{"id":2890,"date":"2009-04-19T23:48:35","date_gmt":"2009-04-20T04:48:35","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=2890"},"modified":"2016-12-10T15:14:48","modified_gmt":"2016-12-10T21:14:48","slug":"unidad-de-cuidados-intensivos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/unidad-de-cuidados-intensivos\/","title":{"rendered":"Unidad de cuidados intensivos"},"content":{"rendered":"<p>Hoy, hace poco m\u00e1s de medio d\u00eda, muri\u00f3 <a href=\"http:\/\/www.ballardian.com\/\">James Graham Ballard<\/a>, autor brit\u00e1nico nacido en 1930. La noticia est\u00e1 dando ahora mismo la vuelta al mundo: muchos lo conocieron por primera vez gracias a <em>Imperio del sol<\/em>, la pel\u00edcula de Steven Spielberg basada en su novela del mismo t\u00edtulo (la historia de los tres a\u00f1os que &#8211;de ni\u00f1o, durante la Segunda Guerra Mundial&#8211; Ballard pas\u00f3 en un campo de concentraci\u00f3n japon\u00e9s) y muchos m\u00e1s lo recordaremos por el conjunto de su obra, una de las m\u00e1s visionarias escritas durante los \u00faltimos cincuenta a\u00f1os.<\/p>\n[fusion_builder_container hundred_percent=\u00bbyes\u00bb overflow=\u00bbvisible\u00bb][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=\u00bb1_1&#8243; background_position=\u00bbleft top\u00bb background_color=\u00bb\u00bb border_size=\u00bb\u00bb border_color=\u00bb\u00bb border_style=\u00bbsolid\u00bb spacing=\u00bbyes\u00bb background_image=\u00bb\u00bb background_repeat=\u00bbno-repeat\u00bb padding=\u00bb\u00bb margin_top=\u00bb0px\u00bb margin_bottom=\u00bb0px\u00bb class=\u00bb\u00bb id=\u00bb\u00bb animation_type=\u00bb\u00bb animation_speed=\u00bb0.3&#8243; animation_direction=\u00bbleft\u00bb hide_on_mobile=\u00bbno\u00bb center_content=\u00bbno\u00bb min_height=\u00bbnone\u00bb]<figure id=\"attachment_2880\" aria-describedby=\"caption-attachment-2880\" style=\"width: 380px\" class=\"wp-caption alignnone\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/04\/jg_ballard_cages.jpg\" alt=\"J. G. Ballard [tomada de colourofmemory.wordpress.com]\" title=\"J. G. Ballard\" width=\"380\" height=\"379\" class=\"size-full wp-image-2880\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-2880\" class=\"wp-caption-text\">J. G. Ballard (tomada de colourofmemory.wordpress.com)<\/figcaption><\/figure>\n<p>Pocos autores crean una obra tan inconfundible que sus propios nombres llegan a identificar un estilo, un estado de \u00e1nimo, un conjunto de preocupaciones o de ideas: lo <em>ballardiano<\/em> es, desde hace muchos a\u00f1os, una categor\u00eda perfectamente reconocible. Varias de sus novelas (entre ellas, adem\u00e1s de <em>Imperio del sol<\/em>, destacan <em>Rascacielos, El mundo sumergido, Crash, La isla de cemento, La exhibici\u00f3n de atrocidades, Noches de coca\u00edna&#8230;<\/em>) son ya imprescindibles: reflexiones certeras y agud\u00edsimas, sin ninguna concesi\u00f3n, sobre el mundo occidental de la posguerra, y en particular sobre nuestras obsesiones con la tecnolog\u00eda, la evoluci\u00f3n de nuestra sexualidad, nuestro culto cada vez m\u00e1s feroz a la fama y al dinero. <\/p>\n<p>Este cuento, junto con otros del autor, es tambi\u00e9n de esas visiones tremendas, en especial porque no se trata de una \u00abadvertencia\u00bb, de una pr\u00e9dica como las habituales en muchos autores de ficci\u00f3n especulativa. No juzga: muestra, y el mundo que muestra, en apariencia \u00abdistinto\u00bb, termina por reflejar nuestra vida actual con mucha m\u00e1s precisi\u00f3n de la que, muchas veces, estamos dispuestos a aceptar de un texto literario. Como muchos otros de sus personajes, los de esta historia pueden parecernos habitantes de un infierno tecnol\u00f3gico (de una distop\u00eda o antiutop\u00eda al modo de <em>Un mundo feliz<\/em> o <em>1984<\/em>)&#8230;, pero hay que prestar atenci\u00f3n al tono del narrador: ninguno de ellos se da cuenta.<\/p>\n<p>\u00abUnidad de cuidados intensivos\u00bb (\u00abIntensive Care Unit\u00bb), proviene del libro <em>Mitos del futuro pr\u00f3ximo<\/em> (1982).<\/p>\n<p><strong>UNIDAD DE CUIDADOS INTENSIVOS<br \/>\nJ. G. Ballard<\/strong><\/p>\n<p>Dentro de unos pocos minutos comenzar\u00e1 el pr\u00f3ximo ataque. Ahora que por primera vez me rodean todos los miembros de mi familia parece muy indicado que se realice una grabaci\u00f3n completa de un hecho tan \u00fanico. Aqu\u00ed tendido &#8211;pudiendo apenas respirar, la boca llena de sangre y cada temblor de mis manos reflejado en el atento ojo de la c\u00e1mara que est\u00e1 a dos metros de distancia&#8211;, comprendo que a muchos les parecer\u00e1 curioso el tema que he elegido. Esta pel\u00edcula ser\u00e1, en todos los sentidos, el producto \u00faltimo del cine dom\u00e9stico, y s\u00f3lo espero que quien lo vea reciba una idea del inmenso afecto que siento por mi esposa, y por mi hijo y mi hija, y del afecto que ellos, a su manera \u00fanica, sienten por m\u00ed. Ha pasado media hora desde la explosi\u00f3n, y en esta sala antes tan elegante reina el silencio. Yo estoy tendido en el suelo, al lado del sof\u00e1, mirando la c\u00e1mara instalada fuera de mi alcance en el cielo raso, sobre mi cabeza. En esta inquietante calma, interrumpida s\u00f3lo por la suave respiraci\u00f3n de mi esposa y por el movimiento irregular de mi hijo sobre la alfombra, veo que casi todo lo que he armado con tanto cari\u00f1o durante los \u00faltimos a\u00f1os ha sido destruido. Mi S\u00e8vres est\u00e1 en la chimenea, roto en mil pedazos, los rollos de Hokusai perforados en una docena de sitios. Pero a pesar del extenso da\u00f1o todav\u00eda se puede reconocer a esta escena como la escena de una reuni\u00f3n familiar, aunque de caracter\u00edsticas un tanto especiales.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi hijo David se agazapa a los pies de la madre y apoya la barbilla en la alfombra persa despedazada; una serie de manchas, las huellas que ha dejado con las manos, se\u00f1ala su lento avance. De tanto en tanto, cuando levanta la cabeza, veo que sigue vivo. Sus ojos me miran, calculando la distancia que nos separa y el tiempo que tardar\u00e1 en llegar a m\u00ed. Su hermana Karen est\u00e1 a poco m\u00e1s de un brazo de distancia, tendida al lado de la ca\u00edda l\u00e1mpara de pie entre el sof\u00e1 y la chimenea, pero no le presta atenci\u00f3n. A pesar del miedo, siento que me colma de orgullo el hecho de que haya dejado a la madre y haya emprendido ese inmenso viaje hasta m\u00ed. Preferir\u00eda, por su propio bien, que se quedase quieto y conservase las pocas fuerzas y tiempo que le quedan, pero avanza con toda la determinaci\u00f3n que puede mostrar su cuerpo de siete a\u00f1os.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi esposa Margaret, sentada en el sill\u00f3n que mira hacia donde estoy yo, levanta la mano como para hacer una confusa advertencia y luego la deja caer fl\u00e1ccidamente en el embadurnado apoyabrazo color damasco. Distorsionada por la mancha de l\u00e1piz labial, la breve sonrisa que me otorga podr\u00eda parecerle ir\u00f3nica y hasta amenazadora al espectador casual de esta pel\u00edcula, pero yo simplemente vuelvo a quedar impresionado por su notable belleza. Mientras la miro, aliviado de que probablemente no vuelva a levantarse nunca m\u00e1s del sill\u00f3n, pienso en nuestro primer encuentro diez a\u00f1os atr\u00e1s, tambi\u00e9n, como ahora, bajo la mirada ben\u00e9vola de la c\u00e1mara de televisi\u00f3n.<\/p>\n<p>La idea ins\u00f3lita, por no decir il\u00edcita, de encontrarme efectivamente en persona con mi mujer y con mis hijos se me hab\u00eda ocurrido tres meses antes, durante uno de nuestros prolongados desayunos familiares. Desde los primeros d\u00edas de nuestro matrimonio las ma\u00f1anas de domingo siempre hab\u00edan sido especialmente gratas. Estaban los placeres del desayuno en la cama, de comentar los peri\u00f3dicos y todo lo que hab\u00eda ocurrido durante la semana. Despu\u00e9s de sintonizar nuestro canal privado, Margaret y yo hac\u00edamos el amor, celebrando la profunda paz de nuestros lechos conyugales. Luego ll\u00e1mabamos a los ni\u00f1os y mir\u00e1bamos como jugaban en sus cuartos, y quiz\u00e1 los sorprend\u00edamos con la promesa de una visita al parque o al circo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Todas esas actividades, desde luego, al igual que nuestra propia vida familiar, se las deb\u00edamos a la televisi\u00f3n. En esa \u00e9poca ni yo ni nadie hab\u00eda so\u00f1ado con la posibilidad de encontrarse con otro personalmente. En realidad exist\u00edan todav\u00eda, aunque casi nunca se las invocaba, ordenanzas antiqu\u00edsimas que lo imped\u00edan: encontrarse cara a cara con otro ser humano era un delito punible (ante todo, y por razones que entonces no pude entender, encontrarse con un miembro de la propia familia, tal vez como parte de un antiguo sistema de tab\u00faes de incesto). Mi propia crianza, mi educaci\u00f3n y mi ejercicio de la medicina, mi noviazgo con Margaret y nuestro feliz matrimonio, todo ocurri\u00f3 dentro del generoso rect\u00e1ngulo de la pantalla del televisor. Naturalmente, de la inseminacion de Margaret se ocup\u00f3 AID y, como todos los ni\u00f1os, el \u00fanico contacto que David y Karen tuvieron con su madre fue durante su breve vida uterina. Eso, no hace falta decirlo, enriquec\u00eda inmensamente, en todo sentido, la experiencia humana. De ni\u00f1o me hab\u00eda criado en el jard\u00edn de infantes del hospital, ahorr\u00e1ndome as\u00ed todos los peligros psicol\u00f3gicos de una vida familiar f\u00edsicamente \u00edntima (para no mencionar los riesgos, est\u00e9ticos y no est\u00e9ticos, de una higiene dom\u00e9stica compartida). Pero lejos de estar aislado, me encontraba rodeado de compa\u00f1\u00eda. En la televisi\u00f3n nunca estaba solo. En mi cuarto me entreten\u00eda durante horas jugando alegremente con mis padres, que me miraban desde la comodidad de sus casas y alimentaban mi pantalla con un sinn\u00famero de juegos de video, dibujos animados, documentales sobre la vida silvestre y seriales de sagas familiares que en conjunto me abrieron el mundo. Mis cinco a\u00f1os de estudiante de medicina pasaron sin que necesitase nunca ver a un paciente en persona. Adquir\u00ed mi experiencia sobre anatom\u00eda y fisiolog\u00eda en la pantalla del ordenador. T\u00e9cnicas avanzadas de diagn\u00f3stico y de cirug\u00eda eliminaban toda necesidad de contacto directo con una enfermedad org\u00e1nica. La c\u00e1mara, con sus exploradores de rayos infrarrojos y de rayos X, sus instrumentos de diagn\u00f3stico computerizados, descubr\u00edan mucho m\u00e1s que cualquier ojo humano solo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Quiz\u00e1 yo fuese especialmente experto en el manejo de esos complejos teclados y sistemas &#8211;una sensibilidad en la punta de los dedos que era el equivalente moderno de las habilidades operatorias del cirujano cl\u00e1sico&#8211; pero al llegar a los treinta a\u00f1os ya ejerc\u00eda la medicina cl\u00ednica con notable prosperidad. Liberados de la necesidad de visitar mi quir\u00f3fano en persona, mis pacientes simplemente discaban el n\u00famero de mi pantalla de televisi\u00f3n. La selecci\u00f3n de esas llamadas que recib\u00eda &#8211;el tacto para despedirme de un ama de casa menop\u00e1usica y atender a continuaci\u00f3n a un ni\u00f1o disent\u00e9rico, sin olvidarme de recibir por separado la consulta de los angustiados padres&#8211; demandaba una considerable dosis de talento, ante todo porque los propios pacientes compart\u00edan esas habilidades. Por lo general los pacientes m\u00e1s neur\u00f3ticos los superaban ampliamente, present\u00e1ndose con t\u00e9cnicas de montaje desarticulado, efectos agresivos de c\u00e1maras y pantallas de imagen m\u00faltiple que iban mucho m\u00e1s all\u00e1 de los peores excesos del cine experimental. Mi primer encuentro con Margaret tuvo lugar cuando ella me llam\u00f3 durante una atareada ma\u00f1ana de operaciones. Al echar una mirada a lo que todav\u00eda se conoc\u00eda con nostalgia como \u00absala de espera\u00bb &#8211;la muestra visual donde se proyectaban breves perfiles f\u00edlmicos de los pacientes del d\u00eda&#8211; habr\u00eda com\u00fanmente postergado para el d\u00eda siguiente a cualquier paciente que se hubiese presentado sin una cita. Pero me sent\u00ed inmediatamente impresionado, primero por la edad de esa joven &#8211;parec\u00eda andar cerca de los treinta&#8211; y luego por su notable palidez. Bajo un pelo rubio cortado casi al rape, los ojos pocos brillantes y la boca delgada ocupaban un rostro casi ceniciento. Comprend\u00ed que, a diferencia de lo que ocurr\u00eda conmigo y con todos los dem\u00e1s, ella no usaba maquillaje para las c\u00e1maras. Eso explicaba tanto sus fr\u00edgidos tonos cut\u00e1neos como su apariencia poco juvenil: en la televisi\u00f3n, gracias al maquillaje, se hab\u00edan desterrado para siempre las crueles divisiones cronol\u00f3gicas, y todo el mundo ten\u00eda veintid\u00f3s a\u00f1os, fuera cual fuese su edad verdadera. Debe haber sido esa ausencia de maquillaje lo que sembr\u00f3 la idea de conocer a Margaret en persona, una idea que florecer\u00eda diez a\u00f1os m\u00e1s tarde con consecuencias tan devastadoras. Intrigado por su apariencia inclasificable, desech\u00e9 a los otros pacientes e inici\u00e9 nuestra consulta. Me dijo que era masajista, y luego de un pe\u00e1mbulo cort\u00e9s me plante\u00f3 su problema. Hac\u00eda meses que andaba preocupada por un peque\u00f1o bulto en el pecho izquierdo que, sospechaba, pod\u00eda ser canceroso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ensay\u00e9 una respuesta tranquilizadora, y le dije que la examinar\u00eda. En ese momento, sin advertencia, se inclin\u00f3 hacia adelante, desaboton\u00f3 la camisa y mostr\u00f3 el pecho. Sobresaltado, mir\u00e9 ese \u00f3rgano inmenso, de por lo menos sesenta cent\u00edmetros de di\u00e1metro, que ocupaba toda la pantalla de mi televisor. Un c\u00f3digo casi victoriano de \u00e9tica visual gobernaba la relaci\u00f3n m\u00e9dico\/paciente, lo mismo que todo otro v\u00ednculo social. Ning\u00fan m\u00e9dico ve\u00eda jam\u00e1s a sus pacientes desnudos, y el sitio de cualquier dolencia \u00edntima era siempre indicado por el paciente mediante diagramas. Hasta entre las parejas casadas la exposici\u00f3n parcial de los cuerpos era una relativa rareza, y los \u00f3rganos sexuales permanec\u00edan velados detr\u00e1s de los filtros m\u00e1s vaporosos, o se alud\u00eda a ellos t\u00edmidamente mediante el intercambio de dibujos. Desde luego, funcionaba un canal pornogr\u00e1fico clandestino, y prostitutas de ambos sexos ofrec\u00edan su mercader\u00eda, pero ni siquiera las m\u00e1s caras aparecer\u00edan en vivo, sino que se cambiaban por una tira de pel\u00edcula pregrabada que las mostraba en el momento del cl\u00edmax.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esas admirables convenciones eliminaban todos los peligros del enredo personal, y esa liberadora ausencia de afecto permit\u00eda a todos los que as\u00ed lo deseasen explorar el espectro m\u00e1s completo de posibilidades sexuales, y preparaba el terreno para el d\u00eda en que todos pudiesen disfrutar sin culpa de las perversidades y hasta de las psicopatolog\u00edas sexuales.<br \/>\nMientras miraba el pecho y el pez\u00f3n enormes, con sus geometr\u00edas inexorables, decid\u00ed que la mejor manera de tratar a esa joven de franqueza tan exc\u00e9ntrica era pasar por alto el hecho de que se hubiese apartado de la convenci\u00f3n. Despu\u00e9s que el examen infrarrojo confirm\u00f3 que el n\u00f3dulo que se sospechaba canceroso era en realidad un quiste benigno se aboton\u00f3 la camisa y dijo:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Es un alivio. Ll\u00e1meme, doctor, si alguna vez necesita un curso de masajes. Me encantar\u00eda devolverle el favor.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aunque ella todav\u00eda me intrigaba, yo ya iba a pasar los cr\u00e9ditos dando por concluida esa extra\u00f1a consulta cuando su oferta casual anid\u00f3 en mi cabeza. Curioso por verla de nuevo, arregl\u00e9 una entrevista para la semana siguiente.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin darme cuenta, yo ya hab\u00eda empezado a cortejar a esa joven ins\u00f3lita. La noche de la cita casi sospech\u00e9 que era una especie de prostituta novicia. Sin embargo, mientras estaba tendido en el canap\u00e9 de mi sauna, discretamente vestido, manipulando mi cuerpo seg\u00fan las instrucciones de Margaret, no hubo el menor indicio de lascivia. Durante las noches siguientes nunca detect\u00e9 un solo rastro de conciencia sexual, aunque a veces, mientras hac\u00edamos juntos los ejercicios, mostr\u00e1bamos al otro bastante m\u00e1s de nuestros cuerpos que muchas parejas casadas. Margaret, comprend\u00ed, era una mujer imp\u00fadica, una de esas raras personas sin sentido de la timidez y con poca conciencia de las emociones lujuriosas que pueden despertar en los dem\u00e1s.<br \/>\nNuestro cortejo entr\u00f3 en una fase m\u00e1s formal. Comenzamos a salir juntos&#8230; quiero decir que compart\u00edamos las mismas pel\u00edculas en la televisi\u00f3n, visit\u00e1bamos los mismos teatros y las mismas salas de concierto, mir\u00e1bamos las mismas comidas preparadas en restaurantes, todo dentro de la comodidad de nuestras respectivas casas. En realidad, a esa altura yo no ten\u00eda la menor idea de d\u00f3nde viv\u00eda Margaret, si a diez o a mil kil\u00f3metros de donde yo estaba. Disimuladamente al principio, intercambiamos viejas pel\u00edculas de nosotros mismos, de la infancia y de la escuela, de nuestros sitios de temporada favoritos en el extranjero.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Seis meses m\u00e1s tarde nos casamos, en una espl\u00e9ndida ceremonia realizada en la capilla m\u00e1s exclusiva de los estudios. Asistieron m\u00e1s de doscientos invitados, y condujo la ceremonia un sacerdote famoso por su dominio de la t\u00e9cnica de la pantalla de imagen m\u00faltiple. Se proyectaron contra el interior de una catedral pel\u00edculas pregrabadas de Margaret y de m\u00ed tomadas por separado en nuestras propias salas de estar, y se nos mostr\u00f3 caminando juntos por un inmenso pasillo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Para la luna de miel fuimos a Venecia. Compartimos con alegr\u00eda las vistas panor\u00e1micas de las multitudes en la Plaza San Marcos, y miramos los Tintorettos en la Escuela de la Academia. Nuestra noche de bodas fue un triunfo del arte de la direcci\u00f3n de c\u00e1maras. Acostados en nuestras respectivas camas (Margaret estaba en realidad unos cincuenta kil\u00f3metros al sur de donde estaba yo, en un complejo de enormes edificios de departamentos), cortej\u00e9 a Margaret con una serie de movimientos de c\u00e1mara cada vez m\u00e1s atrevidos, que ella contestaba de un modo dulcemente provocativo disolviendo y borrando t\u00edmidamente la imagen. Cuando nos desvestimos y nos mostramos el uno al otro las pantallas se fundieron en un \u00faltimo y amn\u00e9sico primer plano&#8230; <\/p>\n<p>Desde el principio hicimos una hermosa pareja, compartiendo todos nuestros intereses, pasando m\u00e1s tiempo juntos en la pantalla que ninguna pareja conocida. A su debido tiempo, mediante AID, fue concebida y naci\u00f3 Karen, y poco despu\u00e9s de su segundo cumplea\u00f1os en al jard\u00edn de infantes residencial se le agreg\u00f3 David.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Siguieron otros siete a\u00f1os de felicidad dom\u00e9stica. Durante ese per\u00edodo me labr\u00e9 una notable reputaci\u00f3n como pediatra de ideas avanzadas por mi defensa de la vida familiar: esa unidad fundamental, como yo dec\u00eda, de cuidados intensivos. Insist\u00eda reiteradamente en que se instalasen m\u00e1s c\u00e1maras en las casas de integrantes de familias, y provoqu\u00e9 una vigorosa pol\u00e9mica al sugerir que las familias deb\u00edan ba\u00f1arse juntas, andar desnudas sin verg\u00fcenza por sus respectivos dormitorios, y hasta que los padres deber\u00edan asistir (aunque no en primer plano) al nacimiento de sus hijos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fue durante un agradable desayuno familiar compartido que se me ocurri\u00f3 la extraordinaria idea que cambiar\u00eda tan dram\u00e1ticamente nuestras vidas. Yo miraba la imagen de Margaret en la pantalla, disfrutando de la belleza de la m\u00e1scara cosm\u00e9tica que usaba ahora; esa m\u00e1scara, que se volv\u00eda m\u00e1s gruesa y m\u00e1s trabajada a medida que pasaban los a\u00f1os, la hac\u00eda parecer cada vez m\u00e1s joven. Yo gozaba de la manera elegantemente estilizada en que nos present\u00e1bamos ahora al otro: por fortuna hab\u00edamos pasado de la seriedad de Bergman y de los amaneramientos f\u00e1ciles de Fellini y Hitchcock a la serenidad cl\u00e1sica y a la sutileza de Ren\u00e9 Clair y Max Ophuls, aunque los ni\u00f1os, con su pasi\u00f3n por la c\u00e1mara de mano, se parec\u00edan a otras tantas miniaturas de Godard.<br \/>\nRecordando la manera brusca en que Margaret se me hab\u00eda mostrado la primera vez, comprend\u00ed que la prolongaci\u00f3n l\u00f3gica de esa franqueza &#8211;sobre la que yo efectivamente hab\u00eda edificado mi carrera&#8211; era que todos nos encontr\u00e1semos en persona. Durante toda mi vida, reflexion\u00e9, yo nunca hab\u00eda visto, y mucho menos tocado, otro ser humano. \u00bfQui\u00e9nes mejor, para empezar, que mi propia mujer e hijos?<br \/>\nLe propuse la idea a Margaret con vacilaci\u00f3n, y me encant\u00f3 que aceptase.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;\u00a1Qu\u00e9 idea extra\u00f1a, y maravillosa! \u00bfPor qu\u00e9 diablos no se le habr\u00e1 ocurrido a nadie antes?<br \/>\nDecidimos instant\u00e1neamente que la arcaica prohibici\u00f3n de encontrarse con otro ser humano s\u00f3lo merec\u00eda que no se le hiciese caso. <\/p>\n<p>Desdichadamente, por razones que no entend\u00ed en el momento, nuestro primer encuentro no fue un \u00e9xito. Para no confundir a los ni\u00f1os, limitamos deliberadamente el primer encuentro a nosotros dos. Recuerdo los d\u00edas de espera mientras hac\u00edamos los preparativos para el viaje de Margaret, una empresa bastante complicada dado que la gente casi nunca viajaba si no era a la velocidad de la se\u00f1al de televisi\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Una hora antes que ella llegase desconect\u00e9 las complejas precauciones de seguridad que sellaban mi casa protegi\u00e9ndola del mundo exterior, las se\u00f1ales de alarma electr\u00f3nicas, las rejas de acero y las puertas herm\u00e9ticas.<br \/>\nPor fin son\u00f3 el timbre. Desde la puerta interior de la sala de entrada solt\u00e9 los pestillos magn\u00e9ticos de la puerta principal. Unos segundos m\u00e1s tarde entr\u00f3 en la sala la figura de una mujer peque\u00f1a, de hombros estrechos. Aunque estaba a m\u00e1s de ocho metros de distancia la vi con claridad, pero casi no logr\u00e9 darme cuenta de que \u00e9sa era la mujer con la que hab\u00eda estado casado durante diez a\u00f1os.<br \/>\nNinguno de nosotros llevaba maquillaje. Sin la m\u00e1scara cosm\u00e9tica, el rostro de Margaret parec\u00eda p\u00e1lido y enfermizo, y los movimientos de sus manos blancas eran nerviosos e inseguros. Me impresion\u00f3 lo avanzado de su edad y, ante todo, su peque\u00f1ez. Durante a\u00f1os hab\u00eda conocido a Margaret como un inmenso primer plano en una u otra de las enormes pantallas de televisi\u00f3n de la casa. Hasta en las tomas de cierta distancia sol\u00eda ser m\u00e1s grande que esa mujer encorvada y diminuta que vacilaba en el extremo de la sala. Me costaba creer que alguna vez me hubiesen excitado esos pechos vac\u00edos y esos muslos estrechos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Avergonzados el uno del otro, nos quedamos sin hablar en los dos extremos de la sala. Sab\u00eda por la expresi\u00f3n de Margaret que ella estaba tan sorprendida de mi aspecto como yo del de ella. Por a\u00f1adidura, hab\u00eda en su mirada un aire curiosamente penetrante, un elemento casi de hostilidad que yo no hab\u00eda visto nunca antes.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin pensar, busqu\u00e9 con la mano el picaporte de la puerta interior. Margaret ya hab\u00eda regresado a la entrada, como si temiera que yo fuese a encerrarla para siempre en la sala. Antes que yo pudiese hablarle ella hab\u00eda dado media vuelta y desaparecido.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s que ella se fue prob\u00e9 con cuidado las cerraduras de la puerta principal. Alrededor de la entrada flotaba un olor suave y no del todo agradable. <\/p>\n<p>Luego de ese primer encuentro frustrado Margaret y yo volvimos a la pac\u00edfica felicidad de la vida conyugal. Tanto me alivi\u00f3 verla en la pantalla que me cost\u00f3 creer que de verdad nos hab\u00edamos encontrado. Ninguno de los dos habl\u00f3 del desastre, ni de las desagradables emociones que nuestro breve encuentro hab\u00eda inspirado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Durante los d\u00edas siguientes reflexion\u00e9 dolorosamente sobre la experiencia. Lejos de unirnos, el encuentro nos hab\u00eda separado. Ahora sab\u00eda que la aut\u00e9ntica proximidad era la proximidad de la televisi\u00f3n: la intimidad de la lente que nos acercaba, el micr\u00f3fono de corbata, el mismo primer plano. En la pantalla del televisor no hab\u00eda olores corporales ni respiraci\u00f3n forzada, no hab\u00eda contracciones de la pupila ni reflejos faciales, no hab\u00eda juicios mutuos sobre las emociones ni superioridades, no hab\u00eda desconfianza ni inseguridad. El afecto y la compasi\u00f3n exig\u00edan distancia. S\u00f3lo a la distancia pod\u00eda uno encontrar esa verdadera cercan\u00eda con otro ser humano que, con buena voluntad, quiz\u00e1 llegase a transformarse en amor. <\/p>\n<p>Sin embargo, arreglamos un inevitable segundo encuentro. Todav\u00eda no entiendo por qu\u00e9 lo hicimos, pero a ambos parec\u00edan empujarnos esos mismos motivos de curiosidad y desconfianza que aparentemente m\u00e1s tem\u00edamos. Hablando todo tranquilamente con Margaret me enter\u00e9 de que ella hab\u00eda sentido hacia m\u00ed la misma aversi\u00f3n que yo hab\u00eda sentido hacia ella, la misma oscura hostilidad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Decidimos que al siguiente encuentro llevar\u00edamos a los ni\u00f1os, y que usar\u00edamos todos maquillaje e imitar\u00edamos lo m\u00e1s fielmente posible nuestro comportamiento de la pantalla. As\u00ed que tres meses m\u00e1s tarde Margaret y yo, David y Karen, esa unidad de cuidados intensivos, nos juntamos por primera vez en mi sala de estar. <\/p>\n<p>Karen se est\u00e1 moviendo. Ha girado sobre el soporte de la l\u00e1mpara de pie y ahora tengo su cuerpo de frente, sobre la alfombra manchada de sangre, tan desnudo como cuando se desvisti\u00f3 delante de m\u00ed. Ese acto provocativo, quiz\u00e1 destinado a despertar alguna fantas\u00eda incestuosa enterrada en la mente del padre, desat\u00f3 la explosi\u00f3n de violencia que nos ha dejado ensangrentados y exhaustos en las ruinas de mi sala de estar. A pesar de las heridas que tiene en el cuerpo, las magulladuras que le deforman los pechos diminutos, me recuerda la <em>Olympia <\/em>de Manet, tal vez pintada unas horas despu\u00e9s de la visita de un cliente psic\u00f3tico.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Margaret tambi\u00e9n observa a su hija. Sentada, inclinada hacia adelante, enfrenta a Karen con una mirada que es a la vez posesiva y amenazadora. Fuera de una breve embestida a mis test\u00edculos, no me ha prestado atenci\u00f3n. Por alg\u00fan motivo las dos mujeres se han elegido mutuamente como blanco principal, as\u00ed como David ha volcado toda su hostilidad sobre m\u00ed. No esperaba que tuviese las tijeras en la mano la primera vez que lo abofete\u00e9. Ahora lo tengo a s\u00f3lo unos pocos cent\u00edmetros de distancia, dispuesto a lanzar el ataque final. Por alguna causa pareci\u00f3 indignarlo especialmente la exhibici\u00f3n de ositos de felpa que hab\u00eda montado para \u00e9l con tanto cuidado, y por todo el piso se ven jirones de esos animales despedazados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Afortunadamente ahora puedo respirar con un poco m\u00e1s de libertad. Muevo la cabeza para observar la c\u00e1mara del cielo raso y a mis concombatientes. En conjunto presentamos un aspecto grotesco. El grueso maquillaje de televisi\u00f3n que todos decidimos usar se ha disuelto formando una serie de extravagantes m\u00e1scaras de carnaval.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De todos modos estamos juntos al fin, y mi afecto hacia ellos supera esos peque\u00f1os problemas de acomodamiento mutuo. En cuanto llegaron, la magulladura en la cabeza de mi hijo y los o\u00eddos sangrantes de mi mujer denunciaron el estallido de una refriega potencialmente mortal. Sab\u00eda que ser\u00eda un tiempo de prueba. Pero al menos estamos empezando, sentando modestamente la posibilidad de una nueva clase de vida familiar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Todo el mundo respira con m\u00e1s fuerza, y no hay duda de que el ataque comenzar\u00e1 dentro de un minuto. Veo las tijeras ensangrentadas en la mano de mi hijo, y recuerdo el dolor de cuando me las clav\u00f3. Me acomodo contra el sof\u00e1, preparado para patearlo en la cara. En el brazo derecho quiz\u00e1 tengo fuerzas suficientes para v\u00e9rmelas con quien sobreviva del enfrentamiento final entre mi mujer y mi hija. Sonri\u00e9ndoles cari\u00f1osamente, con la rabia espes\u00e1ndome la sangre en la garganta, s\u00f3lo soy consciente de mis sentimientos de infinito amor. <\/p>\n[\/fusion_builder_column][fusion_builder_column type=\u00bb1_1&#8243; background_position=\u00bbleft top\u00bb background_color=\u00bb\u00bb border_size=\u00bb\u00bb border_color=\u00bb\u00bb border_style=\u00bbsolid\u00bb spacing=\u00bbyes\u00bb background_image=\u00bb\u00bb background_repeat=\u00bbno-repeat\u00bb padding=\u00bb\u00bb margin_top=\u00bb0px\u00bb margin_bottom=\u00bb0px\u00bb class=\u00bb\u00bb id=\u00bb\u00bb animation_type=\u00bb\u00bb animation_speed=\u00bb0.3&#8243; animation_direction=\u00bbleft\u00bb hide_on_mobile=\u00bbno\u00bb center_content=\u00bbno\u00bb min_height=\u00bbnone\u00bb][Traducci\u00f3n de Marcial Souto]\n[\/fusion_builder_column][\/fusion_builder_row][\/fusion_builder_container]\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento y un obituario de J. G. Ballard (1930-2009).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13293,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[99,22,2343,25,1207,2917,2365,1028,1265,2855,2291,10,418,1267],"class_list":["post-2890","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-ciencia-ficcion","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores","tag-escritores-britanicos","tag-escritores-del-reino-unido","tag-escritores-en-ingles","tag-escritores-en-lengua-inglesa","tag-j-g-ballard","tag-literatura","tag-literatura-de-imaginacion","tag-novela","tag-obituarios","tag-unidad-de-cuidados-intensivos"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/04\/41UNFfG0vqL._UX250_.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-KC","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2890","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=2890"}],"version-history":[{"count":17,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2890\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13368,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2890\/revisions\/13368"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13293"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=2890"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=2890"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=2890"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}