{"id":16571,"date":"2025-02-01T09:30:57","date_gmt":"2025-02-01T15:30:57","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=16571"},"modified":"2025-02-03T12:19:46","modified_gmt":"2025-02-03T18:19:46","slug":"la-infeccion-santiago-casero-cuento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/la-infeccion-santiago-casero-cuento\/","title":{"rendered":"La infecci\u00f3n"},"content":{"rendered":"<p>El espa\u00f1ol Santiago Casero Gonz\u00e1lez (1964) es fil\u00f3logo y autor de doce libros entre cuentos y novelas. Su obra ha obtenido premios internacionales de narrativa como el de la Fundaci\u00f3n Montele\u00f3n (por <em>Once ensayos sobre lo convencional y un cuento<\/em>, 2018), el Premio Max Aub (<em>Varadero de poetas<\/em>, 2008) o el Tiflos de Cuento (<em>Las sustituciones<\/em>, 2019). Otros dos de sus libros: <em>Las horas equivocadas<\/em> (2018) y <em>Secretos de Familia<\/em> (2017), han sido finalistas del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en Espa\u00f1a. \u00abLa infecci\u00f3n\u00bb combina el inter\u00e9s de su autor por lo cotidiano \u2013la experiencia m\u00e1s inmediata de lo real\u2013 y por lo siniestro, que se desarrolla en la imaginaci\u00f3n de manera muy v\u00edvida gracias a un lenguaje de enorme precisi\u00f3n. Dicho de otra manera, en esta narraci\u00f3n podemos \u00abverlo\u00bb todo, nada queda en la sombra, e igual vamos a inquietarnos.<\/p>\n<figure id=\"attachment_16572\" aria-describedby=\"caption-attachment-16572\" style=\"width: 1000px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/SantiagoCasero.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"16572\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/la-infeccion-santiago-casero-cuento\/santiagocasero\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/SantiagoCasero.jpg\" data-orig-size=\"1000,1029\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;2.2&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;SM-A125F&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;1649329255&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;2.67&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;400&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0.03030303030303&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;1&quot;}\" data-image-title=\"Santiago Casero\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Santiago Casero (cortes\u00eda del autor)&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/SantiagoCasero-995x1024.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/SantiagoCasero.jpg\" alt=\"\" width=\"1000\" height=\"1029\" class=\"size-full wp-image-16572\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/SantiagoCasero.jpg 1000w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/SantiagoCasero-292x300.jpg 292w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/SantiagoCasero-995x1024.jpg 995w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/SantiagoCasero-389x400.jpg 389w\" sizes=\"auto, (max-width: 1000px) 100vw, 1000px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-16572\" class=\"wp-caption-text\">Santiago Casero (cortes\u00eda del autor)<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>LA INFECCI\u00d3N<br \/>\nSantiago Casero Gonz\u00e1lez<\/strong><\/p>\n<p>Los he metido en una caja de cart\u00f3n. Llevo varios d\u00edas pensando qu\u00e9 hacer con ellos y esa me ha parecido finalmente la mejor soluci\u00f3n. Los he colocado con mimo uno por uno dentro de una caja grande a la que he practicado unos peque\u00f1os orificios para que pudieran respirar y luego la he puesto en el asiento trasero del coche, detr\u00e1s de m\u00ed, de manera que puedo verla a trav\u00e9s del espejo retrovisor, sentir c\u00f3mo se agitan en su interior.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mis hijos han llorado. Los ni\u00f1os son as\u00ed. La verdad es que yo he estado a punto de hacerlo tambi\u00e9n. Se me ha puesto un nudo en la garganta cuando he o\u00eddo los d\u00e9biles grititos y he visto c\u00f3mo me miraban sus ojos grandes a medida que los iba poniendo uno junto al otro en el fondo de la caja. Aunque no quieras se les toma cari\u00f1o. Mi mujer sin embargo no ha dudado. Tienes que deshacerte de ellos como sea, ha sentenciado. Desde el principio ha estado determinada y nerviosa. Parec\u00eda decir: ya te avis\u00e9.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Todo empez\u00f3 cuando volvimos de vacaciones y encontramos a los gatos. Hab\u00edan sido unas vacaciones largas, agotadoras y un poco infelices, con los ni\u00f1os lloriqueando a cada rato, pele\u00e1ndose por cualquier tonter\u00eda, y, cuando por fin regres\u00e1bamos a la apacible rutina del hogar, los vimos en el patio. Deb\u00edan de tener apenas unos d\u00edas y ya correteaban de ac\u00e1 para all\u00e1. La madre hab\u00eda parido entre los arbustos del jard\u00edn mientras nosotros no est\u00e1bamos y luego se hab\u00eda desentendido. O m\u00e1s bien hab\u00eda tenido miedo de volver junto a su camada con nosotros husmeando por all\u00ed, invadiendo el territorio que hasta aquel d\u00eda quiz\u00e1 habr\u00eda cre\u00eddo suyo. La ve\u00edamos asomada a lo alto de la valla, sin atreverse a bajar al patio, vigilando impotente a sus cr\u00edas mientras mis hijos hac\u00edan de ellas sus encantadores juguetes vivos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;S\u00f3lo unos pocos d\u00edas despu\u00e9s, la noticia de los gatitos hab\u00eda corrido por todo el vecindario y el patio de nuestra casa era un hervidero de ni\u00f1os jugando con los animales, tom\u00e1ndolos en sus brazos, d\u00e1ndoles sopas de pan y leche. Hasta les hab\u00edan puesto nombres. Entretanto, la madre hab\u00eda dejado de aparecer, al menos por el d\u00eda. Los ni\u00f1os tem\u00edan que acudiera de noche y se los llevara para ocultarlos de nosotros, pero hab\u00edan crecido un poco y quiz\u00e1 ya no podr\u00eda cargar con ellos. Lo cierto es que los gatos estaban bien all\u00ed. Hab\u00edan dejado de temernos y cada vez se dejaban acariciar y alimentar por los ni\u00f1os con m\u00e1s confianza.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Por supuesto a mis hijos se les ocurri\u00f3 la posibilidad de que nos los qued\u00e1ramos, lo que supon\u00eda que al menos alguno de ellos pudiera pasar la noche dentro de casa, y no en el patio, entre los arbustos. El tiempo estaba empezando a cambiar, las noches eran m\u00e1s fr\u00edas. La \u00e9poca de lluvias no tardar\u00eda en llegar. Los ni\u00f1os les hab\u00edan fabricado unas camas con cajas de zapatos y ropa usada pero hacer de ellos nuestras mascotas era dar un paso m\u00e1s que implicaba dejarlos entrar en casa y proporcionarles otros cuidados. Ya no ser\u00edan animales callejeros sino dom\u00e9sticos, de compa\u00f1\u00eda. Tendr\u00edan cuidados sanitarios, comida preparada, limpieza de calidad. Tiempo y dinero. Mimos. Derechos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Frente a ese deseo de mis hijos, renovado en cada comida, en cada cena, en cada conversaci\u00f3n traspasada de llantos y de chillidos y de pataleos, mi mujer negaba paciente con la cabeza sin decir nada. Yo me hab\u00eda dado cuenta de que su estrategia era dejar pasar el tiempo con la esperanza de que los animales crecieran e acabaran haciendo la vida salvaje e independiente que hacen tantos gatos en los pueblos, saltando de muro en muro, busc\u00e1ndose la supervivencia por s\u00ed mismos y regresando a un estado en el que ya no se iban a dejar acariciar por nadie.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin embargo, los hechos se precipitaron cuando a los ni\u00f1os empezaron a salirles unas extra\u00f1as manchas en la piel. Primero fueron los m\u00edos y luego los dem\u00e1s. Se rascaban como demonios y el menor de mis hijos tuvo incluso fiebre. El diagn\u00f3stico fue claro: ti\u00f1a. Por los gatos. Muy contagiosa, dijo el m\u00e9dico. Hubo que dar unas grageas a los ni\u00f1os y, lo que era peor para ellos, prohibirles volver a tocar a los gatos, alejarlos de la fuente indudable de infecci\u00f3n. Fue entonces cuando mi mujer dijo aquello de \u201ctienes que deshacerte de ellos\u201d.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Durante varios d\u00edas pens\u00e9 en la manera de hacerlo. No descart\u00e9 ninguna de las opciones que pasaban por mi cabeza pero tampoco me decid\u00eda por una soluci\u00f3n concreta. Dorm\u00eda mal. Lo cierto es que aplazaba el momento de ejecutar la desagradable tarea a la que mi mujer me urg\u00eda con una mirada callada cada vez que nos sent\u00e1bamos a la mesa. Naturalmente intent\u00e1bamos evitar que los ni\u00f1os se dieran cuenta de lo que plane\u00e1bamos hacer, pero yo creo que lo sab\u00edan desde el principio. Cada vez lloraban m\u00e1s, chillaban y pataleaban como peque\u00f1as bestias caprichosas que ven contrariados sus deseos, que empiezan a intuir que el mundo no es como hab\u00edan imaginado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hoy por fin he decidido sacarlos de casa. Sab\u00eda que todav\u00eda conservaba en el garaje la caja grande en la que ven\u00eda embalada la lavadora, as\u00ed que he preparado cinta americana y unas tijeras y he esperado a que los ni\u00f1os se quedaran dormidos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Justo cuando salgo del garaje empieza a llover. Una furiosa tormenta de septiembre. La calle y mis pensamientos se vuelven borrosos al mismo tiempo. He salido de casa sin saber qu\u00e9 iba a hacer con ellos. Intento fijar la vista m\u00e1s all\u00e1 del parabrisas sacudido por la lluvia pero de vez en cuando mi mirada se desv\u00eda al asiento de atr\u00e1s a trav\u00e9s del espejo. Uno de ellos se asoma por un agujero de la caja y me mira. Yo hab\u00eda cre\u00eddo que estar\u00edan aturdidos y que se quedar\u00edan quietecitos dentro de la caja pero poco a poco empiezan a ponerse nerviosos y a emitir un sonido que es como un sollozo d\u00e9bil.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya fuera del pueblo, recorro unos veinte kil\u00f3metros, salgo de la carretera y entro en un camino flanqueado de huertas, todas con sus pozos artesianos y sus albercas para el riego.  Me paro cerca de uno de los pozos y apago el motor. La lluvia es cada vez m\u00e1s fuerte, hay rel\u00e1mpagos en el cielo gris y luego llegan los truenos. Eso sin embargo me tranquiliza porque presumo que la inclemencia del tiempo obliga a la gente a quedarse dentro de sus casas de campo y seguramente nadie ha o\u00eddo el coche ni me ha visto detenerme en el camino. El pozo est\u00e1 como a unos cincuenta metros de donde estoy yo. Veo la sombra de una higuera junto a la noria y hasta me parece escuchar el ruido de las gotas de agua rebotando en los cangilones de lat\u00f3n como balas de plomo. Tal vez est\u00e9 granizando. En ese instante yo no puedo evitar recordarlos jugando al sol en el patio, correteando de ac\u00e1 para all\u00e1 mientras su madre los observaba con una expresi\u00f3n f\u00fanebre. Agorera. Me vuelvo hacia el asiento de atr\u00e1s y escucho sus u\u00f1as ara\u00f1ando el cart\u00f3n. Un ojo se asoma por uno de los orificios de la caja. No parpadea. Enciendo el motor y me alejo de all\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La noche ha ca\u00eddo ya. Prematuramente. El cielo est\u00e1 ahora negro, cerrado por las nubes. Sigue lloviendo con fuerza pero no es granizo.  Es s\u00f3lo agua, aunque violenta. Atr\u00e1s no se oye ahora nada, de modo que me hago la ilusi\u00f3n de que se han dormido. Ojal\u00e1. Estoy conduciendo hacia atr\u00e1s, en direcci\u00f3n al pueblo de nuevo, pero enseguida me desv\u00edo por una carretera local, mal asfaltada, sin tr\u00e1fico. La luz de los focos apenas traspasa la lluvia y la noche. Las gotas caen delante del coche como peque\u00f1os meteoritos incandescentes. S\u00e9 que estoy llegando al r\u00edo. Lo s\u00e9 porque en verano siempre venimos aqu\u00ed con los ni\u00f1os. Nos ba\u00f1amos, comemos una paella, yo intento dormir la siesta bajo un \u00e1rbol. Uno de mis hijos acaba llorando. A menudo. Se ha hecho da\u00f1o con una piedra o tiene hambre o sue\u00f1o. Llora y llora y su madre lo consuela abraz\u00e1ndolo, lav\u00e1ndole con su saliva la herida de la rodilla, del codo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora me parece ver los \u00e1lamos sacudidos por el aguacero ah\u00ed delante, en la oscuridad, como si corrieran en direcci\u00f3n contraria a la m\u00eda. Cuando el coche los enfoca en una curva con sus faros, las hojas mojadas brillan un instante en la noche y luego desaparecen. Parecen ojos que se abren y se cierran. La carretera empieza a dibujar poco a poco una pendiente bastante empinada, las curvas son cada vez m\u00e1s cerradas. La caja se desplaza de un lado a otro en el asiento de atr\u00e1s, golpea contra mi asiento. Se han despertado justo cuando hemos llegado a una especie de terraza de piedras y arena junto a la que el r\u00edo se remansa. Escucho unos gemidos. Esta vez no me vuelvo a mirar. Salgo de nuevo de la carretera, paro el motor, apago las luces y me bajo del coche.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La lluvia ha amainado un poco y la luna se asoma fugazmente entre las nubes reflej\u00e1ndose en la superficie del r\u00edo. El agua parece mercurio. Chapotea contra las piedras como si pesara. Se escuchan chasquidos y borboteos entre los ca\u00f1izos de la orilla. Me vuelvo hacia el coche. Una mancha gris, silenciosa. Doy un paso y mis pies se enredan en una cinta de pl\u00e1stico. Me agacho y la desenredo con las manos, que se me ensucian de barro. Recuerdo entonces que aqu\u00ed se ahog\u00f3 una mujer hace dos a\u00f1os, delante de su familia. De su marido y de sus hijos. Las autoridades cerraron la playa y prohibieron el ba\u00f1o durante unos d\u00edas. Debieron de usar esa cinta de pl\u00e1stico ahora podrida por la intemperie. Es una playa fea. Polvorienta en verano y lodosa en invierno. Siento los zapatos hundidos en el barro pero me acerco un poco m\u00e1s a la orilla. Escucho las zambullidas de algo pesado a medida que me aproximo. Imagino que son sapos. En el colegio practic\u00e1bamos vivisecciones con las ranas. Me daba verg\u00fcenza confesar que me gustaba. Esperaba el d\u00eda en que la profesora de ciencias naturales nos llevaba al laboratorio y pon\u00eda en nuestras infantiles manos un bistur\u00ed. Era emocionante.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Miro otra vez en direcci\u00f3n al coche y ahora es s\u00f3lo el lugar donde creo que est\u00e1. No lo veo. De repente salgo corriendo hacia la oscuridad. Tropiezo, las manos y las rodillas se me llenan de cieno, me levanto. Poco a poco aparece la silueta inconfundible del cuatro por cuatro. Fantaseo con la posibilidad de que hayan escapado y est\u00e9n ocultos entre los brezos en la oscuridad. Subo al coche sin mirar al asiento de atr\u00e1s. Enciendo un cigarrillo, pongo m\u00fasica, enciendo el motor. El ruido no me impide notar su presencia ah\u00ed detr\u00e1s, as\u00ed que vuelvo a la carretera y regreso por donde he venido.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Vuelve a llover. Acelero. Las rayas discontinuas de la carretera se convierten en una l\u00ednea larga e infinita, en un camino que hay que seguir, en una especie de necesidad que no lleva a ning\u00fan sitio. No hay m\u00e1s coches en la carretera, no hay luces a la vuelta de una curva. Miro por el espejo retrovisor. Veo mis ojos. Est\u00e1n muy rojos, como si hubiera llorado. \u00bfHe llorado acaso? No lo recuerdo. Puede ser el cansancio, el sue\u00f1o. Conduzco durante horas, por carreteras secundarias, por caminos. Ah\u00ed detr\u00e1s deben de estar dormidos por fin.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Amanece cuando distingo la ermita. La conozco bien. Al final del verano se celebra ah\u00ed una romer\u00eda. Los mozos acampan en el monte, alrededor de la ermita, pasan la noche all\u00ed, bebiendo, fumando hierba, y a mediod\u00eda cortan la carretera y bajan a la virgen  hasta la iglesia del pueblo. Ha dejado de llover pero la ma\u00f1ana es oscura y promete todav\u00eda aguaceros repentinos. Detengo el coche junto a unos tarays escu\u00e1lidos que rezuman el agua de la reciente lluvia. Un gorri\u00f3n se posa en una rama y enseguida echa a volar. Debo de haberlo asustado. Estoy fuera del coche, apoyado en la puerta, fumando. El silencio es casi absoluto, como si la presencia de la ermita absorbiera las turbulencias de las que est\u00e1 hecha la realidad. Desde el otero en el que estoy, veo a lo lejos el pueblo. Juego a adivinar d\u00f3nde est\u00e1 mi casa pero no estoy seguro. \u00bfY si no supiera volver? \u00bfY si no regresara m\u00e1s? Me pregunto qu\u00e9 pasar\u00eda, si ser\u00eda infeliz en otro sitio. Compramos la casa a finales de los noventa, en el siglo pasado. Era cara pero desde el primer momento nos gust\u00f3 que tuviera un patio tan grande, \u00e1rboles, un columpio para los ni\u00f1os que \u00edbamos a tener. Nunca lo dijimos pero estoy convencido de que mi mujer pens\u00f3 al verla lo mismo que yo: aqu\u00ed se criar\u00edan bien nuestros hijos, aqu\u00ed corretear\u00edan libremente, sin miedo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cierro el coche con el mando a distancia y me dirijo a la ermita. Las dos grandes puertas de madera labrada est\u00e1n abiertas de par en par. Qu\u00e9 raro. Estos santuarios en medio del campo suelen estar cerrados. Apenas una ventanita enrejada acostumbra a ser la \u00fanica forma de asomarse al interior. Me persigno en el umbral y me siento en un banco al fondo de la peque\u00f1a nave. La recorro con la mirada aunque no hay mucho que ver. Tiene unos techos altos decorados con el fresco de un cielo atravesado por unas pocas nubes blancas. Hay tambi\u00e9n unos \u00e1ngeles y detr\u00e1s de una de las nubes se asoma un sol que pretende ser el mensaje cegador del Supremo. Est\u00e1 todo p\u00e9simamente pintado. Descubro que el altar est\u00e1 vac\u00edo. Quiz\u00e1 se haya celebrado hace poco la romer\u00eda y los mozos del pueblo hayan trasladado a la virgen a la iglesia. No hay apenas nada m\u00e1s. Los bancos,  unos ramos de flores secas en los escalones que llevan al altar, la luz que poco a poco se cuela por unos ventanucos altos y se posa en las baldosas rojizas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin darme cuenta, pongo la cabeza entre las manos y me pongo a rezar. Son oraciones mec\u00e1nicas, que no s\u00e9 lo que significan, pero descubro que rezar me tranquiliza. Cuando era ni\u00f1o, rezaba cada noche antes de dormirme. Ten\u00eda miedo de que mis padres se murieran mientras dorm\u00edan. Pensaba que me iba a despertar por la ma\u00f1ana y me los iba a encontrar muertos. Pensaba en ese instante y en la orfandad que iba a venir despu\u00e9s. A mis hijos no les hemos ense\u00f1ado a rezar. Somos incluso, mi mujer y yo, algo c\u00ednicos con la religi\u00f3n y la fe. No ahorramos sarcasmos al respecto aunque presumimos de una tolerancia que pensamos que nos mejora. No s\u00e9 si mis hijos rezan por la noche temiendo que su madre y yo aparezcamos por la ma\u00f1ana tiesos como la rama de un \u00e1rbol seco.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Salgo de la ermita escuchando el eco de mis pisadas en el suelo. Desde la puerta veo otra vez el altar vac\u00edo y siento de pronto unas ganas violentas de llorar. Lo hago dentro del coche. Pongo la cabeza encima del volante y lloro de forma rid\u00edcula. Cuando me tranquilizo, salgo otra vez afuera y abro la puerta de atr\u00e1s del veh\u00edculo. Al alzar la caja, siento los peque\u00f1os cuerpos apretados contra las paredes de cart\u00f3n, seguramente agotados por el viaje. Pesan m\u00e1s de lo que recordaba. Veo el sol saliendo de detr\u00e1s de una nube, noto su calor en el cuello mientras me dirijo cargado con la caja hasta la puerta de la ermita. Entro de nuevo y la deposit\u00f3 all\u00ed, en el altar. Desde la puerta, me parece ver un ojo asom\u00e1ndose por un orificio. Un haz de luz que entra por uno de los ventanucos cabrillea en los escalones del altar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En el camino de vuelta me cruzo con unos muchachos que suben a la ermita montados en sus ruidosas motocicletas. Los saludo sacando el brazo por la ventanilla del coche. Descubro unas manchas en la piel de mi antebrazo. Acelero para llegar pronto a casa y desayunar con mi mujer en la cocina, frente al ventanal desde el que se ve el patio, el jard\u00edn, el columpio de los ni\u00f1os.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lo cotidiano y lo inexplicable se encuentran en una narraci\u00f3n del espa\u00f1ol Santiago Casero Gonz\u00e1lez (1964).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":16572,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"Lo nuevo en Las Historias: \"La infecci\u00f3n\", un #cuento inquietante, preciso, del espa\u00f1ol Santiago Casero.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[22,2343,3471,2855,2291,359,360,3470],"class_list":["post-16571","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-la-infeccion","tag-literatura","tag-literatura-de-imaginacion","tag-literatura-de-terror","tag-literatura-fantastica","tag-santiago-casero-gonzalez"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/SantiagoCasero.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-4jh","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16571","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=16571"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16571\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16576,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16571\/revisions\/16576"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/16572"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=16571"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=16571"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=16571"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}