{"id":2282,"date":"2009-02-20T02:49:03","date_gmt":"2009-02-20T08:49:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=2282"},"modified":"2016-12-10T12:59:08","modified_gmt":"2016-12-10T18:59:08","slug":"el-extrano-caso-de-benjamin-button","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-extrano-caso-de-benjamin-button\/","title":{"rendered":"El extra\u00f1o caso de Benjamin Button"},"content":{"rendered":"<p><em>Carlos Ram\u00f3n Morales, amigo de mucho tiempo, enlaz\u00f3 desde su blog <a href=\"http:\/\/lelrufianmelancolico.blogspot.com\"><em>Las opiniones del Rufi\u00e1n Melanc\u00f3lico<\/em><\/a> (excelente, por lo dem\u00e1s) a una copia del cuento de <a href=\"http:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/F._Scott_Fitzgerald\">F. Scott Fitzgerald<\/a> en el que se basa, aunque con muchas libertades y cambios de tono, la pel\u00edcula de David Fincher. Me tomo la libertad de reproducirlo aqu\u00ed: proviene de la edici\u00f3n de los <\/em>Cuentos completos<em> de Fitzgerald publicada por Alfaguara, en traducci\u00f3n de Justo Navarro. <a href=\"http:\/\/lelrufianmelancolico.blogspot.com\/2009\/01\/el-curioso-caso-de-david-fincher.html\">En esta p\u00e1gina<\/a> est\u00e1 el comentario de Carlos sobre el libro y la pel\u00edcula: aqu\u00ed agrego solamente que el texto deja ver, como los grandes de Fitzgerald, su gran capacidad de observaci\u00f3n y a la vez su habilidad para comunicar, en sus relaciones de lo que mira, mucho m\u00e1s que lo evidente. Si bien la premisa inicial es menos fant\u00e1stica que grotesca, \u00abEl extra\u00f1o caso de Benjamin Button\u00bb es una s\u00e1tira social o un cuadro de costumbres, pero tambi\u00e9n es algo m\u00e1s: por lo menos, el tono de la conclusi\u00f3n alude a algo m\u00e1s extra\u00f1o, tal vez cercano al sentimentalismo de la pel\u00edcula de Fincher&#8230; o tal vez no.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/1000509261001_1852200003001_BIO-Biography-38-American-Authors-F-Scott-Fitzgerald-SF.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13288\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-extrano-caso-de-benjamin-button\/1000509261001_1852200003001_bio-biography-38-american-authors-f-scott-fitzgerald-sf\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/1000509261001_1852200003001_BIO-Biography-38-American-Authors-F-Scott-Fitzgerald-SF.jpg\" data-orig-size=\"768,432\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"F. Scott Fitzgerald\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/1000509261001_1852200003001_BIO-Biography-38-American-Authors-F-Scott-Fitzgerald-SF.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/1000509261001_1852200003001_BIO-Biography-38-American-Authors-F-Scott-Fitzgerald-SF-300x169.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"169\" class=\"aligncenter size-medium wp-image-13288\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/1000509261001_1852200003001_BIO-Biography-38-American-Authors-F-Scott-Fitzgerald-SF-300x169.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/1000509261001_1852200003001_BIO-Biography-38-American-Authors-F-Scott-Fitzgerald-SF.jpg 768w\" sizes=\"auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a><\/p>\n<p>El cuento se public\u00f3 por primera vez en 1921 en la revista <\/em>Collier&#8217;s<em>; al a\u00f1o siguiente, apareci\u00f3 en la colecci\u00f3n<\/em> Cuentos de la era del jazz.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"2286\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-extrano-caso-de-benjamin-button\/jazz-age1\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/jazz-age1.jpg\" data-orig-size=\"450,563\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"jazz-age1\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/jazz-age1.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/jazz-age1.jpg\" alt=\"Portada de una edici\u00f3n de Cuentos de la era del jazz\" title=\"Portada de una edici\u00f3n de Cuentos de la era del jazz\" width=\"450\" height=\"563\" class=\"alignnone size-full wp-image-2286\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/jazz-age1.jpg 450w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/jazz-age1-239x300.jpg 239w\" sizes=\"auto, (max-width: 450px) 100vw, 450px\" \/><\/p>\n<p><strong>EL EXTRA\u00d1O CASO DE BENJAMIN BUTTON<br \/>\nFrancis Scott Fitzgerald<\/p>\n<p>I. <\/strong><br \/>\nHasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, seg\u00fan me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del reci\u00e9n nacido deben ser emitidos en la atm\u00f3sfera as\u00e9ptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. As\u00ed que el se\u00f1or y la se\u00f1ora Button se adelantaron cincuenta a\u00f1os a la moda cuando decidieron, un d\u00eda de verano de 1860, que su primer hijo nacer\u00eda en un hospital. Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a punto de referirles.<\/p>\n<p>Les contar\u00e9 lo que ocurri\u00f3, y dejar\u00e9 que juzguen por s\u00ed mismos.<\/p>\n<p>Los Button gozaban de una posici\u00f3n envidiable, tanto social como econ\u00f3mica, en el Baltimore de antes de la guerra. Estaban emparentados con Esta o Aquella Familia, lo que, como todo sure\u00f1o sab\u00eda, les daba el derecho a formar parte de la inmensa aristocracia que habitaba la Confederaci\u00f3n. Era su primera experiencia en lo que ata\u00f1e a la antigua y encantadora costumbre de tener hijos: naturalmente, el se\u00f1or Button estaba nervioso. Confiaba en que fuera un ni\u00f1o, para poder mandarlo a la Universidad de Yale, en Connecticut, instituci\u00f3n en la que el propio se\u00f1or Button hab\u00eda sido conocido durante cuatro a\u00f1os con el apodo, m\u00e1s bien obvio, de Cuello Duro.<\/p>\n<p>La ma\u00f1ana de septiembre consagrada al extraordinario acontecimiento se levant\u00f3 muy nervioso a las seis, se visti\u00f3, se anud\u00f3 una impecable corbata y corri\u00f3 por las calles de Baltimore hasta el hospital, donde averiguar\u00eda si la oscuridad de la noche hab\u00eda tra\u00eddo en su seno una nueva vida.<\/p>\n<p>A unos cien metros de la Cl\u00ednica Maryland para Damas y Caballeros vio al doctor Keene, el m\u00e9dico de cabecera, que bajaba por la escalera principal restreg\u00e1ndose las manos como si se las lavara \u2014como todos los m\u00e9dicos est\u00e1n obligados a hacer, de acuerdo con los principios \u00e9ticos, nunca escritos, de la profesi\u00f3n.<\/p>\n<p>El se\u00f1or Roger Button, presidente de Roger Button &#038; Company, Ferreteros Mayoristas, ech\u00f3 a correr hacia el doctor Keene con mucha menos dignidad de lo que se esperar\u00eda de un caballero del Sur, hijo de aquella \u00e9poca pintoresca.<\/p>\n<p>\u2014Doctor Keene \u2014llam\u00f3\u2014. \u00a1Eh, doctor Keene!<\/p>\n<p>El doctor lo oy\u00f3, se volvi\u00f3 y se par\u00f3 a esperarlo, mientras una expresi\u00f3n extra\u00f1a se iba dibujando en su severa cara de m\u00e9dico a medida que el se\u00f1or Button se acercaba.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 ha ocurrido? \u2014pregunt\u00f3 el se\u00f1or Button, respirando con dificultad despu\u00e9s de su carrera\u2014. \u00bfC\u00f3mo ha ido todo? \u00bfC\u00f3mo est\u00e1 mi mujer? \u00bfEs un ni\u00f1o? \u00bfQu\u00e9 ha sido? \u00bfQu\u00e9&#8230;?<\/p>\n<p>\u2014Ser\u00e9nese \u2014dijo el doctor Keene \u00e1speramente. Parec\u00eda algo irritado.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfHa nacido el ni\u00f1o? \u2014pregunt\u00f3 suplicante el se\u00f1or Button.<\/p>\n<p>El doctor Keene frunci\u00f3 el entrecejo.<\/p>\n<p>\u2014Diantre, s\u00ed, supongo&#8230; en cierto modo \u2014y volvi\u00f3 a lanzarle una extra\u00f1a mirada al se\u00f1or Button.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfMi mujer est\u00e1 bien?<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEs ni\u00f1o o ni\u00f1a?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Y dale! \u2014grit\u00f3 el doctor Keene en el colmo de su irritaci\u00f3n\u2014. Le ruego que lo vea usted mismo. \u00a1Es indignante! \u2014la \u00faltima palabra cupo casi en una sola s\u00edlaba. Luego el doctor Keene murmur\u00f3: \u2014\u00bfUsted cree que un caso como \u00e9ste mejorar\u00e1 mi reputaci\u00f3n profesional? Otro caso as\u00ed ser\u00eda mi ruina&#8230;, la ruina de cualquiera.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 pasa? \u2014pregunt\u00f3 el se\u00f1or Button, aterrado\u2014. \u00bfTrillizos?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1No, nada de trillizos! \u2014respondi\u00f3 el doctor, cortante\u2014. Puede ir a verlo usted mismo. Y buscarse otro m\u00e9dico. Yo lo traje a usted al mundo, joven, y he sido el m\u00e9dico de su familia durante cuarenta a\u00f1os, pero he terminado con usted. \u00a1No quiero verle ni a usted ni a nadie de su familia nunca m\u00e1s! \u00a1Adi\u00f3s!<\/p>\n<p>Se volvi\u00f3 bruscamente y, sin a\u00f1adir palabra, subi\u00f3 a su faet\u00f3n, que lo esperaba en la calzada, y se alej\u00f3 muy serio.<\/p>\n<p>El se\u00f1or Button se qued\u00f3 en la acera, estupefacto y temblando de pies a cabeza. \u00bfQu\u00e9 horrible desgracia hab\u00eda ocurrido? De repente hab\u00eda perdido el m\u00e1s m\u00ednimo deseo de entrar en la Cl\u00ednica Maryland para Damas y Caballeros. Pero, un instante despu\u00e9s, haciendo un terrible esfuerzo, se oblig\u00f3 a subir las escaleras y cruz\u00f3 la puerta principal.<\/p>\n<p>Hab\u00eda una enfermera sentada tras una mesa en la penumbra opaca del vest\u00edbulo. Venciendo su verg\u00fcenza, el se\u00f1or Button se le acerc\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Buenos d\u00edas \u2014salud\u00f3 la enfermera, mir\u00e1ndolo con amabilidad.<\/p>\n<p>\u2014Buenos d\u00edas. Soy&#8230; Soy el se\u00f1or Button.<\/p>\n<p>Una expresi\u00f3n de horror se adue\u00f1\u00f3 del rostro de la chica, que se puso en pie de un salto y pareci\u00f3 a punto de salir volando del vest\u00edbulo: se dominaba gracias a un esfuerzo \u00edmprobo y evidente.<\/p>\n<p>\u2014Quiero ver a mi hijo \u2014dijo el se\u00f1or Button.<\/p>\n<p>La enfermera lanz\u00f3 un d\u00e9bil grito.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Por supuesto! \u2014grit\u00f3 hist\u00e9ricamente\u2014. Arriba. Al final de las escaleras. \u00a1Suba!<\/p>\n<p>Le se\u00f1al\u00f3 la direcci\u00f3n con el dedo, y el se\u00f1or Button, ba\u00f1ado en sudor fr\u00edo, dio media vuelta, vacilante, y empez\u00f3 a subir las escaleras. En el vest\u00edbulo de arriba se dirigi\u00f3 a otra enfermera que se le acerc\u00f3 con una palangana en la mano.<\/p>\n<p>\u2014Soy el se\u00f1or Button \u2014consigui\u00f3 articular\u2014. Quiero ver a mi&#8230;<\/p>\n<p>\u00a1Clanc! La palangana se estrell\u00f3 contra el suelo y rod\u00f3 hacia las escaleras. \u00a1Clanc! \u00a1Clanc! Empez\u00f3 un met\u00f3dico descenso, como si participara en el terror general que hab\u00eda desatado aquel caballero.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Quiero ver a mi hijo! \u2014el se\u00f1or Button casi gritaba. Estaba a punto de sufrir un ataque.<\/p>\n<p>\u00a1Clanc! La palangana hab\u00eda llegado a la planta baja. La enfermera recuper\u00f3 el control de s\u00ed misma y lanz\u00f3 al se\u00f1or Button una mirada de aut\u00e9ntico desprecio.<\/p>\n<p>\u2014De acuerdo, se\u00f1or Button \u2014concedi\u00f3 con voz sumisa\u2014. Muy bien. \u00a1Pero si usted supiera c\u00f3mo est\u00e1bamos todos esta ma\u00f1ana! \u00a1Es algo sencillamente indignante! Esta cl\u00ednica no conservar\u00e1 ni sombra de su reputaci\u00f3n despu\u00e9s de&#8230;<\/p>\n<p>\u2014\u00a1R\u00e1pido! \u2014grit\u00f3 el se\u00f1or Button, con voz ronca\u2014. \u00a1No puedo soportar m\u00e1s esta situaci\u00f3n!<\/p>\n<p>\u2014Venga entonces por aqu\u00ed, se\u00f1or Button.<\/p>\n<p>Se arrastr\u00f3 penosamente tras ella. Al final de un largo pasillo llegaron a una sala de la que sal\u00eda un coro de aullidos, una sala que, de hecho, ser\u00eda conocida en el futuro como la \u00absala de los lloros\u00bb. Entraron. Alineadas a lo largo de las pareces hab\u00eda media docena de cunas con ruedas, esmaltadas de blanco, cada una con una etiqueta pegada en la cabecera.<\/p>\n<p>\u2014Bueno \u2014resopl\u00f3 el se\u00f1or Button\u2014. \u00bfCu\u00e1l es el m\u00edo?<\/p>\n<p>\u2014Aqu\u00e9l \u2014dijo la enfermera.<\/p>\n<p>Los ojos del se\u00f1or Button siguieron la direcci\u00f3n que se\u00f1alaba el dedo de la enfermera, y esto es lo que vieron: envuelto en una voluminosa manta blanca, casi sali\u00e9ndose de la cuna, hab\u00eda sentado un anciano que aparentaba unos setenta a\u00f1os. Sus escasos cabellos eran casi blancos, y del ment\u00f3n le ca\u00eda una larga barba color humo que ondeaba absurdamente de ac\u00e1 para all\u00e1, abanicada por la brisa que entraba por la ventana. El anciano mir\u00f3 al se\u00f1or Button con ojos desva\u00eddos y marchitos, en los que acechaba una interrogaci\u00f3n que no hallaba respuesta.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEstoy loco? \u2014tron\u00f3 el se\u00f1or Button, transformando su miedo en rabia\u2014. \u00bfO la cl\u00ednica quiere gastarme una broma de mal gusto?<\/p>\n<p>\u2014A nosotros no nos parece ninguna broma \u2014replic\u00f3 la enfermera severamente\u2014. Y no s\u00e9 si usted est\u00e1 loco o no, pero lo que es absolutamente seguro es que \u00e9se es su hijo.<\/p>\n<p>El sudor fr\u00edo se duplic\u00f3 en la frente del se\u00f1or Button. Cerr\u00f3 los ojos, y volvi\u00f3 a abrirlos, y mir\u00f3. No era un error: ve\u00eda a un hombre de setenta a\u00f1os, un reci\u00e9n nacido de setenta a\u00f1os, un reci\u00e9n nacido al que las piernas se le sal\u00edan de la cuna en la que descansaba.<\/p>\n<p>El anciano mir\u00f3 pl\u00e1cidamente al caballero y a la enfermera durante un instante, y de repente habl\u00f3 con voz cascada y vieja:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEres mi padre? \u2014pregunt\u00f3.<\/p>\n<p>El se\u00f1or Button y la enfermera se llevaron un terrible susto.<\/p>\n<p>\u2014Porque, si lo eres \u2014prosigui\u00f3 el anciano quejumbrosamente\u2014, me gustar\u00eda que me sacaras de este sitio, o, al menos, que hicieras que me trajeran una mecedora c\u00f3moda.<\/p>\n<p>\u2014Pero, en nombre de Dios, \u00bfde d\u00f3nde has salido? \u00bfQui\u00e9n eres t\u00fa? \u2014estall\u00f3 el se\u00f1or Button exasperado.<\/p>\n<p>\u2014No te puedo decir exactamente qui\u00e9n soy \u2014replic\u00f3 la voz quejumbrosa\u2014, porque s\u00f3lo hace unas cuantas horas que he nacido. Pero mi apellido es Button, no hay duda.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Mientes! \u00a1Eres un impostor!<\/p>\n<p>El anciano se volvi\u00f3 cansinamente hacia la enfermera.<\/p>\n<p>\u2014Bonito modo de recibir a un hijo reci\u00e9n nacido \u2014se lament\u00f3 con voz d\u00e9bil\u2014. D\u00edgale que se equivoca, \u00bfquiere?<\/p>\n<p>\u2014Se equivoca, se\u00f1or Button \u2014dijo severamente la enfermera\u2014. Este es su hijo. Deber\u00eda asumir la situaci\u00f3n de la mejor manera posible. Nos vemos en la obligaci\u00f3n de pedirle que se lo lleve a casa cuanto antes: hoy, por ejemplo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfA casa? \u2014repiti\u00f3 el se\u00f1or Button con voz incr\u00e9dula.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, no podemos tenerlo aqu\u00ed. No podemos, de verdad. \u00bfComprende?<\/p>\n<p>\u2014Yo me alegrar\u00eda mucho \u2014se quej\u00f3 el anciano\u2014. \u00a1Menudo sitio! Vamos, el sitio ideal para albergar a un joven de gustos tranquilos. Con todos estos chillidos y llantos, no he podido pegar ojo. He pedido algo de comer \u2014aqu\u00ed su voz alcanz\u00f3 una aguda nota de protesta\u2014 \u00a1y me han tra\u00eddo una botella de leche!<\/p>\n<p>El se\u00f1or Button se dej\u00f3 caer en un sill\u00f3n junto a su hijo y escondi\u00f3 la cara entre las manos.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Dios m\u00edo! \u2014murmur\u00f3, aterrorizado\u2014. \u00bfQu\u00e9 va a decir la gente? \u00bfQu\u00e9 voy a hacer?<\/p>\n<p>\u2014Tiene que llev\u00e1rselo a casa \u2014insisti\u00f3 la enfermera\u2014. \u00a1Inmediatamente!<\/p>\n<p>Una imagen grotesca se materializ\u00f3 con tremenda nitidez ante los ojos del hombre atormentado: una imagen de s\u00ed mismo paseando por las abarrotadas calles de la ciudad con aquella espantosa aparici\u00f3n renqueando a su lado.<\/p>\n<p>\u2014No puedo hacerlo, no puedo \u2014gimi\u00f3.<\/p>\n<p>La gente se parar\u00eda a preguntarle, y \u00bfqu\u00e9 iba a decirles? Tendr\u00eda que presentar a ese&#8230; a ese septuagenario: \u00ab\u00c9ste es mi hijo, ha nacido esta ma\u00f1ana temprano\u00bb. Y el anciano se acurrucar\u00eda bajo la manta y seguir\u00edan su camino penosamente, pasando por delante de las tiendas atestadas y el mercado de esclavos (durante un oscuro instante, el se\u00f1or Button dese\u00f3 fervientemente que su hijo fuera negro), por delante de las lujosas casas de los barrios residenciales y el asilo de ancianos&#8230;<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Vamos! \u00a1C\u00e1lmese! \u2014orden\u00f3 la enfermera.<\/p>\n<p>\u2014Mire \u2014anunci\u00f3 de repente el anciano\u2014, si cree usted que me voy a ir casa con esta manta, se equivoca de medio a medio.<\/p>\n<p>\u2014Los ni\u00f1os peque\u00f1os siempre llevan mantas.<\/p>\n<p>Con una risa maliciosa el anciano sac\u00f3 un pa\u00f1al blanco.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Mire! \u2014dijo con voz temblorosa\u2014. Mire lo que me han preparado.<\/p>\n<p>\u2014Los ni\u00f1os peque\u00f1os siempre llevan eso \u2014dijo la enfermera remilgadamente.<\/p>\n<p>\u2014Bueno \u2014dijo el anciano\u2014. Pues este ni\u00f1o no va a llevar nada puesto dentro de dos minutos. Esta manta pica. Me podr\u00edan haber dado por los menos una s\u00e1bana.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1D\u00e9jatela! \u00a1D\u00e9jatela! \u2014se apresur\u00f3 a decir el se\u00f1or Button. Se volvi\u00f3 hacia la enfermera\u2014. \u00bfQu\u00e9 hago?<\/p>\n<p>\u2014Vaya al centro y c\u00f3mprele a su hijo algo de ropa.<\/p>\n<p>La voz del anciano sigui\u00f3 al se\u00f1or Button hasta el vest\u00edbulo:<\/p>\n<p>\u2014Y un bast\u00f3n, pap\u00e1. Quiero un bast\u00f3n.<\/p>\n<p>El se\u00f1or Button sali\u00f3 dando un terrible portazo.<\/p>\n<p><strong>II.<\/strong><br \/>\n\u2014Buenos d\u00edas \u2014dijo el se\u00f1or Button, nervioso, al dependiente de la mercer\u00eda Chesapeake\u2014. Quisiera comprar ropa para mi hijo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 edad tiene su hijo, se\u00f1or?<\/p>\n<p>\u2014Seis horas \u2014respondi\u00f3 el se\u00f1or Button, sin pens\u00e1rselo dos veces.<\/p>\n<p>\u2014La secci\u00f3n de beb\u00e9s est\u00e1 en la parte de atr\u00e1s. \u2014Bueno, no creo&#8230; No estoy seguro de lo que busco. Es&#8230; es un ni\u00f1o extraordinariamente grande. Excepcionalmente&#8230; excepcionalmente grande.<\/p>\n<p>\u2014All\u00ed puede encontrar tallas grandes para beb\u00e9s.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfD\u00f3nde est\u00e1 la secci\u00f3n de chicos? \u2014pregunt\u00f3 el se\u00f1or Button, cambiando desesperadamente de tema. Ten\u00eda la impresi\u00f3n de que el dependiente se hab\u00eda olido ya su vergonzoso secreto.<\/p>\n<p>\u2014Aqu\u00ed mismo.<\/p>\n<p>\u2014Bueno&#8230; \u2014el se\u00f1or Button dud\u00f3. Le repugnaba la idea de vestir a su hijo con ropa de hombre. Si, por ejemplo, pudiera encontrar un traje de chico grande, muy grande, podr\u00eda cortar aquella larga y horrible barba y te\u00f1ir las canas: as\u00ed conseguir\u00eda disimular los peores detalles, y conservar algo de su dignidad, por no mencionar su posici\u00f3n social en Baltimore.<\/p>\n<p>Pero la b\u00fasqueda afanosa por la secci\u00f3n de chicos fue in\u00fatil: no encontr\u00f3 ropa adecuada para el Button que acababa de nacer. Roger Button le echaba la culpa a la tienda, claro est\u00e1&#8230; En semejantes casos lo apropiado es echarle la culpa a la tienda.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 edad me ha dicho que tiene su hijo? \u2014pregunt\u00f3 el dependiente con curiosidad.<\/p>\n<p>\u2014Tiene&#8230; diecis\u00e9is a\u00f1os.<\/p>\n<p>\u2014Ah, perdone. Hab\u00eda entendido seis horas. Encontrar\u00e1 la secci\u00f3n de j\u00f3venes en el siguiente pasillo.<\/p>\n<p>El se\u00f1or Button se alej\u00f3 con aire triste. De repente se par\u00f3, radiante, y se\u00f1al\u00f3 con el dedo hacia un maniqu\u00ed del escaparate.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Aqu\u00e9l! \u2014exclam\u00f3\u2014. Me llevo ese traje, el que lleva el maniqu\u00ed.<\/p>\n<p>El dependiente lo mir\u00f3 asombrado.<\/p>\n<p>\u2014Pero, hombre \u2014protest\u00f3\u2014, \u00e9se no es un traje para chicos. Podr\u00eda pon\u00e9rselo un chico, s\u00ed, pero es un disfraz. \u00a1Tambi\u00e9n se lo podr\u00eda poner usted!<\/p>\n<p>\u2014Envu\u00e9lvamelo \u2014insisti\u00f3 el cliente, nervioso\u2014. Es lo que buscaba.<\/p>\n<p>El sorprendido dependiente obedeci\u00f3.<\/p>\n<p>De vuelta en la cl\u00ednica, el se\u00f1or Button entr\u00f3 en la sala de los reci\u00e9n nacidos y casi le lanz\u00f3 el paquete a su hijo.<\/p>\n<p>\u2014Aqu\u00ed tienes la ropa \u2014le espet\u00f3.<\/p>\n<p>El anciano desenvolvi\u00f3 el paquete y examin\u00f3 su contenido con mirada burlona.<\/p>\n<p>\u2014Me parece un poco rid\u00edculo \u2014se quej\u00f3\u2014. No quiero que me conviertan en un mono de&#8230;<\/p>\n<p>\u2014\u00a1T\u00fa s\u00ed que me has convertido en un mono! \u2014estall\u00f3 el se\u00f1or Button, feroz\u2014. Es mejor que no pienses en lo rid\u00edculo que pareces. Ponte la ropa&#8230; o&#8230; o te pegar\u00e9.<\/p>\n<p>Le cost\u00f3 pronunciar la \u00faltima palabra, aunque consideraba que era lo que deb\u00eda decir.<\/p>\n<p>\u2014De acuerdo, padre \u2014era una grotesca simulaci\u00f3n de respeto filial\u2014. T\u00fa has vivido m\u00e1s, t\u00fa sabes m\u00e1s. Como t\u00fa digas.<\/p>\n<p>Como antes, el sonido de la palabra \u00abpadre\u00bb estremeci\u00f3 violentamente al se\u00f1or Button. \u2014Y date prisa.<\/p>\n<p>\u2014Me estoy dando prisa, padre.<\/p>\n<p>Cuando su hijo acab\u00f3 de vestirse, el se\u00f1or Button lo mir\u00f3 desolado. El traje se compon\u00eda de calcetines de lunares, leotardos rosa y una blusa con cintur\u00f3n y un amplio cuello blanco. Sobre el cuello ondeaba la larga barba blanca, que casi llegaba a la cintura. No produc\u00eda buen efecto.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Espera!<\/p>\n<p>El se\u00f1or Button empu\u00f1\u00f3 unas tijeras de quir\u00f3fano y con tres r\u00e1pidos tijeretazos cercen\u00f3 gran parte de la barba. Pero, a pesar de la mejora, el conjunto distaba mucho de la perfecci\u00f3n. La gre\u00f1a enmara\u00f1ada que a\u00fan quedaba, los ojos acuosos, los dientes de viejo, produc\u00edan un raro contraste con aquel traje tan alegre. El se\u00f1or Button, sin embargo, era obstinado. Alarg\u00f3 una mano.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Vamos! \u2014dijo con severidad.<\/p>\n<p>Su hijo le cogi\u00f3 de la mano confiadamente.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo me vas a llamar, papi? \u2014pregunt\u00f3 con voz temblorosa cuando sal\u00edan de la sala de los reci\u00e9n nacidos\u2014. \u00bfNene, a secas, hasta que pienses un nombre mejor?<\/p>\n<p>El se\u00f1or Button gru\u00f1\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014No s\u00e9 \u2014respondi\u00f3 agriamente\u2014. Creo que te llamaremos Matusal\u00e9n.<\/p>\n<p><strong>III.<\/strong><br \/>\nIncluso despu\u00e9s de que al nuevo miembro de la familia Button le cortaran el pelo y se lo ti\u00f1eran de un negro desva\u00eddo y artificial, y lo afeitaran hasta el punto de que le resplandeciera la cara, y lo equiparan con ropa de muchachito hecha a la medida por un sastre estupefacto, era imposible que el se\u00f1or Button olvidara que su hijo era un triste remedo de primog\u00e9nito. Aunque encorvado por la edad, Benjam\u00edn Button \u2014pues este nombre le pusieron, en vez del m\u00e1s apropiado, aunque demasiado pretencioso, de Matusal\u00e9n\u2014 med\u00eda un metro y setenta y cinco cent\u00edmetros. La ropa no disimulaba la estatura, ni la depilaci\u00f3n y el tinte de las cejas ocultaban el hecho de que los ojos que hab\u00eda debajo estaban apagados, h\u00famedos y cansados. Y, en cuanto vio al reci\u00e9n nacido, la ni\u00f1era que los Button hab\u00edan contratado abandon\u00f3 la casa, sensiblemente indignada.<\/p>\n<p>Pero el se\u00f1or Button persisti\u00f3 en su prop\u00f3sito inamovible. Benjam\u00edn era un ni\u00f1o, y como un ni\u00f1o hab\u00eda que tratarlo. Al principio sentenci\u00f3 que, si a Benjam\u00edn no le gustaba la leche templada, se quedar\u00eda sin comer, pero, por fin, cedi\u00f3 y dio permiso para que su hijo tomara pan y mantequilla, e incluso, tras un pacto, harina de avena. Un d\u00eda llev\u00f3 a casa un sonajero y, d\u00e1ndoselo a Benjam\u00edn, insisti\u00f3, en t\u00e9rminos que no admit\u00edan r\u00e9plica, en que deb\u00eda jugar con \u00e9l; el anciano cogi\u00f3 el sonajero con expresi\u00f3n de cansancio, y todo el d\u00eda pudieron o\u00edr c\u00f3mo lo agitaba de vez en cuando obedientemente.<\/p>\n<p>Pero no hab\u00eda duda de que el sonajero lo aburr\u00eda, y de que disfrutaba de otras diversiones m\u00e1s reconfortantes cuando estaba solo. Por ejemplo, un d\u00eda el se\u00f1or Button descubri\u00f3 que la semana anterior hab\u00eda fumado muchos m\u00e1s puros de los que acostumbraba, fen\u00f3meno que se aclar\u00f3 d\u00edas despu\u00e9s cuando, al entrar inesperadamente en el cuarto del ni\u00f1o, lo encontr\u00f3 inmerso en una vaga humareda azulada, mientras Benjam\u00edn, con expresi\u00f3n culpable, trataba de esconder los restos de un habano. Aquello exig\u00eda, como es natural, una buena paliza, pero el se\u00f1or Button no se sinti\u00f3 con fuerzas para administrarla. Se limit\u00f3 a advertirle a su hijo que el humo frenaba el crecimiento.<\/p>\n<p>El se\u00f1or Button, a pesar de todo, persisti\u00f3 en su actitud. Llev\u00f3 a casa soldaditos de plomo, llev\u00f3 trenes de juguete, llev\u00f3 grandes y preciosos animales de trapo y, para darle veracidad a la ilusi\u00f3n que estaba creando \u2014al menos para s\u00ed mismo\u2014, pregunt\u00f3 con vehemencia al dependiente de la jugueter\u00eda si el pato rosa deste\u00f1ir\u00eda si el ni\u00f1o se lo met\u00eda en la boca. Pero, a pesar de los esfuerzos paternos, a Benjam\u00edn nada de aquello le interesaba. Se escabull\u00eda por las escaleras de servicio y volv\u00eda a su habitaci\u00f3n con un volumen de la Enciclopedia Brit\u00e1nica, ante el que pod\u00eda pasar absorto una tarde entera, mientras las vacas de trapo y el arca de No\u00e9 yac\u00edan abandonadas en el suelo. Contra una tozudez semejante, los esfuerzos del se\u00f1or Button sirvieron de poco.<\/p>\n<p>Fue enorme la sensaci\u00f3n que, en un primer momento, caus\u00f3 en Baltimore. Lo que aquella desgracia podr\u00eda haberles costado a los Button y a sus parientes no podemos calcularlo, porque el estallido de la Guerra Civil dirigi\u00f3 la atenci\u00f3n de los ciudadanos hacia otros asuntos. Hubo quienes, irreprochablemente corteses, se devanaron los sesos para felicitar a los padres; y al fin se les ocurri\u00f3 la ingeniosa estratagema de decir que el ni\u00f1o se parec\u00eda a su abuelo, lo que, dadas las condiciones de normal decadencia comunes a todos los hombres de setenta a\u00f1os, resultaba innegable. A Roger Button y su esposa no les agrad\u00f3, y el abuelo de Benjam\u00edn se sinti\u00f3 terriblemente ofendido.<\/p>\n<p>Benjam\u00edn, en cuanto sali\u00f3 de la cl\u00ednica, se tom\u00f3 la vida como ven\u00eda. Invitaron a algunos ni\u00f1os para que jugaran con \u00e9l, y pas\u00f3 una tarde agotadora intentando encontrarles alg\u00fan inter\u00e9s al trompo y las canicas. Incluso se las arregl\u00f3 para romper, casi sin querer, una ventana de la cocina con un tirachinas, haza\u00f1a que complaci\u00f3 secretamente a su padre. Desde entonces Benjam\u00edn se las ingeniaba para romper algo todos los d\u00edas, pero hac\u00eda cosas as\u00ed porque era lo que esperaban de \u00e9l, y porque era servicial por naturaleza.<\/p>\n<p>Cuando la hostilidad inicial de su abuelo desapareci\u00f3, Benjam\u00edn y aquel caballero encontraron un enorme placer en su mutua compa\u00f1\u00eda. Tan alejados en edad y experiencia, pod\u00edan pasarse horas y horas sentados, discutiendo como viejos compinches, con monoton\u00eda incansable, los lentos acontecimientos de la jornada. Benjam\u00edn se sent\u00eda m\u00e1s a sus anchas con su abuelo que con sus padres, que parec\u00edan tenerle una especie de temor invencible y reverencial, y, a pesar de la autoridad dictatorial que ejerc\u00edan, a menudo le trataban de usted.<\/p>\n<p>Benjam\u00edn estaba tan asombrado como cualquiera por la avanzada edad f\u00edsica y mental que aparentaba al nacer. Ley\u00f3 revistas de medicina, pero, por lo que pudo ver, no se conoc\u00eda ning\u00fan caso semejante al suyo. Ante la insistencia de su padre, hizo sinceros esfuerzos por jugar con otros ni\u00f1os, y a menudo particip\u00f3 en los juegos m\u00e1s pac\u00edficos: el f\u00fatbol lo trastornaba demasiado, y tem\u00eda que, en caso de fractura, sus huesos de viejo se negaran a soldarse.<\/p>\n<p>Cuando cumpli\u00f3 cinco a\u00f1os lo mandaron al parvulario, donde lo iniciaron en el arte de pegar papel verde sobre papel naranja, de hacer mantelitos de colores y construir infinitas cenefas. Ten\u00eda propensi\u00f3n a adormilarse, e incluso a dormirse, en mitad de esas tareas, costumbre que irritaba y asustaba a su joven profesora. Para su alivio, la profesora se quej\u00f3 a sus padres y \u00e9stos lo sacaron del colegio. Los Button dijeron a sus amigos que el ni\u00f1o era demasiado peque\u00f1o.<\/p>\n<p>Cuando cumpli\u00f3 doce a\u00f1os los padres ya se hab\u00edan habituado a su hijo. La fuerza de la costumbre es tan poderosa que ya no se daban cuenta de que era diferente a todos los ni\u00f1os, salvo cuando alguna anomal\u00eda curiosa les recordaba el hecho. Pero un d\u00eda, pocas semanas despu\u00e9s de su duod\u00e9cimo cumplea\u00f1os, mientras se miraba al espejo, Benjamin hizo, o crey\u00f3 hacer, un asombroso descubrimiento. \u00bfLo enga\u00f1aba la vista, o le hab\u00eda cambiado el pelo, del blanco a un gris acero, bajo el tinte, en sus doce a\u00f1os de vida? \u00bfEra ahora menos pronunciada la red de arrugas de su cara? \u00bfTen\u00eda la piel m\u00e1s saludable y firme, incluso con algo del buen color que da el invierno? No pod\u00eda decirlo. Sab\u00eda que ya no andaba encorvado y que sus condiciones f\u00edsicas hab\u00edan mejorado desde sus primeros d\u00edas de vida.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfSer\u00e1 que&#8230;? \u2014pens\u00f3 en lo m\u00e1s hondo, o, m\u00e1s bien, apenas se atrevi\u00f3 a pensar.<\/p>\n<p>Fue a hablar con su padre.<\/p>\n<p>\u2014Ya soy mayor \u2014anunci\u00f3 con determinaci\u00f3n\u2014. Quiero ponerme pantalones largos.<\/p>\n<p>Su padre dud\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Bueno \u2014dijo por fin\u2014, no s\u00e9. Catorce a\u00f1os es la edad adecuada para ponerse pantalones largos, y t\u00fa s\u00f3lo tienes doce.<\/p>\n<p>\u2014Pero tienes que admitir \u2014protest\u00f3 Benjamin\u2014 que estoy muy grande para la edad que tengo.<\/p>\n<p>Su padre lo mir\u00f3, fingiendo entregarse a laboriosos c\u00e1lculos.<\/p>\n<p>\u2014Ah, no estoy muy seguro de eso \u2014dijo\u2014. Yo era tan grande como t\u00fa a los doce a\u00f1os.<\/p>\n<p>No era verdad: aquella afirmaci\u00f3n formaba parte del pacto secreto que Roger Button hab\u00eda hecho consigo mismo para creer en la normalidad de su hijo.<\/p>\n<p>Llegaron por fin a un acuerdo. Benjamin continuar\u00eda ti\u00f1\u00e9ndose el pelo, pondr\u00eda m\u00e1s empe\u00f1o en jugar con los chicos de su edad y no usar\u00eda las gafas ni llevar\u00eda bast\u00f3n por la calle. A cambio de tales concesiones, recibi\u00f3 permiso para su primer traje de pantalones largos.<\/p>\n<p><strong>IV.<\/strong><br \/>\nNo me extender\u00e9 demasiado sobre la vida de Benjamin Button entre los doce y los veinte a\u00f1os. Baste recordar que fueron a\u00f1os de normal decrecimiento. Cuando Benjamin cumpli\u00f3 los dieciocho estaba tan derecho como un hombre de cincuenta; ten\u00eda m\u00e1s pelo, gris oscuro; su paso era firme, su voz hab\u00eda perdido el temblor cascado: ahora era m\u00e1s baja, la voz de un saludable bar\u00edtono. As\u00ed que su padre lo mand\u00f3 a Connecticut para que hiciera el examen de ingreso en la Universidad de Yale. Benjamin super\u00f3 el examen y se convirti\u00f3 en alumno de primer curso.<\/p>\n<p>Tres d\u00edas despu\u00e9s de matricularse recibi\u00f3 una notificaci\u00f3n del se\u00f1or Hart, secretario de la Universidad, que lo citaba en su despacho para establecer el plan de estudios. Benjamin se mir\u00f3 al espejo: necesitaba volver a tintarse el pelo. Pero, despu\u00e9s de buscar angustiosamente en el caj\u00f3n de la c\u00f3moda, descubri\u00f3 que no estaba la botella de tinte marr\u00f3n. Se acord\u00f3 entonces: se le hab\u00eda terminado el d\u00eda anterior y la hab\u00eda tirado.<\/p>\n<p>Estaba en apuros. Ten\u00eda que presentarse en el despacho del secretario dentro de cinco minutos. No hab\u00eda soluci\u00f3n: ten\u00eda que ir tal y como estaba. Y fue.<\/p>\n<p>\u2014Buenos d\u00edas \u2014dijo el secretario educadamente\u2014. Habr\u00e1 venido para interesarse por su hijo.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, la verdad es que soy Button \u2014empez\u00f3 a decir Benjamin, pero el se\u00f1or Hart lo interrumpi\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Encantando de conocerle, se\u00f1or Button. Estoy esperando a su hijo de un momento a otro.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Soy yo! \u2014explot\u00f3 Benjamin\u2014. Soy alumno de primer curso.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo?<\/p>\n<p>\u2014Soy alumno de primero.<\/p>\n<p>\u2014Bromea usted, claro.<\/p>\n<p>\u2014En absoluto.<\/p>\n<p>El secretario frunci\u00f3 el entrecejo y ech\u00f3 una ojeada a una ficha que ten\u00eda delante.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, seg\u00fan mis datos, el se\u00f1or Benjamin Button tiene dieciocho a\u00f1os.<\/p>\n<p>\u2014Esa edad tengo \u2014corrobor\u00f3 Benjamin, enrojeciendo un poco.<\/p>\n<p>El secretario lo mir\u00f3 con un gesto de fastidio.<\/p>\n<p>\u2014No esperar\u00e1 que me lo crea, \u00bfno?<\/p>\n<p>Benjam\u00edn sonri\u00f3 con un gesto de fastidio.<\/p>\n<p>\u2014Tengo dieciocho a\u00f1os \u2014repiti\u00f3.<\/p>\n<p>El secretario se\u00f1al\u00f3 con determinaci\u00f3n la puerta.<\/p>\n<p>\u2014Fuera \u2014dijo\u2014. Vayase de la universidad y de la ciudad. Es usted un lun\u00e1tico peligroso.<\/p>\n<p>\u2014Tengo dieciocho a\u00f1os.<\/p>\n<p>El se\u00f1or Hart abri\u00f3 la puerta.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 ocurrencia! \u2014grit\u00f3\u2014. Un hombre de su edad intentando matricularse en primero. Tiene dieciocho a\u00f1os, \u00bfno? Muy bien le doy dieciocho minutos para que abandone la ciudad.<\/p>\n<p>Benjamin Button sali\u00f3 con dignidad del despacho, y media docena de estudiantes que esperaban en el vest\u00edbulo lo siguieron intrigados con la mirada. Cuando hubo recorrido unos metros, se volvi\u00f3 y, enfrent\u00e1ndose al enfurecido secretario, que a\u00fan permanec\u00eda en la puerta, repiti\u00f3 con voz firme:<\/p>\n<p>\u2014Tengo dieciocho a\u00f1os.<\/p>\n<p>Entre un coro de risas disimuladas, procedente del grupo de estudiantes, Benjamin sali\u00f3.<\/p>\n<p>Pero no quer\u00eda el destino que escapara con tanta facilidad. En su melanc\u00f3lico paseo hacia la estaci\u00f3n de ferrocarril se dio cuenta de que lo segu\u00eda un grupo, luego un tropel y por fin una muchedumbre de estudiantes. Se hab\u00eda corrido la voz de que un lun\u00e1tico hab\u00eda aprobado el examen de ingreso en Yale y pretend\u00eda hacerse pasar por un joven de dieciocho a\u00f1os. Una excitaci\u00f3n febril se apoder\u00f3 de la universidad. Hombres sin sombrero se precipitaban fuera de las aulas, el equipo de f\u00fatbol abandon\u00f3 el entrenamiento y se uni\u00f3 a la multitud, las esposas de los profesores, con la cofia torcida y el polis\u00f3n mal puesto, corr\u00edan y gritaban tras la comitiva, de la que proced\u00eda una serie incesante de comentarios dirigidos a los delicados sentimientos de Benjamin Button.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Debe ser el Jud\u00edo Errante!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1A su edad deber\u00eda ir al instituto!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Mirad al ni\u00f1o prodigio!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Creer\u00eda que esto era un asilo de ancianos!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Que se vaya a Harvard!<\/p>\n<p>Benjamin aceler\u00f3 el paso y pronto ech\u00f3 a correr. \u00a1Ya les ense\u00f1ar\u00eda! \u00a1Ir\u00eda a Harvard, y se arrepentir\u00edan de aquellas burlas irreflexivas!<\/p>\n<p>A salvo en el tren de Baltimore, sac\u00f3 la cabeza por la ventanilla.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Os arrepentir\u00e9is! \u2014grit\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Ja, ja! \u2014rieron los estudiantes\u2014. Ja, ja, ja!<\/p>\n<p>Fue el mayor error que la Universidad de Yale haya cometido en su historia.<\/p>\n<p><strong>V.<\/strong><br \/>\nEn 1880 Benjamin Button ten\u00eda veinte a\u00f1os, y celebr\u00f3 su cumplea\u00f1os comenzando a trabajar en la empresa de su padre, Roger Button &#038; Company, Ferreteros Mayoristas. Aquel a\u00f1o tambi\u00e9n empez\u00f3 a alternar en sociedad: es decir, su padre se empe\u00f1\u00f3 en llevarlo a algunos bailes elegantes. Roger Button ten\u00eda entonces cincuenta a\u00f1os, y \u00e9l y su hijo se entend\u00edan cada vez mejor. De hecho, desde que Benjamin hab\u00eda dejado de tintarse el pelo, todav\u00eda canoso, parec\u00edan m\u00e1s o menos de la misma edad, y podr\u00edan haber pasado por hermanos.<\/p>\n<p>Una noche de agosto salieron en el faet\u00f3n vestidos de etiqueta, camino de un baile en la casa de campo de los Shevlin, justo a la salida de Baltimore. Era una noche magn\u00edfica. La luna llena ba\u00f1aba la carretera con un apagado color platino, y, en el aire inm\u00f3vil, la cosecha de flores tard\u00edas exhalaba aromas que eran como risas suaves, con sordina. Los campos, alfombrados de trigo reluciente, brillaban como si fuera de d\u00eda. Era casi imposible no emocionarse ante la belleza del cielo, casi imposible.<\/p>\n<p>\u2014El negocio de la mercer\u00eda tiene un gran futuro \u2014estaba diciendo Roger Button. No era un hombre espiritual: su sentido de la est\u00e9tica era rudimentario\u2014. Los viejos ya tenemos poco que aprender \u2014observ\u00f3 profundamente\u2014. Sois vosotros, los j\u00f3venes con energ\u00eda y vitalidad, los que ten\u00e9is un gran futuro por delante.<\/p>\n<p>Las luces de la casa de campo de los Shevlin surgieron al final del camino. Ahora les llegaba un rumor, como un suspiro inacabable: pod\u00eda ser la queja de los violines o el susurro del trigo plateado bajo la luna.<\/p>\n<p>Se detuvieron tras un distinguido carruaje cuyos pasajeros se apeaban ante la puerta. Baj\u00f3 una dama, la sigui\u00f3 un caballero de mediana edad, y por fin apareci\u00f3 otra dama, una joven bella como el pecado. Benjamin se sobresalt\u00f3: fue como si una transformaci\u00f3n qu\u00edmica disolviera y recompusiera cada part\u00edcula de su cuerpo. Se apoder\u00f3 de \u00e9l cierta rigidez, la sangre le afluy\u00f3 a las mejillas y a la frente, y sinti\u00f3 en los o\u00eddos el palpitar constante de la sangre. Era el primer amor.<\/p>\n<p>La chica era fr\u00e1gil y delgada, de cabellos cenicientos a la luz de la luna y color miel bajo las chisporroteantes l\u00e1mparas del p\u00f3rtico. Llevaba echada sobre los hombros una mantilla espa\u00f1ola del amarillo m\u00e1s p\u00e1lido, con bordados en negro; sus pies eran relucientes capullos que asomaban bajo el traje con polis\u00f3n.<\/p>\n<p>Roger Button se acerc\u00f3 confidencialmente a su hijo.<\/p>\n<p>\u2014\u00c9sa \u2014dijo\u2014 es la joven Hildegarde Moncrief, la hija del general Moncrief.<\/p>\n<p>Benjamin asinti\u00f3 con frialdad.<\/p>\n<p>\u2014Una criatura preciosa \u2014dijo con indiferencia. Pero, en cuanto el criado negro se hubo llevado el carruaje, a\u00f1adi\u00f3\u2014: Podr\u00edas present\u00e1rmela, pap\u00e1.<\/p>\n<p>Se acercaron a un grupo en el que la se\u00f1orita Moncrief era el centro. Educada seg\u00fan las viejas tradiciones, se inclin\u00f3 ante Benjamin. S\u00ed, le conceder\u00eda un baile. Benjam\u00edn le dio las gracias y se alej\u00f3. Se alej\u00f3 tambale\u00e1ndose.<\/p>\n<p>La espera hasta que llegara su turno se hizo interminablemente larga. Benjamin se qued\u00f3 cerca de la pared, callado, inescrutable, mirando con ojos asesinos a los aristocr\u00e1ticos j\u00f3venes de Baltimore que mariposeaban alrededor de Hildegarde Moncrief con caras de apasionada admiraci\u00f3n. \u00a1Qu\u00e9 detestables le parec\u00edan a Benjamin; qu\u00e9 intolerablemente sonrosados! Aquellas barbas morenas y rizadas le provocaban una sensaci\u00f3n parecida a la indigesti\u00f3n.<\/p>\n<p>Pero cuando lleg\u00f3 su turno, y se deslizaba con ella por la movediza pista de baile al comp\u00e1s del \u00faltimo vals de Par\u00eds, la angustia y los celos se derritieron como un manto de nieve. Ciego de placer, hechizado, sinti\u00f3 que la vida acababa de empezar.<\/p>\n<p>\u2014Usted y su hermano llegaron cuando lleg\u00e1bamos nosotros, \u00bfverdad? \u2014pregunt\u00f3 Hildegarde, mir\u00e1ndolo con ojos que brillaban como esmalte azul.<\/p>\n<p>Benjamin dud\u00f3. Si Hildegarde lo tomaba por el hermano de su padre, \u00bfdeb\u00eda aclarar la confusi\u00f3n? Record\u00f3 su experiencia en Yale, y decidi\u00f3 no hacerlo. Ser\u00eda una descortes\u00eda contradecir a una dama; ser\u00eda un crimen echar a perder aquella exquisita oportunidad con la grotesca historia de su nacimiento. M\u00e1s tarde, quiz\u00e1. As\u00ed que asinti\u00f3, sonri\u00f3, escuch\u00f3, fue feliz.<\/p>\n<p>\u2014Me gustan los hombres de su edad \u2014dec\u00eda Hildegarde\u2014. Los j\u00f3venes son tan tontos&#8230; Me cuentan cu\u00e1nto champ\u00e1n bebieron en la universidad, y cu\u00e1nto dinero perdieron jugando a las cartas. Los hombres de su edad saben apreciar a las mujeres.<\/p>\n<p>Benjamin sinti\u00f3 que estaba a punto de declararse. Domin\u00f3 la tentaci\u00f3n con esfuerzo.<\/p>\n<p>\u2014Usted est\u00e1 en la edad rom\u00e1ntica \u2014continu\u00f3 Hildegarde\u2014. Cincuenta a\u00f1os. A los veinticinco los hombres son demasiado mundanos; a los treinta est\u00e1n atosigados por el exceso de trabajo. Los cuarenta son la edad de las historias largas: para contarlas se necesita un puro entero; los sesenta&#8230; Ah, los sesenta est\u00e1n demasiado cerca de los setenta, pero los cincuenta son la edad de la madurez. Me encantan los cincuenta.<\/p>\n<p>Los cincuenta le parecieron a Benjamin una edad gloriosa. Dese\u00f3 apasionadamente tener cincuenta a\u00f1os.<\/p>\n<p>\u2014Siempre lo he dicho \u2014continu\u00f3 Hildegarde\u2014: prefiero casarme con un hombre de cincuenta a\u00f1os y que me cuide, a casarme con uno de treinta y cuidar de \u00e9l.<\/p>\n<p>Para Benjamin el resto de la velada estuvo ba\u00f1ado por una neblina color miel. Hildegarde le concedi\u00f3 dos bailes m\u00e1s, y descubrieron que estaban maravillosamente de acuerdo en todos los temas de actualidad. Dar\u00edan un paseo en calesa el domingo, y hablar\u00edan m\u00e1s detenidamente.<\/p>\n<p>Volviendo a casa en el faet\u00f3n, justo antes de romper el alba, cuando empezaban a zumbar las primeras abejas y la luna consumida brillaba d\u00e9bilmente en la niebla fr\u00eda, Benjamin se dio cuenta vagamente de que su padre estaba hablando de ferreter\u00eda al por mayor.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 asunto propones que tratemos, adem\u00e1s de los clavos y los martillos? \u2014dec\u00eda el se\u00f1or Button.<\/p>\n<p>\u2014Los besos \u2014respondi\u00f3 Benjamin, distra\u00eddo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfLos pesos? \u2014exclam\u00f3 Roger Button\u2014. \u00a1Pero si acabo de hablar de pesos y b\u00e1sculas!<\/p>\n<p>Benjamin lo mir\u00f3 aturdido, y el cielo, hacia el este, revent\u00f3 de luz, y una orop\u00e9ndola bostez\u00f3 entre los \u00e1rboles que pasaban veloces&#8230;<\/p>\n<p><strong>VI.<\/strong><br \/>\nCuando, seis meses despu\u00e9s, se supo la noticia del enlace entre la se\u00f1orita Hildegarde Moncrief y el se\u00f1or Benjam\u00edn Button (y digo \u00abse supo la noticia\u00bb porque el general Moncrief declar\u00f3 que prefer\u00eda arrojarse sobre su espada antes que anunciarlo), la conmoci\u00f3n de la alta sociedad de Baltimore alcanz\u00f3 niveles febriles. La casi olvidada historia del nacimiento de Benjam\u00edn fue recordada y propalada escandalosamente a los cuatro vientos de los modos m\u00e1s picarescos e incre\u00edbles. Se dijo que, en realidad, Benjamin era el padre de Roger Button, que era un hermano que hab\u00eda pasado cuarenta a\u00f1os en la c\u00e1rcel, que era el mism\u00edsimo John Wilkes Booth disfrazado&#8230; y que dos cuernecillos despuntaban en su cabeza.<\/p>\n<p>Los suplementos dominicales de los peri\u00f3dicos de Nueva York explotaron el caso con fascinantes ilustraciones que mostraban la cabeza de Benjamin Button acoplada al cuerpo de un pez o de una serpiente, o rematando una estatua de bronce. Lleg\u00f3 a ser conocido en el mundo period\u00edstico como El Misterioso Hombre de Maryland. Pero la verdadera historia, como suele ser normal, apenas tuvo difusi\u00f3n.<\/p>\n<p>Como quiera que fuera, todos coincidieron con el general Moncrief: era un crimen que una chica encantadora, que pod\u00eda haberse casado con el mejor gal\u00e1n de Baltimore, se arrojara en brazos de un hombre que ten\u00eda por lo menos cincuenta a\u00f1os. Fue in\u00fatil que el se\u00f1or Roger Button publicara el certificado de nacimiento de su hijo en grandes caracteres en el Blaze de Baltimore. Nadie lo crey\u00f3. Bastaba tener ojos en la cara y mirar a Benjamin.<\/p>\n<p>Por lo que se refiere a las dos personas a quienes m\u00e1s concern\u00eda el asunto, no hubo vacilaci\u00f3n alguna. Circulaban tantas historias falsas acerca de su prometido, que Hildegarde se neg\u00f3 terminantemente a creer la verdadera. Fue in\u00fatil que el general Moncrief le se\u00f1alara el alto \u00edndice de mortalidad entre los hombres de cincuenta a\u00f1os, o, al menos, entre los hombres que aparentaban cincuenta a\u00f1os; e in\u00fatil que le hablara de la inestabilidad del negocio de la ferreter\u00eda al por mayor. Hildegarde eligi\u00f3 casarse con la madurez&#8230; y se cas\u00f3.<\/p>\n<p><strong>VII.<\/strong><br \/>\nEn una cosa, al menos, los amigos de Hildegarde Moncrief se equivocaron. El negocio de ferreter\u00eda al por mayor prosper\u00f3 de manera asombrosa. En los quince a\u00f1os que transcurrieron entre la boda de Benjamin Button, en 1880, y la jubilaci\u00f3n de su padre, en 1895, la fortuna familiar se hab\u00eda duplicado, gracias en gran medida al miembro m\u00e1s joven de la firma.<\/p>\n<p>No hay que decir que Baltimore acab\u00f3 acogiendo a la pareja en su seno. Incluso el anciano general Moncrief lleg\u00f3 a reconciliarse con su yerno cuando Benjamin le dio el dinero necesario para sacar a la luz su <em>Historia de la Guerra Civil<\/em> en treinta vol\u00famenes, que hab\u00eda sido rechazada por nueve destacados editores.<\/p>\n<p>Quince a\u00f1os provocaron muchos cambios en el propio Benjamin. Le parec\u00eda que la sangre le corr\u00eda con nuevo vigor por las venas. Empez\u00f3 a gustarle levantarse por la ma\u00f1ana, caminar con paso en\u00e9rgico por la calle concurrida y soleada, trabajar incansablemente en sus env\u00edos de martillos y sus cargamentos de clavos. Fue en 1890 cuando logr\u00f3 su mayor \u00e9xito en los negocios: lanz\u00f3 la famosa idea de que todos los clavos usados para clavar cajas destinadas al transporte de clavos son propiedad del transportista, propuesta que, con rango de proyecto de ley, fue aprobada por el presidente del Tribunal Supremo, el se\u00f1or Fossile, y ahorr\u00f3 a Roger Button &#038; Company, Ferreteros Mayoristas, m\u00e1s de seiscientos clavos anuales.<\/p>\n<p>Y Benjamin descubri\u00f3 que lo atra\u00eda cada vez m\u00e1s el lado alegre de la vida. T\u00edpico de su creciente entusiasmo por el placer fue el hecho de que se convirtiera en el primer hombre de la ciudad de Baltimore que posey\u00f3 y condujo un autom\u00f3vil. Cuando se lo encontraban por la calle, sus coet\u00e1neos lo miraban con envidia, tal era su imagen de salud y vitalidad.<\/p>\n<p>\u2014Parece que est\u00e1 m\u00e1s joven cada d\u00eda \u2014observaban. Y, si el viejo Roger Button, ahora de sesenta y cinco a\u00f1os, no hab\u00eda sabido darle a su hijo una bienvenida adecuada, acab\u00f3 reparando su falta colm\u00e1ndolo de atenciones que rozaban la adulaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Llegamos a un asunto desagradable sobre el que pasaremos lo m\u00e1s r\u00e1pidamente posible. S\u00f3lo una cosa preocupaba a Benjamin Button: su mujer hab\u00eda dejado de atraerle.<\/p>\n<p>En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de treinta y cinco a\u00f1os, con un hijo, Roscoe, de catorce. En los primeros d\u00edas de su matrimonio Benjam\u00edn hab\u00eda sentido adoraci\u00f3n por ella. Pero, con los a\u00f1os su cabellera color miel se volvi\u00f3 casta\u00f1a, vulgar, y el esmalte azul de sus ojos adquiri\u00f3 el aspecto de la loza barata. Adem\u00e1s, y por encima de todo, Hildegarde hab\u00eda ido moderando sus costumbres, demasiado pl\u00e1cida, demasiado satisfecha, demasiado an\u00e9mica en sus manifestaciones de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios. Cuando eran novios ella era la que arrastraba a Benjam\u00edn a bailes y cenas; pero ahora era al contrario. Hildegarde lo acompa\u00f1aba siempre en sociedad, pero sin entusiasmo, consumida ya por esa sempiterna inercia que viene a vivir un d\u00eda con nosotros y se queda a nuestro lado hasta el final.<\/p>\n<p>La insatisfacci\u00f3n de Benjam\u00edn se hizo cada vez m\u00e1s profunda. Cuando estall\u00f3 la Guerra Hispano-Norteamericana en 1898, su casa le ofrec\u00eda tan pocos atractivos que decidi\u00f3 alistarse en el ej\u00e9rcito. Gracias a su influencia en el campo de los negocios, obtuvo el grado de capit\u00e1n, y demostr\u00f3 tanta eficacia que fue ascendido a mayor y por fin a teniente coronel, justo a tiempo para participar en la famoso carga contra la colina de San Juan. Fue herido levemente y mereci\u00f3 una medalla.<\/p>\n<p>Benjamin estaba tan apegado a las actividades y las emociones del ej\u00e9rcito, que lament\u00f3 tener que licenciarse, pero los negocios exig\u00edan su atenci\u00f3n, as\u00ed que renunci\u00f3 a los galones y volvi\u00f3 a su ciudad. Una banda de m\u00fasica lo recibi\u00f3 en la estaci\u00f3n y lo escolt\u00f3 hasta su casa.<\/p>\n<p><strong>VIII.<\/strong><br \/>\nHildegarde, ondeando una gran bandera de seda, lo recibi\u00f3 en el porche, y en el momento preciso de besarla Benjamin sinti\u00f3 que el coraz\u00f3n le daba un vuelco: aquellos tres a\u00f1os hab\u00edan tenido un precio. Hidelgarde era ahora una mujer de cuarenta a\u00f1os, y una tenue sombra gris se insinuaba ya en su pelo. El descubrimiento lo entristeci\u00f3.<\/p>\n<p>Cuando lleg\u00f3 a su habitaci\u00f3n, se mir\u00f3 en el espejo: se acerc\u00f3 m\u00e1s y examin\u00f3 su cara con ansiedad, compar\u00e1ndola con una foto en la que aparec\u00eda en uniforme, una foto de antes de la guerra.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Dios santo! \u2014dijo en voz alta. El proceso continuaba. No hab\u00eda la m\u00e1s m\u00ednima duda: ahora aparentaba tener treinta a\u00f1os. En vez de alegrarse, se preocup\u00f3: estaba rejuveneciendo. Hasta entonces hab\u00eda cre\u00eddo que, cuando alcanzara una edad corporal equivalente a su edad en a\u00f1os, cesar\u00eda el fen\u00f3meno grotesco que hab\u00eda caracterizado su nacimiento. Se estremeci\u00f3. Su destino le pareci\u00f3 horrible, incre\u00edble.<\/p>\n<p>Volvi\u00f3 a la planta principal. Hildegarde lo estaba esperando: parec\u00eda enfadada, y Benjamin se pregunt\u00f3 si habr\u00eda descubierto al fin que pasaba algo malo. E, intentado aliviar la tensi\u00f3n, abord\u00f3 el asunto durante la comida, de la manera m\u00e1s delicada que se le ocurri\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Bueno \u2014observ\u00f3 en tono desenfadado\u2014, todos dicen que parezco m\u00e1s joven que nunca.<\/p>\n<p>Hildegarde lo mir\u00f3 con desd\u00e9n. Y solloz\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY te parece algo de lo que presumir?<\/p>\n<p>\u2014No estoy presumiendo \u2014asegur\u00f3 Benjamin, inc\u00f3modo.<\/p>\n<p>Ella volvi\u00f3 a sollozar.<\/p>\n<p>\u2014Vaya idea \u2014dijo, y agreg\u00f3 un instante despu\u00e9s\u2014: Cre\u00eda que tendr\u00edas el suficiente amor propio como para acabar con esto.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY c\u00f3mo? \u2014pregunt\u00f3 Benjamin.<\/p>\n<p>\u2014No voy a discutir contigo \u2014replic\u00f3 su mujer\u2014. Pero hay una manera apropiada de hacer las cosas y una manera equivocada. Si t\u00fa has decidido ser distinto a todos, me figuro que no puedo imped\u00edrtelo, pero la verdad es que no me parece muy considerado por tu parte.<\/p>\n<p>\u2014Pero, Hildegarde, \u00a1yo no puedo hacer nada!<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed que puedes. Pero eres un cabez\u00f3n, s\u00f3lo eso. Est\u00e1s convencido de que tienes que ser distinto. Has sido siempre as\u00ed y lo seguir\u00e1s siendo. Pero piensa, s\u00f3lo un momento, qu\u00e9 pasar\u00eda si todos compartieran tu manera de ver las cosas&#8230; \u00bfC\u00f3mo ser\u00eda el mundo?<\/p>\n<p>Se trababa de una discusi\u00f3n est\u00e9ril, sin soluci\u00f3n, as\u00ed que Benjam\u00edn no contest\u00f3, y desde aquel instante un abismo comenz\u00f3 a abrirse entre ellos. Y Benjam\u00edn se preguntaba qu\u00e9 fascinaci\u00f3n pod\u00eda haber ejercido Hildegarde sobre \u00e9l en otro tiempo.<\/p>\n<p>Y, para ahondar la brecha, Benjam\u00edn se dio cuenta de que, a medida que el nuevo siglo avanzaba, se fortalec\u00eda su sed de diversiones. No hab\u00eda fiesta en Baltimore en la que no se le viera bailar con las casadas m\u00e1s hermosas y charlar con las debutantes m\u00e1s solicitadas, disfrutando de los encantos de su compa\u00f1\u00eda, mientras su mujer, como una viuda de mal ag\u00fcero, se sentaba entre las madres y las t\u00edas vigilantes, para observarlo con altiva desaprobaci\u00f3n, o seguirlo con ojos solemnes, perplejos y acusadores.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Mira! \u2014comentaba la gente\u2014. \u00a1Qu\u00e9 l\u00e1stima! Un joven de esa edad casado con una mujer de cuarenta y cinco a\u00f1os. Debe de tener por lo menos veinte a\u00f1os menos que su mujer.<\/p>\n<p>Hab\u00edan olvidado \u2014porque la gente olvida inevitablemente\u2014 que ya en 1880 sus pap\u00e1s y mam\u00e1s tambi\u00e9n hab\u00edan hecho comentarios sobre aquel matrimonio mal emparejado.<\/p>\n<p>Pero la gran variedad de sus nuevas aficiones compensaba la creciente infelicidad hogare\u00f1a de Benjam\u00edn. Descubri\u00f3 el golf, y obtuvo grandes \u00e9xitos. Se entreg\u00f3 al baile: en 1906 era un experto en el boston, y en 1908 era considerado un experto del maxixe, mientras que en 1909 su castle walk fue la envidia de todos los j\u00f3venes de la ciudad.<\/p>\n<p>Su vida social, naturalmente, se mezcl\u00f3 hasta cierto punto con sus negocios, pero ya llevaba veinticinco a\u00f1os dedicado en cuerpo y alma a la ferreter\u00eda al por mayor y pens\u00f3 que iba siendo hora de que se hiciera cargo del negocio su hijo Roscoe, que hab\u00eda terminado sus estudios en Harvard.<\/p>\n<p>Y, de hecho, a menudo confund\u00edan a Benjam\u00edn con su hijo. Semejante confusi\u00f3n agradaba a Benjam\u00edn, que olvid\u00f3 pronto el miedo insidioso que lo hab\u00eda invadido a su regreso de la Guerra Hispano-Norteamericana: su aspecto le produc\u00eda ahora un placer ingenuo. S\u00f3lo ten\u00eda una contraindicaci\u00f3n aquel delicioso ung\u00fcento: detestaba aparecer en p\u00fablico con su mujer. Hildegarde ten\u00eda casi cincuenta a\u00f1os, y, cuando la ve\u00eda, se sent\u00eda completamente absurdo.<\/p>\n<p><strong>IX.<\/strong><br \/>\nUn d\u00eda de septiembre de 1910 \u2014pocos a\u00f1os despu\u00e9s de que el joven Roscoe Button se hiciera cargo de la Roger Button &#038; Company, Ferreteros Mayoristas\u2014 un hombre que aparentaba unos veinte a\u00f1os se matricul\u00f3 como alumno de primer curso en la Universidad de Harvard, en Cambridge. No cometi\u00f3 el error de anunciar que nunca volver\u00eda a cumplir los cincuenta, ni mencion\u00f3 el hecho de que su hijo hab\u00eda obtenido su licenciatura en la misma instituci\u00f3n diez a\u00f1os antes.<\/p>\n<p>Fue admitido, y, casi desde el primer d\u00eda, alcanz\u00f3 una relevante posici\u00f3n en su curso, en parte porque parec\u00eda un poco mayor que los otros estudiantes de primero, cuya media de edad rondaba los dieciocho a\u00f1os.<\/p>\n<p>Pero su \u00e9xito se debi\u00f3 fundamentalmente al hecho de que en el partido de f\u00fatbol contra Yale jug\u00f3 de forma tan brillante, con tanto br\u00edo y tanta furia fr\u00eda e implacable, que marc\u00f3 siete touchdowns y catorce goles de campo a favor de Harvard, y consigui\u00f3 que los once hombres de Yale fueran sacados uno a uno del campo, inconscientes. Se convirti\u00f3 en el hombre m\u00e1s c\u00e9lebre de la universidad.<\/p>\n<p>Aunque parezca raro, en tercer curso apenas si fue capaz de formar parte del equipo. Los entrenadores dijeron que hab\u00eda perdido peso, y los m\u00e1s observadores repararon en que no era tan alto como antes. Ya no marcaba touchdowns. Lo manten\u00edan en el equipo con la esperanza de que su enorme reputaci\u00f3n sembrara el terror y la desorganizaci\u00f3n en el equipo de Yale.<\/p>\n<p>En el \u00faltimo curso, ni siquiera lo incluyeron en el equipo. Se hab\u00eda vuelto tan delgado y fr\u00e1gil que un d\u00eda unos estudiantes de segundo lo confundieron con un novato, incidente que lo humill\u00f3 profundamente. Empez\u00f3 a ser conocido como una especie de prodigio \u2014un alumno de los \u00faltimos cursos que quiz\u00e1 no ten\u00eda m\u00e1s de diecis\u00e9is a\u00f1os\u2014 y a menudo lo escandalizaba la mundaner\u00eda de algunos de sus compa\u00f1eros. Los estudios le parec\u00edan m\u00e1s dif\u00edciles, demasiado avanzados. Hab\u00eda o\u00eddo a sus compa\u00f1eros hablar del San Midas, famoso colegio preuniversitario, en el que muchos de ellos se hab\u00edan preparado para la Universidad, y decidi\u00f3 que, cuando acabara la licenciatura, se matricular\u00eda en el San Midas, donde, entre chicos de su complexi\u00f3n, estar\u00eda m\u00e1s protegido y la vida ser\u00eda m\u00e1s agradable.<\/p>\n<p>Termin\u00f3 los estudios en 1914 y volvi\u00f3 a su casa, a Baltimore, con el t\u00edtulo de Harvard en el bolsillo. Hildegarde resid\u00eda ahora en Italia, as\u00ed que Benjamin se fue a vivir con su hijo, Roscoe. Pero, aunque fue recibido como de costumbre, era evidente que el afecto de su hijo se hab\u00eda enfriado: incluso manifestaba cierta tendencia a considerar un estorbo a Benjamin, cuando vagaba por la casa presa de melancol\u00edas de adolescente. Roscoe se hab\u00eda casado, ocupaba un lugar prominente en la vida social de Baltimore, y no deseaba que en torno a su familia se suscitara el menor esc\u00e1ndalo.<\/p>\n<p>Benjamin ya no era persona grata entre las debutantes y los universitarios m\u00e1s j\u00f3venes, y se sent\u00eda abandonado, muy solo, con la \u00fanica compa\u00f1\u00eda de tres o cuatro chicos de la vecindad, de catorce o quince a\u00f1os. Record\u00f3 el proyecto de ir al colegio de San Midas.<\/p>\n<p>\u2014Oye \u2014le dijo a Roscoe un d\u00eda\u2014, \u00bfcu\u00e1ntas veces tengo que decirte que quiero ir al colegio?<\/p>\n<p>\u2014Bueno, pues ve, entonces \u2014abrevi\u00f3 Roscoe. El asunto le desagradaba, y deseaba evitar la discusi\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014No puedo ir solo \u2014dijo Benjamin, vulnerable\u2014. Tienes que matricularme y llevarme t\u00fa.<\/p>\n<p>\u2014No tengo tiempo \u2014declar\u00f3 Roscoe con brusquedad. Entrecerr\u00f3 los ojos y mir\u00f3 preocupado a su padre\u2014. El caso es \u2014a\u00f1adi\u00f3\u2014 que ya est\u00e1 bien: podr\u00edas pararte ya, \u00bfno? Ser\u00eda mejor&#8230; \u2014se interrumpi\u00f3, y su cara se volvi\u00f3 roja mientras buscaba las palabras\u2014. Tienes que dar un giro de ciento ochenta grados: empezar de nuevo, pero en direcci\u00f3n contraria. Esto ya ha ido demasiado lejos para ser una broma. Ya no tiene gracia. T\u00fa&#8230; \u00a1Ya es hora de que te portes bien!<\/p>\n<p>Benjamin lo mir\u00f3, al borde de las l\u00e1grimas.<\/p>\n<p>\u2014Y otra cosa \u2014continu\u00f3 Roscoe\u2014: cuando haya visitas en casa, quiero que me llames t\u00edo, no Roscoe, sino t\u00edo, \u00bfcomprendes? Parece absurdo que un ni\u00f1o de quince a\u00f1os me llame por mi nombre de pila. Quiz\u00e1 har\u00edas bien en llamarme t\u00edo siempre, as\u00ed te acostumbrar\u00edas.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de mirar severamente a su padre, Roscoe le dio la espalda.<\/p>\n<p><strong>X.<\/strong><br \/>\nCuando termin\u00f3 esta discusi\u00f3n, Benjamin, muy triste, subi\u00f3 a su dormitorio y se mir\u00f3 al espejo. No se afeitaba desde hac\u00eda tres meses, pero apenas si se descubr\u00eda en la cara una pelusilla incolora, que no val\u00eda la pena tocar. La primera vez que, en vacaciones, volvi\u00f3 de Harvad, Roscoe se hab\u00eda atrevido a sugerirle que deber\u00eda llevar gafas y una barba postiza pegada a las mejillas: por un momento pareci\u00f3 que iba a repetirse la farsa de sus primeros a\u00f1os. Pero la barba le picaba, y le daba verg\u00fcenza. Benjamin llor\u00f3, y Roscoe hab\u00eda acabado cediendo a rega\u00f1adientes.<\/p>\n<p>Benjamin abri\u00f3 un libro de cuentos para ni\u00f1os, <em>Los boy scouts en la bah\u00eda de Bimini<\/em>, y comenz\u00f3 a leer. Pero no pod\u00eda quitarse de la cabeza la guerra. Hac\u00eda un mes que Estados Unidos se hab\u00eda unido a la causa aliada, y Benjamin quer\u00eda alistarse, pero, ay, diecis\u00e9is a\u00f1os eran la edad m\u00ednima, y Benjamin no parec\u00eda tenerlos. De cualquier modo, su verdadera edad, cincuenta y cinco a\u00f1os, tambi\u00e9n lo inhabilitaba para el ej\u00e9rcito.<\/p>\n<p>Llamaron a la puerta y el mayordomo apareci\u00f3 con una carta con gran membrete oficial en una esquina, dirigida al se\u00f1or Benjamin Button. Benjamin la abri\u00f3, rasgando el sobre con impaciencia, y ley\u00f3 la misiva con deleite: muchos militares de alta graduaci\u00f3n, actualmente en la reserva, que hab\u00edan prestado servicio durante la guerra con Espa\u00f1a, estaban siendo llamados al servicio con un rango superior. Con la carta se adjuntaba su nombramiento como general de brigada del ej\u00e9rcito de Estados Unidos y la orden de incorporarse inmediatamente.<\/p>\n<p>Benjamin se puso en pie de un salto, casi temblando de entusiasmo. Aquello era lo que hab\u00eda deseado. Cogi\u00f3 su gorra y diez minutos despu\u00e9s entraba en una gran sastrer\u00eda de Charles Street y, con insegura voz de tiple, ordenaba que le tomaran medidas para el uniforme.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQuieres jugar a los soldados, ni\u00f1o? \u2014pregunt\u00f3 un dependiente, con indiferencia.<\/p>\n<p>Benjamin enrojeci\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Oiga! \u00a1A usted no le importa lo que yo quiera! \u2014replic\u00f3 con rabia\u2014. Me llamo Button y vivo en la Mt. Vernon Place, as\u00ed que ya sabe qui\u00e9n soy.<\/p>\n<p>\u2014Bueno \u2014admiti\u00f3 el dependiente, titubeando\u2014, por lo menos s\u00e9 qui\u00e9n es su padre.<\/p>\n<p>Le tomaron las medidas, y una semana despu\u00e9s estuvo listo el uniforme. Tuvo algunos problemas para conseguir los galones e insignias de general porque el comerciante insist\u00eda en que una bonita insignia de la Asociaci\u00f3n de J\u00f3venes Cristianas quedar\u00eda igual de bien y ser\u00eda mucho mejor para jugar.<\/p>\n<p>Sin decirle nada a Roscoe, Benjamin sali\u00f3 de casa una noche y se traslad\u00f3 en tren a Camp Mosby, en Carolina del Sur, donde deb\u00eda asumir el mando de una brigada de infanter\u00eda. En un sofocante d\u00eda de abril Benjamin lleg\u00f3 a las puertas del campamento, pag\u00f3 el taxi que lo hab\u00eda llevado hasta all\u00ed desde la estaci\u00f3n y se dirigi\u00f3 al centinela de guardia.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Que alguien recoja mi equipaje! \u2014dijo en\u00e9rgicamente.<\/p>\n<p>El centinela lo mir\u00f3 con mala cara.<\/p>\n<p>\u2014Dime \u2014observ\u00f3\u2014, \u00bfadonde vas disfrazado de general, ni\u00f1o?<\/p>\n<p>Benjamin, veterano de la Guerra Hispano-Norteamericana, se volvi\u00f3 hacia el soldado echando chispas por los ojos, pero, por desgracia, con voz aguda e insegura.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Cu\u00e1drese! \u2014intent\u00f3 decir con voz de trueno; hizo una pausa para recobrar el aliento, e inmediatamente vio c\u00f3mo el centinela entrechocaba los talones y presentaba armas. Benjam\u00edn disimul\u00f3 una sonrisa de satisfacci\u00f3n, pero cuando mir\u00f3 a su alrededor la sonrisa se le hel\u00f3 en los labios. No hab\u00eda sido \u00e9l la causa de aquel gesto de obediencia, sino un imponente coronel de artiller\u00eda que se acercaba a caballo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Coronel! \u2014llam\u00f3 Benjamin con voz aguda.<\/p>\n<p>El coronel se acerc\u00f3, tir\u00f3 de las riendas y lo mir\u00f3 fr\u00edamente desde lo alto, con un extra\u00f1o centelleo en los ojos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n eres, ni\u00f1o? \u00bfQui\u00e9n es tu padre? \u2014pregunt\u00f3 afectuosamente.<\/p>\n<p>\u2014Ya le ense\u00f1ar\u00e9 yo qui\u00e9n soy \u2014contest\u00f3 Benjam\u00edn con voz fiera\u2014. \u00a1Baje inmediatamente del caballo!<\/p>\n<p>El coronel se ri\u00f3 a carcajadas.<\/p>\n<p>\u2014Quieres mi caballo, \u00bfeh, general?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Tenga! \u2014grit\u00f3 Benjam\u00edn exasperado\u2014. \u00a1Lea esto! \u2014y tendi\u00f3 su nombramiento al coronel.<\/p>\n<p>El coronel lo ley\u00f3 y los ojos se le sal\u00edan de las \u00f3rbitas.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfD\u00f3nde lo has conseguido? \u2014pregunt\u00f3, meti\u00e9ndose el documento en su bolsillo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Me lo ha mandado el Gobierno, como usted descubrir\u00e1 enseguida!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Acomp\u00e1\u00f1ame! \u2014dijo el coronel, con una mirada extra\u00f1a\u2014. Vamos al puesto de mando, all\u00ed hablaremos. Venga, vamos.<\/p>\n<p>El coronel dirigi\u00f3 su caballo, al paso, hacia el puesto de mando. Y Benjam\u00edn no tuvo m\u00e1s remedio que seguirlo con toda la dignidad de la que era capaz: prometi\u00e9ndose, mientras tanto, una dura venganza.<\/p>\n<p>Pero la venganza no lleg\u00f3 a materializarse: se materializ\u00f3, dos d\u00edas despu\u00e9s, su hijo Roscoe, que lleg\u00f3 de Baltimore, acalorado y de mal humor por el viaje inesperado, y escolt\u00f3 al lloroso general, sin su uniforme, de vuelta a casa.<\/p>\n<p><strong>XI.<\/strong><br \/>\nEn 1920 naci\u00f3 el primer hijo de Roscoe Button. Durante las fiestas de rigor, a nadie se le ocurri\u00f3 mencionar que el chiquillo mugriento que aparentaba unos diez a\u00f1os de edad y jugueteaba por la casa con soldaditos de plomo y un circo en miniatura era el mism\u00edsimo abuelo del reci\u00e9n nacido.<\/p>\n<p>A nadie molestaba aquel chiquillo de cara fresca y alegre en la que a veces se adivinaba una sombra de tristeza, pero para Roscoe Button su presencia era una fuente de preocupaciones. En el idioma de su generaci\u00f3n, Roscoe no consideraba que el asunto reportara la menor utilidad. Le parec\u00eda que su padre, neg\u00e1ndose a parecer un anciano de sesenta a\u00f1os, no se comportaba como un \u00abhombre de pelo en pecho\u00bb \u2014\u00e9sta era la expresi\u00f3n preferida de Roscoe\u2014, sino de un modo perverso y estrafalario. Pensar en aquel asunto m\u00e1s de media hora lo pon\u00eda al borde de la locura. Roscoe cre\u00eda que los \u00abhombres con nervios de acero\u00bb deb\u00edan mantenerse j\u00f3venes, pero llevar las cosas a tal extremo&#8230; no reportaba ninguna utilidad. Y en este punto Roscoe interrump\u00eda sus pensamientos.<\/p>\n<p>Cinco a\u00f1os m\u00e1s tarde, el hijo de Roscoe hab\u00eda crecido lo suficiente para jugar con el peque\u00f1o Benjam\u00edn bajo la supervisi\u00f3n de la misma ni\u00f1era. Roscoe los llev\u00f3 a los dos al parvulario el mismo d\u00eda y Benjam\u00edn descubri\u00f3 que jugar con tiras de papel de colores, y hacer mantelitos y cenefas y curiosos y bonitos dibujos, era el juego m\u00e1s fascinante del mundo. Una vez se port\u00f3 mal y tuvo que quedarse en un rinc\u00f3n, y llor\u00f3, pero casi siempre las horas transcurr\u00edan felices en aquella habitaci\u00f3n alegre, donde la luz del sol entraba por las ventanas y la amable mano de la se\u00f1orita Bailey de vez en cuando se posaba sobre su pelo despeinado.<\/p>\n<p>Un a\u00f1o despu\u00e9s el hijo de Roscoe pas\u00f3 a primer grado, pero Benjam\u00edn sigui\u00f3 en el parvulario. Era muy feliz. Algunas veces, cuando otros ni\u00f1os hablaban de lo que har\u00edan cuando fueran mayores, una sombra cruzaba su carita como si de un modo vago, pueril, se diera cuenta de que eran cosas que \u00e9l nunca compartir\u00eda.<\/p>\n<p>Los d\u00edas pasaban con alegre monoton\u00eda. Volvi\u00f3 por tercer a\u00f1o al parvulario, pero ya era demasiado peque\u00f1o para entender para qu\u00e9 serv\u00edan las brillantes y llamativas tiras de papel. Lloraba porque los otros ni\u00f1os eran mayores y le daban miedo. La maestra habl\u00f3 con \u00e9l, pero, aunque intent\u00f3 comprender, no comprendi\u00f3 nada.<\/p>\n<p>Lo sacaron del parvulario. Su ni\u00f1era, Nana, con su uniforme almidonado, pas\u00f3 a ser el centro de su min\u00fasculo mundo. Los d\u00edas de sol iban de paseo al parque; Nana le se\u00f1alaba con el dedo un gran monstruo gris y dec\u00eda \u00abelefante\u00bb, y Benjam\u00edn deb\u00eda repetir la palabra, y aquella noche, mientras lo desnudaran para acostarlo, la repetir\u00eda una y otra vez en voz alta: \u00able\u00edante, lefante, le\u00edante\u00bb. Algunas veces Nana le permit\u00eda saltar en la cama, y entonces se lo pasaba muy bien, porque, si te sentabas exactamente como deb\u00edas, rebotabas, y si dec\u00edas \u00abah\u00bb durante mucho tiempo mientras dabas saltos, consegu\u00edas un efecto vocal intermitente muy agradable.<\/p>\n<p>Le gustaba mucho coger del perchero un gran bast\u00f3n y andar de ac\u00e1 para all\u00e1 golpeando sillas y mesas, y diciendo: \u00abPelea, pelea, pelea\u00bb. Si hab\u00eda visita, las se\u00f1oras mayores chasqueaban la lengua a su paso, lo que le llamaba la atenci\u00f3n, y las j\u00f3venes intentaban besarlo, a lo que \u00e9l se somet\u00eda con un ligero fastidio. Y, cuando el largo d\u00eda acababa, a las cinco en punto, Nana lo llevaba arriba y le daba a cucharadas harina de avena y unas papillas estupendas.<\/p>\n<p>No hab\u00eda malos recuerdos en su sue\u00f1o infantil: no le quedaban recuerdos de sus magn\u00edficos d\u00edas universitarios ni de los a\u00f1os espl\u00e9ndidos en que romp\u00eda el coraz\u00f3n de tantas chicas. S\u00f3lo exist\u00edan las blancas, seguras paredes de su cuna, y Nana y un hombre que ven\u00eda a verlo de vez en cuando, y una inmensa esfera anaranjada, que Nana le se\u00f1alaba un segundo antes del crep\u00fasculo y la hora de dormir, a la que Nana llamaba el sol. Cuando el sol desaparec\u00eda, los ojos de Benjamin se cerraban, so\u00f1olientos&#8230; Y no hab\u00eda sue\u00f1os, ning\u00fan sue\u00f1o ven\u00eda a perturbarlo.<\/p>\n<p>El pasado: la salvaje carga al frente de sus hombres contra la colina de San Juan; los primeros a\u00f1os de su matrimonio, cuando se quedaba trabajando hasta muy tarde en los anocheceres veraniegos de la ciudad presurosa, trabajando por la joven Hildegarde, a la que quer\u00eda; y, antes, aquellos d\u00edas en que se sentaba a fumar con su abuelo hasta bien entrada la noche en la vieja y l\u00f3brega casa de los Button, en Monroe Street&#8230; Todo se hab\u00eda desvanecido como un sue\u00f1o inconsistente, pura imaginaci\u00f3n, como si nunca hubiera existido.<\/p>\n<p>No se acordaba de nada. No recordaba con claridad si la leche de su \u00faltima comida estaba templada o fr\u00eda; ni el paso de los d\u00edas&#8230; S\u00f3lo exist\u00edan su cuna y la presencia familiar de Nana. Y, aparte de eso, no se acordaba de nada. Cuando ten\u00eda hambre lloraba, eso era todo. Durante las tardes y las noches respiraba, y lo envolv\u00edan suaves murmullos y susurros que apenas o\u00eda, y olores casi indistinguibles, y luz y oscuridad.<\/p>\n<p>Luego fue todo oscuridad, y su blanca cuna y los rostros confusos que se mov\u00edan por encima de \u00e9l, y el tibio y dulce aroma de la leche, acabaron de desvanecerse.<\/p>\n<p><strong>&copy; F. Scott Fitzgerald<\/strong><\/p>\n<div align=center><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2009\/02\/nottubnimajneb.jpg\" alt=\"Cartel de la pel\u00edcula\" title=\"Cartel de la pel\u00edcula\" width=\"350\" height=\"519\" class=\"alignnone size-full wp-image-2259\" \/><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El cuento de F. 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