{"id":205,"date":"2007-06-20T03:35:14","date_gmt":"2007-06-20T08:35:14","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/blog\/?p=221"},"modified":"2025-09-07T22:44:33","modified_gmt":"2025-09-08T04:44:33","slug":"la-calle-de-los-cocodrilos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/la-calle-de-los-cocodrilos\/","title":{"rendered":"La calle de los Cocodrilos"},"content":{"rendered":"<p>Este relato de <a href=\"http:\/\/maruska.soria.org\/schulz.htm\">Bruno Schulz<\/a> (1892-1942), uno de los grandes maestros polacos de la prosa en el siglo XX, pertenece al libro <em>Las tiendas de color canela<\/em> (1934). Walter Flores tuvo la amabilidad de transcribirlo para el taller de cuento, y ahora me permito dejar su transcripci\u00f3n aqu\u00ed (gracias, Walter). Por cierto: si pueden encontrarlo, no se pierdan el cortometraje animado basado en este cuento, de los hermanos Stephen y Timothy Quay.<\/p>\n<figure id=\"attachment_17049\" aria-describedby=\"caption-attachment-17049\" style=\"width: 2560px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/06\/bruno-schulz.webp\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"17049\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/la-calle-de-los-cocodrilos\/bruno-schulz\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/06\/bruno-schulz.webp\" data-orig-size=\"2560,1958\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"bruno-schulz\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Bruno Schulz (&lt;a href=&quot;https:\/\/www.zendalibros.com\/quien-diria-que-schulz-fue-asesinado\/&quot;&gt;fuente&lt;\/a&gt;)&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/06\/bruno-schulz-1024x783.webp\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/06\/bruno-schulz.webp\" alt=\"\" width=\"2560\" height=\"1958\" class=\"size-full wp-image-17049\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/06\/bruno-schulz.webp 2560w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/06\/bruno-schulz-300x229.webp 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/06\/bruno-schulz-1024x783.webp 1024w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/06\/bruno-schulz-523x400.webp 523w\" sizes=\"auto, (max-width: 2560px) 100vw, 2560px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-17049\" class=\"wp-caption-text\">Bruno Schulz (<a href=\"https:\/\/www.zendalibros.com\/quien-diria-que-schulz-fue-asesinado\/\">fuente<\/a>)<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>LA CALLE DE LOS COCODRILOS<br \/>\nBruno Schulz<\/strong><\/p>\n<p>En el caj\u00f3n m\u00e1s bajo de su escritorio profundo mi padre escond\u00eda  un viejo y bello mapa de nuestra ciudad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era todo un volumen in folio de hojas de pergamino que, primitivamente unidas por tiras de tela, formaban un enorme mapa mural, un panorama a vista de p\u00e1jaro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Colgado en la pared, ocupaba casi todo el espacio de la habitaci\u00f3n y abr\u00eda un paisaje lejano sobre el valle de Tysmienica que serpenteaba con su cinta de oro p\u00e1lido en el pa\u00eds de extensos estanques y marismas  hasta las onduladas colinas que conduc\u00edan hacia el sur, al principio l\u00edneas de mont\u00edculos escasos, despu\u00e9s cada vez mas poblados, tabla de ajedrez de colinas m\u00e1s y m\u00e1s peque\u00f1as y p\u00e1lidas a medida que se alejaban en la niebla dorada y humeante del horizonte.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De esta lejan\u00eda marchita de la periferia surg\u00eda la ciudad; crec\u00eda, al principio en complejos no diferenciados, en bloques compactos y mesas de casas hendidas por profundos surcos de calles, para destacar m\u00e1s cerca en edificios separados, dibujados con el gran contraste de las vistas observadas por el telescopio. En los primeros planos el grabador hab\u00eda logrado expresar todo el complejo y m\u00faltiple barullo de calles y callejones, la fuerte expresividad de cornisas, arquitrabes, arquivoltas, y pilastras que brillaban en el oro tard\u00edo y oscuro de una tarde nublada, cuando todos los rincones y marcos se sum\u00edan en la profundidad sepia de la sombra. Los cubos y los prismas de esta sombra, cual panales de miel oscura, se incrustaban en los ca\u00f1ones callejeros, inundaban con su masa c\u00e1lida y jugosa aqu\u00ed la mitad de la calle, all\u00e1 un espacio entre las casas, dramatizaban y orquestaban con la rom\u00e1ntica penumbra de las sombras esa polifon\u00eda arquitect\u00f3nica.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En ese plano &#8211;hecho al estilo barroco&#8211;  la calle de los Cocodrilos resplandec\u00eda con un blancor vac\u00edo que en los mapas geogr\u00e1ficos sol\u00eda significar los terrenos polares, las tierras inexploradas de existencia insegura. S\u00f3lo las sencillas l\u00edneas negras estaban all\u00ed dibujadas y eran se\u00f1aladas con una letra simple, sin adornos, al contrario de la gr\u00e1fica noble de otros nombres. Por lo visto el cart\u00f3grafo rehusaba considerar esta parte como un elemento de la ciudad y expresaba su objeci\u00f3n en la realizaci\u00f3n posterior.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Para comprender esta reserva tenemos que dirigir nuestra atenci\u00f3n hacia el car\u00e1cter ambivalente y dudoso de este barrio, tan distante del tono dominante en la ciudad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era un distrito industrial-comercial que pose\u00eda una fisonom\u00eda de sombr\u00eda utilidad claramente destacada. El esp\u00edritu del tiempo, el mecanismo econ\u00f3mico, tampoco perdon\u00f3 a nuestra ciudad y arraig\u00f3 sus avaras ra\u00edces en el extremo de su periferia donde dio lugar a un barrio par\u00e1sito.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mientras en la ciudad vieja reinaba a\u00fan el comercio nocturno, clandestino, saturado de ritualidad solemne, en el barrio nuevo se desarrollaron las formas modernas y austeras del comercialismo. El seudo-americanismo insertado en el viejo y p\u00fatrido suelo de la ciudad, origin\u00f3 la vegetaci\u00f3n frondosa, m\u00e1s vac\u00eda e incolora, de la pretenciosidad de pacotilla. All\u00ed se dejaban ver las casas baratas, mal construidas, con fachadas caricaturescas y monstruosas de yeso resquebrajado. Las casuchas viejas y chillonas recibieron r\u00e1pidamente portales armados deprisa, que s\u00f3lo una mirada cercana desenmascaraba como m\u00edseras imitaciones del mecanismo de la gran ciudad. Los cristales malos, opacos y sucios, que fracturaban en reflejos ondulados la calle oscura, la madera mal trabajada de los portales, la atm\u00f3sfera gris de sus interiores yermos, invadidos por telara\u00f1as y guedejas de polvo en los estantes altos y a lo largo de las paredes harapientas y desconchadas, dejaban aqu\u00ed, sobre las tiendas, el signo de una Klondike salvaje. Aqu\u00ed segu\u00edan filas de sastrer\u00edas, almacenes de confecci\u00f3n, porcelanas, droguer\u00edas, perfumer\u00edas. Sus grandes y grises escaparates llevaban &#8211;al bien o en semic\u00edrculo&#8211; los nombres formados por letras doradas:<\/p>\n<div align=\"center\">CONFISERIE, MANICURE, KING OF ENGLAND<\/div>\n<p>Los nativos de la ciudad se manten\u00edan alejados de esa zona habitada por la escoria, la plebe, individuos sin car\u00e1cter, sin profundidad, por el verdadero desecho moral, esa variaci\u00f3n barata del hombre que nace en ambientes tan efem\u00e9ricos. Pero, en los d\u00edas de la ca\u00edda, en las horas de la tentaci\u00f3n rastrera, ocurr\u00eda que ese o aquel ciudadano se perd\u00eda semicasualmente en este barrio dudoso. Ni los mejores se hallaban a veces libres de la tentaci\u00f3n de una degradaci\u00f3n voluntaria, la nivelaci\u00f3n de los l\u00edmites y las jerarqu\u00edas, de nadar en este barro poco penetrante de la igualdad, de la intimidad f\u00e1cil, de la sucia mezcolanza.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El barrio era Eldorado de tales desertores morales, esos pr\u00f3fugos del estandarte de su propio orgullo. Todo all\u00ed parec\u00eda sospechoso y ambiguo, todo invitaba con un gui\u00f1o secreto, un gesto c\u00ednicamente articulado, un ojito persa, a las esperanzas impuras, todo nos libraba a la naturaleza obscena de sus lazos. Pocos, sin avisar, ve\u00edan lo extra\u00f1o y curioso del barrio: la ausencia del color, como si esta ciudad de pacotilla levantada aprisa no pudiera permitirse el lujo de los colores. Todo era gris como en las fotograf\u00edas monocrom\u00e1ticas, como en los folletos ilustrados. Esta semejanza superaba los l\u00edmites de una simple met\u00e1fora ya que, en ocasiones, vagabundeando por este lado de la ciudad, verdaderamente uno ten\u00eda la impresi\u00f3n de hojear un folleto entre las aburridas columnas de anuncios comerciales en cuyo seno anidaron asuntos par\u00e1sitos, sospechosas notas, ilustraciones dudosas; y estas vagabunder\u00edas resultaban tan est\u00e9riles como aquellas excitaciones de mi fantas\u00eda que persegu\u00eda en las columnas de p\u00e1ginas pornogr\u00e1ficas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se entraba en alguna sastrer\u00eda para encargar un traje, una prenda de elegancia despreciada tan t\u00edpica de este barrio. El local era enorme y vac\u00edo, de techos altos e incoloros. Grandiosos estantes se elevaban uno sobre otro hacia la altura indefinible del almac\u00e9n. Las consignaciones de estantes vac\u00edos conduc\u00edan las miradas hacia el techo a modo de un cielo t\u00edmido, descolorido, el desconchado cielo del barrio. En cambio, los almacenes siguientes, que se entreve\u00edan  por las puertas abiertas, se llenaban hasta el techo de cajas y cartones amontonados en una gran cartoteca que se confund\u00eda en lo m\u00e1s alto, bajo el enredado cielo del tejado con el vac\u00edo c\u00fabico, el material yermo de la nada. A trav\u00e9s de las enormes ventanas grises, hojas de papel de chanciller\u00eda, no entra la luz, porque el espacio del almac\u00e9n se satura de un resplandor gris e indefinido, como el agua, que no arroja sombras y no acent\u00faa ninguna existencia. Pronto llega un joven espigado, sorprendentemente servicial, flexible y resistente, con intenci\u00f3n de satisfacer nuestros deseos e inundarnos con su palabrer\u00eda hueca y charlatana de dependiente. Pero cuando siempre hablando extiende los enormes rollos de pa\u00f1os, ajusta, drapea y tablea el interminable flujo de tela que se escurre entre sus manos, formando de sus olas levitas imaginarias, pantalones, toda esa manipulaci\u00f3n pare algo sin importancia, una ilusi\u00f3n, una comedia, una cortina ir\u00f3nica corrida sobre el verdadero sentido del asunto.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los muchachos del almac\u00e9n, delgados y morenos, cada cual con una tara en su belleza (caracter\u00edstico de ese barrio de productos defectuosos) entran y salen, se sit\u00faan en las puertas de los almacenes sondeando con la mirada si el asunto (confiado a las expertas manos del dependiente) madura hacia el punto adecuado. El dependiente hace caranto\u00f1as y caricias y a veces da la sensaci\u00f3n de ser un travestido. Uno tendr\u00eda ganas de cogerlo bajo la barbilla suavemente dibujada, o bien pellizcar su mejilla p\u00e1lida y espolvoreada, cuando con una mirada significativa dirige discretamente la atenci\u00f3n a la marca de la mercanc\u00eda, marca de una simb\u00f3lica transparencia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Poco a poco el asunto de escoger el traje pasa a segundo plano. Este joven blando hasta la afeminaci\u00f3n y corrompido, lleno de comprensi\u00f3n para las conmociones m\u00e1s \u00edntimas del cliente, hace pasar ante \u00e9l las curiosas marcas protectoras, toda una biblioteca de ellas, un gabinete de coleccionista m\u00e1s refinado. Entonces se descubr\u00eda que el taller de confecci\u00f3n era tan solo una fachada tras la cual se ocultaba un anticuario, una colecci\u00f3n de ediciones harto ambiguas y publicaciones particulares. El servicial dependiente abre los almacenes siguientes plagados hasta el techo de libros, dibujos, fotograf\u00edas. Esas car\u00e1tulas, esas ilustraciones, superan cien veces nuestra imaginaci\u00f3n. Jam\u00e1s hubi\u00e9ramos presentido tal culmen de degeneraci\u00f3n, tales rebuscamientos perversos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las se\u00f1oritas del almac\u00e9n pasan con m\u00e1s frecuencia entre filas de libros, grises y acartonados como dibujos, m\u00e1s llenos de pigmentaciones sus rostros depravados, la oscura pigmentaci\u00f3n de las morenas con esa brillante y grasosa oscuridad que, escondida en los ojos, surt\u00eda de repente en zigzag como una cucaracha reluciente. Pero tambi\u00e9n, en los rubores quemados, en los picantes estigmas de los lunares, en los vergonzosos vestigios de la pelusilla negra, les traicionaba la raza de su sangre negra y antigua. Este color demasiado intenso, esa moca espesa y arom\u00e1tica parec\u00eda manchar los libros que tomaban en sus manos cetrinas; sus toques semejaban te\u00f1ir y dejar en el aire la lluvia oscura de las pecas, el humo del tabaco, como frutas con su olor excitante y animal. Mientras tanto, la depravaci\u00f3n general se desvest\u00eda de los frenos de la apariencia. El dependiente, al agotar su obstinada actividad, pasaba poco a poco a una pasividad mujeril. Acostado en uno de los muchos sof\u00e1s de entre los libros, lleva un pijama de seda que descubre un escote femenino. Las se\u00f1oritas hacen demostraci\u00f3n de las figuras y posiciones de ilustraciones, otras se duermen sobre lechos provisionales.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Disminuyen las presiones sobre el cliente. Lo liberan de ese c\u00edrculo de inter\u00e9s obstinado, lo abandonan a s\u00ed mismo. Las dependientas, ocupadas en una conversaci\u00f3n, ya no le hac\u00edan caso. De perfil o de espaldas, en pose arrogante, balanceando el peso de una pierna a otra, jugando con su calzado, coqueteo, dejaban deslizar el serpenteante juego de sus miembros. As\u00ed retroced\u00edan, reculaban calculadamente abriendo espacios a la actividad del hu\u00e9sped. Aprovechamos este momento de descuido para escapar a las consecuencias imprevistas de esta visita inocente, y alcanzar la calle.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nadie nos detiene. A trav\u00e9s de hileras de libros entre largas estanter\u00edas de revistas e impresos, salimos afuera y ya estamos en la calle de los Cocodrilos, donde, desde su punto m\u00e1s elevado, se divisa casi todo el camino que conduce a los lejanos edificios de la estaci\u00f3n sin terminar. Es un d\u00eda gris, como se acostumbra en esta orilla, y todo parece a ratos una vieja fotograf\u00eda de un peri\u00f3dico ilustrado, tan grises, tan planas son las casas, las gentes y los veh\u00edculos. Esta realidad es fina como el papel y por todos los rincones desvela su imitaci\u00f3n. A veces, un poco m\u00e1s adelante, uno tiene la impresi\u00f3n de que todo se compone en esa imagen punteada del gran bulevar, mientras a sus lados se disuelve, se segrega esa mascarada improvisada e, incapaz de permanecer en su papel, se convierte en yeso y trapo, en el trastero de un teatro enorme y vac\u00edo. La tensi\u00f3n de la pose, la seriedad artificial de la m\u00e1scara, el <em>pathos<\/em> ir\u00f3nico, tiembla en esta piel. Pero nos encontramos lejos de querer desenmascarar el espect\u00e1culo. En contra de la ciencia nos sentimos atra\u00eddos por este encanto barato de barrio. Adem\u00e1s, en la imagen de la ciudad, tampoco est\u00e1n ausentes ciertos rasgos de auto-iron\u00eda. Hileras de peque\u00f1as casitas suburbanas se barajan con casas elevadas de varios pisos que, construidas acartonadamente, constituyen un conglomerado de anuncios, ciegas ventanas de oficinas grises, escaparates acristalados, r\u00f3tulos y n\u00fameros. Bajo las casas fluyen r\u00edos de gente. La calle es ancha como un bulevar de la gran  ciudad, pero la calzada, al igual que la plaza, esta llena de cachivaches, charcos y hierba, y en su interior se cuece el barro batido. El tr\u00e1fico urbano sirve aqu\u00ed para hacer comparaciones y los habitantes lo comentan con orgullo y un destello de comprensi\u00f3n mutua en los ojos. Esa multitud gris e impersonal est\u00e1 apasionada con su papel y se muestra vehemente en su excitaci\u00f3n e inter\u00e9s, da la impresi\u00f3n de seguir un vagabundeo err\u00f3neo, mon\u00f3tono, sin fin, de ser un cortejo lun\u00e1tico de marionetas. En una atm\u00f3sfera de extra\u00f1a futilidad cabe toda la escena. La multitud fluye aburrida y, cosa curiosa, se ve siempre en forma de figuras confusas  que pasan entre el barullo suave, y enredado sin llegar a alcanzar la claridad total. S\u00f3lo a veces logramos distinguir en esta corriente de numerosos rostros una mirada viva y oscura, un bomb\u00edn de copa profundamente hundido sobre la cabeza, media cara desgarrada en una sonrisa con unos labios que acaban de pronunciar algo, un pie adelantado en un paso, as\u00ed, inmovilizado para siempre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La curiosidad del barrio son los simones sin cocheros que recorren solos las calles. Los simoneros, entremezclados con la multitud, ocupados en mil asuntos, no se preocupan de sus veh\u00edculos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En este barrio de la ilusi\u00f3n y del gesto vac\u00edo, no se concede demasiada importancia al fin exacto de un recorrido, y los pasajeros se conf\u00edan de estos coches errantes con la misma ligereza que caracteriza todo aqu\u00ed. En ocasiones se puede observar como, en las curvas peligrosas, asomados a su capot rojo, con las riendas en las manos, efect\u00faan una dif\u00edcil maniobra de adelantamiento.<br \/>\nTambi\u00e9n ten\u00edamos tranv\u00edas en el barrio. La ambici\u00f3n de los concejales municipales festeja con ellos su triunfo m\u00e1s elevado. Mas, es digna de compasi\u00f3n la imagen de estos coches confeccionados de papier-mach\u00e9, con las paredes deformadas  y arrugadas por el prolongado uso. A veces falta toda la parte delantera, as\u00ed que al pasar dejan ver a los pasajeros sentados erguidos y muy serios. Esos tranv\u00edas son empujados por mozos de carga. Pero lo m\u00e1s extra\u00f1o es el ferrocarril de la calle de los Cocodrilos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A veces, en las horas m\u00e1s diversas del d\u00eda, a finales de la semana, podemos ver una multitud de gente esperando el tren en la esquina. Jam\u00e1s podremos estar seguros de si vendr\u00e1 o d\u00f3nde parar\u00e1 y a menudo sucede que la gente, sin ponerse de acuerdo sobre el lugar de la parada, se sit\u00faa en diversos puntos. Esperan largamente formando una masa sombr\u00eda, silenciosa, a lo largo de las apenas trazadas v\u00edas; caras de perfil como una fila de p\u00e1lidas m\u00e1scaras de papel recortadas en una fant\u00e1stica l\u00ednea del horizonte.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y por fin, inesperadamente, llega; ya surge de una calle lateral donde no era esperado, sibilino como una serpiente, miniaturesco, con una peque\u00f1a y resoplante locomotora. Entr\u00f3 en la penumbra del pasillo y la calle se volvi\u00f3 oscura de holl\u00edn sembrado. Los resoplidos de la locomotora y la brisa de una extra\u00f1a solemnidad colmada de tristeza, la prisa frenada y nerviosa, convierten a la calle en la estaci\u00f3n ferroviaria de un veloz atardecer invernal.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La plaga de nuestra ciudad es el c\u00edrculo vicioso de los billetes y la corrupci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En el \u00faltimo momento, cuando el tren ya est\u00e1 en la estaci\u00f3n, las conversaciones con los corruptos funcionarios se desarrollan con prisa nerviosa. Antes de que finalicen estas negociaciones el tren arranca acompa\u00f1ado por una multitud desilusionada que se mueve lentamente y se disipa a lo lejos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La calle, estrechada por un momento hasta el tama\u00f1o de esta estaci\u00f3n improvisada plena de ocasos y alientos de caminos lejanos, se bifurc\u00f3 nuevamente y ampli\u00e1ndose volvi\u00f3 a dejar pasar a la multitud mon\u00f3tona y despreocupada de paseantes que avanza entre el barullo de murmullos a lo largo de los escaparates, esos sucios, grises cubos llenos de mercanc\u00eda barata, de grandes maniqu\u00edes de cera y cabeza de peluquer\u00eda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las prostitutas paseaban con sus largos vestidos de encaje. Podr\u00edan ser tambi\u00e9n esposas de peluqueros o musicastros de cafeter\u00eda. Avanzan con paso feroz, amplio y en sus caras estropeadas y maliciosas se deja ver un ligero defecto que las delata; bizquean, o tienen labios desgarrados, o bien les falta la punta de la nariz.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los habitantes de la ciudad est\u00e1n orgullosos con ese olor que despide la calle de los Cocodrilos \u201cNo tenemos por qu\u00e9 negarnos algo\u201d, piensan orgullosos, \u201cpodemos permitirnos la verdadera lujuria de la gran ciudad.\u201d Dicen que en este barrio cada mujer es una <em>cocotte<\/em>. En realidad basta con fijarse en alguna para que nos encontremos con esa mirada obstinada, pegajosa y cosquilleante  que nos hiela con la seguridad del placer. Incluso las colegialas de aqu\u00ed llevan sus lazos atados de un modo especial, mueven sus piernas esbeltas de una manera muy particular  y en su mirada impura radica ya la futura depravaci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y, sin embargo, \u00bfacaso debemos descubrir el misterio final del barrio, el secreto cuidadosamente oculto de la calle de los Cocodrilos?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Varias veces, en el transcurso de nuestro relato, pusimos algunos signos de advertencia dando expresi\u00f3n de este modo tan sutil a nuestras objeciones.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Un lector atento no se sorprender\u00e1 con el vuelco final del asunto. Hemos hablado del car\u00e1cter imitativo e ilusorio del barrio, pero estas palabras  tienen un significado demasiado definitivo como para descubrir el estilo parcial e indeciso de su realidad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nuestro lenguaje no posee definiciones que dosifiquen el grado de realidad ni definan su densidad. Dig\u00e1moslo sin rodeos: la fatalidad de este barrio consiste en que nunca nada se realiza hasta su culminaci\u00f3n, nada llega a su <em>definitivum<\/em>, todos los movimientos iniciados se suspenden en el aire, todos los gestos se agotan tempranamente y no pueden superar su punto muerto. Hemos podido observar la gran frondosidad y el despilfarro en las intenciones, proyectos y anticipaciones que caracterizan el barrio. Todo \u00e9l no es otra cosa que la fermentaci\u00f3n de deseos crecidos muy deprisa, y por ello, sin fuerzas y huecos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En la atm\u00f3sfera de una felicidad exagerada, brota aqu\u00ed la m\u00e1s leve apetencia y una tensi\u00f3n fugaz se hincha, se desarrolla una vegetaci\u00f3n gris y ligera de hierbajos peludos, amapolas incoloras que surgen de la redecilla fina de pesadillas y hach\u00eds. Sobre todo el barrio flota el fluido perezoso y depravado del pecado,  y las casas, las tiendas, las gentes, semejan ser un escalofr\u00edo sobre su piel enfebrecida, una piel de gallina sobre sus sue\u00f1os febriles. Solamente aqu\u00ed nos sentimos tan amenazados por la posibilidad, estremecidos por la cercan\u00eda de la realizaci\u00f3n, p\u00e1lidos e impotentes en el placentero temor de la realizaci\u00f3n. Pero ah\u00ed termina.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al cruzar el punto \u00e1lgido de la oleada se detiene, retrocede, la atm\u00f3sfera se apaga y marchita, las perspectivas se destruyen en la nada, las grises y enloquecidas amapolas de la excitaci\u00f3n se convierten en ceniza.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Eternamente, nos arrepentimos de haber salido del almac\u00e9n de confecci\u00f3n de dudosa conducta. Jam\u00e1s volveremos a dar con \u00e9l. Erraremos de r\u00f3tulos y nos equivocaremos cientos de veces. Visitaremos mil negocios, hallaremos otros muy parecidos, caminaremos entre hileras de libros, hojearemos revistas e impresos, conversaremos larga y dificultosamente con las se\u00f1oritas de pigmentaci\u00f3n exagerada y belleza defectuosa, quienes no sabr\u00e1n comprender nuestros deseos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nos enredaremos en la mara\u00f1a de malentendidos hasta que toda nuestra fiebre y excitaci\u00f3n se evapore en un esfuerzo in\u00fatil,  en una carrera perdida en vano.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nuestras esperanzas eran fruto de un equ\u00edvoco; el aspecto ambiguo del local y del servicio era una ilusi\u00f3n; la confecci\u00f3n era verdadera  el dependiente no ten\u00eda intenciones ocultas. El mundo femenino de la calle de los Cocodrilos destaca por una depravaci\u00f3n muy mediocre silenciada con gruesas capas de prejuicios morales y vulgaridad banal. En esta ciudad de material humano barato est\u00e1 ausente tambi\u00e9n la altivez del instinto, faltan pasiones anormales y oscuras.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La calle de los Cocodrilos constitu\u00eda una concesi\u00f3n de nuestra ciudad en pro de la modernidad y la degeneraci\u00f3n urbana. Por lo visto no pod\u00edamos permitirnos nada m\u00e1s que una imitaci\u00f3n de papel, un fotomontaje hecho de recortes de peri\u00f3dico del a\u00f1o pasado.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento extraordinario del escritor polaco Bruno Schulz (1892-1942), m\u00e1s un corto basado en \u00e9l.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":17049,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[2845,111,22,2343,200,1820,2846,2855,1128,16],"class_list":["post-205","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-bruno-schulz","tag-cortometraje","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores-polacos","tag-hermanos-quay","tag-la-calle-de-los-cocodrilos","tag-literatura","tag-textos-adaptados","tag-video"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/06\/bruno-schulz.webp","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-3j","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/205","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=205"}],"version-history":[{"count":7,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/205\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":17050,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/205\/revisions\/17050"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/17049"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=205"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=205"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=205"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}