{"id":17332,"date":"2026-03-08T22:05:30","date_gmt":"2026-03-09T04:05:30","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=17332"},"modified":"2026-03-08T22:05:30","modified_gmt":"2026-03-09T04:05:30","slug":"oro-caballo-hombre-rafael-f-munoz-cuento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/oro-caballo-hombre-rafael-f-munoz-cuento\/","title":{"rendered":"Oro, caballo y hombre"},"content":{"rendered":"<p>Entre las muchas figuras de la Revoluci\u00f3n Mexicana, la del militar <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Rodolfo_Fierro\" target=\"_blank\">Rodolfo Fierro<\/a>, lugarteniente de Pancho Villa, no es la m\u00e1s recordada. Pero ese personaje real, conocido por su car\u00e1cter sanguinario, fascin\u00f3 a varios escritores de su \u00e9poca, incluyendo a <a href=\"https:\/\/www.elem.mx\/autor\/datos\/750\" target=\"_blank\">Rafael F. Mu\u00f1oz<\/a> (1899-1972), narrador y periodista mexicano, que es el autor del cuento que sigue.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En \u00abOro, caballo y hombre\u00bb, publicado por primera vez en 1933, una historia con bases reales se convierte en el relato un suceso legendario \u2013una imagen perdurable de algunas de las peores debilidades humanas\u2013, como sucede en otro relato cl\u00e1sico que tiene de protagonista a Fierro: \u00abLa fiesta de las balas\u00bb de Mart\u00edn Luis Guzm\u00e1n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La versi\u00f3n del cuento es la que se public\u00f3 en 2010 en la colecci\u00f3n <a href=\"https:\/\/materialdelectura.unam.mx\/edicion-2010\/383-edicion-conmemorativa-2010\/200-05-rafael-f-munoz\">Material de Lectura<\/a> de la UNAM.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Rafael-f-Munoz.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"17337\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/oro-caballo-hombre-rafael-f-munoz-cuento\/rafael-f-munoz\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Rafael-f-Munoz.jpg\" data-orig-size=\"1188,1000\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;1&quot;}\" data-image-title=\"Rafael F. Mu\u00f1oz\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Rafael-f-Munoz-1024x862.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Rafael-f-Munoz.jpg\" alt=\"\" width=\"1188\" height=\"1000\" class=\"aligncenter size-full wp-image-17337\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Rafael-f-Munoz.jpg 1188w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Rafael-f-Munoz-300x253.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Rafael-f-Munoz-1024x862.jpg 1024w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Rafael-f-Munoz-475x400.jpg 475w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Rafael-f-Munoz-800x673.jpg 800w\" sizes=\"auto, (max-width: 1188px) 100vw, 1188px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>ORO, CABALLO Y HOMBRE<br \/>\nRafael F. Mu\u00f1oz<\/strong><\/p>\n<p>Como en Casas Grandes terminaba la l\u00ednea f\u00e9rrea, los villistas que se dirig\u00edan rumbo a Sonora bajaron de los trenes, echando fuera de las jaulas la flaca caballada y despu\u00e9s de ensillar emprendieron la caminata hacia el Ca\u00f1\u00f3n del P\u00falpito.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La llanura estaba oculta bajo una espesa costra de nieve endurecida que cruj\u00eda a la presi\u00f3n de las herradas pezu\u00f1as de los animales; a veces, \u00e9stos resbalaban y ca\u00edan sobre el h\u00famedo colch\u00f3n, blanco e interminable; los jinetes se levantaban sacudi\u00e9ndose y si la bestia hab\u00eda quedado tirada en el fango helado, con las manos le cerraban la nariz y el hocico para que en un supremo esfuerzo por libertarse y respirar, el animal volviera a ponerse sobre sus cuatro patas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00a1Qu\u00e9 poco amiga del hombre es la tierra nevada, agradable solamente en las pinturas aleg\u00f3ricas de Nochebuena! No se ve el terreno que se pisa; los pedruscos del camino apenas hacen una lev\u00edsima ondulaci\u00f3n en la c\u00e1scara de confeti cristalizado a bajo cero. Los peatones dan traspi\u00e9s y tocan el suelo con rodillas y manos; las armas se hunden en la nieve, se moja el costal con pinole que ten\u00eda que servir de alimento por toda la semana, entran esquirlas de hielo por todas las aberturas de la ropa. \u00a1Y hay que soltar algunas maldiciones para calentarse!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Luego, no se encuentra le\u00f1a seca para hacer una lumbrada, ni piedra limpia para sentarse a descansar un rato; aun bajo los pinos, cedros y encinos de copas anch\u00edsimas, hay nieve, no queda sitio para tender una manta y acostarse. Aun cuando la tormenta haya cesado, el viento hace caer los copos detenidos en las ramas y bajo los \u00e1rboles siempre est\u00e1 nevando. El deshielo es cruel, a\u00fan m\u00e1s que la tempestad: hace m\u00e1s fr\u00edo y casi siempre m\u00e1s viento que levanta la punta de las bufandas, el vuelo de los capotes, la vuelta de las pelerinas y se cuela a trav\u00e9s de las ropas hasta el pellejo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1No hay que rajarse, muchachos! \u00a1S\u00edganle, que ya ver\u00e1n c\u00f3mo pa&#8217; delante est\u00e1 pior\u2026!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y los deshilachados restos de la fastuosa Divisi\u00f3n del Norte, los poqu\u00edsimos que no se hab\u00edan \u201crajado\u201d despu\u00e9s de los combates de Celaya, echaban \u201cpa&#8217; delante, a buscar lo pior\u201d, con movimiento de hombros que dec\u00eda: \u201c\u00bfQu\u00e9 m\u00e1s da?\u201d y una contracci\u00f3n de labios que era desd\u00e9n para la vida y reto a la muerte.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Frente a Casas Grandes, a poco trotar, hay una laguna extensa, pero poco profunda, casi una charca donde el viento no hace oleajes, rizando apenas la superficie pantanosa, que semeja un cristal ahumado, porque bajo un metro de agua, el barro negro y arrugado da idea de la piel de una gran bestia que estuviera dormitando dentro de la laguna. En algunas partes, donde el agua era menos, el bajo cero hab\u00eda puesto a la ci\u00e9naga un cascar\u00f3n de hielo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El grueso de la columna se desvi\u00f3 prefiriendo hacer un gran rodeo por tierra firme, que atravesar la sospechosa calma de las aguas oscuras. Pero un grupo de villistas, seis o siete, bien montados en caballos de alzada, con gruesas mitazas que les cubr\u00edan hasta la mitad del muslo, y ropas de invierno entre las que no faltaban los caracter\u00edsticos sweater rojos, se decidieron a marchar en l\u00ednea recta a trav\u00e9s de la charca.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A la cabeza del grupo iba un hombre alto, con el sombrero texano arriscado en punta sobre la frente, tal como lo usan los ferrocarrileros, \u201clos del riel\u201d. Rostro oscuro completamente, afeitado, cabellos que eran casi cerda, lacios, r\u00edgidos, negros; boca de perro de presa, manos poderosas, torso erguido y piernas de m\u00fasculos boludos que apretaban los flancos del caballo como si fueran garra de \u00e1guila. Aquel hombre se llamaba Rodolfo Fierro; hab\u00eda sido ferrocarrilero y despu\u00e9s fue bandido, dedo me\u00f1ique del Jefe de la Divisi\u00f3n del Norte, asesino brutal e implacable, de pistola certera y dedo \u00edndice que no se cans\u00f3 nunca de tirar del gatillo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Los caballos andan mejor en el agua que en la nieve \u2014dijo y meti\u00f3 espuelas. El animal dio un gran salto, penetr\u00f3 en la laguna levantando un abanico de agua con cada pata, sigui\u00f3 adelante braceando a un metro de alto y chapoteando con regocijado estr\u00e9pito.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00c9ste es el camino para los hombres que sean hombres, y que traigan caballos que sean caballos\u2026 \u00a1Adelante!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los otros lo siguieron, haciendo ruidos de cascada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fierro iba cargado de oro. Monedas americanas de veinte d\u00f3lares, conocidas por \u201cojos de buey\u201d, inflaban un cintur\u00f3n de los llamados \u201cde v\u00edbora\u201d que el bandolero llevaba apretado poco m\u00e1s abajo que la canana de la pistola; oro en los bolsillos abultados del pantal\u00f3n, oro en el pliegue que hac\u00eda la camisola al voltearse sobre el cintur\u00f3n ajustado\u2026 oro en las cantinas de la silla de montar, hinchadas hasta el m\u00e1ximo\u2026 oro en bolsa de lona colgadas de la cabeza de la montura\u2026 Una coraza de oro, un blindaje de oro\u2026 \u00a1Kilos de oro!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando caminaba en tierra firme, el caballo parec\u00eda no sentir sobre su lomo al hombre enorme, parec\u00eda no llevar encima aquel tremendo cargamento: braceaba como un trot\u00f3n ingl\u00e9s de paseo, levantando las pezu\u00f1as delanteras a la altura del pecho.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero a cien metros, a ciento cincuenta, a doscientos metros de la orilla de la laguna, el caballo fuese fatigando de no encontrar tierra firme bajo sus herraduras, de meter los cascos en un lodazal negro, espeso, congelado. Y aun cuando el nivel del agua no le llegaba al vientre, ya no sacaba las pezu\u00f1as al aire; segu\u00eda caminando firme, pero lento, recto pero fatigado, resoplando como una locomotora. De sus narices abiertas, dos grandes agujeros negros, sal\u00edan chorros de un vaho espeso. Las orejas enhiestas parec\u00edan percibir una misteriosa se\u00f1al de peligro que partiera de las aguas, agitadas en c\u00edrculos conc\u00e9ntricos que iban borr\u00e1ndose en la distancia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Mi general, est\u00e1 el terreno muy pesado para los caballos aventur\u00f3 a decir uno de los acompa\u00f1antes mejor es que nos devu\u00e9lvanos y denos la vuelta por la orillita\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Qu\u00e9 devu\u00e9lvanos ni qu\u00e9 el demonio\u2026! \u00a1Me canso de pasar este tal por cual charco! El que tenga miedo, que se raje y d\u00e9 media vuelta\u2026 no se vaya a dar un ba\u00f1o\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y dio otro apret\u00f3n de pies en el vientre del caballo. Las puntas de las espuelas hirieron la piel, abriendo dos hilillos de sangre, y el animal se levant\u00f3 sobre las patas traseras, quedando casi vertical. Fierro se apoy\u00f3 en la teja de la silla, peg\u00f3 la cabeza al cuello del animal, y con el pu\u00f1o cerrado di\u00f3le un golpe entre las dos orejas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Mula, mal nacida!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El caballo volvi\u00f3 a caer sobre sus cuatro patas y se vio entonces que el agua le llegaba al vientre. Los pies del hombre, prendidos a los ijares con los hierros implacables, quedaron dentro del agua enturbiada por el pataleo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Cuidado, mi general! \u00a1El caballo se est\u00e1 hundiendo!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Pos va a salir a puritito pulm\u00f3n\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014No lo menee mucho, porque se le atasca\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Vete a dar consejos a las viejas! \u00a1Yo s\u00e9 lo que hago!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fuese desarrollando una lucha tremenda: el caballo contra el fango y el hombre contra el caballo. Los dem\u00e1s jinetes no se atrev\u00edan a acercarse y hab\u00edan formado un semic\u00edrculo a cinco o seis metros de distancia. El animal resollaba desesperadamente y en vigorosos movimientos lograba levantar una mano y sacarla del agua, tirando luego un golpe terrible hacia abajo; pero no encontraba resistencia en el barro y cada vez el impulso de sus m\u00fasculos poderosos que levantaban las manos era menos eficaz. Se fue hundiendo de la parte trasera y pronto qued\u00f3 la cola dentro del agua, agit\u00e1ndose violentamente como si fuera un remo cubierto de cerdas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El jinete golpeaba al animal con ambos pu\u00f1os, dejando la rienda suelta sobre la silla gritando los m\u00e1s duros insultos y acicate\u00e1ndolo furiosamente en la barriga. Ya se ve\u00edan en el agua revuelta, espesa de lodo, tonos rojizos de la sangre del caballo que manaba por los ijares.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Mejor b\u00e1jese, general\u2026 yo le empresto mi penco\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Pr\u00e9staselo a tu abuela, que lo necesita m\u00e1s que yo\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lleg\u00f3 el momento en que el animal no pudo desprender las manos del lodo. Deb\u00eda tenerlo ya m\u00e1s arriba de la rodilla, porque el agua le llegaba hasta la mitad del cuerpo. Qued\u00f3 un instante inm\u00f3vil, dando unos bufidos que parec\u00edan respuesta a los insultos que le segu\u00eda diciendo Fierro. Y entonces fue cuando \u00e9ste pens\u00f3 en desmontar: volvi\u00f3se hacia las cantinas de la montura, ya al nivel del agua, y sac\u00f3 sendas bolsas de oro; tom\u00f3 los dos costales amarrados a la cabeza de la silla y ech\u00e1ndoselos en el brazo izquierdo levant\u00f3 la pierna derecha sobre el lomo del animal y la sumergi\u00f3 en el agua tratando de tocar fondo; pero el pie se le hundi\u00f3 en el barro que parec\u00eda mantequilla, y \u00e9l qued\u00f3se prendido de la cabeza de la silla, con la pierna izquierda doblada sobre el estribo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sinti\u00f3 miedo, un miedo espantoso de quedarse ah\u00ed siempre, con su caballo y con su oro; volvi\u00f3 los ojos hacia sus hombres con una intensa angustia. Todos estaban muy lejos para tenderle la mano y se hab\u00edan quedado inm\u00f3viles por temor a correr la misma suerte que \u00e9l. Y los dem\u00e1s de la columna, muy lejos, a la orilla de la laguna tersa y oscura como un espejo ahumado, continuaban su marcha a rastras sobre la nieve, preocupado cada uno de ellos por su propia marcha, mirando hacia abajo para evitar los pedruscos y los hoyancos y sin dirigir una ojeada al grupo que se hab\u00eda atrevido a pasar en l\u00ednea recta el manto de agua.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Epa! \u00a1Imb\u00e9ciles! A ver si hacen algo\u2026 \u00bfO qu\u00e9, piensan dejarme aqu\u00ed atascado en el zoquete? \u00a1B\u00faiganse, d\u00e9men un jal\u00f3n!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero aquellos hombres no se movieron. En varios metros alrededor del caballo que se sumerg\u00eda y del jinete p\u00e1lido por la angustia, el cieno estaba removido por los desesperados esfuerzos que hac\u00eda el animal para escapar del peligro y quien se hubiera atrevido a avanzar en esa zona, cayera tambi\u00e9n prisionero del fango movedizo y profundo. As\u00ed, los dem\u00e1s jinetes se limitaron a dar consejos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014No se mueva mucho<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014P\u00e1rese arriba de la silla\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Tire todo el peso que traiga encima\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Procure venirse a nado\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Uno sac\u00f3 la pistola y para avisar a la lejana columna del peligro en que Fierro se encontraba, dispar\u00f3 al aire los seis cartuchos del cilindro. Inmediatamente se vio que la tropa en marcha se detuvo y acercose a la orilla de la laguna. Con sus prism\u00e1ticos, los jefes vieron que un caballo estaba sumergi\u00e9ndose en las aguas y que un hombre intentaba escapar de un trance de muerte. Varios jinetes trataron de ir al socorro y avanzaron sus caballos quebrando el hielo de la superficie, mas a poco andar vieron que tambi\u00e9n para ellos hab\u00eda peligro, y se regresaron.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En el centro de la charca, el caballo segu\u00eda pataleando y agit\u00e1ndose en el barro. Pronto qued\u00f3 la montura bajo las aguas, y el animal no sac\u00f3 ya sino el cuello y la cabeza mantenida en alto.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fierro estaba de rodillas sobre la silla, p\u00e1lido, con los ojos desorbitados por el espanto. En el brazo izquierdo sosten\u00eda a\u00fan cuatro bolsas repletas de oro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Una reata\u2026 \u00a1\u00c9chenme una reata! Le doy una bolsa a cada uno que me ayude a salir\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Algo por compasi\u00f3n y mucho por inter\u00e9s de la oferta, los villistas del grupo echaron mano de los lazos amarrados en sus monturas y comenzaron a agitarlos en grandes c\u00edrculos sobre sus cabezas. El caballo acab\u00f3 de sumergirse, soplando un bufido que alborot\u00f3 las aguas; sus pulmones potentes todav\u00eda echaron un chorro de burbujas que reventaron en pompas de fango. El hombre hab\u00eda quedado en pie sobre la silla, sin sombrero, con los costales apretados al pecho, salpicado de lodo de arriba abajo, pesadas las piernas por la costra que lo cubr\u00eda hasta la cintura.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Pronto\u2026 pronto\u2026 el caballo ya se fue al diablo\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las reatas partieron simult\u00e1neamente con un uniforme silbido, pero fuera por mal c\u00e1lculo o porque los lazadores tuvieron pocas ganas de verse envueltos en el peligro, todas quedaron cortas y Fierro, sin soltar el oro, intent\u00f3 alcanzarlas alargando el brazo derecho. Este movimiento lo hizo perder el equilibrio y cay\u00f3 en el agua. A poco emergi\u00f3 enteramente cubierto de lodo, agitando los brazos, ya libres del pesado cargamento. Su figura casi hab\u00eda perdido la apariencia humana. Quiso decir algo, y medio ahogado por el cieno que le hab\u00eda penetrado en la boca, s\u00f3lo lanz\u00f3 un alarido gutural como de un orangut\u00e1n en la selva. Instantes despu\u00e9s comenz\u00f3 a hundirse despacio; baj\u00f3 los brazos y qued\u00f3 con la cabeza de fuera, nada m\u00e1s, gritando.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los villistas recogieron r\u00e1pidamente sus reatas y volvieron a tirarlas, pero nuevamente quedaron cortas. Pronto la cabeza qued\u00f3 a ras de agua y luego se hundi\u00f3. Surgieron los brazos levantando la \u201cv\u00edbora\u201d hinchada de oro en una \u00faltima oferta por la salvaci\u00f3n. Luego, todo desapareci\u00f3 bajo las aguas que volvieron a quedar como un vidrio ahumado, sin oleaje apenas rizadas por el viento.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Muy despacio, con toda clase de precauciones, los testigos de la tragedia fueron saliendo hacia la orilla. Un oficial japon\u00e9s que iba entre los villistas, se devolvi\u00f3 a Casas Grandes para buscar una lancha y salir a bucear en la laguna en un intento para rescatar el cuerpo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La columna continu\u00f3 su marcha en la nieve, y al ponerse el sol acamp\u00f3 en un bosque. Tronchando ramas de pinos y cedros los villistas medio barrieron la nieve en algunos trechos bajo los \u00e1rboles m\u00e1s grandes, y se acostaron a descansar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1L\u00e1stima de oro!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Otros:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1L\u00e1stima de caballo!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y ninguno lament\u00f3 la desaparici\u00f3n del hombre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ambici\u00f3n y desastre se juntan en un cuento cl\u00e1sico del mexicano Rafael F. Mu\u00f1oz (1899-1972).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":17337,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"\"Oro, caballo y hombre\": un cuento cl\u00e1sico del escritor mexicano Rafael F. 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