{"id":6905,"date":"2010-07-13T14:40:50","date_gmt":"2010-07-13T19:40:50","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=6905"},"modified":"2016-12-16T14:45:32","modified_gmt":"2016-12-16T20:45:32","slug":"donde-esta-mi-cabeza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/donde-esta-mi-cabeza\/","title":{"rendered":"\u00bfD\u00f3nde est\u00e1 mi cabeza?"},"content":{"rendered":"<p>Esta bit\u00e1cora publica un cuento al mes, pero en esta ocasi\u00f3n publicar\u00e1 dos. El motivo es este hallazgo, que me recomend\u00f3 <a href=\"http:\/\/www.lapaginadebetobuzali.com\/\">Alberto Buzali<\/a>: un cuento fant\u00e1stico de <a href=\"http:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Benito_P%C3%A9rez_Gald%C3%B3s\">Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s<\/a> (1843-1920). Es probablemente un capricho de su autor, cuyo prestigio entero se basa en sus novelas realistas y a quien muchos lectores posteriores han mirado con cierta desconfianza; de todas formas, el texto tiene m\u00e1s de un punto de contacto con <a href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/archivo\/la-nariz\/\">\u00abLa nariz\u00bb<\/a> de Nikolai Gogol, una de las narraciones cl\u00e1sicas de lo fant\u00e1stico del siglo XIX.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00ab\u00bfD\u00f3nde est\u00e1 mi cabeza?\u00bb se public\u00f3 en el diario <em>El Imparcial<\/em> de Madrid, Espa\u00f1a, en 1892.<\/p>\n[fusion_builder_container hundred_percent=\u00bbyes\u00bb overflow=\u00bbvisible\u00bb][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=\u00bb1_1&#8243; background_position=\u00bbleft top\u00bb background_color=\u00bb\u00bb border_size=\u00bb\u00bb border_color=\u00bb\u00bb border_style=\u00bbsolid\u00bb spacing=\u00bbyes\u00bb background_image=\u00bb\u00bb background_repeat=\u00bbno-repeat\u00bb padding=\u00bb\u00bb margin_top=\u00bb0px\u00bb margin_bottom=\u00bb0px\u00bb class=\u00bb\u00bb id=\u00bb\u00bb animation_type=\u00bb\u00bb animation_speed=\u00bb0.3&#8243; animation_direction=\u00bbleft\u00bb hide_on_mobile=\u00bbno\u00bb center_content=\u00bbno\u00bb min_height=\u00bbnone\u00bb]<figure id=\"attachment_6908\" aria-describedby=\"caption-attachment-6908\" style=\"width: 340px\" class=\"wp-caption alignnone\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"6908\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/donde-esta-mi-cabeza\/perez_galdos\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/Perez_galdos.jpg\" data-orig-size=\"340,228\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s. 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Retrato por Joaqu\u00edn Sorolla<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>\u00bfD\u00d3NDE EST\u00c1 MI CABEZA?<br \/>\nBenito P\u00e9rez Gald\u00f3s<\/strong><\/p>\n<p>&#8211; I &#8211;<\/p>\n<p>Antes de despertar, ofreci\u00f3se a mi esp\u00edritu el horrible caso en forma de angustiosa sospecha, como una tristeza hond\u00edsima, farsa cruel de mis endiablados nervios que suelen desmandarse con tr\u00e1gico humorismo. Despert\u00e9; no osaba moverme; no ten\u00eda valor para reconocerme y pedir a los sentidos la certificaci\u00f3n material de lo que ya ten\u00eda en mi alma todo el valor del conocimiento&#8230; Por fin, m\u00e1s pudo la curiosidad que el terror; alargu\u00e9 mi mano, me toqu\u00e9, palp\u00e9&#8230; Imposible exponer mi angustia cuando pas\u00e9 la mano de un hombro a otro sin tropezar en nada&#8230; El espanto me imped\u00eda tocar la parte, no dir\u00e9 dolorida, pues no sent\u00eda dolor alguno&#8230; la parte que aquella incre\u00edble mutilaci\u00f3n dejaba al descubierto&#8230; Por fin, apliqu\u00e9 mis dedos a la v\u00e9rtebra cortada como un troncho de col; palp\u00e9 los m\u00fasculos, los tendones, los co\u00e1gulos de sangre, todo seco, insensible, tendiendo a endurecerse ya, como espesa papilla que al contacto del aire se acartona&#8230; Met\u00ed el dedo en la tr\u00e1quea; tos\u00ed&#8230; met\u00edlo tambi\u00e9n en el es\u00f3fago, que funcion\u00f3 autom\u00e1ticamente queriendo trag\u00e1rmelo&#8230; recorr\u00ed el circuito de piel de afilado borde&#8230; Nada, no cab\u00eda dudar ya. El infalible tacto daba fe de aquel horroso, inaudito hecho. Yo, yo mismo, reconoci\u00e9ndome vivo, pensante, y hasta en perfecto estado de salud f\u00edsica, no ten\u00eda cabeza.<\/p>\n<p>&#8211; II &#8211;<\/p>\n<p>Largo rato estuve inm\u00f3vil, divagando en penosas imaginaciones. Mi mente, despu\u00e9s de juguetear con todas las ideas posibles, empez\u00f3 a fijarse en las causas de mi decapitaci\u00f3n. \u00bfHab\u00eda sido degollado durante la noche por mano de verdugo? Mis nervios no guardaban reminiscencia del cortante filo de la cuchilla. Busqu\u00e9 en ellos alg\u00fan rastro de escalofr\u00edo tremendo y fugaz, y no lo encontr\u00e9. Sin duda mi cabeza hab\u00eda sido separada del tronco por medio de una preparaci\u00f3n anat\u00f3mica desconocida, y el caso era de robo m\u00e1s que de asesinato; una sustracci\u00f3n alevosa, consumada por manos h\u00e1biles, que me sorprendieron indefenso, solo y profundamente dormido.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En mi pena y turbaci\u00f3n, centellas de esperanza iluminaban a ratos mi ser.. Instintivamente me incorpor\u00e9 en el lecho; mir\u00e9 a todos lados, creyendo encontrar sobre la mesa de noche, en alguna silla, en el suelo, lo que en rigor de verdad anat\u00f3mica deb\u00eda estar sobre mis hombros, y nada&#8230; no la vi. Hasta me aventur\u00e9 a mirar debajo de la cama&#8230; y tampoco. Confusi\u00f3n igual no tuve en mi vida, ni creo que hombre alguno en semejante perplejidad se haya visto nunca. El asombro era en m\u00ed tan grande como el terror.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No s\u00e9 cu\u00e1nto tiempo pas\u00e9 en aquella turbaci\u00f3n muda y ansiosa. Por fin, se me impuso la necesidad de llamar, de reunir en torno m\u00edo los cuidados dom\u00e9sticos, la amistad, la ciencia. Lo deseaba y lo tem\u00eda, y el pensar en la estupefacci\u00f3n de mi criado cuando me viese, aumentaba extraordinariamente mi ansiedad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero no hab\u00eda m\u00e1s remedio: llam\u00e9&#8230; Contra lo que yo esperaba, mi ayuda de c\u00e1mara no se asombr\u00f3 tanto como yo cre\u00eda. Nos miramos un rato en silencio.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-Ya ves, Pepe -le dije, procurando que el tono de mi voz atenuase la gravedad de lo que dec\u00eda-; ya lo ves, no tengo cabeza.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El pobre viejo me mir\u00f3 con l\u00e1stima silenciosa; me mir\u00f3 mucho, como expresando lo irremediable de mi tribulaci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando se apart\u00f3 de mi, llamado por sus quehaceres, me sent\u00ed tan solo, tan abandonado, que le volv\u00ed a llamar en tono quejumbroso y aun hura\u00f1o, dici\u00e9ndole con cierta acritud:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-Ya podr\u00e9is ver si est\u00e1 en alguna parte, en el gabinete, en la sala, en la biblioteca&#8230; No se os ocurre nada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A poco volvi\u00f3 Jos\u00e9, y con su afligida cara y su gesto de inmenso desaliento, sin emplear palabra alguna, d\u00edjome que mi cabeza no parec\u00eda.<\/p>\n<p>&#8211; III &#8211;<\/p>\n<p>La ma\u00f1ana avanzaba, y decid\u00ed levantarme. Mientras me vest\u00eda, la esperanza volvi\u00f3 a sonre\u00edr dentro de m\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-\u00a1Ah! -pens\u00e9- de fijo que mi cabeza est\u00e1 en mi despacho&#8230; \u00a1Vaya, que no hab\u00e9rseme ocurrido antes!&#8230; \u00a1qu\u00e9 cabeza! Anoche estuve trabajando hasta hora muy avanzada&#8230; \u00bfEn qu\u00e9? No puedo recordarlo f\u00e1cilmente; pero ello debi\u00f3 de ser mi Discurso-memoria sobre la Aritm\u00e9tica filos\u00f3fico-social, o sea, Reducci\u00f3n a f\u00f3rmulas num\u00e9ricas de todas las ciencias metaf\u00edsicas. Recuerdo haber escrito diez y ocho veces un p\u00e1rrafo de inaudita profundidad, no logrando en ninguna de ellas expresar con fidelidad mi pensamiento. Llegu\u00e9 a sentir horriblemente caldeada la regi\u00f3n cerebral. Las ideas, hirvientes, se me sal\u00edan por ojos y o\u00eddos, estallando como burbujas de aire, y llegu\u00e9 a sentir un ardor irresistible, una obstrucci\u00f3n congestiva que me inquietaron sobremanera&#8230;<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y enlazando estas impresiones, vine a recordar claramente un hecho que llev\u00f3 la tranquilidad a mi alma. A eso de las tres de la madrugada, horriblemente molestado por el ardor de mi cerebro y no consiguiendo atenuarlo pas\u00e1ndome la mano por la calva, me cog\u00ed con ambas manos la cabeza, la fui ladeando poquito a poco, como quien saca un tap\u00f3n muy apretado, y al fin, con liger\u00edsimo escozor en el cuello&#8230; me la quit\u00e9, y cuidadosamente la puse sobre la mesa. Sent\u00ed un gran alivio, y me acost\u00e9 tan fresco.<\/p>\n<p>&#8211; IV &#8211;<\/p>\n<p>Este recuerdo me devolvi\u00f3 la tranquilidad. Sin acabar de vestirme, corr\u00ed al despacho. Casi, casi tocaban al techo los rimeros de libros y papeles que sobre la mesa hab\u00eda. \u00a1Montones de ciencia, pilas de erudici\u00f3n! Vi la l\u00e1mpara ahumada, el tintero tan negro por fuera como por dentro, cuartillas mil llenas de n\u00fameros chiquirritines&#8230;, pero la cabeza no la vi.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nueva ansiedad. La \u00faltima esperanza era encontrarla en los cajones de la mesa. Bien pudo suceder que al guardar el enorme f\u00e1rrago de apuntes, se quedase la cabeza entre ellos, como una hoja de papel secante o una cuartilla en blanco. Lo revolv\u00ed todo, pas\u00e9 hoja por hoja, y nada&#8230; \u00a1Tampoco all\u00ed!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sal\u00ed de mi despacho de puntillas, evitando el ruido, pues no quer\u00eda que mi familia me sintiese. Met\u00edme de nuevo en la cama, sumergi\u00e9ndome en negras meditaciones. \u00a1Qu\u00e9 situaci\u00f3n, qu\u00e9 conflicto! Por de pronto, ya no podr\u00eda salir a la calle porque el asombro y horror de los transe\u00fantes hab\u00edan de ser nuevo suplicio para m\u00ed. En ninguna parte pod\u00eda presentar mi decapitada personalidad. La burla en unos, la compasi\u00f3n en otros, la extra\u00f1eza en todos me atormentar\u00eda horriblemente. Ya no podr\u00eda concluir mi Discurso-memoria sobre la Aritm\u00e9tica filos\u00f3fico-social; ni aun podr\u00eda tener el consuelo de leer en la Academia los voluminosos cap\u00edtulos ya escritos de aquella importante obra. \u00a1C\u00f3mo era posible que me presentase ante mis dignos compa\u00f1eros con mutilaci\u00f3n tan lastimosa! \u00a1Ni c\u00f3mo pretender que un cuerpo descabezado tuviera dignidad oratoria, ni representaci\u00f3n literaria&#8230;! \u00a1Imposible! Era ya hombre acabado, perdido para siempre.<\/p>\n<p>&#8211; V &#8211;<\/p>\n<p>La desesperaci\u00f3n me sugiri\u00f3 una idea salvadora: consultar al punto el caso con mi amigo el doctor Miquis, hombre de mucho saber a la moderna, m\u00e9dico fil\u00f3sofo, y, hasta cierto punto, sacerdotal, porque no hay otro para consolar a los enfermos cuando no puede curarlos o hacerles creer que sufren menos de lo que sufren.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La resoluci\u00f3n de verle me alent\u00f3: vest\u00edme a toda prisa. \u00a1Ay! \u00a1Qu\u00e9 impresi\u00f3n tan extra\u00f1a, cuando al embozarme pasaba mi capa de un hombro a otro, tapando el cuello como servilleta en plato para que no caigan moscas! Y al salir de mi alcoba, cuya puerta, como de casa antigua, es de corta alzada, no tuve que inclinarme para salir, seg\u00fan costumbre de toda mi vida. Sal\u00ed bien derecho, y aun sobraba un palmo de puerta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sal\u00ed y volv\u00ed a entrar para cerciorarme de la disminuci\u00f3n de mi estatura, y en una de \u00e9stas, redobl\u00e1ronse de tal modo mis ganas de mirarme al espejo, que ya no pude vencer la tentaci\u00f3n, y me fui derecho hasta el armario de luna. Tres veces me acerqu\u00e9 y otras tantas me detuve, sin valor bastante para verme&#8230; Al fin me vi&#8230; \u00a1Horripilante figura! Era yo como una \u00e1nfora jorobada, de corto cuello y asas muy grandes. El corte del pescuezo me recordaba los modelos en cera o pasta que yo hab\u00eda visto mil veces en Museos anat\u00f3micos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mand\u00e9 traer un coche, porque me aterraba la idea de ser visto en la calle, y de que me siguieran los chicos, y de ser espanto y chacota de la muchedumbre. Met\u00edme con r\u00e1pido movimiento en la berlina. El cochero no advirti\u00f3 nada, y durante el trayecto nadie se fij\u00f3 en m\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tuve la suerte de encontrar a Miquis en su despacho, y me recibi\u00f3 con la cortes\u00eda graciosa de costumbre, disimulando con su habilidad profesional el asombro que deb\u00ed causarle.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-Ya ves, querido Augusto -le dije, dej\u00e1ndome caer en un sill\u00f3n-, ya ves lo que me pasa&#8230;<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-S\u00ed, s\u00ed -replic\u00f3 frot\u00e1ndose las manos y mir\u00e1ndome atentamente-: ya veo, ya&#8230; No es cosa de cuidado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-\u00a1Que no es cosa de cuidado!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-Quiero decir&#8230; Efectos del mal tiempo, de este endiablado viento fr\u00edo del Este&#8230;<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-\u00a1El viento fr\u00edo es la causa de&#8230;!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-\u00bfPor qu\u00e9 no?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-El problema, querido Augusto, es saber si me la han cortado violentamente o me la han sustra\u00eddo por un procedimiento latroanat\u00f3mico, que ser\u00eda grande y pasmosa novedad en la historia de la malicia humana.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tan torpe estaba aquel d\u00eda el agud\u00edsimo doctor, que no me comprend\u00eda. Al fin, refiri\u00e9ndole mis angustias, pareci\u00f3 enterarse, y al punto su ingenio fecundo me sugiri\u00f3 ideas consoladoras.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-No es tan grave el caso como parece -me dijo- y casi, casi, me atrevo a asegurar que la encontraremos muy pronto. Ante todo, conviene que te llenes de paciencia y calma. La cabeza existe. \u00bfD\u00f3nde est\u00e1? \u00c9se es el problema.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y dicho esto, ech\u00f3 por aquella boca unas erudiciones tan amenas y unas sabidur\u00edas tan donosas, que me tuvo como encantado m\u00e1s de media hora. Todo ello era muy bonito; pero no ve\u00eda yo que por tal camino fu\u00e9ramos al fin capital de encontrar una cabeza perdida. Concluy\u00f3 prohibi\u00e9ndome en absoluto la continuaci\u00f3n de mis trabajos sobre la Aritm\u00e9tica filos\u00f3fico-social, y al fin, como quien no dice nada, dej\u00f3se caer con una indicaci\u00f3n, en la que al punto reconoc\u00ed la claridad de su talento.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00bfQui\u00e9n ten\u00eda la cabeza? Para despejar esta inc\u00f3gnita conven\u00eda que yo examinase en mi conciencia y en mi memoria todas mis conexiones mundanas y sociales. \u00bfQu\u00e9 casas y c\u00edrculos frecuentaba yo? \u00bfA qui\u00e9n trataba con intimidad m\u00e1s o menos constante y pegajosa? \u00bfNo era p\u00fablico y notorio que mis visitas a la Marquesa viuda de X&#8230; traspasaban, por su frecuencia y duraci\u00f3n, los l\u00edmites a que debe circunscribirse la cortes\u00eda? \u00bfNo podr\u00eda suceder que en una de aquellas visitas me hubiera dejado la cabeza, o me la hubieran secuestrado y escondido, como en rehenes que garantizara la pr\u00f3xima vuelta?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Diome tanta luz esta indicaci\u00f3n, y tan contento me puse, y tan claro vi el fin de mi desdicha, que apenas pude mostrar al conspicuo Doctor mi agradecimiento, y abraz\u00e1ndole, sal\u00ed presuroso. Ya no ten\u00eda sosiego hasta no personarme en casa de la Marquesa, a quien ten\u00eda por autora de la m\u00e1s pesada broma que mujer alguna pudo inventar.<\/p>\n<p>&#8211; VI &#8211;<\/p>\n<p>La esperanza me alentaba. Corr\u00ed por las calles, hasta que el cansancio me oblig\u00f3 a moderar el paso. La gente no reparaba en mi horrible mutilaci\u00f3n, o si la ve\u00eda, no manifestaba gran asombro. Algunos me miraban como asustados: vi la sorpresa en muchos semblantes, pero el terror no.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Diome por examinar los escaparates de las tiendas, y para colmo de confusi\u00f3n, nada de cuanto vi me atra\u00eda tanto como las instalaciones de sombreros. Pero estaba de Dios que una nueva y horripilante sorpresa trastornase mi esp\u00edritu, priv\u00e1ndome de la alegr\u00eda que lo embargaba y sumergi\u00e9ndome en dudas crueles. En la vitrina de una peluquer\u00eda elegante vi&#8230;<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era una cabeza de caballero admirablemente peinada, con barba corta, ojos azules, nariz aguile\u00f1a&#8230; era, en fin, mi cabeza, mi propia y aut\u00e9ntica cabeza&#8230; \u00a1Ah! cuando la vi, la fuerza de la emoci\u00f3n por poco me priva del conocimiento&#8230; Era, era mi cabeza, sin m\u00e1s diferencia que la perfecci\u00f3n del peinado, pues yo apenas ten\u00eda cabello que peinar, y aquella cabeza ostentaba una espl\u00e9ndida peluca.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ideas contradictorias cruzaron por mi mente. \u00bfEra? \u00bfNo era? Y si era, \u00bfc\u00f3mo hab\u00eda ido a parar all\u00ed? Si no era, \u00bfc\u00f3mo explicar el pasmoso parecido? D\u00e1banme ganas de detener a los transe\u00fantes con estas palabras: \u00abH\u00e1game usted el favor de decirme si es esa mi cabeza.\u00bb<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ocurri\u00f3me que deb\u00eda entrar en la tienda, inquirir, proponer, y por \u00faltimo, comprar la cabeza a cualquier precio&#8230; Pensado y hecho; con tr\u00e9mula mano abr\u00ed la puerta y entr\u00e9&#8230; Dado el primer paso, det\u00faveme cohibido, recelando que mi descabezada presencia produjese estupor y quiz\u00e1s hilaridad. Pero una mujer hermosa, que de la trastienda sali\u00f3 risue\u00f1a y afable, invit\u00f3me a sentarme, se\u00f1alando la m\u00e1s pr\u00f3xima silla con su bonita mano, en la cual ten\u00eda un peine.<\/p>\n[\/fusion_builder_column][\/fusion_builder_row][\/fusion_builder_container]\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Aparici\u00f3n especial de una rareza: un cuento fant\u00e1stico de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":6908,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[17,1976,22,1977,193,7,2855,360,735,1978],"class_list":["post-6905","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-amistades","tag-benito-perez-galdos","tag-cuento","tag-donde-esta-mi-cabeza","tag-escritores-espanoles","tag-hallazgos","tag-literatura","tag-literatura-fantastica","tag-nikolai-gogol","tag-rarezas"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2010\/07\/Perez_galdos.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-1Nn","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6905","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=6905"}],"version-history":[{"count":9,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6905\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13418,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6905\/revisions\/13418"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/6908"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=6905"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=6905"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=6905"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}