{"id":16405,"date":"2024-08-29T15:15:29","date_gmt":"2024-08-29T21:15:29","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=16405"},"modified":"2024-08-29T13:26:09","modified_gmt":"2024-08-29T19:26:09","slug":"el-benefactor-hinostroza-cuento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-benefactor-hinostroza-cuento\/","title":{"rendered":"El Benefactor"},"content":{"rendered":"<p>Este es de los grandes cuentos del siglo XX, y fue escrito por un autor que se consideraba, principalmente, poeta: el peruano <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Rodolfo_Hinostroza\">Rodolfo Hinostroza<\/a> (1941-2016), quien por otro lado tambi\u00e9n public\u00f3 novelas, teatro, textos sobre de gastronom\u00eda y hasta un libro de astrolog\u00eda. \u00abEl Benefactor\u00bb gan\u00f3 en 1987 el Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo, que se convoc\u00f3 en Par\u00eds hasta comienzos de este siglo y lleg\u00f3 a ser uno de los m\u00e1s importantes de la lengua castellana. Posteriormente fue reunido en el libro <em>Cuentos de extremo occidente<\/em> (2002). El elogio con el que comienza este p\u00e1rrafo no es excesivo: adem\u00e1s de la tersura de su lenguaje, el destino de su personaje central, manipulado sin explicaci\u00f3n alguna por el misterioso Benefactor, lo vuelve fascinante: odioso y digno de piedad a la vez.<\/p>\n<figure id=\"attachment_16409\" aria-describedby=\"caption-attachment-16409\" style=\"width: 1540px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/rodolfo-hinostroza-andina.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"16409\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-benefactor-hinostroza-cuento\/rodolfo-hinostroza-andina\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/rodolfo-hinostroza-andina.jpg\" data-orig-size=\"1540,1038\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"rodolfo-hinostroza-andina\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Rodolfo Hinostroza&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/rodolfo-hinostroza-andina-1024x690.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/rodolfo-hinostroza-andina.jpg\" alt=\"\" width=\"1540\" height=\"1038\" class=\"size-full wp-image-16409\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/rodolfo-hinostroza-andina.jpg 1540w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/rodolfo-hinostroza-andina-300x202.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/rodolfo-hinostroza-andina-1024x690.jpg 1024w\" sizes=\"auto, (max-width: 1540px) 100vw, 1540px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-16409\" class=\"wp-caption-text\">Rodolfo Hinostroza<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>EL BENEFACTOR<br \/>\nRodolfo Hinostroza<\/strong><\/p>\n<p><em>a lngrid<\/em><\/p>\n<p>Me llamo Francisco Orihuela. Generalmente basta con mi nombre para que la gente sepa lo que soy y lo que hago. Mis novelas han sido traducidas a 19 lenguas, he ganado varios premios literarios harto significativos, como el Planeta, el R\u00f3mulo Gallegos, el M\u00e9dicis y, hasta hace algunos a\u00f1os, era candidato de fuerza para el Premio Nobel.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mis obras se han vendido a millones de ejemplares, he ocupado la presidencia del Pen Club y mi rostro -en foto o en caricatura aparece con cierta regularidad en diarios y revistas de las m\u00e1s diversas procedencias.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora que he declinado mis t\u00edtulos, puedo agregar que Francisco Orihuela es solamente un <em>bluff<\/em>. Solo el nombre es verdadero, pero no lo que evoca como calidad literaria y aun como grandeza que algunos me atribuyen. Hay una sola persona en el mundo que lo sabe, o que lo supo, porque temo que haya muerto, hace 10 o 12 a\u00f1os en un pa\u00eds de Europa, tal vez Italia, desconocido, pobre. A esta persona le debo cuanto soy y cuanto tengo: el dinero, la gloria, la desesperaci\u00f3n que me acompa\u00f1a desde que se alej\u00f3 de mi vida. Jam\u00e1s he conocido su rostro, ni estrechado su mano, ni escuchado su voz. No s\u00e9 su nombre, no conozco su nacionalidad, y solo tengo pocas pruebas aunque definitivas de su existencia y de su paso fulgurante por el mundo y mi vida. Durante muchos a\u00f1os, a falta de otro nombre, y no sin iron\u00eda, lo he llamado El Benefactor, o simplemente B.Y, ahora que he perdido casi toda esperanza de encontrarme con \u00e9l, he sentido la necesidad de emplear los pobres medios literarios de que dispongo para intentar una explicaci\u00f3n met\u00f3dica, y sin duda tediosa, de mi relaci\u00f3n con \u00e9l, del verdadero cataclismo que sacudi\u00f3 mi vida cuando B. intervino en ella por primera vez, una tarde de oto\u00f1o, hace de esto 20 a\u00f1os.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Recuerdo que recib\u00ed el cable de la Western Union pasadas las cinco de la tarde, que en su lac\u00f3nico y agorero estilo me anunciaba que yo hab\u00eda ganado el Premio Planeta de novela, otorgado por la editorial espa\u00f1ola del mismo nombre, con <em>Las muelas de Santa Apolonia<\/em>. No olvidar\u00e9 jam\u00e1s c\u00f3mo la estupefacci\u00f3n me dej\u00f3 clavado en el sitio: yo jam\u00e1s hab\u00eda escrito un libro semejante y toda mi contribuci\u00f3n a la literatura se reduc\u00eda a 3 o 4 art\u00edculos sobre el indigenismo publicados en la Revista de la Universidad de Trujillo, donde ocupaba una c\u00e1tedra de Literatura Peruana. No me tentaba escribir obra de ficci\u00f3n alguna, y me sent\u00eda a gusto en la docencia y la investigaci\u00f3n, a pesar de lo precario de los medios que me ofrec\u00eda aquella universidad de provincia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era indudable que se trataba de un error, pero me parec\u00eda extra\u00f1o que mi nombre y mi direcci\u00f3n, que ciertamente nadie conoc\u00eda en Espa\u00f1a se hubiera traspapelado con los del verdadero ganador del concurso por quien sent\u00ed un rel\u00e1mpago de envidia que enseguida se extingui\u00f3. Le di varias vueltas al asunto hasta dejarlo de lado, por<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;insoluble, dici\u00e9ndome que no tardar\u00eda en llegar otro cable rectificatorio, que pondr\u00eda fin a esta rid\u00edcula situaci\u00f3n. Mi mujer y mi hija se hallaban de vacaciones en Lima y yo hab\u00eda arreglado con un par de amigos una partida de caza en las serran\u00edas de Otuzco aquel largo fin de semana, de modo que me acost\u00e9 temprano y al alba vinieron a buscarme en una Land-Rover, para trepar a esas abruptas monta\u00f1as, en cuyas laderas pacen venados y anidan codornices.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al quinto d\u00eda volvimos a Trujillo. Yo hab\u00eda matado un venado que ya comenzaba a heder y pensaba incorporarlo a mis trofeos de caza; en el reparto me hab\u00eda tocado poco m\u00e1s de una docena de codornices y un par de patillas. Debajo de la puerta de mi casa hab\u00eda una inusual acumulaci\u00f3n de diarios, telegramas, cartas y tarjetas apresuradamente borroneadas. Todo aquello confirmaba, sin dejar lugar a dudas, que yo era el ganador del Premio Planeta de aquel a\u00f1o. Todo el mundo me buscaba para felicitarme.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La conferencia telef\u00f3nica que tuve con el Gerente de Relaciones P\u00fablicas de la editorial en Barcelona me desconcert\u00f3 a\u00fan m\u00e1s. Me dijo que no hab\u00eda error alguno, y luego de felicitarme ceremoniosamente, me ley\u00f3 el Acta del Jurado, con los resultados de las \u00faltimas votaciones, los nombres de las obras finalistas y la resoluci\u00f3n del jurado, algo ret\u00f3rica, pero incontrovertible: yo, Francisco Orihuela, hab\u00eda ganado, por unanimidad, ese famoso premio, con <em>Las muelas de Santa Apolonia<\/em>. No me quedaba m\u00e1s que agradecerle, porque era complicado e in\u00fatil pretender que yo no era el ganador, pero tuve la presencia de \u00e1nimo necesaria para pedirle al hombre copia del manuscrito, pretextando ciertas correcciones urgentes. Se opuso cort\u00e9s y firmemente, ofreci\u00e9ndome en cambio mandarme las pruebas de imprenta, en cosa de mes y medio para que las corrigiera dentro de los plazos estipulados. El lanzamiento no deb\u00eda tardar y se me invitaba a Barcelona para esta magna ocasi\u00f3n. Los diarios que hoje\u00e9 tra\u00edan en primera plana una vieja foto m\u00eda y, por lo que dec\u00edan, yo ya era poco menos que una gloria nacional, y no hac\u00eda sino corroborar la pujanza de la literatura latinoamericana en el mundo. Revis\u00e9 distra\u00eddamente tarjetas de amigos y parientes, y mi atenci\u00f3n fue atra\u00edda por una carta del Banco Exterior de Espa\u00f1a.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aportaba un argumento breve y definitivo: una orden de pago por un monto de diez mil d\u00f3lares, que era la parte en met\u00e1lico del premio.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No tengo nada que justificar, pero esa suma representaba cinco a\u00f1os de salario de un profesor de mi categor\u00eda y era para m\u00ed una peque\u00f1a fortuna. Me bastaba con seguir la corriente y era m\u00eda. Evidentemente hab\u00eda un error que jugaba a mi favor y, si a\u00fan no hab\u00eda sido rectificado con toda la publicidad que se hab\u00eda dado al premio, tal vez el verdadero autor, por razones secretas de las que no pod\u00eda tener la menor idea, estaba impedido de aceptarlo. Tal vez por cuestiones pol\u00edticas o de familia, especul\u00e9, no pod\u00eda dar cara y me hab\u00eda escogido a m\u00ed, un oscuro funcionario de provincias, para que lo hiciera por \u00e9l.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero todo aquello ten\u00eda un precio y, si yo prestaba mi nombre, bien pod\u00eda apoderarme del dinero, con cargo a regularizar la situaci\u00f3n una vez que \u00e9l me hubiera contactado. Hab\u00eda muchas cosas oscuras a\u00fan en este asunto, pero el tel\u00e9fono comenz\u00f3 su repiqueteo incesante y comprend\u00ed que si aceptaba el premio, habr\u00eda una serie de detalles pr\u00e1cticos que arreglar si no quer\u00eda que todo el mundo se diera cuenta de la mistificaci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En primer lugar estaba el tema de la novela, que ignoraba. Su t\u00edtulo, entre bufo y cat\u00f3lico, despertaba amortiguados ecos en mi memoria y, si lograba saber su significado, tal vez podr\u00eda darme una idea del tema de la obra y as\u00ed inventar respuestas plausibles a las preguntas que no dejar\u00edan de hacerme periodistas y colegas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En una hora de indagaci\u00f3n en mi biblioteca lo hall\u00e9: <em>Las muelas de Santa Apolonia<\/em> no era otra cosa que el irreverente apodo que la soldadesca espa\u00f1ola le daba antiguamente a los dados. En consecuencia, el tema de la novela deb\u00eda ser el juego, o mucho me equivocaba. Me llev\u00f3 todav\u00eda un buen rato imaginar una historia deliberadamente vaga en torno al juego, pero con apariencias de solidez, cruda y directa, pero con un fondo aleg\u00f3rico, moderna, pero pagando tributo al pasado. Toda la cuesti\u00f3n estaba en capear las primeras andanadas de los chicos de la prensa y los amigos, antes de leer las pruebas de imprenta, sin incurrir en muy groseras contradicciones con lo que vendr\u00eda en la obra. Era un riesgo, pero val\u00eda la pena. Solo entonces contest\u00e9 el tel\u00e9fono.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Todo el mundo se trag\u00f3 mis historias inconexas, mis explicaciones balbucientes, salvo, claro est\u00e1, mi mujer. Durante un par de semanas sufr\u00ed el implacable asedio de la prensa, los amigos, los colegas, los parientes, las Asociaciones Culturales y los vendedores de libros. Por una elemental prudencia no quer\u00eda bajar a Lima, hasta no haber le\u00eddo el texto de la novela, y fue m\u00e1s bien mi mujer la que regres\u00f3 a Trujillo para someterme, por su lado, a un interrogatorio solapado y dom\u00e9stico, que me oblig\u00f3 a ponerme a la defensiva. Ella no me cre\u00eda capaz de escribir novela alguna, y yo conoc\u00eda demasiado su puritanismo izquierdizante, como para confiarme a ella; no le interesaba el dinero, pero s\u00ed la verdad, y en este punto yo acababa de tomar una opci\u00f3n radicalmente opuesta a la de ella, que no tard\u00f3 en separarnos. Una tarde se fue de casa, con mi hija Judith de apenas un a\u00f1o, a vivir con sus padres.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En la separaci\u00f3n legal ella obtuvo la custodia de nuestra hija y yo no pude hacer nada para retenerla.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al fin llegaron las pruebas de imprenta en un voluminoso sobre de papel manila. Las manos me temblaban cuando lo desgarr\u00e9, y extraje aquellas p\u00e1ginas olorosas a tinta. Mi \u00fanica y solitaria satisfacci\u00f3n fue la de no haberme equivocado en la cuesti\u00f3n del tema: la novela giraba en torno al juego, tal como yo lo hab\u00eda adivinado. Pero poco falt\u00f3 para arrepentirme de haber asumido la autor\u00eda de aquel abracadabrante mamotreto. Eran unas 350 p\u00e1ginas desmesuradas, folkl\u00f3ricas, ca\u00f3ticas, ambientadas en la Conquista del Per\u00fa por los espa\u00f1oles. La cosa comenzaba con el reparto de un fabuloso bot\u00edn: las riquezas del Templo del Sol, en el Cusca Imperial, y el desenfreno que pose\u00eda la soldadesca ese d\u00eda memorable. Mancio Sierra de Leguizamo, el protagonista, devorado por la pasi\u00f3n del juego que ya no lo abandonar\u00e1 el resto de la novela, se juega a los dados \u2014las muelas de Santa Apolonia\u2014 su parte del bot\u00edn: es el enorme disco de oro macizo que representa al dios solar, el Inti, que divide, con trazos de grasa negra, en cuadrantes y treintaidozavos para irlo perdiendo trozo a trozo a medida que la noche avanza, mientras su enfermiza mente le dicta martingalas para cada serie de jugadas. Al alba lo ha perdido todo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No era una novela hist\u00f3rica, por su falta de rigor documental, y por el empleo sistem\u00e1tico de anacronismos, entre otras cosas. Piadosamente se le pod\u00eda considerar ficci\u00f3n hist\u00f3rica, pero era tremendista y con un ojo puesto en lo comercial. El juego era el pretexto para que el nebuloso Mancio Sierra viajase por la opulenta Potos\u00ed, la lujuriosa Za\u00f1a y los valles andinos asolados por los Generales del Imperio convertidos en salteadores de caminos, infestados por bandas de ind\u00edgenas fanatizados por unos ritos gn\u00f3sticos. Por estas convulsas avenidas transcurr\u00eda el trotar de nuestro jugador que no tiene sino una obsesi\u00f3n en esta vida: recuperar el Sol perdido, o algo semejante, alguna vez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En algunos pasajes, fuerza es reconocerlo, alcanzaba una formidable brillantez, que no bastaba para redimir la novela de todos sus defectos. El final carec\u00eda de toda verosimilitud: Mancio, gracias a la intercesi\u00f3n de la <em>Colla<\/em>, o Princesa Inca que tiene por mujer, concierta una partida de <em>Wayru<\/em>, una suerte de juego nativo de contenido m\u00e1gico, nada menos que con el Inca Sayri T\u00fapac, a la saz\u00f3n refugiado en Vilcabamba, la ciudad secreta a la que ning\u00fan espa\u00f1ol tuvo jam\u00e1s acceso. \u00c9l se juega secretos militares, y tal vez tambi\u00e9n su vida, una noche sim\u00e9trica a aquella en que perdi\u00f3 el Sol de Oro, en una partida ritual plagada de s\u00edmbolos, a cada paso interrumpida por mujeres pose\u00eddas de visiones sobre el destino \u00faltimo de su raza, que todav\u00eda no se sabe vencida. Pero Mancio, que comprende que esta partida es <em>su partida<\/em>, la que espera hace milenios, juega con ferocidad y, al alba, ha ganado el Pectoral del Inca, en oro y esmeraldas, que perder\u00e1 al regresar a Lima, en un garito del camino hirviente de hampones y de putas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era bajamente teatral, estaba plagada de falsedades, de ignorancia, y de cinismo. Sin embargo, era f\u00e1cil reconocer en ella el tipo de novela destinada a tener \u00e9xito, cosa que suscitaba en m\u00ed emociones contradictorias; porque de una parte encontraba injusto que una novela de tan desigual nivel literario ganase un premio tan importante, pero por otro lado el \u00e9xito no pod\u00eda sino favorecerme, puesto que era, oficialmente, el autor de esa obra.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y a\u00fan otro problema: es cierto que un texto literario no tiene la obligaci\u00f3n de parecerse a la vida de su autor, pero hab\u00eda una tal distancia entre esa serpiente voladora y la forma como yo hab\u00eda llevado mi vida poco proclive a excesos y desbordes, que no tardar\u00eda en llamar la atenci\u00f3n de cuantos me conoc\u00edan, en particular mis colegas, y, sobre todo, mi mujer. Acaso pensar\u00edan, como yo, que el autor no deb\u00eda ser peruano, a causa de ciertos giros de lenguaje, de ciertas ignorancias geogr\u00e1ficas. Parec\u00eda, pues, necesario que la publicaci\u00f3n de la novela no me encontrase en Trujillo, expuesto a todas las miradas, blanco de todas las especulaciones, cuya continua y solapada presi\u00f3n hubiera terminado por hacerme confesar culpable.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No fue una decisi\u00f3n f\u00e1cil, pero no me tom\u00f3 m\u00e1s de un d\u00eda. Mi ambici\u00f3n, que hab\u00eda sido como una floraci\u00f3n tard\u00eda, ligeramente monstruosa durante estas pocas semanas, dictaba ya sus propios requerimientos, y me exig\u00eda neutralizar todo cuanto pudiese constituir una amenaza para mi nuevo estado. M\u00e1s al fondo del juego, esos diez mil d\u00f3lares del premio que me hab\u00edan tanto impresionado, no eran nada comparado con lo que me pod\u00edan dar los derechos de autor, la traducci\u00f3n de <em>mi<\/em> novela a siete lenguas. Esa invitaci\u00f3n a Barcelona para el lanzamiento del libro pod\u00eda ser la soluci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No par\u00e9 de viajar desde que apareci\u00f3 la maldita novela, que tuvo un \u00e9xito impresionante. Fue Barcelona, fue la Feria del Libro de Madrid, la de Fr\u00e1ncfort, la de Bologna, tra\u00eddo y llevado por editores, agregados de prensa, agentes. Pasadas las rutinas, que eran casi siempre las mismas, ten\u00eda mucho tiempo libre y bastante dinero. Me gustaba sentirme un extranjero an\u00f3nimo en esas calles viejas, hirvientes de juventud: una ma\u00f1ana amanec\u00ed dormido en un <em>container<\/em> lleno de paja, abrazado a una preciosa chica rubia y semidesnuda, en un c\u00e9ntrico canal de Copenhague. Pas\u00e9 una tarde que nunca olvidar\u00e9, a la ca\u00edda del oto\u00f1o, jugando ajedrez con un desconocido en un muelle, detr\u00e1s de Notre Dame. Fui testigo de un vuelo de vencejos que atraves\u00f3 las torres de la Sagrada Familia, una madrugada en Barcelona, al lado de un borracho que cantaba.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Viv\u00eda mi celebridad creciente como un espectador, como que no la hab\u00eda trabajado ni luchado, lo que me daba un aire curiosamente desprendido que sol\u00eda gustarle a la gente. M\u00e1s: mi formaci\u00f3n de cr\u00edtico me hac\u00eda comentar la novela con la objetividad que les est\u00e1 negada a los creadores y gozaba exagerando sus defectos con cierta ferocidad inusual entre los escritores, lo que me gan\u00f3 fama de duro y de realista.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La editorial no tard\u00f3 en proponerme que dirigiera en Barcelona una colecci\u00f3n de Literatura Hispanoamericana, oferta que me apresur\u00e9 a aceptar. Pon\u00eda el oc\u00e9ano de por medio entre mi vida presente y la pasada, y trataba de explotar al m\u00e1ximo lo que se me ofrec\u00eda, que aquel milagro no se iba a repetir. Una vez pasado el impacto de la novela, tendr\u00eda que vivir de otra cosa hasta que se me fuera olvidando en tanto que escritor. La historia literaria est\u00e1 llena de casos de autores de uno o dos libros brillantes, que luego desaparecen en la noche para reaparecer al cabo de unos a\u00f1os como profesores, o empresarios, o diplom\u00e1ticos sin que esto sea motivo de esc\u00e1ndalo, de modo que me dispuse a seguir esos preclaros ejemplos, y en el primer a\u00f1o edit\u00e9 5 t\u00edtulos de literatura indigenista, de excelente calidad y poco conocidos, que asentaron el prestigio de mi colecci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Viv\u00eda en un apartamento de soltero en la V\u00eda Augusta y estaba tramitando mi divorcio, cuando mi agente literario, Jordi, me llam\u00f3 una ma\u00f1ana temprano para felicitarme por mi segunda novela, cuyo manuscrito no hab\u00eda podido soltar toda la noche y decirme que por aquella preciosura sacar\u00edamos, f\u00e1cilmente, veinticinco mil d\u00f3lares de anticipo en cierta editorial.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Estaba todav\u00eda tratando de reubicarme con respecto al Benefactor, y sus ocultas intenciones, cuando un mensajero me trajo fotocopia del manuscrito, que hab\u00eda pedido a Jordi pretextando algunas correcciones. Era una carpeta azul, ordinaria, que conten\u00eda 319 p\u00e1ginas escritas a m\u00e1quina. Mi nombre figuraba en la primera plana, y enseguida, bien centrado, ven\u00eda el t\u00edtulo de la obra, que era: <em>El Pavo a la Moctezuma<\/em>. Y abajo la fecha, que era la del mes en curso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Comenzaba con tanto \u00cdmpetu como la novela anterior. Pascual Reyes, cocinero mexicano, se dirige a Santiago de Compostela pasando por Par\u00eds, en plena Revoluci\u00f3n Francesa, cuando su patr\u00f3n, un potentado criollo, cae fulminado por una apoplej\u00eda a la lectura de la Declaraci\u00f3n de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El ciudadano Pascual entonces, libre, solo, se siente pose\u00eddo por el demonio de la revoluci\u00f3n social y culinaria, en aquellos hist\u00f3ricos momentos en que el fervor burgu\u00e9s se repart\u00eda entre la gastronom\u00eda y la guillotina.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero enseguida, B. enganchaba el primer bucle de la truculenta espiral que ya le conoc\u00eda: el mexicano empezaba su carrera durante las masacres de septiembre del &#8217;92, cuando una famosa hist\u00e9rica, Theroigne de M\u00e9ricourt, arranca el h\u00edgado palpitante de uno de sus examantes, el Marqu\u00e9s de Foix, y le ruega a Pascual que con \u00e9l prepare un plato sublime. Este, en un arrebato de inspiraci\u00f3n republicana, prepara con el noble h\u00edgado un pat\u00e9, y con \u00e9l rellena unos p\u00e1jaros hortelanos, que flamea al Armagnac, y sirve con salsif\u00ed al vapor y perifollo. Este era, m\u00e1s o menos, el registro. A medida que la novela -y la revoluci\u00f3n- avanzaba, iban apareciendo m\u00e1s platos conmemorativos, hechos o comentados por Pascual, tal el Pato a la Robespierre, guillotinado y aderezado con su propia sangre, la Langosta Termidor, los Vol-au-Vent Directorio, el Jabal\u00ed al Imperio, macerado en p\u00f3lvora, pimienta en granos, cayena. Y el libro se iba cargando de recetas de cocina, abundantemente pormenorizadas, con ingredientes, proporciones y procedimientos puntuales y, para m\u00ed, inexplicables.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00bfPor qu\u00e9 hay que congelar, por ejemplo, la crema de leche, antes de rellenar con ella alg\u00fan pescado? \u00bfPor qu\u00e9 mojar con agua caliente, y nunca con fr\u00eda, cuando se prepara una Sopa de Cebollas? \u00bfPor qu\u00e9 cortar a la tijera las hojas de perejil, en lugar de hacerlo con cuchillo?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Dif\u00edcilmente se le pod\u00eda considerar una novela hist\u00f3rica a pesar de que por sus p\u00e1ginas desfilaban -ah\u00edtos de entremeses, salpicados de sopas, atiborrados de salsas, reventando cangrejos, eructando faisanes, vomitando pecheras- los grandes protagonistas de la Revoluci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y las m\u00e1s brillantes batallas napole\u00f3nicas, que terminaban, invariablemente, en inmensos festines aleg\u00f3ricos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En fin, doscientas tremebundas p\u00e1ginas m\u00e1s adelante, y ciento cincuenta recetas despu\u00e9s, sobreven\u00eda el desenlace, que ocurr\u00eda, como conviene, en el Congreso de Viena, ese fest\u00edn que dur\u00f3 varios meses celebrando la derrota de Napole\u00f3n por las potencias de la reacci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Una noche Careme, el genial cocinero de Talleyrand, presenta en un banquete el \u00abFais\u00e1n Trufado a la Santa Alianza\u00bb, para conmemorar el establecimiento de esta alianza fomentada por Metternich y el Zar de Rusia. Tiene un \u00e9xito rotundo, y despierta la furia bonapartista de Pascual, quien ruega a Metternich que le d\u00e9 la oportunidad de superar a Careme con un plato que jam\u00e1s ha probado paladar humano. El banquete se realiza en el Palacio Palm, y a \u00e9l asiste lo m\u00e1s graneado de la aristocracia. Luego de las entradas, sopas y entremeses, aparecen los majestuosos Pavos a la Moctezuma, adornados con plumas de pavo real que miman la corona del infortunado soberano azteca, y ba\u00f1ados en una espesa salsa marr\u00f3n con reflejos rojizos, como el plumaje de ciertos gallos de pelea, despidiendo mil olores, indescifrables, ex\u00f3ticos. \u00ab\u00a1Es Am\u00e9rica!\u00bb, exclama Talleyrand, que acaba de venderle la Louisiana a los Estados Unidos, levantando su copa, mientras sirven. Y cuando los emocionados comensales se llevan, finalmente, el tenedor a la boca, no es un religioso silencio lo que se hace sentir, sino el rugido un\u00e1nime de pr\u00edncipes, condes, barones y duquesas, escupiendo fuego por las fauces abrasadas, las u\u00f1as clavadas al mantel, los ojos salidos de las \u00f3rbitas como en un comic de Tex Avery, los peluquines suspendidos en el aire. Porque, cual una ensordecedora catarata, se ha derramado sobre sus paladares, lenguas, h\u00edgados, cerebros, venas, vasos capilares, un untuoso y vengador Mole Poblano, con siete clases de chiles, a cual m\u00e1s cabronamente picante, con su chocolate m\u00e1s, y sus granos de ajonjol\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando el maldito intrigante del Metternich emerge al fin de los infiernos y comienza a recuperar el habla, balbucea: \u00ab\u00a1Tr\u00e1iganme al cocinero!\u00bb. Pero el M\u00e1rtir Pascual ya se ha adelantado a sus designios, pues, habiendo visto y previsto todo, acaba de colgarse de una viga del techo, tal como el Gran Vatel, con honor de samurai.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;As\u00ed terminaba ese largo recetario, entrecortado aqu\u00ed y all\u00e1 por acciones poco cre\u00edbles por lo desaforadas. Ten\u00eda cierta gracia, no lo niego, tal vez como efecto secundario de la exageraci\u00f3n, pero \u00bfpor qu\u00e9 B. se met\u00eda a hablar de Francia, siendo posiblemente latinoamericano, en lugar de hablar de lo nuestro que era much\u00edsimo m\u00e1s rico?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Adolec\u00eda de cosmopolitismo y, sin duda de otros defectos capitales m\u00e1s que ya ver\u00edan los cr\u00edticos franceses y, aunque intu\u00ed que esta novela tendr\u00eda un \u00e9xito enorme, en varias lenguas, me era visceralmente antip\u00e1tica, porque me met\u00eda, otra vez, en aprietos: \u00a1yo no sab\u00eda nada de cocina!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A la semana me instal\u00e9 en Par\u00eds, en un agradable hotelito de la rue des Saints-P\u00e9res, con el prop\u00f3sito de ponerme al d\u00eda en cuestiones culinarias antes de la aparici\u00f3n de la novela. Si B. hab\u00eda decidido continuar el juego, a m\u00ed no me quedaba m\u00e1s que seguirle la corriente, siempre que las condiciones de nuestro convenio t\u00e1cito continuaran siendo las mismas, cosa que di por sobreentendida. Nunca me he sentido m\u00e1s solo en mi vida que durante esos cuatro miserables meses que me los pas\u00e9 comiendo en los mejores restaurantes, sin nadie con quien compartir esos desconcertantes platos, ni un amigo que me guiara por aquella tupida floresta de sabores por la que me aventuraba d\u00eda a d\u00eda, confiando solo en mi instinto de cazador. Pero me fui dando cuenta de que Par\u00eds pose\u00eda otras ventajas: el cosmopolitismo, el anonimato, el respeto por la privacidad-que se pod\u00eda confundir con la m\u00e1s cruel indiferencia- y que podr\u00eda ser un lugar ideal de residencia para alguien en mi situaci\u00f3n, obligado a un constante simulacro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fue en uno de esos restaurante, La Closerie de Lilas, donde conoc\u00ed a Diana, una hermosa jud\u00eda que estudiaba Bellas Artes y manifestaba escasa, o nula, curiosidad por la literatura. Para decirlo crudamente, era incapaz de distinguir un soneto de un repollo, pero era fant\u00e1stica en la cama; aquello bast\u00f3 para que me enamorara de ella y que, en mi mal franc\u00e9s, le prometiese que vivir\u00edamos juntos a mi regreso de Espa\u00f1a.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En Madrid, la novela sali\u00f3 con un \u00e9xito inmediato y me vi nuevamente envuelto en el marat\u00f3nico asunto de las entrevistas y las mesas redondas y los panelistas y las firmas de libros; pero esta vez yo ya ten\u00eda m\u00e1s experiencia y una desenvoltura no desprovista de gracia que me gan\u00f3 muchos admiradores. Esto s\u00ed, supongo, puedo reivindicarlo para m\u00ed: si yo no era ese autor incontinente y exitoso, al menos sab\u00eda llevar la fama con cierta dignidad ir\u00f3nica y hab\u00eda de tener alg\u00fan coraje para dominar el temor paranoico de que alguien me gritase: \u00ab\u00a1Farsante!\u00bb en medio de la fiesta, desmont\u00e1ndome todo el tinglado. Esa segunda obra me hab\u00eda obligado a internarme m\u00e1s profundamente en un paraje de tierras movedizas, de modo que solo esperaba que todo aquel circo terminase para volver al anonimato de Par\u00eds, y a Diana, con quien me sent\u00eda protegido.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los siguientes dos a\u00f1os fueron, si no felices, calmos. Nos hab\u00edamos instalado en unos elegantes suburbios, Sceaux, y baj\u00e1bamos a Par\u00eds cada cierto tiempo a hacer algunas compras, ver nuevos espect\u00e1culos, visitar a los pocos amigos que ten\u00edamos. Diana hab\u00eda hecho su primera exposici\u00f3n de acuarelas en una galer\u00eda de la Rive Gauche y yo, por a\u00f1oranza de los claustros universitarios, me estaba decidiendo a hacer un doctorado sobre la obra de Jos\u00e9 Mar\u00eda Arguedas, cuyo reciente suicidio me hab\u00eda impresionado. No era feliz mi estado, porque algo me obligaba a representar perpetuamente el papel del Autor Famoso que se hab\u00eda apoderado de m\u00ed, incrustando una segunda naturaleza en mi ser hasta entonces compacto y cre\u00e1ndome unas angustiosas dudas en cuanto a mi identidad. Adem\u00e1s me estaba volviendo avaro, porque, a pesar de todo el dinero que entraba por concepto de derechos de autor, traducciones, etc. med\u00eda excesivamente mis gastos, en vista de un hipot\u00e9tico rendimiento de cuentas que un d\u00eda deb\u00eda hacer a B.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No me encontraba mucho m\u00e1s avanzado que antes en cuanto a la identidad de B. y sus motivos para permanecer oculto, exhibi\u00e9ndome a m\u00ed como un pelele; pero tampoco ten\u00eda los medios para averiguar algo m\u00e1s sobre el tema, lo que pod\u00eda comportar sus riesgos y peligros.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La tercera novela lleg\u00f3 a la oficina de mi agente, procedente de Italia. El matasellos indicaba que hab\u00eda sido puesta en Sperlongha, unos diez d\u00edas antes de que llegara a mis manos. Vol\u00e9 a Barcelona en el primer avi\u00f3n y literalmente arrebat\u00e9 el manuscrito a Jordi, alegando que le hab\u00eda enviado, por error, una copia de trabajo. El manuscrito, que le\u00ed en el tren de regreso a Par\u00eds, se llamaba <em>Antecedentes de Eniac<\/em>, t\u00edtulo enigm\u00e1tico que solo mucho m\u00e1s tarde entend\u00ed, cuando tuve que enterarme de algunos elementos de computaci\u00f3n. Si he comprendido bien, hab\u00eda dos historias paralelas ligadas por un nexo estructural que abr\u00edan y cerraban la novela, encerrando en el medio multitud de otras tramas, laxamente vinculadas a los temas centrales. Tornaba, como siempre, pretextos hist\u00f3ricos verificables, que trataba a su guisa con escaso respeto por la cronolog\u00eda y con esa proclividad por el tremendismo y la exageraci\u00f3n, que arruinaba sus mejores proyectos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Comenzaba con un inmenso y ronroneante mon\u00f3logo interior, machacado por Mary Shelley recordando el desaf\u00edo que Lord Byron lanza a Shelley: \u00abQue cada uno escriba una historia de fantasmas\u00bb, durante unos tormentosos d\u00edas en Villa Diodati, frente al lago de Ginebra, cuando la furia de los elementos les imped\u00edan salir, en ese verano de 1816. Pero los poetas se cansaban pronto y era ella, la dulce y sufrida Mary, la que inventaba al monstruo de Frankenstein en unas febriles noches en las que en sus sue\u00f1os se mezclaban sus hijos abortados, la belleza obsesionante de Lord Byron, la pr\u00e9dica utopista de su padre, William Goodwin, y el latigazo de los rel\u00e1mpagos de la naturaleza desencadenada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era, en apariencia, un loable intento por comprender la g\u00e9nesis de Frankenstein, apelando a categor\u00edas freudianas que no acababan de convencer; pero pronto se disparaba a otras esferas, comenzaban a desfilar las amantes de Lord Byron en posturas obscenas y B. se complac\u00eda en describir minuciosamente una org\u00eda en un Carnaval de Venecia, en la casa del poeta, en la que \u00e9l y los dem\u00e1s hombres quedaban mal parados, frente a la fogosidad de las bellas italianas. Y, poco a poco, la novela comenzaba a ser invadida por historias de mujeres y todo era un melodramatismo como para llorar: parec\u00eda no haber sino padres abusivos, maridos impotentes y cornudos, ni\u00f1os arrebatados por la enfermedad o la desidia, curas y magistrados paranoicos, soldados violadores y venales, poetas fatuos y vividores y no quedaba t\u00edtere con cabeza para estas c\u00e1usticas hembras novecentistas que, a decir verdad, sufr\u00edan como bestias y alentaban las empresas m\u00e1s extravagantes que las ayudasen a salir de su triste condici\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En este punto me asalt\u00f3 una horrible duda: \u00bfy si B. fuera mujer? La dos anteriores novelas parec\u00edan contradecirlo, pero en esta hab\u00eda una suerte de fervoroso, militante feminismo que me hizo suponer que B. al menos hab\u00eda conocido algunos extremismos a los que se entregaban las mujeres en aquellos a\u00f1os, marcados por los ecos demasiado pr\u00f3ximos de mayo del 68. Aunque la desech\u00e9 muy pronto, nunca pude librarme enteramente de esa idea, que me agregaba turbulencias suplementarias a mi relaci\u00f3n fantasm\u00e1tica con B.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Terminaba sobre una nota, como siempre, grotesca. La hija de Lord Byron, la matem\u00e1tica Ada Lovelace que ha trabajado codo a codo con su amante, Charles Babbage, para construir la primera computadora del mundo, mec\u00e1nica y a vapor, contempla c\u00f3mo es que su preciosa m\u00e1quina se est\u00e1 convirtiendo en un monstruo, all\u00ed, ante sus ojos. M\u00e1s que computadora parece una inmensa f\u00e1brica de tejidos que funciona con engranajes, ejes, poleas, palancas de control, silbatos y pistones que dejan escapar un vaho amarillento. Hace una hora que funciona y la perfecci\u00f3n que ten\u00eda los primeros diez minutos, ha cedido paso al error, un error que al principio estaba confinado a los \u00faltimos decimales, pero que luego ha ido escalando, a cada vuelta del eje principal, hasta llegar a los enteros y, de all\u00ed, ha remontado implacablemente como un salm\u00f3n la corriente adversa de un r\u00edo, las centenas, los millares, los millones, y pronto ese gigantesco y minucioso aparato <em>no dar\u00e1 sino error<\/em>, a\u00fan en la m\u00e1s peque\u00f1a y humillante operaci\u00f3n. El defecto est\u00e1 en el torneado de las piezas, donde cada mil\u00e9sima de mil\u00edmetro de error se ha ido acumulando gracias al movimiento, hasta transferirse a un engranaje mayor, y de all\u00ed a otro m\u00e1s importante, hasta descuadrar irremediablemente la calibraci\u00f3n de todos los engranajes de la m\u00e1quina y convertirla en la obra de un loco, completamente in\u00fatil.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era la obra m\u00e1s oscura de B. No estaba nada claro si \u00e9ramos los hombres o eran las mujeres los responsables de la creaci\u00f3n de monstruos, o si lo era la guerra de sexos. Era tan barroca como las anteriores, aunque un poco m\u00e1s cruel y con menos humor. No me gustaba nada, y todav\u00eda menos lo que ir\u00eda a ocurrir a su publicaci\u00f3n. Yo no ten\u00eda nada que ver con el feminismo, ni con la computaci\u00f3n, ni con los ingleses, y no estaba dispuesto a cambiar mis ideas, gustase o no gustase a B. o al Papa. Lo que pasase por el enrevesado esp\u00edritu de B. me ten\u00eda sin cuidado y all\u00ed mismo decid\u00ed no participar en el lanzamiento de la nueva novela y dej\u00e1rselo a mi agente y a los editores. Ten\u00eda una invitaci\u00f3n para dar una conferencia sobre Arguedas en la Universidad de Phoenix, Arizona, y aprovechar\u00eda para explorar las posibilidades de integrarme al mundo acad\u00e9mico hisp\u00e1nico, en los Estados Unidos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Par\u00eds no iba a ser un lugar saludable luego de la aparici\u00f3n de la novela.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nos establecimos en Albuquerque, donde me consegu\u00ed una plaza de Escritor Residente, en la universidad, que me dur\u00f3 un a\u00f1o. Me dediqu\u00e9 a investigar las fuentes quechuas en la poes\u00eda de Arguedas, y elud\u00ed sistem\u00e1ticamente todo di\u00e1logo sobre mis obras, pasada, presente y futura, para limitarme a mi especialidad: el indigenismo peruano.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Diana adoraba ese paisaje de inmensos desiertos rojos, cielos azules y puros como los de Trujillo, pistas de cuatro v\u00edas abiertas sobre el horizonte, y toda esa primera \u00e9poca hizo acuarelas estupendas: era su otra virtud. Se hizo de un grupo de j\u00f3venes pintores que ten\u00eda sangre india, que un d\u00eda nos llevaron a mirar un precioso espect\u00e1culo de un escultor originario de la regi\u00f3n: era un campo desierto sembrado de centenares de pararrayos, dispuestos dibujando un inmenso cuadrado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tuvimos suerte porque esa tarde hubo tormenta, y empezaron a caer los rel\u00e1mpagos, dibujando formas extraordinarias, nervaduras como de iglesia g\u00f3tica, en pura y salvaje electricidad bruta, que ca\u00eda sobre el campo de pararrayos, mientras nosotros presenci\u00e1bamos el espect\u00e1culo desde la caba\u00f1a del guardi\u00e1n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<em>El Pavo a la Moctezuma<\/em> gan\u00f3 ese a\u00f1o el Premio M\u00e9dicis Extranjero y al a\u00f1o siguiente el R\u00f3mulo Gallegos, pero me excus\u00e9 de asistir a ambas ceremonias, alegando enfermedad. Black Sparrow Press public\u00f3 una colecci\u00f3n de ensayos m\u00edos, sobre el indigenismo, que tradujeron como <em>Identity Path<\/em>, que fue muy bien recibido en los c\u00edrculos acad\u00e9micos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era casi feliz. Hab\u00edan pasado ya tres a\u00f1os desde el \u00faltimo env\u00edo y acariciaba la esperanza de que B. me hubiera olvidado, una vez pasado su \u00faltimo capricho, cuando el sobre lleg\u00f3. Era como tocarle el hombro a un esp\u00eda para que sepa que sigue siendo esp\u00eda, que nunca ser\u00e1 normal.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Jordi me adjuntaba en esa carta copia del manuscrito \u00abpara el caso que quisiera hacerle algunas correcciones\u00bb, y me felicitaba no sin cierto temor, por haberme lanzado \u00aben esta gran empresa de esa trilog\u00eda que sin duda es la obra de tu vida\u00bb, de la que me adjuntaba el primer tomo, titulado: <em>El Largo Viaje<\/em>. \u00bfUna trilog\u00eda? \u00a1Puta! \u00a1B. exageraba!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Agregaba los nombres de los vol\u00famenes venideros: <em>Los Hombres de Frontera<\/em> y <em>El Regreso<\/em>, y el total tra\u00eda el nombre de <em>La,Ley de Gamov<\/em>.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Abr\u00ed, pues, el primero. Me sorprendi\u00f3 el no encontrar casi ning\u00fan referente hist\u00f3rico; la novela, puesto que hay que llamarla de alg\u00fan modo, transcurr\u00eda \u00edntegramente en nuestra \u00e9poca. No era menos barroca que las otras, pero s\u00ed m\u00e1s misteriosa: se plac\u00eda en narrar cientos de destinos admirables y dispares, cuyo escenario era la totalidad del mundo. Los protagonistas sol\u00edan trasladarse desde los arrabales de Mexico City, hasta los picos nevados del Nepal, desde las arenas de Goa hasta los rascacielos de Estocolmo, desde Telegraph Avenue hasta Rue Saint Jacques, llevados por deseos indome\u00f1ables, amores poco o mal correspondidos, saltos de humor, azares de la vida. Era un fresco en perpetuo movimiento, donde las historias pod\u00edan articularse algunas veces unas con otras, hasta formar cadenas, o bien amontonarse sin orden ni concierto, o bien vagar, solitarias y ejemplares durante varias p\u00e1ginas, hasta topar con un nuevo archipi\u00e9lago de sentido o cofre de sorpresas miliunanochesco. Las 450 p\u00e1ginas del manuscrito no ten\u00edan ni pies ni cabeza; para decirlo de otro modo, faltaba un tema visible, o un personaje al menos que le diera un asomo de unidad, o un estilo uniforme en todo caso. Sin embargo, me dej\u00f3 absolutamente fascinado, por una vez, este libro que, seg\u00fan cre\u00ed entender, narraba los altibajos de la existencia humana, en todo lo que tienen de tr\u00e1gico y de c\u00f3mico. Cre\u00ed entender que, para B. y en virtud de una ley estad\u00edstica, ambos extremos, en la medida en que se repiten infinitamente, tienden a un punto medio, gris, mediocre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No s\u00e9 bien definirlo. Pero lo cierto es que mi actitud hacia B. cambi\u00f3 radicalmente a partir de aquel momento y esa culposa falta de curiosidad por \u00e9l cedi\u00f3 el paso a un c\u00e1lido deseo de conocerlo, de ser m\u00e1s que su inconfesado c\u00f3mplice, su amigo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ese fue nuestro primer fracaso. <em>El Largo Viaje<\/em>, lanzado con gran bombo en Barcelona, hizo un gran \u00a1pluf! y se hundi\u00f3 en la indiferencia general, ayudado, es verdad, por una cr\u00edtica revanchista, que decret\u00f3 que la novela era incomprensible. Reci\u00e9n entonces constat\u00e9 el abismo que hab\u00eda entre <em>ellos<\/em> y <em>nosotros<\/em>. En ocasi\u00f3n de una Mesa Redonda por la TV espa\u00f1ola estuve particularmente combativo contra un par de cr\u00edticos hinchados y maledicentes, que no dec\u00edan sino necedades. Mi argumento maestro es que se trataba solo del primer tomo de una trilog\u00eda, y que en los vol\u00famenes siguientes se explicar\u00eda todo, o casi todo. Fue mi \u00fanica aparici\u00f3n p\u00fablica, pues desde entonces me dediqu\u00e9 a esperar, en la granja que hab\u00edamos alquilado en las afueras de Albuquerque, el volumen siguiente. Descubr\u00ed que en los parajes anidaban conejos salvajes y una especie de faisanes, y organic\u00e9 partidas de caza con algunos estudiantes de la universidad. Por las noches, rele\u00eda y fichaba las novelas de B. en vista de una reconsideraci\u00f3n global de su obra, desde mi actual perspectiva. Me hab\u00eda preparado para una larga espera, que presum\u00eda durar\u00eda un par de a\u00f1os, pero al a\u00f1o y dos meses me lleg\u00f3 el segundo tomo de manos de mi agente. Se llamaba, previsiblemente, <em>Los Hombres de Frontera<\/em>.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aqu\u00ed todo empezaba a explicarse y a arrojar una luz nueva sobre las cosas. Segu\u00eda en l\u00edneas generales los temas desarrollados en el primer volumen, pero aqu\u00ed se cerraban multitud de historias hasta entonces inacabadas, se abr\u00edan otras nuevas y, sobre todo, empezaban a delinearse las estructuras de la novela, que algo ten\u00eda de catedral g\u00f3tica, por lo elevado y grandioso, por los grupos escult\u00f3ricos agitados de violentas pasiones, sobre ese aire puro y transparente. Y entonces descubr\u00ed, maravillado, que B. narraba mi propia historia, desde que hab\u00eda recibido aquel premio, una tarde ya muy lejana, en Trujillo, hasta mi actual reclusi\u00f3n en el sur de los Estados Unidos. Hab\u00eda muchas inexactitudes, tal vez voluntarias para preservar mi identidad o debidas a que B. no conoc\u00eda mucho los hechos de mi vida. Pero en alg\u00fan pasaje hablaba de la Reconciliaci\u00f3n, en el sentido del drama isabelino, poniendo en boca de mi personaje, frases generosas, inolvidables. No anticipaba el final de la historia, pero me dejaba adivinar que todo se aclarar\u00eda en el tercero, y \u00faltimo tomo, y seguramente, para bien.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esas breves p\u00e1ginas fueron para m\u00ed la cura de mis tormentos. Me quitaron el sentimiento de bastard\u00eda que me acompa\u00f1aba desde el principio de la aventura, y recuerdo que llor\u00e9 muy largamente sobre los hombros desnudos de Diana, que no entend\u00eda nada. Llor\u00e9, tambi\u00e9n, porque ya no la necesitaba, ya no ten\u00eda miedo y era libre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La cr\u00edtica, esta vez, puso por las nubes este segundo tomo y rescat\u00f3 el primero del olvido: hab\u00eda consenso de que se trataba de una obra maestra que bogaba, todas las velas hinchadas al viento, hacia su consagraci\u00f3n definitiva, que, seg\u00fan Jordi, me significar\u00eda el Premio Nobel a mediano plazo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Como es de p\u00fablico dominio, la \u00faltima novela de la trilog\u00eda nunca se lleg\u00f3 a editar. Y esto es porque jam\u00e1s lleg\u00f3 a mis manos, ni a las de mi agente. B. desapareci\u00f3 para siempre de mi vida, y tuvo tiempo de destruir todos mis sue\u00f1os, durante los doce a\u00f1os que lo estuve esperando.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Para cuando esto ocurri\u00f3, yo estaba, justamente, en la c\u00faspide de <em>nuestra<\/em> carrera; el sentimiento de culpa, de doblez, de usurpaci\u00f3n, hab\u00eda desaparecido de mi esp\u00edritu y disfrutaba del goce de nuestra t\u00e1cita reconciliaci\u00f3n. Compart\u00eda con B. la celebridad y sus placeres, y gastaba <em>nuestro<\/em> dinero a manos llenas. S\u00ed, conoc\u00ed lo m\u00e1s cercano a la dicha, durante los primeros dos a\u00f1os que siguieron a la publicaci\u00f3n de Los Hombres de Frontera. Me mov\u00eda, totalmente libre, entre Nueva York, Par\u00eds, R\u00edo de Janeiro, sin fijar residencia, al placer del deseo vagabundo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ese fue el momento en que estuve m\u00e1s cercano a la dicha.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;B. ha debido morir. Nadie deja una obra maestra inacabada; salvo que lo arrebate el ala de la muerte. Sin ninguna esperanza de encontrarlo, ni de reconocerlo si lo viera, he recorrido todos los lugares desde donde \u00e9l enviaba <em>sus<\/em> obras: Sperlongha, Atenas, Puerto Pollensa, Poros, respirando el aire que \u00e9l respir\u00f3, mirando los paisajes y la gente que tal vez mir\u00f3, con una profundidad y delicadeza que apenas puedo concebir.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hace unos a\u00f1os, en mi desesperaci\u00f3n, trat\u00e9 de escribir yo, por mis propios medios, el tercer tomo. Y a todos se hab\u00edan cansado de esperar, ya no era candidato para el Nobel, se me consideraba terminado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Conservaba la fama y el dinero, pero era una c\u00e1scara vac\u00eda, ausente de m\u00ed mismo, como si me hubiesen robado toda vitalidad y todo nervio. Pero hab\u00eda tenido el tiempo de formarme una idea de lo que pod\u00eda ser el tercer tomo, El Regreso. Era incre\u00edble y desmesurado, como le gustaba a B., pero hacia all\u00ed se\u00f1alaban todos los indicios hallados en novelas anteriores, en particular en la \u00faltima, tan inexplicablemente feminista. Era el desarrollo natural del esp\u00edritu de B., la piedra de toque de su pensamiento.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El t\u00edtulo de la trilog\u00eda, <em>La Ley de Gamov<\/em> se refer\u00eda a la ley f\u00edsica que dice que el Universo, llegado a su m\u00e1xima expansi\u00f3n desde el Big Bang que lo form\u00f3 comienza a contraerse para volver a amontonarse en el mismo punto, originando el Huevo C\u00f3smico, principio y fin de todo. Seg\u00fan ciertas anomal\u00edas al final del segundo tomo \u2014la madre que resucita, las fallas que aparecen en El Tiempo, el incesto generalizado\u2014 pretendo que logr\u00e9 imaginar lo que podr\u00eda ser el tercer tomo, el que B. hab\u00eda titulado <em>El Regreso<\/em>. All\u00ed se tratar\u00eda del Universo en plena contracci\u00f3n, que modificar\u00eda las leyes conocidas, y del sentido de nuestras vidas con ello. El tiempo correr\u00eda hacia atr\u00e1s y, en consecuencia, la muerte ser\u00eda abolida; los muertos saldr\u00edan de sus tumbas y toda la Humanidad, desde el inicio de los tiempos, se congregar\u00eda sobre nuestro planeta, viajando hacia el centro del universo, para darle sentido y esp\u00edritu al Cosmos todo entero.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero esa es solamente una versi\u00f3n y tal vez el final era otro. Cualquiera que fuera la respuesta, jam\u00e1s pude escribirlo. Han pasado muchos a\u00f1os y no he logrado escribirlo. Yo solamente soy el cr\u00edtico, B. era el creador.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hace ya m\u00e1s de un a\u00f1o que hice construir esta grande y moderna casa desde donde escribo estas l\u00edneas, en la playa de Huanchaco, a pocos kil\u00f3metros de Trujillo. He regresado. B. me sac\u00f3 de aqu\u00ed, como una mano colosal, poderosa, y su silencio me ha devuelto aqu\u00ed; nunca he sabido por qu\u00e9 me eligi\u00f3 a m\u00ed, por qu\u00e9 me abandon\u00f3 y eso, creo, quedar\u00e1 en el misterio. He redescubierto a mi hija Judith, que est\u00e1 casada con un m\u00e9dico, y ambos han hecho llevadero mi retorno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tengo dos peque\u00f1os nietos para quienes he escrito algunas canciones infantiles sobre la base de juegos de palabras. Eso es todo cuanto he conservado de B., el amor por las palabras. Eso, y una cierta ansiedad que se acent\u00faa por las tardes, a la hora que llega el correo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Uno de los grandes cuentos del siglo XX, del peruano Rodolfo Hinostroza (1941-2016). <\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":16409,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"Est\u00e1 en mi sitio uno de los grandes #cuentos del siglo XX: \"El Benefactor\" de Rodolfo Hinostroza. 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