{"id":17454,"date":"2026-07-22T12:34:56","date_gmt":"2026-07-22T18:34:56","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=17454"},"modified":"2026-07-22T13:23:28","modified_gmt":"2026-07-22T19:23:28","slug":"ella-habitaba-cuento-guillermo-samperio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/ella-habitaba-cuento-guillermo-samperio\/","title":{"rendered":"Ella habitaba un cuento"},"content":{"rendered":"<p>El escritor mexicano <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Guillermo_Samperio\" target=\"_blank\">Guillermo Samperio<\/a> (1948-2016) fue uno de los cuentistas m\u00e1s destacados e innovadores del pa\u00eds durante el siglo XX. Maestro de escritura creativa durante d\u00e9cadas, public\u00f3 tambi\u00e9n novelas, ensayos, art\u00edculos y poes\u00eda, y fue periodista y promotor cultural. \u00abElla habitaba un cuento\u00bb es de sus narraciones m\u00e1s audaces y experimentales, pues combina la imaginaci\u00f3n fant\u00e1stica y la metaficci\u00f3n en una serie de historias que se contienen unas a otras y se vuelven sobre (o contra) s\u00ed mismas. Esta versi\u00f3n del texto (publicado en el libro <em>Gente de la ciudad<\/em>, 1986) proviene de la <a href=\"https:\/\/materialdelectura.unam.mx\/images\/stories\/pdf5\/guillermo-samperio-98.pdf\">antolog\u00eda de Samperio<\/a> publicada en la colecci\u00f3n Material de Lectura de la UNAM en 2011.<\/p>\n<figure id=\"attachment_17455\" aria-describedby=\"caption-attachment-17455\" style=\"width: 1024px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/cult-guillermo-samperio-1024x640-1.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"17455\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/ella-habitaba-cuento-guillermo-samperio\/cult-guillermo-samperio-1024x640\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/cult-guillermo-samperio-1024x640-1.jpg\" data-orig-size=\"1024,640\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;,&quot;alt&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Guillermo Samperio (&lt;a href=&quot;https:\/\/www.poetripiados.com\/el-cuento-de-guillermo-samperio-que-paralizo-a-sus-lectores\/&quot;&gt;fuente&lt;\/a&gt;)&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/cult-guillermo-samperio-1024x640-1.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/cult-guillermo-samperio-1024x640-1.jpg\" alt=\"Guillermo Samperio\" width=\"1024\" height=\"640\" class=\"size-full wp-image-17455\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/cult-guillermo-samperio-1024x640-1.jpg 1024w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/cult-guillermo-samperio-1024x640-1-300x188.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/cult-guillermo-samperio-1024x640-1-600x375.jpg 600w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/cult-guillermo-samperio-1024x640-1-800x500.jpg 800w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-17455\" class=\"wp-caption-text\">Guillermo Samperio (<a href=\"https:\/\/www.poetripiados.com\/el-cuento-de-guillermo-samperio-que-paralizo-a-sus-lectores\/\">fuente<\/a>)<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>ELLA HABITABA UN CUENTO<br \/>\nGuillermo Samperio<\/strong><\/p>\n<div align=right><em>a Fernando Ferreira de Loanda<\/em><br \/>&nbsp;&nbsp;<br \/>\nCuando creemos so\u00f1ar y estamos despiertos, sentimos un v\u00e9rtigo en la raz\u00f3n.<br \/>\n<em>Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares<\/em><br \/>&nbsp;<\/div>\n<p>Durante las primeras horas de la noche, el escritor Guillermo Segovia dio una charla en la Escuela de Bachilleres, en Iztapalapa. Los alumnos de Est\u00e9tica, a cargo del joven poeta Israel Castellanos, quedaron contentos por la detallada intervenci\u00f3n de Segovia. El profesor Castellanos no dud\u00f3 agradecer y elogiar ante ellos el trabajo del conferencista. Quien estuvo m\u00e1s a gusto fue el mismo Segovia, pues si bien antes de empezar experiment\u00f3 cierto nerviosismo, en el momento de exponer las notas que hab\u00eda preparado con dos d\u00edas de anticipaci\u00f3n, sus palabras surgieron firmes y \u00e1giles. Cuando un muchacho pregunt\u00f3 sobre la elaboraci\u00f3n de personajes a partir de gente real, Guillermo Segovia lament\u00f3 para s\u00ed que la emoci\u00f3n y la confianza que lo embargaban no hubieran aparecido ante p\u00fablico especializado. Tal idea vanidosa no impidi\u00f3 que gustara de cierto v\u00e9rtigo por la palabra creativa y aguda, ese espacio donde lo te\u00f3rico y sus ejemplos fluyen en un discurso denso y al mismo tiempo sencillo. Dej\u00f3 que las frases se enlazaran sin tener demasiada conciencia de ellas; la trama de vocablos produc\u00eda una obvia din\u00e1mica, independiente del expositor.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Guillermo Segovia acababa de cumplir treinta y cuatro a\u00f1os; ten\u00eda escritos tres libros de cuentos, una novela y una serie de art\u00edculos period\u00edsticos publicados en el pa\u00eds y en el extranjero, especialmente en Par\u00eds, donde curs\u00f3 la carrera de letras. Hab\u00eda vuelto a M\u00e9xico seis a\u00f1os antes del d\u00eda de su charla en Bachilleres, casado con Elena, una joven investigadora colombiana, con quien ten\u00eda dos hijos. A su regreso, el escritor comenz\u00f3 a trabajar en un peri\u00f3dico, mientras su esposa lo hac\u00eda en la Universidad Nacional Aut\u00f3noma de M\u00e9xico. Rentaban una casita en el antiguo Coyoac\u00e1n y viv\u00edan c\u00f3modamente.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya en el camino hacia su casa, manejando un VW modelo 82, Guillermo no pod\u00eda recordar varios pasajes del final de su charla. Pero no le molestaba demasiado; su memoria sol\u00eda meterlo en espor\u00e1dicas lagunas. Adem\u00e1s, iba entusiasmado a causa de un fragmento que s\u00ed recordaba y que pod\u00eda utilizar para escribir un cuento. Se refer\u00eda a esa juguetona comparaci\u00f3n que hab\u00eda hecho entre un arquitecto y un escritor. \u201cDesde el punto de vista de la creatividad, el dise\u00f1o de una casa-habitaci\u00f3n se encuentra invariablemente en el espacio de lo ficticio; cuando los alba\u00f1iles empiezan a construirla, estamos ya ante la realizaci\u00f3n de lo ficticio. Una vez terminada, el propietario habitar\u00e1 su casa y la ficci\u00f3n del arquitecto. Ampliando mi razonamiento, podemos afirmar que las ciudades son ficciones de la arquitectura; a ello se debe que a \u00e9sta la consideren un arte. El arquitecto que habita una casa que proyect\u00f3 y edific\u00f3 es uno de los pocos hombres que tienen la posibilidad de habitar su fantas\u00eda. Por su lado, el escritor es art\u00edfice de la palabra, dise\u00f1a historias y frases, para que el lector habite el texto. Una casa y un cuento deben ser s\u00f3lidos, funcionales, necesarios, perdurables. En un relato, la movilidad necesita fluidez, por decirlo as\u00ed, de la sala a la cocina, o de las rec\u00e1maras al ba\u00f1o. Nada de columnas ni paredes in\u00fatiles. Las distintas secciones del cuento o de la casa deben ser indispensables y creadas con precisi\u00f3n. Se escribe literatura y se construyen hogares para que el hombre los habite sin dificultades.\u201d<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u201cHabitar el texto\u201d iba pensando Guillermo mientras su autom\u00f3vil se desplazaba en la noche de la avenida Iztapalapa. Solamente ten\u00eda puesta la atenci\u00f3n en los sem\u00e1foros, sin observar el panorama \u00e1rido de aquella zona de la ciudad. Ni cuando el tr\u00e1nsito se intensific\u00f3 hacia la Calzada de la Viga, se enter\u00f3 del cambio de rumbo. \u201cHabitar el texto\u201d, insist\u00eda, a pesar de sus lagunas mentales. La idea de habitar los vocablos lo maravillaba; quer\u00eda escribir de pronto un cuento sobre esa idea. Imaginando la forma de abordarlo, pens\u00f3 que intentar\u00eda evitar soluciones literarias sobre temas similares. Al azar, se dijo que una mujer ser\u00eda el personaje indicado. De manera brumosa intu\u00eda a una mujer habitando una historia creada por \u00e9l. \u201cElla habitaba el texto\u201d fue la primera transformaci\u00f3n. \u201cAqu\u00ed ya estoy en el terreno del cuento; la frase misma es literaria, suena bien.\u201d<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Record\u00f3 varias mujeres, cercanas y distantes, pero ninguna respond\u00eda a su deseo. Retrocedi\u00f3 y comenz\u00f3 por imaginar la actividad de ella. Cre\u00f3 un peque\u00f1o cat\u00e1logo de profesiones y oficios, orient\u00e1ndose al final hacia las actrices. Se pregunt\u00f3 sobre las razones de esta elecci\u00f3n en lo que su autom\u00f3vil se alejaba de la colonia Country Club y se dirig\u00eda hacia Miguel \u00c1ngel de Quevedo para cruzar el puente de Tlalpan. Dej\u00f3 jugar a su pensamiento en la b\u00fasqueda de una respuesta o de una justificaci\u00f3n. \u201cDe alguna manera los actores habitan el texto. Viven al personaje que les toc\u00f3 representar y tambi\u00e9n viven el texto; no encarnan a persona alguna. En el teatro habitan la literatura durante un tiempo breve. En el cine, momentos de ellos perduran con tendencia al infinito. Los dramaturgos han escrito obras de teatro para acercarse al antiguo sue\u00f1o del escritor de ficci\u00f3n: que seres humanos habiten sus textos. Que la creaci\u00f3n art\u00edstica pase de la zona de lo imaginario a la de la realidad. En el caso de mi tema el movimiento es inverso: que la realidad viaje hacia lo imaginario.\u201d<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El autom\u00f3vil de Guillermo Segovia dio vuelta sobre Felipe Carrillo Puerto, adelant\u00f3 una cuadra y gir\u00f3 hacia Alberto Zamora; treinta metros m\u00e1s adelante, se detuvo. Mientras apagaba el motor, decidi\u00f3 que la mujer de su relato ser\u00eda una joven actriz que \u00e9l admiraba, por sus actuaciones y su peculiar belleza. Adem\u00e1s, la actriz ten\u00eda cierto parecido con la pintora Frida Kahlo, quien se retrataba en los sue\u00f1os de sus cuadros, otra forma de habitar las propias ficciones. Aunque Segovia no titulaba sus cuentos antes de redactarlos, en esta ocasi\u00f3n tuvo ganas de hacerlo. Ella habitaba un cuento ser\u00eda el nombre del relato; el de la mujer, el mismo que llevaba la actriz en la realidad: Ofelia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Guillermo baj\u00f3 del VW, entr\u00f3 a su casa; atravesando hacia la izquierda una sala no muy grande, lleg\u00f3 al estudio. Una habitaci\u00f3n peque\u00f1a cuyas paredes ten\u00edan libreros de piso a techo. Encendi\u00f3 la luz, del estuche sac\u00f3 la m\u00e1quina de escribir, la puso sobre el escritorio, situado hacia el fondo, junto a una ventana, a trav\u00e9s de la que se ve\u00edan algunas plantas de un jardincito. Prendi\u00f3 la radio de su aparato de sonido y sintoniz\u00f3 Radio Universidad. Cuando abr\u00eda el primer caj\u00f3n del escritorio, Elena apareci\u00f3 en el umbral de la puerta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfC\u00f3mo te fue? \u2014dijo caminando hacia \u00e9l.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Bien \u2014respondi\u00f3 Guillermo acerc\u00e1ndose a ella. Se besaron; Segovia le acarici\u00f3 el cabello y las caderas. Se besaron nuevamente y, al separarse, Elena insisti\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfC\u00f3mo respondi\u00f3 la gente?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Con inter\u00e9s. Me di cuenta de que los muchachos hab\u00edan le\u00eddo mis cuentos. Eso se lo debo a Castellanos&#8230; durante la pl\u00e1tica sali\u00f3 un tema interesante \u2014 explic\u00f3, yendo hacia el escritorio.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Los ni\u00f1os se acaban de dormir&#8230; estaba leyendo un poco&#8230; \u00bfno vas a cenar?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014No&#8230; prefiero ponerme a escribir&#8230;<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Bueno. Te espero en la rec\u00e1mara.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Elena sali\u00f3 soplando un beso sobre la palma de sus manos orient\u00e1ndolo hacia su esposo. Guillermo Segovia se acomod\u00f3 frente a la m\u00e1quina de escribir; del caj\u00f3n que hab\u00eda dejado abierto, sac\u00f3 varias hojas en blanco e introdujo la primera. Puso el t\u00edtulo y comenz\u00f3 a escribir.<br \/>\n<br \/>&nbsp;<br \/>\nELLA HABITABA UN CUENTO<\/p>\n<p><em>Aquel d\u00eda la ola del fr\u00edo arreci\u00f3 en la ciudad. Hacia las once de la noche, m\u00e1s o menos, cay\u00f3 una especie de neblina, ocasionada por la baja temperatura y el esmog. La oscuridad era m\u00e1s profunda que de costumbre y enrarec\u00eda hasta los sitios de mayor luminosidad. Las viejas calles del centro de Coyoac\u00e1n parec\u00edan sumidas en una \u00e9poca de varios siglos atr\u00e1s. La misma luz de arbotantes y autom\u00f3viles era sombr\u00eda; penetraba de manera d\u00e9bil aquel antiguo espacio. Pocas personas, vestidas con abrigos o su\u00e9teres gruesos y bufandas, caminaban peg\u00e1ndose a las paredes, en actitud de apaciguar el fr\u00edo. Semejaban siluetas de otro tiempo, como si en este Coyoac\u00e1n emergiera un Coyoac\u00e1n pret\u00e9rito y la gente se hubiera equivocado de centuria, dirigi\u00e9ndose a lugares que nunca hallar\u00eda. De espaldas a la Plaza Hidalgo, por la estrecha avenida Francisco Sosa, caminaba Ofelia. Su cuerpo delgado vest\u00eda pantalones grises de pa\u00f1o y un grueso su\u00e9ter negro que por su holgura parec\u00eda estar colgado sobre los hombros. Una bufanda violeta rodeaba el largo cuello de la mujer. La piel blanca de su rostro era una tenue luz que sobresal\u00eda desde el cabello oscuro que se balanceaba rozando sus hombros. Las pisadas de sus botas negras apenas resonaban en las baldosas de piedra.<\/em><br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<em>Aunque no atinaba a saber desde d\u00f3nde, Ofelia presinti\u00f3 que la observaban. En la esquina de Francisco Sosa y Ave Mar\u00eda se detuvo en lo que un autom\u00f3vil giraba a la derecha. Aprovech\u00f3 ese instante para voltear hacia atr\u00e1s, suponiendo descubrir a la persona que la miraba. S\u00f3lo vio a una pareja de ancianos que sal\u00eda de un port\u00f3n y se encaminaba hacia la Plaza. Antes de cruzar la calle, se sinti\u00f3 desprotegida; luego, experiment\u00f3 un leve escalofr\u00edo. Pens\u00f3 que quiz\u00e1 hubiera sido mejor que alguien la viniera siguiendo. Ech\u00f3 a andar nuevamente segura de que, no obstante la soledad, la noche observaba sus movimientos. Le vino cierto temor y, de manera instintiva, apresur\u00f3 el paso. Se frot\u00f3 las manos, mir\u00f3 hacia los \u00e1rboles que ten\u00eda delante y luego al fondo de la avenida que se esfumaba en el ambiente neblinoso. \u201cHubiera sido mejor que me trajeran\u201d, se lament\u00f3 casi para cruzar Ayuntamiento.<\/em><br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<em>Minutos antes hab\u00eda estado en las viejas instalaciones del Centro de Arte Dram\u00e1tico, presenciando el ensayo general de una obra de la Edad Media. Al finalizar el ensayo y despu\u00e9s de salir a la calle, una de las actrices le ofreci\u00f3 llevarla; Ofelia invent\u00f3 que ten\u00eda que visitar a una amiga que viv\u00eda exactamente a la vuelta sobre Francisco Sosa. La verdad era que el ambiente gris y extra\u00f1o de Coyoac\u00e1n le hab\u00eda provocado ganas de caminar; adem\u00e1s, para ella el paisaje neblinoso continuaba la escenograf\u00eda de la obra y le tra\u00eda a la memoria su estancia en Inglaterra. Se despidi\u00f3 y empez\u00f3 a caminar, mientras los dem\u00e1s abordaban distintos autos.<\/em><br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<em>La impresi\u00f3n de ser observada la percibi\u00f3 ya sobre la avenida. Ahora, al notar que nada concreto le suced\u00eda, no hall\u00f3 motivos profundos para el miedo. El fen\u00f3meno deber\u00eda tener una explicaci\u00f3n que por el momento se le escapaba. Esta idea la reconfort\u00f3 y, un poco m\u00e1s animada, sopl\u00f3 vaho sobre sus manos con el fin de calent\u00e1rselas. Sin embargo, esta repentina tranquilidad ahond\u00f3 sus posibilidades perceptivas. Eran seguramente unos ojos que pretend\u00edan entrar en ella; ojos cuya funci\u00f3n parec\u00eda m\u00e1s bien la del tacto.<\/em><br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<em>Muy bien, le era imposible desembarazarse de la vivencia, pero al menos deseaba comprender. \u00bfSe trataba de sentimientos nuevos y por lo mismo sin definici\u00f3n posible? \u00bfQu\u00e9 fin persegu\u00eda ese mirar? Pocas veces hab\u00eda tenido problemas con ideas persecutorias; aceptaba cierta inseguridad debido a la violencia del Distrito Federal. Se mov\u00eda con precauci\u00f3n; ahora, que s\u00ed estaba exponi\u00e9ndose, nadie la amenazaba. Las gentes de los pocos autos que pasaban a su lado no se interesaban en ella. Entonces, record\u00f3 los espacios intensamente luminosos en el escenario, cuando las luces de los spots le impiden ver al p\u00fablico, quien a su vez tiene puesta la mirada en ella. Sabe que una multitud de ojos se encuentra en la penumbra, movi\u00e9ndose al ritmo que ella exige; suma de ojos, gran ojo embozado, ojo gigante apoyado en su cuerpo. Pretendiendo alentarse con este recuerdo, Ofelia se dijo que tal vez se tratara de la memoria de la piel, ajena a su mente; en ese brumoso paisaje, quiz\u00e1 volv\u00eda a su cuerpo y lo iba poseyendo paulatinamente. Ojo-red, ojo-\u00e1mbito, gran ojo acerc\u00e1ndose a ella, ojo creciendo; Ofelia quiso sacudirse la sensaci\u00f3n agitando la cabeza. El esfuerzo, ella lo entend\u00eda, fue in\u00fatil; ya sin fuerzas, se abandon\u00f3 a la fatalidad y sinti\u00f3 sumergirse en una noche ciega. Camin\u00f3 en un espacio de pronto apagado, perdiendo ubicuidad, todav\u00eda con la d\u00e9bil certeza de que no se encontraba ante ning\u00fan peligro.<\/em><br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<em>Al doblar en el callej\u00f3n de su casa, sinti\u00f3 que el ojo enorme se encontraba ya sobre sus cabellos, su rostro, su bufanda, su su\u00e9ter, sus pantalones. Se detuvo y le vino una especie de v\u00e9rtigo semejante al que se experimenta en los sue\u00f1os en que la persona flota sin encontrar apoyo ni forma de bajar. Ofelia sab\u00eda que estaba a unos cuantos metros de su casa, en Coyoac\u00e1n, en su ciudad, sobre la Tierra, pero al mismo tiempo no pod\u00eda evitar la sensaci\u00f3n del sue\u00f1o, ese v\u00e9rtigo a final de cuentas agradable porque el so\u00f1ador en el fondo entiende que no corre peligro y lanza su cuerpo a la oscuridad como un zepel\u00edn que descender\u00e1 cuando venga la vigilia. Ofelia sigui\u00f3 parada en el callej\u00f3n, intentando entender; en voz baja se dijo: \u201cNo es un desmayo ni un problema ps\u00edquico. Esto no viene de m\u00ed, es algo ajeno a m\u00ed, fuera de mi control\u201d. Se movi\u00f3 lentamente hacia la pared y recarg\u00f3 la espalda. La sensaci\u00f3n se hizo m\u00e1s densa en su delgado cuerpo, como si la niebla del callej\u00f3n se hubiera posado en ella. \u201cYa no es que me est\u00e9n observando; es algo m\u00e1s poderoso.\u201d Se llev\u00f3 una mano a la frente e introdujo sus largos dedos entre el cabello una y otra vez; sobresaltada, comprendiendo el hecho de un solo golpe, se dijo: \u201cEstoy dentro del ojo\u201d. Baj\u00f3 el brazo con lentitud y, siguiendo la idea de sus \u00faltimas palabras, continu\u00f3: \u201cMe encuentro en el interior de la mirada. Habito un mirar. Estoy formando parte de una manera de ver. Algo me impulsa a caminar; la niebla ha bajado y sus listones brumosos cuelgan hacia las ventanas. Soy una silueta salida de un tiempo pret\u00e9rito peg\u00e1ndome a las paredes. Me llamo Ofelia y estoy abriendo el port\u00f3n de madera de mi casa. Entro, a mi derecha aparece en sombras chinescas el jard\u00edn, de entre las plantas surge Paloma dando saltos festivos. Su blanco pelambre parece una mota oval de algod\u00f3n que fuera flotando en la oscuridad. Me lanza unos d\u00e9biles ladridos, se acerca a mis piernas, se frota contra mis pantorrillas; luego se para en dos patas invit\u00e1ndome a jugar. La acaricio y la pongo a un lado con delicadeza; gru\u00f1e lastimeramente, pero yo camino ya entre mis plantas por el sendero de piedras de r\u00edo. La luz del recibidor est\u00e1 encendida; abro la puerta, la cierro. Deseo algo de comer y me dirijo hacia la cocina. Me detengo y me veo obligada a volver sobre mis pasos, sigo de largo hacia la sala. Prendo una l\u00e1mpara de pie, abro la cantina, agarro una copa y una botella de co\u00f1ac. Sin cerrar la puerta de la cantina, me sirvo y, al tomar el primer trago, me doy cuenta de que el deseo por alimentarme persiste, pero el sabor del co\u00f1ac me cautiva y, en mi contra, renuncio a la comida. Cuando llevo la copa a mis labios por segunda vez, aparece Pl\u00e1cida, me hace un saludo respetuoso y me pregunta que si no se me ofrece nada. Le pido que vaya a dormir, explic\u00e1ndole que ma\u00f1ana tenemos que madrugar. Pl\u00e1cida se despide inclinando un poco la cabeza, y yo termino de beber mi licor. Entre mis dedos llevo la botella y la copa; con la mano libre apago la l\u00e1mpara y, a oscuras, atravieso la sala y subo las escaleras. La puerta de mi rec\u00e1mara est\u00e1 abierta y entro. Enciendo la luz, me dirijo hacia mi mesa de noche. Sobre ella pongo la botella y la copa. Me siento en la banquita, abro el caj\u00f3n, saco mi libreta de apuntes, una pluma fuente, y comienzo a escribir lo que me est\u00e1 sucediendo.\u201d<\/em><br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;S\u00e9 muy bien que a\u00fan habito la mirada. Escucho los sonidos que se gestan en su profundidad, similares al rumor de la ciudad que sube a lo alto de la Torre Latinoamericana. He tenido que moverme con calma y pre-cisi\u00f3n. El temor se est\u00e1 disipando; me siento sorprendida, sin desesperaci\u00f3n. Ahora, de repente, estoy molesta, enojada; necesito escribir que protesto. S\u00ed, protesto, se\u00f1ores. \u00a1Protesto! Hombres del mundo, protesto. Escribo que habito, escribo que el malestar se ha ido de m\u00ed; detengo la escritura. Me serv\u00ed licor y me tom\u00e9 la copa de un solo trago. Me gusta mucho mi vieja pluma Montblanc, tiene buen punto. Mi cuerpo est\u00e1 caliente, arden mis mejillas. Pienso que no puedo dejar de vivir dos espacios; la avenida Francisco Sosa, que ahora la siento muy lejos de m\u00ed, es dos caminos, un solo gran ojo. En las calles de este viejo Coyoac\u00e1n que quiero tanto existe otro Coyoac\u00e1n; yo ven\u00eda atravesando dos Coyoacanes, a trav\u00e9s de dos noches, entre la doble neblina. En este momento de visiones vertiginosas, como yo, hay gente que habita ambos Coyoacanes; Coyoacanes que coinciden perfectamente uno en el otro, ni abajo ni arriba, una sola entra\u00f1a y dos espacios. Alguien, quiz\u00e1 un hombre, en este mismo instante escribe las mismas palabras que avanzan en mi cuaderno de notas. Estas mismas palabras. Dejo de escribir; me tom\u00e9 otra copa. Me siento un poco ebria; estoy contenta. Como si hubiera mucha luz en mi habitaci\u00f3n. Paloma ladra hacia dos lunas invisibles. Me viene el impulso de escribir que a lo mejor el hombre se llama Guillermo y es una persona de barba, nariz recta, larga. Podr\u00eda ser Guillermo Segovia, el escritor, quien al mismo tiempo vive a otro Guillermo Segovia. Guillermo Segovia en Guillermo Samperio, cada uno dentro del otro, un mismo cuerpo. Insisto en que se me ocurre pensar que escribe en su m\u00e1quina exactamente lo que yo escribo, palabra sobre palabra, un solo discurso y dos espacios. Guillermo escribe un cuento demasiado pretencioso; el personaje central podr\u00eda llamarse como yo. Escribo que escribe un relato donde yo habito. Ya es m\u00e1s de media noche y el escritor Guillermo Segovia se siente cansado. Detiene la escritura, se mesa la barba, se enrosca el bigote; se levanta, estira los brazos y, mientras los baja, sale del estudio. Sube hacia las habitaciones del primer piso. Se asoma a su rec\u00e1mara y ve que su esposa se encuentra dormida, con un libro abierto sobre el regazo. Se acerca a ella, la besa en una mejilla, retira el libro y lo pone sobre el bur\u00f3; antes de salir, le deja una \u00faltima mirada a la mujer. Cuando desciende las escaleras, aunque no atina a saber desde d\u00f3nde, presiente que lo observan. Se detiene y voltea pensando que su hijo menor anda levantado, pero no hay nadie. \u201cA lo mejor me sugestion\u00e9 con el cuento\u201d, piensa buscando una causa. Termina de bajar y la sensaci\u00f3n de ser observado se le profundiza. Este cambio lo inquieta porque entiende que el paso siguiente es saber que no es visto, sino que habita una mirada. Que se encuentra formando parte de una manera de ver. Parado al pie de las escaleras, piensa: \u201cEsa mirada podr\u00eda pertenecerle a Ofelia\u201d. Por mi lado, en lo que escribo con mi bonita Mont-Blanc, siento que voy deshabitando la historia de Guillermo Segovia. Y \u00e9l no puede disimular que mi texto podr\u00eda llamarse algo as\u00ed como Guillermo habitaba un cuento; ahora escribo que Segovia, pose\u00eddo ya por el miedo, va hacia su estudio en tanto que yo voy habitando s\u00f3lo un Coyoac\u00e1n, mientras \u00e9l habita paulatinamente dos, tres, varios Coyoacanes. Guillermo toma las quince cuartillas que ha escrito, un cuento a medio escribir, plagado de errores; agarra su encendedor, lo acciona y acerca la flama a la esquina de las hojas y comienzan a arder. Observa c\u00f3mo se levanta el fuego desde su relato titulado prematuramente Ella habitaba un cuento. Echa el manuscrito semicarbonizado al peque\u00f1o bote de basura, creyendo que cuando termine de quemarse cesar\u00e1 la \u201csugesti\u00f3n\u201d. Pero, ahora escucha los sonidos que se gestan en las profundidades de mi atento mirar, semejantes al rumor de la ciudad que sube a lo alto de la Torre Latinoamericana. Ve brotar el humo del basurero sin que disminuya su temor. Quiere ir con su esposa para que lo reconforte, pero intuye que de nada servir\u00eda. De pie en el centro del estudio, Guillermo no encuentra qu\u00e9 hacer. Sabe que habita su casa y otras casas, aunque no las registre. Camina hacia su escritorio, toma asiento ante su m\u00e1quina de escribir, abre el segundo caj\u00f3n. Dominado por la urgencia de que se frene su desintegraci\u00f3n, sin saber precisamente qu\u00e9 o a qui\u00e9n matar, saca la vieja Colt 38 que hered\u00f3 del abuelo. Se levanta, camina hacia la puerta; lleva en alto el arma. Mientras cruza la sala en la oscuridad, siente que est\u00e1 a punto de perder la conciencia, aun guardando la idea del momento en que vive. Finalmente, en ese estado turbio y angustiante, sube de nuevo al primer piso. La pieza del fondo se qued\u00f3 encendida; hacia all\u00e1 se dirige.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al detenerse en el quicio de la puerta, no logra re-conocer la habitaci\u00f3n; sus ojos no pueden informarle de lo que ven aunque vean. Desde su dedo \u00edndice comienza a fluir la existencia fr\u00eda del metal; identifica el gatillo y las cachas. Una luz p\u00e1lida aparece en el fondo de su percepci\u00f3n, devolvi\u00e9ndole los elementos de su circunstancia. Distingue bultos, sombras de una realidad; mira su brazo extendido y levanta la vista. Frente a \u00e9l, sentada en una simp\u00e1tica banquita, lo observa una mujer. Segovia baja el brazo con lentitud y deja caer la Colt, la cual produce un sonido sordo en la alfombra. La mujer se pone en pie e intenta sonre\u00edr desde sus labios delgados. Cuando Guillermo entiende que no se encuentra ante ning\u00fan peligro, su miedo disminuye, dej\u00e1ndole una huella entumecida en el cuerpo. Sin meditarlo, decide avanzar; con el movimiento de sus piernas, al fin, llega a la lucidez. Se detiene junto a m\u00ed; en silencio, aceptando nuestra fatalidad, me toma la mano y yo lo permito.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento cl\u00e1sico, experimental, del narrador mexicano Guillermo Samperio (1948-2016).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":17455,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_seo_schema_type":"","_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_feature_clip_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"Lo nuevo en Las Historias es \"Ella habitaba un cuento\": una narraci\u00f3n desconcertante del mexicano Guillermo Samperio.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":true},"categories":[4],"tags":[22,2343,3556,25,198,262,2855,2291,360,729],"class_list":["post-17454","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-ella-habitaba-un-cuento","tag-escritores","tag-escritores-mexicanos","tag-guillermo-samperio","tag-literatura","tag-literatura-de-imaginacion","tag-literatura-fantastica","tag-metaficcion"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/cult-guillermo-samperio-1024x640-1.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-4xw","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17454","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=17454"}],"version-history":[{"count":11,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17454\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":17466,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17454\/revisions\/17466"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/17455"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=17454"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=17454"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=17454"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}