{"id":17104,"date":"2007-07-20T22:30:10","date_gmt":"2007-07-21T03:30:10","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=17104"},"modified":"2025-10-17T22:51:41","modified_gmt":"2025-10-18T04:51:41","slug":"las-moscas-cuento-horacio-quiroga","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/las-moscas-cuento-horacio-quiroga\/","title":{"rendered":"Las moscas"},"content":{"rendered":"<p>El cuento que sigue es de un cl\u00e1sico hispanoamericano, as\u00ed que hay muchos lugares en internet donde puede encontrarse. Pero no importa: ser\u00e1 un gran gusto si alguna persona lo lee aqu\u00ed por primera vez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El gran escritor uruguayo <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Horacio_Quiroga\" target=_blank>Horacio Quiroga<\/a> (1878-1937) es conocido principalmente por sus narraciones de terror. La que sigue, ambientada en la selva uruguaya que lo obsesion\u00f3 durante buena parte de su vida, es m\u00e1s representativa de sus intereses y obsesiones, incluso, que otras m\u00e1s conocidas, como \u00abLa gallina degollada\u00bb. En \u00abLas moscas\u00bb, de manera literal, el ser humano se disuelve y se funde con la naturaleza. El cuento apareci\u00f3 en el libro <em>M\u00e1s all\u00e1 y otros cuentos<\/em> (1935).<\/p>\n<figure id=\"attachment_17105\" aria-describedby=\"caption-attachment-17105\" style=\"width: 738px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/10\/horacio-quiroga-en-la-selva-misionera.webp\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"17105\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/las-moscas-cuento-horacio-quiroga\/horacio-quiroga-en-la-selva-misionera\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/10\/horacio-quiroga-en-la-selva-misionera.webp\" data-orig-size=\"738,1024\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"horacio-quiroga-en-la-selva-misionera\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Horacio Quiroga (&lt;a href=&quot;https:\/\/www.horacioquiroga.org\/galeria-de-imagenes\/&quot; target=_blank&gt;fuente&lt;\/a&gt;)&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/10\/horacio-quiroga-en-la-selva-misionera.webp\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/10\/horacio-quiroga-en-la-selva-misionera.webp\" alt=\"\" width=\"738\" height=\"1024\" class=\"size-full wp-image-17105\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/10\/horacio-quiroga-en-la-selva-misionera.webp 738w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/10\/horacio-quiroga-en-la-selva-misionera-216x300.webp 216w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/10\/horacio-quiroga-en-la-selva-misionera-288x400.webp 288w\" sizes=\"auto, (max-width: 738px) 100vw, 738px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-17105\" class=\"wp-caption-text\">Horacio Quiroga (<a href=\"https:\/\/www.horacioquiroga.org\/galeria-de-imagenes\/\" target=_blank>fuente<\/a>)<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>LAS MOSCAS<br \/>\nHoracio Quiroga<\/strong><\/p>\n<p>Al rozar el monte, los hombres tumbaron el a\u00f1o anterior este \u00e1rbol, cuyo tronco yace en toda su extensi\u00f3n aplastado contra el suelo. Mientras sus compa\u00f1eros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado, aqu\u00e9l conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy claro de la acci\u00f3n del fuego.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esto era el invierno pasado. Han transcurrido cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequ\u00eda, el \u00e1rbol tronchado yace siempre en un p\u00e1ramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso apoyado en \u00e9l, me hallo tambi\u00e9n inm\u00f3vil. En alg\u00fan punto de la espalda tengo la columna vertebral rota. He ca\u00eddo all\u00ed mismo, despu\u00e9s de tropezar sin suerte contra un raig\u00f3n. Tal como he ca\u00eddo, permanezco sentado -quebrado, mejor dicho- contra el \u00e1rbol.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Desde hace un instante siento un zumbido fijo -el zumbido de la lesi\u00f3n medular- que lo inunda todo, y en el que mi aliento parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Clar\u00edsima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida est\u00e1 aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esta es la verdad. Como ella, jam\u00e1s se ha presentado a mi mente una m\u00e1s rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una como reverberaci\u00f3n lejan\u00edsima de otro yo, en un pasado que tampoco me pertenece. La \u00fanica percepci\u00f3n de mi existir, pero flagrante como un gran golpe asestado en silencio, es que de aqu\u00ed a un instante voy a morir.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00bfPero cu\u00e1ndo? \u00bfQu\u00e9 segundos y qu\u00e9 instantes son \u00e9stos en que esta exasperada conciencia de vivir todav\u00eda dejar\u00e1 paso a un sosegado cad\u00e1ver?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nadie se acerca en este rozado: ning\u00fan pique de monte lleva hasta \u00e9l desde propiedad alguna. Para el hombre all\u00ed sentado, como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se suceder\u00e1n mojando corteza y ropa, y los soles secar\u00e1n l\u00edquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y unifique \u00e1rboles y potasa, huesos y cuero de calzado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00a1Y nada, nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a trav\u00e9s de los troncos y negros gajos del rozado, desde aqu\u00ed o all\u00e1, sea cual fuere el punto de observaci\u00f3n, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida est\u00e1 a punto de detenerse sobre la ceniza, atra\u00edda como un p\u00e9ndulo por ingente gravedad: tan peque\u00f1o es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situaci\u00f3n: se muere.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esta es la verdad. Mas para la oscura animalidad resistente, para el latir y el alentar amenazados de muerte, \u00bfqu\u00e9 vale ella ante la b\u00e1rbara inquietud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tortura psicol\u00f3gica estallar\u00e1n como un cohete, dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El zumbido aumenta cada vez m\u00e1s. Ci\u00e9rnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroqu\u00ed, por una de cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra entra corriendo una teor\u00eda de hombres decapitados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya. Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro m\u00e9dicos amigos se empe\u00f1an en convencerme de que no voy a morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan a re\u00edr, pues siguen mi pensamiento.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-Entonces -dice uno de aqu\u00e9llos -no le queda m\u00e1s prueba de convicci\u00f3n que la jaulita de moscas. Yo tengo una.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-\u00bfMoscas?\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-S\u00ed -responde-, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposici\u00f3n de la carne mucho antes de producirse la defunci\u00f3n del sujeto. Vivo a\u00fan el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio m\u00e1s eficaz de pron\u00f3stico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinad\u00edsimo por la selecci\u00f3n, que alquilo a precio m\u00f3dico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un peque\u00f1o ata\u00fad. A usted no le queda m\u00e1s tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, est\u00e9 seguro de que las otras hallar\u00e1n tambi\u00e9n el camino hasta usted. Las alquilo a precio m\u00f3dico.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00bfHospital\u2026? S\u00fabitamente el cuartito blanqueado, el botiqu\u00edn, los m\u00e9dicos y su risa se desvanecen en un zumbido\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y bruscamente, tambi\u00e9n, se hace en m\u00ed la revelaci\u00f3n. \u00a1Las moscas!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Son ellas las que zumban. Desde que he ca\u00eddo han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el \u00e1mbito de fuego, las moscas han tenido, no s\u00e9 c\u00f3mo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. Han olido ya la pr\u00f3xima descomposici\u00f3n del hombre sentado, por caracteres inapreciables para nosotros, tal vez en la exhalaci\u00f3n a trav\u00e9s de la carne de la m\u00e9dula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El m\u00e9dico ten\u00eda raz\u00f3n. No puede ser su oficio m\u00e1s lucrativo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mas he aqu\u00ed que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por grav\u00edsima tortura. Siento que fluye de m\u00ed como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del sol, la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aqu\u00ed, all\u00e1, a este \u00e1rbol, a aquella liana. Puedo ver, lejan\u00edsimo ya, como un recuerdo de remoto existir, puedo todav\u00eda ver, al pie de un tronco, un mu\u00f1eco de ojos sin parpadeo, un espantap\u00e1jaros de mirar vidrioso y piernas r\u00edgidas. Del seno de esta expansi\u00f3n, que el sol dilata desmenuzando mi conciencia en un bill\u00f3n de part\u00edculas, puedo alzarme y volar, volar\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y vuelo, y me poso con mis compa\u00f1eras sobre el tronco ca\u00eddo, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovaci\u00f3n vital.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cl\u00e1sico de horror del uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":17105,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"Las moscas","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,2343,664,279,3501,2855,2291,360],"class_list":["post-17104","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores-uruguayos","tag-horacio-quiroga","tag-las-moscas","tag-literatura","tag-literatura-de-imaginacion","tag-literatura-fantastica"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/10\/horacio-quiroga-en-la-selva-misionera.webp","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-4rS","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17104","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=17104"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17104\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":17107,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17104\/revisions\/17107"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/17105"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=17104"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=17104"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=17104"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}