{"id":293,"date":"2008-04-20T01:46:07","date_gmt":"2008-04-20T07:46:07","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/blog\/?p=338"},"modified":"2016-12-09T23:34:00","modified_gmt":"2016-12-10T05:34:00","slug":"misa-de-gallo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/misa-de-gallo\/","title":{"rendered":"Misa de gallo"},"content":{"rendered":"<p>El brasile\u00f1o Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908; otro aniversario para este a\u00f1o) est\u00e1 considerado como \u00abel padre del realismo\u00bb en la narrativa de su pa\u00eds. Pero esta descripci\u00f3n es injusta: por un lado, adem\u00e1s de narrador, Machado de Assis fue traductor, articulista, cr\u00edtico y, de hecho, el mayor intelectual brasile\u00f1o de todo su siglo; por el otro, sus mejores obras, a pesar de ser en efecto estudios agudos de personajes y costumbres, van mucho m\u00e1s all\u00e1 de la mera reproducci\u00f3n y a veces resultan imposibles de clasificar. Adem\u00e1s del ejemplo sutil de esta \u00abMisa de gallo\u00bb (y de otros de sus grandes cuentos, como \u00abEl alienista\u00bb) hay que leer <em>Memorias p\u00f3stumas de Blas Cubas<\/em> (1881), su novela central, efectivamente contada en primera persona por un difunto.<br \/>\nEn un texto sobre ese libro, la escritora estadounidense Susan Sontag declar\u00f3 a Machado de Assis el mejor escritor latinoamericano que haya existido, con Borges en segundo lugar; aun si no se quiere poner a competir a nuestros escritores (y es realmente una tarea in\u00fatil, al menos como se emprende aqu\u00ed por estos d\u00edas), vale la pena acercarse siquiera un poco a la obra de este autor extraordinario.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2008\/04\/010d31a5928249799288e12235882d98.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13142\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/misa-de-gallo\/010d31a5928249799288e12235882d98\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2008\/04\/010d31a5928249799288e12235882d98.jpg\" data-orig-size=\"650,400\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Joaquim Maria Machado de Assis\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2008\/04\/010d31a5928249799288e12235882d98.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2008\/04\/010d31a5928249799288e12235882d98.jpg\" alt=\"\" width=\"650\" height=\"400\" class=\"aligncenter size-full wp-image-13142\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2008\/04\/010d31a5928249799288e12235882d98.jpg 650w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2008\/04\/010d31a5928249799288e12235882d98-300x185.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 650px) 100vw, 650px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>MISA DE GALLO<br \/>\nJoaquim Maria Machado de Assis<\/strong><\/p>\n<p>Nunca pude entender la conversaci\u00f3n que tuve con una se\u00f1ora hace muchos a\u00f1os; ten\u00eda yo diecisiete, ella treinta. Era noche de Navidad. Hab\u00eda acordado con un vecino ir a la misa de gallo y prefer\u00ed no dormirme; quedamos en que yo lo despertar\u00eda a medianoche.<br \/>\nLa casa en la que estaba hospedado era la del escribano Meneses, que hab\u00eda estado casado en primeras nupcias con una de mis primas. La segunda mujer, Concepci\u00f3n, y la madre de \u00e9sta me acogieron bien cuando llegu\u00e9 de Mangaratiba a R\u00edo de Janeiro, unos meses antes, a estudiar preparatoria. Viv\u00eda tranquilo en aquella casa soleada de la Rua do Senado con mis libros, unas pocas relaciones, algunos paseos. La familia era peque\u00f1a: el notario, la mujer, la suegra y dos esclavas. Eran de viejas costumbres.<br \/>\nA las diez de la noche toda la gente se recog\u00eda en los cuartos; a las diez y media la casa dorm\u00eda. Nunca hab\u00eda ido al teatro, y en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n, escuchando a Meneses decir que iba, le ped\u00ed que me llevase con \u00e9l. Esas veces la suegra gesticulaba y las esclavas re\u00edan a sus espaldas; \u00e9l no respond\u00eda, se vest\u00eda, sal\u00eda y solamente regresaba a la ma\u00f1ana siguiente. Despu\u00e9s supe que el teatro era un eufemismo. Meneses ten\u00eda amor\u00edos con una se\u00f1ora separada del esposo y dorm\u00eda fuera de casa una vez por semana. Concepci\u00f3n sufr\u00eda al principio con la existencia de la concubina, pero al fin se resign\u00f3, se acostumbr\u00f3, y acab\u00f3 pensando que estaba bien hecho.<br \/>\n\u00a1Qu\u00e9 buena Concepci\u00f3n! La llamaban santa, y hac\u00eda justicia al mote porque soportaba muy f\u00e1cilmente los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, ni l\u00e1grimas, ni risas. En el cap\u00edtulo del que trato, parec\u00eda mahometana; bien habr\u00eda aceptado un har\u00e9n, con las apariencias guardadas. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El propio rostro era mediano, ni bonito ni feo. Era lo que llamamos una persona simp\u00e1tica. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sab\u00eda odiar; puede ser que ni supiera amar.<br \/>\nAquella noche el escribano hab\u00eda ido al teatro. Era por los a\u00f1os 1861 o 1862. Yo deber\u00eda de estar ya en Mangaratiba de vacaciones; pero me hab\u00eda quedado hasta Navidad para ver la misa de gallo en la Corte. La familia se recogi\u00f3 a la hora de costumbre, yo permanec\u00ed en la sala del frente, vestido y listo. De ah\u00ed pasar\u00eda al corredor de la entrada y saldr\u00eda sin despertar a nadie. Hab\u00eda tres copias de las llaves de la puerta; una la ten\u00eda el escribano, yo me llevar\u00eda otra y la tercera se quedaba en casa.<br \/>\n&#8211;Pero, se\u00f1or Nogueira, \u00bfqu\u00e9 har\u00e1 usted todo este tiempo? &#8211;me pregunt\u00f3 la madre de Concepci\u00f3n.<br \/>\n&#8211;Leer, do\u00f1a Ignacia.<br \/>\nLlevaba conmigo una novela, <em>Los tres mosqueteros<\/em>, en una vieja traducci\u00f3n del <em>Jornal do Com\u00e9rcio<\/em>. Me sent\u00e9 en la mesa que estaba en el centro de la sala, y a la luz de un quinqu\u00e9, mientras la casa dorm\u00eda, sub\u00ed una vez m\u00e1s al magro caballo de D&#8217;Artagnan y me lanc\u00e9 a la aventura. Dentro de poco estaba yo ebrio de Dumas. Los minutos volaban, muy al contrario de lo que acostumbran hacer cuando son de espera; o\u00ed que daban las once, apenas, de casualidad. Mientras tanto, un peque\u00f1o rumor adentro lleg\u00f3 a despertarme de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba de la sala al comedor; levant\u00e9 la cabeza; enseguida vi un bulto asomarse en la puerta, era Concepci\u00f3n.<br \/>\n&#8211;\u00bfTodav\u00eda no se ha ido? &#8211;pregunt\u00f3.<br \/>\n&#8211;No, parece que a\u00fan no es medianoche.<br \/>\n&#8211;\u00a1Qu\u00e9 paciencia!<br \/>\nConcepci\u00f3n entr\u00f3 en la sala, arrastraba las chinelas. Tra\u00eda puesta una bata blanca, mal ce\u00f1ida a la cintura. Era delgada, ten\u00eda un aire de visi\u00f3n rom\u00e1ntica, como salida de mi novela de aventuras.<br \/>\nCerr\u00e9 el libro; ella fue a sentarse en la silla que quedaba frente a m\u00ed, cerca de la otomana. Le pregunt\u00e9 si la hab\u00eda despertado sin querer, haciendo ruido, pero ella respondi\u00f3 enseguida:<br \/>\n&#8211;\u00a1No! \u00a1C\u00f3mo cree! Me despert\u00e9 yo sola.<br \/>\nLa encar\u00e9 y dud\u00e9 de su respuesta. Sus ojos no eran de alguien que se acabara de dormir; parec\u00edan no haber empezado el sue\u00f1o. Sin embargo, esa observaci\u00f3n, que tendr\u00eda un significado en otro esp\u00edritu, yo la desech\u00e9 de inmediato, sin advertir que precisamente tal vez no durmiese por mi causa y que mintiese para no preocuparme o enfadarme. Ya dije que ella era buena, muy buena.<br \/>\n&#8211;Pero la hora ya debe de estar cerca.<br \/>\n&#8211;\u00a1Qu\u00e9 paciencia la suya de esperar despierto mientras el vecino duerme! \u00a1Y esperar solo! \u00bfNo le dan miedo las almas del otro mundo?<br \/>\nObserv\u00e9 que se asustaba al verme.<br \/>\n&#8211;Cuando escuch\u00e9 pasos, me pareci\u00f3 raro; pero usted apareci\u00f3 enseguida.<br \/>\n&#8211;\u00bfQu\u00e9 estaba leyendo? No me diga, ya s\u00e9, es la novela de los mosqueteros.<br \/>\n&#8211;Justamente; es muy bonita.<br \/>\n&#8211;\u00bfLe gustan las novelas?<br \/>\n&#8211;S\u00ed.<br \/>\n&#8211;\u00bfYa ley\u00f3 <em>La morenita<\/em>?<br \/>\n&#8211;\u00bfDel doctor Macedo? La tengo all\u00e1 en Mangaratiba.<br \/>\n&#8211;A m\u00ed me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. \u00bfQu\u00e9 novelas ha le\u00eddo?<br \/>\nComenc\u00e9 a nombrar algunas. Concepci\u00f3n me escuchaba con la cabeza recargada en el respaldo, met\u00eda los ojos entre los p\u00e1rpados a medio cerrar, sin apartarlos de m\u00ed. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios, para humedecerlos. Cuando termin\u00e9 de hablar no me dijo nada; nos quedamos as\u00ed algunos segundos. Enseguida vi que enderezaba la cabeza, cruzaba los dedos y se apoyaba sobre ellos mientras los codos descansaban en los brazos de la silla; todo esto lo hab\u00eda hecho sin desviar sus astutos ojos grandes.<br \/>\n\u00abTal vez est\u00e9 aburrida\u00bb, pens\u00e9.<br \/>\nY luego a\u00f1ad\u00ed en voz alta:<br \/>\n&#8211;Do\u00f1a Concepci\u00f3n, creo que se va llegando la hora, y yo&#8230;<br \/>\n&#8211;No, no, todav\u00eda es temprano. Acabo de ver el reloj; son las once y media. Hay tiempo. \u00bfUsted si no duerme de noche es capaz de no dormir de d\u00eda?<br \/>\n&#8211;Lo he hecho.<br \/>\n&#8211;Yo no; si no duermo una noche, al otro d\u00eda no soporto, aunque sea media hora debo dormir. Pero tambi\u00e9n es que me estoy haciendo vieja.<br \/>\nQu\u00e9 vieja ni qu\u00e9 nada, do\u00f1a Concepci\u00f3n.<br \/>\nMi expresi\u00f3n fue tan emotiva que la hizo sonre\u00edr. Habitualmente sus gestos eran lentos y sus actitudes tranquilas; sin embargo, ahora se levant\u00f3 r\u00e1pido, fue al otro lado de la sala y dio unos pasos, entre la ventana de la calle y la puerta del despacho de su marido. As\u00ed, con su desali\u00f1o honesto, me daba una impresi\u00f3n singular. A pesar de que era delgada, ten\u00eda no se qu\u00e9 cadencia en el andar, como alguien que le cuesta llevar el cuerpo; ese gesto nunca me pareci\u00f3 tan de ella como en aquella noche. Se deten\u00eda algunas veces, examinaba una parte de la cortina, o pon\u00eda en su lugar alg\u00fan adorno de la vitrina; al fin se detuvo ante m\u00ed, con la mesa de por medio. El c\u00edrculo de sus ideas era estrecho; volvi\u00f3 a su sorpresa de encontrarme despierto, esperando. Yo le repet\u00ed lo que ella ya sab\u00eda, es decir, que nunca hab\u00eda o\u00eddo la misa de gallo en la Corte, y no me la quer\u00eda perder.<br \/>\n&#8211;Es la misma misa de pueblo; todas las misas se parecen.<br \/>\n&#8211;Ya lo creo; pero aqu\u00ed debe haber m\u00e1s lujo y m\u00e1s gente tambi\u00e9n. Oiga, la semana santa en la Corte es m\u00e1s bonita que en los pueblos. Y qu\u00e9 decir de las fiestas de San Juan, y las de San Antonio&#8230;<br \/>\nPoco a poco se hab\u00eda inclinado; apoyaba los codos sobre el m\u00e1rmol de la mesa y met\u00eda el rostro entre sus manos abiertas. No tra\u00eda las mangas abotonadas, le ca\u00edan naturalmente, y le vi la mitad de los brazos, muy claros y menos delgados de lo que se podr\u00eda suponer. Aunque el espect\u00e1culo no era una novedad para m\u00ed, tampoco era com\u00fan; en aquel momento, sin embargo, la impresi\u00f3n que tuve fue fuerte. Sus venas eran tan azules que, a pesar de la poca claridad, pod\u00eda contarlas desde mi lugar. La presencia de Concepci\u00f3n me despert\u00f3 a\u00fan m\u00e1s que la del libro. Continu\u00e9 diciendo lo que pensaba de las fiestas de pueblo y de ciudad, y de otras cosas que se me ocurr\u00edan.<br \/>\nHablaba enmendando los temas, sin saber por qu\u00e9, vari\u00e1ndolos y volviendo a los primeros, y riendo para hacerla sonre\u00edr y ver sus dientes que luc\u00edan tan blancos, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros, pero s\u00ed oscuros; la nariz, seca y larga, un poquito curva, le daba a su cara un aire interrogativo. Cuando yo sub\u00eda el tono de voz, ella me reprim\u00eda:<br \/>\n&#8211;\u00a1M\u00e1s bajo! Mam\u00e1 puede despertarse.<br \/>\nY no sal\u00eda de aquella posici\u00f3n, que me llenaba de gusto, tan cerca quedaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para ser escuchado; murmur\u00e1bamos los dos, yo m\u00e1s que ella, porque hablaba m\u00e1s; ella, a veces, se quedaba seria, muy seria, con la cabeza un poco torcida. Finalmente se cans\u00f3; cambi\u00f3 de actitud y de lugar. Dio la vuelta y vino a sentarse a mi lado, en la otomana. Volte\u00e9, y pude ver, de reojo, la punta de las chinelas; pero fue s\u00f3lo el tiempo que a ella le llev\u00f3 sentarse, la bata era larga y se las tap\u00f3 enseguida. Recuerdo que eran negras.<br \/>\nConcepci\u00f3n dijo bajito:<br \/>\n&#8211;Mam\u00e1 est\u00e1 lejos, pero tiene el sue\u00f1o muy ligero, si despierta ahora, pobre, se le va a ir el sue\u00f1o.<br \/>\n&#8211;Yo tambi\u00e9n soy as\u00ed.<br \/>\n&#8211;\u00bfC\u00f3mo? &#8211;pregunt\u00f3 ella inclinando el cuerpo para escuchar mejor.<br \/>\nFui a sentarme en la silla que quedaba al lado de la otomana y le repet\u00ed la frase. Se ri\u00f3 de la coincidencia, tambi\u00e9n ella ten\u00eda el sue\u00f1o ligero; \u00e9ramos tres sue\u00f1os ligeros.<br \/>\n&#8211;Hay ocasiones en que soy igual a mam\u00e1; si me despierto me cuesta dormir de nuevo, doy vueltas en la cama a lo tonto, me levanto, enciendo una vela, paseo, vuelvo a acostarme y nada.<br \/>\n&#8211;Fue lo que le pas\u00f3 hoy.<br \/>\n&#8211;No, no &#8211;me interrumpi\u00f3 ella.<br \/>\nNo entend\u00ed la negativa; puede ser que ella tampoco la entendiera. Agarr\u00f3 las puntas del cintur\u00f3n de la bata y se peg\u00f3 con ellas sobre las rodillas, es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Despu\u00e9s habl\u00f3 de una historia de sue\u00f1os y me asegur\u00f3 que \u00fanicamente hab\u00eda tenido una pesadilla, cuando era ni\u00f1a. Quiso saber si yo las ten\u00eda. La charla se fue hilvanando as\u00ed lentamente, largamente, sin que yo me diese cuenta ni de la hora ni de la misa. Cuando acababa una narraci\u00f3n o una explicaci\u00f3n, ella inventaba otra pregunta u otro tema, y yo tomaba de nuevo la palabra. De vez en cuando me reprim\u00eda:<br \/>\n&#8211;M\u00e1s bajo, m\u00e1s bajo.<br \/>\nHab\u00eda tambi\u00e9n unas pausas. Dos o tres veces me pareci\u00f3 que dorm\u00eda, pero sus ojos cerrados por un instante se abr\u00edan luego, sin sue\u00f1o ni fatiga, como si los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas veces, creo, se dio cuenta de lo embebido que estaba yo de su persona, y recuerdo que los volvi\u00f3 a cerrar, no s\u00e9 si r\u00e1pido o despacio. Hay impresiones de esa noche que me aparecen truncadas o confusas. Me contradigo, me cuesta trabajo. Una de \u00e9sas que todav\u00eda tengo frescas es que, de repente, ella, que apenas era simp\u00e1tica, se volvi\u00f3 linda, lind\u00edsima. Estaba de pie, con los brazos cruzados; yo, por respeto, quise levantarme; no lo permiti\u00f3, puso una de sus manos en mi hombro, y me oblig\u00f3 a permanecer sentado. Pens\u00e9 que iba a decir alguna cosa, pero se estremeci\u00f3, como si tuviese un escalofr\u00edo, me dio la espalda y fue a sentarse en la silla, en donde me encontrara leyendo. Desde all\u00ed, lanz\u00f3 la vista por el espejo que quedaba encima de la otomana, habl\u00f3 de dos grabados que colgaban de la pared.<br \/>\n&#8211;Estos cuadros se est\u00e1n haciendo viejos. Ya le ped\u00ed a Chiquinho que compremos otros.<br \/>\nChiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del asunto principal de este hombre. Uno representaba a \u00abCleopatra\u00bb; no recuerdo el tema del otro, eran mujeres. Vulgares ambos; en aquel tiempo no me parecieron feos.<br \/>\n&#8211;Son bonitos &#8211;dije.<br \/>\n&#8211;Son bonitos, pero est\u00e1n manchados. Y adem\u00e1s, para ser francos, yo preferir\u00eda dos im\u00e1genes, dos santas. Estas se ven m\u00e1s apropiadas para cuarto de muchacho o de barbero.<br \/>\n&#8211;\u00bfDe barbero? Usted no ha ido a ninguna barber\u00eda.<br \/>\n&#8211;Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de se\u00f1oritas y de enamoramientos, y naturalmente el due\u00f1o de la casa les alegra la vista con figuras bonitas. En casa de familia es que no me parece que sea apropiado. Es lo que pienso; pero yo pienso muchas cosas; as\u00ed, raras. Sea lo que sea, no me gustan los cuadros. Yo tengo una Nuestra Se\u00f1ora de la Concepci\u00f3n, mi patrona, muy bonita; pero es escultura, no se puede poner en la pared, ni yo quiero, est\u00e1 en mi oratorio.<br \/>\nLa idea del oratorio me trajo la de la misa, me record\u00f3 que podr\u00eda ser tarde y quise decirlo. Creo que llegu\u00e9 a abrir la boca, pero luego la cerr\u00e9 para escuchar lo que ella contaba, con dulzura, con gracia, con tal languidez que le provocaba pereza a mi alma y la hac\u00eda olvidarse de la misa y de la iglesia. Hablaba de sus devociones de ni\u00f1a y se\u00f1orita. Despu\u00e9s se refer\u00eda a unas an\u00e9cdotas, historias de paseos, reminiscencias de Paquet\u00e1, todo mezclado, casi sin interrupci\u00f3n. Cuando se cans\u00f3 del pasado, habl\u00f3 del presente, de los asuntos de la casa, de los cuidados de la familia que, desde antes de casarse, le hab\u00edan dicho que eran muchos, pero no eran nada. No me cont\u00f3, pero yo sab\u00eda que se hab\u00eda casado a los veintisiete a\u00f1os.<br \/>\nY ahora no se cambiaba de lugar, como al principio, y casi no sal\u00eda de la misma actitud. No ten\u00eda los grandes ojos largos, y empez\u00f3 a mirar a lo tonto hacia las paredes.<br \/>\n&#8211;Necesitamos cambiar el tapiz de la sala &#8211;dijo poco despu\u00e9s, como si hablara consigo misma.<br \/>\nEstuve de acuerdo para decir alguna cosa, para salir de la especie de sue\u00f1o magn\u00e9tico, o lo que sea que fuere que me cohib\u00eda la lengua y los sentidos. Quer\u00eda, y no, acabar la charla; hac\u00eda un esfuerzo para desviar mis ojos de ella, y los desviaba por un sentimiento de respeto; pero la idea de que pareciera que me estaba aburriendo, cuando no lo era, me llevaba de nuevo los ojos hacia Concepci\u00f3n. La conversaci\u00f3n mor\u00eda. En la calle, el silencio era total.<br \/>\nLlegamos a quedarnos por alg\u00fan tiempo &#8211;no puedo decir cu\u00e1nto&#8211; completamente callados. El rumor, \u00fanico y escaso, era un ro\u00eddo de rat\u00f3n en el despacho, que me despert\u00f3 de aquella especie de somnolencia; quise hablar de ello, pero no encontr\u00e9 la manera. Concepci\u00f3n parec\u00eda divagar. Un golpe en la ventana, por fuera, y una voz que gritaba: \u00ab\u00a1Misa de gallo!, \u00a1misa de gallo!\u00bb<br \/>\n&#8211;All\u00ed est\u00e1 su compa\u00f1ero, qu\u00e9 gracioso; usted qued\u00f3 de ir a despertarlo, y es \u00e9l quien viene a despertarlo a usted. Vaya, que ya debe de ser la hora; adi\u00f3s.<br \/>\n&#8211;\u00bfDe verdad? &#8211;pregunt\u00e9.<br \/>\n&#8211;Claro.<br \/>\n&#8211;\u00a1Misa de gallo! &#8211;repitieron desde afuera, golpeando.<br \/>\n&#8211;Vaya, vaya, no se haga esperar. La culpa ha sido m\u00eda. Adi\u00f3s, hasta ma\u00f1ana.<br \/>\nY con la misma cadencia del cuerpo, Concepci\u00f3n entr\u00f3 por el corredor adentro; pisaba mansamente. Sal\u00ed a la calle y encontr\u00e9 al vecino que me esperaba. Nos dirigimos de all\u00ed a la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepci\u00f3n se interpuso m\u00e1s de una vez entre el sacerdote y yo; que se disculpe esto por mis diecisiete a\u00f1os. A la ma\u00f1ana siguiente, en la comida, habl\u00e9 de la misa de gallo y de la gente que estaba en la iglesia, sin excitar la curiosidad de Concepci\u00f3n. Durante el d\u00eda la encontr\u00e9 como siempre, natural, benigna, sin nada que hiciera recordar la charla de la v\u00edspera. Para A\u00f1o Nuevo fui a Mangaratiba. Cuando regres\u00e9 a R\u00edo de Janeiro, en marzo, el escribano hab\u00eda muerto de una apoplej\u00eda. Concepci\u00f3n viv\u00eda en Engenho Novo, pero no la visit\u00e9, ni me la encontr\u00e9. M\u00e1s tarde escuch\u00e9 que se hab\u00eda casado con el escribiente sucesor de su marido.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento de Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908), maestro de la narrativa de Brasil.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13142,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,25,188,192,311,2855,398,467],"class_list":["post-293","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-escritores","tag-escritores-brasilenos","tag-escritores-en-lengua-portuguesa","tag-joaquim-maria-machado-de-assis","tag-literatura","tag-misa-de-gallo","tag-realismo"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2008\/04\/010d31a5928249799288e12235882d98.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-4J","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/293","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=293"}],"version-history":[{"count":11,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/293\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13143,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/293\/revisions\/13143"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13142"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=293"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=293"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=293"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}