{"id":16056,"date":"2023-12-18T23:57:37","date_gmt":"2023-12-19T05:57:37","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=16056"},"modified":"2024-03-18T12:41:05","modified_gmt":"2024-03-18T18:41:05","slug":"puertas-marrones-ricardo-sumalavia-cuento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/puertas-marrones-ricardo-sumalavia-cuento\/","title":{"rendered":"Puertas marrones"},"content":{"rendered":"<p>Este es el segundo de cuatro cuentos que aparecen en este fin de a\u00f1o de 2023: una narraci\u00f3n de atm\u00f3sfera inquietante y sucesos a la vez violentos y sutiles. Su autor es el escritor y acad\u00e9mico peruano Ricardo Sumalavia (Lima, Per\u00fa, 1968). Doctor en Letras por la Universidad de Burdeos, Sumalavia vivi\u00f3 en Corea del Sur y Francia. Actualmente es director del Centro de Estudios Orientales de la Pontificia Universidad Cat\u00f3lica del Per\u00fa. Se ha especializado en literatura coreana. Ha publicado los libros de cuentos <em>Habitaciones <\/em>(1993) y <em>Retratos familiares <\/em>(2001), los libros de microrrelatos <em>Enciclopedia m\u00ednima <\/em>(2004) y <em>Enciclopedia pl\u00e1stica <\/em>(2016), y las novelas <em>Que la tierra te sea leve <\/em>(2008), <em>Mientras huya el cuerpo <\/em>(2012), <em>No somos nosotros <\/em>(2017), <em>Historia de un brazo <\/em>(2019) y <em>Croac y el nuevo fin del mundo <\/em>(2020). Ha sido traducido al franc\u00e9s, ingl\u00e9s, chino y turco.<\/p>\n<hr \/>\n<p><strong>PUERTAS MARRONES<br \/>\nRicardo Sumalavia<\/strong><br \/>\nMi padre nunca quiso tener muchos amigos, pero los pocos que llegaron a frecuentar la casa lo hac\u00edan con un gran respeto y consideraci\u00f3n a sus a\u00f1os como agente municipal. Y este aprecio siempre les fue devuelto como era debido. No era de extra\u00f1arse, entonces, que lo buscaran para comunicarle que don F\u00e9lix, su amigo, hab\u00eda muerto. Le contaron que hab\u00eda sido arrollado por un auto en el jir\u00f3n Carabaya, frente a su taller de imprenta, justo cuando sal\u00eda acompa\u00f1ado por sus operarios. \u00abFue absurdo\u00bb, repet\u00edan estos mirando a mi padre y vi\u00e9ndose entre s\u00ed, como sobrevivientes de una inadvertida batalla. Agregaron que don F\u00e9lix muri\u00f3 mientras era llevado dentro del taller. La ambulancia ya hab\u00eda sido llamada, pero solo lleg\u00f3 para certificar la muerte de quien a\u00fan yac\u00eda sobre una mesa, entre letras de molde y pliegos de papel, a la espera del fiscal de turno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Le dijeron a mi padre que por su condici\u00f3n de amigo \u00e9l era el indicado para darle la noticia a do\u00f1a Luc\u00eda y sus hijos. La familia de don F\u00e9lix viv\u00eda en la calle siguiente, al final de una larga cuadra elevada, semejante a una pendiente, que se truncaba en una plazoleta frente a la iglesia Santa Ana. Mi padre se mantuvo sereno. Acept\u00f3 el encargo y luego muy cort\u00e9smente les pidi\u00f3 a aquellos hombres que se retiraran. Mi madre y yo lo vimos caminar hacia su cuarto y reaparecer con una casaca azul encima. Mi madre no llor\u00f3, pero su tristeza era evidente. Ambos intercambiaron una r\u00e1pida mirada. Cuando mi padre sub\u00eda el cierre de su casaca, se dirigi\u00f3 a m\u00ed y orden\u00f3 que me alistara, que iba a acompa\u00f1arlo a la casa de la se\u00f1ora Luc\u00eda. Mi madre intervino y le sugiri\u00f3 que no era una buena idea; pero \u00e9l ya estaba junto a la puerta marr\u00f3n de nuestra casa, esper\u00e1ndome. Me alist\u00e9 lo m\u00e1s pronto posible y, antes de cruzar la puerta, mi madre me pas\u00f3 la mano por el cabello, alis\u00e1ndomelo, y me dijo que no peleara con los hijos de Luc\u00eda. Asent\u00ed y fui a reunirme con mi padre, quien ten\u00eda un par de metros avanzados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los hijos de la se\u00f1ora Luc\u00eda eran una pareja de 12 y 10 a\u00f1os. A ambos les gustaba cantar y eran obesos. Quien mejor cantaba era la muchacha, la mayor; realmente sorprendente. El otro, a pesar de su edad, corporalmente era bastante desarrollado y sus cuerdas vocales no le respond\u00edan de manera tan sublime como a su hermana. Los dos usaban anteojos de gran medida y con gruesas monturas de carey negro que por aquellos a\u00f1os no era muy usual entre los j\u00f3venes y ni\u00f1os. Sin lugar a dudas, la elecci\u00f3n proven\u00eda de la madre, ya que ella usaba unos iguales. Ella, do\u00f1a Luc\u00eda, sin alcanzar la obesidad de sus hijos, era una mujer rolliza y atractiva. Ten\u00eda una cabellera larga, lacia y casta\u00f1a. A\u00fan hoy puedo imaginarla con las tupidas pecas en su rostro, concentradas bajo sus p\u00f3mulos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi padre y yo nos detuvimos justo en medio de las dos hojas del port\u00f3n. La entrada a aquella casa era una gran puerta marr\u00f3n de madera vieja y picada por las polillas, que, sin embargo, por ser tan gruesa y repintada, no perd\u00eda su solidez. Era de aquellas puertas que no se pueden tocar con los nudillos, sino con la palma de la mano. Observ\u00e9 a mi padre humedecerse los labios repetidas veces, como si nunca fuera suficiente para hablar con claridad. Baj\u00f3 la cabeza en un par de ocasiones y mascull\u00f3 algunas palabras, repasando quiz\u00e1 lo que dir\u00eda. Fue en la segunda ocasi\u00f3n, mientras mi padre ten\u00eda la cabeza inclinada, que la se\u00f1ora Luc\u00eda abri\u00f3 el port\u00f3n y se qued\u00f3 quieta, sorprendida, mirando a mi padre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Detr\u00e1s de ella estaban sus hijos. La mayor, Cinthia, limpiaba meticulosamente sus anteojos con el extremo de su blus\u00f3n rosa. Para ella la sorpresa fue todav\u00eda mayor porque no pudo reconocernos sin sus gafas puestas. Observ\u00e9 a su hermano El\u00edas y no encontr\u00e9 en \u00e9l ninguna reacci\u00f3n. Nos miraba con indiferencia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fue notable ver a mi padre erguirse de inmediato y saludar a la familia de su amigo. Mientras \u00e9l hablaba, iba avanzando hacia el patio, obligando, a su vez, a retroceder a la se\u00f1ora Luc\u00eda y sus hijos. No recuerdo con exactitud qu\u00e9 le dijo a aquella mujer, lo cierto es que ambos atravesaron el patio y entraron a la sala de la casa por una puerta angosta. Creo recordar en ella un penoso gesto de angustia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El patio, aunque no muy espacioso, era una magn\u00edfica extensi\u00f3n de la casa. Estaba adornado por frescas plantas de grandes hojas que se ergu\u00edan en macetas igual de grandes. Varias puertas, todas marrones, rodeaban este patio. Cada una correspond\u00eda a un ambiente distinto: a la sala, la cocina, un ba\u00f1o y dos que supuse daban a las habitaciones de El\u00edas y Cinthia, y a la de sus padres.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando nos quedamos solos, los tres permanecimos en silencio. A los hermanos parec\u00eda no importarles la visita de mi padre; solo Cinthia, por un instante, trat\u00f3 de agudizar su debilitada vista por una de las ventanas que daba a la sala. Pronto desisti\u00f3 y se volvi\u00f3 hacia m\u00ed. Pens\u00e9 que me dir\u00eda algo, que me interrogar\u00eda por nuestra presencia, pero no fue as\u00ed. Alz\u00f3 los brazos y de inmediato me rode\u00f3 con ellos, d\u00e1ndome un fuerte estruj\u00f3n. Yo me encontr\u00e9 completamente inutilizado y sin aire. Trat\u00e9 de echar la cabeza hacia atr\u00e1s, pero aun as\u00ed sent\u00ed su respiraci\u00f3n caliente y agitada. Atenazado y confundido como estaba, no atin\u00e9 a librarme del abrazo. No hab\u00eda imaginado antes que Cinthia tuviera los senos tan desarrollados para su edad. Supongo que la curiosidad hizo que me rindiera por unos momentos. Luego la escuch\u00e9 soltar una risita que reson\u00f3 como el chillido de un rat\u00f3n y me apret\u00f3 todav\u00eda m\u00e1s contra su cuerpo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Su hermano le orden\u00f3 de repente que me soltara. Solo entonces, ante las palabras de El\u00edas, los brazos de ella fueron cediendo hasta finalmente abandonarme. Al verme librado, \u00e9l me cogi\u00f3 de los cabellos y tir\u00f3 de ellos en un violento vaiv\u00e9n, hasta hacerme caer cerca de la puerta del ba\u00f1o. Me puse de pie instintivamente, muy r\u00e1pido, y, al verlo venir, no dud\u00e9 en meterme al ba\u00f1o y trancar la puerta. Estaba muy oscuro adentro; no obstante, prefer\u00ed no encender la luz, quiz\u00e1 pensando que as\u00ed me proteg\u00eda o a lo mejor escapando de la expresi\u00f3n rid\u00edcula que deb\u00eda tener reflejada en el espejo de aquel lugar. Tambi\u00e9n recuerdo que de la redecilla del sumidero se escapaba un olor acre que se espesaba y mezclaba con aromas de jabones y desinfectantes. No ten\u00eda intenciones de salir de all\u00ed, pues me encontraba aturdido, con la cabeza adolorida y muchas ganas de llorar. Pegu\u00e9 el o\u00eddo a la puerta para saber si ellos me obligar\u00edan a salir. No o\u00ed nada. Sin embargo, por esos intentos pude escuchar algo, descubr\u00ed un haz de luz que atravesaba la puerta y que sal\u00eda de un diminuto agujero que me permiti\u00f3 ver qu\u00e9 era lo que hac\u00edan ellos afuera. El susto y el dolor me abandonaron enseguida; saber lo que suced\u00eda en el patio me tranquilizaba, solo ten\u00eda que observarlos y esperar a que mi padre me llamara.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Por el agujero \u00fanicamente pod\u00eda ver a uno de los dos hermanos. A ratos parec\u00edan discutir; en otros, era como si se estuvieran poniendo de acuerdo. En ning\u00fan momento miraron a la puerta del ba\u00f1o. Pasado unos minutos, Cinthia fue hacia una de las puertas, la que deb\u00eda ser su habitaci\u00f3n, supongo, y, recostada sobre esta, empez\u00f3 a cantar. Lo hizo con un tono bajo y cadencioso, como si preparara la voz para un esfuerzo mayor. Repentinamente y sin poder verlo, escuch\u00e9 la voz de El\u00edas. Su voz era aflautada pero sab\u00eda c\u00f3mo hacerla agradable. Ambos ensayaban una canci\u00f3n que sol\u00edan entonarla en las reuniones que mi padre y don F\u00e9lix organizaban para sus dem\u00e1s amigos. Record\u00e9 que los s\u00e1bados el padre de estos ni\u00f1os los llevaba puntualmente donde un profesor de canto. Y aquel d\u00eda era s\u00e1bado. Cinthia y El\u00edas cantaban siguiendo la pauta imaginaria del maestro, pero cantaban para s\u00ed mismos, exigi\u00e9ndose tonos verdaderamente dif\u00edciles de alcanzar y mantener. Como solo pod\u00eda ver a Cinthia, observ\u00e9 su rostro encendido y perlado de transpiraci\u00f3n. Imagin\u00e9 a El\u00edas de la misma manera, quiz\u00e1 tambi\u00e9n recostado sobre su puerta. A veces cantaban a d\u00fao, otras se alternaban y siempre eran inmejorables.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tard\u00e9 unos minutos en darme cuenta y descubrir que por las infladas mejillas de Cinthia corr\u00edan l\u00e1grimas. Ella se las iba limpiando con el dorso de su mano. Pese a esto, su voz no se quebr\u00f3 en ning\u00fan momento ni el tono decay\u00f3. Solo concedi\u00f3 que la melod\u00eda se abriese como un velo, en una pausa que dur\u00f3 un segundo largu\u00edsimo, dejando un silencio propicio para escuchar unos gemidos de placer entrecortados que proven\u00edan de la sala, donde se encontraban mi padre y la se\u00f1ora Luc\u00eda. Estos ruidos se hicieron m\u00e1s agitados, interrumpi\u00e9ndose a ratos por balbuceos que no alcanc\u00e9 a o\u00edr.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El velo se volvi\u00f3 a tender: la voz de Cinthia continu\u00f3 con lo suyo, esforz\u00e1ndose por cantar lo mejor posible. Yo me encontraba concentrado en todo ello, tratando de comprender lo que hac\u00edan mi padre y la se\u00f1ora Luc\u00eda, cuando un estr\u00e9pito proveniente del otro lado del ba\u00f1o me oblig\u00f3 a reaccionar. Como todo estaba oscuro, no entend\u00eda qu\u00e9 pasaba ni de d\u00f3nde proven\u00eda aquel alboroto. Sorpresivamente la ventana del ba\u00f1o se abri\u00f3 y vi a El\u00edas introduci\u00e9ndose con inveros\u00edmil agilidad. Escuch\u00e9 sus resoplidos mientras se colgaba de manos del marco de la ventana. Agitaba sus piernas r\u00e1pidamente tratando de encontrar un punto de apoyo, pero no pudo resistir m\u00e1s y cay\u00f3 al pie de la ba\u00f1adera, dando un quejido bastante extra\u00f1o, semejante a un ag\u00f3nico animal. Entonces intent\u00e9 salir de all\u00ed. Reaccion\u00e9 muy tarde, \u00e9l ahora me ten\u00eda sujeto del cuello de la camisa. Abri\u00f3 la puerta del ba\u00f1o y me llev\u00f3 hacia el centro del patio. Segu\u00eda con sus resoplidos y se mostr\u00f3 sorprendido de escuchar a su hermana todav\u00eda cantando. Le grit\u00f3 que se callara, pero ella no le hizo caso. Cantaba. Y ya ni siquiera se cuidaba de secarse las l\u00e1grimas. El\u00edas me arrastr\u00f3 hacia Cinthia, tratando de cogerla con su mano libre. Apret\u00f3 a\u00fan m\u00e1s mi camisa y jal\u00f3 de ella. Luego me solt\u00f3 y reci\u00e9n entonces Cinthia dej\u00f3 de cantar. Los tres dirigimos la mirada a la puerta de la sala y vimos salir a la se\u00f1ora Luc\u00eda y a mi padre. Detr\u00e1s de aquellas gafas tan gruesas se ve\u00edan diminutos los ojos de la se\u00f1ora Luc\u00eda. Estaban irritados de tanto llorar y miraban al suelo. En ese momento no me di cuenta de la verg\u00fcenza que albergaba en su mirada. Sus hijos fueron hasta ella y la tomaron de las manos. Observaban a su madre con aflicci\u00f3n. Despu\u00e9s se dirigieron a m\u00ed, como si tuviera que ser yo quien les explicara lo que suced\u00eda. Ante mi silencio, cambiaron de expresi\u00f3n y me vieron con desprecio.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi padre dijo que era hora de marcharse y me hizo una se\u00f1a para salir.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Salimos a la calle y desde all\u00ed escuch\u00e9 a la se\u00f1ora Luc\u00eda habl\u00e1ndoles a sus hijos. No pude o\u00edr qu\u00e9 les dec\u00eda, solo contempl\u00e9 sus rostros ba\u00f1ados en sudor. Luego, aunque le fue dif\u00edcil, mi padre se encarg\u00f3 de cerrar el port\u00f3n y no pude ver nada m\u00e1s.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento de atm\u00f3sfera inquietante del narrador y acad\u00e9mico peruano Ricardo Sumalavia (1968).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":16062,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,2343,25,199,2855,3434,467,3431],"class_list":["post-16056","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores","tag-escritores-peruanos","tag-literatura","tag-puertas-marrones","tag-realismo","tag-ricardo-sumalavia"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/12\/Sumalavia-scaled.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-4aY","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16056","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=16056"}],"version-history":[{"count":7,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16056\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16256,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16056\/revisions\/16256"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/16062"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=16056"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=16056"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=16056"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}