{"id":16415,"date":"2022-01-05T22:33:01","date_gmt":"2022-01-06T04:33:01","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=16415"},"modified":"2024-09-04T23:03:18","modified_gmt":"2024-09-05T05:03:18","slug":"la-resucitada-cuento-emilia-pardo-bazan","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/la-resucitada-cuento-emilia-pardo-bazan\/","title":{"rendered":"La resucitada"},"content":{"rendered":"<p>La condesa Emilia Antonia Socorro Josefa Amalia Vicenta Eufemia Pardo-Baz\u00e1n y<br \/>\nde la R\u00faa-Figueroa (1851-1921), a quien se recuerda con el nombre abreviado de Emilia Pardo-Baz\u00e1n, es una de las grandes escritoras de la narrativa de imaginaci\u00f3n fant\u00e1stica. Espa\u00f1ola, nacida en una familia noble, tuvo la fortuna de contar con una educaci\u00f3n esmerada y progresista: en contra del conservadurismo imperante en su entorno, empez\u00f3 a escribir desde muy pronto y fue la introductora de muchas novedades literarias en su pa\u00eds, as\u00ed como precursora del feminismo. \u00abLa resucitada\u00bb fue publicada por primera vez en 1908, en el diario <em>El Imparcial<\/em>.<\/p>\n<figure id=\"attachment_16418\" aria-describedby=\"caption-attachment-16418\" style=\"width: 1200px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/emilia-pardo-bazan.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"16418\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/la-resucitada-cuento-emilia-pardo-bazan\/emilia-pardo-bazan\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/emilia-pardo-bazan.jpg\" data-orig-size=\"1200,675\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"emilia-pardo-bazan\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Emilia Pardo Baz\u00e1n&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/emilia-pardo-bazan-1024x576.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/emilia-pardo-bazan.jpg\" alt=\"Emilia Pardo Baz\u00e1n\" width=\"1200\" height=\"675\" class=\"size-full wp-image-16418\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/emilia-pardo-bazan.jpg 1200w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/emilia-pardo-bazan-300x169.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/emilia-pardo-bazan-1024x576.jpg 1024w\" sizes=\"auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-16418\" class=\"wp-caption-text\">Emilia Pardo Baz\u00e1n<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>LA RESUCITADA<br \/>\nEmilia Pardo-Baz\u00e1n<\/strong><\/p>\n<p>Ard\u00edan los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murci\u00e9lago, descolg\u00e1ndose de la b\u00f3veda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se desliz\u00f3 al ras de las losas y trep\u00f3 con sombr\u00eda cautela por un pliegue del pa\u00f1o mortuorio. En el mismo instante abri\u00f3 los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el t\u00famulo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Bien sab\u00eda que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le imped\u00edan ver y hablar. O\u00eda, eso s\u00ed, y percib\u00eda -como se percibe entre sue\u00f1os- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuch\u00f3 los gemidos de su esposo, y sinti\u00f3 l\u00e1grimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecog\u00eda mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. All\u00ed el f\u00e9retro, all\u00ed los cirios\u2026, y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Incorporada ya, la alegr\u00eda de existir se sobrepuso a todo. Viv\u00eda. \u00a1Qu\u00e9 bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volver\u00eda a su dulce hogar, y oir\u00eda el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su coraz\u00f3n, todav\u00eda debilitado por el s\u00edncope. Sac\u00f3 las piernas del ata\u00fad, brinc\u00f3 al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos cr\u00edticos combin\u00f3 su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas ser\u00eda in\u00fatil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave cre\u00eda que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de \u00e1nimas en pena\u2026 Ten\u00eda otro recurso: salir por la capilla del Cristo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era suya: pertenec\u00eda a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica l\u00e1mpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Se\u00f1or de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elev\u00f3 desde su alma una deprecaci\u00f3n fervorosa al Cristo. \u00a1Se\u00f1or! \u00a1Que encontrase puestas las llaves! Y las palp\u00f3: all\u00ed colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descend\u00eda por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abr\u00eda la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde ergu\u00eda su fachada infanzona el caser\u00f3n de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a o\u00edr misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abri\u00f3, empuj\u00f3\u2026 Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Diez pasos hasta su morada\u2026 El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogi\u00f3 el aldab\u00f3n tr\u00e9mula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. \u00ab\u00bfEsta casa es mi casa, en efecto?\u00bb, pens\u00f3, al secundar al aldabonazo firme\u2026 Al tercero, se oy\u00f3 ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y reson\u00f3 la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfu\u00f1aba:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00bfQui\u00e9n? \u00bfQui\u00e9n llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?<\/p>\n<p>-Abre, Pedralvar, por tu vida\u2026 \u00a1Soy tu se\u00f1ora, soy do\u00f1a Dorotea de Guevara!\u2026 \u00a1Abre presto!\u2026<\/p>\n<p>-V\u00e1yase enhoramala el borracho\u2026 \u00a1Si salgo, a fe que lo ensarto!\u2026<\/p>\n<p>-Soy do\u00f1a Dorotea\u2026 Abre\u2026 \u00bfNo me conoces en el habla?<\/p>\n<p>Un reniego, enronquecido por el miedo, contest\u00f3 nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar sub\u00eda la escalera otra vez. La resucitada peg\u00f3 dos aldabonazos m\u00e1s. La austera casa pareci\u00f3 reanimarse; el terror del escudero corri\u00f3 al trav\u00e9s de ella como un escalofr\u00edo por un espinazo. Insist\u00eda el aldab\u00f3n, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechin\u00f3, al fin, el claveteado port\u00f3n entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo sali\u00f3 de la boca sonrosada de la doncella Lucig\u00fcela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dej\u00f3 caer de golpe; se hab\u00eda encarado con su se\u00f1ora, la difunta, arrastrando la mortaja y mir\u00e1ndola de hito en hito\u2026<\/p>\n<p>Pasado alg\u00fan tiempo, recordaba Dorotea -ya vestida de acuchillado terciopelo genov\u00e9s, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sill\u00f3n de almohadones, al pie del ventanal-, que tambi\u00e9n Enrique de Guevara, su esposo, chill\u00f3 al reconocerla; chill\u00f3 y retrocedi\u00f3. No era de gozo el chillido, sino de espanto\u2026 De espanto, s\u00ed; la resucitada no lo pod\u00eda dudar. Pues acaso sus hijos, do\u00f1a Clara, de once a\u00f1os; don F\u00e9lix de nueve, \u00bfno hab\u00edan llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto m\u00e1s afligido, m\u00e1s congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban\u2026 \u00a1Ella que cre\u00eda ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que d\u00edas despu\u00e9s se celebr\u00f3 una funci\u00f3n solemn\u00edsima en acci\u00f3n de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacci\u00f3n por el singular e impensado suceso que les devolv\u00eda a la esposa y a la madre\u2026 Pero do\u00f1a Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.<\/p>\n<p>Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le hu\u00edan. Dij\u00e9rase que el soplo fr\u00edo de la huesa, el h\u00e1lito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras com\u00eda, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos p\u00e1lidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremec\u00edan. \u00bfAcaso no les parec\u00eda natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y do\u00f1a Dorotea ven\u00eda de ese pa\u00eds misterioso que los ni\u00f1os sospechan aunque no lo conozcan\u2026 Si las p\u00e1lidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don F\u00e9lix, el chiquillo se desviaba, descolorido \u00e9l a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicer\u00edas, si Dorotea se cruzaba con do\u00f1a Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, hu\u00eda al modo con que se huye de una maldita aparici\u00f3n\u2026<\/p>\n<p>Por su parte, el esposo -guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que pon\u00eda maravilla-, no hab\u00eda vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura\u2026 En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y alj\u00f3fares y vert\u00eda sobre su corpi\u00f1o pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez c\u00e9rea; alrededor del rostro persist\u00eda la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresal\u00eda el vaho h\u00famedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo l\u00edcita caricia; quer\u00eda saber si ser\u00eda rechazada. Don Enrique se dej\u00f3 abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del esp\u00edritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, ley\u00f3 Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.<\/p>\n<p>-De donde t\u00fa has vuelto no se vuelve\u2026<\/p>\n<p>Y tom\u00f3 bien sus precauciones. El prop\u00f3sito deb\u00eda realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procur\u00f3 el manojo de llaves de la capilla y mand\u00f3 fabricar otras iguales a un mozo herrero que part\u00eda con el tercio a Flandes al d\u00eda siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, sali\u00f3 una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entr\u00f3 en la iglesia por la portezuela, se escondi\u00f3 en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacrist\u00e1n cerrando el templo, Dorotea baj\u00f3 lentamente a la cripta, alumbr\u00e1ndose con un cirio prendido en la l\u00e1mpara; abri\u00f3 la mohosa puerta, cerr\u00f3 por dentro, y se tendi\u00f3, apagando antes el cirio con el pie\u2026<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La vida y la muerte se encuentran en este gran relato de la espa\u00f1ola Emilia Pardo-Baz\u00e1n (1851-1921).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":16418,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"S\u00f3lo porque s\u00ed, les dejo un #cuento de la enorm\u00edsima Emilia Pardo Baz\u00e1n: \"La resucitada\".\r\n \r\n#literatura #escritoras #cuentos #LiteraturaFant\u00e1stica #LiteraturaDeImaginaci\u00f3n #narrativa #literaverso #libroverso\r\n?","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,2343,3455,185,193,3454,2855,2291,360],"class_list":["post-16415","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-emilia-pardo-bazan","tag-escritoras","tag-escritores-espanoles","tag-la-resucitada","tag-literatura","tag-literatura-de-imaginacion","tag-literatura-fantastica"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/emilia-pardo-bazan.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-4gL","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16415","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=16415"}],"version-history":[{"count":5,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16415\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16421,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16415\/revisions\/16421"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/16418"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=16415"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=16415"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=16415"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}