{"id":16558,"date":"2025-01-09T12:00:37","date_gmt":"2025-01-09T18:00:37","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=16558"},"modified":"2025-01-09T11:52:22","modified_gmt":"2025-01-09T17:52:22","slug":"aerovitrales-minificcion-microrrelato-emmanuel-vizcaya","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/aerovitrales-minificcion-microrrelato-emmanuel-vizcaya\/","title":{"rendered":"Aerovitrales"},"content":{"rendered":"<p>Esta es una selecci\u00f3n del libro de minificci\u00f3n <em>Aerovitrales<\/em> (Cuadrivio, 2015) del mexicano <a href=\"https:\/\/www.instagram.com\/e_vizcaya\">Emmanuel Vizcaya<\/a> (1989), quien es ensayista, narrador y poeta. Su trabajo, como se ve aqu\u00ed, toca temas como la tecnolog\u00eda, los mundos alternos, la transformaci\u00f3n del lenguaje, la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica y la literatura especulativa. Todos colindan con la poes\u00eda, en ese terreno extra\u00f1o de la lectura donde se juntan, como en una especie de estado cu\u00e1ntico, todos los textos brev\u00edsimos, sin importar su g\u00e9nero. Adem\u00e1s de <em>Aerovitrales<\/em>, Emmanuel es el autor de la trilog\u00eda po\u00e9tica <em>NEO\/GN\/SYS<\/em>, el poemario <em>Los Zentros<\/em>, el cuaderno de sue\u00f1os <em>Cielo de radares<\/em> y en Espa\u00f1a una compilaci\u00f3n de sus textos publicada en Espa\u00f1a: <em>La memoria de los meteoros<\/em>. Actualmente produce ROTTTOR, un proyecto de experimentaci\u00f3n sonora y m\u00fasica electr\u00f3nica.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/Foto-Emmanuel-Vizcaya.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"16559\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/aerovitrales-minificcion-microrrelato-emmanuel-vizcaya\/foto-emmanuel-vizcaya\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/Foto-Emmanuel-Vizcaya.jpg\" data-orig-size=\"682,682\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;1&quot;}\" data-image-title=\"\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Emmanuel Vizcaya&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/Foto-Emmanuel-Vizcaya.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/Foto-Emmanuel-Vizcaya.jpg\" alt=\"Emmanuel Vizcaya\" width=\"682\" height=\"682\" class=\"aligncenter size-full wp-image-16559\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/Foto-Emmanuel-Vizcaya.jpg 682w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/Foto-Emmanuel-Vizcaya-300x300.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/Foto-Emmanuel-Vizcaya-150x150.jpg 150w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/Foto-Emmanuel-Vizcaya-400x400.jpg 400w\" sizes=\"auto, (max-width: 682px) 100vw, 682px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>AEROVITRALES (selecci\u00f3n)<br \/>\nEmmanuel Vizcaya<\/strong><\/p>\n<p><em>Perros subterr\u00e1neos<\/em><br \/>\nUna vez al a\u00f1o, a lo largo de la avenida principal, se instala un mercado ambulante donde venden todo tipo de baratijas, ung\u00fcentos, alimentos ex\u00f3ticos y art\u00edculos poco convencionales. Es un mercado de objetos y de gente extra\u00f1a. Despu\u00e9s de caminar varios minutos entre frutas, p\u00edldoras y l\u00e1mparas, se llega a un puesto donde exhiben un corral con cinco o seis cachorros de perro bajo un r\u00f3tulo de cartulina que dice PERROS SUBTERR\u00c1NEOS. Los perros subterr\u00e1neos lucen como cualquier otro perro, con la diferencia fundamental de que una vez llegados a la edad adulta, escarban en la tierra fren\u00e9ticamente hasta que en unos d\u00edas logran un t\u00fanel muy profundo por el que jam\u00e1s vuelven a salir. El perro subterr\u00e1neo seguir\u00e1 escarbando y no se sabe en qu\u00e9 momento habr\u00e1 de detenerse, pero al cabo de unos meses, desde el t\u00fanel surge una camada saludable de cachorros subterr\u00e1neos que buscar\u00e1 inmediatamente agua y comida del mundo exterior y por eso nunca habr\u00e1 de taparse el agujero. Este mercado es el \u00fanico lugar donde pueden conseguirse unos cuantos ejemplares de perro subterr\u00e1neo por un precio baj\u00edsimo. Del primer perro no se vuelve a tener noticia, aunque los rumores dicen que sus huesos se convierten en las semillas de una aleatoria especie de planta.<\/p>\n<p><em>Omnia<\/em><br \/>\nMis amigos dicen que me han visto por la calle, que me han visto andando en bicicleta, que me han visto entrar a los supermercados, que me vieron platicar con alguien en un parque, que no les contest\u00e9 el saludo, que pas\u00e9 de largo junto a ellos, que me vieron muy gordo, que me vieron muy flaco, que me encontraron paseando a un nuevo perro, que le\u00eda un libro impredecible, que me iba durmiendo en el transporte p\u00fablico, que besaba a una chica que no era mi novia, que me ca\u00eda de borracho en una esquina, que iba saliendo de una iglesia, que corr\u00eda para alcanzar un taxi, y yo nunca he sabido d\u00f3nde est\u00e1n esas personas que planean sustituirme, nunca me he visto al otro lado de la acera, en la otra esquina, si acaso s\u00f3lo puedo verme en las superficies reflejantes. No s\u00e9 a qui\u00e9n han visto mis amigos y ahora ya no s\u00e9 si al menos me conocen. Tal vez conocen m\u00e1s a aquellos tipos que ayudan a mi omnipresencia. Tal vez yo mismo me he encontrado y no me he reconocido, quiz\u00e1 he pasado de largo sin alzar la vista, sin contestarme el saludo. Tal vez me ignoro muchas veces y no soy quien creo que soy. Tal vez ando extraviado, o tal vez soy \u00e9ste y \u00e9se y aqu\u00e9l, o en todo caso, ninguno de nosotros.<\/p>\n<p><em>Fin del mundo<\/em><br \/>\nNunca me hab\u00eda dado cuenta pero hay un volc\u00e1n peligrosamente cerca de esta ciudad y ahora que est\u00e1 activo puedo verlo en toda su \u00edntegra violencia. En su cr\u00e1ter, el gigantesco dios Vishn\u00fa, con medio cuerpo sumergido en lava, nos arroja bolas de fuego. La ciudad arde entre explosiones y mantras y el caos es incontenible. Alguien descubre que la mejor forma de escapar es en bicicleta por la facilidad de maniobra entre escombros y autos volcados. Las pandillas de la ciudad ya hab\u00edan pensado esto mucho antes y tienen ahora en su poder todas las bicicletas posibles. Con el fuego a punto de alcanzarnos, el \u00fanico trato con ellos es comprarlas a precios exorbitantes o, en todo caso, intercambiarlas por el \u00faltimo cart\u00f3n de cervezas del fin del mundo.<\/p>\n<p><em>Meteoros<\/em><br \/>\nCuando dios se harta de algo, toma su arma de fuego y dispara un meteorito. Una vez dios se hart\u00f3 de los lagartos prehist\u00f3ricos y les dispar\u00f3. Eso fue lo m\u00e1s cerca que hemos estado de una de sus balas. Nunca falla en punter\u00eda aunque a veces, al limpiar su arma, se le sueltan dos o tres tiros. Si de pronto a dios le estorba alg\u00fan planeta o le obstruye la vista, con una r\u00e1faga lo soluciona. Casi no nos damos cuenta pero si mir\u00e1ramos con m\u00e1s detenimiento el cielo, quiz\u00e1 ver\u00edamos una esquirla atravesando la galaxia. Dios tiene un cargador autom\u00e1tico de meteoros de todo tipo y tama\u00f1o, tiene un cintur\u00f3n de asteroides bien ajustado y peligroso. Dios est\u00e1 armado y est\u00e1 loco pero es paciente. Nosotros f\u00e1cilmente ya le hubi\u00e9ramos colmado tres veces la paciencia pero, al parecer, somos m\u00e1s entretenidos que un pu\u00f1ado de lagartijas. Somos tan admiradores de dios y de sus disparos que hasta les ponemos nombre a cada una de sus balas cuando vemos que cruzan por los telescopios. Hay que reconocer la garant\u00eda de esas municiones.<\/p>\n<p><em>Campo ritual<\/em><br \/>\nEn la Isla Mariana existe un campo de cultivo que no aparece en mapa alguno. En ese campo es posible sembrar espinas. Es el campo de espinas. Crecen grandes. Primero emergen como una planta de dardos y despu\u00e9s, con los a\u00f1os, se vuelven un \u00e1rbol de flechas. Todo el tiempo emiten un zumbido, vibraciones que hacen creer que est\u00e1n a punto de quebrarse, de soltarse sus ramajes, y que en cualquier momento de descuido alguno de sus filos abrir\u00e1 la punta de los dedos que los toquen. La realidad es que esas flechas quieren desprenderse, dispararse del \u00e1rbol, llegar lejos, penetrar un coraz\u00f3n. Nadie se atreve a cruzar el campo sino hasta que los \u00e1rboles han perdido toda su amenaza, ya sea por marchitarse o por haber atravesado un cuerpo. Pero tampoco nadie deja de plantar esas espinas; los pobladores llegan con su cu\u00f1a y un morral azul lleno de ellas. Es una tradici\u00f3n, es un ritual, y los rituales que se llenan de misterio duran para siempre.<\/p>\n<p><em>Fotosensible<\/em><br \/>\nEsta tarde, en un bazar de antig\u00fcedades, compr\u00e9 una c\u00e1mara instant\u00e1nea que fotograf\u00eda lo que la gente est\u00e1 sintiendo. Al tomar un rostro, en vez de revelar su imagen, la c\u00e1mara reproduce una foto equivalente a los sentimientos del fotografiado, o al menos eso dice el instructivo de la caja. Esto me parece m\u00e1s perturbador que placentero, as\u00ed que decido usarla s\u00f3lo hoy para luego resguardarla en el \u00e1tico de mi abuelo que ya no he visitado. Parado frente al espejo del cuarto me hago tres fotograf\u00edas. La primer imagen muestra un tramo de una carretera; la segunda imagen, un \u00e1rbol a la orilla de esa misma carretera; la tercera imagen es un puente de piedra que atraviesa un lago negro. No comprendo bien lo que esto significa pero siento un escalofr\u00edo: la silueta insinuada del escalofr\u00edo en medio de la carretera; el escalofr\u00edo que se ramifica desde mis nervios como un \u00e1rbol; el escalofr\u00edo que s\u00f3lo puede ser librado mediante s\u00f3lidos puentes. Me guardo las fotos en la bolsa de la chamarra y salgo como abducido rumbo a casa del abuelo.<\/p>\n<p><em>El signo de la X<\/em><br \/>\nSu voz es la espora del di\u00e1logo. Ella es una transmisi\u00f3n, una medusa voltaica. Significa la red para los pescadores que se vuelven otras redes. Ella est\u00e1 en el mar de los s\u00edmbolos. Las emisiones de su centro son una luz inconfundible, son el mapa de los mapas. Ella es la combusti\u00f3n que desemboca en nubes: rel\u00e1mpagos rasgando el metal, mareas de sangre crispando la piel. Mi nerviosismo frente a ella est\u00e1 aflorando, se escucha como una nota baja y continua. Un zumbido discreto se traduce en mi sudor de manos. S\u00f3lo tengo un arco y una flecha para defenderme de ella. La flecha est\u00e1 temblando. No es un arma en reposo, no es una bala descansando en el cartucho. Es una flecha tensada mirando el blanco del aire. Soy la flecha, el arco, el arquero y posiblemente el aire vac\u00edo. Ella hace que quiera dispararme. Ella es el signo de la X. Voy a lanzarme en el centro de su cuerpo, en el silencio que abrir\u00e1 el zumbido como un espadazo. No puede m\u00e1s la incertidumbre de la resistencia de la cuerda. Lleg\u00f3 a su punto impredecible. M\u00e1s excitaci\u00f3n. Mucha m\u00e1s excitaci\u00f3n. Se acrecienta mi temblor de manos.<\/p>\n<p><em>Simbolog\u00eda<\/em><br \/>\nMis amigos me invitan a practicar sandboarding al desierto sobre la ciudad que siglos antes cultivaba las artes y las ciencias. Su arena es diferentes colores y predominan el naranja y el morado. En el cielo, en vez de sol o luna, hay un planeta demasiado cerca, tan cerca que se puede sentir su gravedad y del que se desprende una cascada incre\u00edble de arena que termina justo en donde estamos. Esa arena ha ido sepultando los campos, los r\u00edos, las ciudades cercanas. El planeta se est\u00e1 deshaciendo y despu\u00e9s seguiremos nosotros y luego otros y otros m\u00e1s pero ahora no nos gusta pensar en eso. Mejor nos divertimos y cada vez que nace una monta\u00f1a aprovechamos el impulso para deslizarnos cuesta abajo.<\/p>\n<p><em>Usuario no disponible<\/em><br \/>\n\u201cBueno, como quieras\u201d, escribi\u00f3 con furia en el teclado, cerr\u00f3 sesi\u00f3n, apag\u00f3 la computadora, apag\u00f3 la luz, cerr\u00f3 la puerta, cerr\u00f3 los ojos, cerr\u00f3 la boca, cerr\u00f3 los pu\u00f1os, cerr\u00f3 la respiraci\u00f3n, cerr\u00f3 las venas, cerr\u00f3 el flujo de la sangre, cerr\u00f3 la transmisi\u00f3n de sus nervios, y del otro lado de la l\u00ednea, en la otra pantalla, una X roja sustituy\u00f3 para siempre el punto verde de su nombre.<\/p>\n<p><em>Hambre al mediod\u00eda<\/em><br \/>\nTienes hambre, es mediod\u00eda, no has desayunado y se le acab\u00f3 la tinta al tintero de la pluma que, fetichistamente, s\u00f3lo usas para escribir poemas. Buscas en la cartera y sacas tu \u00faltimo dinero. Piensas un poco en lo que har\u00e1s y sales hacia el centro comercial. Ahora es medianoche y lo \u00fanico que hay sobre la mesa es un nuevo poema que habla sobre el hambre pero un hambre de la cu\u00e1l no te podr\u00e1s quejar. T\u00fa nunca has sabido lo que es la verdadera hambre.<\/p>\n<p><em>La plaza de los plantados<\/em><br \/>\nEn el sur de la ciudad existe una peque\u00f1a plaza p\u00fablica rodeada de bancas, con fuente y quiosco al centro, que ha adquirido el sobrenombre de \u201cLa plaza de los plantados\u201d por la peculiar raz\u00f3n de que si una persona se sienta ah\u00ed a esperar a alguien, pasan horas y horas y al final ese alguien nunca llega. Incluso la gente cuenta que si eres t\u00fa el que est\u00e1 siendo esperado en esa plaza, te surgir\u00e1n de pronto una serie de obst\u00e1culos que te har\u00e1n llegar muy tarde o no llegar. El problema es que este sitio es el \u00fanico punto de referencia llamativo entre el laberinto de calles grises que lo circundan. Cerca de ah\u00ed no hay nada y por eso es un par\u00e9ntesis del sur citadino. Los fan\u00e1ticos de las coincidencias creen que todo se trata de una exagerada leyenda urbana, aunque ellos tampoco se atreven a darse cita en el lugar. No est\u00e1 por dem\u00e1s decir que pese a todo, la plaza es bastante agradable: el ruido de los autos no le llega y la modesta vegetaci\u00f3n que la habita siempre est\u00e1 cuidada y reluciente. En realidad, la espera no es tortuosa, s\u00f3lo es inacabable. Relaciones han comenzado y terminado cuando dos plantados charlan hasta bien entrada la noche, o cuando una cita importante fue desventuradamente acordada en su quiosco. Pero en \u201cLa plaza de los plantados\u201d tambi\u00e9n sucede otra cosa extra\u00f1a: si uno llega con la intenci\u00f3n de relajarse en soledad con un libro o buena m\u00fasica, siempre se encontrar\u00e1 con alguien conocido y en el descanso ya no habr\u00e1 privacidad. Mientras escribo esto estoy sentado en una de sus bancas en total comodidad y silencio, s\u00f3lo espero que el obst\u00e1culo que tendr\u00e1 la chica que no va a venir a verme sea \u00fanicamente un tac\u00f3n roto o un \u00e1rbol ca\u00eddo afuera de su puerta y no algo de mayor importancia.<\/p>\n<p><em>Salvaci\u00f3n de la cebolla<\/em><br \/>\nLa cebolla, en un \u00faltimo intento por sobrevivir, trata de conmovernos hasta lo m\u00e1s hondo, rogando que no sigamos dividi\u00e9ndola en dos, cuatro, seis pedazos, con el desalmado filo del cuchillo. Sin embargo, nuestra crueldad y hambre son tan grandes que, a pesar de las l\u00e1grimas, pensamos en la grata compa\u00f1\u00eda que le har\u00e1 al pimiento rebanado, ya sin vida, fri\u00e9ndose sobre un sart\u00e9n con carne muerta.<\/p>\n<p><em>Peque\u00f1a explosi\u00f3n at\u00f3mica<\/em><br \/>\nEl silencio de la hora predice la ca\u00edda de un cuerpo en vertical como una gota de lluvia. Peque\u00f1a bomba at\u00f3mica: microsc\u00f3pico augurio astron\u00f3mico, min\u00fasculo explosivo nuclear que se degrada en el aire como un estornudo, breve punto de toxicidad fosforescente, copo sulf\u00farico de lava que hace un eco de metales cuando choca. Alguien juega a detonar la tierra, alguien suelta de la punta de los dedos esta bomba para abrir un cr\u00e1ter donde quepa la semilla de una flor venenosa, de un fruto ardiente como el hongo de humo en un jard\u00edn de plantas carn\u00edvoras. Peque\u00f1a explosi\u00f3n at\u00f3mica en la tierra, tu detonador fue un parpadeo.<\/p>\n<p><em>Titanes<\/em><br \/>\nHay un \u00e1rbol creciendo en el interior de un departamento. Alguien decidi\u00f3 sembrarlo antes de mudarse. Apenas es un poco m\u00e1s que un m\u00ednimo reto\u00f1o en la maceta pero pasan unos d\u00edas y su cuerpo empieza a distenderse. Engrosa su tronco y lo habita un pu\u00f1ado de hojas. Nuevas extensiones surgen de repente. Las ra\u00edces libran una batalla dentro de la tierra, luchan por espacio hasta agrietar, primero poco, luego mucho, el recipiente que las guarda. El tronco busca la cercan\u00eda de la luz artificial colgada al techo, roza los focos, siente su tacto. Las ra\u00edces como r\u00edos desbordan su cauce, en pocos d\u00edas atraviesan la sala, llegan al ba\u00f1o y a la cocina impulsadas por la b\u00fasqueda del agua. El tronco, ya maduro, dobla su cuerpo para entrar a las habitaciones y deja una robusta rama en cada una. El follaje opaca la vista, su ostentosa densidad invade la vivienda. Las ra\u00edces, cansadas de la brevedad del agua, se abren paso por los adoquines y azulejos, su fuerza les permite llegar muy f\u00e1cilmente hacia los pisos inferiores, invadiendo nuevos ba\u00f1os y cocinas y expulsando a todos los inquilinos. Las ramas ans\u00edan la luz del sol y rompen las paredes y ventanas. Los pisos superiores se llenan de hojas. Las ra\u00edces llegan al drenaje profundo, pero como era de esperarse, el edificio de departamentos se despierta, se siente claramente invadido y desea recuperar su espacio de inmediato. Las tuber\u00edas irrumpen y se tuercen tratando de impedir el paso de las ramas. El cableado el\u00e9ctrico pelea con las ra\u00edces electrificando sus arterias. Las calderas arden a tope para detener el paso del follaje con el fuego amenazante. El edificio corta el suministro de agua, deja escapar los gases de su s\u00f3tano por todos los reductos, estrecha sus paredes, mueve las escaleras de arriba a abajo como si fueran un serrucho gigantesco. El \u00e1rbol tiende enredaderas exteriores y despu\u00e9s llega hasta los huesos met\u00e1licos, a las vigas de acero. Emplea la musculatura de sus ramas para sucumbirlas. La frondosidad de las hojas superiores se anuncia como una cabellera verde en la azotea. Desde afuera la batalla es evidente: el edificio inclinado, el ramaje en espiral, los rugidos del sistema el\u00e9ctrico, las escaleras serruchando y las tuber\u00edas expuestas como tent\u00e1culos de plomo. Nadie se interpone pero hay gran expectativa en los vecinos y los curiosos. As\u00ed pasan varios d\u00edas y sin embargo, el peri\u00f3dico local no dedica a esto ni una de sus p\u00e1ginas.<\/p>\n<p><em>Quince columnas son un templo<\/em><br \/>\nSi alguien separa la costura invisible del aire, encontrar\u00e1 cinco columnas de m\u00e1rmol sosteniendo al aire. Si alguien excava en la tierra y no se detiene, encontrar\u00e1 cuatro columnas de m\u00e1rmol sosteniendo a la tierra. Si alguien atraviesa todas las puertas del fuego, encontrar\u00e1 tres columnas de m\u00e1rmol sosteniendo al fuego. Si alguien se disuelve en las burbujas del agua, encontrar\u00e1 dos columnas de m\u00e1rmol sosteniendo al agua. Si alguien desaparece en la oscuridad del t\u00fanel de su cuerpo, encontrar\u00e1 una columna de m\u00e1rmol sosteniendo a su cuerpo. Quince columnas son un templo erigido, una casa. En s\u00f3lo quince columnas puede sostenerse el mundo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Una selecci\u00f3n del libro de minificciones del mismo t\u00edtulo, del escritor mexicano Emmanuel Vizcaya (1989).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":16562,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"Empezamos 2025 con una nueva colecci\u00f3n de #minificciones en la antolog\u00eda de Las Historias: una selecci\u00f3n de \"Aerovitrales\" del mexicano Emmanuel Vizcaya.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[3469,22,2343,3468,198,2855,2549,397,521],"class_list":["post-16558","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-aerovitrales","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-emmanuel-vizcaya","tag-escritores-mexicanos","tag-literatura","tag-microrrelato","tag-minificcion","tag-textos-que-no-estaban-en-la-red"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/VizcayaGlicth4.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-4j4","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16558","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=16558"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16558\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16563,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16558\/revisions\/16563"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/16562"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=16558"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=16558"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=16558"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}