f3matas"},"content":{"rendered":"<p>Para que este mes de dos cuentos fuera realmente especial hacia falta algo como esto: una de las narraciones fundamentales de la literatura fant\u00e1stica mexicana, que es una veta invisible (o m\u00e1s bien <em>ninguneada<\/em>, hecha a un lado por una tradici\u00f3n literaria que en muchos aspectos no ha llegado a\u00fan al siglo XXI) pero que no deja de existir y de crecer incluso ahora.<br \/>\nSu autor, Emiliano Gonz\u00e1lez, naci\u00f3 en 1955; precoz, ha sido la persona m\u00e1s joven en ganar el prestigioso premio Xavier Villaurrutia: lo obtuvo a los 23 a\u00f1os, en 1978, justamente por <em>Los sue\u00f1os de la bella durmiente<\/em>, colecci\u00f3n mutante de cuentos y poemas que comienza con \u00abRudisbroeck o los aut\u00f3matas\u00bb y fue publicada por la desaparecida editorial Joaqu\u00edn Mortiz en su famosa Serie del Volador. (Una reedici\u00f3n de los cuentos del libro, con el mismo t\u00edtulo, fue publicada por Conaculta en su colecci\u00f3n La Centena y a\u00fan se encuentra disponible.)<\/p>\n<p><em>Nota del 16 de marzo de 2021.<\/em> Hoy se ha anunciado la muerte de Emiliano Gonz\u00e1lez. Ojal\u00e1, ojal\u00e1 lleguen los lectores que siempre le faltaron al menos p\u00f3stumamente. En Fatal Espejo, el sitio cultural fundado por mi esposa <a href=\"http:\/\/www.raxxie.com\">Raquel Castro<\/a> y en el que varios amigos y c\u00f3mplices colaboramos a principios de siglo, escrib\u00ed un ensayo entusiasta sobre \u00e9l y que menciona, adem\u00e1s, su obra posterior. <a href=\"https:\/\/www.albertochimal.com\/2020\/09\/03\/emiliano-gonzalez-en-dos-tiempos\/\" rel=\"noopener\" target=\"_blank\">Recuper\u00e9 ese ensayo aqu\u00ed<\/a>. Pero si deben elegir, lean mejor la obra de Emiliano Gonz\u00e1lez.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/emiliano-gonzalez-111.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13353\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/rudisbroeck-o-los-automatas\/emiliano-gonzalez-111\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/emiliano-gonzalez-111.jpg\" data-orig-size=\"600,857\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Emiliano Gonz\u00e1lez\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/emiliano-gonzalez-111.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/emiliano-gonzalez-111-210x300.jpg\" alt=\"\" width=\"210\" height=\"300\" class=\"aligncenter size-medium wp-image-13353\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/emiliano-gonzalez-111-210x300.jpg 210w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/emiliano-gonzalez-111.jpg 600w\" sizes=\"auto, (max-width: 210px) 100vw, 210px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>RUDISBROECK O LOS AUT\u00d3MATAS<br \/>\nEmiliano Gonz\u00e1lez<\/strong><\/p>\n<p>1<br \/>\nA los diez d\u00edas de marcha hacia el Oeste, la ciudad del oto\u00f1o perpetuo se recorta en el horizonte como un espejismo tr\u00e9mulo, como una alucinaci\u00f3n difusa que va tomando el aspecto, conforme avanza el viajero, de un conglomerado de torres, agujas y murallones cubiertos de enredadera. Una vez que pisamos las m\u00e1rgenes del r\u00edo que circula en torno a la ciudad y cuyas aguas hirvientes la vuelven inexpugnable, tenemos que aguardar, en el embarcadero desierto, a un ce\u00f1udo Caronte para cruzar al otro lado. Luego, durante la traves\u00eda, el barquero nos dice el nombre del r\u00edo (Tang) y de la ciudad (Penumbria) y nos pregunta: \u00ab\u00bfC\u00f3mo lleg\u00f3 hasta aqu\u00ed? \u00bfHa cruzado el pantano verdinegro? \u00bfHa rasgado la cortina de zarzas? \u00bfHa tomado el empalme de los gnomos?\u00bb Respondemos afirmativamente, aunque no sea cierto, por temor a su rostro p\u00e1lido, a su mirada de gato. Cuando nos hallamos en tierra firme, nos parece abordar simplemente una barca m\u00e1s grande, que se balancea de modo imperceptible. Tambi\u00e9n sentimos, pasado un rato, que la realidad tiene la textura, el color y la luz de un cuadro: la realidad es un cuadro y nosotros formamos parte de \u00e9l. Despu\u00e9s, nos enteramos de que el cielo es un tinte sepia surcado por nubes que prometen tormenta (sin cumplir nunca su promesa) y de que acaban de dar, para siempre, las cinco de la tarde: a\u00fan persiste el rumor de la \u00faltima campanada, hecho al que tardamos un poco en acostumbrarnos. Cuando lo logramos, nuestros pensamientos tienen la misma resonancia de ese pla\u00f1ido, est\u00e1n como encantados por \u00e9l, s\u00f3lo se piensan pensamientos de las cinco de la tarde y quiz\u00e1 por eso los libros redactados en Penumbria son libros para leer en el ocaso. Pero, aunque la luz es la misma siempre, hay un sol y una luna que indican \u00abahora es de d\u00eda\u00bb o \u00abahora es de noche\u00bb, que sirven para hablar del ayer, del hoy, en ocasiones del ma\u00f1ana, sin que haya el oscurecimiento ni la luminosidad correspondientes a la noche y al d\u00eda, pues la ciudad irradia esa luz ambarina con el objeto de que sean, eternamente, las cinco de la tarde.<br \/>\nPenumbria conserva algunos ojos de agua, \u00abrestos de la lluvia de la noche anterior al d\u00eda del encantamiento\u00bb, que no se evaporaron nunca. \u00bfLugares de inter\u00e9s? Un cementerio, una iglesia, una plaza, una escuela religiosa para ni\u00f1as y, sobre todo, la torre de Johan Rudisbroeck, tan alta que se pierde entre las nubes: nadie, hasta ahora, ha visto su c\u00faspide. Sobre esa torre hay una leyenda, que narrar\u00e9 m\u00e1s tarde. Quisiera evocar, por el momento, la imagen de Penumbria tal y como se me apareci\u00f3 hace veinte a\u00f1os: radiante, del color de la miel, porosa; h\u00fameda y c\u00e1lida a la vez como un cad\u00e1ver en descomposici\u00f3n, pero fascinante y bella como una hoguera.<br \/>\nYo err\u00e9 por sus callejuelas, expurgando cada rinc\u00f3n y cada esquina, deteni\u00e9ndome a mirar aparadores, entrando en librer\u00edas polvosas, pateando una botella rota o silbando, con la cabeza en blanco. Me sent\u00e9 en las bancas de la plaza, deambul\u00e9 por los muelles. Visit\u00e9 la tienda de antig\u00fcedades del perverso Mefisto, donde, bajo un techo del que cuelgan falos de trapo y en un ambiente cargado de porcelanas, prismas y ba\u00fales el cliente deja pasar el tiempo, sorpresa tras sorpresa, y donde, apenas halla lo que buscaba, una nueva maravilla le sale al paso. Mefisto, \u00faltimo v\u00e1stago de una familia de arist\u00f3cratas dedicados a la compraventa de objetos preciosos, es un hombre de pelo cano y rostro de bruja que al re\u00edr muestra una cadena de dientes ennegrecidos y una lengua blanca. Sus ojos fueron amarillos: ahora no tienen color. Una especie de mameluco gris rayado de arabescos envuelve sus formas femeninas, y cuando se nos acerca desde la trastienda, contone\u00e1ndose, dudamos por un instante de su verdadero sexo. Con voz de p\u00e1jaro nos pregunta qu\u00e9 puede hacer por nosotros y antes de que respondamos comienza a mostrarnos, como \u00e9l dice, su \u00abmodesto repertorio de bizarr\u00edas\u00bb. Quiere actuar un poco: tomando una cajita de marfil ensalza sus virtudes, nos cuenta c\u00f3mo la obtuvo y para qu\u00e9 sirve, agitando sus manos esquel\u00e9ticas, rebosantes de anillos; se pone una diadema, ensaya una sonrisa c\u00e1ndida que resulta pat\u00e9tica, nos dice que la diadema tiene cualidades m\u00e1gicas y las enumera; nos invita a bajar al s\u00f3tano, donde guarda sus verdaderas joyas, \u00absus tesoros\u00bb: un collar d\u00e9 amatistas \u00abpara regalar a la esposa el d\u00eda de su cumplea\u00f1os\u00bb, del que nadie puede desembarazarse una vez que ha ce\u00f1ido el cuello y que va reduciendo su di\u00e1metro hasta estrangularnos; un reloj que da la hora s\u00f3lo momentos antes de la muerte de su due\u00f1o; un retrato que cobra vida, se sale del cuadro y merodea por la tienda cuando Mefisto se va; un peque\u00f1o bailar\u00edn de cuerda que toma proporciones gigantescas mientras duerme el ni\u00f1o o la ni\u00f1a a quien lo obsequiaron; un huevo de jade que al ser agitado emite una risa diab\u00f3lica; un caballito de carrusel que relincha, voltea la cabeza y se encabrita para horror del jinete; una llave de plata que, suspendida en el aire, busca el ojo de cerradura m\u00e1s arbitrario, ya sea el de la puerta que nos conduce al infierno o el de la que nos lleva al para\u00edso, y que nos obliga a seguir su curso hasta llegar a esa puerta y abrirla&#8230;<br \/>\nEstos y otros objetos desfilan ante nuestro reiterado asombro, como una <em>troupe<\/em> de fen\u00f3menos al comp\u00e1s de un pregonero delirante. Salimos del s\u00f3tano agobiados, nos despedimos de Mefisto y, en la calle, nos damos cuenta de que no hemos comprado nada. Recuerdo que yo promet\u00ed no volver jam\u00e1s, que anduve un buen rato por el malec\u00f3n y que termin\u00e9, con el vago prop\u00f3sito de mitigar los nervios, en la primera taberna que se me puso enfrente: <em>La mansi\u00f3n del Zu<\/em>, donde, como el t\u00edtulo indica, se bebe Zu, el\u00edxir que suelta la lengua y predispone al ensue\u00f1o. Los hombres de mar, los capitanes nost\u00e1lgicos, los antiguos grumetes pendencieros frecuentan ese lugarejo, para so\u00f1ar y recordar tempestades, para jugar a los dados y escuchar cuentos. Yo ocup\u00e9 una mesa remota, con la intenci\u00f3n de beber a solas, pero no pas\u00f3 mucho tiempo antes de que un anciano medio borracho se sentara frente a m\u00ed y exigiera ser escuchado. Me habl\u00f3 de muchachas de ojos de gacela, me habl\u00f3 de planicies habitadas por gigantes, me habl\u00f3 de cuestiones marinas y terrestres con una voz que no era marina ni terrestre. Yo beb\u00eda y escuchaba, y al fin le pregunt\u00e9 por Rudisbroeck. Su cara se ensombreci\u00f3. Dijo que no sab\u00eda nada y mir\u00f3 su copa vac\u00eda. Sin titubear ped\u00ed otra, advirtiendo: \u00abYo invito.\u00bb La bebi\u00f3 de un solo trago y guard\u00f3 silencio. \u00bfCu\u00e1ntas copas de Zu le soltar\u00edan la lengua? Orden\u00e9 tres m\u00e1s, que bebi\u00f3 sin decir palabra. Cuando me dispon\u00eda a invitar la \u00faltima dijo que ser\u00eda in\u00fatil: \u00abDe Rudisbroeck nadie habla ni hablar\u00e1.\u00bb Entonces mir\u00e9 mi reloj. \u00abMire\u00bb, le dije. \u00abEl \u00fanico reloj que anda en toda Penumbria.\u00bb Lo examin\u00f3, azorado. \u00abSer\u00e1 suyo si me habla de Rudisbroeck.\u00bb Orden\u00f3 otra copa de Zu y, guard\u00e1ndose el reloj en un bolsillo de su deteriorado gab\u00e1n, recit\u00f3:<br \/>\n\u00ab\u00bfHa visto la escuela religiosa de la calle Mommo? Pues bien&#8230; a ella acuden s\u00f3lo las jovencitas m\u00e1s hermosas de Penumbria y permanecen internas varios a\u00f1os, aprendiendo a hilar en la rueca, a comportarse bien y a escribir sagas en estilo elegante. No ha estado usted ah\u00ed, seguramente. Yo trabaj\u00e9 de barrendero, hace mucho. Es un sitio melanc\u00f3lico, lleno de fuentes redondas y de sauces milenarios. Las ni\u00f1as andan en cueros por el patio, juegan en cueros, trabajan en cueros. La idea es imponer un clima de libertad que haga soportables el encierro, el aburrimiento, las infinitas tareas: desnudez, juegos y el alivio ocasional de un chico aparentemente furtivo que en realidad sostiene tratos con Sor Orfila, la directora, o con cualquiera de las maestras. Ese d\u00eda es la gloria para el muchacho, como podr\u00e1 imaginarse. Adem\u00e1s, s\u00f3lo se le concede una vez en su vida&#8230; Una especie de iniciaci\u00f3n por la que todos los hombres de Penumbria han pasado de j\u00f3venes, excepto yo.\u00bb Se\u00f1al\u00f3 la regi\u00f3n correspondiente a su ingle y murmur\u00f3: \u00abLa perd\u00ed en una invasi\u00f3n, hace doscientos a\u00f1os.\u00bb<\/p>\n<p>2<br \/>\nHubo un vac\u00edo entre nosotros, que mi amigo intent\u00f3 llenar de Zu. Como no bastara con ello, las palabras fueron brotando&#8230; en orden riguroso, lo que me hizo pensar que no era la primera vez que contaba la historia:<br \/>\n\u00abDe los primeros j\u00f3venes que probaron la tibia hospitalidad de Sor Orfila, el m\u00e1s singular fue Johan Rudisbroeck. En la torre que ahora lleva su nombre, Johan viv\u00eda entregado a grimorios, al opio, a la composici\u00f3n de sonetos er\u00f3ticos y sobre todo a sus aut\u00f3matas, a sus terribles mu\u00f1ecos inanimados, a sus maniqu\u00edes de pesadilla que, bajo las manos incansables de aquel art\u00edfice, parec\u00edan escuchar, mirar, oler con una intensidad mayor que la de los hombres. Algo sagrado, algo infernal desplazaba a esos robots por las escaleras de caracol y por el sombr\u00edo jard\u00edn interior de Rudisbroeck; los hac\u00eda hablar, cantar o re\u00edr con sus voces met\u00e1licas, los hac\u00eda bailar con sus piernas de hierro, fregar platos, barrer patios atestados de hojas muertas, desempolvar anaqueles&#8230;<br \/>\n\u00abYa era grande su fama cuando Rudisbroeck fue invitado por Sor Orfila, imprudentemente, a pasar una noche en su colegio con una chiquilla de apenas trece a\u00f1os, hija del entonces rey de Penumbria y de un hada oscura, tan oscura que de ella no pervive nada sino el testimonio de su c\u00f3lera&#8230;<br \/>\n\u00abLa joven, llamada Glinda, respondi\u00f3 aquella noche a los embates de Johan como una verdadera amante, lo enardeci\u00f3 y apacigu\u00f3 a capricho, le hizo perder la cabeza y recobrarla y perderla de nuevo. Al despuntar el alba, fatigados los dos, pactaron con sangre y urdieron un plan:<br \/>\n\u00abRudisbroeck, en la soledad propicia de su torre, fabricar\u00eda un androide rigurosamente id\u00e9ntico a Glinda, su doble exacto, que tendr\u00eda el deber de sustituirla en el colegio una vez que ambos amantes se hallaran juntos. Para Glinda, que conoc\u00eda una puerta secreta ignorada por las monjas, escapar no era dif\u00edcil: Johan transmitir\u00eda mentalmente a Glinda, llegada la noche, que la primera parte del plan hab\u00eda tenido \u00e9xito. Entonces, Glinda acudir\u00eda a la puerta secreta, dejar\u00eda pasar a su r\u00e9plica y se fugar\u00eda con Rudisbroeck&#8230;<br \/>\n\u00abNo sonaba mal. A Johan y a Glinda les pareci\u00f3 muy f\u00e1cil. Pero, tres meses despu\u00e9s, ante la segunda versi\u00f3n mec\u00e1nica de Glinda, Johan se percat\u00f3 de que el m\u00e1gico soplo de vida (esa violenta coloraci\u00f3n en las mejillas) que hab\u00eda insuflado a su mu\u00f1eca ocultar\u00eda por tres a\u00f1os, cuando mucho, la estratagema: ten\u00eda que hacerla crecer, naturalmente, como todas las muchachas, envejecer y morir como todas las mujeres. Adem\u00e1s, ten\u00eda que hablar como Glinda, guardar los recuerdos, el historial y las man\u00edas de su amada. El tejido de caucho imitaba fielmente la porosa textura de la carne de Glinda; los ojos azules, las manos con hoyuelos, la suave curva de la espalda, las nalgas prominentes y las piernas rollizas correspond\u00edan al modelo original. Su voz, al cabo del tiempo, fue adoptando las modulaciones apropiadas. Tambi\u00e9n los recuerdos (en ese complicado mecanismo de relojer\u00eda que es el cerebro de un robot) llegaron a ser los mismos: im\u00e1genes, pesadillas y fantas\u00edas que Johan escuch\u00f3 por primera vez, en agotadoras sesiones de percepci\u00f3n extrasensorial, salidas de los labios de Glinda II. El movimiento de aquellos labios era turbador, pero Johan sab\u00eda que Glinda, su Glinda, palpitaba en cada palabra dicha por el androide, y que el androide aprend\u00eda en las ma\u00f1anas y en las noches, siempre que Glinda le suministraba lentamente, desde su alcoba o desde los patios del colegio, la informaci\u00f3n indispensable, anotada por Rudisbroeck, apenas sal\u00eda de los labios del <em>dummy<\/em>, en una libreta verde. Al finalizar cada sesi\u00f3n Johan y Glinda se comunicaban brevemente, ya sin el tamiz de Glinda II, para decirse &#8216;hasta ma\u00f1ana&#8217; o &#8216;hasta la noche&#8217;, descansaban y dejaban descansar a la mu\u00f1eca.<br \/>\n\u00abJohan fue olvid\u00e1ndose de sus otros golems, de modo que \u00e9stos detuvieron sus faenas y quedaron inm\u00f3viles, oxidados por la lluvia. Glinda II era casi perfecta, era su obra maestra, su golpe final. Pero Glinda I hab\u00eda crecido, imperceptiblemente: pronto cumplir\u00eda los catorce a\u00f1os, mientras Glinda II permanec\u00eda instalada en los trece y ah\u00ed seguir\u00eda, impasible, a menos que Rudisbroeck ideara algo. Y ese algo no estaba en los ajados vol\u00famenes de electricidad. \u00bfEstar\u00eda en los de magia.. ?<br \/>\n\u00abGlinda no le dio tiempo de responder a esa pregunta. En una de tantas ma\u00f1anas le orden\u00f3: &#8216;Rec\u00f3geme hoy en el colegio, a las cinco de la tarde. Las monjas rezan hasta pasadas las seis, y ya estoy harta&#8217;. Johan respondi\u00f3: &#8216;\u00a1Nos descubrir\u00e1n..! La mu\u00f1eca funciona indefinidamente, pero no envejece&#8230;&#8217; Y Glinda: &#8216;Ya idearemos algo. Por favor, Johan&#8230; antes de que sea demasiado tarde&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abJohan accedi\u00f3: habi\u00e9ndole indicado Glinda la correcta ubicaci\u00f3n de la puerta secreta, se dirigi\u00f3 a ella seguido por el androide, que andaba como una verdadera princesa y que preguntaba constantemente: &#8216;\u00bfMe veo bien? \u00bfMe veo bien?&#8217;; Johan respond\u00eda: &#8216;Tan bien como Glinda&#8217;, y reanudaban la marcha.\u00bb<\/p>\n<p>3<br \/>\nLlegado a este punto, el viejo se detuvo. Elocuentemente: cay\u00f3 al suelo, llev\u00e1ndose una botella consigo (desde hac\u00eda un rato su voz titubeaba). Un marinero se acerc\u00f3 para ayudarme a levantarlo. Quiso abrirle los ojos con golpecitos en la mejilla y le puso una copa entre los labios. El viejo neg\u00f3 con la cabeza y dijo: \u00abMa\u00f1ana, quiz\u00e1s&#8230; vuelva ma\u00f1ana.\u00bb Pens\u00e9 que no podr\u00eda dormir sin haber escuchado el final de la historia; que perder\u00eda algo mucho m\u00e1s valioso que mi reloj si me largaba en ese instante. Pero convencerlo era imposible: su memoria, o su inspiraci\u00f3n, estaba embotada, y en pocos minutos comenzar\u00eda a delirar. \u00abMa\u00f1ana\u00bb, le dije, \u00abvolver\u00e9. Y quiero un final redondo.\u00bb Asinti\u00f3 con la cabeza. \u00abTendr\u00e1 su final. Si as\u00ed lo quiere, tendr\u00e1 dos.\u00bb El marinero me tom\u00f3 del brazo. \u00abVenga conmigo\u00bb, dijo. \u00abEs la hora de los comediantes.\u00bb Lo mir\u00e9 a la cara. No ten\u00eda nariz, era tuerto y la nuez de Ad\u00e1n le bailaba en la garganta. Escupi\u00f3, insistiendo: \u00abEs la hora de los comediantes. Venga conmigo.\u00bb Lo segu\u00ed. Hab\u00eda un amontonamiento a la salida de la taberna. Gente que gritaba. Rostros pintarrajeados. Entre la multitud, gesticulando, vi a Mefisto. \u00ab\u00a1Queremos a los comediantes!\u00bb, era el grito m\u00e1s notable. Un merolico pregonaba obscenidades, juraba complacer a los espectadores con ex\u00f3ticas danzas y fen\u00f3menos curiosos de la naturaleza, con maravillas del mundo visible y del mundo invisible. \u00ab\u00a1Queremos a los comediantes!\u00bb, respond\u00eda la multitud. El marinero, con aspecto de veterano, palmeaba en el hombro a los individuos que nos rodeaban. Ellos, mir\u00e1ndolo, sonre\u00edan. Luego, al mirarme a m\u00ed, re\u00edan a carcajadas. Alguien, por encima de mi hombro, susurr\u00f3: \u00abForastero, \u00bfeh?.. Llega usted a tiempo.\u00bb Volv\u00ed la cabeza. Una doble cadena de dientes afilad\u00edsimos y un par de luci\u00e9rnagas \u00e1vidas fue todo lo que distingu\u00ed bajo aquella capucha. La multitud me arrastr\u00f3, confusamente, al fondo de un teatro en tinieblas, en cuyo frontispicio alcanc\u00e9 a leer:<\/p>\n<div align=\"center\">PAP\u00c1 FRITZ Y SU GRAN GUI\u00d1OL<br \/>\nVUELVEN A PENUMBRIA<br \/>\nOFRECIENDO NUEVOS<br \/>\nCAPRICHOS DE LA NATURALEZA<br \/>\nEN UN ESPECT\u00c1CULO INOLVIDABLE<br \/>\nDE<br \/>\nPORNOGRAF\u00cdA M\u00c1GICA<\/div>\n<p>4<br \/>\nNo era un invernadero&#8230; a menos que pudiera evocarse la noci\u00f3n, levemente atroz, de un invernadero edificado sin el prop\u00f3sito de alojar plantas. Pero un olor a lirios descompuestos, un olor h\u00famedo que se adher\u00eda a la ropa como pelusa, un olor irritante y mal\u00e9fico llenaba el local. Aquella cueva de vidrio rematada por un tablado r\u00fastico sin decorados ni tel\u00f3n, iluminada por la luz mortecina que proyecta el alma sobre ciertos paisajes, ventilada por agujeros de noche y sue\u00f1o, era un teatro ideal, el teatro que los Se\u00f1ores del Tang, en el comienzo de las edades, donaron a los oto\u00f1ales habitantes de Penumbria. \u00c9stos, como siempre debieron hacerlo, guardaban un respetuoso silencio que fue roto s\u00f3lo momentos despu\u00e9s, con las primeras escenas del primer acto de la primera obra, extra\u00f1amente llamada <em>La Cristofagia o el Evangelio seg\u00fan San Judas<\/em> (pieza en dos actos y una moraleja). Yo sospechaba que la funci\u00f3n comenzar\u00eda cuando alguien tomara el altavoz que vislumbr\u00e9 en uno de los rincones del escenario, pero no fue as\u00ed: nadie tom\u00f3 el altavoz: \u00e9ste se levant\u00f3 solo, flot\u00f3 en el aire y dej\u00f3 salir una voz dulc\u00edsima, como de \u00e1ngel ca\u00eddo, que pronunci\u00f3 lentamente las palabras de bienvenida y nombr\u00f3 el repertorio, los t\u00edtulos de las obras, las virtudes supuestas de cada una de ellas y de sus actores. La multitud guardaba silencio. Entonces, lo que yo hab\u00eda tomado por escenario desapareci\u00f3 para verse suplantado por un cielo azul, azul como nunca se ve en Penumbria, un cielo azul en tres dimensiones, lleno de nubes blancas y de gaviotas. Una parvada de gaviotas enloquecidas invadi\u00f3 el recinto, gritando salvajemente, volvi\u00f3 al cielo azul y acab\u00f3 pos\u00e1ndose en las ramas de un olivo solitario enmedio de un campo de amapolas. Hac\u00eda calor, un calor sofocante. Y luego&#8230; brisas, tambi\u00e9n c\u00e1lidas, vinieron a m\u00ed desde el&#8230; \u00bfescenario?<br \/>\nLa imagen de las gaviotas posadas en el olivo fue borr\u00e1ndose paulatinamente, como si la cubriera el agua. Y una nueva imagen tom\u00f3 su lugar: la de un hombre desnudo, muy delgado, clavado en una cruz, mir\u00e1ndonos con algo parecido al odio. La cruz dominaba, desde lo alto de una colina verdeante, paisajes de color y movimiento difusos: ora rojos, ora negros, ora llenos de gente, ora vac\u00edos&#8230; Resultaba imposible distinguir escenas concretas o atrapar im\u00e1genes claras. El \u00fanico elemento constante era el hombre de la cruz, en quien se reconoc\u00eda ya, mudo y sangrante, al Cristo de los pintores y de los poetas, aunque sin Dimas ni Gestas ni romanos ni fieles. \u00bfDe qui\u00e9n era la silueta, firme y a la vez tr\u00e9mula, que se acercaba por la derecha..? \u00ab\u00a1San Pedro!\u00bb, dijo una voz, la de Pap\u00e1 Fritz acaso. Hubo un acercamiento a la cara curtida del viejo ap\u00f3stol. Copiosas gotas de sudor se mezclaban con las gruesas gotas de saliva que resbalaban por su quijada. Ten\u00eda hambre, un hambre feroz. Voces andr\u00f3ginas llenaron el aire, murmurando: \u00abLo bajan de la cruz&#8230; Lo bajan de la cruz. ..\u00bb y el rostro de San Pedro se ilumin\u00f3, cambi\u00f3, pas\u00f3 sucesivamente a ser el de una linda muchacha de labios rojos, el de un perro, el de un lobo, el de un monje con los dientes cariados y por \u00faltimo el del Cristo mismo&#8230; \u00abLo bajan de la cruz, insist\u00edan las voces, mientras la imagen (en aquel escenario fuera del tiempo y del espacio) propon\u00eda ahora un banquete can\u00edbal, cuyos concurrentes fueron siendo nombrados: Mateo, Juan, Lucas, Marcos, Pedro&#8230;<br \/>\nY del manjar, del divino manjar, pronto qued\u00f3 s\u00f3lo un mont\u00f3n de huesos y de v\u00edsceras que los buitres fueron disput\u00e1ndose ante mis ojos horrorizados&#8230;<br \/>\nEl primer acto de la funci\u00f3n termin\u00f3 cuando, salido del t\u00e9trico fest\u00edn, uno de los buitres dej\u00f3 caer entre el p\u00fablico un mu\u00f1\u00f3n semidevorado y la voz, la inconcebible voz de Cristo, pronunci\u00f3 estas palabras:<br \/>\n\u00bb \u00a1Tomadme, tomadme si me am\u00e1is..! \u00a1No hay mejor hostia que mi sagrado cuerpo..!\u201d<\/p>\n<p>5<br \/>\nComo pas\u00e9 media hora vomitando en las letrinas subterr\u00e1neas del teatro \u2014sin dejar de o\u00edr los gemidos del p\u00fablico, m\u00e1s alborozado que nunca\u2014 no pude asistir al segundo acto ni a la moraleja. Vomit\u00e9 ininterrumpidamente, sobre un piso de mosaicos rotos de vivos colores que se agrupaban formando peces y demonios, un piso&#8230; \u00bfde mosaicos realmente? M\u00e1s bien se trataba de una superficie esponjosa que absorb\u00eda los productos l\u00edquidos de quien esto escribe y de los dem\u00e1s concurrentes que, dicho sea de paso, eyaculaban y orinaban en vez de vomitar. Los hombres desalojaban sus test\u00edculos y las mujeres sus vientres sobre aquel suelo enga\u00f1osamente s\u00f3lido y desaparec\u00edan tras los cortinajes de la salida que los conducir\u00eda de nuevo a la parte superior del teatro. En cosa de unos segundos satisfac\u00edan sus necesidades m\u00e1s apremiantes y, con la energ\u00eda recobrada, se apuraban, corr\u00edan, volv\u00edan a subir.<br \/>\nEl olor de las letrinas no era desagradable&#8230; un olor a musgo, a estanque de lotos.<br \/>\nVi a una mujer descomunal \u2014en molicie y en fealdad\u2014 que, inm\u00f3vil junto a una especie de guerrero negro, sudaba, sudaba, sudaba como no he visto sudar a nadie. Cerca de ella, un anciano enjuto con aspecto doctoral se quit\u00f3 los quevedos para llorar&#8230; un verdadero torrente. Pero al llorar&#8230; sonre\u00eda. \u00abNo llora\u00bb, pens\u00e9. \u00abLe sucede algo, pero no llora. La gente no llora as\u00ed.\u00bb Luego: \u00abEst\u00e1 enfermo. Estoy enfermo. Todos estamos enfermos. Nadie orina ni eyacula ni suda en realidad Lo que hacen, lo que hago, es alimentar al suelo: eso es todo&#8230; Dar de comer al suelo, al monstruo.\u00bb<br \/>\nFue entonces cuando me percat\u00e9 de que mis ganas de vomitar eran falsas y me retir\u00e9 discretamente.<\/p>\n<p>6<br \/>\nEn el escenario hab\u00edan puesto una guillotina con soportes de marfil y cuchilla de hierro, provista de un tablero de madera preciosa que contaba con dos huecos destinados a dos cabezas. El acto se llamaba, creo, <em>Dos p\u00e1jaros de un tiro<\/em>. Por el lado derecho sali\u00f3 un pigmeo encapuchado arrastrando a una mujer desnuda que ten\u00eda \u2014espanto supremo\u2014 dos cabezas, dos cabezas que rogaban piedad al un\u00edsono y hac\u00edan muecas horribles, gimoteando. El pigmeo tom\u00f3 por los cabellos a una de las cabezas y la estrell\u00f3 contra el suelo, haci\u00e9ndola sangrar por las narices. \u00abAs\u00ed aprender\u00e1s a cerrar el pico\u00bb, dijo, \u00aben ocasi\u00f3n tan solemne.\u00bb La otra cabeza mir\u00f3 a los espectadores con el rabillo del ojo izquierdo y escupi\u00f3. Al ver eso el pigmeo hundi\u00f3 su dedo pulgar en el ojo culpable de la infortunada y lo vaci\u00f3 de un solo impulso.? (<a href=\"#nota1\">1<\/a>)<a name=\"vuelta1\"><\/a> \u00ab\u00a1Sabes muy bien que no te est\u00e1 permitido mirar al p\u00fablico!\u00bb, sentenci\u00f3, mientras colocaba a las hermanas siamesas en el tablero. La decapitaci\u00f3n no se hizo esperar: ambas cabezas rodaron, seguidas por un doble chorro de sangre negra que salpic\u00f3 a los espectadores de la primera fila, ya definitivamente ext\u00e1ticos. Lo que vino despu\u00e9s sigue pareci\u00e9ndome inexplicable: las cabezas rodaron en sentido inverso, coloc\u00e1ronse de nuevo en sus cuellos, la cuchilla ascendi\u00f3 tan violentamente como hab\u00eda descendido, el enano levant\u00f3 a las hermanas siamesas, el ojo vaciado regres\u00f3 a su cuenca y el hilo de sangre a las narices&#8230; los mismos actos, en suma, que hab\u00eda presenciado minutos antes, pero realizados al rev\u00e9s, contra el reloj y las leyes f\u00edsicas&#8230;<\/p>\n<p>7<br \/>\nA manera de intermedio, un tranquilo cuadro de Sir Lawrence Alma-Tadema (<a href=\"#nota2\">2<\/a>) <a name=\"vuelta2\"><\/a>vino a sacarnos del profundo sopor en que nos hab\u00eda hundido la decapitaci\u00f3n. Digo un cuadro, pero las figuras viv\u00edan, se estremec\u00edan los pinos, una espl\u00e9ndida luz lo llenaba todo, a lo lejos el mar rumiaba eternidades, la negra banderola del centro ondeaba y un pl\u00e1cido efebo com\u00eda una naranja, echado entre las piernas de una emperatriz. Diez minutos, quince&#8230; y una gigantesca mano invisible arroj\u00f3 \u00e1cido corrosivo sobre la tela viviente, derritiendo las im\u00e1genes.<\/p>\n<p>8<br \/>\nSonia (ojos verdes, pieles opulentas, blancas, envolviendo un rostro m\u00e1s p\u00e1lido aun) me dijo:<br \/>\n\u00abSoy la virgen de las faldas alzadas. Act\u00fao en una obra llamada <em>La Espera<\/em>, en el rol de monja. No digo nada, no respondo a las preguntas que me hacen, guardo silencio a lo largo de toda la obra.\u00bb<br \/>\nSonia (mirada oblicua, lengua ardiente, vaga coloraci\u00f3n en las mejillas) me dijo:<br \/>\n\u00abSoy la que algunos llaman Glinda. Cualquier parecido con la bruja buena del Sur es pura coincidencia.\u00bb<br \/>\nFinalmente Sonia (vientre convexo, boca de fresas, nariz respingada, olor a Rusia) me dijo:<br \/>\n\u00abSoy la asistente a una obra, que tuvo lugar el viernes, pasada la medianoche. No existo.\u00bb<br \/>\nSonia (rasgos de oto\u00f1o desfigurado por el ajenjo) me atrajo con violencia, envolvi\u00e9ndome en su piel de foca. Estornud\u00e9 al posar mis labios en su cuello: lo hab\u00edan espolvoreado con pimienta.<br \/>\n\u00abNo temas\u00bb, a\u00f1adi\u00f3. \u00abMe ver\u00e1s actuar en pocos minutos. \u00bfOyes cabalgar a Pap\u00e1 Fritz..? Los cascos de su caballo verde golpean el camino empedrado&#8230; Ya desmonta. Penumbria toda quiere ver <em>La Espera<\/em>. \u00bfY t\u00fa?\u00bb<br \/>\nSonia mord\u00eda un collar de perlas. \u00abMi rosario\u00bb, dijo. \u00abMi rosario sin cruz.\u00bb No s\u00e9 cu\u00e1ndo apareci\u00f3 mi Sonia, mi difuso personaje tentador.<br \/>\nPorque Sonia era el diablo. \u00abMe ver\u00e1s actuar en algunos minutos, en el rol de monja. \u00bfQuieres&#8230; besarme?\u00bb<br \/>\nSonia era de humo, una muchacha perfumada con especias que apareci\u00f3 en alg\u00fan instante, entre la presentaci\u00f3n del cuadro viviente y <em>La Espera<\/em>, y que no volv\u00ed a ver despu\u00e9s. La monja de <em>La Espera<\/em> era distinta.<br \/>\nSonia se parec\u00eda a las muchachas que agitan sus pa\u00f1uelos en el muelle para despedir a sus muchachos, tocadas por un sombrero de paja con un lazo rojo. Sonia se parec\u00eda a las nanas que pasean a sus beb\u00e9s por el parque a las seis de la tarde. Sonia se parec\u00eda a las rameras que ofrecen sus senos al paseante para que deje en ellos un mordisco o un beso. Sonia se parec\u00eda a mucha gente, pero no a la monja de <em>La Espera<\/em>. La monja de <em>La Espera<\/em> era una mujer gorda, entrada en a\u00f1os, de carnes repugnantemente rosadas. <em>La Espera<\/em>, obra larga y aburrida, de trama y di\u00e1logo escasos, pretend\u00eda embrujarnos con la reiteraci\u00f3n de frases, de actitudes so\u00f1adoras, con el truco del misterio a ultranza: cinco personajes melanc\u00f3licos (monja, oficial, prostituta, viejo astr\u00f3logo, poeta) esperan a alguien. La ventana del cuarto en que se hallan da a una ciudad muerta, m\u00e1s parecida a Brujas que a Penumbria. Ni una brizna de aire: un calor sofocante. Di\u00e1logos ambiguos. No se sabe a qui\u00e9n esperan. Hay alusiones a un tr\u00edo de ciegos, al Mes\u00edas, al Anticristo, pero nada es claro. Mientras duermen, exhaustos, entra un cuervo por la ventana, o una paloma blanca, que deja un lirio entre las manos de la monja. En el segundo acto, muy corto, la monja ha desaparecido, aunque sus ropas est\u00e1n todav\u00eda ah\u00ed. El oficial lee un p\u00e1rrafo sobre mesmerismo&#8230; con lo cual la obra concluye. Tel\u00f3n: de pronto hubo tel\u00f3n en el escenario.<br \/>\nAquel p\u00e1rrafo sobre mesmerismo daba la clave de la obra, suger\u00eda un algo espantoso que, luego de la ca\u00edda del tel\u00f3n, segu\u00eda acech\u00e1ndonos desde alg\u00fan punto situado m\u00e1s all\u00e1 de la realidad visible. Yo no supe adivinar la naturaleza de ese algo, y creo que el resto de los espectadores tampoco.<\/p>\n<p>9<br \/>\nDe entre la multitud, un personaje de sexo indefinido me desliz\u00f3 un folleto en papel satinado que la mortecina luz del teatro me permiti\u00f3 leer:<\/p>\n<blockquote><p>\u00abAlguien ha dicho que la hipertricosis no tiene lugar de origen. Tratados de erotolog\u00eda y revistas como <em>La Nature<\/em> abundan en ejemplos del C\u00e1ucaso, del Congo, del Tirol. Krao, mitad mono, mitad ni\u00f1a, era de los confines del Indost\u00e1n. El antrop\u00f3logo que la examin\u00f3, un tal Keane, cre\u00eda hallarse frente al &#8216;eslab\u00f3n perdido&#8217;. Nada de eso: a pesar de sus facciones simiescas y de sus patas prensiles, Krao naci\u00f3 de hombre y mujer, tambi\u00e9n velludos, pero sin duda pertenecientes a la especie homo sapiens. Penumbria, tierra fecunda en prodigios, no pod\u00eda ser una excepci\u00f3n. Braulio, llamado tambi\u00e9n &#8216;el hombre le\u00f3n&#8217;, &#8216;el hombre perro&#8217; y &#8216;el hombre m\u00e1s feo del mundo&#8217; naci\u00f3 en Penumbria, de padres normales, hace un par de siglos. Ha encanecido un poco. Dicen que se ti\u00f1e el pelo. Cuando Pap\u00e1 Fritz lo descubri\u00f3 ten\u00eda doce a\u00f1os, y se alimentaba de carne cruda. Sus padres, temerosos del odio popular, lo encerraron en una bohardilla oscura&#8230; in\u00fatilmente, pues el rumor de que la casita de aspecto inofensivo alojaba a un monstruo se corri\u00f3 desde el nacimiento de \u00e9ste, y la gente rehu\u00eda el contacto f\u00edsico con los desafortunados padres, movida por la superstici\u00f3n del contagio, por el horror sagrado que tambi\u00e9n irradia la lepra.<br \/>\n\u00abContra la hipertricosis, que puede ser parcial (mujeres barbudas) o general (Braulio y sus colegas) no hay medicinas ni embrujos eficientes. Los m\u00e1s antiguos casos, como Nabucodonosor, y los m\u00e1s modernos, como Julia Pastrana, &#8216;la mujer gorila&#8217; exhibida en los circos europeos al declinar el siglo, coinciden en lo esencial: capilaridad monstruosa. Pelo aqu\u00ed, pelo all\u00e1, pelo en todas partes. En la nariz, en las piernas, en las manos, en los pies, en la espalda. Hombres hirsutos, masas peludas. La desagradable sorpresa despu\u00e9s del parto. Las bases reales de un mito legendario: la licantrop\u00eda. Un hombre en cada mill\u00f3n padece hipertricosis. Extremadamente raro. Chocante, pero soportable&#8230; a menos que se tenga una sensibilidad muy delicada. Barnum registra, en su diario, el caso de una mujer que, despu\u00e9s de asistir a una de sus famosas <em>soir\u00e9es<\/em>, entr\u00f3 en p\u00e1nico y muri\u00f3 loca, gritando:<br \/>\n\u00ab\u00a1Me ha tocado la perruna! \u00a1Me han pegado la <em>lupina<\/em>!<br \/>\n\u00abBraulio, sin embargo, es una excepci\u00f3n dentro de la excepci\u00f3n. Su amplia sabidur\u00eda, que por cierto no tom\u00f3 de los libros, le permite responder con ingenio y verdad a las preguntas m\u00e1s complicadas. Como nadie ha podido averiguar de d\u00f3nde proviene tal derroche de conocimientos, lo com\u00fan es atribuirle un origen m\u00e1gico. De todos los monstruos de Pap\u00e1 Fritz, Braulio es el m\u00e1s singular y constituye el &#8216;plato fuerte&#8217; de su horrible men\u00fa. Domina quince idiomas y cuatro dialectos, conoce y discute artes y ciencias, recuerda incidentes antiguos con precisi\u00f3n de historiador, destaca como poeta &#8216;espont\u00e1neo&#8217; (un oficio de gran prestigio y dignidad en Penumbria) y es un <em>connoisseur<\/em> en materia de hierbas venenosas y alucin\u00f3genas. Viste con buen gusto, aunque dram\u00e1ticamente. Las joyas le fascinan. Usa sandalias negras con bordados de oro, chaquetillas de torero y pantalones de terciopelo muy ajustados. Aparece, con atuendos siempre distintos pero siempre magn\u00edficos, echado en un gran coj\u00edn de Samarcanda, fumando <em>ganja<\/em> en una pipa de marfil y cepill\u00e1ndose el pelo, esa cabellera global que lo cubre de la cabeza a los pies y que ahora lo enorgullece, pues hace de \u00e9l una especie de \u00e1ngel o de demonio &#8216;tocado por el dedo de la musa&#8217;, una de cuyas frases favoritas es:<br \/>\n<em>Dios hizo a Braulio a su imagen y semejanza.\u00bb<\/em><\/p><\/blockquote>\n<p>10<br \/>\nLa cosa que vieron mis ojos correspond\u00eda m\u00e1s que fielmente a la semblanza esbozada por el folleto: no faltaba ni un pelo&#8230; y sobraban muchos. Braulio reposaba en su coj\u00edn, alumbrado por una luz amarillenta, fumando su pipa, cepill\u00e1ndose el pelo y mir\u00e1ndonos, impasible, desde su bizarro universo. Pens\u00e9: \u00abNo somos menos m\u00e1gicos que \u00e9l. \u00bfPor qu\u00e9 sonr\u00ede?\u00bb Un hombre, tal vez el anciano de los quevedos que momentos antes hab\u00eda visto llorar en las letrinas, ascendi\u00f3 las gradas que llevaban al tablado y se arrodill\u00f3 frente a Braulio, como un adorador frente al objeto de su culto. Braulio le alarg\u00f3 la pipa. El hombre la tom\u00f3 y le dio tres hondas fumadas. Luego, la devolvi\u00f3 a Braulio, que fum\u00f3 tambi\u00e9n. El hombre pregunt\u00f3, con voz lo suficientemente alta como para que todos lo escuch\u00e1ramos: \u00ab\u00bfExiste Dios?\u00bb<br \/>\nBraulio parec\u00eda meditar. La respuesta fue perceptible, a pesar de una ronquera leonina que entorpec\u00eda su voz:<br \/>\n\u00abEl Dios que cre\u00f3 al universo ha muerto, pero el dios que cre\u00f3 a Braulio vive.\u00bb<br \/>\nUn dilatado fragor de reverencias cundi\u00f3 entre los espectadores. El hombre que hab\u00eda preguntado bes\u00f3 la pata de Braulio y descendi\u00f3 los escalones. Una ni\u00f1a muy peque\u00f1a, de largo traje blanco y velo de novia, subi\u00f3 al escenario, se arrodill\u00f3 ante Braulio, fum\u00f3 de la pipa con \u00e9l y pregunt\u00f3:<br \/>\n\u00ab\u00bfCu\u00e1l es el peor miedo de todos?\u00bb<br \/>\n\u00abEl miedo de tener miedo\u00bb, dijo Braulio.<br \/>\n\u00ab\u00bfNo tienes miedo?\u00bb, fue la segunda pregunta.<br \/>\n\u00abNo\u00bb, respondi\u00f3 el monstruo.<br \/>\nLa ni\u00f1a guard\u00f3 silencio. Luego, nuevamente, con altivez, interrog\u00f3:<br \/>\n\u00ab\u00bfQu\u00e9 es m\u00e1s dif\u00edcil: entrar en el cielo o entrar en el infierno?\u00bb<br \/>\nBraulio advirti\u00f3 un dejo humor\u00edstico en la cuesti\u00f3n, pues respondi\u00f3 sonriendo, con ternura:<br \/>\n\u00abEntrar en el infierno es tan dif\u00edcil como entrar en el cielo, pero los caminos que conducen a \u00e9l no son los mismos.\u00bb<br \/>\nEmotivos aplausos activaron la vanidad de la peque\u00f1uela, que baj\u00f3, contone\u00e1ndose, despu\u00e9s de haberle besado la pata al \u00abhombre perro\u00bb. Yo pens\u00e9: \u00abSi el monigote lo sabe todo, debe conocer sin duda el final de la historia de Rudisbroeck.\u00bb Me adelant\u00e9, con esa idea en la cabeza, y una vez en el escenario llev\u00e9 a cabo mi versi\u00f3n de la ceremonia que hab\u00eda visto representada ya dos veces, a la que Braulio se prest\u00f3 con el mismo desinter\u00e9s. Hab\u00eda un destello en sus ojos, algo familiar&#8230;<br \/>\n\u00ab\u00bfCu\u00e1l es, oh maestro, el final de la historia de Rudisbroeck?\u00bb<br \/>\nEl p\u00fablico se deshizo en carcajadas. Yo reconsider\u00e9 mi pregunta, sin encontrar nada gracioso en ella. Por lo visto, Braulio tampoco, pues levantando los brazos exigi\u00f3 silencio y, poni\u00e9ndose de pie, me contest\u00f3:<br \/>\n\u00abLo ver\u00e1s con tus propios ojos. Ven conmigo.\u00bb<br \/>\n\u00abPero&#8230; \u00bfy la funci\u00f3n?\u00bb<br \/>\n\u00abLa funci\u00f3n contin\u00faa. Tus ojos son los ojos del espectador, de cualquier espectador. Todos ver\u00e1n lo que veas t\u00fa.\u00bb<br \/>\nMe condujo tras el tel\u00f3n de fondo. Bajamos a lo que parec\u00eda ser un s\u00f3tano, por escaleras de fierro en espiral. Recorrimos pasillos y aposentos (Braulio se mov\u00eda pesadamente) hasta llegar a una especie de invern\u00e1culo de paredes cubiertas por espejos que reflejaban plantas&#8230; pero no hab\u00eda plantas por ning\u00fan lado. La luz que iluminaba el cub\u00edculo era, como antes, la luz del alma, la luz de mi esp\u00edritu receloso. Sin decir nada, Braulio empuj\u00f3 uno de los espejos, que gir\u00f3 para dejarlo pasar. Me qued\u00e9 solo. El sonido minucioso de un gotear distante alternaba con los latidos de mi coraz\u00f3n. Aguard\u00e9 un buen rato. Por curiosidad, empuj\u00e9 el mismo espejo que hab\u00eda dejado pasar a Braulio: no logr\u00e9 moverlo ni un cent\u00edmetro. Las plantas que los espejos reflejaban eran helechos, diminutas palmeras y lianas muy tupidas. Adem\u00e1s, la vegetaci\u00f3n crec\u00eda junto con mi examen de aquellos espacios ilusorios. Pronto no hubo m\u00e1s que selva a mi alrededor. La luz se, filtraba entre las hojas y los tallos: una luz verde, africana&#8230; \u00abMeandros de pesadilla\u00bb, se me ocurri\u00f3 pensar. De un puntapi\u00e9 hice polvo el espejo que hab\u00eda frente a m\u00ed. La abertura me mostr\u00f3 la perspectiva desierta de una calle de Penumbria: la calle que me llevar\u00eda a la torre de Rudisbroeck. No hab\u00eda m\u00e1s que un paso del cub\u00edculo a la calle, de manera que lo di. La torre, a lo lejos, parec\u00eda el m\u00e1stil postrero de un buque hundi\u00e9ndose. Me encamin\u00e9 hacia ella. Pas\u00e9 frente a la tienda de Mefisto y me asom\u00e9 al aparador. Nuevos objetos (nada particularmente ins\u00f3lito) reposaban en sus estuches abiertos. \u00bfC\u00f3mo es que las baratijas y los instrumentos caseros pod\u00edan suplantar a las refinadas m\u00e1quinas de tortura y primeras ediciones lujos\u00edsimas que hab\u00eda visto antes? No me detuve a considerarlo demasiado. Una cosa me urg\u00eda: visitar y examinar la torre de Rudisbroeck. Adem\u00e1s, la promesa de Braulio me daba vueltas: \u00abLo ver\u00e1s con tus propios ojos.\u00bb<br \/>\nApresur\u00e9 la marcha. La vereda arenosa declin\u00f3 en un camino empedrado: era, por fin, la senda que conduc\u00eda a la puerta. Corr\u00ed. Atraves\u00e9 un jard\u00edn lleno de t\u00famulos. \u00ab\u00bfEl pante\u00f3n familiar?\u00bb Brumas espesas. Charcos. Llegu\u00e9 al umbral. Cuando abr\u00ed la gran puerta de roble claveteado, una tela de ara\u00f1a me acarici\u00f3 la frente.<\/p>\n<p>11<br \/>\nMe encontraba en un recinto circular de radio muy escaso y altitud aparentemente infinita, con una escalera de caracol enmedio que ofrec\u00eda las promesas, nada tentadoras, de una bruma henchida de telara\u00f1as: muy lejos, muy arriba. Me atrev\u00ed a subir tres o cuatro pelda\u00f1os, con ligereza. La escalera tembl\u00f3. \u00bfDemasiado fr\u00e1gil? Tuve que subir con m\u00e1s cuidado. Aun as\u00ed, no pude advertir a tiempo que faltaba un pelda\u00f1o y casi me mato. Qued\u00e9 un momento en suspenso, con una mano aferrada al barandal y el resto de mi cuerpo en el vac\u00edo. Una rata enorme pas\u00f3 junto a m\u00ed como una flecha y se destrip\u00f3 millas abajo. No s\u00e9 cu\u00e1ntas horas ascend\u00ed helado de pavor, ni c\u00f3mo de pronto llegu\u00e9 a mi destino, pero supongo que lo hice \u00abfatalmente\u00bb. Mi destino era aquello, cualquier cosa, que hubiera detr\u00e1s de la tuerta cerrada que me sali\u00f3 al paso. La empuj\u00e9. Cedi\u00f3. Tinieblas. \u00bfRealmente? No: muy oscuro. Una luz. A la derecha. \u00a1Cuidado! He tropezado con algo, una mesa, y he roto algo, una botella, sin fijarme. Avanzo. La luz proviene de una hendidura. \u00bfOtra puerta? S\u00ed. La empujo. Cede. Una luz deslumbrante. \u00bfDe veras? No. Una luz mortecina, la de siempre. Son mis ojos los que, hipnotizados por la oscuridad de un momento antes, resienten cada rayo luminoso. Las cosas van aclar\u00e1ndose. \u00ab\u00bfD\u00f3nde estoy?\u00bb<\/p>\n<p>12<br \/>\n\u00a1Oh..! La imagen que me hab\u00eda formado del laboratorio se ve\u00eda disminuida, empobrecida por la realidad: un techo elevado, c\u00f3nico, del cual pend\u00eda una gran l\u00e1mpara el\u00e9ctrica de potencia dudosa; un librero empotrado con algunos vol\u00famenes; una especie de mesa de operaciones cubierta por una s\u00e1bana blanca o una mortaja; suciedad y polvo; matraces rotos; un gran crisol; una chimenea enorme; retortas verdes; extra\u00f1os tubos caracoleantes de vidrio; bobinas, alambres y botones en m\u00e1quinas incomprensibles. Yo esperaba algo m\u00e1s. \u00ab\u00bfQu\u00e9, por ejemplo?\u00bb, dijo una voz, extra\u00f1amente familiar. Volv\u00ed la cabeza. Nadie. \u00abVamos, responde. \u00bfQu\u00e9 esperabas?\u00bb La voz se parec\u00eda a la de Braulio, a la de Mefisto, a la de&#8230;<br \/>\n\u00ab\u00a1Por supuesto!\u00bb, a\u00f1adi\u00f3. \u00abHas adivinado.\u00bb<br \/>\nYo me preguntaba mentalmente algo y la voz contestaba. Una voz que era como&#8230; \u00bfla esencia del eco? Una voz&#8230;<br \/>\n\u00abTelepat\u00eda\u00bb, dijo la voz. \u00abT\u00fa piensas, yo escucho. Soy veterano en la materia, como recuerdas.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00a1Rudisbroeck!\u00bb, grit\u00e9. \u00ab\u00a1Quiero verlo! \u00a1No me basta su voz!\u00bb<br \/>\n\u00abAh&#8230; eres insaciable. \u00bfCu\u00e1ntas veces me has visto ya? \u00bfCu\u00e1ntas veces has o\u00eddo mi voz?\u00bb<br \/>\nNo quise decir nada: esas palabras y ese tono me confund\u00edan.<br \/>\n\u00abLa primera vez que o\u00edste mi voz fue en la tienda de antig\u00fcedades. \u00bfRecuerdas?\u00bb<br \/>\n\u00abNo puede ser. Mefisto&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abY no s\u00f3lo Mefisto. \u00bfQui\u00e9n te narr\u00f3 la leyenda, la leyenda inconclusa?\u00bb<br \/>\n\u00abNo. Aguarde. Un viejo&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abEl viejo soy yo.\u00bb<br \/>\nDel extremo izquierdo, hundido en tinieblas, brot\u00f3 un hombre muy alto, de piel reseca y blanca, de ojos azules, de nariz aguile\u00f1a, de pelo cano, de boca delgada y de p\u00f3mulos hundidos. No s\u00e9 por qu\u00e9, me record\u00f3 a mi padre. Llevaba puesta una bata de m\u00e9dico, una bufanda y un mon\u00f3culo.<br \/>\nRudisbroeck.<br \/>\n\u00abEl viejo soy yo&#8230; en cierto sentido. Todo creador es, tambi\u00e9n, sus creaciones.\u00bb<br \/>\n\u00abNo es tiempo de bromas\u00bb, dije. \u00abPuede guardarse sus bromas. Las bromas&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abBasta. Quer\u00edas verme y aqu\u00ed estoy. \u00bfNo quieres o\u00edr el final de la historia?\u00bb<br \/>\nClavaba en m\u00ed su mirada azul. Decid\u00ed seguirle la corriente:<br \/>\n\u00abMe prometi\u00f3 dos finales\u00bb, dije.<br \/>\n\u00abY los tendr\u00e1s, muchacho. Uno narrado y otro vivido. \u00bfCu\u00e1l quieres primero?\u00bb<br \/>\n\u00abNo entiendo.\u00bb<br \/>\n\u00abMira. Est\u00e1s en Penumbria por amor al misterio. Saldr\u00e1s de Penumbria por odio al misterio.\u00bb<br \/>\n\u00abSigo sin entender.\u00bb<br \/>\n\u00abCalla y escucha. Hemos convenido en algo. T\u00fa me regalaste un reloj. Lo aprecio. T\u00fa me pagaste unas copas. Lo aprecio. \u00bfRecuerdas que promet\u00ed narrarte el final de la historia a la ma\u00f1ana siguiente?\u00bb<br \/>\n\u00abRecuerdo.\u00bb<br \/>\n\u00abPues bien. Hemos firmado un pacto, simb\u00f3licamente. Debemos, pues, llenar las condiciones del pacto. Mira&#8230;\u00bb<br \/>\nSac\u00f3 mi antiguo reloj del bolsillo de su bata.<br \/>\n\u00abSon las siete de la noche. Ha pasado un d\u00eda&#8230; seg\u00fan el horario de tu pa\u00eds. T\u00fa sabes&#8230; aqu\u00ed son siempre las cinco de la tarde.\u00bb<br \/>\n\u00abLo he notado, s\u00ed.\u00bb<br \/>\n\u00abBien. Lo estipulado dice que, en este instante, deber\u00edamos hallarnos en la taberna, frente a dos copas de Zu.\u00bb<br \/>\n\u00abTiene raz\u00f3n. \u00bfQu\u00e9 quiere que haga?\u00bb<br \/>\n\u00abOh, s\u00f3lo beber un poco.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfBeber? \u00bfBeber qu\u00e9?\u00bb<br \/>\nDel mismo bolsillo, Rudisbroeck extrajo una botella de cristal llena de un l\u00edquido verde. La acerc\u00f3 a mis narices.<br \/>\n\u00ab\u00a1Uf!\u00bb, exclam\u00e9. \u00abHuele a podrido.\u00bb<br \/>\n\u00abEsencia de tibur\u00f3n de Poltarnees\u00bb, inform\u00f3, sonriente. \u00abBebe un sorbo, no temas.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfEsencia..?\u00bb<br \/>\n\u00abO agua del olvido, del sue\u00f1o. La utilizo en experimentos, para desplazar cuerpos s\u00f3lidos a largas distancias&#8230; Bebe. Yo beber\u00e9 despu\u00e9s.\u00bb<br \/>\nObedec\u00ed. Me asaltaron n\u00e1useas; la imagen de Rudisbroeck se desvaneci\u00f3 en pocos segundos; me hund\u00ed en un sue\u00f1o espeso como el fango&#8230;<\/p>\n<p>13<br \/>\n\u00a1Qu\u00e9 distinto es el sue\u00f1o de todos los d\u00edas al negro sopor que inducen los narc\u00f3ticos! La sustancia verdosa que Rudisbroeck me hizo beber provoc\u00f3 en m\u00ed efectos similares a los que, seg\u00fan los entendidos, provoca el opio: ante mis ojos desfilaron interminables hileras de columnas bas\u00e1lticas, grandes extensiones de agua, remolinos de caras, jardines de metal, hombres de humo, laberintos de carne, p\u00e1jaros blancos y negros&#8230; im\u00e1genes sincopadas, imprecisas, que se tornasolaban, alargaban, cambiaban&#8230;<\/p>\n<p>14<br \/>\nDespert\u00e9, muy mareado, en la misma mesa remota de <em>La mansi\u00f3n del Zu<\/em>, con el viejo narrador de leyendas frente a m\u00ed. Tard\u00e9 un poco en espabilarme. Apenas lo hice, me incorpor\u00e9 y, fulminando al viejo con la mirada, le dije:<br \/>\n\u00ab\u00bfNo va a narrar de una buena vez el final de su maldita historia?\u00bb<br \/>\nEl viejo dej\u00f3 de sonre\u00edr.<br \/>\n\u00abUn trato es un trato\u00bb, dijo. \u00ab\u00bfEn d\u00f3nde nos quedamos?\u00bb<br \/>\n\u00abOh&#8230; cuando Rudisbroeck y la r\u00e9plica de Glinda se encaminan al colegio. Ella pregunta: &#8216;\u00bfC\u00f3mo me veo&#8217; y \u00e9l responde: &#8216;Tan bien como Glinda&#8217;, y reanudan la marcha.\u00bb<br \/>\n\u00abReanudan la marcha y llegan ante la puerta del colegio. S\u00ed. Rudisbroeck golpea la puerta. Son tres golpes muy fuertes. Glinda no responde. Rudisbroeck&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abAguarde. Va muy r\u00e1pido. No ha descrito la tarde, los muros del colegio, la tensi\u00f3n.\u00bb<br \/>\n\u00abUna tarde&#8230; pesada. Es casi de noche. \u00bfLos muros del colegio? Ro\u00f1osos, h\u00famedos. Verdosidades. Podredumbre. Or\u00edn de murci\u00e9lagos en el aire&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfY el esp\u00edritu de Rudisbroeck?\u00bb<br \/>\n\u00abTenso como un lince que vigila a su presa.\u00bb<br \/>\n\u00abContin\u00fae.\u00bb<br \/>\n\u00abGlinda, su amada Glinda, no acude ni responde a sus llamados. Comienza a impacientarse. Aparece la luna, entre un desgarr\u00f3n de nubes&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abCaen gotas de lluvia.\u00bb<br \/>\n\u00abS\u00ed. Caen gotas de lluvia de repente, que lo obligan a arrebujarse dentro de su gab\u00e1n. Tiene fr\u00edo. Se siente desvalido. Mira a Glinda II con incertidumbre. Glinda II lo abraza y pregunta: &#8216;\u00bfNo quieres que yo la busque?&#8217; Rudisbroeck accede: no hay m\u00e1s remedio. Glinda II entra en el colegio.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfC\u00f3mo? \u00bfForzando la cerradura?\u00bb<br \/>\n\u00abNo hay necesidad. La puerta ha estado abierta todo el tiempo. Recuerda: es una puerta que las monjas no conocen.\u00bb<br \/>\n\u00abPor supuesto.\u00bb<br \/>\n\u00abRudisbroeck espera cinco, diez minutos, media hora&#8230; y nada; Cae la noche. La lluvia se convierte en aguacero, y el aguacero en diluvio. Rel\u00e1mpagos violetas estremecen el cielo. Los muros del colegio se iluminan de pronto y vuelven a hundirse en la noche. Rudisbroeck decide guarecerse en el colegio. Empuja la puerta. Un bulto pesado le cae encima.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfGlinda?\u00bb<br \/>\n\u00abEres t\u00fa quien se apresura. Un rel\u00e1mpago, esta vez amarillo, le permite identificar al bulto. Es, en efecto, Glinda.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfCu\u00e1l de las dos?\u00bb<br \/>\n\u00abLa original: Glinda de carne y hueso.\u00bb<br \/>\n\u00abNo comprendo.\u00bb<br \/>\n\u00abSu amada Glinda tiene un cuchillo clavado en la espalda. Su amada Glinda ha sido acuchillada. Est\u00e1 muerta.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00a1Dios! \u00bfY qui\u00e9nes son los asesinos?\u00bb<br \/>\n\u00abFemenino del singular, por favor. Glinda II, que aparece entonces con las manos manchadas de sangre, se confiesa culpable, cierra los ojos y declara, llorando, su amor a Rudisbroeck. Luego&#8230; cu\u00e9ntame el resto.\u00bb<br \/>\n\u00abBueno&#8230; supongo que Rudisbroeck, en un s\u00fabito arranque de furia, reduce a un mont\u00f3n de fierros y de poleas a su fatal mu\u00f1eca&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abOh, no. Eso implicar\u00eda un final lleno de moralejas, una suerte de f\u00e1bula&#8230; No. La reacci\u00f3n de Rudisbroeck es distinta. Es comprensiva. Triste y solemne, pero comprensiva. Mientras la lluvia acribilla el rostro de su antigua amada, que ahora yace en el fango; mientras un torrente de sangre brota de la espalda de la hermosa Glinda I y se mezcla con el agua mugrienta en el quicio de la puerta, Rudisbroeck se aleja con un brazo alrededor de los hombros de Glinda II y, domin\u00e1ndose, la consuela, le promete un amor incorruptible&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abQu\u00e9 final tan espantoso. Me defrauda&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abTodav\u00eda no llegamos al final. Amanece. Las cosas son visibles ahora, el crimen es visible para las monjas, para la ciudad, para el rey de Penumbria y, sobre todo, para el hada oscura, madre de Glinda, cuyo nombre no ha resistido al paso del tiempo&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abEso es absurdo siendo, como es, un personaje clave.\u00bb<br \/>\n\u00abTienes raz\u00f3n. Pero escucha&#8230; El hada oscura, enferma de pena y de venganza, interroga a su espejo m\u00e1gico&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfD\u00f3nde vive este singular personaje?\u00bb<br \/>\n\u00abEn el palacio del rey, muy cerca del colegio religioso. Es&#8230; era una construcci\u00f3n g\u00f3tica bastante notable, de la que ya no queda nada. Ocurri\u00f3 hace tanto tiempo&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abClaro. Prosiga.\u00bb<br \/>\n\u00abLa madre de Glinda interroga a su espejo m\u00e1gico, un espejo redondo con marco dorado y dise\u00f1os vegetales. El espejo responde con im\u00e1genes. Las mismas, cruentas im\u00e1genes que te he narrado; la llegada, la espera, la lluvia, el bulto, la identificaci\u00f3n del bulto, el cuchillo clavado en la espalda, la confesi\u00f3n, la declaraci\u00f3n de amor&#8230; Todo.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfY luego?\u00bb<br \/>\n\u00abTrama su venganza. Pero no la reduce a Rudisbroek y al sos\u00edas de Glinda: en su desesperaci\u00f3n, extiende su dolor por toda Penumbria, para siempre.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfC\u00f3mo?\u00bb<br \/>\n\u00abFabricando un monumento simb\u00f3lico: una tarde perpetua. Para eternizar aquel crimen, elige la hora ambigua que lo precedi\u00f3, una hora en sombras que en Penumbria anuncia la llegada de la noche: las cinco de la tarde&#8230; y dilata, vali\u00e9ndose de sus poderes, esa hora para siempre. \u00bfQu\u00e9 mejor venganza, la de suprimir las ma\u00f1anas prometiendo eternamente una noche que nunca llega?\u00bb<br \/>\nMir\u00e9 al viejo. Estaba cansado. Ped\u00ed unas copas de Zu. El mesero, un joven de aspecto hind\u00fa, puso las copas en la mesa. Le deslic\u00e9 tres <em>grammas<\/em> (moneda de Penumbria) en la mano. Luego alc\u00e9 mi copa, invitando al viejo a brindar. Lo hicimos.<br \/>\n\u00ab\u00bfPor qui\u00e9n?\u00bb, pregunt\u00e9.<br \/>\n\u00abPor ti. Por un feliz regreso a casa.\u00bb<br \/>\nDud\u00e9 antes de beber el sorbo, Me pareci\u00f3 un brindis trivial. Hubo un silencio inc\u00f3modo. Me apresur\u00e9 a calificar:<br \/>\n\u00abUna bella historia. Muy hermosa, de veras. Gracias.\u00bb<br \/>\n\u00abNo hay porqu\u00e9 darlas. Pero la historia es falsa. Todos la creen verdadera, pero es falsa. La verdadera historia es otra.\u00bb<br \/>\n\u00ab\u00bfC\u00f3mo?\u00bb<br \/>\n\u00abS\u00ed. Glinda nunca ha existido, ni tampoco el rey, ni el hada oscura. S\u00f3lo Rudisbroeck es real. Y Penumbria.\u00bb<br \/>\n\u00abPero&#8230; \u00bfde d\u00f3nde proviene entonces el nombre de la ciudad?\u00bb<br \/>\n\u00abPenumbria siempre ha sido Penumbria. Cre\u00ed que ya lo sab\u00edas.\u00bb<br \/>\n\u00abNo. Yo pens\u00e9 que la historia era simplemente una justificaci\u00f3n del nombre de la ciudad&#8230;\u00bb<br \/>\n\u00abY as\u00ed lo es. Por m\u00e1gica que sea, la historia nos tranquiliza a todos.\u00bb<br \/>\n\u00abEntonces, \u00bfcu\u00e1l es la verdadera historia?\u00bb<br \/>\n\u00abVe a la torre de Rudisbroeck y conv\u00e9ncete por ti mismo.\u00bb<br \/>\nEnarqu\u00e9 las cejas. Ir de nuevo a la torre de Rudisbroeck, sin \u00abesencia de tibur\u00f3n\u00bb de por medio, era una idea fatigosa. Adem\u00e1s, no pod\u00eda saber si lo que encontrar\u00eda all\u00ed ser\u00eda agradable, con tantos hechos confusos. La verdad es que tem\u00eda sinceramente volver a la torre de Rudisbroeck, y as\u00ed se lo hice saber al viejo.<br \/>\n\u00abNo puedes negarte ahora. Si has comenzado algo, term\u00ednalo de una vez. \u00bfTienes miedo de saber la verdad?\u00bb<br \/>\nEso era un reto. Me levant\u00e9 con decisi\u00f3n y extend\u00ed la mano:<br \/>\n\u00abHa sido un gusto conocerlo. Tal vez no volvamos a vernos. .\u00bb<br \/>\n\u00abTal vez. Hasta pronto.\u00bb<br \/>\nExtendi\u00f3 su mano y estrech\u00f3 la m\u00eda. En la puerta, volv\u00ed la cabeza y dije:<br \/>\n\u00abAdi\u00f3s.\u00bb<br \/>\n\u00abHasta pronto\u00bb, insisti\u00f3 el viejo, clavando en m\u00ed su mirada azul.<\/p>\n<div align=\"center\"><strong>*\u00a0\u00a0\u00a0*\u00a0\u00a0\u00a0*<\/strong><\/div>\n<p><strong>NOTAS<\/strong><br \/>\n<a name=\"nota1\"><\/a>(1) Todos estos acontecimientos ocurrieron durante una especie de delirio cruel en el que todo era posible y nada sorprend\u00eda a nadie. [<a href=\"#vuelta1\">regresar<\/a>]\n<a name=\"nota2\"><\/a>(2) El secreto de Sir Lawrence Alma-Tadema no reside en la combinaci\u00f3n de colores palpitantes (las t\u00fanicas verdes y moradas de las ni\u00f1as locas de Heliog\u00e1balo, nadando entre rosas) ni en el suntuoso motivo romano, sino en el realismo, insultantemente fotogr\u00e1fico, de sus cuadros al \u00f3leo, que nos ofrecen estampas de calidad on\u00edrica en donde el Todo ha sido sacrificado a las partes, como frecuentemente ocurre en los sue\u00f1os. [<a href=\"#vuelta2\">regresar<\/a>]\n<figure id=\"attachment_6946\" aria-describedby=\"caption-attachment-6946\" style=\"width: 185px\" class=\"wp-caption alignnone\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/LosSuenosDeLaBella.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"6946\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/rudisbroeck-o-los-automatas\/lossuenosdelabella\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/LosSuenosDeLaBella.jpg\" data-orig-size=\"868,1404\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;HP ScanJet 4070&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"Los sue\u00f1os de la bella durmiente\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Los sue\u00f1os de la bella durmiente. Clic para ampliar&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/LosSuenosDeLaBella-633x1024.jpg\" class=\"size-medium wp-image-6946\" title=\"Los sue\u00f1os de la bella durmiente\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/LosSuenosDeLaBella-185x300.jpg\" alt=\"\" width=\"185\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/LosSuenosDeLaBella-185x300.jpg 185w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/LosSuenosDeLaBella-633x1024.jpg 633w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/LosSuenosDeLaBella.jpg 868w\" sizes=\"auto, (max-width: 185px) 100vw, 185px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-6946\" class=\"wp-caption-text\">Los sue\u00f1os de la bella durmiente. Clic para ampliar<\/figcaption><\/figure>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>De Emiliano Gonz\u00e1lez, uno de los grandes cl\u00e1sicos de la literatura fant\u00e1stica mexicana.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13353,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,1919,171,186,198,2855,360,362,1981,561,1980,521],"class_list":["post-6934","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-cuento-mutante","tag-emiliano-gonzalez","tag-escritores-raros","tag-escritores-mexicanos","tag-literatura","tag-literatura-fantastica","tag-literatura-mexicana","tag-los-suenos-de-la-bella-durmiente","tag-recomendados","tag-rudisbroeck-o-los-automatas","tag-textos-que-no-estaban-en-la-red"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/emiliano-gonzalez-111.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-1NQ","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6934","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=6934"}],"version-history":[{"count":28,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6934\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13352,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6934\/revisions\/13352"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13353"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=6934"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=6934"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=6934"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}